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POESÍAS COMPLETAS

DE

PEDRO SALINAS




PEDRO SALINAS

POESÍAS
COMPLETAS

PRESAGIOS
SEGURO AZAR
FÁBULA Y SIGNO
LA VOZ A TI DEBIDA
RAZÓN DE AMOR
EL CONTEMPLADO
TODO MAS CLARO
CONFIANZA

EDICIÓN PREPARADA Y REVISADA POR
JUAN MARICHAL

AGUILAR

MADRID-1961


PRESAGIOS

(1923)

PRESAGIOS

Forjé un eslabòn un dia
otro día forjé otro
y otro.

De pronto se me juntaron
-era la cadena-todos.

Suelo. Nada más.
Suelo. Nada menos.
Y que te baste con eso.
Porque en el suelo los pies hincados,
en los pies torso derecho,
en el torso la testa firme,
y allá, al socaire de la frente,
la idea pura, y en la idea pura
el mañana, la llave
-mañana-de lo eterno.
Suelo. Ni más ni menos,
y que te baste con eso.

2

Agua en la noche, serpiente indecisa,
silbo menor y rumbo ignorado;
¿qué día nieve, qué día mar? Dime.
¿Qué día nube, eco
de ti y cauce seco?
Dime.
-No lo diré: entre tus labios me tienes,
beso te doy, pero no claridades.
Que compasiones nocturnas te basten
y lo demás a las sombras
déjaselo, porque yo he sido hecha
para la sed de los labios que nunca preguntan.

3

Mis ojos ven en el árbol
el fruto redondo y fresco.
Mis manos se van certeras
a cogerlo. Pero tú,
pero tú, mano de ciego,
¿qué estás haciendo?
La mano da vueltas, vueltas
por el aire; si se posa
sobre cosa material,
huye tras palpo suave,
sin llegar nunca a cogerla.
Siempre abierta. Es que no sabe
cerrarse, es que tiene
ambiciones más profundas
que las de los ojos, tiene
ambiciones de esa bola
imperfecta de este mundo,
buen fruto para una mano
de ciego, ambiciòn de luz,
eterna ambiciòn de asir
lo inasidero.
Cuando se cansa de inútiles
devaneos, tristemente,
se va en busca de su hermana
y se entrecruzan las manos
del ciego.
Y sòlo así se están quietas,
enclavijadas,
asidas ansia con ansia
y deseo con deseo.
Mano de ciego no es ciega:
una voluntad la manda,
no los ojos de su dueño.

4

La nina llama a su padre «Tatá, dadá»,
La niña llama a su madre «Tatá, dadá».
Al ver las sopas
la niña dijo
«Tatá, dadá».

Igual al ir en el tren,
cuando vio la verde montaña
y el fino mar.
«Todo lo confunde», dijo
su madre. Y era verdad.
Porque cuando yo la oía
decir «Tatá, dadá»,
veía la bola del mundo
rodar, rodar,
el mundo todo una bola,
y en ella papá, mamá,
el mar, las montañas, todo
hecho una bola confusa?
el mundo «Tatá, dadá».

5

Posesiòn de tu nombre,
sola que tú permites,
felicidad, alma sin cuerpo.
Dentro de mí te llevo
porque digo tu nombre,
felicidad, dentro del pecho.
«Ven»: y tú llegas quedo;
«vete»: y rápida huyes.
Tu presencia y tu ausencia
sombra son una de otra,
sombras me dan y quitan.
(¡Y mis brazos abiertos!)
Pero tu cuerpo nunca,
pero tus labios nunca,
felicidad, alma sin cuerpo, sombra pura.

6

La luna estuvo en la casa
sin que nadie lo supiera.
Por la ventana se entrò,
pero estaba ya encendida
la lámpara
y ella se quedò ignorada,
muy humilde, en un rincòn,
Dijo el padre:
«Pronto cambiará la luna,
porque me duele la pierna.»
La niña estaba callada,
toda en nostalgias románticas
de esos castillos con luna
de los cromos alemanes.
Y mamá, que no tenía
ideales ni reuma,
dijo; «Vamos a acostarnos.
Apagaremos la lámpara.»
En cuanto todos se fueron,
las flores que estaban puestas
en la mesa
vieron su alma dibujada
con luna y sombra de luna
en la blanca paz del muro.

7

«Este hijo miò siempre ha sido díscolo...
Se fue a América en un barco de vela;
no creía en Dios; anduvo
con mujeres malas y con anarquistas;
recorriò todo el mundo sin sentar la cabeza...

Y ahora que ha vuelto a mí, Señor,
ahora que parecía...»
Por la puerta entreabierta
entra un olor a flores y a cera.
Sobre el humilde pino del ataúd el hijo
ya tiene bien sentada la cabeza.

8

¡Cuánto rato te he mirado
sin mirarte a ti, en la imagen
exacta e inaccesible
que te traiciona el espejo!
«Bésame», dices. Te beso,
y mientras te beso pienso
en lo fríos que serán
tus labios en el espejo.
«Toda el alma para ti»,
murmuras, pero en el pecho
siento un vacío que sòlo
me lo llenará ese alma
que no me das.
El alma que se recata
con disfraz de claridades
en tu forma del espejo.

9

Andabas por tierra firme
con ciencia de equilibrista
y pirueta de peligro,
como el que va por maroma
sobre el abismo tendida.
Pero nadie se riò.
Porque un día, al tropezar
-y andabas por tierra firme-
te hiciste el alma pedazos.
¡Y verdad te fue la muerte,
volatinero fingido!

10

Octubre era noche,
Los granos de trigo,
apenas del surco,
germinaban ya
futuros trigales,
otros y los mismos.
Brazo de sembrar
estaba rendido.
Y entonces la nube
de lluvia callada
en noche de octubre.

Junio moceaba.
El pan era trigo,
el gozo esperanza
y el futuro tarde
de estío garrido.
Y entonces la nube
negra, torva y lenta,
nube de pedrisco
en tarde de estío garrido.

Años abolidos,
sin junio ni octubre,
y el tiempo infinito.
En la tarde ancha,
una nube sola..

En la tierra, nada
-ni temor ni espera-
sembrado o crecido.
Y en la nube-imán
de íntimos aceros-,
vacíos espléndidos
de arrebol y oro;
en la nube, nada,
ni agua ni pedrisco.

11

Este placer de doblarse
dòcil, lento,
y este dolor de perder
de ayer
la forma que me gustaba mirar,
familiar, en el espejo
y de no ser más que una
contorsiòn desconocida
-¿vida de quién?-en mi vida...
Y si no (tú ya lo sabes)
allá al fondo, la amenaza
de romperte en dos pedazos
-vida o muerte, tierra o cielo-
bruscamente irreparable.

12

¡Soledad, soledad, tú me acompañas
y de tu propia pena me libertas!
Solo, quiero estar solo:
que si suena una voz aquí a mi lado
o si una boca en la boca me besa,
te escapas tú, vergonzosa y ligera.

Tan para tí me quieres
que ni al viento consientes sus caricias,
tú en el hogar el chasquido del fuego:
o ellos o tú.
Y sòlo cuando callan fuego y viento
y besos y palabras,
te entregas tú por compañera mía.
Y me destila las verdades dulces
la divina mentira de estar solo.

13

Cigarra que estás cantando
en un rincòn ignorado
del árbol que me da sombra,
no tengo ningún deseo
de saber cuál es la rama,
de tantas que me cobijan,
en que apoyas tu cantar.
Y no me importa si existes,
y no me importa si existe
algo más que ese vaivén
de tu lanzadera, esos
hilillos áureos y tensos
con que tejes el cordaje
de ese barco mañanero
de la mañana de agosto,
barco de los rumbos dulces
que no lleva a ningún puerto.

14

El alma tenías
tan clara y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.
Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles...
A tu alma se iba
por caminos anchos.
Preparé alta escala
-soñaba altos muros
guardándote el alma-
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.
Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía,
de franca que era,
entradas tu alma.
¿En dònde empezaba?
¿Acababa, en dònde?
Me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma.

15

-¿Lloverá otra vez mañana?
-¿Alma, tú me lo preguntas?
Yo no lo sé.
Brillando están las estrellas
como niñas bien bañadas
en el gran río del día;
ahora,
limpias y gozosas saltan
por el campo azul del cielo.
El árbol tiene un verdor
sin usar y es un chiquillo
que lloraba por tener
vestido nuevo y la madre
primavera se lo diò.
La brisa es más fresca; el alma
siente que pasa por ella
algo nuevo, que es un cauce
que estuvo seco y que vuelve
a conducir su caudal.
Y un gozo nunca sentido,
un verdor, unas estrellas
y un río que vuelve a andar
son un augurio bien claro.
Alma, tú me lo preguntas;
-¿Lloverá otra vez mañana!
-Yo no sé más.

16

Arena: hoy dormida en la playa
y mañana cobijada
en los senos del mar;
hoy del sol y mañana del agua.
A la mano que te oprime
le cedes blanda
y te vas con el primer viento
galán que pasa.
Arena pura y casquivana,
novia versátil y clara, te quise por mía
y te estreché contra el pecho y el alma.
Pero con olas y brisas y soles te fuiste
y me quedé sin amada,
con la frente dada al viento que me la robaba,
y la vista al mar lejano donde ella tenía
verdes amores en verde posada.

17

No de cantera nacida,
ni de piedra ni de hierro,
no trabajada por manos,
hecha del alma,
columna mía;
de fuego hecha,
de la lumbre conocida
por mí desde que he sentido
lumbre de vida.
En vano el hacha se afila
para ella, en vano ruinas
de excelsos tiempos me dictan
ejemplos tristes.
Fogosa es esta columna;
ni la cortará el acero
ni a obligada servidumbre
la habrá de rendir el tiempo.
Cada día le doy forma
cuando la alimento y echo
en su seno
lo que se da al pecho amado:
vida y amor nuestro.
Y ella va subiendo siempre
de tierra a cielo,
sin más soporte que este
corazòn mío, sin nada
que sustentar más que el gozo
del corazòn miò.
Columna fogosa, pura
consunciòn de mi albedrío,
siempre tendrás que quemar
ramas, tronco vivo y luego
estas raíces que hundo
en tierra,
todo tuyo y todo mío,
que has de acabarte, fogosa
columna, conmigo mismo.
Ni truncada por el hacha,
ni muerto vestigio:
un día
tu fuego se apagará
con el mío;
en la dulzura del alba
el humo se irá fundiendo
y morirá la ceniza
en brazos del viento nuevo.

