POESÍAS COMPLETAS
DE
PEDRO SALINAS
PEDRO SALINAS
POESÍAS
COMPLETAS
PRESAGIOS
SEGURO AZAR
FÁBULA Y SIGNO
LA VOZ A TI DEBIDA
RAZÓN DE AMOR
EL CONTEMPLADO
TODO MAS CLARO
CONFIANZA
EDICIÓN PREPARADA Y REVISADA POR
JUAN MARICHAL
AGUILAR
MADRID-1961
PRESAGIOS
(1923)
PRESAGIOS
Forjé un eslabòn un dia
otro día forjé otro
y otro.
De pronto se me juntaron
-era la cadena-todos.
Suelo. Nada más.
Suelo. Nada menos.
Y que te baste con eso.
Porque en el suelo los pies hincados,
en los pies torso derecho,
en el torso la testa firme,
y allá, al socaire de la frente,
la idea pura, y en la idea pura
el mañana, la llave
-mañana-de lo eterno.
Suelo. Ni más ni menos,
y que te baste con eso.
2
Agua en la noche, serpiente indecisa,
silbo menor y rumbo ignorado;
¿qué día nieve, qué día mar? Dime.
¿Qué día nube, eco
de ti y cauce seco?
Dime.
-No lo diré: entre tus labios me tienes,
beso te doy, pero no claridades.
Que compasiones nocturnas te basten
y lo demás a las sombras
déjaselo, porque yo he sido hecha
para la sed de los labios que nunca preguntan.
3
Mis ojos ven en el árbol
el fruto redondo y fresco.
Mis manos se van certeras
a cogerlo. Pero tú,
pero tú, mano de ciego,
¿qué estás haciendo?
La mano da vueltas, vueltas
por el aire; si se posa
sobre cosa material,
huye tras palpo suave,
sin llegar nunca a cogerla.
Siempre abierta. Es que no sabe
cerrarse, es que tiene
ambiciones más profundas
que las de los ojos, tiene
ambiciones de esa bola
imperfecta de este mundo,
buen fruto para una mano
de ciego, ambiciòn de luz,
eterna ambiciòn de asir
lo inasidero.
Cuando se cansa de inútiles
devaneos, tristemente,
se va en busca de su hermana
y se entrecruzan las manos
del ciego.
Y sòlo así se están quietas,
enclavijadas,
asidas ansia con ansia
y deseo con deseo.
Mano de ciego no es ciega:
una voluntad la manda,
no los ojos de su dueño.
4
La nina llama a su padre «Tatá, dadá»,
La niña llama a su madre «Tatá, dadá».
Al ver las sopas
la niña dijo
«Tatá, dadá».
Igual al ir en el tren,
cuando vio la verde montaña
y el fino mar.
«Todo lo confunde», dijo
su madre. Y era verdad.
Porque cuando yo la oía
decir «Tatá, dadá»,
veía la bola del mundo
rodar, rodar,
el mundo todo una bola,
y en ella papá, mamá,
el mar, las montañas, todo
hecho una bola confusa?
el mundo «Tatá, dadá».
5
Posesiòn de tu nombre,
sola que tú permites,
felicidad, alma sin cuerpo.
Dentro de mí te llevo
porque digo tu nombre,
felicidad, dentro del pecho.
«Ven»: y tú llegas quedo;
«vete»: y rápida huyes.
Tu presencia y tu ausencia
sombra son una de otra,
sombras me dan y quitan.
(¡Y mis brazos abiertos!)
Pero tu cuerpo nunca,
pero tus labios nunca,
felicidad, alma sin cuerpo, sombra pura.
6
La luna estuvo en la casa
sin que nadie lo supiera.
Por la ventana se entrò,
pero estaba ya encendida
la lámpara
y ella se quedò ignorada,
muy humilde, en un rincòn,
Dijo el padre:
«Pronto cambiará la luna,
porque me duele la pierna.»
La niña estaba callada,
toda en nostalgias románticas
de esos castillos con luna
de los cromos alemanes.
Y mamá, que no tenía
ideales ni reuma,
dijo; «Vamos a acostarnos.
Apagaremos la lámpara.»
En cuanto todos se fueron,
las flores que estaban puestas
en la mesa
vieron su alma dibujada
con luna y sombra de luna
en la blanca paz del muro.
7
«Este hijo miò siempre ha sido díscolo...
Se fue a América en un barco de vela;
no creía en Dios; anduvo
con mujeres malas y con anarquistas;
recorriò todo el mundo sin sentar la cabeza...
Y ahora que ha vuelto a mí, Señor,
ahora que parecía...»
Por la puerta entreabierta
entra un olor a flores y a cera.
Sobre el humilde pino del ataúd el hijo
ya tiene bien sentada la cabeza.
8
¡Cuánto rato te he mirado
sin mirarte a ti, en la imagen
exacta e inaccesible
que te traiciona el espejo!
«Bésame», dices. Te beso,
y mientras te beso pienso
en lo fríos que serán
tus labios en el espejo.
«Toda el alma para ti»,
murmuras, pero en el pecho
siento un vacío que sòlo
me lo llenará ese alma
que no me das.
El alma que se recata
con disfraz de claridades
en tu forma del espejo.
9
Andabas por tierra firme
con ciencia de equilibrista
y pirueta de peligro,
como el que va por maroma
sobre el abismo tendida.
Pero nadie se riò.
Porque un día, al tropezar
-y andabas por tierra firme-
te hiciste el alma pedazos.
¡Y verdad te fue la muerte,
volatinero fingido!
10
Octubre era noche,
Los granos de trigo,
apenas del surco,
germinaban ya
futuros trigales,
otros y los mismos.
Brazo de sembrar
estaba rendido.
Y entonces la nube
de lluvia callada
en noche de octubre.
Junio moceaba.
El pan era trigo,
el gozo esperanza
y el futuro tarde
de estío garrido.
Y entonces la nube
negra, torva y lenta,
nube de pedrisco
en tarde de estío garrido.
Años abolidos,
sin junio ni octubre,
y el tiempo infinito.
En la tarde ancha,
una nube sola..
En la tierra, nada
-ni temor ni espera-
sembrado o crecido.
Y en la nube-imán
de íntimos aceros-,
vacíos espléndidos
de arrebol y oro;
en la nube, nada,
ni agua ni pedrisco.
11
Este placer de doblarse
dòcil, lento,
y este dolor de perder
de ayer
la forma que me gustaba mirar,
familiar, en el espejo
y de no ser más que una
contorsiòn desconocida
-¿vida de quién?-en mi vida...
Y si no (tú ya lo sabes)
allá al fondo, la amenaza
de romperte en dos pedazos
-vida o muerte, tierra o cielo-
bruscamente irreparable.
12
¡Soledad, soledad, tú me acompañas
y de tu propia pena me libertas!
Solo, quiero estar solo:
que si suena una voz aquí a mi lado
o si una boca en la boca me besa,
te escapas tú, vergonzosa y ligera.
Tan para tí me quieres
que ni al viento consientes sus caricias,
tú en el hogar el chasquido del fuego:
o ellos o tú.
Y sòlo cuando callan fuego y viento
y besos y palabras,
te entregas tú por compañera mía.
Y me destila las verdades dulces
la divina mentira de estar solo.
13
Cigarra que estás cantando
en un rincòn ignorado
del árbol que me da sombra,
no tengo ningún deseo
de saber cuál es la rama,
de tantas que me cobijan,
en que apoyas tu cantar.
Y no me importa si existes,
y no me importa si existe
algo más que ese vaivén
de tu lanzadera, esos
hilillos áureos y tensos
con que tejes el cordaje
de ese barco mañanero
de la mañana de agosto,
barco de los rumbos dulces
que no lleva a ningún puerto.
14
El alma tenías
tan clara y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.
Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles...
A tu alma se iba
por caminos anchos.
Preparé alta escala
-soñaba altos muros
guardándote el alma-
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.
Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía,
de franca que era,
entradas tu alma.
¿En dònde empezaba?
¿Acababa, en dònde?
Me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma.
15
-¿Lloverá otra vez mañana?
-¿Alma, tú me lo preguntas?
Yo no lo sé.
Brillando están las estrellas
como niñas bien bañadas
en el gran río del día;
ahora,
limpias y gozosas saltan
por el campo azul del cielo.
El árbol tiene un verdor
sin usar y es un chiquillo
que lloraba por tener
vestido nuevo y la madre
primavera se lo diò.
La brisa es más fresca; el alma
siente que pasa por ella
algo nuevo, que es un cauce
que estuvo seco y que vuelve
a conducir su caudal.
Y un gozo nunca sentido,
un verdor, unas estrellas
y un río que vuelve a andar
son un augurio bien claro.
Alma, tú me lo preguntas;
-¿Lloverá otra vez mañana!
-Yo no sé más.
16
Arena: hoy dormida en la playa
y mañana cobijada
en los senos del mar;
hoy del sol y mañana del agua.
A la mano que te oprime
le cedes blanda
y te vas con el primer viento
galán que pasa.
Arena pura y casquivana,
novia versátil y clara, te quise por mía
y te estreché contra el pecho y el alma.
Pero con olas y brisas y soles te fuiste
y me quedé sin amada,
con la frente dada al viento que me la robaba,
y la vista al mar lejano donde ella tenía
verdes amores en verde posada.
17
No de cantera nacida,
ni de piedra ni de hierro,
no trabajada por manos,
hecha del alma,
columna mía;
de fuego hecha,
de la lumbre conocida
por mí desde que he sentido
lumbre de vida.
En vano el hacha se afila
para ella, en vano ruinas
de excelsos tiempos me dictan
ejemplos tristes.
Fogosa es esta columna;
ni la cortará el acero
ni a obligada servidumbre
la habrá de rendir el tiempo.
Cada día le doy forma
cuando la alimento y echo
en su seno
lo que se da al pecho amado:
vida y amor nuestro.
Y ella va subiendo siempre
de tierra a cielo,
sin más soporte que este
corazòn mío, sin nada
que sustentar más que el gozo
del corazòn miò.
Columna fogosa, pura
consunciòn de mi albedrío,
siempre tendrás que quemar
ramas, tronco vivo y luego
estas raíces que hundo
en tierra,
todo tuyo y todo mío,
que has de acabarte, fogosa
columna, conmigo mismo.
Ni truncada por el hacha,
ni muerto vestigio:
un día
tu fuego se apagará
con el mío;
en la dulzura del alba
el humo se irá fundiendo
y morirá la ceniza
en brazos del viento nuevo.
18
Cuando yo alcé los ojos a mirarte
(por tu bien o tu mal)
para mirarme alzabas tú los ojos
(por mi bien o mi mal).
Esa palabra que iba yo a decir
(¿de bendiciòn o maldiciòn sería?)
se te asomò a los labios sin decirla.
(De bendiciòn o maldiciòn seria.)
Nunca fuiste primera ni yo último.
(¿En qué final o para qué comienzo?)
Nunca el primero yo ni tú la última.
(¿En qué final o para qué comienzo?)
Los dos exactamente a un tiempo mismo.
Y así todos los actos se abolieron
(ir yo hacia ti, venir tú a mí)
en la inutilidad de todo acto
(ir yo hacia ti, venir tú a mí)
previsto ya al nacer por otro idéntico.
Y así la identidad que nos unía
(tú y yo perdidos o tú y yo salvados)
separò nuestras vidas para siempre.
(Tú y yo salvados o tú y yo perdidos.)
19
Mi tristeza
me la ha robado la noche.
Era mía, era bien mía,
pensaba decirla en versos,
darla forma como dan
las lágrimas forma tibia
al dolor de adentro... Pero
estaba clara la noche
y el papel esperò en vano.
Anduve por la ciudad,
y las estrellas y el aire
y las piedras de las casas
y el olor de acacia, todo
era como un corazòn
tendido a la confidencia.
Y mi tristeza está ahora
lejos, muy lejos,
en las estrellas altas,
en esa brisa fresca
que lío puedo aprisionar
aunque abro y cierro las manos;
está ya fuera de mi.
La ofrenda que te traía,
madre Tristeza, era aroma
y el aire se la llevò.
Sombra son estas palabras
de aquellas
que la noche me robò.
20
Estos dulces vocablos con que me estás hablando
no los entiendo, paisaje,
no son los míos.
Te diriges a mí con arboledas
suavísimas, con una ría mansa.y clara
y con trinos de ave.
Y yo aprendí otra cosa: la encina dura y seca
en una tierra pobre, sin agua, y a lo lejos,
como dechado, el águila,
y como negra realidad, el negro cuervo.
Pero es tan dulce el son de ese tu no aprendido
lenguaje, que presiente el alma en él la escala
por donde bajarán los secretos divinos,
Y ansioso y torpe, a tu vera me quedo
esperando que tú me enseñes el lenguaje
que no es miò, con unas incògnitas palabras
sin sentido.
Y que me lleves a la claridad de lo incognoscible,
paisaje dulce, por vocablos desconocidos.
21
Hoy te han quitado, naranjo,
todas las naranjas de oro.
Las meten en unas cajas
y las llevan por los mares
a tierras sin naranjal.
Se creen
que te han dejado sin nada.
¡Mentira, naranjo mío!
Te queda el fruto dilecto
para mí solo, te queda
el fruto redondo y prieto
de tu sombra por el suelo,
y aunque éste nadie lo quiere,
yo vengo, como un ladròn,
furtivamente, a apagar
en sus gajos impalpables
y seguros esa sed
que nunca se me muriò
con el fruto de tus ramas.
22
La balanza-bien lo veo-
está vencida hacia el lado
del platillo malo.
¿Quién me puso allí ese peso?
No fui yo, pero allí está
puesto en mi daño,
y cargo con pesadumbres
que trajeron otras manos.
Señor, lo que yo no puse
¿por qué me es fuerza quitarlo?
¡Y hay muchas cosas queridas
en ese platillo malo!
23
I
Deja ya de mirar la arquitectura
que va trazando el fuego de artificio
en los cielos de agosto. Lleva el vicio
en sí de toda humana criatura:
vicio de no durar. Que sòlo dura
por un instante el fúlgido edificio
para dejarnos ver el beneficio
sagrado de una luz en noche oscura.
Ven... Hay que ir a buscar lo más durable.
Esta noche de estío por ti enciende
sus innúmeras luces en lo alto;
cállate bien y deja que ella hable.
Y del vano cohete sòlo aprende
a ir preparando tu divino salto.
24
II
Cerrado te quedaste, libro mío.
Tú, que con la palabra bien medida
me abriste tantas veces la escondida
vereda que pedía mi albedrio,
esta noche de julio eres un frío
mazo de papel blanco. Tu fingida
lumbre de buen amor está encendida
dentro de mí con no fingido brío.
Pero no has muerto, no, buen compañero,
que para vida superior te acreces:
el oro que guardaba tu venero
hoy está libre en mí, no en tí cautivo,
y lo que fingiste tantas veces,
aquí en mi corazòn lo siento vivo.
25
y III
¿Adonde ir? Envuelta toda entera
en neblina sutil la ciudad yace.
El lírico hipogrifo sueños pace,
inclinada la testa en la pradera
más íntima del ser y considera
con deleite amoroso el fuerte enlace
que a quietud le sujeta y que deshace
el ansia de la ruta viajera.
No hay nada afuera que me ponga linde:
ni camino que incite ni montaña
que dulce transponer al alma sea.
La vida al interior panal se rinde
y libre al fin de la atadura extraña
dentro de sí sus horizontes crea.
26
Yo no te había visto,
amarillo limòn escondido
entre el follaje bruñido del limonero,
yo no te había visto. Pero al niño
le brotò un fuego nuevo de codicia en los ojos
y tendiò las dos manos. Donde ellas no llegaban
llegò su grito.
Ahora es de noche y, como fruto cumplido del día,
te tengo en las manos,
limpio limòn escondido,
limpio limòn descubierto.
(El niño está ya dormido.)
27
Esta cadena de hierro
que tanto pesa, me es leve
de llevar y no la siento.
Hay otra cadena hecha
de olas, de tierras y vientos,
de sonrisas y suspiros,
que me ata yo no sé adonde,
que me esclaviza a ese dueño
desconocido, a ese dueño...
28
Murallas intactas
derrochan enhiestas
vigilias de piedra
enfrente de campos desiertos.
(¿Y los enemigos?)
De las atalayas,
se ven los caminos
que acarrean lentos
ganados humildes.
(¿Y los enemigos?)
Puerta inexpugnable
de tránsito sirve
a recuas monòtonas
-vino, aceite, trigo-
(¿Y los enemigos?)
Plantadas en piedras
de destinos bélicos,
cigüeñas amantes
hacían sus paces
en lecho de vientos.
(¿Y los enemigos?)
Ciudad torreada,
buena veladora
de siglos y tierras:
¿y tus enemigos?
29
Un viejo chulo le dijo
(la chiquilla era inclusera):
«¡Bendita sea tu madre!»
Al pasar junto al cuartel,
un soldado la gritaba
(la niña
tenía el cuerpo podrido):
«¡Ole tu sangre, muchacha!»
Y un mocito
que era de la torería
la jurò un día de abril
(Dios la iba a matar en mayo):
«¡Chiquilla, tú eres mi vida!»
30
La tierra yerma, sin árbol
ni montaña, el cielo seco,
huérfano de nube o pájaro;
tan quietos los dos, tan solos,
frente a frente tierra y cielo,
paralelismo de espejos,
que ahora no hay lejos ni cerca,
alto o bajo, mucho o poco,
en el universo.
Dulce muerte de medidas,
guiño de infinito!
Pero de un surco se vuela
un pájaro primerizo.
Y todo vuelve a ordenarse
por la pauta de su sino.
Ya la tierra está aquí abajo
y el cielo allí arriba puesto,
ya la llanura es inmensa
y el caminante pequeño.
Y ya sé lo que está lejos:
dicha, gracia, paz o logro,
Y ya sé lo que está cerca;
El corazòn en el pecho.
31
Estoy sentado al sol en la puerta de casa,
sin otra compañía que la sombra
de mi mismo tendida por el suelo.
La criatura extraña
que entre el sol de septiembre y yo creamos
sabe cosas de mí que yo no sé.
Me define de modos muy distintos,
es más ágil que yo y en tanto lucho
por dar con el secreto del movimiento justo
para mi verbo, ella se expresa bien, se alarga,
se hace tenue y vaga, como la noche exige,
o se precisa como verso de mármol,
si así lo quiere el sol.
Yo me veo bien claror
lo de fuera de mí, sol o luna, y aquello
que yo soy, haz y envés,
la sombra lo junta y expresa.
¿Pero de qué me sirve?
Si la miro en demanda ansiosa de conciencia,
es burlona, enflaquece risiblemente o hace
de todo yo una bola grotesca.
Y por eso la mato cada día
entrándome en la casa, toda sombra sin sombras,
asesino pueril y Caín de burla.
32
Hijo mío, ven al mundo,
que preparado está ya
tu ajuar.
Brazos te esperan de madre
que te estrecharán;
silabarios donde aprendas
que & y a se dice ba;
cuna, caballo, aviòn
y servicio militar,
Muchas palabras en libros
y otras que van
entreoídas por los aires
al que las quiera captar.
Adjetivos graduados,
amable, bueno, genial,
escultor que te haga estatua
si te la sabes ganar,
y olvido, el obrero terco
que la sepa derribar,
Y si algún dia sintieras
que b y a no dicen bci,
que eres malo sin malicia,
bueno sin bondad,
dòblate sobro el brocal
del pozo y grita fuerte
tu verdad,
la que no estaba acuñada.
Y del hondo de las aguas
otra verdad te saldrá,
y del hond" de 1?R agnac
otros ojos
hermanos contestarán.
33
«Manuela Pía» se llama el barco.
Manuela Pía será sin duda el nombre
de la viuda del armador.
Vive en un puerto mediterráneo,
con un santo temor de Dios
y con un santo amor a la renta
del cuatro por ciento interior.
Doña Manuela reza el rosario
todas las noches y se duerme
junto a un lorito centenario
que allá un día trajo de América
un barco de su propiedad.
Y mientras la armadora está
navegando por el mar manso
del rezo, donde se adormece,
sobre los mares de verdad,
juvenil, fuerte y petulante
va adelante el «Manuela Pía».
34
La obediencia que esta noche
me susurras al oído
obediencia es de veleta.
¿Estar quedo? ¿Cambiar mucho?
Eso será como quieran
los aires que muevas tú
para jugar con la ausencia.
No te quejes de mis vueltas
y de no encontrarme nunca
cara a cara:
el huirte es obediencia.
Y si mi alma no se está
nunca quieta,
no la llames volandera:
fidelidad te he jurado
-yo de hierro, tú de aire-
de veleta.
35
El agua que está en la alberca
y el verde chopo son novios
y se miran todo el día
el uno al otro.
En las tardes otoñales,
cuando hace viento, se enfadan,
el agua mueve sus ondas,
el chopo sus ramas;
las inquietudes del árbol
en la alberca se confunden
con inquietudes de agua.
Ahora que es la primavera,
vuelve el cariño; se pa-san
toda la tarde besándose
silenciosamente. Pero
un pajarillo que baja
desde el chopo a beber agua,
turba la serenidad
del beso con temblor vago.
Y el alma del chopo tiembla
dentro del alma del agua.
36
Cayò el papel al fuego (tú bien sabes
que eso es mentira.
El papel no cayò, tú lo tiraste).
Y una llama
alta y súbita echò sobre tu cara
un rubor, desde fuera,
cuando a tu rostro ya venia otro
rubor del alma, desde dentro.
Asi las dos vergüenzas se besaron
en tu mejilla. Luego
-el fuego consumiò lo que debía-
muriò la llama y te quedaste pálido.
37
¿Por qué te entregas tan pronta?
(¡Nostalgia de resistencias
y de porfías robadas!)
Lo que era noche es de día
bruscamente, cual si a Dios,
autor de luz y tiniebla,
se le olvidara el crepúsculo
de las dulces rendiciones.
Cierro brazos, tú los abres.
Huyo. Y me esperas allí,
en ese refugio mismo
donde de ti me escondía.
¡Facilidad, mala novia!
¡Pero me quería tanto!...
38
Crepúsculo. Sentado en un rincòn
siento en el alma el poso de este día.
Aquí a mi lado,
firme pupila la ventana abre:
lo que ella ve de afuera
lo repite en el fondo de la estancia
un viejo espejo familiar, ingenua madre
que la luz y la vida nos transmite
pura y sin mancha.
En el espejo la mirada hundo
y en lo que veo en él: como en entraña
palpitante del mundo.
la sangre del ocaso hacia él afluye,
y por encima, las iniciaciones
de vagas ilusiones estelares
Y el signo del apòstata-mas no la cruz-
y el «vencerás conmigo»,
clave de todo el arco.
¿Será posible? Acaso.,.
Me lanzo a la ventana. Miro:
cada cosa en su sitio, como siempre;
la montaña, el poniente y la estrella primera,
otra vez me confirman esa orden
que al nacer entendí, sin nada nuevo.
¿Y lo que yo esperaba?
Miro al espejo y sòlo a mi me veo
-ya se borrò el crepúsculo indeciso-
en la estampa de mí que me da el rostro.
De lo demás, allí en los ojos algo...
A mi rincòn me vuelvo. Que la vida
se muera lentamente en el espejo.
39
Mendigo de los caminos,
pobre mendigo que vas
esperando de mañana
la limosna que hoy te niega,
cargado, al hombro, tu saco
de esperanza, no de pan.
Cuando llegues a mi casa
no te irás
con esas palabras malas
que en tanto zaguán te esperan:
«Hoy no puede ser, hermano,
otra vez será.»
Porque soy cobarde, hermano,
mi fardel llevo en el hombro,
tengo camino que andar
y me da miedo una puerta
de no sé cuándo ni dònde
y me da miedo una boca
-de quién no lo sé-que diga:
«Hoy no puede ser, hermano,
otra vez será.»
40
¡Còmo me duermes al niño,
enorme cuna del mundo,
cuna de noche de agosto
El viento me lo acaricia
en las mejillas
y lo que canta en los árboles
tiene sonsòn de nanita
para que se duerma pronto.
Suaves estrellas le guardan
de mucha luz y de mucha
tiniebla para los ojos.
Y parece que se siente
rodar la tierra muy lenta,
sin más vaivén que el preciso
para que se duerma el niño,
hijo mío e hijo suyo.
41
Estas frases de amor que se repiten tanto
no son nunca las mismas.
Idéntico sonido tienen todas,
pero una vida anima a cada una,
virgen y sola, si es que la percibes.
Y no te canses nunca
de repetir las palabras iguales;
sentirás la emociòn que siente el alma
al ver nacer a la estrella primera
y al mirar que se copia, según la noche avanza,
en otras estrellitas
de distinto brillar y de alma única.
Y asi al repetir esta
simple frase de amor se van prendiendo
infinitas estrellas en el pecho:
un mismo sol les presta luz a todas,
el sol lejano que vendrá mañana
cuando cesen estrellas y palabras.
42
En la tierra seca
el alma del viento
avisos marinos me daba
con los labios trémulos
de chopos de estío.
Alientos de mar
y ansias de periplo,
quilla, proa, estela.
Circe y vellocino,
todo lo mentían
chopos sabidores
de la tierra seca.
Y una nube blanca
(una vela blanca)
en el horizonte,
con gestos de lino,
alardes de fuga
por rumbos queridos
hacía
en el mar sin viento
de aquel cielo seco
de la tierra seca
con chopos de estío.
43
El río va a su negocio
corre que te correrás.
De cuando en cuando, en la orilla
hay una moza que sale
(Gelves es la moza humilde,
Sevilla la de linaje)
a ofrecerle el corazòn
si el río quiere pararse.
Pero
el río va a su negocio
y no se casa con nadie.
44
Estaban todos alrededor de la cama.
La palabra postrera de la enferma fue: «Agua.»
Y se sintieron saltos cantarines de arroyo
entre guijas y al fondo Cruzaron velas blancas,
y el sol que entrò en la alcoba
se deshizo en los siete colores.
Y la muerte.
La palabra final de la enferma fue: «Agua.»
45
Lágrima,
no te quiero, eres de agua.