18

Cuando yo alcé los ojos a mirarte
(por tu bien o tu mal)
para mirarme alzabas tú los ojos
(por mi bien o mi mal).
Esa palabra que iba yo a decir
(¿de bendiciòn o maldiciòn sería?)
se te asomò a los labios sin decirla.
(De bendiciòn o maldiciòn seria.)
Nunca fuiste primera ni yo último.
(¿En qué final o para qué comienzo?)
Nunca el primero yo ni tú la última.
(¿En qué final o para qué comienzo?)
Los dos exactamente a un tiempo mismo.
Y así todos los actos se abolieron
(ir yo hacia ti, venir tú a mí)
en la inutilidad de todo acto
(ir yo hacia ti, venir tú a mí)
previsto ya al nacer por otro idéntico.
Y así la identidad que nos unía
(tú y yo perdidos o tú y yo salvados)
separò nuestras vidas para siempre.
(Tú y yo salvados o tú y yo perdidos.)

19

Mi tristeza
me la ha robado la noche.
Era mía, era bien mía,
pensaba decirla en versos,
darla forma como dan
las lágrimas forma tibia
al dolor de adentro... Pero
estaba clara la noche
y el papel esperò en vano.
Anduve por la ciudad,
y las estrellas y el aire
y las piedras de las casas
y el olor de acacia, todo
era como un corazòn
tendido a la confidencia.
Y mi tristeza está ahora
lejos, muy lejos,
en las estrellas altas,
en esa brisa fresca
que lío puedo aprisionar
aunque abro y cierro las manos;
está ya fuera de mi.
La ofrenda que te traía,
madre Tristeza, era aroma
y el aire se la llevò.
Sombra son estas palabras
de aquellas
que la noche me robò.

20

Estos dulces vocablos con que me estás hablando
no los entiendo, paisaje,
no son los míos.
Te diriges a mí con arboledas
suavísimas, con una ría mansa.y clara
y con trinos de ave.
Y yo aprendí otra cosa: la encina dura y seca
en una tierra pobre, sin agua, y a lo lejos,
como dechado, el águila,
y como negra realidad, el negro cuervo.
Pero es tan dulce el son de ese tu no aprendido
lenguaje, que presiente el alma en él la escala
por donde bajarán los secretos divinos,
Y ansioso y torpe, a tu vera me quedo
esperando que tú me enseñes el lenguaje
que no es miò, con unas incògnitas palabras
sin sentido.
Y que me lleves a la claridad de lo incognoscible,
paisaje dulce, por vocablos desconocidos.

21

Hoy te han quitado, naranjo,
todas las naranjas de oro.
Las meten en unas cajas
y las llevan por los mares
a tierras sin naranjal.
Se creen
que te han dejado sin nada.
¡Mentira, naranjo mío!
Te queda el fruto dilecto
para mí solo, te queda
el fruto redondo y prieto
de tu sombra por el suelo,
y aunque éste nadie lo quiere,
yo vengo, como un ladròn,
furtivamente, a apagar
en sus gajos impalpables
y seguros esa sed
que nunca se me muriò
con el fruto de tus ramas.

22

La balanza-bien lo veo-
está vencida hacia el lado
del platillo malo.
¿Quién me puso allí ese peso?
No fui yo, pero allí está
puesto en mi daño,
y cargo con pesadumbres
que trajeron otras manos.
Señor, lo que yo no puse
¿por qué me es fuerza quitarlo?
¡Y hay muchas cosas queridas
en ese platillo malo!

23

I

Deja ya de mirar la arquitectura
que va trazando el fuego de artificio
en los cielos de agosto. Lleva el vicio
en sí de toda humana criatura:

vicio de no durar. Que sòlo dura
por un instante el fúlgido edificio
para dejarnos ver el beneficio
sagrado de una luz en noche oscura.

Ven... Hay que ir a buscar lo más durable.
Esta noche de estío por ti enciende
sus innúmeras luces en lo alto;

cállate bien y deja que ella hable.
Y del vano cohete sòlo aprende
a ir preparando tu divino salto.

24

II

Cerrado te quedaste, libro mío.
Tú, que con la palabra bien medida
me abriste tantas veces la escondida
vereda que pedía mi albedrio,

esta noche de julio eres un frío
mazo de papel blanco. Tu fingida
lumbre de buen amor está encendida
dentro de mí con no fingido brío.

Pero no has muerto, no, buen compañero,
que para vida superior te acreces:
el oro que guardaba tu venero

hoy está libre en mí, no en tí cautivo,
y lo que fingiste tantas veces,
aquí en mi corazòn lo siento vivo.

25

y III

¿Adonde ir? Envuelta toda entera
en neblina sutil la ciudad yace.
El lírico hipogrifo sueños pace,
inclinada la testa en la pradera

más íntima del ser y considera
con deleite amoroso el fuerte enlace
que a quietud le sujeta y que deshace
el ansia de la ruta viajera.

No hay nada afuera que me ponga linde:
ni camino que incite ni montaña
que dulce transponer al alma sea.

La vida al interior panal se rinde
y libre al fin de la atadura extraña
dentro de sí sus horizontes crea.

26

Yo no te había visto,
amarillo limòn escondido
entre el follaje bruñido del limonero,
yo no te había visto. Pero al niño
le brotò un fuego nuevo de codicia en los ojos
y tendiò las dos manos. Donde ellas no llegaban
llegò su grito.
Ahora es de noche y, como fruto cumplido del día,
te tengo en las manos,
limpio limòn escondido,
limpio limòn descubierto.
(El niño está ya dormido.)

27

Esta cadena de hierro
que tanto pesa, me es leve
de llevar y no la siento.
Hay otra cadena hecha
de olas, de tierras y vientos,
de sonrisas y suspiros,
que me ata yo no sé adonde,
que me esclaviza a ese dueño
desconocido, a ese dueño...

28

Murallas intactas
derrochan enhiestas
vigilias de piedra
enfrente de campos desiertos.
(¿Y los enemigos?)
De las atalayas,
se ven los caminos
que acarrean lentos
ganados humildes.

(¿Y los enemigos?)
Puerta inexpugnable
de tránsito sirve
a recuas monòtonas
-vino, aceite, trigo-
(¿Y los enemigos?)
Plantadas en piedras
de destinos bélicos,
cigüeñas amantes
hacían sus paces
en lecho de vientos.
(¿Y los enemigos?)
Ciudad torreada,
buena veladora
de siglos y tierras:
¿y tus enemigos?

29

Un viejo chulo le dijo
(la chiquilla era inclusera):
«¡Bendita sea tu madre!»
Al pasar junto al cuartel,
un soldado la gritaba
(la niña
tenía el cuerpo podrido):
«¡Ole tu sangre, muchacha!»
Y un mocito
que era de la torería
la jurò un día de abril
(Dios la iba a matar en mayo):
«¡Chiquilla, tú eres mi vida!»

30

La tierra yerma, sin árbol
ni montaña, el cielo seco,
huérfano de nube o pájaro;
tan quietos los dos, tan solos,
frente a frente tierra y cielo,
paralelismo de espejos,
que ahora no hay lejos ni cerca,
alto o bajo, mucho o poco,
en el universo.
Dulce muerte de medidas,
guiño de infinito!
Pero de un surco se vuela
un pájaro primerizo.
Y todo vuelve a ordenarse
por la pauta de su sino.
Ya la tierra está aquí abajo
y el cielo allí arriba puesto,
ya la llanura es inmensa
y el caminante pequeño.
Y ya sé lo que está lejos:
dicha, gracia, paz o logro,
Y ya sé lo que está cerca;
El corazòn en el pecho.

31

Estoy sentado al sol en la puerta de casa,
sin otra compañía que la sombra
de mi mismo tendida por el suelo.
La criatura extraña
que entre el sol de septiembre y yo creamos
sabe cosas de mí que yo no sé.
Me define de modos muy distintos,
es más ágil que yo y en tanto lucho
por dar con el secreto del movimiento justo
para mi verbo, ella se expresa bien, se alarga,
se hace tenue y vaga, como la noche exige,
o se precisa como verso de mármol,
si así lo quiere el sol.
Yo me veo bien claror
lo de fuera de mí, sol o luna, y aquello
que yo soy, haz y envés,
la sombra lo junta y expresa.
¿Pero de qué me sirve?
Si la miro en demanda ansiosa de conciencia,
es burlona, enflaquece risiblemente o hace
de todo yo una bola grotesca.
Y por eso la mato cada día
entrándome en la casa, toda sombra sin sombras,
asesino pueril y Caín de burla.

32

Hijo mío, ven al mundo,
que preparado está ya
tu ajuar.
Brazos te esperan de madre
que te estrecharán;
silabarios donde aprendas
que & y a se dice ba;
cuna, caballo, aviòn
y servicio militar,
Muchas palabras en libros
y otras que van
entreoídas por los aires
al que las quiera captar.
Adjetivos graduados,
amable, bueno, genial,
escultor que te haga estatua
si te la sabes ganar,
y olvido, el obrero terco
que la sepa derribar,
Y si algún dia sintieras
que b y a no dicen bci,
que eres malo sin malicia,
bueno sin bondad,
dòblate sobro el brocal
del pozo y grita fuerte
tu verdad,
la que no estaba acuñada.
Y del hondo de las aguas
otra verdad te saldrá,
y del hond" de 1?R agnac
otros ojos
hermanos contestarán.

33

«Manuela Pía» se llama el barco.
Manuela Pía será sin duda el nombre
de la viuda del armador.
Vive en un puerto mediterráneo,
con un santo temor de Dios
y con un santo amor a la renta
del cuatro por ciento interior.
Doña Manuela reza el rosario
todas las noches y se duerme
junto a un lorito centenario
que allá un día trajo de América
un barco de su propiedad.
Y mientras la armadora está
navegando por el mar manso
del rezo, donde se adormece,
sobre los mares de verdad,
juvenil, fuerte y petulante
va adelante el «Manuela Pía».

34

La obediencia que esta noche
me susurras al oído
obediencia es de veleta.
¿Estar quedo? ¿Cambiar mucho?
Eso será como quieran
los aires que muevas tú
para jugar con la ausencia.
No te quejes de mis vueltas
y de no encontrarme nunca
cara a cara:
el huirte es obediencia.
Y si mi alma no se está
nunca quieta,
no la llames volandera:
fidelidad te he jurado
-yo de hierro, tú de aire-
de veleta.

35

El agua que está en la alberca
y el verde chopo son novios
y se miran todo el día
el uno al otro.
En las tardes otoñales,
cuando hace viento, se enfadan,
el agua mueve sus ondas,
el chopo sus ramas;
las inquietudes del árbol
en la alberca se confunden
con inquietudes de agua.
Ahora que es la primavera,
vuelve el cariño; se pa-san
toda la tarde besándose
silenciosamente. Pero
un pajarillo que baja
desde el chopo a beber agua,
turba la serenidad
del beso con temblor vago.
Y el alma del chopo tiembla
dentro del alma del agua.

36

Cayò el papel al fuego (tú bien sabes
que eso es mentira.
El papel no cayò, tú lo tiraste).
Y una llama
alta y súbita echò sobre tu cara
un rubor, desde fuera,
cuando a tu rostro ya venia otro
rubor del alma, desde dentro.
Asi las dos vergüenzas se besaron
en tu mejilla. Luego
-el fuego consumiò lo que debía-
muriò la llama y te quedaste pálido.

37

¿Por qué te entregas tan pronta?
(¡Nostalgia de resistencias
y de porfías robadas!)
Lo que era noche es de día
bruscamente, cual si a Dios,
autor de luz y tiniebla,
se le olvidara el crepúsculo
de las dulces rendiciones.
Cierro brazos, tú los abres.
Huyo. Y me esperas allí,
en ese refugio mismo
donde de ti me escondía.
¡Facilidad, mala novia!
¡Pero me quería tanto!...

38

Crepúsculo. Sentado en un rincòn
siento en el alma el poso de este día.
Aquí a mi lado,
firme pupila la ventana abre:
lo que ella ve de afuera
lo repite en el fondo de la estancia
un viejo espejo familiar, ingenua madre
que la luz y la vida nos transmite
pura y sin mancha.
En el espejo la mirada hundo
y en lo que veo en él: como en entraña
palpitante del mundo.
la sangre del ocaso hacia él afluye,
y por encima, las iniciaciones
de vagas ilusiones estelares
Y el signo del apòstata-mas no la cruz-
y el «vencerás conmigo»,
clave de todo el arco.
¿Será posible? Acaso.,.
Me lanzo a la ventana. Miro:
cada cosa en su sitio, como siempre;
la montaña, el poniente y la estrella primera,
otra vez me confirman esa orden
que al nacer entendí, sin nada nuevo.
¿Y lo que yo esperaba?
Miro al espejo y sòlo a mi me veo
-ya se borrò el crepúsculo indeciso-
en la estampa de mí que me da el rostro.
De lo demás, allí en los ojos algo...
A mi rincòn me vuelvo. Que la vida
se muera lentamente en el espejo.

39

Mendigo de los caminos,
pobre mendigo que vas
esperando de mañana
la limosna que hoy te niega,
cargado, al hombro, tu saco
de esperanza, no de pan.
Cuando llegues a mi casa
no te irás
con esas palabras malas
que en tanto zaguán te esperan:
«Hoy no puede ser, hermano,
otra vez será.»
Porque soy cobarde, hermano,
mi fardel llevo en el hombro,
tengo camino que andar
y me da miedo una puerta
de no sé cuándo ni dònde
y me da miedo una boca
-de quién no lo sé-que diga:
«Hoy no puede ser, hermano,
otra vez será.»

40

¡Còmo me duermes al niño,
enorme cuna del mundo,
cuna de noche de agosto
El viento me lo acaricia
en las mejillas
y lo que canta en los árboles
tiene sonsòn de nanita
para que se duerma pronto.
Suaves estrellas le guardan
de mucha luz y de mucha
tiniebla para los ojos.
Y parece que se siente
rodar la tierra muy lenta,
sin más vaivén que el preciso
para que se duerma el niño,
hijo mío e hijo suyo.

41

Estas frases de amor que se repiten tanto
no son nunca las mismas.
Idéntico sonido tienen todas,
pero una vida anima a cada una,
virgen y sola, si es que la percibes.
Y no te canses nunca
de repetir las palabras iguales;
sentirás la emociòn que siente el alma
al ver nacer a la estrella primera
y al mirar que se copia, según la noche avanza,
en otras estrellitas
de distinto brillar y de alma única.
Y asi al repetir esta
simple frase de amor se van prendiendo
infinitas estrellas en el pecho:
un mismo sol les presta luz a todas,

el sol lejano que vendrá mañana
cuando cesen estrellas y palabras.

42

En la tierra seca
el alma del viento
avisos marinos me daba
con los labios trémulos
de chopos de estío.
Alientos de mar
y ansias de periplo,
quilla, proa, estela.
Circe y vellocino,
todo lo mentían
chopos sabidores
de la tierra seca.
Y una nube blanca
(una vela blanca)
en el horizonte,
con gestos de lino,
alardes de fuga
por rumbos queridos
hacía
en el mar sin viento
de aquel cielo seco
de la tierra seca
con chopos de estío.

43

El río va a su negocio
corre que te correrás.
De cuando en cuando, en la orilla
hay una moza que sale
(Gelves es la moza humilde,
Sevilla la de linaje)
a ofrecerle el corazòn
si el río quiere pararse.
Pero
el río va a su negocio
y no se casa con nadie.

44

Estaban todos alrededor de la cama.
La palabra postrera de la enferma fue: «Agua.»
Y se sintieron saltos cantarines de arroyo
entre guijas y al fondo Cruzaron velas blancas,
y el sol que entrò en la alcoba
se deshizo en los siete colores.
Y la muerte.
La palabra final de la enferma fue: «Agua.»

45

Lágrima,
no te quiero, eres de agua.
Como el rio al mar,
la fuente a la sed,
la charca a la nube,
tarde o temprano te marchas,
Alegría,
alegría, cálida y áurea,
no te quiero, eres de sol.
Y hasta el calendario cuenta
que por las tardes te llevas
a otro-¿a qué otro?-lo que
me dabas por la mañana.
Libro.
No te quiero. De papel
cárcel frustrada, ya sabes
que se te irá el prisionero.
Agua que nunca huye,
soles que no se ponen,
libros que no traicionan;
quietud, tiniebla inmòvil, tú, silencio.
Y lo de fuera, si, sé generoso, afuera.
Mas lo de adentro-dulce secreto eterno-adentro

46

Anoche se me ha perdido
en la arena de la playa
un recuerdo
dorado, viejo y menudo
como un granito de arena.
Paciencia! La noche es corta.
Iré a buscarlo mañana...
Pero tengo miedo de esos
remolinos nocherniegos
que se llevan en su grupa
-¡Dios sabe adonde!-la arena
menudita de la playa.

47

Coraza y pecho abierto.
Coraza hecha con el acero de lo eterno
para el dardo que lanza el arco, desde abajo,
cada día, certero,
para el dardo sutil del cuidado pequeño.
Y los días pasados sin bajeza ni altura,
montòn de muertas flechas rebotadas
al pie nuestro.
Y a lo otro pecho abierto:
para la herida grande del gran dolor eterno,
para el puñal del bien y el mal
que nosotros nos hemos de clavar en el pecho
por voluntad y por mandato interno,
mientras resbala en la coraza cada día
el dardo leve de los destinos ciegos.

48

Desde hace ya muchos años,
la reja
me tiene partido el mundo
que se ve por la ventana
en cuatro partes iguales.
Y así en una se me niega
lo que se me ofrece en tres
que no son nunca las mismas.
Cuando yo rompa los hierros,
ya lo sabes,
no ha de ser para escaparme;
será porque ya no pueda
sufrir más el ansia esta
de ver todo el mundo entero
sin cuatro partes iguales.

49

No te veo, bien sé
que estás aquí, detrás
de una frágil pared
de ladrillos y cal, bien al alcance
de mi voz, si llamara.
Pero no llamaré.
Te llamaré mañana,
cuando al no verte ya,
me imagine que sigues
aquí cerca, a mi lado,
y que basta hoy la voz
que ayer no quise dar.
Mañana..., cuando estés
allá detrás de una
frágil pared de vientos,
de cielüs y de años.

FIN DE

"PRESAGIOS"


SEGURO AZAR

(1924-1928)

SEGURO AZAR

I

CUARTILLA

Invierno, mundo en blanco.
Mármoles, nieves, plumas,
blancos llueven, erigen
blancura, a blanco juegan.
Ligerisimas,
escurridizas, altas,
las columnas sostienen
techos de nubes blancas.
Bandas
de palomas dudosas
entre blancos, arriba
y abajo, vacilantes
aplazan
la suma de sus alas.
¿Vencer, quién vencerá?

Los copos
inician algaradas.
Sin ruido, choques, nieves,
armiños, encontrados.
Pero el viento desata
deserciones, huidas.
Y la que vence es
rosa, azul, sol, el alba:
punta de acero, pluma
contra lo blanco, en blanco,
inicial, tú, palabra.

2

FIGURACIONES

Parecen nubes. Veleras,
voladoras, lino, pluma,
al viento, al mar, a las ondas
-parecen el mar-del viento,
al nido, al puerto horizontes,
certeras van como nubes.

Parecen rumbos. Taimados
los aires soplan al sesgo,
el Sur equivoca al Norte,
alas, quillas, trazan rayas
-aire, nada, espuma, nada-,
sin dondes. Parecen rumbos.

Parece el azar. Flotante
en brisas, olas, caprichos,
¡qué disimulado va,
tan seguro, a la deriva
querenciosa del engaño!

¡Qué desarraigado, ingrávido,
entre voces, entre imanes,
entre orillas, fuera, arriba,
suelto! Parece el azar.

3

OTRA TU

No te veo la mirada
si te miro aqui a mi lado.
Si miro al agua la veo.

Si te escucho,
no te oigo bien el silencio.
En la tersura
del agua quieta lo entiendo.

Y el cielo
-tú le miras, yo le miro-,
no es infinito en lo alto:
el cielo

-en su baranda te apoyas-
tiene cuatro esquinas, húmedo,
está en el agua, cuadrado.