Como el rio al mar,
la fuente a la sed,
la charca a la nube,
tarde o temprano te marchas,
Alegría,
alegría, cálida y áurea,
no te quiero, eres de sol.
Y hasta el calendario cuenta
que por las tardes te llevas
a otro-¿a qué otro?-lo que
me dabas por la mañana.
Libro.
No te quiero. De papel
cárcel frustrada, ya sabes
que se te irá el prisionero.
Agua que nunca huye,
soles que no se ponen,
libros que no traicionan;
quietud, tiniebla inmòvil, tú, silencio.
Y lo de fuera, si, sé generoso, afuera.
Mas lo de adentro-dulce secreto eterno-adentro
46
Anoche se me ha perdido
en la arena de la playa
un recuerdo
dorado, viejo y menudo
como un granito de arena.
Paciencia! La noche es corta.
Iré a buscarlo mañana...
Pero tengo miedo de esos
remolinos nocherniegos
que se llevan en su grupa
-¡Dios sabe adonde!-la arena
menudita de la playa.
47
Coraza y pecho abierto.
Coraza hecha con el acero de lo eterno
para el dardo que lanza el arco, desde abajo,
cada día, certero,
para el dardo sutil del cuidado pequeño.
Y los días pasados sin bajeza ni altura,
montòn de muertas flechas rebotadas
al pie nuestro.
Y a lo otro pecho abierto:
para la herida grande del gran dolor eterno,
para el puñal del bien y el mal
que nosotros nos hemos de clavar en el pecho
por voluntad y por mandato interno,
mientras resbala en la coraza cada día
el dardo leve de los destinos ciegos.
48
Desde hace ya muchos años,
la reja
me tiene partido el mundo
que se ve por la ventana
en cuatro partes iguales.
Y así en una se me niega
lo que se me ofrece en tres
que no son nunca las mismas.
Cuando yo rompa los hierros,
ya lo sabes,
no ha de ser para escaparme;
será porque ya no pueda
sufrir más el ansia esta
de ver todo el mundo entero
sin cuatro partes iguales.
49
No te veo, bien sé
que estás aquí, detrás
de una frágil pared
de ladrillos y cal, bien al alcance
de mi voz, si llamara.
Pero no llamaré.
Te llamaré mañana,
cuando al no verte ya,
me imagine que sigues
aquí cerca, a mi lado,
y que basta hoy la voz
que ayer no quise dar.
Mañana..., cuando estés
allá detrás de una
frágil pared de vientos,
de cielüs y de años.
FIN DE
"PRESAGIOS"
SEGURO AZAR
(1924-1928)
SEGURO AZAR
I
CUARTILLA
Invierno, mundo en blanco.
Mármoles, nieves, plumas,
blancos llueven, erigen
blancura, a blanco juegan.
Ligerisimas,
escurridizas, altas,
las columnas sostienen
techos de nubes blancas.
Bandas
de palomas dudosas
entre blancos, arriba
y abajo, vacilantes
aplazan
la suma de sus alas.
¿Vencer, quién vencerá?
Los copos
inician algaradas.
Sin ruido, choques, nieves,
armiños, encontrados.
Pero el viento desata
deserciones, huidas.
Y la que vence es
rosa, azul, sol, el alba:
punta de acero, pluma
contra lo blanco, en blanco,
inicial, tú, palabra.
2
FIGURACIONES
Parecen nubes. Veleras,
voladoras, lino, pluma,
al viento, al mar, a las ondas
-parecen el mar-del viento,
al nido, al puerto horizontes,
certeras van como nubes.
Parecen rumbos. Taimados
los aires soplan al sesgo,
el Sur equivoca al Norte,
alas, quillas, trazan rayas
-aire, nada, espuma, nada-,
sin dondes. Parecen rumbos.
Parece el azar. Flotante
en brisas, olas, caprichos,
¡qué disimulado va,
tan seguro, a la deriva
querenciosa del engaño!
¡Qué desarraigado, ingrávido,
entre voces, entre imanes,
entre orillas, fuera, arriba,
suelto! Parece el azar.
3
OTRA TU
No te veo la mirada
si te miro aqui a mi lado.
Si miro al agua la veo.
Si te escucho,
no te oigo bien el silencio.
En la tersura
del agua quieta lo entiendo.
Y el cielo
-tú le miras, yo le miro-,
no es infinito en lo alto:
el cielo
-en su baranda te apoyas-
tiene cuatro esquinas, húmedo,
está en el agua, cuadrado.
4
VOCACIÓN
Abrir los ojos. Y ver
sin falta ni sobra, a colmo
en la luz clara del dia,
perfecto el mundo, completo.
Secretas medidas rigen
gracias sueltas, abandonos
fingidos, la nube aquella,
el pájaro volador,
la fuente, el tiemblo del chopo.
Está bien, mayo, sazòn.
Todo en el fiel. Pero yo...
Tú, de sobra. A mirar,
y nada más que a mirar
la belleza rematada
que ya no te necesita.
Cerrar los ojos. Y ver
incompleto, tembloroso,
de será o de no será,
-masas torpes, planos sordos-
sin luz, sin gracia, sin orden
un mundo sin acabar,
necesitado, llamándome
a mí, o a ti o a cualquiera
que ponga lo que le falta,
que le dé la perfecciòn.
En aquella tarde clara,
en aquel mundo sin tacha,
escogí:
el otro.
Cerré los ojos.
5
PASAJERO APRESURADO
Ciudad, ¿te he visto o no?
La noche era una prisa
por salir de la noche.
Tú al paso me ofreciste
gracias vagas, en vano.
Aquella catedral
que disparaba piedras
a la niebla... No sé
qué agua turbia, rapíora
de luces a los puentes.
Inaccesibles entre
su guardia de cristales
perla, flor o pintura,
corazòn de las tiendas.
Y hubo una pantorrilla
tersa en la media fina,
cuando el asfalto ofrece
sucio azogue a las nubes.
6
EL ZUMO
Tan visible está el secreto!
Tan alegre,
colgando al aire!
Le ven todas las miradas
y le sopesan los vientos;
los chiquillos le conocen
y gritan: «Mira, un secreto.
Dámelo! Si parece una naranja.»
Pero el secreto defiende,
invisible amarga almendra,
su mañana, su secreto
mayor, dentro.
Lo que da son disimulos,
redondez, color, rebrillo,
soluciòn fácil, naranja,
a la mirada y al viento.
7
SIN VOZ, DESNUDA
Sin armas. Ni las dulces
sonrisas, ni las llamas
rápidas de la ira.
Sin armas. Ni las aguas
de la bondad sin fondo,
ni la perfidia, corvo pico.
Nada. Sin armas. Sola.
Ceñida en tu silencio.
«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»
quiebran agudas puntas
de inútiles saetas
en tu silencio liso
sin derrota ni gloria.
¡Cuidado!, que te mata
-fría, invencible, eterna-
eso, lo que te guarda;
eso, lo que te salva,
el filo del silencio que tú aguzas.
8
FECHA CUALQUIERA
¡Ay qué tarde organizada
en surtidor y palmera,
en cristal recto, desmayo;
en palma curva, querencia!
Dos líneas se me echan
encima a campaniltazos
paralelas del tranvía.
Pero yo quiero a esas otras
que se van
sin llevarme por el cielo:
telégrafo, nubes blancas,
Y
-compás de los horizontes-
el pico de las cigüeñas.
¡Qué perfecto lo redondo,
verde, azull [Ay, si se sueltal
Lo tiene un niño en un hilo.
¡Quieto,
aire del Sur, aire, airel
La pura geometría,
dime,
¿quién se la quita a la tarde?
9
EL MAL INVITADO
Quedarme aquí
en esta casa,
donde estoy de paso.
Y lo que cogen los ojos
con torpe prisa de avaro
-ángulo, relumbre en sombra,
hoja y cielo en la almohada-,
visto al fulgor del momento,
y lo que agavillan ansiosos,
para llevárselo,
verlo despacio,
a luz de sol y de luna,
a luz de estío y otoño,
a luz de goce y de pena.
Verlo tanto,
que esto que me queda ahora
clavado e inolvidable
como el más alto cantar,
esto, que nunca se olvidará
en mí, porque fue del tiempo,
de tan mío, de tan visto,
de tan descifrado, fuera
eternidad, lo olvidado.
10
NAV ACERRADA, ABRIL
Los dos solos. ¡Qué bien
aquí, en el puerto, altos!
Vencido verde, triunfo
de los dos, al venir
queda un paisaje atrás:
otro enfrente, esperándonos.
Parar aquí un minuto.
Sus tres banderas blancas
-soledad, nieve, altura-
agita la mañana.
Se rinde, se me rinde.
Ya su silencio es miò;
posesiòn de un minuto.
Y de pronto mi mano
que te oprime, y tú, yo
-aventura de arranque
eléctrico-, rompemos
el cristal de las doce,
a correr por un mundo
de asfalto y selva virgen.
Alma mía en la tuya
mecánica; mi fuerza,
bien medida la tuya,
justa: doce caballos.
11
ORILLA
Si no fuera por la roca
frágil, de espuma, blanquísima,
que él, a lo lejos se inventa,
¿quién me iba a decir a mí
que se le movía el pecho
de respirar, que está vivo,
que tiene un ímpetu dentro,
que quiere la tierra entera,
azul, quieto, mar de julio?
12
TRANSITO
-Qué princesa final la última hoja
de otoño pasa por en medio, lenta,
de la ancha calle sola!
Rubia, desheredada, morganática
esposa del gorriòn. Presentan armas,
inútiles aceros, ramas secas,
dobles filas de árboles, la guardia.
¡Adiòs!
Las encendidas iluminaciones
urbanas a su muerte paraísos
eléctricos ofrecen, blancos campos
elíseos. ¡Arriba!
El viento, su destino, ya la sube,
alma. al cielo.
¡Adiòs! Invierno, ¡qué anarquía!, invierno.
Las dinastías verdes,
cumpliendo trasatlánticos destierros,
esperan
abril, clarín, restauraciòn segura.
13
LOS EQUÍVOCOS
La tarde en sazòn fija
a un otoño que escapa
tumultos apacigua.
Primeras nieves: blanco...
Horizontes: aquello...
Distancia vista es
lejanía medida.
Ni mar ni cielo engañan:
embusteros los dos.
Lo cierto en el columpio
vuelos de seda enseña.
El mundo es infinito,
profusiòn de mentira.
De verdad
recta y curva no más.
Geometría, nieve,
ingrávidas queridas.
14
QUIETUD
No, si no se acaba hoy
esto que tengo empezado,
ya lo sé.., Sí, hay que dejarlo.
Tú, alfabeto; tú, intenciòn;
tú, papel blanco, [qué inútiles
esta noche
que otra perfecciòn me entrega,
infecunda virgen alta,
de cristal, antigua, inmòvil!
Me llama un ocio, un quehacer
de no hacer nada, de estarse
como agua pura, ni río,
ola ni torrente, agua
quieta esperando que pasen
por arriba atas o nubes,
las almas que tengo fuera.
Un ocio
tan hondo que yo ya sé
que lo que tengo empezado
se cumple en el no acabar,
su Binfin tiene perfecto,
no se ve, ya de tan claro.
15
FAR WEST
¡Qué viento a ocho mil kilòmetros!
¿No ves còmo vuela todo?
¿No ves los cabellos sueltos
de Mabel, la caballista
que entorna los ojos limpios
ella, viento, contra el viento?
¿No ves
la cortina estremecida,
ese papel revolado
y la soledad frustrada
entre ella y tú por el viento?
Sí, lo veo.
Y nada más que lo veo.
Ese viento
está al otro lado, está
en una tarde distante
de tierras que no pisé.
Agitando está unos ramos
sin dònde,
está besando unos labios
sin quién.
No es ya viento, es el retrato
de un viento que se muriò
sin que yo le conociera,
y está enterrado en el ancho
cementerio de los aires
viejos, de los aires muertos.
Sí le veo, sin sentirle.
Está allí, en el mundo suyo,
viento de cine, ese viento.
16
DOMINIO
Con tu palabra última
-adiòs-
anoche encadenaste
la noche a tu silencio.
Aunque el rayo de sol
en los ojos me hiera
con su ciega evidencia,
la noche limpia y pura
tal como noche era
en tu silencio se conserva,
Y no se irá a su nada,
secreta, ultraterrena,
hasta que tú con la primer palabra
de tus labios de hoy
-adiòs-crees el dia.
17
LOS MARES
El mar. Chasquido breve,
muerte de adolescencia
sobre la arena tibia.
Playa.
El mar. Ámbito exacto;
allí acaba, aquí empieza,
aquí estoy yo, allí ella,
Ausencia.
Él mar. Embate plañò
contra rocas tajadas.
Escribe blanca espuma
en el cantil su acròstico.
Se lo descifra el viento.
Secreto.
El mar. Sal en los labios
que beso, y esa gota
que va rodando, ajena,
por mejilla sin llanto.
La sal y el agua
en el amor y en el aire.
El mar. Las rastrojeras
ardidas.
Un chopo solo y quieto.
Esqueléticos galgos
buscan agua en un cauce
seco.
18
DON DE LA MATERIA
Entre la tiniebla densa
el mundo era negro: nada.
Cuando de un brusco tiròn
-forma recta, curva fòrma-
le saca a vivir la llama.
Cristal, roble, iluminados
¡qué alegría de ser tienen,
en luz, en líneas, ser
en brillo y veta vivientes!
Cuando la llama se apaga
fugitivas realidades,
esa forma, aquel color,
se escapan.
¿Viven aquí o en la duda?
Sube lenta una nostalgia
no de luna, no de amor,
no de infinito. Nostalgia
de un jarròn sobre una mesa.
¿Están?
Yo busco por donde estaban.
Desbrozadora de sombras,
tantea la mano. A oscuras
vagas huellas sigue el ansia.
De pronto, como una llama
sube una alegría altísima
de lo negro: luz del tacto.
Llegò al mundo de lo cierto.
Toca el cristal, frío, duro;
toca la madera áspera.
¡Están!
La sorda vida perfecta
sin color se me confirma,
segura, sin luz, la siento:
realidad profunda, masa.
19
VALLE
En el paisaje tierno
-aquí, quedarse-,
el puente de hierro.
Cielo azul, verde tierra,
el puente ¡qué negro!
Sobre colinas muelles
voluntad en desmayo,
amor en vacaciones,
toda la vida en curvas.
Pero él marchar, seguir,
él, solo, puente, recto.
20
LA DIFÍCIL
En los extremos estás
de ti, por ellos te busco.
Amarte: ¡qué ir y venir
a ti misma de ti misma!
Para dar contigo, cerca,
¡qué lejos habrá que ir!
Amor: distancias, vaivén
sin parar.
En medio del camino, nada.
No, tu voz no, tu silencio.
Redondo, terso, sin quiebra,
como aire, las preguntas
apenas le rizan,
como piedras, las preguntas
en el fondo se las guarda.
Superficie del silencio
y yo mirándome en ella.
Nada, tu silencio, sí.
O todo tu grito, sí.
Afilado en el callar,
acero, rayo, saeta,
rasgador, desgarrador,
¡qué exactitud repentina
rompiendo al mundo la entraña,
y el fondo del mundo arriba,
donde él llega, fugacísimo!
Todo, sí, tu grito, sí.
Pero tu voz no la quiero.
21
PLACER, A LAS ONCE
El arcángel del domingo,
de paz arcángel guerrero,
estandartes desplegados
las horas de la mañana,
contra enemigo, el misterio.
Del hombro cuelga la aljaba
toda llena de alfabetos:
las letras que clavará
-¡qué propaganda del gozo!-
luminosas en el cielo.
Ya se le alistan detrás
voluntarios de lo cierto:
maquinaria americana,
ágiles volatineros.
¡Còmo empuja el mar sus olas
de sonrisas contra ceños!
El niño blande su espada:
«¡Sí, porque sí, porque sí!»,
toda afilada de quieros.
Escuadrones de cien voltios
alancean los reflejos.
Y van las voces redondas,
lunas llenas por los cielos,
en su perfil encerradas
sin servidumbre a los ecos.
Caprichos salteadores
risueñamente le quiebran
la cerradura al secreto.
El secreto, cascabel.
Suena, soluciòn perfecta,
suena la alegría dentro.
22
NÚMEROS
Tenías abecedario
innumerable de estrellas;
clara
ibas poniendo la letra,
noche de agosto.
Pero yo, sin entenderla,
misterio, no la quería.
Aquí en la mesa de al lado
dos hombres echaban cuentas.
Más bellas que los luceros,
fúlgidas, cifras y cifras,
cruzaban por el silencio,
puras estrellas errantes,
señales de suerte buena
con largas caudas de ceros.
Y yo me quedé mirándolas:
-¡qué constelaciòn perfecta
tres por tres nueve!-olvidado
de Ariadna, desnuda allí
en islas del horizonte.
23
ROUTE NATIONALE
¡Pronto, la luz, pronto, pronto!
Un negror agazapado
salta de los horizontes
y me confunde la vida.
Las seguridades dulces,
distancias, perfiles, formas,
de un revuelo se las lleva.
¡Colores, colores míos,
amarillo, verde, rojo,
arrebatados cautivos,
en cárcel de nueve horas!
Aquel paisaje tan firme
¿còmo se rindiò tan pronto?
¡Resístete, variedad
amada, tú no te dejes,
no me dejes solo
en lo negro, raso, uno!
Con una vuelta a la llave,
en visiones de cien metros,
fragmentado, alegre, vivo,
los faros
me devolvieron el mundo.
24
LA DISTRAIDA
No estás ya aquí. Lo que veo
de tí, cuerpo, es sombra, engaño.
El alma tuya se fue
donde tú te irás mañana.
Aun esta tarde me ofrece
falsos rehenes, sonrisas
vagas, ademanes lentos,
un amor ya distraído.
Pero tu intenciòn de ir
te llevò donde querías,
lejos de aquí, donde estás
diciéndome:
«Aquí estoy contigo, mira.»
Y me señalas la ausencia.
25
MADRID, CALLE DE...
¡Qué vacaciòn de espejo por la calle!
Tendido boca arriba, cara al cielo,
todo de azogue estremecido y quieto,
bien atado le llevan.
Roncas bocinas vanamente urgentes
apresurar querían
su lenta marcha de garzòn cautivo.
¡Pero qué libre aquella tarde, fuera,
prisionero, escapado! Nadie
vino a mirarse en él. El sí que mira
hoy, por vez primera es ojos.
Cimeras ramas, cielos, nubes, vuelos
de extraviadas nubes, lo que nunca
entrò en su vida, ve.
Si descansan sus guardas a los lados,
acero, prisa, ruido,
corren. El, inmòvil,
en el asfalto, liso estanque
momentáneo, hondísimo,
abre. Y lo surcan
-de alas, de plumas, peces-
crepusculares golondrinas secas.
26
CINEMATÓGRAFO
l. LUZ.
Al principio nada fue.
Ni el agua para en ella el pez.
Ni la rama del árbol para la fatigada
ala del pájaro.
Ni la fòrmula impresa para casos de duelo.
Ni la sonrisa en la faz de la niña.
Al principio nada fue.
Sòlo la tela blanca
y en la tela blanca, nada...
Por todo el aire clamaba,
muda, enorme,
la ansiedad de la mirada.
La diestra de Dios se moviò
y puso en marcha la palanca...
Saltò el mundo todo entero
con su brinco primeval.
La tela rectangular
le oprimiò en normas severas,
le organizò bruscamente
con dos líneas verticales,
con dos líneas horizontales.
Y el caos tomò ante los ojos
todas las formas familiares:
la dulzura de la colina,
la cinta de los bulevares,
la mirada llena de inquina
del buen traidor de melodrama,
y la ondulaciòn de la cola
del perro fiel a su amo.
El hombre tuerto sintiò
que va a quebrársele el ojo
de cristal, a la embestida
de tantas y tantas visiones.
En el fondo gritò un erudito:
«¿Y la palabra, y la palabra?»
Y todos los esfuerzos del mundo,
la fuerza lograda y gastada,
las máquinas maravillosas
para correr, para volar,
para amar, para aborrecer
se echaron a funcionar.
El primer día de la creaciòn
humillado, pobre, vencido,
se marchò a llorar a un rincòn.
Pero ya el instinto acechaba
en los ojos de la mujer
-la cabellera suelta al viento-
y en el tejer y el destejer
de la tela del sentimiento.
Y el primer día de la creaciòn
se levantò de su rincòn
y vino a asomarse a la tela:
en la mano diestra llevaba
el primer corazòn del hombre,
que era el último corazòn.
2. OSCURIDAD.
El arco voltaico deja
desparramarse su alma
y lo entenebrece todo
la luz, madre de tinieblas.
Ha vuelto la tela blanca.
Pero ya es otra; se hizo
tela maravillosa.
Entre hilo e hilo de su trama
está encerrada toda cosa
y guarda avara
el mundo entero perdido.
Ya todas las almas sienten
su curso como de estrellas
que vivieron en valles floridos de la tierra
y besaron labios humanos.
Ahora, vueltas al espacio
extraterrenal,
siguen rodando hasta el día
que el destino astral las torne
a acercar al mundo puro,
la tela blanca,
1920.
27
35 BUJÍAS
Sí. Cuando quiera yo
la soltaré. Está presa
aquí arriba, invisible.
Yo la veo en su claro
castillo de cristal, y la vigilan
-cien mil lanzas-los rayos
-cien mil rayos-del sol. Pero de noche,
cerradas las ventanas
para que no la vean
-guiñadoras espías-las estrellas,
la soltaré. (Apretar un botòn.)
Caerá todo de arriba
a besarme, a envolverme
de bendiciòn, de claro, de amor, pura.
En el cuarto ella y yo no más, amantes
eternos, ella mi iluminadora
musa dòcil, en contra
de secretos en masa de la noche
-afuera-
descifraremos formas leves, signos,
perseguidos en mares de blancura
por mí, por ella. artificial princesa,
amada eléctrica.
28
SOLEDADES DE LA OBRA
«Voy a hacer.» (¡Qué mío es
lo que voy a hacer!)
«Estoy haciendo.» (¡Qué mío!)
«Ya está hecho. Míralo.»
Cuidado!
El hacer, enajenar,
quedarse solo, de hacer.
Salta, vuela, ya no es tuyo.
Solo.
Solo sin lo mío hecho.
Solo de lo mío, de eso
que hice yo, que me inventé
para no estar solo.
Forma de mis soledades,
yo me la estaba labrando.
Escapada.
La hice con ansias, con alas
de ansias. Se va
detrás de otras ansias, suyas,
poblando los cielos, suyos.
Y entre todo lo que hice,
mío, ya ajeno, ya lejos,
qué solo estaría hoy
sin eso, enorme, infinito,
de nadie, que acompaña:
lo que aún está por hacer,
lo que yo podría hacer.
¡Y mientras lo hiciera, mío!
29
MAS
¿Qué voy a ponerte a ti:
galeras de fantasía,
azahar falso, sombra falsa?
¿Qué voy a ponerte a ti,
tarde del día catorce,
si tú ya lo tienes todo:
naranjo sin flor ni fruto,
mar sin vela, luz de agosto?
En tu perfecciòn parada,
inmòvil, así, dejarte
salvada de tu pasar,
quisiera.
Eternidad te pondría.
30
INMINENCIA
Yo silencioso. Pero
grito, quejido, o risa
dentro y en pie con la ballesta armada.
Yo en tierra. Pero el barco
listo y los huracanes que me lleven.
Yo quieto. Pero
aquí, a los cuatro lados, cuatro tajos.
Yo, nada, sombra, pasajero y aire.
Pero, ¡tantos rumbos seguros!
Pero, ¡tantos soles eternos!
Pero, ¡tantas calmas augustas!
Para mí, sombra, pasajero y aire,
hoy.
31
CLAVE DE FEBRERO
Ni rosa en el rosal
ni tibieza en el viento,
pero está aquí, lo sé,
primavera del frío,
toda jugo en lo seco.
Sigilosa, invisible,
doctora en disimulos,
la gloria de mañana
es ya esta tarde suya.
Como llega sin fuerzas,
¿quién la resistirá?
Desarmada,
triunfo y filo previene;
no quiere nada, pero
querré lo que ella quiera.
En febrero me rindo;
a su nubil imperio
-el pecho apunta apenas-,
resistencias ahorro.
32
ACUARELA
Con el cielo gris
la copla
triste de Sevilla
se afina, se afina.
En agua sin sol
sombras de naranjos
entierran azahares.
Arriba,
en las altas miras
esperan las niñas
los barcos de oro.
Abajo
aguardan los mozos
que se abran cancelas
a patios sin fondo.
Sin rubor se quedan,
pálidas, las torres.
Desde las orillas,
las desesperadas
luces suicidas
al río se lanzan.
Cadáveres lentos,
rosa, verde, azul,
azul, verde, rosa,
se los lleva el agua.
33
AMADA EXACTA
Tú aquí, delante. Mirándote
yo. ¡Qué bodas
tuyas, mías, con lo exacto!
Si te marchas, ¡qué trabajo
pensar en ti, que estás hecha
para la presencia pura!
Todo yo a recomponerte
con sòlo recuerdos vagos:
te equivocaré la voz;
el cabello, ¿còmo era?
Te pondré los ojos falsos.
Tu recuerdo eres tú misma.
Ahora ya puedo olvidarte
porque estás aquí, a mi lado.
34
LA CONCHA
Tersa, pulida, rosada,
¡còmo la acariciarían,
si mejilla de doncella!
Entreabierta, curva, còncava,
su albergue, encaracolada,
mi mirada, se hace dentro.
Azul, rosa, malva, verde,
tan sin luz, tan irisada,
tardes, cielos, nubes, soles,
crepúsculos me eterniza.
En el òvalo de esmalte,
rectas sutiles, primores
de geometría en gracia,
la soluciòn le dibujan,
sin error, a aquel problema
propuesto
en lo más hondo del mar.
Pero su hermosura, inútil
nunca servirá. La cogen,
la miran, la tiran ya.