4

VOCACIÓN

Abrir los ojos. Y ver
sin falta ni sobra, a colmo
en la luz clara del dia,
perfecto el mundo, completo.
Secretas medidas rigen
gracias sueltas, abandonos
fingidos, la nube aquella,
el pájaro volador,
la fuente, el tiemblo del chopo.
Está bien, mayo, sazòn.

Todo en el fiel. Pero yo...
Tú, de sobra. A mirar,
y nada más que a mirar
la belleza rematada
que ya no te necesita.

Cerrar los ojos. Y ver
incompleto, tembloroso,
de será o de no será,
-masas torpes, planos sordos-
sin luz, sin gracia, sin orden
un mundo sin acabar,
necesitado, llamándome
a mí, o a ti o a cualquiera
que ponga lo que le falta,
que le dé la perfecciòn.
En aquella tarde clara,
en aquel mundo sin tacha,
escogí:
el otro.
Cerré los ojos.

5

PASAJERO APRESURADO

Ciudad, ¿te he visto o no?
La noche era una prisa
por salir de la noche.

Tú al paso me ofreciste
gracias vagas, en vano.

Aquella catedral
que disparaba piedras
a la niebla... No sé
qué agua turbia, rapíora
de luces a los puentes.

Inaccesibles entre
su guardia de cristales
perla, flor o pintura,
corazòn de las tiendas.
Y hubo una pantorrilla
tersa en la media fina,
cuando el asfalto ofrece
sucio azogue a las nubes.

6

EL ZUMO

Tan visible está el secreto!
Tan alegre,
colgando al aire!
Le ven todas las miradas
y le sopesan los vientos;
los chiquillos le conocen
y gritan: «Mira, un secreto.
Dámelo! Si parece una naranja.»

Pero el secreto defiende,
invisible amarga almendra,
su mañana, su secreto
mayor, dentro.

Lo que da son disimulos,
redondez, color, rebrillo,
soluciòn fácil, naranja,
a la mirada y al viento.

7

SIN VOZ, DESNUDA

Sin armas. Ni las dulces
sonrisas, ni las llamas
rápidas de la ira.
Sin armas. Ni las aguas
de la bondad sin fondo,
ni la perfidia, corvo pico.
Nada. Sin armas. Sola.

Ceñida en tu silencio.
«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»
quiebran agudas puntas
de inútiles saetas
en tu silencio liso
sin derrota ni gloria.
¡Cuidado!, que te mata
-fría, invencible, eterna-
eso, lo que te guarda;
eso, lo que te salva,
el filo del silencio que tú aguzas.

8

FECHA CUALQUIERA

¡Ay qué tarde organizada
en surtidor y palmera,
en cristal recto, desmayo;
en palma curva, querencia!

Dos líneas se me echan
encima a campaniltazos
paralelas del tranvía.
Pero yo quiero a esas otras
que se van
sin llevarme por el cielo:
telégrafo, nubes blancas,
Y
-compás de los horizontes-
el pico de las cigüeñas.

¡Qué perfecto lo redondo,
verde, azull [Ay, si se sueltal
Lo tiene un niño en un hilo.
¡Quieto,
aire del Sur, aire, airel
La pura geometría,
dime,
¿quién se la quita a la tarde?

9

EL MAL INVITADO

Quedarme aquí
en esta casa,
donde estoy de paso.
Y lo que cogen los ojos
con torpe prisa de avaro
-ángulo, relumbre en sombra,
hoja y cielo en la almohada-,
visto al fulgor del momento,
y lo que agavillan ansiosos,
para llevárselo,
verlo despacio,
a luz de sol y de luna,
a luz de estío y otoño,
a luz de goce y de pena.

Verlo tanto,
que esto que me queda ahora
clavado e inolvidable
como el más alto cantar,
esto, que nunca se olvidará
en mí, porque fue del tiempo,
de tan mío, de tan visto,
de tan descifrado, fuera
eternidad, lo olvidado.

10

NAV ACERRADA, ABRIL

Los dos solos. ¡Qué bien
aquí, en el puerto, altos!
Vencido verde, triunfo
de los dos, al venir
queda un paisaje atrás:
otro enfrente, esperándonos.
Parar aquí un minuto.
Sus tres banderas blancas
-soledad, nieve, altura-
agita la mañana.
Se rinde, se me rinde.

Ya su silencio es miò;
posesiòn de un minuto.
Y de pronto mi mano
que te oprime, y tú, yo
-aventura de arranque
eléctrico-, rompemos
el cristal de las doce,
a correr por un mundo
de asfalto y selva virgen.
Alma mía en la tuya
mecánica; mi fuerza,
bien medida la tuya,
justa: doce caballos.

11

ORILLA

Si no fuera por la roca
frágil, de espuma, blanquísima,
que él, a lo lejos se inventa,
¿quién me iba a decir a mí
que se le movía el pecho
de respirar, que está vivo,
que tiene un ímpetu dentro,
que quiere la tierra entera,
azul, quieto, mar de julio?

12

TRANSITO

-Qué princesa final la última hoja
de otoño pasa por en medio, lenta,
de la ancha calle sola!

Rubia, desheredada, morganática
esposa del gorriòn. Presentan armas,
inútiles aceros, ramas secas,
dobles filas de árboles, la guardia.
¡Adiòs!
Las encendidas iluminaciones
urbanas a su muerte paraísos
eléctricos ofrecen, blancos campos
elíseos. ¡Arriba!
El viento, su destino, ya la sube,
alma. al cielo.
¡Adiòs! Invierno, ¡qué anarquía!, invierno.
Las dinastías verdes,
cumpliendo trasatlánticos destierros,
esperan
abril, clarín, restauraciòn segura.

13

LOS EQUÍVOCOS

La tarde en sazòn fija
a un otoño que escapa
tumultos apacigua.
Primeras nieves: blanco...
Horizontes: aquello...
Distancia vista es
lejanía medida.
Ni mar ni cielo engañan:
embusteros los dos.
Lo cierto en el columpio
vuelos de seda enseña.
El mundo es infinito,
profusiòn de mentira.

De verdad
recta y curva no más.
Geometría, nieve,
ingrávidas queridas.

14

QUIETUD

No, si no se acaba hoy
esto que tengo empezado,
ya lo sé.., Sí, hay que dejarlo.
Tú, alfabeto; tú, intenciòn;
tú, papel blanco, [qué inútiles
esta noche
que otra perfecciòn me entrega,
infecunda virgen alta,
de cristal, antigua, inmòvil!
Me llama un ocio, un quehacer
de no hacer nada, de estarse
como agua pura, ni río,
ola ni torrente, agua
quieta esperando que pasen
por arriba atas o nubes,
las almas que tengo fuera.
Un ocio
tan hondo que yo ya sé
que lo que tengo empezado
se cumple en el no acabar,
su Binfin tiene perfecto,
no se ve, ya de tan claro.

15

FAR WEST

¡Qué viento a ocho mil kilòmetros!
¿No ves còmo vuela todo?
¿No ves los cabellos sueltos
de Mabel, la caballista
que entorna los ojos limpios
ella, viento, contra el viento?
¿No ves
la cortina estremecida,
ese papel revolado
y la soledad frustrada
entre ella y tú por el viento?

Sí, lo veo.
Y nada más que lo veo.
Ese viento
está al otro lado, está
en una tarde distante
de tierras que no pisé.
Agitando está unos ramos
sin dònde,
está besando unos labios
sin quién.
No es ya viento, es el retrato
de un viento que se muriò
sin que yo le conociera,
y está enterrado en el ancho
cementerio de los aires
viejos, de los aires muertos.

Sí le veo, sin sentirle.
Está allí, en el mundo suyo,
viento de cine, ese viento.

16

DOMINIO

Con tu palabra última
-adiòs-
anoche encadenaste
la noche a tu silencio.
Aunque el rayo de sol
en los ojos me hiera
con su ciega evidencia,
la noche limpia y pura
tal como noche era
en tu silencio se conserva,

Y no se irá a su nada,
secreta, ultraterrena,
hasta que tú con la primer palabra
de tus labios de hoy
-adiòs-crees el dia.

17

LOS MARES

El mar. Chasquido breve,
muerte de adolescencia
sobre la arena tibia.
Playa.

El mar. Ámbito exacto;
allí acaba, aquí empieza,
aquí estoy yo, allí ella,
Ausencia.

Él mar. Embate plañò
contra rocas tajadas.
Escribe blanca espuma
en el cantil su acròstico.
Se lo descifra el viento.
Secreto.

El mar. Sal en los labios
que beso, y esa gota
que va rodando, ajena,
por mejilla sin llanto.
La sal y el agua
en el amor y en el aire.

El mar. Las rastrojeras
ardidas.
Un chopo solo y quieto.
Esqueléticos galgos
buscan agua en un cauce
seco.

18

DON DE LA MATERIA

Entre la tiniebla densa
el mundo era negro: nada.
Cuando de un brusco tiròn
-forma recta, curva fòrma-
le saca a vivir la llama.
Cristal, roble, iluminados
¡qué alegría de ser tienen,
en luz, en líneas, ser
en brillo y veta vivientes!

Cuando la llama se apaga
fugitivas realidades,
esa forma, aquel color,
se escapan.
¿Viven aquí o en la duda?
Sube lenta una nostalgia
no de luna, no de amor,
no de infinito. Nostalgia
de un jarròn sobre una mesa.
¿Están?
Yo busco por donde estaban.
Desbrozadora de sombras,
tantea la mano. A oscuras
vagas huellas sigue el ansia.
De pronto, como una llama
sube una alegría altísima
de lo negro: luz del tacto.
Llegò al mundo de lo cierto.
Toca el cristal, frío, duro;
toca la madera áspera.
¡Están!
La sorda vida perfecta
sin color se me confirma,
segura, sin luz, la siento:
realidad profunda, masa.

19

VALLE

En el paisaje tierno
-aquí, quedarse-,
el puente de hierro.

Cielo azul, verde tierra,
el puente ¡qué negro!

Sobre colinas muelles
voluntad en desmayo,
amor en vacaciones,
toda la vida en curvas.

Pero él marchar, seguir,
él, solo, puente, recto.

20

LA DIFÍCIL

En los extremos estás
de ti, por ellos te busco.
Amarte: ¡qué ir y venir
a ti misma de ti misma!
Para dar contigo, cerca,
¡qué lejos habrá que ir!
Amor: distancias, vaivén
sin parar.
En medio del camino, nada.
No, tu voz no, tu silencio.
Redondo, terso, sin quiebra,
como aire, las preguntas
apenas le rizan,
como piedras, las preguntas
en el fondo se las guarda.
Superficie del silencio
y yo mirándome en ella.
Nada, tu silencio, sí.
O todo tu grito, sí.

Afilado en el callar,
acero, rayo, saeta,
rasgador, desgarrador,
¡qué exactitud repentina
rompiendo al mundo la entraña,
y el fondo del mundo arriba,
donde él llega, fugacísimo!
Todo, sí, tu grito, sí.

Pero tu voz no la quiero.

21

PLACER, A LAS ONCE

El arcángel del domingo,
de paz arcángel guerrero,
estandartes desplegados
las horas de la mañana,
contra enemigo, el misterio.
Del hombro cuelga la aljaba
toda llena de alfabetos:
las letras que clavará
-¡qué propaganda del gozo!-
luminosas en el cielo.
Ya se le alistan detrás
voluntarios de lo cierto:
maquinaria americana,
ágiles volatineros.
¡Còmo empuja el mar sus olas
de sonrisas contra ceños!
El niño blande su espada:
«¡Sí, porque sí, porque sí!»,
toda afilada de quieros.

Escuadrones de cien voltios
alancean los reflejos.
Y van las voces redondas,
lunas llenas por los cielos,
en su perfil encerradas
sin servidumbre a los ecos.
Caprichos salteadores
risueñamente le quiebran
la cerradura al secreto.
El secreto, cascabel.
Suena, soluciòn perfecta,
suena la alegría dentro.

22

NÚMEROS

Tenías abecedario
innumerable de estrellas;
clara
ibas poniendo la letra,
noche de agosto.
Pero yo, sin entenderla,
misterio, no la quería.
Aquí en la mesa de al lado
dos hombres echaban cuentas.
Más bellas que los luceros,
fúlgidas, cifras y cifras,
cruzaban por el silencio,
puras estrellas errantes,
señales de suerte buena
con largas caudas de ceros.
Y yo me quedé mirándolas:
-¡qué constelaciòn perfecta
tres por tres nueve!-olvidado
de Ariadna, desnuda allí
en islas del horizonte.

23

ROUTE NATIONALE

¡Pronto, la luz, pronto, pronto!
Un negror agazapado
salta de los horizontes
y me confunde la vida.
Las seguridades dulces,
distancias, perfiles, formas,
de un revuelo se las lleva.
¡Colores, colores míos,
amarillo, verde, rojo,
arrebatados cautivos,
en cárcel de nueve horas!
Aquel paisaje tan firme
¿còmo se rindiò tan pronto?
¡Resístete, variedad
amada, tú no te dejes,
no me dejes solo
en lo negro, raso, uno!

Con una vuelta a la llave,
en visiones de cien metros,
fragmentado, alegre, vivo,
los faros
me devolvieron el mundo.

24

LA DISTRAIDA

No estás ya aquí. Lo que veo
de tí, cuerpo, es sombra, engaño.
El alma tuya se fue
donde tú te irás mañana.
Aun esta tarde me ofrece
falsos rehenes, sonrisas
vagas, ademanes lentos,
un amor ya distraído.
Pero tu intenciòn de ir
te llevò donde querías,
lejos de aquí, donde estás
diciéndome:
«Aquí estoy contigo, mira.»
Y me señalas la ausencia.

25

MADRID, CALLE DE...

¡Qué vacaciòn de espejo por la calle!
Tendido boca arriba, cara al cielo,
todo de azogue estremecido y quieto,
bien atado le llevan.
Roncas bocinas vanamente urgentes
apresurar querían
su lenta marcha de garzòn cautivo.

¡Pero qué libre aquella tarde, fuera,
prisionero, escapado! Nadie
vino a mirarse en él. El sí que mira
hoy, por vez primera es ojos.

Cimeras ramas, cielos, nubes, vuelos
de extraviadas nubes, lo que nunca
entrò en su vida, ve.
Si descansan sus guardas a los lados,
acero, prisa, ruido,
corren. El, inmòvil,
en el asfalto, liso estanque
momentáneo, hondísimo,
abre. Y lo surcan
-de alas, de plumas, peces-
crepusculares golondrinas secas.

26

CINEMATÓGRAFO

l. LUZ.

Al principio nada fue.
Ni el agua para en ella el pez.
Ni la rama del árbol para la fatigada
ala del pájaro.
Ni la fòrmula impresa para casos de duelo.
Ni la sonrisa en la faz de la niña.
Al principio nada fue.
Sòlo la tela blanca
y en la tela blanca, nada...
Por todo el aire clamaba,
muda, enorme,
la ansiedad de la mirada.
La diestra de Dios se moviò
y puso en marcha la palanca...
Saltò el mundo todo entero
con su brinco primeval.

La tela rectangular
le oprimiò en normas severas,
le organizò bruscamente
con dos líneas verticales,
con dos líneas horizontales.
Y el caos tomò ante los ojos
todas las formas familiares:
la dulzura de la colina,
la cinta de los bulevares,
la mirada llena de inquina
del buen traidor de melodrama,
y la ondulaciòn de la cola
del perro fiel a su amo.
El hombre tuerto sintiò
que va a quebrársele el ojo
de cristal, a la embestida
de tantas y tantas visiones.
En el fondo gritò un erudito:
«¿Y la palabra, y la palabra?»
Y todos los esfuerzos del mundo,
la fuerza lograda y gastada,
las máquinas maravillosas
para correr, para volar,
para amar, para aborrecer
se echaron a funcionar.
El primer día de la creaciòn
humillado, pobre, vencido,
se marchò a llorar a un rincòn.
Pero ya el instinto acechaba
en los ojos de la mujer
-la cabellera suelta al viento-
y en el tejer y el destejer
de la tela del sentimiento.
Y el primer día de la creaciòn
se levantò de su rincòn
y vino a asomarse a la tela:
en la mano diestra llevaba
el primer corazòn del hombre,
que era el último corazòn.

2. OSCURIDAD.

El arco voltaico deja
desparramarse su alma
y lo entenebrece todo
la luz, madre de tinieblas.
Ha vuelto la tela blanca.
Pero ya es otra; se hizo
tela maravillosa.
Entre hilo e hilo de su trama
está encerrada toda cosa
y guarda avara
el mundo entero perdido.
Ya todas las almas sienten
su curso como de estrellas
que vivieron en valles floridos de la tierra
y besaron labios humanos.
Ahora, vueltas al espacio
extraterrenal,
siguen rodando hasta el día
que el destino astral las torne
a acercar al mundo puro,
la tela blanca,

1920.

27

35 BUJÍAS

Sí. Cuando quiera yo
la soltaré. Está presa
aquí arriba, invisible.
Yo la veo en su claro
castillo de cristal, y la vigilan
-cien mil lanzas-los rayos
-cien mil rayos-del sol. Pero de noche,
cerradas las ventanas
para que no la vean
-guiñadoras espías-las estrellas,
la soltaré. (Apretar un botòn.)
Caerá todo de arriba
a besarme, a envolverme
de bendiciòn, de claro, de amor, pura.
En el cuarto ella y yo no más, amantes
eternos, ella mi iluminadora
musa dòcil, en contra
de secretos en masa de la noche
-afuera-
descifraremos formas leves, signos,
perseguidos en mares de blancura
por mí, por ella. artificial princesa,
amada eléctrica.

28

SOLEDADES DE LA OBRA

«Voy a hacer.» (¡Qué mío es
lo que voy a hacer!)
«Estoy haciendo.» (¡Qué mío!)
«Ya está hecho. Míralo.»
Cuidado!
El hacer, enajenar,
quedarse solo, de hacer.
Salta, vuela, ya no es tuyo.
Solo.
Solo sin lo mío hecho.
Solo de lo mío, de eso
que hice yo, que me inventé
para no estar solo.
Forma de mis soledades,
yo me la estaba labrando.
Escapada.

La hice con ansias, con alas
de ansias. Se va
detrás de otras ansias, suyas,
poblando los cielos, suyos.
Y entre todo lo que hice,
mío, ya ajeno, ya lejos,
qué solo estaría hoy
sin eso, enorme, infinito,
de nadie, que acompaña:
lo que aún está por hacer,
lo que yo podría hacer.

¡Y mientras lo hiciera, mío!

29

MAS

¿Qué voy a ponerte a ti:
galeras de fantasía,
azahar falso, sombra falsa?

¿Qué voy a ponerte a ti,
tarde del día catorce,
si tú ya lo tienes todo:
naranjo sin flor ni fruto,
mar sin vela, luz de agosto?
En tu perfecciòn parada,
inmòvil, así, dejarte
salvada de tu pasar,
quisiera.

Eternidad te pondría.

30

INMINENCIA

Yo silencioso. Pero
grito, quejido, o risa
dentro y en pie con la ballesta armada.

Yo en tierra. Pero el barco
listo y los huracanes que me lleven.

Yo quieto. Pero
aquí, a los cuatro lados, cuatro tajos.
Yo, nada, sombra, pasajero y aire.

Pero, ¡tantos rumbos seguros!
Pero, ¡tantos soles eternos!
Pero, ¡tantas calmas augustas!
Para mí, sombra, pasajero y aire,
hoy.

31

CLAVE DE FEBRERO

Ni rosa en el rosal
ni tibieza en el viento,
pero está aquí, lo sé,
primavera del frío,
toda jugo en lo seco.
Sigilosa, invisible,
doctora en disimulos,
la gloria de mañana
es ya esta tarde suya.
Como llega sin fuerzas,
¿quién la resistirá?
Desarmada,
triunfo y filo previene;
no quiere nada, pero
querré lo que ella quiera.
En febrero me rindo;
a su nubil imperio
-el pecho apunta apenas-,
resistencias ahorro.

32

ACUARELA

Con el cielo gris
la copla
triste de Sevilla
se afina, se afina.
En agua sin sol
sombras de naranjos
entierran azahares.
Arriba,
en las altas miras
esperan las niñas
los barcos de oro.

Abajo
aguardan los mozos
que se abran cancelas
a patios sin fondo.
Sin rubor se quedan,
pálidas, las torres.
Desde las orillas,
las desesperadas
luces suicidas
al río se lanzan.
Cadáveres lentos,
rosa, verde, azul,
azul, verde, rosa,
se los lleva el agua.