Desnuda, sola, bellísima,
la venera, eco de mito,
de carne virgen, de diosa,
su perfecciòn sin amante
en la arena perpetúa.
35
SUR, CON VIENTO
¡Ay, Sevilla, Sevilla,
guerrera mala, dime
por qué todas las tardes
tantas saetas me las clavas,
rebrillo de azulejos,
desde tus espadañas!
¡Ay, Sevilla, Sevilla!
¿Por qué secas al sol
ventolero de marzo,
blancas
brindadoras de paces,
camisillas de niño,
banderas de la tarde
en altas azoteas?
¡Ay, Sevilla, Sevilla,
quiéreme por amigo!
Y Sevilla me quiso.
Y vinieron sus mozas.
Y heridas de saetas,
-rebrillos-,
me las vendaban ellas,
con vendas
de camisas de niños,
secas
en altas azoteas.
36
MIRAR LO INVISIBLE...
La tarde me está ofreciendo
en la palma de su mano,
hecha de enero y de niebla,
vagos mundos desmedidos
de esos que yo antes soñaba,
que hoy ya no quiero.
Y cerraría los ojos
para no verlo. Si no
los cierro
no es por lo que veo.
Por un mundo sospechado
concreto y virgen detrás,
por lo que no puedo ver
llevo los ojos abiertos.
37
NIVEL PREFERIDO
¡Còmo se secaba el mundo
desde arriba, en panorama!
Mirador a mil cien metros,
doble asterisco en el Baedeker,
funicular y turismo.
Abierta de par en par
la vida por unas páginas
enormes, verdes, azules,
servicial, lisa, esquemática,
atlas
para mirarla tan sòlo
entre los duros cristales
-vitrina-de las distancias.
Naufragantes van primores,
espumas, yerbas hormigas.
Sòlo se salvan montañas,
mar, cielos altos, grandezas.
Ejemplos de lo sublime
sacaba una señorita
de una antología usada.
Y abajo, allí a media hora,
accidentes, dimensiones,
ruidosas delicias, números,
estaban ellas, mis gracias:
Tu grito, grito, «¡María!»
¿Quién está llamando a quién,
con voz de por la mañana?
Letreros: «Salida», «Entrada»,
sin puertas, sueltos, fatales,
como sinos, imperiosos.
Etiquetas de los precios,
sin más ni menos, exactas,
acabando con las dudas,
allí en los escaparates.
En la calle hirviente, clara,
a las doce en punto, sola,
una luz artificial
olvidada
en una ventana alta
-sòlo yo la veo-flor
amarilla y torpe, errata
de las doce y de lo gris.
Y pregòn, claxon, bocina,
sin cesar, las hojas verdes
con que tejen las esquinas
invisibles
coronas para tus sienes,
ninfa de tacones altos,
desmelenada, tú, anécdota,
negándote por teléfono
a la cita que te di
en la bacanal, pintada,
del museo, de once a doce.
38
LO OLVIDADO
Estuvo aquí. Sí. Latidos,
corazòn tierno de pájaro.
Yo le sentía. ¡Qué lucha
de caricia, roce, pluma!
¡Qué terca lucha suave,
ala impaciente en la mano!
¡Còmo gritaban los cielos
porque fuera y porque no!
(Había en medio una ronda
de acechadores neblíes.)
Ahora ya sin nada.
En la palma abierta al eco,
-tibieza-de aquel calor,
de su contacto, brevísimo.
¿Llegaría allí, a lo alto?
39
SI RECIENTE
No te quiero mucho, amor.
No te quiero mucho. Eres
tan cierto y mío, seguro,
de hoy, de aquí,
que tu evidencia es el filo
con que me hiere el abrazo.
Espero para quererte.
Se gastarán tus aceros
en días y noches blandos,
y a lo lejos, turbio, vago,
en nieblas de fue o no fue,
en el mar de el más y el menos,
còmo te voy a querer,
amor,
ardiente cuerpo entregado,
cuando te vuelvas recuerdo,
sombra esquiva entre los brazos.
40
AVISO
Subir, bajar suaves,
por un paisaje verde.
¡Qué ruta fácil, toda
ondulaciones leves,
tarde larga, de prisa,
destinos en vereda
a los lados, sin fin!
Y de pronto la muerte,
alta, recta, clarísima,
seria como una I.
¡Qué miedo frío dio,
-dio, dará, da, daría-
vista así, rostro a rostro,
ni esqueleto ni símbolo:
lineal, esencial,
muerte pura! En un fondo
negro, dos rayas blancas
que se cruzan, tres letras:
R(eal) A(utomòvil) C(lub).
Pero la vida pasa
-vencedor otro esquema-
salvada en un triángulo:
freno a las cuatro ruedas.
41
BUSCA, ENCUENTRO
Llevo los ojos abiertos.
No te veo,
estás dentro de la niebla.
Niebla:
con el mirar no la aclaro,
con la mano no la empujo,
con el querer no la mato.
Niebla.
La mirada, ¿para qué?
y la voluntad, inútil.
Llevo los ojos cerrados.
No te veo, ya te siento,
ya te tengo. Mía.
Estás, estoy, a tu lado:
estás dentro de la niebla.
42
MARCO
¡Qué cuadrado está el mar!
Tiene
costas inverosímiles,
cuatro lindes de oro.
Su corazòn titánico
palpita en un espejo.
Tempestades copiadas
quiebran altas espumas
contra listones frágiles
que lo apaciguan todo.
Entras; y en el azogue
donde
tormenta septembrina
se ciñe, lucha y muere,
claro jiròn se abre
al par-otro y lo mismo-
que te miras, sonrisa.
43
EL ÁRBOL MENOS
En el filo del hacha
me llevaron
un pedazo del mundo.
Ciprés:
largas sombras azules
en un muro encalado
veo.
El ruiseñor cimero,
cantarín del antojo,
oigo.
Por su masa secreta,
índice vertical
del paisaje seguro,
sé.
En el filo del hacha
me lo llevaron todo.
Cierro los ojos
ante paredes blancas,
se me empapa el silencio
de ruiseñor huido,
tiemblo, inmòvil,
en campiña sin clave.
44
ATALANTA
Palabras que estás diciendo
-«cariño... siempre... seguro...»-
con voz lenta en gesto quieto.
Ventanas dobles, vidrieras
cerradas, encortinadas,
guillotinan tentaciones
(Horizontes, aires, rumbos).
El cielo es el techo, todo
del color que tú quisiste,
sin constelaciòn ni guía.
Entreabierta alcoba-tuya,
mía-, renuncias desposa.
Pero más allá de todo,
¡qué claro se te ve el sino!
Ni ese zapato de cuento,
de cristal, frágil, altísimo,
ni ese pelo, ¡qué domado
plano, doméstico, liso!,
me engañan. Ya se estremecen
las tierras que estrenarás,
el horizonte que rompas,
el cielo por donde subas.
Talòn al aire te veo,
aquí tan quieta conmigo,
cabellera suelta al viento
-¡manzanas que te echaría!-
y luego
el mito, ascensor antiguo,
que te sube, allá, a la fábula.
45
PASILLO DE LA PRISA
¡Quémate, día, quémate
en la-¡quémate, día!-hoguera
de la prisa!
¡Pronto, la llama alta,
que me espera otro tú, otro día!
¡Más alta llama! Te echaré
porque te acabes antes
todo lo que me pidas.
Toda mi perfecciòn guardada y seca,
ahorro de tantos años,
¡còmo la despilfarro,
viéndola chispear, brotar, chascando
para que ella me invente al consumirse
un mundo en blanco!
Desnudo del ayer, del hoy desnudo,
¡qué ardiendo, qué saltando!,
lo recordado-briznas-,
lo deseado-qué olor fresco de retama-,
en la hoguera lo veo. Yo lo eché.
Pero aún me quedo yo.
Derecho, yo también
a la llama, a la prisa,
a llegar, a pasar, limpio, por fuego
más allá, al otro lado
-fénix, al otro día-
del día, de la prisa.
46
LOS DESPEDIDOS
Tarde afilada y seca
corta como un cuchillo.
¡Unidad de mi alma!
En un siempre se hinca:
el tiempo, que ya era un siempre
partido: ayer, mañana.
Y aquella sombra sola,
única, por la arena,
truncada en dos: tú y yo.
Secos rasgos, los vientos
firman sentencias últimas
de setiembre, destinos.
Aquí el tuyo, allí el mío.
Adioses, sin adiòs,
ni pañuelo. El acero
del otoño la vida
nos parte en dos mitades.
La vida
toda entera, dorada,
redonda, allí colgando
en la rama de agosto
donde tú la cogiste.
47
FE MÍA
No me fío de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.
Ni me fío de la otra
rosa verdadera,
hija del sol y sazòn,
la prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar.
48
AMIGA
Para cristal te quiero,
Para mirar al mundo,
a través de tí, puro,
de hollín o de belleza,
como lo invente el día.
Tu presencia aquí, sí,
delante de mí, siempre,
pero invisible siempre,
sin verte y verdadera.
Cristal. ¡Espejo, nunca!
49
PLAYA
Flotante, sin asidero,
nadador fuera del agua,
voluntario a la deriva,
por las horas, por el aire,
por el haz de la mañana.
Todo fugitivo, todo
resbaladizo, se escapa
de entre los dedos el mundo,
la tierra, la arena. Nubes,
velas, gaviotas, espumas,
blancuras desvariadas,
tiran de mí, que las sigo,
que las dejo. ¿Estoy, estaba,
estaré? Pero sin ir,
sin venir, quieto, flotando
en aquí, en allí, en azul.
Una alegría que es
el filo de la mañana
rompe, corta, desenreda
nudos, promesas, amarras.
Tropeles de sombras ninfas
huyendo van de sus cuerpos
en islas desenfrenadas.
Con su cargamento inútil
de recuerdos y de plazos
-¡ya no sirven, ya no sirven!-
el tiempo leva las anclas.
No se le ve ya. Sin tiempo,
prisa y despacio lo mismo,
¡qué de prisa, qué despacio
juegan los lejos a cercas
colgados del verdiazul
columpio de las distancias!
Su silencio echan a vuelo
enmudecidas campanas
y cumplen su juramento
los horizontes del alba:
la vida toda de día,
sin lastre, pura, flotando
ni en agua, ni en aire, en nada.
50
TRIUNFO SUYO
No se le ve,
pero está detrás, seguro,
imperial rostro insufrible,
dueño de lo último.
Aunque me deje ganar
fingidamente un instante
¡qué falsa siento mi fuerza,
que él me presta contra él!
Yo lo sé:
lo mío no es mío, es suyo.
Lo eterno, suyo. Vendrá,
-¡qué bien lo siento!-por ello.
Voy a verle cara a cara:
porque ya se está quitando,
porque está tirando ya,
los cielos, las alegrías,
los disimulos, los tiempos,
las palabras, antifaces
leves que yo le ponía
contra-¡irresistible luz!-
su rostro de sin remedio
eternidad, él, silencio.
FIN DE
"SEGURO AZAR"
FÁBULA Y SIGNO
(1931)
FÁBULA Y SIGNO
1
LA ORILLA
Basta, no hay que pedir más,
luz, amor, treinta de abril.
Hay que fingir que ya tienes
bastante, que estás saciado,
que te sobra lo que queda
de abril
después del treinta de abril.
Dejarlo,
como si pudiera darte
más y tú no lo quisieras.
Porque así te irás creído
que no se acababa nunca
lo que se estaba muriendo.
Te irás
sin sospechar que estuviste
allí al borde de lo último.
Porque aquello, fecha, beso
-cuando tú te despediste
te parecía lo eterno-,
era lo último.
Detrás,
el fin sin remedio, el fondo
duro y seco de la nada.
Lo que hubieses visto tú,
si llegas a pedir más
abril al treinta de abril.
2
RELO PINTADO
Las dos y veinticinco. Sí. Pero no aquí, no.
¿En qué día serían
las dos y veinticinco esas,
en qué mundo serán
las dos y veinticinco, de qué año?
¡Qué bien está esa hora
boba, suelta, volando
por los limbos del tiempo!
Se ve que es una hora
en que no pasò nada más que ella:
sus sesenta minutos
lentísimos, sesenta besos largos,
inocentes
en la mejilla tierna de una tarde
de un septiembre cualquiera, no sé dònde.
Hasta dejar de ser
hora de paso en su ascensiòn
a esto que ya es ahora: un alma de hora
escogida-¿por qué?-,
salvada de entre todas en la esfera
de aquel relò pintado, falso, alegre
medida de lo eterno.
3
LA OTRA
Se muriò porque ella quiso;
no la matò Dios
ni el Destino.
Volviò una tarde a su casa
y dijo con voz eléctrica,
por teléfono, a su sombra:
«¡Quiero morirme,
pero sin estar en la cama,
ni que venga el médico,
ni nada! ¡Tú cállate!»
¡Qué silbidos de venenos
candidatos se sentían!
Las pistolas en bandadas
cruzaban sobre alas negras
por delante del balcòn.
Daban miedo los collares
de tanto que se estrecharon.
Pero no. Morirse quería ella.
Se muriò a las cuatro y media
del gran reloj de la sala,
a las cuatro y veinticinco
de su reloj de pulsera.
Nadie lo notò. Su traje
seguía lleno de ella,
en pie, sobre sus zapatos,
hasta las sonrisas frescas
arriba en los labios. Todos
la vieron ir y venir,
como siempre.
No se le mudò la voz,
hacía la misma vida
de siempre.
Cumpliò diecinueve años
en marzo siguiente: «Está
más hermosa cada día»,
dijeron en ediciones
especiales los periòdicos.
La heredera sombra còmplicer
prueba rosa, azul o negra,
en playas, nieves y alfombras,
los engaños prolongaba.
4
MAR DISTANTE
Si no es el mar, si es su imagen,
su estampa, vuelta, en el cielo.
Si no es el mar, si es su voz
delgada,
a través del ancho mundo,
en altavoz, por los aires.
Si no es el mar, si es su nombre
en un idioma sin labios,
sin pueblo,
sin más palabras que ésta:
mar.
Si no es el mar, si es su idea
de fuego, insondable, limpia;
Y YO,
ardiendo, ahogándome en ella.
5
LA ESTATUA
Ojalá no fueras nada,
tú, de piedra, más que tu piedra.
Ojalá no fueses
más que una materia, dura,
áspera y noble,
en el berrocal sin flor.
Esos brazos que te echaron,
esa sonrisa mentida,
la carne que estás fingiendo,
todo se me olvida a mí
en la punta de los dedos,
en ese tacto tan puro,
con que vuelves a tu ser
piedra, con alma de piedra;
a ser lo primero, tierra,
lo primero que tú eras,
lo primero
(pero no esa forma falsa)
que fui yo.
6
HALLAZGO
No te busco
porque sé que es imposible
encontrarte así, buscándote.
Dejarte. Te dejaré
como olvidada
y pensando en otras cosas
para no pensar en ti,
pero pensándote a ti,
en ellas, disimulada.
Frases simples por los labios:
«Mañana tengo que hacer...»
«Eso sí, mejor sería...»
Distracciòn. ¡Qué fácil todo,
qué sencillo todo ya, tú
olvidada!
Y entonces
de pronto-¿por cuál será
de los puntos cardinales?-
te entregarás, disfrazada
de sorpresa,
con ese traje tejido
de repentes, de improvisos,
puesto para sorprenderme,
que yo mismo te inventé.
7
PARÍS, ABRIL, MODELO
Primavera, qué acierto
por fin,
después de tanta prueba
frustrada en tantos años!
¡Còmo conozco ahora
que las pasadas eran
ensayos nada más
de tiempos aprendices!
En ellas
sobraba siempre algo:
demasías de viento,
cuatro grados
más de temperatura,
una sombrilla abierta
pronto, besos precoces.
Locas de inexperiencia,
las otras
corrían los jardines
en busca de un altar.
¿Fustes? ¿Troncos? Ni templo
ni bosque. Se probaban
-bronce, mármol-estatuas.
Se ponían
traje de azul de cielo
para tirarlo aprisa
porque lo había usado
el invierno reciente.
Estaban aprendiendo.
Se creían los colores
de la rosa. Buscaban
en estanques. Arrugas
y muecas. ¿Eran ellas?
Tiernas infantas rápidas,
abdicaban, huían:
para reinar muy jòvenes.
Tú, tú eres la primera.
Ni en rosa ni en azul
confiada, nunca en Venus
buscaste forma, tú,
inventora de formas,
modelo,
estatua de ti misma.
Entre cristales,
maniquí, creaciòn
de primavera, aguardas
que florezcan dibujos
en las sedas.
Un termòmetro al lado
-¡cuidado, precoz no!-
te anunciará el momento
-¡18 grados ya!-
de huir el escaparate,
de saltar a los tiempos,
en la proclamaciòn
imperial del desnudo
-sòlo yo lo sabía-
que tú llevabas dentro,
modelo,
primavera modelo.
8
LO NUNCA IGUAL
Si esto que ahora vuelvo a ver
yo no lo vi nunca, no.
Dicen que es lo mismo, que es
lo de ayer, lo de entonces;
el cielo, el escaparate,
el buzòn de echar las cartas
y la barca por el río.
¡Mentira! Si yo ya sé
que se muriò todo eso
en otoño, al irme yo.
Que esto ahora
-imposible identidad
de un nueve con otro nueve-
es otra cosa, otra tierra
que brotaron anteayer,
nuevas, tiernas, recentísimas,
tan parecidas a aquellas
que todos me dicen: «Mira,
aquí vivías tú, aquí.»
9
AMSTERDAM
Esta noche te cruzan
verdes, rojas, azules, rapidísimas
luces extrañas por los ojos.
¿Será tu alma?
¿Son luces de tu alma, si te miro?
Letras son, nombres claros
al revés, en tus ojos.
Son nombres: Univeisum,
se iluminan, se apagan, con latidos
de luz de corazòn, üniversujn.
Miro; ya sé; ya leo:
Universum Cinema, ocho cilindros,
saldo de blanco junto a las estrellas.
Te quiero así, inocente, toda ajena,
palpitante
en lo que está fuera de tí, tus ojos
proclamando las vividas
verdades de colores de la noche.
Las compraremos todas
cuando se abran las tiendas, ahora mismo,
-Universum Cinema-, cuando bese
las luces de tu alma, sí, las luces,
anuncios luminosos de la vida
en la noche, en tus ojos.
10
AQUÍ
Me quedaría en todo
lo que estoy, donde estoy.
Quieto en el agua quieta;
de plomo, hundido, sordo
en el amor sin sol.
¡Qué ansia de repetirse
en esto que está siendo!
¡Qué afán de que mañana
sea
nada más que llenar
otra vez al tenderte
ese hueco que deja
hoy exacto en la arena
tu cuerpo!
Ni futuro, ni nuevo
el horizonte. Esto
apretado y estrecho.
tela, carne y el mar.
Nada promete el mundo:
lo da, lo tengo ya.
Nunca me iré de ti
por el viento, en las velas,
por el alma, cantando,
ni por los trenes, no.
Si me marcho será
que estoy
viviendo contra mí.
11
MUERTES
Primero te olvidé en tu voz.
Si ahora hablases aquí,
a mi lado,
preguntaría yo: «¿Quién es?»
Luego, se me olvidò de ti tu paso.
Si una sombra se esquiva
entre el viento de carne,
ya no sé si eres tú.
Te deshojaste toda lentamente,
delante de un invierno: la sonrisa,
la mirada, el color del traje, el número
de los zapatos.
Te deshojaste aún más:
se te cayò tu carne, tu cuerpo.
Y me quedò tu nombre, siete letras, de ti.
Y tú viviendo,
desesperadamente agonizante,
en ellas, con alma y cuerpo.
Tu esqueleto, sus trazos,
tu voz, tu risa, siete letras, ellas.
Y decirlas tu solo cuerpo ya.
Se me olvidò tu nombre.
Las siete letras andan desatadas;
no se conocen.
Pasan anuncios en tranvías; letras
se encienden en colores a la noche,
van en sobres diciendo
otros nombres.
Por allí andarás tú,
disuelta ya, deshecha e imposible.
Andarás tú, tu nombre, que eras tú,
ascendido
hasta unos cielos tontos,
en una gloria abstracta de alfabeto.
12
RESPUESTA A LA LUZ
Sí, sí, dijo el niño, sí.
Y nadie le preguntaba.
¿Qué le ofrecías, la noche,
tú, silencio; qué le dabas
para que él dijera a voces
tanto sí, que sí, que sí?
Nadie le ofrecía nada.
Un gran mundo sin preguntas,
vacías las negras manos
-ámbitos de madrugada-,
alrededor enmudece.
Los síes-¡qué golpetazos
de querer en el silencio!-,
las últimas negativas
a la noche le quebraban.
Sí, sí a todo, a todo sí,
a la nada sí, por nada.
Allá por los horizontes
sin que nadie-él solo: nadie-
la escuchara, sigilosa
de albor, rosa y brisa tierna,
iba la pregunta muda,
naciendo ya, la mañana.
13
RAPTO DE PRIMAVERA
¡Cuidado! Desprendidas,
precoces, rubias, sobre la capota
del coche, están las dos.
Hojas. Otoño. Aquí.
¡Corre! Quieren salvarse.
A ochenta, a ciento, a mil,
sobre los mares, sobre los records,
a llevarlas
al otro mundo, a la otra
mitad del mundo donde están brotando
ahora tiernas las otras.
¡Sálvalas!
Furtivamente ponías
en la más descuidada rama
de un árbol distraído.
Despacio,
sin que lo advierta, sin que se entere,
esa por ti engañada primavera
de allí.
14
RADIADOR Y FOGATA
Se te ve, calor, se te ve.
Se te ve lo rojo, el salto,
la contorsiòn, el ay, ay.
Se te ve el alma, la llama.
Salvaje, desmelenado,
frenesí yergues de danza
sobre ese futuro tuyo
que ya te está rodeando,
inevitable, ceniza.
Quemas.
Sòlo te puedo tocar
en tu reflejo, en la curva
de plata donde exasperas
en frío
las formas de tu tormento.
Chascas: es que se te escapan
suspiros hacia la muerte.
Pero tú no dices nada
ni nadie te ve, ni alzas
a tu consunciòn altares
de llama.
Calor sigiloso. Formas
te da una geometría
sin angustia. Paralelos
tubos son tu cuerpo. Nueva
criatura, deliciosa
hija del agua, sirena
callada de los inviernos
que va por los radiadores
sin ruido, tan recatada,
que sòlo la están sintiendo,
con amores verticales,
los donceles cristalinos,
Mercurios en los termòmetros.
15
FONT-ROMEU, NOCHE DE BAILE
Cada montaña tiene
su nombre, su estatura
(consúltense las guías)
y una señal de «libre», de «se alquila».
Pero no para estarse allí, no.
Llamo a aquella escurrida, silbo.
Es un taxi, tarifa de infinitos.
Viene ya. Me equivoco, lo que viene
es una nube rubia
con un álbum de discos bajo el brazo
a tocar fox-trots candidos,
en sordina con títulos de estrellas.
Y los bailan
sílfides de aluminio y celuloide,
duras, resbaladizas, con anuncios
de automòviles nuevos en la frente.
Y tan solas, las pobres,
tan sin pareja,
que se enamora sucesivamente
de una, de dos, de tres, de todas,
la voluntad vacante aquí en lo blanco.
16
MONEDA
Será quizá porque hay niebla
por lo que yo te acaricio.
Porque hay niebla,
masas disueltas, precisos
resultados abolidos,
y todo se va a otro vago
no sé qué sin dimensiòn.
Te acaricio a ti, moneda.
Anochecer de diciembre
y tú aquí en mi mano, tú,
contorno estricto, tú, dura
existencia resistente,
tu cuerpo de fina plata.
Moneda
con un número invencible
por la duda o por la niebla
y un rostro
que no dudará jamás,
de reina antigua, mirándome.
17
LA TARDE LIBRE
La semana de abril
de pronto se sintiò
una ausencia en el pecho:
jueves, su corazòn.
Sí, robamos el jueves.
Ella y yo, silenciosos,
de la mano, los dos.
Lo robamos con todo.
Con los circos redondos,
y sus volatineras
tiernas, conceptuosas
doncellas de los saltos.
Con las cajas de lápices,
rojos, azules, verdes,
y blancos, blancos, blancos,
blancos, para escribir
en las diez de la noche
de los cielos más negros
cartas a las auroras.
Con las tiendas sin nadie:
se vendían paisajes,
héroes, teorías,
arpas. Y todo a cambio
de arena de la playa.
De arena tan hermosa
que al mirarla
no se compraba nada
por no dejarla allí
color de carne intacta,
entre plata, entre cobre.
Con todo, sí, con todo.
Con escuelas de adioses
a las sombras y al beso.
Al salir se creían
los cuerpos y los labios
que nunca estaban solos.
Sí, con todo y sin fin.
Delicia de ser còmplices,
en delicias, los dos.
Y en el borde del miércoles
ver quedarse parados
almanaques atònitos
-no podían seguir-
mientras tú y yo secretos,
ya más allá del cielo,
del tiempo de los números,
vivíamos el jueves.
18
ESTACIÓN
Pregonada ciudad, villa en el aire,
tú, nunca vista.
Tú, que me despertaste
de un sueño sobre ruedas
erigiendo
en las ondas del viento
tu ausencia con tres sílabas.
(Ella, la titular, la de tu nombre,
estaba arriba,
arropada en la noche con su audiencia,
su obispo y su casino.) Mientras, tú,
la suplantadora,
mágica villa acústica,
me entregabas tus llaves al oído.
¡Qué ciudad temblorosa de un minuto,
con notantes banderas, sin historia,
hecha y deshecha en un minuto!
Y yo tu emperador, en un paréntesis
del sueño, encanto esdrújulo.
De ti, no de la otra
amarrada a sus siglos,
de ti, mía, instantánea,
voz y sonido puros contra piedras.
19
VÍDA SEGUNDA
Sí, tú naciste al borrárseme
tu forma.
Mientras yo te recordé,
i qué muerta estabas!
tan terminada en tus lindes,
Se te podía seguir
como en un mapa, clarísima,
al Norte
la voz seca, boreal,
tibia, abandonada, al Sur,
en litoral, la sonrisa.