33

AMADA EXACTA

Tú aquí, delante. Mirándote
yo. ¡Qué bodas
tuyas, mías, con lo exacto!
Si te marchas, ¡qué trabajo
pensar en ti, que estás hecha
para la presencia pura!

Todo yo a recomponerte
con sòlo recuerdos vagos:
te equivocaré la voz;
el cabello, ¿còmo era?
Te pondré los ojos falsos.

Tu recuerdo eres tú misma.
Ahora ya puedo olvidarte
porque estás aquí, a mi lado.

34

LA CONCHA

Tersa, pulida, rosada,
¡còmo la acariciarían,
si mejilla de doncella!
Entreabierta, curva, còncava,
su albergue, encaracolada,
mi mirada, se hace dentro.

Azul, rosa, malva, verde,
tan sin luz, tan irisada,
tardes, cielos, nubes, soles,
crepúsculos me eterniza.

En el òvalo de esmalte,
rectas sutiles, primores
de geometría en gracia,
la soluciòn le dibujan,
sin error, a aquel problema
propuesto
en lo más hondo del mar.

Pero su hermosura, inútil
nunca servirá. La cogen,
la miran, la tiran ya.
Desnuda, sola, bellísima,
la venera, eco de mito,
de carne virgen, de diosa,
su perfecciòn sin amante
en la arena perpetúa.

35

SUR, CON VIENTO

¡Ay, Sevilla, Sevilla,
guerrera mala, dime
por qué todas las tardes
tantas saetas me las clavas,
rebrillo de azulejos,
desde tus espadañas!
¡Ay, Sevilla, Sevilla!
¿Por qué secas al sol
ventolero de marzo,
blancas
brindadoras de paces,
camisillas de niño,
banderas de la tarde
en altas azoteas?
¡Ay, Sevilla, Sevilla,
quiéreme por amigo!
Y Sevilla me quiso.
Y vinieron sus mozas.
Y heridas de saetas,
-rebrillos-,
me las vendaban ellas,
con vendas
de camisas de niños,
secas
en altas azoteas.

36

MIRAR LO INVISIBLE...

La tarde me está ofreciendo
en la palma de su mano,
hecha de enero y de niebla,
vagos mundos desmedidos
de esos que yo antes soñaba,
que hoy ya no quiero.
Y cerraría los ojos
para no verlo. Si no
los cierro
no es por lo que veo.
Por un mundo sospechado
concreto y virgen detrás,
por lo que no puedo ver
llevo los ojos abiertos.

37

NIVEL PREFERIDO

¡Còmo se secaba el mundo
desde arriba, en panorama!
Mirador a mil cien metros,
doble asterisco en el Baedeker,
funicular y turismo.

Abierta de par en par
la vida por unas páginas
enormes, verdes, azules,
servicial, lisa, esquemática,
atlas
para mirarla tan sòlo
entre los duros cristales
-vitrina-de las distancias.
Naufragantes van primores,
espumas, yerbas hormigas.

Sòlo se salvan montañas,
mar, cielos altos, grandezas.
Ejemplos de lo sublime
sacaba una señorita
de una antología usada.

Y abajo, allí a media hora,
accidentes, dimensiones,
ruidosas delicias, números,
estaban ellas, mis gracias:
Tu grito, grito, «¡María!»
¿Quién está llamando a quién,
con voz de por la mañana?

Letreros: «Salida», «Entrada»,
sin puertas, sueltos, fatales,
como sinos, imperiosos.

Etiquetas de los precios,
sin más ni menos, exactas,
acabando con las dudas,
allí en los escaparates.

En la calle hirviente, clara,
a las doce en punto, sola,
una luz artificial
olvidada
en una ventana alta
-sòlo yo la veo-flor
amarilla y torpe, errata
de las doce y de lo gris.
Y pregòn, claxon, bocina,
sin cesar, las hojas verdes
con que tejen las esquinas
invisibles
coronas para tus sienes,
ninfa de tacones altos,
desmelenada, tú, anécdota,
negándote por teléfono
a la cita que te di
en la bacanal, pintada,
del museo, de once a doce.

38

LO OLVIDADO

Estuvo aquí. Sí. Latidos,
corazòn tierno de pájaro.
Yo le sentía. ¡Qué lucha
de caricia, roce, pluma!
¡Qué terca lucha suave,
ala impaciente en la mano!

¡Còmo gritaban los cielos
porque fuera y porque no!
(Había en medio una ronda
de acechadores neblíes.)

Ahora ya sin nada.
En la palma abierta al eco,
-tibieza-de aquel calor,
de su contacto, brevísimo.

¿Llegaría allí, a lo alto?

39

SI RECIENTE

No te quiero mucho, amor.
No te quiero mucho. Eres
tan cierto y mío, seguro,
de hoy, de aquí,
que tu evidencia es el filo
con que me hiere el abrazo.
Espero para quererte.
Se gastarán tus aceros
en días y noches blandos,
y a lo lejos, turbio, vago,
en nieblas de fue o no fue,
en el mar de el más y el menos,
còmo te voy a querer,
amor,
ardiente cuerpo entregado,
cuando te vuelvas recuerdo,
sombra esquiva entre los brazos.

40

AVISO

Subir, bajar suaves,
por un paisaje verde.
¡Qué ruta fácil, toda
ondulaciones leves,
tarde larga, de prisa,
destinos en vereda
a los lados, sin fin!
Y de pronto la muerte,
alta, recta, clarísima,
seria como una I.
¡Qué miedo frío dio,
-dio, dará, da, daría-
vista así, rostro a rostro,
ni esqueleto ni símbolo:
lineal, esencial,
muerte pura! En un fondo
negro, dos rayas blancas
que se cruzan, tres letras:
R(eal) A(utomòvil) C(lub).
Pero la vida pasa
-vencedor otro esquema-
salvada en un triángulo:
freno a las cuatro ruedas.

41

BUSCA, ENCUENTRO

Llevo los ojos abiertos.
No te veo,
estás dentro de la niebla.

Niebla:
con el mirar no la aclaro,
con la mano no la empujo,
con el querer no la mato.
Niebla.
La mirada, ¿para qué?
y la voluntad, inútil.

Llevo los ojos cerrados.
No te veo, ya te siento,
ya te tengo. Mía.
Estás, estoy, a tu lado:
estás dentro de la niebla.

42

MARCO

¡Qué cuadrado está el mar!
Tiene
costas inverosímiles,
cuatro lindes de oro.
Su corazòn titánico
palpita en un espejo.
Tempestades copiadas
quiebran altas espumas
contra listones frágiles
que lo apaciguan todo.
Entras; y en el azogue
donde
tormenta septembrina
se ciñe, lucha y muere,
claro jiròn se abre
al par-otro y lo mismo-
que te miras, sonrisa.

43

EL ÁRBOL MENOS

En el filo del hacha
me llevaron
un pedazo del mundo.
Ciprés:
largas sombras azules
en un muro encalado
veo.

El ruiseñor cimero,
cantarín del antojo,
oigo.
Por su masa secreta,
índice vertical
del paisaje seguro,
sé.
En el filo del hacha
me lo llevaron todo.
Cierro los ojos
ante paredes blancas,
se me empapa el silencio
de ruiseñor huido,
tiemblo, inmòvil,
en campiña sin clave.

44

ATALANTA

Palabras que estás diciendo
-«cariño... siempre... seguro...»-
con voz lenta en gesto quieto.
Ventanas dobles, vidrieras
cerradas, encortinadas,
guillotinan tentaciones
(Horizontes, aires, rumbos).
El cielo es el techo, todo
del color que tú quisiste,
sin constelaciòn ni guía.
Entreabierta alcoba-tuya,
mía-, renuncias desposa.

Pero más allá de todo,
¡qué claro se te ve el sino!

Ni ese zapato de cuento,
de cristal, frágil, altísimo,
ni ese pelo, ¡qué domado
plano, doméstico, liso!,
me engañan. Ya se estremecen
las tierras que estrenarás,
el horizonte que rompas,
el cielo por donde subas.

Talòn al aire te veo,
aquí tan quieta conmigo,
cabellera suelta al viento
-¡manzanas que te echaría!-
y luego
el mito, ascensor antiguo,
que te sube, allá, a la fábula.

45

PASILLO DE LA PRISA

¡Quémate, día, quémate
en la-¡quémate, día!-hoguera
de la prisa!
¡Pronto, la llama alta,
que me espera otro tú, otro día!
¡Más alta llama! Te echaré
porque te acabes antes
todo lo que me pidas.
Toda mi perfecciòn guardada y seca,
ahorro de tantos años,
¡còmo la despilfarro,
viéndola chispear, brotar, chascando
para que ella me invente al consumirse
un mundo en blanco!
Desnudo del ayer, del hoy desnudo,
¡qué ardiendo, qué saltando!,
lo recordado-briznas-,
lo deseado-qué olor fresco de retama-,
en la hoguera lo veo. Yo lo eché.
Pero aún me quedo yo.
Derecho, yo también
a la llama, a la prisa,
a llegar, a pasar, limpio, por fuego
más allá, al otro lado
-fénix, al otro día-
del día, de la prisa.

46

LOS DESPEDIDOS

Tarde afilada y seca
corta como un cuchillo.
¡Unidad de mi alma!

En un siempre se hinca:
el tiempo, que ya era un siempre
partido: ayer, mañana.

Y aquella sombra sola,
única, por la arena,
truncada en dos: tú y yo.

Secos rasgos, los vientos
firman sentencias últimas
de setiembre, destinos.
Aquí el tuyo, allí el mío.

Adioses, sin adiòs,
ni pañuelo. El acero
del otoño la vida
nos parte en dos mitades.
La vida
toda entera, dorada,
redonda, allí colgando
en la rama de agosto
donde tú la cogiste.

47

FE MÍA

No me fío de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.
Ni me fío de la otra
rosa verdadera,
hija del sol y sazòn,
la prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar.

48

AMIGA

Para cristal te quiero,
Para mirar al mundo,
a través de tí, puro,
de hollín o de belleza,
como lo invente el día.
Tu presencia aquí, sí,
delante de mí, siempre,
pero invisible siempre,
sin verte y verdadera.
Cristal. ¡Espejo, nunca!