Tú vivías, suficiente,
en tu color, en tus gestos,
encerrada entre medidas.
Pero un día de noviembre
dejaste en blanco tus atlas,
se abolieron tus fronteras,
te escapaste del recuerdo.
Estabas ya, sin tus límites,
perdida en la desmemoria.
Y te tuve que inventar
-era el segundo día-
nueva,
con tu voz o sin tu voz,
con tu carne o sin tu carne.
Daba lo mismo.
Eras ya de mí, incapaz
de vivirte ya sin mí.
A mis medidas de dentro
te fui inventando, Afrodita,
perfecta de enüe el olvido,
virgen y nueva, surgida
del olvido de tu forma.
20
ESCORIAL
I
Está hecho.
No es un afán por el aire,
camino del telegrama.
No es un billete al salir
el tren del primer viaje.
Está hecho.
Se puede medir, exacto,
mayor que el ansia y que el vuelo.
Vive en el paradisíaco
más acá de su proyecto.
Tres siglos tiene, tendrá
veinte, ciento. Porque no
es de tinta ni de alas:
es un edificio de granito.
Sin traducciòn se le entiende:
ya le tienen traducido
las distancias y los tiempos
a todo: al color de rosa,
a la luna, a la silueta,
al recuerdo en el insomnio.
De estar tan hecho
ya se le acabò el querer.
Lo que quiso es ahora piedra,
dimensiòn, forma. Y da miedo
de que esté ya más arriba
del vivir, al otro lado.
Porque no le falta nada:
está hecho.
21
RUPTURA SIN PALABRAS
Áspero, el camino
entre cerros pardos.
Rastreros los vientos,
arrancaban altos
quejidos de polvo
a la tierra triste.
En las eras mondas
amargos se hacían
pimientos secándose.
Tu mirar caía
con su cuerpo blanco
siempre sobre púas,
chumberas, picachos,
del agrio paisaje
erizado.
Los ojos, cerrarlos.
Pero hablar tampoco.
Al salir afuera
se torcían todos
los deseos candidos.
En los labios secos
los odios expòsitos
del aire, esperando,
sacaban el fílo
malo al sí y al no.
¡Qué herir sin querer
si decías tú,
si decía yo,
algo!
Hablar tampoco.
Dejar al silencio
en su forcejeo
con ecos distantes
de cabras y galgos.
Y no pensar nada.
Porque las de nunca,
centellas, maldades,
las desconocidas
iras soterradas
erguíanse dentro,
ya, de ti y de mí.
La tarde azuzando
nuestros dos destinos,
tan juntos, les daba
amarguras, polvo,
sañas y sequía:
armas contra ti,
amor de los dos.
Sin hablar, sin nada,
sentí que ya estábamos
frente a frente. Toda
desnuda te vi
en tu yo más malo.
Lo que yo te quise
-¡qué tiempo lentísimo!-
en minutos rápidos
se iba desamando.
22
JARDÍN DE LOS FRAILES
Del aire te defendiste,
el tiempo nunca te pudo,
pero te rindes al agua.
¡Qué seguro de ti mismo,
qué distante de tu alma,
entre cuatro ángulos rectos
estabas, rígido! Enorme
deber de la piedra gris.
Pero el agua
-¿por qué te fuiste a mirar?-
te bautizò de temblor,
de curvas, de tentaciòn.
Se te quebraron las rectas,
los planos se te arqueaban
para vivir, como el pecho.
¡Qué latido
en ansias verdes, azules,
en ondas, contra los siglos
rectilíneos!
¡Qué recién hallada, nueva,
flotando sobre lo verde,
tu querencia de escapar
a geometría y sino!
Tu alma, tan insospechada,
suelta ya de su cadáver,
que seguía allí lo mismo
-monumento nacional-,
en su sitio, para siempre.
El agua te sacò el alma.
23
TU, MÍA
Estáte tú donde quieras,
sigue, si quieres, creciendo,
Yo ya te tengo.
Aunque hables días y noches,
nada dices ya;
tu palabra última fue
aquella que yo te oí.
Días rindes y motores,
de tanto buscarte rumbos.
Quieta
estás, clavada en el sitio
donde te dejé de ver.
No darás un paso más.
Nunca cumplirás más años.
Te pasarán por el cuerpo
completos los almanaques,
escuadrones de los santos
del día una y otra vez.
El tiempo
siempre te estará aguardando
en el minuto siguiente
a éste en que te tengo yo.
Tú eres ya una fecha sola.
Y cuando te canses ya
de vivirte en los espejos,
en las sombras, en los ojos,
de verte tan parecida
a tí, que quieras ser tú,
volverás aquí, a la cima
más alta de ti, al momento
tan perfecto, tan sin par,
imposible en lo mejor,
que quise dejarte así,
y me marché de tu lado
diciéndole al tiempo: basta.
Vivir era ir hacia atrás.
Ya se te había acabado
-te tengo así-el más allá.
24
ESCORIAL
II
En vez de soñar, contar.
La fachada del Oeste
tiene
seiscientas doce ventanas.
Por la primavera van
en su cielo, hacia el domingo
una, dos, tres, cuatro, cinco
nubes blancas.
Yo te quiero a tí, y a ti,
y a ti.
A tres os quería yo.
A las doce el tiempo da
doce campanadas.
Y ya no podrá escapárseme
en las volandas del sueño
la mañana. Haré la raya
para ir sumando: seiscientas
doce, más cinco, más tres,
más doce.
¡Qué felicidad igual
a seiscientos treinta y dos!
En abril, al mediodía
cuenta clara.
25
AFÁN
No, no me basta, no.
Ni ese azul en delirio
celeste sobre mí,
cúspide de lo azul.
Ni esa reiteraciòn
cantante de la ola,
espumas afirmando,
síes, síes sin fin.
Ni tantos irisados
primores de las nubes
-òpalo, blanco y rosa-,
tan cansadas del cielo
que duermen en las conchas.
No, no me bastan, no.
Colmo, tensiòn extrema,
suma de la belleza
el mundo, ya no es más.
Y yo más.
Más azul que el azul
alto. Más afirmar
amor, querer, que el sí
y el sí y el sí.
La tarde, ya en el límite
de dar, de ser,
agota sus reservas:
gozos, colores, triunfos;
me descubre los fondos
de mares y de glorias,
se estira, vibra, tiembla,
no puede más.
Lo sé, se va a romper
si yo le grito esto
que ya le estoy gritando
irremisiblemente
a golpes:
«Tú, ya no más; yo, más.»
26
EL TELEFONO
Estabas muy cerca. Sòlo
nos separaban diez ríos,
tres idiomas, dos fronteras:
cuatro días de ti a mí.
Pero tú te me acercabas
-circos azules del aire-
con el tonelete blanco.
en la mano el balancín,
sonriente en el alambre.
Por el alambre, en la noche,
sin ver nada, te acercabas,
a oscuras, derecha, a mí.
Me decías: «Aquí estoy.
Aquí.»
Me llegabas,
en alambre, por tu voz.
El mundo era, aquí, tu voz.
¡Qué ojos sin color, qué boca
sin trazo, qué carne ausente
de lo blanco, de lo rosa,
qué tú deshecha, tu voz!
Te empezabas a morir
en la soledad, de noche,
de distancias, de no ver.
En ser ya sòlo una voz,
desde lejos, por el aire,
te empezabas a morir.
Y todo, todo en el aire,
tú en unas tierras, aquí,
yo en unas tierras, allí,
tan de color de distancia,
tan azules que eran cielos.
Todo por el aire: aquel
jiròn tan desesperado
de ti, tu voz, por el aire.
Por el aire los alambres
en donde ibas a callar.
En donde ibas a morirte.
Porque no te morirías,
ninfa ahora, en fabulosa
hierba de mito. Sí en cama
de acero tenso, en alambre,
por el aire,
al callar te morirías,
tú, vividora en tu voz.
27
LA RESIGNADA
¡Si tú misma no sabes
que no te has acabado!
Cruzas las manos blancas,
te callas las venas,
cierras los ojos,
no te mueves, de miedo
a estar ya cara al cielo,
delgadas tablas entre
la tierra y tú.
Te resignaste ya
a la enorme sospecha:
se acabò.
¡Qué sumisiòn a esa
muerte
que tú crees aquí!
Pero que está tan lejos,
tan lejos, yo lo veo.
Sueño, sí, no la muerte.
La señal más segura
es que no estarás sola
como los muertos cuando
abras los ojos. (Sola
ya detrás del gran mundo.)
No.
Al abrirlos verás
que estaba yo a tu lado,
esperando, y por eso,
por estar yo esperando,
nada más que por eso
-no por el sol y el año,
y lo azul y las huellas-,
no será muerte, no.
Sueño, sí, con su aurora.
28
UNDERWOOD GIRLS
Quietas, dormidas están,
las treinta, redondas, blancas.
Entre todas
sostienen el mundo.
Míralas, aquí en su sueño,
como nubes,
redondas, blancas, y dentro
destinos de trueno y rayo,
destinos de lluvia lenta,
de nieve, de viento, signos.
Despiértalas,
con contactos saltarines
de dedos rápidos, leves,
como a músicas antiguas.
Ellas suenan otra música:
fantasías de metal,
valses duros, al dictado.
Que se alcen desde siglos
todas iguales, distintas
como las olas del mar
y una gran alma secreta.
Que se crean que es la carta,
la fòrmula, como siempre.
Tú alòcate
bien los dedos, y las
raptas y las lanzas,
a las treinta, eternas ninfas
contra el gran mundo vacío,
blanco en blanco.
Por fin a la hazaña pura,
sin palabras, sin sentido,
ese, zeda, jota, í...
29
LOS ADIOSES
I
Adiòs. Si te digo adiòs
no nos separaremos tan pronto.
Ya no había nada que decirse.
Y de repente alguien,
tú o yo,
echò la salvaciòn,
esa palabra, adiòs, entre nosotros.
Y ahora ya no podemos
irnos así.
Hay que quedarse.
Tenemos que decirnos adiòá.
Desenredar esa madeja
del adiòs redondo.
Explicar, explicarnos, las entrañas
vivas o muertas del adiòs.
Decir adiòs, adiòs,
de día, de noche;
adioses negros, blancos;
adiòs riendo, adiòs llorando.
Juntos ya siempre por la despedida,
inseparables
al borde mismo-adiòs-del separarse.
II
Poner telegramas:
«Imposible viaje. Surgiò adiòs imprevisto.>:
Escribir cartas, diciendo:
«Ya no puedo operarme.
Tengo una despedida.»
Colgar en la puerta de casa
un papel blanco, donde no esté escrito:
«Cerrado por adiòs.»
III
Apoyados
estamos en la baranda
sobre el agua del adiòs.
No está turbia, ni vacía.
Tiene nubes, hojas, vuelos,
dentro,
que van y vienen, que pasan
sin hacer ruido.
La flotan números, letras,
por encima, sueltas;
no cuentan nada, no dicen
nada.
Cifras elíseas, letras
vestidas de paraíso,
asunciòn y vacaciòn,
disponibles a otra vida.
Se te ve en el agua-adiòs-
mucho mejor que en tu cara.
Se te ve en el agua-adiòs-
mucho mejor que en mi alma.
No saldrás nunca de aquí
ya.
Vivirás así, escapada
de tu cara, de mi alma,
tercera de tí, y de mí,
nueva,
hija fresca del adiòs.
Vivir:
mirarnos en el adiòs.
30
LA SIN PRUEBAS
¡Cuando te marchas, qué inútil
buscar por dònde anduviste,
seguirte!
Si has pisado por la nieve,
sería como las nubes
-su sombra-, sin pies, sin peso
que te marcara.
Cuando andas
no te diriges a nada
ni hay senda que luego diga:
«Pasò por aquí.»
Tú no sales del exacto
centro puro de ti misma:
son los rumbos confundidos
los que te van al encuentro.
Con la risa o con las voces
tan blandamente
descabalas el silencio
que no le duele, que no
te siente:
se cree que sigue entero.
Si por los días te busco
o por los años,
no salgo de un tiempo virgen:
fue ese año, fue tal día,
pero no hay señal:
no dejas huella detrás.
Y podrás negarme todo,
negarte a todo podrás,
porque te cortas los rastros
y los ecos y las sombras.
Tan pura ya, tan sin pruebas,
que cuando no vivas más
yo no sé en qué voy a ver
que vivías,
con todo ese blanco inmenso
alrededor que creaste.
31
LUZ DE LA NOCHE
Estoy pensando, es de noche,
en el día que hará allí
donde esta noche es de día.
En las sombrillas alegres,
abiertas todas las flores,
contra ese sol, que es la luna
tenue que me alumbra a mí.
Aunque todo está tan quieto,
tan en silencio en lo oscuro,
aquí alrededor,
veo a las gentes veloces
-prisa, trajes claros, risa-
consumiendo sin parar,
a pleno goce, esa luz
de ellos, la que va a ser mía
en cuanto alguien diga allí
«ya es de noche».
La noche donde yo estoy
ahora,
donde tú estás junto a mí
tan dormida y tan sin sol
en esa
noche y luna del dormir,
que pienso en el otro lado
de tu sueño, donde hay luz
que yo no veo.
Donde es de día y paseas
-te sonríes al dormir-
con esa sonrisa abierta,
tan alegre, tan de flores,
que la noche y yo sentimos
que no puede ser de aquí.
32
PREGUNTA MAS ALLÁ
¿Por qué pregunto dònde estás
si no estoy ciego,
si tú no estás ausente?
Si te veo,
ir y venir,
a ti, a tu cuerpo alto
que se termina en voz,
como en humo la llama,
en el aire, impalpable.
Y te pregunto, sí,
y te pregunto de qué eres,
de quién;
y abres los brazos
y me enseñas
la alta imagen de ti,
y me dices que mía.
Y te pregunto, siempre.
33
SALVACION
Si ya te acaban ahora,
es que te salvas de nuevo,
es otra vez que te escapas,
intenciòn, ansia, proyecto.
No eras de nada, de puro
querer, de querer sin más.
Transparente,
pasaban por tí los sueños,
sin ver que te traspasaban.
Pero te estaban llamando
geometrías a gritos
doncellas-¡qué brazos tiernos!-
piedras, cuerpos;
te estaban llamando a ser,
a una realidad, cualquiera,
anhelo de boca fresca,
alas, mármol, templo.
Te hicieron. Hiciste tú
que te dejabas hacer.
Ahora, intenciòn, ya estás hecha.
Aquí a los pies de lo hecho,
tan solemne y tan seguro,
ya no sirves; olvidada estás,
salvada,
virgen ímpetu primero
de todo y nunca de nada.
Inútil héroe blanco,
con venas sin estrenar.
Se les doblarán las gracias
a los templos, a los besos.
Tú arriba, ingrávido, leve,
salvado ya de ser vida
tú mismo, para vivir,
en el cielo monosílabo
del puro arranque, de la
chispa que en nada se prende,
vivirás,
¡qué lejos de lo acabado!,
tan sòlo de estar queriendo
vivir,
diciendo siempre que no
a las formas y a los tiempos.
FIN DE
"FÁBULA Y SIGNO"
LA VOZ A Tí DEBIDA
POEMA
(1933)
... la voz a ti debida.
GARCILASO, Égloga III.
LA VOZ A Tí DEBIDA
Thou Wonder, and thou Beauty and
thou Terror.
SHELLEY: Epipsychidion.
Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías; es tu música.
La vida es lo que tú tocas.
De tus ojos, sòlo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.
Y si una duda te hace
señas a diez mil kilòmetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.
Porque has vuelto los misterios
del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás,
son esas cosas tan claras:
la arena donde te tiendes,
la marcha de tu relò
y el tierno cuerpo rosado
que te encuentras en tu espejo
cada día al despertar,
y es el tuyo. Los prodigios
que están descifrados ya.
Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichò una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.
No, no dejéis cerradas
las puertas de la noche,
del viento, del relámpago,
la de lo nunca visto.
Que estén abiertas siempre
ellas, las conocidas.
Y todas, las incògnitas,
las que dan
a los largos caminos
por trazar, en el aire,
a las rutas que están
buscándose su paso
con voluntad oscura
y aún no lo han encontrado
en puntos cardinales.
Poned señales altas,
maravillas, luceros;
que se vea muy bien
que es aquí, que está todo
queriendo recibirla.
Porque puede venir.
Hoy o mañana, o dentro
de mil años, o el día
penúltimo del mundo.
Y todo
tiene que estar tan llano
como la larga espera.
Aunque sé que es inútil.
Que es juego mío, todo,
el esperarla así
como a soplo o a brisa,
temiendo que tropiece.
Porque cuando ella venga
desatada, implacable,
para llegar a mí,
murallas, nombres, tiempos,
se quebrarían todos,
deshechos, traspasados
irresistiblemente
por el gran vendaval
de su amor, ya presencia.
Sí, por detrás de las gentes
te busco.
No en tu nombre, si lo dicen,
no en tu imagen, si la pintan.
Detrás, detrás, más allá.
Por detrás de ti te busco.
No en tu espejo, no en tu letra,
ni en tu alma.
Detrás, más allá.
También detrás, más atrás
de mí te busco. No eres
lo que yo siento de ti.
No eres
lo que me está palpitando
con sangre mía en las venas,
sin ser yo.
Detrás, más allá te busco.
Por encontrarte, dejar
de vivir en ti, y en mí,
y en los otros.
Vivir ya detrás de todo,
al otro lado de todo
-por encontrarte-.
como si fuese morir.
¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aun espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dònde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incògnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: «No te vayas.»
Ha sido, ocurriò, es verdad.
Fue en un día, fue una fecha
que le marca tiempo al tiempo.
Fue en un lugar que yo veo.
Sus pies pisaban el suelo
este que todos pisamos.
Su traje
se parecía a esos otros
que llevan otras mujeres.
Su relò
destejía calendarios,
sin olvidarse una hora:
como cuentan los demás.
Y aquello que ella me dijo
fue en un idioma del mundo,
con gramática e historia.
Tan de verdad,
que parecía mentira.
No.
Tengo que vivirlo dentro,
me lo tengo que soñar.
Quitar el color, el número,
el aliento todo fuego,
con que me quemò al decírmelo.
Convertir todo en acaso,
en azar puro, soñándolo.
Y así, cuando se desdiga
de lo que entonces me dijo,
no me morderá el dolor
de haber perdido una dicha
que yo tuve entre mis brazos,
igual que se tiene un cuerpo.
Creeré que fue soñado.
Que aquello, tan de verdad,
no tuvo cuerpo, ni nombre.
Que pierdo
una sombra, un sueño más.
Miedo. De ti. Quererte
es el más alto riesgo.
Múltiples, tú y tu vida.
Te tengo, a la de hoy;
ya la conozco, entro
por laberintos, fáciles
gracias a ti, a tu mano.
Y míos ahora, sí.
Pero tú eres
tu propio más allá,
como la luz y el mundo:
días, noches, estíos,
inviernos sucediéndose.
Fatalmente, te mudas
sin dejar de ser tú,
en tu propia mudanza,
con la fidelidad
constante del cambiar.
Di, ¿podré yo vivir
en esos otros climas,
o futuros, o luces
que estás elaborando,
como su zumo el fruto,
para mañana tuyo?
¿O seré sòlo algo
que naciò para un día
tuyo (mi día eterno),
para una primavera
(en mí florida siempre),
sin poder vivir ya
cuando lleguen
sucesivas en ti,
inevitablemente,
las fuerzas y los vientos
nuevos, las otras lumbres,
que esperan ya el momento
de ser, en ti, tu vida?
«Mañana.» La palabra
iba suelta, vacante,
ingrávida, en el aire,
tan sin alma y sin cuerpo,
tan sin color ni beso,
que la dejé pasar
por mi lado, en mi hoy.
Pero de pronto tú
dijiste: «Yo, mañana...»
Y todo se poblò
de carne y de banderas.
Se me precipitaban
encima las promesas
de seiscientos colores,
con vestidos de moda,
desnudas, pero todas
cargadas de caricias.
En trenes o en gacelas
me llegaban-agudas,
sones de violines-
esperanzas delgadas
de bocas virginales.
O veloces y grandes
como buques, de lejos,
como ballenas
desde mares distantes,
inmensas esperanzas
de un amor sin final.
¡Mañanal Qué palabra
toda vibrante, tensa
de alma y carne rosada,
cuerda del arco donde
tú pusiste, agudísima,
arma de veinte años,
la flecha más segura
cuando dijiste: «Yo...»
Y súbita, de pronto
porque sí, la alegría.
Sola, porque ella quiso,
vino. Tan vertical,
tan gracia inesperada,
tan dádiva caída,
que no puedo creer
que sea para mí.
Miro a mi alrededor,
busco. ¿De quién sería?
¿Será de aquella isla
escapada del mapa,
que pasò por mi lado
vestida de muchacha,
con espumas al cuello,
traje verde y un gran
salpicar de aventuras?
¿No se le habrá caído
a un tres, a un nueve, a un cinco
de este agosto que empieza?
¿O es la que vi temblar
detrás de la esperanza,
al fondo de una voz
que me decía: «No»?
Pero no importa, ya.
Conmigo está, me arrastra.
Me arranca del dudar.
Se sonríe, posible-,
toma forma de besos,
de brazos, hacia mí;
pone cara de mía.
Me iré. me iré con ella
a amarnos, a vivir
temblando de futuro,
a sentirla de prisa,
segundos, siglos, siempres,
nadas. Y la querré
tanto, que cuando llegue
alguien
-y no se le verá,
no se le han de sentir
los pasos-a pedírmela
(es su dueño, era suya),
ella, cuando la lleven,
dòcil, a su destino,
volverá la cabeza
mirándome. Y veré
que ahora sí es mía, ya.
¿Por qué tienes nombre tú,
día, miércoles?
¿Por qué tienes nombre tú,
tiempo, otoño?
Alegría, pena, siempre
¿por qué tenéis nombre: amor?
Si tú no tuvieras nombre,
yo no sabría qué era,
ni còmo, ni cuándo. Nada.
¿Sabe el mar còmo se llama,
que es el mar? ¿Saben los vientos
sus apellidos, del Sur
y del Norte, por encima
del puro soplo que son?
Si tú no tuvieras nombre,
todo sería primero,
inicial, todo inventado
por mí,
intacto hasta el beso mío.
Gozo, amor: delicia lenta
de gozar, de amar, sin nombre.
Nombre, ¡qué puñal clavado
en medio de un pecho candido
que sería nuestro siempre
si no fuese por su nombre!
¡Ay!, cuántas cosas perdidas
que no se perdieron nunca.
Todas las guardabas tú.
Menudos granos de tiempo,
que un día se llevò el aire.
Alfabetos de la espuma,
que un día se llevò el mar.
Yo por perdidos los daba.
Y por perdidas las nubes
que yo quise sujetar
en el cielo
clavándolas con miradas.
Y las alegrías altas
del querer, y las angustias
de estar aún queriendo poco,
y las ansias
de querer, quererte, más.
Todo por perdido, todo
en el haber sido antes,
en el no ser nunca, ya.
Y entonces viniste tú
de lo oscuro, iluminada
de joven paciencia honda,
ligera, sin que pesara
sobre tu cintura fina,
sobre tus hombros desnudos,
el pasado que traías
tú, tan joven, para mí.
Cuando te miré a los besos
vírgenes que tú me diste,
los tiempos y las espumas,
las nubes y los amores
que perdí estaban salvados.
Si de mí se me escaparon,
no fue para ir a morirse
en la nada.
En ti seguían viviendo.
Lo que yo llamaba olvido
eras tú.
Ahí, detrás de la risa,
ya no se te conoce.
Vas y vienes, resbalas
por un mundo de valses
helados, cuesta abajo;
y al pasar, los caprichos,
los prontos te arrebatan
besos sin vocaciòn,
a tí, la momentánea
cautiva de lo fácil.
«¡Qué alegre!», dicen todos.
Y es que entonces estás
queriendo ser tú otra,
pareciéndote tanto
a ti misma, que tengo
miedo a perderte, así.
Te sigo. Espero. Sé
que cuando no te miren
túneles ni luceros,
cuando se crea el mundo
que ya sabe quién eres
y diga: «Sí, ya sé»,
tú te desatarás,
con los brazos en alto,
por detrás de tu pelo,
la lazada, mirándome.
Sin ruido de cristal
se caerá por el suelo,
ingrávida careta
inútil ya, la risa.
Y al verte en el amor
que yo te tiendo siempre
como un espejo ardiendo,
tú reconocerás
un rostro serio, grave,
una desconocida
alta, pálida y triste,
que es mi amada. Y me quiere
por detrás de la risa.
Yo no necesito tiempo
para saber còmo eres:
conocerse es el relámpago.
¿Quién te va a ti a conocer
en lo que callas, o en esas
palabras con que lo callas?
El que te busque en la vida
que estás viviendo, no sabe
más que alusiones de ti,
pretextos donde te escondes.
Ir siguiéndote hacia atrás
en lo que tú has hecho, antes,
sumar acciòn con sonrisa,
años con nombres, será
ir perdiéndote. Yo no.
Te conocí en la tormenta.
Te conocí, repentina,
en ese desgarramiento
brutal de tiniebla y luz,
donde se revela el fondo
que escapa al día y la noche.
Te vi, me has visto, y ahora,
desnuda ya del equívoco,
de la historia, del pasado,
tú, amazona en la centella,
palpitante de recién
llegada sin esperarte,
eres tan antigua mía,
te conozco tan de tiempo,
que en tu amor cierro los ojos,
y camino sin errar,
a ciegas, sin pedir nada
a esa luz lenta y segura
con que se conocen letras
y formas y se echan cuentas
y se cree que se ve
quién eres tú, mi invisible.
¡Qué gran víspera el mundo!
No había nada hecho.
Ni materia, ni números,
ni astros, ni siglos, nada.
El carbòn no era negro
ni la rosa era tierna.
Nada era nada, aún.
¡Qué inocencia creer
que fue el pasado de otros
y en otro tiempo, ya
irrevocable, siempre!
No, el pasado era nuestro:
no tenía ni nombre.
Podíamos llamarlo
a nuestro gusto: estrella,
colibrí, teorema,
en vez de así, «pasado»;
quitarle su veneno.
Un gran viento soplaba
hacia nosotros minas,
continentes, motores.
¿Minas de qué? Vacías.
Estaban aguardando
nuestro primer deseo,
para ser en seguida
de cobre, de amapolas.
Las ciudades, los puertos
flotaban sobre el mundo,
sin sitio todavía:
esperaban que tú
les dijeses: «Aquí»,
para lanzar los barcos,
las máquinas, las fiestas.
Máquinas impacientes
de sin destino, aún;
porque harían la luz
si tú se lo mandabas,
o las noches de otoño
si las querías tú.
Los verbos, indecisos,
te miraban los ojos
como los perros fieles,
trémulos. Tu mandato
iba a marcarles ya
sus rumbos, sus acciones.
¿Subir? Se estremecía
su energía ignorante.
¿Sería ir hacia arriba
«subir»? ¿E ir hacia dònde
sería «descender»?
Con mensajes a antípodas,
a luceros, tu orden
iba a darles conciencia
súbita de su ser,
de volar o arrastrarse.
El gran mundo vacío,
sin empleo, delante
de tí estaba: su impulso
se lo darías tú.
Y junto a ti, vacante,
por nacer, anheloso,
con los ojos cerrados,
preparado ya el cuerpo
para el dolor y el beso,
con la sangre en su sitio,
yo, esperando
-ay, si no me mirabas-
a que tú me quisieses
y me dijeras: «Ya.»
Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sòlo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los ròtulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anònimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo.»
De prisa, la alegría,
atropellada, loca.
Bacante disparada
del arco más casual
contra el cielo y el suelo.
La física, asustada,
tiene miedo? los trenes
se quedan más atrás
aún que los aviones
y que la luz. Es ella,
velocísima, ciega
de mirar, sin ver nada,
y querer lo que ve.
Y no quererlo ya.
Porque se desprendiò
del quiero, del deseo,
y ebria toda en su esencia,
no pide nada, no
va a nada, no obedece
a bocinas, a gritos,
a amenazas. Aplasta
bajo sus pies ligeros
la paciencia y el mundo.
Y lo llena de ruinas
-òrdenes, tiempo, penas-
en una aboliciòn
triunfal, total, de todo
lo que no es ella, pura
alegría, alegría
altísima, empinada
encima de sí misma.
Tan alta de esforzarse,
que ya se está cayendo,
doblada como un héroe,
sobre su hazaña inútil.
Que ya se está muriendo
consumida, deshecha
en el aire, perfecta
combustiòn de su ser.
Y no dejará humo,
ni cadáver, ni pena
-memoria de haber sido-.
Y nadie la sabrá, nadie,
porque ella sola
supo de sí. Y ha muerto.
Todo dice que sí.
Sí del cielo, lo azul,
y sí, lo azul del mar,
mares, cielos, azules
con espumas y brisas,
júbilos monosílabos
repiten sin parar.
Un sí contesta sí
a otro sí. Grandes diálogos
repetidos se oyen
por encima del mar
de mundo a mundo: sí.
Se leen por el aire
largos síes, relámpagos
de plumas de cigüeña,
tan de nieve que caen,
copo a copo, cubriendo
la tierra de un enorme.
blanco sí. Es el gran día.
Podemos acercarnos
hoy a lo que no habla:
a la peña, al amor,
al hueso tras la frente:
son esclavos del sí.
Es la sola palabra
que hoy les concede el mundo.
Alma, pronto, a pedir,
a aprovechar la máxima
locura momentánea,
a pedir esas cosas
imposibles, pedidas,
calladas, tantas veces,
tanto tiempo, y que hoy
pediremos a gritos.
Seguros por un día
-hoy, nada más que hoy-
de que los «no» eran falsos,
apariencias, retrasos,
cortezas inocentes.
Y que estaba detrás,
despacio, madurándose,
al compás de esta ansia
que lo pedía en vano,
la gran delicia: el sí.
Amor, amor, catástrofe.
¡Qué hundimiento del mundo!
Un gran horror a techos
quiebra columnas, tiempos;
los reemplaza por cielos
intemporales. Andas, ando
por entre escombros
de estíos y de inviernos
derrumbados. Se extinguen
las normas y los pesos.
Toda hacia atrás la vida
se va quitando siglos,
frenética, de encima;
desteje, galopando,
su curso,lento antes;
se desvive de ansia
de borrarse la historia,
de no ser más que el puro
anhelo de empezarse
otra vez. El futuro
se llama ayer. Ayer
oculto, secretísimo,
que se nos olvidò
y hay que reconquistar
con la sangre y el alma,
detrás de aquellos otros
ayeres conocidos.
¡Atrás y siempre atrás!
¡Retrocesos, en vértigo,
por dentro, hacia el mañana!
¡Qué caiga todo! Ya
lo siento apenas. Vamos,
a fuerza de besar,
inventando las ruinas
del mundo, de la mano
tú y yo
por entre el gran fracaso
de la flor y del orden.
Y ya siento entre tactos,
entre abrazos, tu piel,
que me entrega el retorno
al palpitar primero,
sin luz, antes del mundo,
total, sin forma, caos.
¡Qué día sin pecado!
La espuma, hora tras hora,
infatigablemente,
fue blanca, blanca, blanca.
Inocentes materias,
los cuerpos y las rocas
-desde cénit total
mediodía absoluto-
estaban
viviendo de la luz,
y por la luz y en ella.
Aún no se conocían
la conciencia y la sombra.
Se tendía la mano
a coger una piedra,
una nube, una flor,
un ala.
Y se las alcanzaba
a todas, porque era
antes de las distancias.
El tiempo no tenía
sospechas de ser él.
Venía a nuestro lado,
sometido y elástico.
Para vivir despacio,
de prisa le decíamos:
«Para», o «Echa a correr.»
Para vivir, vivir
sin más, tú le decías:
«Vete.»
Y entonces nos dejaba
ingrávidos, flotantes
en el puro vivir
sin sucesiòn,
salvados de motivos,
de orígenes, de albas.
Ni volver la cabeza
ni mirar a lo lejos
aquel día supimos
tú y yo. No nos hacía
falta. Besarnos, sí.
Pero con unos labios
tan lejos de su causa,
que lo estrenaban todo,
beso, amor, al besarse,
sin tener que pedir
perdòn a nadie, a nada.
¡Sí, todo con exceso:
la luz, la vida, el mar!
Plural todo, plural,
luces, vidas y mares.
A subir, a ascender
de docenas a cientos,
de cientos a millar,
en una jubilosa
repeticiòn sin fin
de tu amor, unidad»
Tablas, plumas y máquinas,
todo a multiplicar,
caricia por caricia,
abrazo por volcán.
Hay que cansar los números.
Que cuenten sin parar,
que se embriaguen contando,
y que no sepan ya
cuál de ellos será el último:
¡qué vivir sin final!
Que un gran tropel de ceros
asalte nuestras dichas
esbeltas, al pasar.
y las lleve a su cima.
Que se rompan las cifras
sin poder calcular
ni el tiempo ni los besos.
Y al otro lado ya
de còmputos, de sinos,
entregarnos a ciegas
-¡exceso, qué penúltimo!-
a un gran fondo azaroso
que irresistiblemente
está
cantándonos a gritos
fúlgidos de futuro:
«Eso no es nada, aún.
Búscaos bien, hay más.»
Extraviadamente
amantes, por el mundo.
¡Amar! ¡Qué confusiòn
sin parí ¡Cuántos errores!
Besar rostros en vez
de máscaras amadas.
Universo en equívocos:
minerales en flor,
bogando por el cielo,
sirenas y corales
en las nieves perpetuas,
y en el fondo del mar,
constelaciones ya
fatigadas, las tránsfugas
de la gran noche huérfana,
donde mueren los buzos.
Los dos. ¡Qué descarrío!
¿Este camino, el otro,
aquél? Los mapas, falsos,
transtomando los rumbos,
juegan a nuestra pérdida,
entre riesgos sin faro.
Los días y los besos
andan equivocados:
no acaban donde dicen.
Pero para querer
hay que embarcarse en todos
los proyectos que pasan,
sin preguntarles nada,
llenos, llenos de fe
en la equivocaciòn
de ayer, de hoy, de mañana,
que no puede faltar.
De alegría purísima
de no atinar, de hallarnos
en umbrales, en bordes
trémulos de victoria,
sin ganas de ganar.
Con el júbilo único
de ir viviendo una vida
inocente entre errores,
y que no quiere más
que ser, querer, quererse
en la gran altitud
de un amor que va ya
queriéndose
tan desprendidamente
de aquello que no es él,
que va ya por encima
de triunfos o derrotas,
embriagado en la pura
gloria de su acertar.
Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías
-azogues, almas cortas-, aseguran
que estoy aquí, yo, inmòvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida-¡qué transporte ya!-, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sòlo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.
Afán
para no separarme
de ti, por tu belleza.
Lucha
por no quedar en donde quieres tú:
aquí, en los alfabetos,
en las auroras, en los labios.
Ansia
de irse dejando atrás
anécdotas, vestidos y caricias,
de llegar,
atravesando todo
lo que en ti cambia,
a lo desnudo y a lo perdurable.
Y mientras siguen
dando vueltas y vueltas, entregándose,
engañándose,
tus rostros, tus caprichos y tus besos,
tus delicias volubles, tus contactos
rápidos con el mundo,
haber llegado yo
al centro puro, inmòvil, de ti misma.
Y verte còmo cambias
-y lo llamas vivir-
en todo, en todo, sí,
menos en mí, donde te sobrevives.
Yo no puedo darte más.
No soy más que lo que soy.
|Ay, còmo quisiera ser
arena, sol, en estío!
Que te tendieses
descansada a descansar.
Que me dejaras
tu cuerpo al marcharte, huella
tierna, tibia, inolvidable.
Y que contigo se fuese
sobre tí, mi beso lento:
color,
desde la nuca al talòn,
moreno.
¡Ay, còmo quisiera ser
vidrio, o estofa o madera
que conserva su color
aquí, su perfume aquí,
y naciò a tres mil kilòmetros!
Ser
la materia que te gusta,
que tocas todos los días
y que ves ya sin mirar
a tu alrededor, las cosas
-collar, frasco, seda antigua-
que cuando tú echas de menos
preguntas: «¡Ay!, ¿dònde está?»
¡Y, ay, còmo quisiera ser
una alegría entre todas,
una sola, la alegría
con que te alegraras tú !
Un amor, un amor solo:
el amor del que tú te enamorases.
Pero
no soy más que lo que soy.
Despierta. El día te llama
a tu vida: tu deber.
Y nada más que a vivir.
Arráncale ya a la noche
negadora y a la sombra
que lo celaba ese cuerpo
por quien aguarda la luz,
de puntillas, en el alba.
Ponte en pie, afirma la recta
voluntad simple de ser
pura virgen vertical.
Tòmale el temple a tu cuerpo.
¿Frío, calor? Lo dirá
tu sangre contra la nieve,
de detrás de la ventana;
lo dirá
el color en tus mejillas.
Y mira al mundo. Y descansa
sin más hacer que añadir
tu perfecciòn a otro día.
Tu tarea
es llevar tu vida en alto,
jugar con ella, lanzarla
como una voz a las nubes,
a que recoja las luces
que se nos marcharon ya.
Ese es tu sino: vivirte.
No hagas nada.
Tu obra eres tú, nada más.
La luz lo malo que tiene
es que no viene de ti.
Es que viene de los soles,
de los ríos, de la oliva.
Quiero más tu oscuridad.
La alegría
no es nunca la misma mano
la que me la da. Hoy es una,
otra mañana, otra ayer.
Pero jamás es la tuya.
Por eso siempre te tomo
la pena, lo que me das.
Los besos los traen los hilos
del telégrafo, los roces
con noches densas,
los labios del porvenir.
Y vienen, de donde vienen.
Yo no me siento besar.
Y por eso no lo quiero,
ni se lo quiero deber
no sé a quién.
A ti debértelo todo
querría yo.
¡Qué hermoso el mundo, qué entero
si todo, besos y luces,
y gozo,
viniese sòlo de ti!
¿Regalo, don, entrega?
Símbolo puro, signo
de que me quiero dar.
Qué dolor, separarme
de aquello que te entrego
y que te pertenece
sin más destino ya
que ser tuyo, de ti,
mientras que yo me quedo
en la otra orilla, solo,
todavía tan mío.
Còmo quisiera ser
eso que yo te doy
y no quien te lo da.
Cuando te digo:
«Soy tuyo, sòlo tuyo»,
tengo miedo a una nube,
a una ciudad, a un número
que me pueden robar
un minuto al amor
entero a ti debido.
¡Ah!, si fuera la rosa
que te doy; la que estuvo
en riesgo de ser otra
y no para tus manos,
mientras no llegué yo.
Ya que no tendrá ahora
más futuro que ser
con tu rosa, mi rosa,
vivida en ti, por ti,
en su olor, en su tacto.
Hasta que tú la asciendas
sobre su deshojarse
a un recuerdo de rosa,
segura, inmarcesible,
puesta ya toda a salvo
de otro amor u otra vida
que los que vivas tú.
El sueño es una larga
despedida de tí.
¡Qué gran vida contigo,
en pie, alerta en el sueño!
¡Dormir el mundo, el sol,
las hormigas, las horas,
todo, todo dormido,
en el sueño que duermo!
Menos tú, tú la única,
viva, sobrevivida,
en el sueño que sueño.
Pero sí, despedida:
voy a dejarte. Cerca,
la mañana prepara
toda su precisiòn
de rayos y de risas.
¡Afuera, afuera, ya,
lo soñado, flotante,
marchando sobre el mundo,
sin poderlo pisar
porque no tiene sitio,
desesperadamente!
Te abrazo por vez última:
eso es abrir los ojos.
Ya está. Las verticales
entran a trabajar,
sin un desmayo, en reglas.
Los colores ejercen
sus oficios de azul,
de rosa, verde, todos
a la hora en punto. El mundo
va a funcionar hoy bien:
me ha matado ya el sueño.
Te siento huir, ligera,
de la aurora, exactísima,
hacia arriba, buscando
la que no se ve estrella,
el desorden celeste,
que es sòlo donde cabes.
Luego, cuando despierto,
no té conozco, casi,
cuando, a mi lado, tiendes
los brazos hacia mí
diciendo: «¿Qué soñaste?»
Y te contestaría: «No sé,
se me ha olvidado»,
si no estuviera ya
tu cuerpo limpio, exacto,
ofreciéndome en labios
el gran error del día.
¡Qué cruce en tu muñeca
del tiempo contra el tiempo!
Relò, frío. enroscado,
acechador, espera
el paso de tu sangre
en el pulso. Te oprimen
òrdenes desde fuera:
tic tac, tic tac,
la voz, allí, en la máquina.
A tu vida infinita,
sin término, echan lazos
pueriles los segundos.
Pero tu corazòn
allá lejos afirma
-sangre yendo y viniendo
en tí, con tu querer-
su ser, su ritmo, otro.
No. Los días, el tiempo,
no te serán contados
nunca en esfera blanca,
tres, cuatro, cinco, seis.
Tus perezas, tus prontos,
tu gran ardor sin cálculo,
no se pueden cifrar.
Siéntelos tú, desnuda
de relò, en la muñeca:
latido contra número.
¿Amor? ¿Vivir? Atiende
al tic tac diminuto
que hace ya veinte años
sonò por vez primera
en una carne virgen
del tacto de la luz,
para llevarle al mundo
una cuenta distinta,
única, nueva: tú.
Cuando cierras los ojos
tus párpados son aire.
Me arrebatan:
me doy contigo, adentro.
No se ve nada, no
se oye nada. Me sobran
los ojos y los labios,
en este mundo tuyo.
Para sentirte a ti
no sirven
los sentidos de siempre,
usados con los otros.
Hay que esperar los nuevos.
Se anda a tu lado
sordamente, en lo oscuro,
tropezando en acasos,
en vísperas; hundiéndose
hacia arriba
con un gran peso de alas.
Cuando vuelves a abrir
los ojos yo me vuelvo
afuera, ciego ya,
tropezando también,
sin ver, tampoco, aquí.
Sin saber más vivir
ni en el otro, en el tuyo,
ni en este
mundo descolorido
en donde yo vivía.
Inútil, desvalido
entre los dos.
Yendo, viniendo
de uno a otro
cuando tú quieres,
cuando abres, cuando cierras
los párpados, los ojos.
Horizontal, sí, te quiero.
Mírale la cara al cielo,
de cara. Déjate ya
de fingir un equilibrio
donde lloramos tú y yo,
Ríndete
a la gran verdad final,
a lo que has de ser conmigo,
tendida ya, paralela,
en la muerte o en el beso.
Horizontal es la noche
en el mar, gran masa trémula
sobre la tierra acostada,
vencida sobre la playa.
El estar de pie, mentira:
sòlo correr o tenderse.
Y lo que tú y yo queremos
y el día-ya tan cansado
de estar con su luz, derecho-
es que nos llegue, viviendo
y con temblor de morir,
en lo más alto del beso,
ese quedarse rendidos
por el amor más ingrávido,
al peso de ser de tierra,
materia, carne de vida.
En la noche y la trasnoche,
y el amor y el trasamor,
ya cambiados
en horizontes finales,
tú y yo, de nosotros mismos.
Empújame, lánzame
desde ti, de tus mejillas,
como de islas de coral,
a navegar, a irme lejos
para buscarte, a buscar
fuera de ti lo que tienes,
lo que no me quieres dar.
Para quedarte tú sola,
invéntame selvas vírgenes
con árboles de metal
y azabache? yo iré a ellas
y veré que no eran más
que collares que pensabas.
Invítame a resplandores
y destellos, a lo lejos,
negros, blancos, sonriendo
de niñez. Los buscaré.
Marcharé días y días,
y al llegar a donde están,
descubriré tus sonrisas
anchas, tus miradas claras.
Eso
era lo que allá, distante,
estaba viendo brillar.
De tanto y tanto viaje
nunca esperes que te traiga
más mundos, más primaveras
que esas que tú te defiendes
contra mí. El ir y venir
a los siglos, a las minas,
a los sueños, es inútil.
De ti salgo siempre, siempre
tengo que volver a tí.
Ya no puedo encontrarte
allí en esa distancia, precisa con su nombre,
donde estabas ausente.
Por venir a buscarme
la abandonaste ya. Saliste de tu ausencia,
y aún no te veo y no sé dònde estás.
En vano iría en busca tuya allí
adonde tanto fue mi pensamiento
a sorprender tu sueño, o tu risa, o tu juego.
No están ya allí, que tú te los llevaste;
te los llevaste, sí, para traérmelos,
pero andas todavía
entre el aquí, el allí. Tienes mi alma
suspensa toda sobre el gran vacío,
sin poderte besar el cuerpo cierto
que va a llegar,
escapada también tu forma ausente
que aún no llegò de la sabida ausencia
donde nos reuníamos, soñando.
Tu sola vida es un querer llegar.
En tu tránsito vives, en venir hacia mí,
no en el mar, ni en la tierra, ni en el aire,
que atraviesas ansiosa con tu cuerpo
como si viajaras.
Y yo, perdido, ciego,
no sé con qué alcanzarte, en donde estés,
si con abrir la puerta nada más,
o si con gritos; o si sòlo
me sentirás, te llegará mi ansia,
en la absoluta espera inmòvil,
del amor, inminencia, gozo, pánico,
sin otras alas que silencios, alas.
No, no te quieren, no.
Tú sí que estás queriendo.
El amor que te sobra
se lo reparten seres
y cosas que tú miras,
que tú tocas, que nunca
tuvieron amor antes.
Cuando dices: «Me quieren
los tigres o las sombras»,
es que estuviste en selvas
o en noches, paseando
tu gran ansia de amar.
No sirves para amada;
tú siempres ganarás,
queriendo, al que te quiera.
Amante, amada no.
Y lo que yo te dé,
rendido, aquí, adorándote,
tú misma te lo das:
es tu amor implacable,
sin pare ja posible,
que regresa a sí mismo
a través de este cuerpo
mío, transido ya
del recuerdo sin fin,
sin olvido, por siempre,
de que sirviò una vez
para que tú pasaras
por él-aún siento el fuego-
ciega, hacia tu destino.
De que un día entre todos
llegaste
a tu amor por mi amor.
Lo que eres
me distrae de lo que dices.
Lanzas palabras veloces,
empavesadas de risas,
invitándome
a ir adonde ellas me lleven.
No te atiendo, no las sigo:
estoy mirando
los labios donde nacieron.
Miras de pronto a lo lejos.
Clavas la mirada allí,
no sé en qué, y se te dispara
a buscarlo ya tu alma
afilada de saeta.
Yo no miro adonde miras:
yo te estoy viendo mirar.
Y cuando deseas algo
no pienso en lo que tú quieres,
ni lo envidio: es lo de menos.
Lo quieres hoy, lo deseas;
mañana lo olvidarás
por una querencia nueva.
No. Te espero más allá
de los fines y los términos.
En lo que no ha de pasar
me quedo, en el puro acto
de tu deseo, queriéndote.
Y no quiero ya otra cosa
más que verte a ti querer.
Los cielos son iguales.
Azules, grises, negros,
se repiten encima
del naranjo o la piedra:
nos acerca mirarlos.
Las estrellas suprimen,
de lejanas que son,
las distancias del mundo.
Si queremos juntarnos,
nunca mires delante:
todo lleno de abismos,
de fechas y de leguas.
Déjate bien flotar
sobre el mar o la hierba,
inmòvil, cara al cielo.
Te sentirás hundir
despacio, hacia lo alto,
en la vida del aire.
Y nos encontraremos
sobre las diferencias
invencibles, arenas,
rocas, años, ya solos,
nadadores celestes,
náufragos de los cielos.
Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que durò más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezò, se acabò en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
-¿adonde se me ha escapado?-
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.
Me debía bastar
con lo que ya me has dado.
Y pido más, y más.
Cada belleza tuya
me parece el extremo
cumplirse de ti misma:
tú nunca podrás dar
otra cosa de ti
más perfecta. Se cierran
sin misiòn, ya, los ojos
a una luz, ya, sobrante.
Tal como me la diste,
la vida está completa:
tú, terminada ya.
Y de pronto se siente,
cuando ya te acababas
en asunciòn de ti,
que en tu mismo final,
renacida, te empiezas
otra vez. Y que el don
de esa hermosura tuya
te abre
-límpida, insospechada-
otra hermosura nueva;
parece la primera.
Porque tu entrega es
reconquista de ti,
vuelta hacia adentro, aumento.
Por eso
pedirte que me quieras
es pedir para ti;
es decirte que vivas,
que vayas
más allá todavía
por las minas
últimas de tu ser.
La vida que te imploro
a ti, la inagotable,
te la alumbro, al pedírtela.
Y no te acabaré
por mucho que te pida
a ti, infinita, no.
Yo sí me iré acabando,
mientras tú, generosa,
te renuevas y vives
devuelta a ti, aumentada
en tus dones sin fin.
¡Qué entera cae la piedra!
Nada disiente en ella
de su destino, de su ley: el suelo.
No te expliques tu amor, ni me lo expliques;
obedecerlo basta. Cierra
los ojos, las preguntas, húndete
en tu querer, la ley anticipando
por voluntad, llenándolo de síes,
de banderas, de gozos,
ese otro hundirse que detrás aguarda,
de la muerte fatal. Mejor no amarse
mirándose en espejos complacidos,
deshaciendo
esa gran unidad en juegos vanos ¡
mejor no amarse
con alas, por el aire,
como las mariposas o las nubes,
flotantes. Busca pesos,
los más hondos, en ti, que ellos te arrastren
a ese gran centro donde yo te espero.
Amor total, quererse como masas.
La forma de querer tú
es dejarme que te quiera.
El sí con que te me rindes
es el silencio. Tus besos
son ofrecerme los labios
para que los bese yo.
Jamás palabras, abrazos,
me dirán que tú existías,
que me quisiste: jamás.
Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.
Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sòlo yo.
¡Qué probable eres tú!
Si los ojos me dicen,
mirándote, que no,
que no eres de verdad,
las manos y los labios,
con los ojos cerrados,
recorren tiernas pruebas:
la lenta convicciòn
de tu ser va ascendiendo
por escala de tactos,
de bocas, carne y carne.
Si tampoco lo creo,
algo más denso ya,
más palpable, la voz
con que dices: «Te quiero»,
lucha para afirmarte
contra mi duda. Al lado
un cuerpo besa, abraza,
frenético, buscándose
su realidad aquí,
en mí, que no la creo;
besa
para lograr su vida
todavía indecisa,
puro milagro, en mí.
Y lentamente vas
formándote tú misma,
naciéndote,
dentro de tu querer,
de mi querer, confusos,
como se forma el día
en la gran duda oscura.
Y agoniza la antigua
criatura dudosa
que tú dejas atrás,
inútil ser de antes,
para que surja al fin
la irrefutable tú,
desnuda Venus cierta,
entre auroras seguras,
que se gana a sí misma
su nuevo ser, queriéndome.
Perdòname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de tí.
Perdòname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
de tí tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él
subida sobre tí, como te quiero,
tocando ya tan sòlo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensiòn todo el cuerpo, ya ascendiendo
de tí a tí misma.
Y que a mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eras.
¿Hablamos, desde cuándo?
¿Quién empezò? No sé.
Los días, mis preguntas:
oscuras, anchas, vagas
tus respuestas: las noches.
Juntándose una a otra
forman el mundo, el tiempo
para tí y para mí.
Mi preguntar hundiéndose
con la luz en la nada,
callado,
para que tú respondas
con estrellas equívocas;
luego, reciennaciéndose
con el alba, asombroso
de novedad, de ansia
de preguntar lo mismo
que preguntaba ayer,
que respondiò la noche
a medias, estrellada.
Los años y la vida,
¡qué diálogo angustiado!
Y sin embargo,
por decir casi todo.
Y cuando nos separen
y ya no nos oigamos,
te diré todavía:
«¡Qué pronto!