49

PLAYA

Flotante, sin asidero,
nadador fuera del agua,
voluntario a la deriva,
por las horas, por el aire,
por el haz de la mañana.
Todo fugitivo, todo
resbaladizo, se escapa
de entre los dedos el mundo,
la tierra, la arena. Nubes,
velas, gaviotas, espumas,
blancuras desvariadas,
tiran de mí, que las sigo,
que las dejo. ¿Estoy, estaba,
estaré? Pero sin ir,
sin venir, quieto, flotando
en aquí, en allí, en azul.
Una alegría que es
el filo de la mañana
rompe, corta, desenreda
nudos, promesas, amarras.
Tropeles de sombras ninfas
huyendo van de sus cuerpos
en islas desenfrenadas.
Con su cargamento inútil
de recuerdos y de plazos
-¡ya no sirven, ya no sirven!-
el tiempo leva las anclas.
No se le ve ya. Sin tiempo,
prisa y despacio lo mismo,
¡qué de prisa, qué despacio
juegan los lejos a cercas
colgados del verdiazul
columpio de las distancias!
Su silencio echan a vuelo
enmudecidas campanas
y cumplen su juramento
los horizontes del alba:
la vida toda de día,
sin lastre, pura, flotando
ni en agua, ni en aire, en nada.

50

TRIUNFO SUYO

No se le ve,
pero está detrás, seguro,
imperial rostro insufrible,
dueño de lo último.
Aunque me deje ganar
fingidamente un instante
¡qué falsa siento mi fuerza,
que él me presta contra él!
Yo lo sé:
lo mío no es mío, es suyo.
Lo eterno, suyo. Vendrá,
-¡qué bien lo siento!-por ello.
Voy a verle cara a cara:
porque ya se está quitando,
porque está tirando ya,
los cielos, las alegrías,
los disimulos, los tiempos,
las palabras, antifaces
leves que yo le ponía
contra-¡irresistible luz!-
su rostro de sin remedio
eternidad, él, silencio.

FIN DE

"SEGURO AZAR"



FÁBULA Y SIGNO

(1931)

FÁBULA Y SIGNO

1

LA ORILLA

Basta, no hay que pedir más,
luz, amor, treinta de abril.
Hay que fingir que ya tienes
bastante, que estás saciado,
que te sobra lo que queda
de abril
después del treinta de abril.
Dejarlo,
como si pudiera darte
más y tú no lo quisieras.
Porque así te irás creído
que no se acababa nunca
lo que se estaba muriendo.
Te irás
sin sospechar que estuviste
allí al borde de lo último.
Porque aquello, fecha, beso
-cuando tú te despediste
te parecía lo eterno-,
era lo último.
Detrás,
el fin sin remedio, el fondo
duro y seco de la nada.
Lo que hubieses visto tú,
si llegas a pedir más
abril al treinta de abril.

2

RELO PINTADO

Las dos y veinticinco. Sí. Pero no aquí, no.
¿En qué día serían
las dos y veinticinco esas,
en qué mundo serán
las dos y veinticinco, de qué año?
¡Qué bien está esa hora
boba, suelta, volando
por los limbos del tiempo!
Se ve que es una hora
en que no pasò nada más que ella:
sus sesenta minutos
lentísimos, sesenta besos largos,
inocentes
en la mejilla tierna de una tarde
de un septiembre cualquiera, no sé dònde.

Hasta dejar de ser
hora de paso en su ascensiòn
a esto que ya es ahora: un alma de hora
escogida-¿por qué?-,
salvada de entre todas en la esfera
de aquel relò pintado, falso, alegre
medida de lo eterno.

3

LA OTRA

Se muriò porque ella quiso;
no la matò Dios
ni el Destino.

Volviò una tarde a su casa
y dijo con voz eléctrica,
por teléfono, a su sombra:
«¡Quiero morirme,
pero sin estar en la cama,
ni que venga el médico,
ni nada! ¡Tú cállate!»

¡Qué silbidos de venenos
candidatos se sentían!
Las pistolas en bandadas
cruzaban sobre alas negras
por delante del balcòn.
Daban miedo los collares
de tanto que se estrecharon.
Pero no. Morirse quería ella.
Se muriò a las cuatro y media
del gran reloj de la sala,
a las cuatro y veinticinco
de su reloj de pulsera.
Nadie lo notò. Su traje
seguía lleno de ella,
en pie, sobre sus zapatos,
hasta las sonrisas frescas
arriba en los labios. Todos
la vieron ir y venir,
como siempre.
No se le mudò la voz,
hacía la misma vida
de siempre.
Cumpliò diecinueve años
en marzo siguiente: «Está
más hermosa cada día»,
dijeron en ediciones
especiales los periòdicos.
La heredera sombra còmplicer
prueba rosa, azul o negra,
en playas, nieves y alfombras,
los engaños prolongaba.

4

MAR DISTANTE

Si no es el mar, si es su imagen,
su estampa, vuelta, en el cielo.

Si no es el mar, si es su voz
delgada,
a través del ancho mundo,
en altavoz, por los aires.

Si no es el mar, si es su nombre
en un idioma sin labios,
sin pueblo,
sin más palabras que ésta:
mar.
Si no es el mar, si es su idea
de fuego, insondable, limpia;
Y YO,
ardiendo, ahogándome en ella.

5

LA ESTATUA

Ojalá no fueras nada,
tú, de piedra, más que tu piedra.
Ojalá no fueses
más que una materia, dura,
áspera y noble,
en el berrocal sin flor.
Esos brazos que te echaron,
esa sonrisa mentida,
la carne que estás fingiendo,
todo se me olvida a mí
en la punta de los dedos,
en ese tacto tan puro,
con que vuelves a tu ser
piedra, con alma de piedra;
a ser lo primero, tierra,
lo primero que tú eras,
lo primero
(pero no esa forma falsa)
que fui yo.

6

HALLAZGO

No te busco
porque sé que es imposible
encontrarte así, buscándote.

Dejarte. Te dejaré
como olvidada
y pensando en otras cosas
para no pensar en ti,
pero pensándote a ti,
en ellas, disimulada.
Frases simples por los labios:
«Mañana tengo que hacer...»
«Eso sí, mejor sería...»
Distracciòn. ¡Qué fácil todo,
qué sencillo todo ya, tú
olvidada!

Y entonces
de pronto-¿por cuál será
de los puntos cardinales?-
te entregarás, disfrazada
de sorpresa,
con ese traje tejido
de repentes, de improvisos,
puesto para sorprenderme,
que yo mismo te inventé.

7

PARÍS, ABRIL, MODELO

Primavera, qué acierto
por fin,
después de tanta prueba
frustrada en tantos años!
¡Còmo conozco ahora
que las pasadas eran
ensayos nada más
de tiempos aprendices!
En ellas
sobraba siempre algo:
demasías de viento,
cuatro grados
más de temperatura,
una sombrilla abierta
pronto, besos precoces.
Locas de inexperiencia,
las otras
corrían los jardines
en busca de un altar.
¿Fustes? ¿Troncos? Ni templo
ni bosque. Se probaban
-bronce, mármol-estatuas.
Se ponían
traje de azul de cielo
para tirarlo aprisa
porque lo había usado
el invierno reciente.
Estaban aprendiendo.
Se creían los colores
de la rosa. Buscaban
en estanques. Arrugas
y muecas. ¿Eran ellas?
Tiernas infantas rápidas,
abdicaban, huían:
para reinar muy jòvenes.
Tú, tú eres la primera.
Ni en rosa ni en azul
confiada, nunca en Venus
buscaste forma, tú,
inventora de formas,
modelo,
estatua de ti misma.
Entre cristales,
maniquí, creaciòn
de primavera, aguardas
que florezcan dibujos
en las sedas.
Un termòmetro al lado
-¡cuidado, precoz no!-
te anunciará el momento
-¡18 grados ya!-
de huir el escaparate,
de saltar a los tiempos,
en la proclamaciòn
imperial del desnudo
-sòlo yo lo sabía-
que tú llevabas dentro,
modelo,
primavera modelo.

8

LO NUNCA IGUAL

Si esto que ahora vuelvo a ver
yo no lo vi nunca, no.
Dicen que es lo mismo, que es
lo de ayer, lo de entonces;
el cielo, el escaparate,
el buzòn de echar las cartas
y la barca por el río.
¡Mentira! Si yo ya sé
que se muriò todo eso
en otoño, al irme yo.
Que esto ahora
-imposible identidad
de un nueve con otro nueve-
es otra cosa, otra tierra
que brotaron anteayer,
nuevas, tiernas, recentísimas,
tan parecidas a aquellas
que todos me dicen: «Mira,
aquí vivías tú, aquí.»

9

AMSTERDAM

Esta noche te cruzan
verdes, rojas, azules, rapidísimas
luces extrañas por los ojos.
¿Será tu alma?
¿Son luces de tu alma, si te miro?
Letras son, nombres claros
al revés, en tus ojos.
Son nombres: Univeisum,
se iluminan, se apagan, con latidos
de luz de corazòn, üniversujn.
Miro; ya sé; ya leo:
Universum Cinema, ocho cilindros,
saldo de blanco junto a las estrellas.
Te quiero así, inocente, toda ajena,
palpitante
en lo que está fuera de tí, tus ojos
proclamando las vividas
verdades de colores de la noche.
Las compraremos todas
cuando se abran las tiendas, ahora mismo,
-Universum Cinema-, cuando bese
las luces de tu alma, sí, las luces,
anuncios luminosos de la vida
en la noche, en tus ojos.

10

AQUÍ

Me quedaría en todo
lo que estoy, donde estoy.
Quieto en el agua quieta;
de plomo, hundido, sordo
en el amor sin sol.
¡Qué ansia de repetirse
en esto que está siendo!
¡Qué afán de que mañana
sea
nada más que llenar
otra vez al tenderte
ese hueco que deja
hoy exacto en la arena
tu cuerpo!
Ni futuro, ni nuevo
el horizonte. Esto
apretado y estrecho.
tela, carne y el mar.
Nada promete el mundo:
lo da, lo tengo ya.
Nunca me iré de ti
por el viento, en las velas,
por el alma, cantando,
ni por los trenes, no.
Si me marcho será
que estoy
viviendo contra mí.