¡Tanto que hablar, y tanto
que nos quedaba aún!»
A la noche se empiezan
a encender las preguntas.
Las hay distantes, quietas,
inmensas, como astros:
preguntan desde allí
siempre
lo mismo: còmo eres.
Otras, fugaces y menudas,
querrían saber cosas
leves de ti y exactas:
medidas
de tus Zapatos, nombre
de la esquina del mundo
donde me esperarías.
Tú no las puedes ver,
pero tienes el sueño
cercado todo él
por interrogaciones
mías.
Y acaso alguna vez
tú, soñando, dirás
que sí, que no, respuestas
de azar y de milagro
a preguntas que ignoras,
que no ves, que no sabes.
Porque no sabes nada;
y cuando te despiertas,
ellas se esconden, ya
invisibles, se apagan.
Y seguirás viviendo
alegre, sin saber
que en media vida tuya
estás siempre cercada
de ansias, de afán, de anhelos
sin cesar preguntándote
eso que tú no ves
ni puedes contestar.
¡Qué paseo de noche
con tu ausencia a mi lado!
Me acompaña el sentir
que no vienes conmigo.
Los espejos, el agua
se creen que voy solo;
se lo creen los ojos.
Sirenas de los cielos
aún chorreando estrellas,
tiernas muchachas lánguidas,
que salen de automòviles,
me llaman. No las oigo.
Aún tengo en el oído
tu voz, cuando me dijo:
«No te vayas.» Y ellas,
tus tres palabras últimas,
van hablando conmigo
sin cesar, me contestan
a lo que preguntò
mi vida el primer día.
Espectros, sombras, sueños,
amores de otra vez,
de mí compadecidos,
quieren venir conmigo,
van a darme la mano.
Pero notan de pronto
que yo llevo estrechada,
cálida, viva, tierna,
la forma de una mano
palpitando en la mía.
La que tú me tendiste
al decir: «No te vayas.»
Se van, se marchan ellos,
los espectros, las sombras,
atònitos de ver
que no me dejan solo.
Y entonces la alta noche,
la oscuridad, el frío,
engañados también,
me vienen a besar.
No pueden; otro beso
se interpone en mis labios.
No se marcha de allí,
no se irá. El que me diste,
mirándome a los ojos
cuando yo me marché,
diciendo: «No te vayas.»
La materia no pesa,
Ni tu cuerpo ni el mío,
juntos, se sienten nunca
servidumbre, sí alas.
Los besos que me das
son siempre redenciones:
tú besas hacia arriba,
librando algo de mí,
que aún estaba sujeto
en los fondos oscuros.
Lo salvas, lo miramos
para ver còmo asciende,
volando, por tu impulso,
hacia su paraíso
donde ya nos espera.
No. tu carne no oprime
ni la tierra que pisas
ni mi cuerpo que estrechas.
Cuando me abrazas, siento
que tuve contra el pecho
un palpitar sin tacto,
cerquísima, de estrella,
que viene de otra vida.
El mundo material
nace cuando te marchas.
Y siento sobre el alma
esa opresiòn enorme
de sombras que dejaste,
de palabras, sin labios,
escritas en papeles.
Devuelto ya a la ley
del metal, de la roca,
de la carne. Tu forma
corporal,
tu dulce peso rosa,
es lo que me volvía
el mundo más ingrávido.
Pero lo insoportable,
lo que me está agobiando,
llamándome a la tierra,
sin ti que me defiendas,
es la distancia, es
el hueco de tu cuerpo.
Si, tú nunca, tú nunca:
tu memoria es materia.
Cuántas veces he estado
-espía del silencio-
esperando unas letras,
una voz. (Ya sabidas.
Yo las sabía, sí,
pero tú, sin saberlas,
tenías que decírmelas.)
Como nunca sonaban,
me las decía yo,
Luego te paro los brazos,
rápidos, largos, nerviosos.
Me ofrecían el camino
para que yo te estrechara.
Te arranco el color, el bulto.
Te mato el paso. Venías
derecha a mí. Lo que más
pena me ha dado, al callártela,
es tu voz. Densa, tan cálida,
más palpable que tu cuerpo.
Pero ya iba a traicionarnos.
Así
mi amor está libre, suelto,
con tu sombra descarnada.
Y puedo vivir en ti
sin temor
a lo que yo más deseo,
a tu beso, a tus abrazos.
Estar ya siempre pensando
en los labios, en la voz,
en el cuerpo,
que yo mismo te arranqué
para poder, ya sin ellos,
quererte.
¡Yo, que los quería tanto!
Y estrechar sin fin, sin pena
-mientras se va inasidera,
con mi gran amor detrás,
la carne por su camino-
tu solo cuerpo posible:
tu dulce cuerpo pensado.
Dime, ¿por qué ese afán
de hacerte la posible,
si sabes que tú eres
la que no serás nunca?
Tú a mi lado, en tu carne,
en tu cuerpo, eres sòlo
el gran deseo inútil
de estar aquí a mi lado
en tu cuerpo, en tu carne.
En todo lo que haces,
verdadero, visible,
no se consuma nada,
ni se realiza, no.
Lo que tú haces no es más
que lo que tú querrías
hacer mientras lo haces.
Las palabras, las manos
que me entregas, las beso
por esa voluntad
tuya e irrealizable
de dármelas, al dármelas.
Y cuanto más te acercas
contra mí y más te estrechas
contra el no indestructible
y negro, más se ensanchan
de querer abolirías,
de afán de que no existan,
las distancias sin fondo
que quieres ignorar
abrazándome. Y siento
que tu vivir conmigo
es signo puro, seña,
en besos, en presencias
de lo imposible, de
tu querer vivir
conmigo, mía, siempre.
Te busqué por la duda:
no te encontraba nunca.
Me fui a tu encuentro
por el dolor.
Tú no venías por allí.
Me metí en lo más hondo
por ver si, al fin, estabas.
Por la angustia,
desgarradora, hiriéndome.
Tú no surgías nunca de la herida.
Y nadie me hizo señas
-un jardín o tus labios.
con árboles, con besos-;
nadie me dijo
-por eso te perdí-
que tú ibas por las últimas
terrazas de la risa,
del gozo, de lo cierto.
Que a tí se te encontraba
en las cimas del beso
sin duda y sin mañana.
En el vértice puro
de la alegría alta,
multiplicando júbilos
por júbilos, por risas,
por placeres.
Apuntando en el aire
las cifras fabulosas,
sin peso de tu dicha.
A ti sòlo se llega
por ti. Te espero.
Yo sí que sé dònde estoy,
mi ciudad, la calle, el nombre
por el que todos me llaman.
Pero no sé dònde estuve
contigo.
Allí me llevaste tú.
¿Còmo
iba a aprender el camino
si yo no miraba a nada
más que a ti,
si el camino era tu andar,
y el final
fue cuando tú te paraste?
¿Qué más podía haber ya
que tú ofrecida, mirándome?
Pero ahora,
¡qué desterrado, qué ausente
es estar donde uno está!
Espero, pasan los trenes,
los azares, las miradas.
Me llevarían adonde
nunca he estado. Pero yo
no quiero los cielos nuevos.
Yo quiero estar donde estuve.
Contigo, volver.
¡Qué novedad tan inmensa
eso, volver otra vez,
repetir lo nunca igual
de aquel asombro infinito!
Y mientras no vengas tú
yo me quedaré en la orilla
de los vuelos, de los sueños.
de las estelas, inmòvil.
Porque sé que donde estuve
ni alas, ni ruedas, ni velas
llevan.
Todas van extraviadas.
Porque sé que donde estuve
sòlo
se va contigo, por ti.
Tú no las puedes ver;
yo, sí.
Claras, redondas, tibias.
Despacio
se van a su destino;
despacio, por marcharse
más tarde de tu carne.
Se van a nada; son
eso no más, su curso.
Y una huella, a lo largo,
que se borra en seguida.
¿Astros?
Tú
no las puedes besar.
Las beso yo por tí.
Saben; tienen sabor
a los zumos del mundo.
¡Qué gusto negro y denso
a tierra, a sol, a mar!
Se quedan un momento
en el beso, indecisas
entre tu carne fría
y mis labios; por fin
las arranco. Y no sé
si es que eran para mí.
Porque yo no sé nada.
¿Son estrellas, son signos,
son condenas o auroras?
Ni en mirar ni en besar
aprendí lo que eran.
Lo que quieren se queda
allá atrás, todo incògnito.
Y su nombre también.
(Si las llamara lágrimas,
nadie me entendería.)
¡Si tú supieras que ese
gran sollozo que estrechas
en tus brazos, que esa
lágrima que tú secas
besándola,
vienen de ti, son tú,
dolor de ti hecho lágrimas
mías, sollozos míos!
Entonces
ya no preguntarías
al pasado, a los cielos,
a la frente, a las cartas,
qué tengo, por qué sufro.
Y toda silenciosa,
con ese gran silencio
de la luz y el saber,
me besarías más,
y desoladamente.
Con la desolaciòn
del que no tiene al lado
otro ser, un dolor
ajeno; del que está
sòlo ya con su pena.
Queriendo consolar
en un otro quimérico,
el gran dolor que es suyo.
Cuando tú me elegiste
-el amor eligiò-
salí del gran anònimo
de todos, de la nada.
Hasta entonces
nunca era yo más alto
que las sierras del mundo.
Nunca bajé más hondo
de las profundidades
máximas señaladas
en las cartas marinas.
Y mi alegría estaba
triste, como lo están
esos relojes chicos,
sin brazo en que ceñirse
y sin cuerda, parados.
Pero al decirme: «tú»
-a mí, sí, a mí, entre todos-,
más alto ya que estrellas
o corales estuve.
Y mi gozo
se echò a rodar, prendido
a tu ser, en tu pulso.
Posesiòn tú me dabas
de mí, al dárteme tú.
Viví, vivo. ¿Hasta cuándo?
Sé que te volverás
atrás. Cuando te vayas
retornaré a ese sordo
mundo, sin diferencias,
del gramo, de la gota,
en el agua, en el peso.
Uno más seré yo
al tenerte de menos.
Y perderé mi nombre,
mi edad, mis señas, todo
perdido en mí, de mí.
Vuelto al osario inmenso
de los que no se han muerto
y ya no tienen nada
que morirse en la vida.
No quiero que te vayas,
dolor, última forma
de amar. Me estoy sintiendo
vivir cuando me dueles
no en ti, ni aquí, más lejos:
en la tierra, en el año
de donde vienes tú,
en el amor con ella
y todo lo que fue.
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sòlo fue un pretexto
mío para vivir.
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería;
pero me quedas tú.
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.
La gran prueba, a lo lejos,
de que existiò, que existe,
de que me quiso, sí,
de que aún la estoy queriendo-
¡Qué de pesos inmensos,
òrbitas celestiales,
se apoyan
-maravilla; milagro-
en aires, en ausencias,
en papeles, en nada!
Roca descansa en roca,
cuerpos yacen en cunas,
en tumbas; ni las islas
nos engañan, ficciones
de falsos paraísos,
flotantes sobre el agua.
Pero a ti, a ti, memoria
de un ayer que fue carne
tierna, materia viva,
y que ahora ya no es nada
más que peso infinito,
gravitaciòn, ahogo,
dime, ¿quién te sostiene
si no es la esperanzada
soledad de la noche?
A ti, afán de retorno,
anhelo de que vuelvan
invariablemente,
exactas a sí mismas,
las acciones más nuevas
que se llaman futuro,
¿quién te va a sostener?
Signos y simulacros
trazados en papeles
blancos, verdes, azules,
querrían ser tu apoyo
eterno, ser tu suelo,
tu prometida tierra.
Pero, luego, más tarde,
se rompen-unas manos-,
se deshacen, en tiempo,
polvo, dejando sòlo
vagos rastros fugaces,
recuerdos, en las almas.
¡Sí, las almas, finales!
¡Las últimas, las siempre
elegidas, tan débiles,
para sostén eterno
de los pesos más grandes!
Las almas, como alas
sosteniéndose solas
a fuerza de aleteo
desesperado, a fuerza
de no pararse nunca,
de volar, portadoras
por el aire, en el aire,
de aquello que se salva.
No en palacios de mármol,
no en meses, no, ni en cifras,
nunca pisando el suelo:
en leves mundos frágiles
hemos vivido juntos.
El tiempo se contaba
apenas por minutos:
un minuto era un siglo,
una vida, un amor.
Nos cobijaban techos,
menos que techos, nubes;
menos que nubes, cielos?
aun menos, aire, nada.
Atravesando mares
hechos de veinte lágrimas,
diez tuyas y diez mías,
llegábamos a cuentas
doradas de collar,
islas limpias, desiertas,
sin flores y sin carne?
albergue, tan menudo,
en vidrio, de un amor
que se bastaba él solo
para el querer más grande
y no pedía auxilio
a los barcos ni al tiempo.
Galerías enormes
abriendo
en los granos de arena,
descubrimos las minas
de llamas o de azares.
Y todo
colgando de aquel hilo
que sostenía, ¿quién?
Por eso nuestra vida
no parece vivida:
desliz, resbaladera,
ni estelas ni pisadas
dejò detrás. Si quieres
recordarla, no mires
donde se buscan siempre
las huellas y el recuerdo.
No te mires al alma,
a la sombra, a los labios.
Mírate bien la palma
de la mano, vacía.
Lo encontraremos, sí.
Nuestro beso. ¿Será
en un lecho de nubes,
de vidrios o de ascuas?
¿Será
este minuto pròximo,
o mañana, o el siglo
por venir, o en el borde
mismo ya del jamás?
¿Vivos, muertos? ¿Lo sabes?
¿Con tu carne y la mía,
con mí nombre y el tuyo?
¿O ha de ser ya con otros
labios, con otros nombres
y siglos después, esto
que está queriendo ser
hoy, aquí, desde ahora?
Eso no lo sabemos.
Sabemos que será.
Que en algo, sí, y en alguien
se tiene que cumplir
este amor que inventamos
sin tierra ni sin fecha
donde posarse ahora:
el gran amor en vilo.
Y que quizá, detrás
de telones de años,
un beso bajo cielos
que jamás hemos visto,
será, sin que lo sepan
esos que creen dárselo,
trascendido a su gloria,
el cumplirse, por fin,
de ese beso impaciente
que te veo esperando,
palpitante en los labios.
Hoy
nuestro beso, su lecho,
están sòlo en la fe.
¿Quién, quién me puebla el mundo
esta noche de agosto?
No, ni carnes, ni alma.
Faroles, contra luna.
¿Abrazarme? ¿Con quién?
¿Seguir? ¿A quién? Veloces
coincidencias de astro
y gas lo suplen todo.
Sombras y yo. Y el aire
meciendo blandamente
el cabello a las sombras
con un rumor de alma.
Me acercaré a su lecho
-aire quieto, agua quieta-
a intentar que me quieran
a fuerza de silencio
y de beso. Engañado
hasta que venga el día
y el gran lecho vacío
donde durmieron ellas,
sin huellas de la carne,
y el gran aire vacío,
limpio,
sin señal de las almas,
otra vez me confirmen
la soledad, diciendo
que todo eran encuentros
fugaces, aquí abajo
de las luces distantes,
azares sin respuesta.
No, ni carnes, ni almas.
¡Qué cuerpos leves, sutiles,
hay, sin color,
tan vagos como las sombras,
que no se pueden besar
si no es poniendo los labios
en el aire, contra algo
que pasa y que se parece!
¡Y qué sombras tan morenas
hay, tan duras
que su oscuro mármol frío
jamás se nos rendirá
de pasiòn entre los brazos!
¡Y qué trajín, ir, venir,
con el amor en volandas,
de los cuerpos a las sombras,
de lo imposible a los labios,
sin parar, sin saber nunca
si es alma de carne o sombra
de cuerpo lo que besamos,
si es algo! ¡Temblando
de dar cariño a la nada!
¿Y si no fueran las sombras
sombras? ¿Si las sombras fueran
-yo las estrecho, las beso,
me palpitan encendidas
entre los brazos-
cuerpos finos y delgados,
todos miedosos de carne?
¿Y si hubiese
otra luz en el mundo
para sacarles a ellas,
cuerpos ya de sombra, otras
sombras más últimas, sueltas
de color, de formas, libres
de sospecha de materia;
y que no se viesen ya,
y que hubiera que buscarlas
a ciegas, por entre cielos,
desdeñando ya las otras,
sin escuchar ya las voces
de esos cuerpos disfrazados
de sombras, sobre la tierra?
¿Las oyes còmo piden realidades,
ellas, desmelenadas, fieras,
ellas, las sombras que los dos forjamos
en este inmenso lecho de distancias?
Cansadas ya de infinidad, de tiempo
sin medida, de anònimo, heridas
por una gran nostalgia de materia,
piden límites, días, nombres.
No pueden
vivir así ya más: están al borde
del morir de las sombras, que es la nada.
Acude, ven conmigo.
Tiende tus manos, tiéndeles tu cuerpo.
Los dos les buscaremos
un color, una fecha, un pecho, un sol.
Que descansen en ti, sé tú su carne.
Se calmará su enorme ansia errante,
mientras las estrechamos
ávidamente entre los cuerpos nuestros
donde encuentren su pasto y su reposo.
Se dormirán al fin en nuestro sueño
abrazado, abrazadas. Y así luego,
al separarnos, al nutrirnos sòlo
de sombras, entre lejos,
ellas
tendrán recuerdos ya, tendrán pasado
de carne y hueso,
el tiempo que vivieron en nosotros.
Y su afanoso sueño
de sombras, otra vez, será el retorno
a esta corporeidad mortal y rosa
donde el amor inventa su infinito.
FIN DE
'LA VOZ A TI DEBIDA"
RAZÓN DE AMOR
POESIA
(1936)
RAZON DE AMOR
I
Ya está la ventana abierta.
Tenía que ser así
el día.
Azul el cielo, sí, azul
indudable, como anoche
le iban queriendo tus besos.
Henchida la luz de viento
y tensa igual que una vela
que lleva el día, velero
por los mundos, a su fin;
porque anoche tú quisiste
que tú y yo nos embarcáramos
en un alba que llegaba.
Tenía que ser así.
Y todo,
las aves de por el aire,
las olas de por el mar,
gozosamente animado:
con el ánima
misma que estaba latiendo
en las olas y los vuelos
nocturnos del abrazar.
Si los cielos iluminan
trasluces de paraíso,
islas de color de edén,
es que en las horas sin luz,
sin suelo, hemos anhelado
la tierra más inocente
y jardín para los dos.
Y el mundo es hoy como es hoy
porque lo querías tú,
porque anoche lo quisimos.
Un día
es el gran rastro de luz
que deja el amor detrás
cuando cruza por la noche,
sin él eterna, del mundo.
Es lo que quieren dos seres
si se quieren hacia un alba.
Porque un día nunca sale
de almanaques ni horizontes:
es la hechura sonrosada,
la forma viva del ansia
de dos almas en amor,
que entre abrazos, a lo largo
de la noche, beso a beso,
se buscan su claridad.
Al encontrarla amanece,
ya no es suya, ya es del mundo.
Y sin saber lo que hicieron,
los amantes
echan a andar por su obra,
que parece un día más.
¿Serás, amor,
un largo adiòs que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazòn percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo:
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan,
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos,
días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunciòn que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separaciòn no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiòs.
¿En dònde está la salvaciòn? ¿Lo sabes?
¿Vuela, corre, descansa, es árbol, nube?
¿Se la coge a puñados, como al mar,
o cae sobre nosotros en el sueño
sin despertar ya más, igual que muerte?
¿Nos salvaremos?
Suelta, escapada va,
sin que se sepa dònde, si pisando
los cielos que miramos,
o bajo el techo que es la tierra nuestra,
inasequible, incierta, eterna,
jugando con nosotros
a será o no será.
Mas lo que sí sabemos es que todo,
las manos, y las bocas, y las almas,
ávidas y afiladas,
persiguiéndola están, siempre al acecho
de su paso en la alta madrugada,
por si cruzase por las soledades
o por el beso con que se las quiebra.
Que unas alas
invisibles golpean
las paredes del día y de la noche,
animadas, cerniéndose,
volando a ras de tierra, y son las alas
del gran afán de salvaciòn constante
de cuyo no cesar se está viviendo:
el ansia de salvarme, de salvarte,
de salvarnos los dos, ilusionados
de estar salvando al mismo que nos salva.
Y que aunque su hecho mismo se nos niegue
-el arribo a las costas celestiales,
paraíso sin lugar, isla sin mapa,
donde viven felices los salvados-,
nos llenará la vida
este puro volar sin hora quieta,
este vivir buscándola:
y es ya la salvaciòn querer salvarnos.
¡Pastora de milagros!
¿Lo sobrenatural
naciò quizá contigo?
Tu vida
maneja los prodigios
tan tuyamente como
el color de tus ojos,
o tu voz, o tu risa.
Y lo maravilloso
parece
tu costumbre, el quehacer
fácil de cada día.
Las sorpresas del mundo,
lanzadas desde lejos
sobre tí, como olas,
en mansa espuma blanca
a los pies se te quiebran,
dòciles, esperadas.
Lo imprevisto se quita,
al verte, su antifaz
de noche o de misterio,
se rinde:
tú ya lo conocías.
Andando de tu mano,
¡qué fáciles las cimas!
Alto se está contigo,
tú me elevas, sin nada,
tan sòlo con vivir
y dejar que te viva.
Tus pasos más sencillos
en ascensiòn acaban.
Y en la altura se vive
sin sentir la fatiga
de haber subido. Tú
le quitas
al trabajo, el afán,
su gran color de pena.
Y en descensos alegres,
se sube, si tú guías,
la inmensa
cuesta arriba del mundo.
Cuando tu ser en proa
-velocísimo viento-
atraviesa la vida,
se les caen a las ramas
de lo que deseamos
los esfuerzos que cuestan,
el precio de la dicha,
como las hojas secas,
y te alfombran el paso.
Y yo sé que quererte
es convertir los días,
las horas, en peligros,
en llamas. Pero a todo
se sonríe por ti.
Porque vas sorteando
nuestra vida entre azares
ardientes, entre muertes,
tan inocentemente,
tan fuera del pecado,
que nos parece un juego
con las cosas más puras.
Tan sencilla queriéndome,
que a veces se me olvida
que vivo de milagro
el amor fabuloso
que al cargar sobre ti
ingrávido se torna.
Y como lo redimes
de sangre, o de tormento,
por fuerza de tu pecho,
con corazòn de magia,
se siente la ilusiòn
de que nada nos cuesta
nada.
Que el hecho más sencillo,
el primero y el último
del mundo, fué querernos.
Torpemente el amor busca.
Vive en mí como una oscura
fuerza entrañada. No tiene
ojos que le satisfagan
su ansia de ver. Los espera.
Tantea a un lado y a otro:
se tropieza con el cielo,
con un papel, o con nada.
Ni aire ni tierra ni agua
le sirven para salir
desde su mina a la vida,
porque él ni vuela ni anda.
Sòlo quiere, quiere, quiere,
y querer no es caminar,
ni volar, con pies, con alas
de otros seres. El amor
sòlo va hacia su destino
con las alas y los pies
que de su entraña le nazcan
cada día, que jamás
tocaron la tierra, el aire,
y que no se usaron nunca
en más vuelos ni jornadas
que los de su oficio virgen.
Y así mientras no le salgan
fuerzas de pluma en los hombros,
nuevas plantas,
está como masa oscura,
en el fondo de su mar,
esperando que le lleguen
formas de vida a su ansia.
Se acerca el mundo y le ofrece
salidas, salidas vagas:
una rosa, no le sirve.
El amor no es una rosa.
Un día azul; el amor
no es tampoco una mañana.
Le brinda sombras, espectros,
que no se pueden asir,
llenos de incorpòreas gracias;
pero un querer, aunque venga
de las sombras,
es siempre lo que se abraza.
Y por fin le trae un sueño,
un sueño tan parecido
que se siente todo trémulo
de inminencia, al borde ya
de la forma que esperaba.
Que esperaba y que no es:
porque un sueño sòlo es sueño
verdadero
cuando en materia mortal
se desensueña y se encarna.
Y allá se vuelve el amor
a su entraña,
a trabajar sin cesar
con la fe de que de él salga
su mismo salir, la ansiada
forma de vivirse, esa
que no se puede encontrar
sino a fuerza
de esperar desesperado:
a fuerza de tanto amarla.
Estabas, pero no se te veía
aquí en la luz terrestre, en nuestra luz
de todos.
Tu realidad vivía entre nosotros
indiscernible y cierta
como la flor, el monte, el mar,
cuando a la noche
son un puro sentir, casi invisible.
El mediodía terrenal,
esa luz suficiente
-para leer los destinos y los números-,
nunca pudo explicarte.
Tan sòlo desde ti venir podía
tu aclaraciòn total. Te iban buscando
por tardes grises, por mañanas claras,
por luz de luna o sol, sin encontrar.
Es que a ti sòlo se llega por tu luz.
Y así cuando te ardiste en otra vida,
en ese llamear tu luz naciò,
la cegadora luz que te rodea
cuando mis ojos son los que te miran
-esa que tú me diste para verte-,
para saber quién éramos tú y yo:
la luz de dos.
De dos, porque mis ojos son los únicos
que saben ver con ella,
porque
con ella sòlo pueden verte a tí.
Ni recuerdos nos unen, ni promesas.
No. Lo que nos enlaza
es que sòlo entre dos, únicos dos,
tú para ser mirada, yo mirándote,
vivir pueda esa luz. Y si te vas
te esperan, procelosas, las auroras,
las lumbres cenitales, los crepúsculos,
todo ese oscuro mundo que se llama
no volvemos a ver:
no volvernos a ver nunca en tu luz.
Antes vivías por el aire, el agua,
ligera, sin dolor, vivir de ala,
de quilla, de canciòn, gustos sin rastros.
Pero has vivido un día
todo el gran peso de la vida en mí.
Y ahora,
sobre la eternidad blanda del tiempo
-contorno irrevocable, lo que hiciste-
marcada está la seña de tu ser,
cuando encontrò su dicha.
Y tu huella te sigue;
es huella de un vivir todo transido
de querer vivir más como fué ella.
No se está quieta, no, no se conforma
con su sino de ser señal de vida
que viviò y ya no vive:
corre tras ti, anhelosa
de existir otra vez, siente la trágica
fatalidad de ser no más que marca
de un cuerpo que se huyò, busca su cuerpo.
Sabes ya que no eres,
hoy, aquí, en tu presente,
sino el recuerdo de tu planta un día
sobre la arena que llamamos tiempo.
Tú misma, que la hiciste,
eres hoy sòlo huella de tu huella,
de aquella que marcaste entre mis brazos.
Ya nuestra realidad, los cuerpos estos,
son menos de verdad que lo que hicieron
aquel día, y si viven
sòlo es para esperar que les retorne
el don de imprimir marcas sobre el mundo.
Su anhelado futuro
tiene la forma exacta de una huella.
¡Sensaciòn de retorno!
Pero ¿de dònde, dònde?
Allí estuvimos, sí,
juntos. Para encontrarnos
ese día tan claro
las presencias de siempre
no bastaban. Los besos
se quedaban a medio
vivir de sus destinos:
no sabían volar
de su ser en las bocas
hacia su pleno más.
Mi mirada, mirándote,
sentía paraísos
guardados más allá,
virginales jardines
de ti, donde con esta
luz de que disponíamos
no se podía entrar.
Por eso nos marchamos.
Se deshizo el abrazo,
se apartaron los ojos,
dejaron de mirarse
para buscar el mundo
donde nos encontráramos.
Y ha sido allí, sí, allí.
Nos hemos encontrado
allí. ¿Còmo, el encuentro?
¿Fue como beso o llanto?
¿Nos hallamos
con las manos, buscándonos
a tientas; con los gritos,
clamando; con las bocas
que el vacío besaban?
¿Fué un choque de materia
y materia, combate
de pecho contra pecho,
que a fuerza de contactos
se convirtiò en victoria
gozosa de los dos,
en prodigioso pacto
de tu ser con mi ser
enteros?
¿O tan sencillo fue,
tan sin esfuerzo, como
una luz que se encuentra
con otra luz, y queda
iluminado el mundo,
sin que nada se toque?
Ninguno lo sabemos.
Ni el dònde. Aquí, en las manos,
como las cicatrices,
allí, dentro del alma,
como un alma del alma,
pervive el prodigioso
saber que nos hallamos,
y que su dònde está
para siempre cerrado.
Ha sido tan hermoso
que no sufre memoria,
como sufren las fechas
los nombres o las líneas.
Nada en ese milagro
podría ser recuerdo:
porque el recuerdo es
la pena de sí mismo,
el dolor del tamaño,
del tiempo, y todo fué
eternidad: relámpago.
Si quieres recordarlo
no sirve el recordar.
Sòlo vale vivir
de cara hacia ese dònde,
queriéndolo, buscándolo.
¿Acompañan las almas? ¿Se las siente?
¿O lo que te acompañan son dedales
minúsculos, de vidrio,
cárceles de las puntas, de las fugas,
rosadas, de los dedos?
¿Acompañan las ansias? ¿Y los «más»,
los «más», los «más» no te acompañan?
¿O tienes junto a ti sòlo la música
tan mártir, destrozada
de chocar contra todas las esquinas
del mundo, la que tocan
desesperadamente, sin besar,
espectros, por la radio?
¿Acompañan las alas, o están lejos?
Y dime, ¿te acompaña
ese inmenso querer estar contigo
que se llama el amor o el telegrama?
¿O estás sola, sin otra compañía
que mirar muy despacio, con los ojos
arrasados de llanto, estampas viejas
de modas anticuadas, y sentirte desnuda,
sola, con tu desnudo prometido?
¿Tú sabes lo que eres
de mí?
¿Sabes tú el nombre?
No es
el que todos te llaman,
esa palabra usada
que se dicen las gentes,
si besan o se quieren,
porque ya se lo han dicho
otros que se besaron.
Yo no lo sé, lo digo,
se me asoma a los labios
como una aurora virgen
de la que no soy dueño.
Tú tampoco lo sabes,
lo oyes. Y lo recibe
tu oído igual que el silencio
que nos llega hasta el alma
sin saber de qué ausencia?
de ruidos está hecho.
¿Son letras, son sonidos?
Es mucho más antiguo.
Lengua de paraíso,
sones primeros, vírgenes
tanteos de los labios,
cuando, antes de los números,
en el aire del mundo
se estrenaban los nombres
de los gozos primeros.
Que se olvidaban luego
para llamarlo todo
de otro modo al hacerlo
otra vez: nuevo son
para el júbilo nuevo.
En ese paraíso
de los tiempos del alma,
allí, en el más antiguo,
es donde está tu nombre
Y aunque yo te lo llamo
en mi vida, a tu vida,
con mi boca, a tu oído,
en esta realidad,
como él no deja huella
en memoria ni en signo,
y apenas lo percibes,
nítido y momentáneo,
a su cielo se vuelve
todo alado de olvido,
dicho parece en sueños,
sòlo en sueños oído.
Y así, lo que tú eres,
cuando yo te lo digo
no podrá serlo nadie,
nadie podrá decírtelo.
Porque ni tú ni yo
conocemos su nombre
que sobre mí desciende,
pasajero de labios,
huésped
fugaz de los oídos
cuando desde mi alma
lo sientes en la tuya
sin poderlo aprender,
sin saberlo yo mismo.
A veces un no niega
más de lo que quería, se hace múltiple.
Se dice «no, no iré»
y se destejen infinitas tramas
tejidas por los síes lentamente,
se niegan las promesas que no nos hizo nadie
sino nosotros mismos, al oído.
Cada minuto breve rehusado
-¿eran quince, eran treinta?-
se dilata en sinfines, se hace siglos,
y un «no, esta noche no»
puede negar la eternidad de noches,
la pura eternidad.
¡Qué difícil saber adonde hiere
un no! Inocentemente
sale de labios puros un no puro¡
sin mancha ni querencia
de herir, va por el aire.
Pero el aire está lleno
de esperanzas en vuelo, las encuentra
y las traspasa por las alas tiernas
su inmensa fuerza ciega, sin querer,
y las deja sin vida y va a clavarse
en ese techo azul que nos pintamos
y abre una grieta allí.
O allí rebota
y su herir acerado
vuelve camino atrás y le desgarra
el pecho al mismo pecho que lo dijo.
Un no da miedo. Hay que dejarlo siempre
al borde de los labios y dudarlo.
O decirlo tan suavemente
que le llegue
al que no lo esperaba
con un sonar de «sí»,
aunque no dijo sí quien lo decía.
Lo que queremos nos quiere,
aunque no quiera querernos.
Nos dice que no y que no,
pero hay que seguir queriéndolo:
porque el no tiene un revés,
-quien lo dice no lo sabe-,
y siguiendo en el querer
los dos se lo encontraremos.
Hoy, mañana, junto al nunca,
cuando parece imposible
ya,
nos responderá en lo amado,
como un soplo imperceptible.
El amor
mismo con que lo adoramos.
Aunque estén contra nosotros
el aire y la soledad,
las pruebas y el no y el tiempo,
hay que querer sin dejarlo,
querer y seguir queriendo.
Sobre todo en la alta noche
cuando el sueño, ese retorno
al ser desnudo y primero,
rompe desde las estrellas
las voluntades de paso,
y el querer siente, asombrado,
que ganò lo que quería,
que le quieren sin querer,
a fuerza de estar queriendo.
Y aunque no nos dé su cuerpo
la amada, ni su presencia,
aunque se finja otro amor
un estar en otra parte,
este fervor infinito
contra el no querer querer
la rendirá, bese o no.
Y en la más oscura noche,
cuando
desde otra orilla del mundo
la bese el amor remoto,
se la entrará por el alma,
como un frío o una sombra,
la evidencia de ser ya
de aquel que la está queriendo.
A ésa, a la que yo quiero,
no es a la que se da rindiéndose,
a la que se entrega cayendo,
de fatiga, de peso muerto,
como el agua por ley de lluvia,
hacia abajo, presa segura
de la tumba vaga del suelo.
A ésa, a la que yo quiero,
es a la que se entrega venciendo,
venciéndose,
desde su libertad saltando
por el ímpetu de la gana,
de la gana de amor, surtida,
surtidor o garza volante,
o disparada-la saeta-
sobre su pena victoriosa,
hacia arriba, ganando el cielo.
Di, ¿no te acuerdas nunca
de esa forma perdida,
vaga, de tu pasado:
del color de tus trajes?
¡Qué de geometrías
sobre tu pecho nubil,
palpitante, temblaron!
El azul fue el azul
cuando tú lo estrenabas;
deja el azul del cielo.
el azul que nadamos.
Vamonos a buscar
tu azul de traje azul,
hacia atrás, por los años.
Calor de terciopelos
de otoño te pesaron
como penas primeras.
Siempre te los ponías
a las ocho, a las nueve,
bajo la luz eléctrica.
Y si eran muy oscuros
al salir a los campos,
un gran cielo celeste
los poblaba de estrellas:
parecían agostos.
Pero por las mañanas
a luz de luz primera,
imposible
ponerse sobre el cuerpo
todo lo que no fuese
felicidad o alas.
Cuando no las tenías
salías de los sueños,
del despertar, desnuda,
para entrar en la apenas
materia de las sedas.
Con las aguas de abril
las nieves de tus blancos
trajes te florecían.
Campánulas y lirios
a tus telas corrían
a plantarse;
porque tú prolongabas
su florecer, sin fin,
y en los días de invierno
los lanzabas al aire,
seguros, defendidos
del rigor y del hielo
por esa primavera,
sin cesar, de tu carne.
¿En dònde están los pétalos
marchitos de tus trajes?
¿Qué alamedas tapizan
en los mundos incògnitos,
desde que los dejaste?
Tiene que haber un cielo
donde van al morirse
cuando se les acaban
sus glorias terrenales
sobre el cuerpo perfecto:
cielo de recordarles.
Deshechas las materias
de las telas, borradas
-como de criaturas-
las diferencias vanas
entre lino y crespòn,
perdidas
andan, por su trasmundo,
de tus trajes las almas.
Las almas que eran trazos
-ahora inflexibles, fríos-
dibujos de tus trajes,
círculos o triángulos
a quien tus movimientos
grácilmente libraban
de su sino esquemático.
Las almas que eran flores,
desterradas por siempre,
ahora,
a un destierro de campos.
Las almas que eran eso:
un gris, una rosa, un blanco,
que flotan liberadas
por los anchos espacios
de todos los crepúsculos
como si fueran nubes.
Y tú no las conoces,
cuando yo, recordando
su pasado de trajes
tuyos, te las señalo,
allá, en su paraíso.
¡Cuánto tiempo fuiste dos!
Querías y no querías.
No eras como tu querer,
ni tu querer como tú.
¡Qué vaivén entre una y otra!
A los espejos del mundo,
al silencio, a los azares,
preguntabas
cuál sería la mejor.
Inconstante de ti misma
siempre te estabas matando
tu mismo sí con tu no.
Y en el borde de los besos,
ni tu corazòn ni el mío
sabía quién se acercaba:
si era la que tú querías
o la que quería yo.
Cuando estabais separadas,
como la flor de su flor,
¡qué lejos de ti tenía
que ir a buscarte el querer!
El estaba por un lado.
Tú en otro.
Lo encontraba. Pero no
sabía estarme con él,
vivir así separados
o de tu amor o de ti.
Yo os quería a los dos.
Y por fin junto está todo.
Cara a cara te miraste,
tu mirada en ti te vio:
eras ya la que querías.
Y ahora os beso a las dos
en ti sola.
Y esta paz de ser entero,
no sabe
el alma quién la ganò:
si es que tu amor se parece
a ti, de tanto quererte,
o es que tú,
de tanto estarle queriendo,
eres ya igual que tu amor.
Aquí,
en esta orilla blanca
del lecho donde duermes,
estoy al borde mismo
de tu sueño. Si diera
un paso más, caería
en sus ondas, rompiéndolo
como un cristal. Me sube
el calor de tu sueño
hasta el rostro. Tu hálito
te mide la andadura
del soñar: va despacio.
Un soplo alterno, leve,
me entrega ese tesoro
exactamente: el ritmo
de tu vivir soñando.
Miro. Veo la estofa
de que está hecho tu sueño.
La tienes sobre el cuerpo
como coraza ingrávida.
Te cerca de respeto.
A tu virgen te vuelves
toda entera, desnuda,
cuando te vas al sueño.
En la orilla se paran
las ansias y los besos:
esperan, ya sin prisa,
a que abriendo los ojos
renuncies a tu ser
invulnerable. Busco
tu sueño. Con mi alma
doblada sobre ti,
las miradas recorren,
traslúcida, tu carne
y apartan dulcemente
las señas corporales
por ver si hallan detrás
las formas de tu sueño.
No lo encuentran. Y entonces
pienso en tu sueño. Quiero
descifrarlo. Las cifras
no sirven, no es secreto.
Es sueño y no misterio.
Y de pronto, en el alto
silencio de la noche,
un soñar mío empieza
al borde de tu cuerpo;
en él el tuyo siento.
Tú dormida, yo en vela,
hacíamos lo mismo.
No había que buscar:
tu sueño era mi sueño.
Pensar en ti esta noche
no era pensarte con mi pensamiento,
yo solo, desde mí. Te iba pensando
conmigo, extensamente, el ancho mundo.
El gran sueño del campo, las estrellas,
callado el mar, las hierbas invisibles,
sòlo presentes en perfumes secos,
todo,
de Aldebarán al grillo te pensaba.
¡Qué sosegadamente
se hacía la concordia
entre las piedras, los luceros,
el agua muda, la arboleda trémula,
todo lo inanimado,
y el alma mía
dedicándolo a ti! Todo acudía
dòcil a mi llamada, a tu servicio,
ascendido a intenciòn y a fuerza amante.
Concurrían las luces y las sombras
a la luz de quererte; concurrían
el gran silencio, por la tierra, plano,
suaves voces de nube, por el cielo,
al cántico hacia ti que en mí cantaba,
Una conformidad de mundo y ser,
de afán y tiempo, inverosímil tregua,
se entraba en mí, como la dicha entra
cuando llega sin prisa, beso a beso.
Y casi
dejé de amarte por amarte más,
en más que en mí, inmensamente confiando
ese empleo de amar a la gran noche
errante por el tiempo y ya cargada
de misiòn, misionera
de un amor vuelto estrellas, calma, mundo,
salvado ya del miedo
al cadáver que queda si se olvida.
No te detengas nunca
cuando quieras buscarme.
Si ves muros de agua,
anchos fosos de aire,
setos de piedra o tiempo,
guardia de voces, pasa.
Te espero con un ser
que no espera a los otros:
en donde yo te espero
sòlo tú cabes. Nadie
puede encontrarse
allí conmigo, sino
el cuerpo que te lleva,
como un milagro, en vilo.
Intacto, inajenable,
un gran espacio blanco,
azul, en mí, no acepta
más que los vuelos tuyos,
los pasos de tus pies;
no se verán en él
otras huellas jamás.
Si alguna vez me miras
como preso encerrado,
detrás de puertas,
entre cosas ajenas,
piensa en las torres altas,
en las trémulas cimas
del árbol, arraigado.
Las almas de las piedras
que abajo están sirviendo
aguardan en la punta
última de la torre.
Y ellos, pájaros, nubes,
no se engañan: dejando
que por abajo pisen
los hombres y los días,
se van arriba,
a la cima del árbol,
al tope de la torre,
seguros de que allí,
en las fronteras últimas
de su ser terrenal,
es donde se consuman
los amores alegres,
las solitarias citas
de la carne y las alas.
¡Cuántos años
has estado fingiendo, tú, la oculta,
ser la aparente hija
del mundo, de tus padres, de la tierra
en donde naciò el tallo de tu voz!
El sol sobre tus hombros
los ponía morenos;
si el frío te estrechaba entre sus pieles
nítidas, tú temblabas.
Y parecías ser la criatura
de los azares,
esperarte a ti misma en cada día.
Dulce materia firme en la que el mundo,
con nieves o con sol, con pena o dicha,
se entretenía caprichosamente
en modelar prodigios, rostros y alma,
sin que tú hicieses nada
sino aceptarlos con sonrisas,
mirarlos en tu espejo,
e irte luego con ellos por la vida
como si fueses tú. Tu cuerpo mismo
se figuraron que labrado estaba
con la materna leche, por el tiempo,
con el crecer, por exteriores leyes,
y vestido
por las sedas que pintan otras manos.
Pero un día en la frente,
en el pecho, en los labios,
metal ardiente, òleos, palabras encendidas
te tocaron y ahora
por fin te llamas tú.
Coronada de ti, de ti vestida,
lo que te cubre el alma que tú eras
no es ya la carne aquella, don paterno,
ni los trajes venales, ni la edad.
En la común materia
-ojos, gracia, bondad, esbelta pierna,
color de los cabellos, voz, bravura-
que en ti llevabas,
te has infundido tú, y a ti te has hecho
Ya no recibes vida, tú la creas.
Tú. de tu propia criatura origen,
del vago simulacro de tu antes
te sacas tu nacer: recién nacida
voluntaria a vivir. Y ya no debes
nada-estás sin pasado-
a la tierra, o al mundo, o a otros seres.
Si acaso, besa agradecidamente
en los labios del aire de esta noche
-suelo de trébol, techo de luceros-
a la que te ha guiado, misteriosa
potencia del amor, hasta ti misma,
para que al fin pudieses ser tu alma.
No, nunca está el amor.
Va, viene, quiere estar
donde estaba o estuvo.
Planta su pie en la tierra,
en el pecho; se vuela
y se posa o se clava
-azor siempre o saeta-
en un cielo distante,
que está a veces detrás,
y va de presa en presa.
En las noches mullidas
de estrellas y luceros
se tiende a descansar.
Allá arriba, celeste
un momento, la tierra
es el cielo del cielo.
Mira, la quiere, cae,
con ardor de subir.
Por eso no se sabe
de qué profundidad
viene el amor, lejana,
si de honduras de cielos
o entrañas de la tierra.
Ya
parece que está aquí,
que es nuestro, entre dos cuerpos,
que no se escapará,
guardado entre los besos.
Y su pasar, su rápido
vivir aquí en nosotros,
llega, fuerte, tan hondo
que aunque vuele y se huya
a buscar otros cambios,
a ungir a nuevos seres,
decimos: amor mío.
A su fugacidad,
con el alma del alma,
la llamamos lo eterno.
Y un momento de él
-de su tiempo infinito-
si nos toca en la frente,
será la vida nuestra.
No se escribe tu nombre
donde se escribe, con lo que se escribe.
En las aguas escribe
con verde rasgo el árbol.
En el aire las máquinas
improvisan nocturnos,
tocan su seca música
de alfabeto romántico.
En los cielos abiertos
van trazando los pájaros
còdigos de los vuelos.
Tu nombre no se escribe
donde se escribe, con lo que se escribe.
Las estrellas se leen
con largas lentes claras
que descifran su tedio
de enigmas alejados.
Las tierras más remotas,
con colores azules,
verdes, rosas, entregan
su secreto en los mapas.
Y el pasado se ve
tan escrito en los ojos,
que mirar a alguien bien
es elegía o cántico
que brotan del azul,
del verde, de lo negro.
Tu nombre no se lee
donde se lee, con lo que se lee.
La aurora borra noches,
el mediodía auroras,
y las tardes le quitan
forma, ser, a los días.
El tiempo borra al tiempo,
queda sòlo un gran blanco.
Pero tu nombre, ¿quién,
dime, quién va a borrarlo.
Si en nada se le lee,
si no lo ha escrito nadie,
como lo digo yo,
como lo voy callando?
Si la voz se sintiera con los ojos
¡ay, còmo te vería!
Tu voz tiene una luz que me ilumina,
luz del oír.
Al hablar
se encienden los espacios del sonido,
se le quiebra al silencio
la gran oscuridad que es. Tu palabra
tiene visos de albor, de aurora joven,
cada día, al venir a mí de nuevo.
Cuando afirmas,
un gozo cenital, un mediodía,
impera, ya sin arte de los ojos.
Noche no hay si me hablas por la noche.
Ni soledad, aquí solo en mi cuarto
si tu voz llega, tan sin cuerpo, leve.
Porque tu voz crea su cuerpo. Nacen
en el vacío espacio, innumerables,
las formas delicadas y posibles
del cuerpo de tu voz. Casi se engañan
los labios y los brazos que te buscan.
Y almas de labios, almas de los brazos,
buscan alrededor las, por tu voz
hechas nacer, divinas criaturas,
invento de tu hablar.
Y a la luz del oír, en ese ámbito
que los ojos no ven, todo radiante,
se besan por nosotros
los dos enamorados que no tienen
más día ni más noche
que tu voz estrellada, o que tu sol.
¡Gloria a las diferencias
entre tú y yo que llaman
nuestro amor a la alerta,
cara a cara, a probarse!
¡Qué fácil unidad
de los que son iguales!
¡Qué entenderse tan liso,
de arena con la arena,
de agua con agua o luz
y luz!
En lo que nos separa
laten, nos llaman, ávidas,
las victorias futuras,
esperando.
Cuando hallamos lo igual
de ti y de mí, descansa
el amor de su lucha
sobre triunfos floridos
que en el beso se cumplen
horizontales. Luego,
lo distinto se alza,
nos pone en pie, nos llama
otra vez a vencernos
por las minas oscuras.
Tempestades amantes
igual que las celestes
desembocan en fúlgidas
sorpresas: en más luz,
en la cándida
novedad de lo mismo.
Delicadas, ardientes,
nuestras almas se buscan
por nuestro diferir
como por un camino
donde no hay despedidas.
Y al final, el hallazgo,
el contacto, la nueva
separaciòn vencida,
la uniòn pura brotando
de lo que desunía.
Y tu cara y mi cara,
mirándose en el triunfo
como en un agua quieta,
no verán diferencias
-uno y uno, tú y yo-;
sòlo verán un rostro,
amor, que les sonríe.
Cuando te digo: «alta»,
no pienso en proporciones, en medidas:
incomparablemente te lo digo.
Alta la luz, el aire, el ave;
alta, tú, de otro modo.
En el nombre de «hermosa»
me descubro, al decírtelo,
una palabra extraña entre los labios.
Resplandeciente visiòn nueva
que estalla, explosiòn súbita,
haciendo mil pedazos
-de cristal, humo, mármol-
la palabra «hermosura» de los hombres.
Al decirte a tí: «única»,
no es porque no haya otras
rosas junto a las rosas,
olivas muchas en el árbol, no.
Es porque te vi sòlo
al verte a ti. Porque te veo ahora
mientras no te me quites del amor.
Porque no te veré ya nunca más
el día que te vayas,
tú.
¡Còmo me dejas que te piense!
Pensar en ti no lo hago solo, yo.
Pensar en ti es tenerte,
como el desnudo cuerpo ante los besos,
toda ante mí, entregada.
Siento còmo te das a mi memoria,
còmo te rindes al pensar ardiente,
tu gran consentimiento en la distancia.
Y más que consentir, más que entregarte,
me ayudas, vienes hasta mí, me enseñas
recuerdos en escorzo, me haces señas
con las delicias, vivas, del pasado,
invitándome.
Me dices desde allá
que hagamos lo que quiero
-unirnos-al pensarte.
Y entramos por el beso que me abres,
y pensamos en ti, los dos, yo solo.
¿No sientes el cansancio redimido
hoy, al servir de muda y honda prueba
de las vidas gastadas en vivirnos?
No quiero separarme
de esa gran traspresencia de tí en mí:
el cansancio del cuerpo.
Siempre te están abiertos en mi ser
albergues vastos, mínimos,
donde guardarte si te vas:
celdas de la memoria, y sus llanuras.
En el alma te encierro,
como el vuelo del ave
encierra el aire suyo preferido
en una red de ansiosas idas y venidas,
de vuelos
en torno tuyo, en cerco sin prisiòn,
toda adorada en giros, rodeada.
O prendida te quedas, al marcharte,
como por obra de casualidades,
reclinada en mi vida,
igual que ese cabello rubio que se queda
olvidado en un hombro.
Pero hoy la fervorosa
negaciòn de tu ausencia, tu recuerdo,
va por mi ser entero, por mis venas,
fluye dentro de mí, y es el cansancio.
De pies a frente, sin dolor, circula
tan despacio
que si en él me mirase nos veríamos.
Floto en su tersa lámina,
lento aquietarse en arrobada calma
de las contradicciones que en la noche
buscaron su unidad labio con labio.
Me acuno en el cansancio
y en él me tienes y te tengo en él,
aunque no nos veamos.
Y si al ánimo torpe se le apaga
la llama donde vive aún lo pasado,
luz de memoria,
recuerda el cuerpo fíel,
vela por no olvidar, y es el cansancio
corporal el que salva
lo que el rendido espíritu abandona.
Y la carne se siente
júbilo de asunciòn al encargarse
hoy, para el ser entero,
de recordar, de la misiòn del alma,
cuando hasta, por las venas,
la misma sangre va vuelta en recuerdo.
Ahora te quiero
como el mar quiere a su agua:
desde fuera, por arriba,
haciéndose sin parar
con ella tormentas, fugas,
albergues, descansos, calmas.
¡Qué frenesíes, quererte!
¡Qué entusiasmo de olas altas,
y qué desmayos de espuma
van y vienen! Un tropel
de formas, hechas, deshechas,
galopan desmelenadas.
Pero detrás de sus flancos
está soñándose un sueño
de otra forma más profunda
de querer, que está allá abajo:
de no ser ya movimiento,
de acabar este vaivén,
este ir y venir, de cielos
a abismos, de hallar por fin
la inmòvil flor sin otoño
de un quererse quieto, quieto.
Más allá de ola y espuma
el querer busca su fondo.
Esa hondura donde el mar
hizo la paz con su agua
y están queriéndose ya
sin signo, sin movimiento.
Amor
tan sepultado en su ser,
tan entregado, tan quieto,
que nuestro querer en vida
se sintiese
seguro de no acabar
cuando terminan los besos,
las miradas, las señales.