11

MUERTES

Primero te olvidé en tu voz.
Si ahora hablases aquí,
a mi lado,
preguntaría yo: «¿Quién es?»

Luego, se me olvidò de ti tu paso.
Si una sombra se esquiva
entre el viento de carne,
ya no sé si eres tú.

Te deshojaste toda lentamente,
delante de un invierno: la sonrisa,
la mirada, el color del traje, el número
de los zapatos.

Te deshojaste aún más:
se te cayò tu carne, tu cuerpo.
Y me quedò tu nombre, siete letras, de ti.
Y tú viviendo,
desesperadamente agonizante,
en ellas, con alma y cuerpo.

Tu esqueleto, sus trazos,
tu voz, tu risa, siete letras, ellas.
Y decirlas tu solo cuerpo ya.
Se me olvidò tu nombre.
Las siete letras andan desatadas;
no se conocen.
Pasan anuncios en tranvías; letras
se encienden en colores a la noche,
van en sobres diciendo
otros nombres.
Por allí andarás tú,
disuelta ya, deshecha e imposible.
Andarás tú, tu nombre, que eras tú,
ascendido
hasta unos cielos tontos,
en una gloria abstracta de alfabeto.

12

RESPUESTA A LA LUZ

Sí, sí, dijo el niño, sí.
Y nadie le preguntaba.
¿Qué le ofrecías, la noche,
tú, silencio; qué le dabas
para que él dijera a voces
tanto sí, que sí, que sí?
Nadie le ofrecía nada.
Un gran mundo sin preguntas,
vacías las negras manos
-ámbitos de madrugada-,
alrededor enmudece.

Los síes-¡qué golpetazos
de querer en el silencio!-,
las últimas negativas
a la noche le quebraban.
Sí, sí a todo, a todo sí,
a la nada sí, por nada.

Allá por los horizontes
sin que nadie-él solo: nadie-
la escuchara, sigilosa
de albor, rosa y brisa tierna,
iba la pregunta muda,
naciendo ya, la mañana.

13

RAPTO DE PRIMAVERA

¡Cuidado! Desprendidas,
precoces, rubias, sobre la capota
del coche, están las dos.
Hojas. Otoño. Aquí.
¡Corre! Quieren salvarse.
A ochenta, a ciento, a mil,
sobre los mares, sobre los records,
a llevarlas
al otro mundo, a la otra
mitad del mundo donde están brotando
ahora tiernas las otras.
¡Sálvalas!
Furtivamente ponías
en la más descuidada rama
de un árbol distraído.

Despacio,
sin que lo advierta, sin que se entere,
esa por ti engañada primavera
de allí.

14

RADIADOR Y FOGATA

Se te ve, calor, se te ve.
Se te ve lo rojo, el salto,
la contorsiòn, el ay, ay.
Se te ve el alma, la llama.
Salvaje, desmelenado,
frenesí yergues de danza
sobre ese futuro tuyo
que ya te está rodeando,
inevitable, ceniza.
Quemas.
Sòlo te puedo tocar
en tu reflejo, en la curva
de plata donde exasperas
en frío
las formas de tu tormento.
Chascas: es que se te escapan
suspiros hacia la muerte.

Pero tú no dices nada
ni nadie te ve, ni alzas
a tu consunciòn altares
de llama.

Calor sigiloso. Formas
te da una geometría
sin angustia. Paralelos
tubos son tu cuerpo. Nueva
criatura, deliciosa
hija del agua, sirena
callada de los inviernos
que va por los radiadores
sin ruido, tan recatada,
que sòlo la están sintiendo,
con amores verticales,
los donceles cristalinos,
Mercurios en los termòmetros.

15

FONT-ROMEU, NOCHE DE BAILE

Cada montaña tiene
su nombre, su estatura
(consúltense las guías)
y una señal de «libre», de «se alquila».
Pero no para estarse allí, no.
Llamo a aquella escurrida, silbo.
Es un taxi, tarifa de infinitos.
Viene ya. Me equivoco, lo que viene
es una nube rubia
con un álbum de discos bajo el brazo
a tocar fox-trots candidos,
en sordina con títulos de estrellas.
Y los bailan
sílfides de aluminio y celuloide,
duras, resbaladizas, con anuncios
de automòviles nuevos en la frente.
Y tan solas, las pobres,
tan sin pareja,

que se enamora sucesivamente
de una, de dos, de tres, de todas,
la voluntad vacante aquí en lo blanco.

16

MONEDA

Será quizá porque hay niebla
por lo que yo te acaricio.
Porque hay niebla,
masas disueltas, precisos
resultados abolidos,
y todo se va a otro vago
no sé qué sin dimensiòn.
Te acaricio a ti, moneda.
Anochecer de diciembre
y tú aquí en mi mano, tú,
contorno estricto, tú, dura
existencia resistente,
tu cuerpo de fina plata.
Moneda
con un número invencible
por la duda o por la niebla
y un rostro
que no dudará jamás,
de reina antigua, mirándome.

17

LA TARDE LIBRE

La semana de abril
de pronto se sintiò
una ausencia en el pecho:
jueves, su corazòn.

Sí, robamos el jueves.
Ella y yo, silenciosos,
de la mano, los dos.
Lo robamos con todo.
Con los circos redondos,
y sus volatineras
tiernas, conceptuosas
doncellas de los saltos.
Con las cajas de lápices,
rojos, azules, verdes,
y blancos, blancos, blancos,
blancos, para escribir
en las diez de la noche
de los cielos más negros
cartas a las auroras.
Con las tiendas sin nadie:
se vendían paisajes,
héroes, teorías,
arpas. Y todo a cambio
de arena de la playa.
De arena tan hermosa
que al mirarla
no se compraba nada
por no dejarla allí
color de carne intacta,
entre plata, entre cobre.
Con todo, sí, con todo.
Con escuelas de adioses
a las sombras y al beso.
Al salir se creían
los cuerpos y los labios
que nunca estaban solos.
Sí, con todo y sin fin.
Delicia de ser còmplices,
en delicias, los dos.
Y en el borde del miércoles
ver quedarse parados
almanaques atònitos
-no podían seguir-
mientras tú y yo secretos,
ya más allá del cielo,
del tiempo de los números,
vivíamos el jueves.

18

ESTACIÓN

Pregonada ciudad, villa en el aire,
tú, nunca vista.
Tú, que me despertaste
de un sueño sobre ruedas
erigiendo
en las ondas del viento
tu ausencia con tres sílabas.
(Ella, la titular, la de tu nombre,
estaba arriba,
arropada en la noche con su audiencia,
su obispo y su casino.) Mientras, tú,
la suplantadora,
mágica villa acústica,
me entregabas tus llaves al oído.
¡Qué ciudad temblorosa de un minuto,
con notantes banderas, sin historia,
hecha y deshecha en un minuto!
Y yo tu emperador, en un paréntesis
del sueño, encanto esdrújulo.
De ti, no de la otra
amarrada a sus siglos,
de ti, mía, instantánea,
voz y sonido puros contra piedras.

19

VÍDA SEGUNDA

Sí, tú naciste al borrárseme
tu forma.
Mientras yo te recordé,
i qué muerta estabas!
tan terminada en tus lindes,
Se te podía seguir
como en un mapa, clarísima,
al Norte
la voz seca, boreal,
tibia, abandonada, al Sur,
en litoral, la sonrisa.
Tú vivías, suficiente,
en tu color, en tus gestos,
encerrada entre medidas.

Pero un día de noviembre
dejaste en blanco tus atlas,
se abolieron tus fronteras,
te escapaste del recuerdo.
Estabas ya, sin tus límites,
perdida en la desmemoria.
Y te tuve que inventar
-era el segundo día-
nueva,
con tu voz o sin tu voz,
con tu carne o sin tu carne.
Daba lo mismo.
Eras ya de mí, incapaz
de vivirte ya sin mí.
A mis medidas de dentro
te fui inventando, Afrodita,
perfecta de enüe el olvido,
virgen y nueva, surgida
del olvido de tu forma.

20

ESCORIAL

I

Está hecho.
No es un afán por el aire,
camino del telegrama.
No es un billete al salir
el tren del primer viaje.
Está hecho.
Se puede medir, exacto,
mayor que el ansia y que el vuelo.
Vive en el paradisíaco
más acá de su proyecto.
Tres siglos tiene, tendrá
veinte, ciento. Porque no
es de tinta ni de alas:
es un edificio de granito.
Sin traducciòn se le entiende:
ya le tienen traducido
las distancias y los tiempos
a todo: al color de rosa,
a la luna, a la silueta,
al recuerdo en el insomnio.
De estar tan hecho
ya se le acabò el querer.
Lo que quiso es ahora piedra,
dimensiòn, forma. Y da miedo
de que esté ya más arriba
del vivir, al otro lado.
Porque no le falta nada:
está hecho.

21

RUPTURA SIN PALABRAS

Áspero, el camino
entre cerros pardos.
Rastreros los vientos,
arrancaban altos
quejidos de polvo
a la tierra triste.
En las eras mondas
amargos se hacían
pimientos secándose.
Tu mirar caía
con su cuerpo blanco
siempre sobre púas,
chumberas, picachos,
del agrio paisaje
erizado.

Los ojos, cerrarlos.
Pero hablar tampoco.
Al salir afuera
se torcían todos
los deseos candidos.
En los labios secos
los odios expòsitos
del aire, esperando,
sacaban el fílo
malo al sí y al no.
¡Qué herir sin querer
si decías tú,
si decía yo,
algo!

Hablar tampoco.
Dejar al silencio
en su forcejeo
con ecos distantes
de cabras y galgos.
Y no pensar nada.
Porque las de nunca,
centellas, maldades,
las desconocidas
iras soterradas
erguíanse dentro,
ya, de ti y de mí.
La tarde azuzando
nuestros dos destinos,
tan juntos, les daba
amarguras, polvo,
sañas y sequía:
armas contra ti,
amor de los dos.
Sin hablar, sin nada,
sentí que ya estábamos
frente a frente. Toda
desnuda te vi
en tu yo más malo.
Lo que yo te quise
-¡qué tiempo lentísimo!-
en minutos rápidos
se iba desamando.

22

JARDÍN DE LOS FRAILES

Del aire te defendiste,
el tiempo nunca te pudo,
pero te rindes al agua.
¡Qué seguro de ti mismo,
qué