Tan cierto de no morir
como está
el gran amor de los muertos.
Beso será. Parecen otras cosas.
Parecen tardes vagas, sin destino,
errantes por el tiempo, y nos esperan.
Al borde de los labios, de la vida,
se estremecen palabras, nombres, síes,
buscándose su ser, y no lo encuentran;
retornan al silencio, fracasadas.
No querían hablar, lo que querían
es hablarte, y no estás.
Pero ellas, todo
esto que nada es, esto que vive
en tierna primavera distraída,
espera su cumplirse, cuando llegues.
Todo es labios, los míos o los tuyos,
hoy separados. Lo llamamos hojas,
brisa, tarde de abril, papel, palabras.
Pero si te presentas,
correrán todos, largos frenesíes
impacientes de espera, a reunirse.
Y la nube, la luz y las palabras,
y esta gran soledad
de bocas solas con sus almas solas,
beso será, se encontrarán en beso,
dado por esos labios ardorosos
que se llaman la ausencia, cuando acaba.
Mundo de lo prometido,
agua.
Todo es posible en el agua.
Apoyado en la baranda
el mundo que está detrás
en el agua se me aclara.
y lo busco
en el agua, con los ojos,
con el alma, por el agua.
La montaña, cuerpo en rosa
desnuda, dura de siglos,
se me enternece en lo verde
líquido, rompe cadenas,
se escapa,
dejando atrás su esqueleto,
ella fluyente, en el agua.
Los troncos rectos del árbol
entregan
su rectitud, ya cansada,
a las curvas tentaciones
de su reflejo en las ondas.
Y a las ramas, en enero,
-rebrillos de sol y espuma-,
les nacen hojas de agua.
Porque en el alma del río
no hay inviernos:
de su fondo le florecen
cada mañana, a la orilla,
tiernas primaveras blandas.
Los vastos fondos del tiempo,
de las distancias, se alisan
y se olvidan de su drama:
separar.
Todo se junta y se aplana.
El cielo más alto vive
confundido con la yerba,
como en el amor de Dios.
Y el que tiene amor remoto
mira en el agua, a su alcance,
imagen, voz, fabulosas
presencias de lo que ama.
Las òrdenes terrenales
su filo embotan en ondas,
se olvidan de que nos mandan;
podemos, libres, querer
lo querido, por el agua.
Oscilan los imposibles,
tan trémulos como cañas
en la orilla, y a la rosa
y a la vida se le pierden
espinas que se clavaban.
De recta que va, de alegre,
el agua hacia su destino,
el terror de lo futuro
en su ejemplo se desarma:
si ella llega, llegaremos,
ella, nosotros, los dos,
al gran término del ansia.
Lo difícil en la tierra,
por la tierra,
triunfa gozoso en el agua.
Y mientras se están negando
-no obstante, terrenal-
besos, auroras, mañanas,
aquí, sobre el suelo firme,
el río seguro canta
los imposibles posibles,
de onda en onda, las promesas
de las dichas desatadas.
Todo lo niega la tierra,
pero todo se me da
en el agua, por el agua.
De noche la distancia
parece sòlo oscuridad, tiniebla
que no separa sino por los ojos.
El mundo se ha apagado,
pasajera avería del gozo de mirarse;
pero todo
lo que se quiere cerca
está al alcance del querer, cerquísima,
como está el ser amado cuando está
su respirar, el ritmo de su cuerpo,
al lado nuestro aunque sin verse.
Se sueña
que en la esperanza del silencio oscuro
nada nos falta, y que a la luz primera
los labios y los ojos y la voz
encontrarán sus términos ansiados:
otra voz, otros ojos, otros labios.
Y amanece el error. La luz separa.
Alargando las manos no se alcanza
el cuerpo de la dicha, que en la noche
tendido se sentía junto al nuestro,
sin prisa por trocarlo en paraíso:
sòlo se palpan soledades nuevas,
ofertas de la luz. Y la distancia
es distancia, son leguas, años, cielos;
es la luz, la distancia. Y hay que andarla,
andar pisando luz, horas y horas,
para que nuestro paso, al fin del día,
gane la orilla oscura
en que cesan las pruebas de estar solo.
Donde el querer, en la tiniebla, piensa
que con decir un nombre
una felicidad contestaría.
Y cuando en la honda noche se nos colman
con júbilos, con besos o con muertes,
los anhelosos huecos,
que amor y luz abrieron en las almas.
Apenas te has marchado
-o te has muerto-,
pero yo ya te espero.
Todos tus movimientos,
pasos, latidos, ansias,
o tu muerte, quietud,
aunque arrastrarte quieran
hacia una soledad
celestial o terrestre
no te saben llevar
de lo que estás queriendo:
te vas, pero te acercas,
pronto, más tarde, luego.
Ahora marchas, lo sé,
a infinita distancia,
pero laten tus pasos
en todas esas vagas
sombras de ruido, tenues,
que en la alta noche estrellan
el azul del silencio:
todas suenan a ecos.
Si es un rumor de ruedas,
es que te traen los trenes,
las alas o las nubes.
Si es un romper de olas,
es que va cabalgándolas
el barco de cristal
en que vuelves. Si hojas
secas, que empuja el viento,
es que vienes despacio,
andando, con un traje
de seda, y que te cruje,
sobre los tersos suelos
de los aires, su cola.
Todo sonido en eco
tuyo me lo convierte
el alma que te espera.
Andas sòlo hacia mí,
y tus pasos se sienten
siempre de estar viniendo
por la ausencia, ese largo
rodeo
que das para volver.
Se te vio en tu marchar
el revés: tu venida,
vibrante en el adiòs.
Igual que vibra el alba
en el gris, en el rosa,
que pisando los cielos,
con paso de crepúsculo,
al acabar el día
parecen-y son ella,
la que viene, inminente-
una luz que se va.
Dame tu libertad.
No quiero tu fatiga,
no, ni tus hojas secas,
tu sueño, ojos cerrados.
Ven a mí desde ti,
no desde tu cansancio
de ti. Quiero sentirla.
Tu libertad me trae,
igual que un viento universal,
un olor de maderas
remotas de tus muebles,
una bandada de visiones
que tú veías
cuando en el colmo de tu libertad
cerrabas ya los ojos.
¡Qué hermosa tú libre y en pie!
Si tú me das tu libertad me das tus años
blancos, limpios y agudos como dientes,
me das el tiempo en que tú la gozabas.
Quiero sentirla como siente el agua
del puerto, pensativa,
en las quillas inmòviles
el alta mar, la turbulencia sacra.
Sentirla,
vuelo parado,
igual que en sosegado soto
siente la rama
donde el ave se posa,
el ardor de volar, la lucha terca
contra las dimensiones en azul.
Descánsala hoy en mí: la gozaré
en un temblor de hoja en que se paran
gotas del cielo al suelo.
La quiero
para soltarla, solamente.
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te aguarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré còmo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando.
Nadadora de noche, nadadora
entre olas y tinieblas.
Brazos blancos hundiéndose, naciendo,
con un ritmo
regido por designios ignorados,
avanzas
contra la doble resistencia sorda
de oscuridad y mar, de mundo oscuro.
Al naufragar el día,
tú, pasajera
de travesías por abril y mayo,
te quisiste salvar, te estás salvando,
de la resignaciòn, no de la muerte.
Se te rompen las olas, desbravadas,
hecho su asombro espuma,
arrepentidas ya de su milicia,
cuando tú les ofreces, como un pacto,
tu fuerte pecho virgen.
Se te rompen
las densas ondas anchas de la noche
contra ese afán de claridad que buscas,
brazada por brazada, y que levanta
un espumar altísimo en el cielo;
espumas de luceros, sí, de estrellas,
que te salpica el rostro
con un tumulto de constelaciones,
de mundos. Desafía
mares de siglos, siglos de tinieblas,
tu inocencia desnuda.
Y el rítmico ejercicio de tu cuerpo
soporta, empuja, salva
mucho más que tu carne. Así tu triunfo
tu fin será, y al cabo, traspasadas
la mar, la noche, las conformidades,
del otro lado ya del mundo negro,
en la playa del día que alborea,
morirás en la aurora que ganaste.
¿Còmo me vas a explicar,
di, la dicha de esta tarde,
si no sabemos por qué
fue, ni còmo, ni de qué
ha sido,
si es pura dicha de nada?
En nuestros ojos visiones,
visiones y no miradas,
no percibían tamaños,
datos, colores, distancias.
De tan desprendidamente
como estaba yo y me estabas
mirando, más que mirando,
mis miradas te soñaban,
y me soñaban las tuyas.
Palabras sueltas, palabras,
deleite en incoherencias,
no eran ya signo de cosas,
eran voces puras, voces
de su servir olvidadas.
¡Còmo vagaron sin rumbo,
y sin torpeza, caricias!
Largos goces iniciados,
caricias no terminadas,
como si aún no se supiera
en qué lugar de los cuerpos
el acariciar se acaba,
y anduviéramos buscándolo
en lento encanto, sin ansia.
Las manos, no era tocar
lo que hacían en nosotros,
era descubrir; los tactos,
nuestros cuerpos inventaban,
allí en plena luz, tan claros
como en la plena tiniebla,
en donde sòlo ellos pueden
ver los cuerpos
con las ardorosas palmas.
Y de estas nadas se ha ido
fabricando, indestructible,
nuestra dicha, nuestro amor,
nuestra tarde.
Por eso, aunque no fué nada,
sé que esta noche reclinas
lo mismo que una mejilla
sobre ese blancor de plumas
-almohada que ha sido alas-
tu ser, tu memoria, todo,
y que todo te descansa,
sobre una tarde de dos,
que no es nada, nada, nada.
¡Pasmo de lo distinto!
¡Ojos azules, nunca
igual a ojos azules!
La luz del día este
no es aquella de ayer,
ni alumbrará mañana.
En infinitos árboles
del mundo, cada hoja
vence al follaje anònimo,
por un imperceptible
modo de no ser otra.
Las olas,
unánimes en playas,
hermanas, se parecen
en el color del pelo,
en el mirar azul,
o gris, sí. Pero todas
tienen letra distinta
cuando cuentan sus breves
amores en la arena.
¡Qué gozo, que no sean
nunca iguales las cosas.
que son las mismas! ¡Toda,
toda la vida es única!
Y aunque no las acusen
cristales ni balanzas,
diferencias minúsculas
aseguran a un ala
de mariposa, a un grano
de arena, la alegría
inmensa de ser otras.
Si el vasto tiempo entero
-río oscuro-se escapa,
en las manos nos deja
prendas inmarcesibles
llamadas días, horas
en que fuimos felices.
Por eso los amantes
se prometen los siempres
con almas y con bocas.
Viven de beso en beso
rodando, como el mar
se vive de ola en ola,
sin miedo a repetirse.
Cada abrazo es él, solo,
único, todo beso.
Y el amor al sentirlo
besa, abraza sin término,
buscando
un más detrás de un más,
otro cielo en su cielo.
Suma, se suma, suma,
y así de uno más uno,
a uno más uno, va
seguro a no acabarse:
toca
techo de eternidad.
Entre el trino del pájaro
y el son grave del agua.
El trino se tenía
en la frágil garganta;
la garganta en un bulto
de plumas, en la rama;
y la rama en el aire,
y el aire, en cielo, en nada.
El agua iba rompiéndose
entre piedras. Quebrado
su fluir misterioso
en los guijos, clavada
a su lecho, apoyada
en la tierra, tocándola
lloraba
de tener que tocarla.
Tú vacilaste: era
la luz de la mañana.
Y yo, entre los dos cantos,
tu elecciòn aguardaba.
¿Qué irías a escoger,
entre el trino del pájaro,
fugitivo capricho
-escaparse, volarse-,
o los destinos fieles,
hacia su mar, del agua?
Tan convencido estoy
de tu gran traspresencia en lo que vivo,
de que la luz, la lluvia, el cielo son
formas en que te esquivas,
vaga interposiciòn entre tú y tú,
que no estoy nunca solo
mientras la luz del día me parece tu alma,
o cuando al encenderse las estrellas
me van diciendo cosas que tú piensas.
Esa gota de lluvia
que cae sobre el papel
es, no mancha morada, florida del azar,
sino vaga y difusa violeta
que tú me envías del abril que vives.
Y cuando los contactos de la noche,
masa de oscuridad, sòlida masa,
viento, rumores, llegan y me tocan
me quedo inmensamente
asombrado de ver
que el brazo que te tiendo no te estrecha,
de que aún te obstines
en no mostrarte entera
tan cerca como estás, detrás de todo.
Y tengo que creer,
aunque palpitas en lo más cercano
-sòlo porque tu cuerpo no se ve-,
en la vaga ficciòn de estar yo solo.
Si te quiero
no es porque te lo digo:
es porque me lo digo y me lo dicen.
El decírtelo a ti ¡qué poco importa
a esa pura verdad que es en su fondo
quererte! Me lo digo,
y es como un despertar de un no decirlo,
como un nacer desnudo,
el decirlo yo solo, sin designio
de que lo sepa nadie, tú siquiera.
Me lo dicen
el cielo y los papeles tan en blanco,
las músicas casuales que se encuentran
al abrir los secretos de la noche.
Si me miro en espejos
no es mi faz lo que veo, es un querer.
El mundo
según lo voy atravesando
que te quiero me dice,
a gritos o en susurros.
Y algunas veces te lo digo a ti
pero nunca sabrás que ese «te quiero»
sòlo signo es, final, y prenda mínima;
ola, mensaje-roto al cabo,
en son, en blanca espuma-
del gran querer callado, mar total.
Ellos. ¿Los ves, di, los sientes?
Están hechos de nosotros;
nosotros son, pero más.
Al pasar
frente a espejos no los vemos.
Al mirarnos,
en mis ojos, en tus ojos,
ya se los empieza a ver:
ellos
somos nosotros queriéndonos,
queriendo tu más, mi más.
Lo que fuimos, lo que somos,
¡qué empezar torpe, tan solo,
qué tanteo entre tinieblas,
hacia lo que ellos serán!
¿Còmo vamos a querer
vivir más en lo que éramos?
Vivir es vivirse en ellos.
Y aunque entreguemos al mundo
y a los días y a los ojos
esas imágenes viejas,
usadas, de ti y de mí
-lo que somos-,
nosotros vamos, arriba,
hechos ellos, por lo alto,
flotando en el paraíso
de lo que anhelamos ser.
Y hay que hacer todo por ellos.
Fatígate, si te pide
su descanso tu fatiga.
No les rompas su mañana,
que es de cristal de esperar.
No les digas: «no». Tu «no»
te mataría, en su pecho.
¡Que se salven!
Y si el precio es una vida
que se parece a la nuestra,
tú no te equivoques nunca:
la nuestra es la de ellos, ya.
Una lágrima en mayo.
Día treinta, una lágrima,
llorada si no vista,
es como un largo puente
uniendo dos orillas
que se miraban desde lejos, solas.
Una lágrima en mayo
despierta, allí en sus nidos,
a las aves nocturnas,
todas descorcertadas,
igual que en los eclipses,
por ese velo súbito
en la vida tan clara.
Una lágrima en mayo
parece un gran desorden.
Y en cuanto se ha vertido,
aunque nadie la vea
le crea al mundo entero
un deber, una deuda.
Tendrá que trabajar
la tierra, sus entrañas,
fabricando diamantes, y los mares
harán conchas más suaves
que las que antes hacían.
Pondrán todas las flores
sutilezas, esmeros
en florecer. Estío, otoño, invierno
con la nieve y el vino
aumentarán los bienes
juntados para el pago.
Y acumulando plomos, hojas, oro,
con la belleza ahorrada
cada día del año,
vendrá el mundo a pagarte,
alguna vez, en gozo,
a ti que la has llorado
-llorada si no vista-
la lágrima de mayo.
No canta el mirlo en la rama,
ni salta la espuma en el agua:
lo que salta, lo que canta
es el proyecto en el alma.
Las promesas tienen hoy
rubor de haber prometido
tan poco, de ser tan cortas:
se escapan hacia su más,
todas trémulas de alas.
Perfecciòn casi imposible
de la perfecciòn hallada,
en el beso que se da
se estremece de impaciencia
el beso que se prepara.
El mundo se nos acerca
a pedirnos que le hagamos
felices con nuestra dicha.
Horizontes y paisajes
vienen a vernos, nos miran,
se achican para caberte
en los ojos; las montañas
se truecan en piedrecillas
por si las coge tu mano,
y pierden su vida fría
en la vida de tu palma.
Leyes antiguas del mundo,
ser de roca, ser de agua,
indiferentes
se rompen porque las cosas
quieren vivirse también
en la ley de ser felices,
que en nosotros se proclama
jubilosamente.
Todo querría ser dos
porque somos dos. El mundo
seducido por el canto
del gran proyecto en el alma
se nos ofrece, nos da
rosas, brisas y coral,
innumerables materias
dòciles, esperanzadas
de que con ellas tú y yo
labremos
el gran amor de nosotros.
Coronándonos, la dicha
nos escoge, nos declara
capaces de creaciòn
alegre. El mundo cansado
podría ser-él lo siente-,
si nosotros lo aceptamos
por cuerpo de nuestro amor,
recién nacido otra vez,
primogénito del gozo.
¿Le oyes
que se nos está ofreciendo
en flor, en roca y en aire?
Pero tú y yo resistimos
la tentaciòn de su voz,
la lástima que nos da
su gran cuerpo sin empleo.
Allí se quedan las piedras,
las violetas, ajenas,
tan fáciles de morir,
esperando
otro amor que las redima.
No.
Nuestro proyecto cantante,
empinado, irresistible,
de su embriagez en el alma,
no se labrará en los mármoles
ni con pétalos o sueños:
se hará carne en nuestra carne.
Le entregamos alma y cuerpo
para que él sea y se viva.
Y sin ayuda del mundo,
de su bronce, de su arena,
tendrá forma en lo que ofrecen
nuestros dos seres unidos:
la pareja suficiente.
Y las dos vidas, viviendo
abrazadas,
serán la dòcil materia
eterna, con que se labre
el gran proyecto del alma.
Di, ¿te acuerdas de los sueños,
de cuando estaban allí,
delante?
¡Qué lejos, al parecer,
de los ojos!
Perecían nubes altas,
fantasmas sin asideros,
horizontes sin llegada.
Ahora míralos, conmigo.
Están detrás de nosotros.
Si eran nubes,
vamos por nubes más altas.
Si eran horizontes, lejos,
ahora, para verlos,
hay que volver la cabeza
porque los hemos pasado.
Si eran fantasmas,
siente
en las palmas de tus manos,
en los labios,
la cálida huella aún
del abrazo
en que dejaron de serlo.
Estamos al otro lado
de los sueños que soñamos,
a ese lado que se llama
la vida que se cumpliò.
Y ahora,
de tanto haber realizado
nuestro soñar,
nuestro sueño está en dos cuerpos.
Y no hay que mirar los dos,
sin vernos el uno al otro,
a lo lejos, a las nubes,
para encontrar otros nuevos
que nos empujen la vida.
Mirándonos cara a cara,
viéndonos en lo que hicimos,
brota
desde las dichas cumplidas
ayer, la dicha futura
llamándonos. Y otra vez
la vida se siente un sueño
trémulo, recién nacido.
No te guardes nada, gasta,
derrocha alegrías, dichas,
truécalas en aire azul
por que vayan en volandas
por el cielo, hazlas de agua,
llena los cauces del mundo
con su espuma desatada,
entra por almas dormidas,
sacúdelas por las alas,
agita, como trigales,
grandes campos de esperanzas,
rebosa, rebòsate
de amar y de ser amada:
porque
ni este día, ni esta noche
se te acabará el amor,
ni la amada se me acaba.
Nos queda mucho. ¿No sientes
inmensas huestes de besos,
de resistencias, bandadas
de porvenir en las manos,
de arrebatos y de calmas?
¿Lo que me queda, invisible,
callado, guardado, al fondo
de lo que tocan los ojos,
de lo que las manos palpan?
Y no está bajo la tierra,
mineral sordo, esperando
con alma pura de oro.
Ni es tampoco don ingrávido,
secreto fruto celeste,
suspendido
de alguna rama del aire,
preparándose a tus labios.
No, no está lo que nos queda
ni en las minas, ni en los altos
huertos de estrellas maduras,
no son diamantes ni astros.
No existe, no tiene forma,
aún no sufre los penosos
contornos de lo creado.
Lo que nos queda palpita
en lo mismo que nos damos.
Allí detrás de los besos,
de las miradas, del gozo,
sin forma están y seguros,
gozos, besos y miradas,
esperados, esperando.
Con cada abrazo le nace
un nuevo ser a otro abrazo.
El beso que se termina
otro se pide a sí mismo,
y en su dichoso expirar
le siente ya madurando.
¡Darme, darte, darnos, darse!
No cerrar nunca las manos.
No se agotarán las dichas,
ni los besos, ni los años,
si no las cierras. ¿No sientes
la gran riqueza de dar?
La vida
nos la ganaremos siempre,
entregándome, entregándote.
II
SALVACIÓN POR EL CUERPO
¿No lo oyes? Sobre el mundo,
eternamente errante
de vendaval, a brisas o a suspiro,
bajo el mundo,
tan poderosamente subterránea
que parece temblor, calor de tierra,
sin cesar, en su angustia desolada,
vuela o se arrastra el ansia de ser cuerpo.
Todo quiere ser cuerpo.
Mariposa, montaña,
ensayos son alternativos
de forma corporal, a un mismo anhelo:
cumplirse en la materia,
evadidas por fin del desolado
sino de almas errantes.
Los espacios vacíos, el gran aire,
esperan siempre, por dejar de serlo,
bultos que los ocupen. Horizontes
vigilan avizores, en los mares,
barcos que desalojen
con su gran tonelaje y con su música
alguna parte del vacío inmenso
que el aire es fatalmente;
y las aves
tienen el aire lleno de memorias.
¡Afán, afán de cuerpo!
Querer vivir es anhelar la carne,
donde se vive y por la que se muere.
Se busca oscuramente sin saberlo
un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo.
Nuestro primer hallazgo es el nacer.
Si se nace
con los ojos cerrados, y los puños
rabiosamente voluntarios, es
porque siempre se nace de quererlo.
El cuerpo ya está aquí; pero se ignora,
como al olor de rosa se le olvida
la rosa. Le llevamos
al lado nuestro, se le mira
en los espejos, en las sombras.
Solamente costumbre. Un día
la infatigable sed de ser corpòreo
en nosotros irrumpe,
lo mismo que la luz, necesitada
de posarse en materia para verse
por el revés de sí, verse en su sombra.
Y como el cuerpo más cercano,
de todos los del mundo es este nuestro,
nos unimos con él, crédulos, fáciles,
ilusionados de que bastará
a nuestro afán de carne. Nuestro cuerpo
es el cuerpo primero en que vivimos,
y eso se llama juventud a veces.
Sí, es el primero y eran dieciséis
los años de la historia.
Agua fría en la piel,
zumo de mundo inédito en la boca,
locas carreras para nada, y luego,
el cansancio feliz. Tibios presagios
sin rumbo el rostro corren,
disfrazados de ardores sin motivo.
Nos sospechamos nuestros labios, ya.
La primer soledad se siente en ellos.
¡Y qué asombrado es el reconocerse
en estas tentativas de presencia,
nosotros en nosotros, vagabundos
por el cuerpo soltero!
Alegremente fáciles,
se vive así en materia
que nada necesita, sino es ella,
igual que la inicial estrella de la noche,
tan suficientemente solitaria.
Así viven los seres
tiernamente llamados animales:
la gacela
está en bodas recientes con su cuerpo.
Pero luego supimos,
lo supimos tú y yo en el mismo día,
que un cuerpo que se busca
cuando se tiene ya y se está cansado
de su repeticiòn y de su pulso,
sòlo se encuentra en otro.
¿Con qué buscar los cuerpos?
Con los ojos se buscan, penetrantes,
en la alta madrugada, ese paisaje
del invierno del día, tan nevado;
en el lecho se buscan,
donde estoy solo, donde tú estarás.
La blancura vacía
se puebla de recuerdos no tenidos,
la recorren presagios sonrosados
de aquel rosado bulto que tú eras,
y brota, inmaterial masa de sueño,
tu inventada figura hasta que llegues.
Allí, en la oscura noche
cuando el silencio lo permite todo
y parece la vida,
el oído en vela escucha
vaga respiraciòn, suspiro en eco,
sospechas del estar un cuerpo al lado.
Porque un cuerpo-lo sabes y lo sé-
sòlo está en su pareja.
Ya se encontrò: con lentas claridades,
muy despacio.
¡Còmo desembocamos en el nuevo,
cuerpo con cuerpo igual que agua con agua,
corriendo juntos entre orillas
que se llaman los días más felices!
¡Còmo nos encontramos con el nuestro
allí en el otro, por querer huirlo!
Estaba allí esperándose, esperándonos:
un cuerpo es el destino de otro cuerpo.
Y ahora se le conoce, ya, clarísimo.
Después de tantas peregrinaciones,
por temblores, por nubes y por números,
estaba su verdad definitiva.
Traspasamos los límites antiguos.
La vida salta, al fin, sobre su carne,
por un gran soplo corporal henchidas
las nuevas velas:
atrás se cierra un mar y busca otro.
Encarnaciòn final, y jubiloso
nacer, por fin, en dos, en la unidad
radiante de la vida, dos. Derrota
del solitario aquel nacer primero.
Arribo a nuestra carne trascorpòrea,
al cuerpo, ya, del alma.
Y se quedan aquí tras el hallazgo
-milagroso final de besos lentos-,
rendidos nuestros bultos y estrechados,
sòlo ya como prendas, como señas
de que a dos seres les sirviò esta carne
-por eso está tan trémula de dicha-
para encontrar, al cabo, al otro lado,
su cuerpo, el del amor, último y cierto.
Ese
que inútilmente esperarán las tumbas.
DESPERTAR
Sabemos, sí, que hay luz. Está aguardando
detrás de esa ventana
con sus trágicas garras diamantinas,
ansiosa
de clavarnos, de hundirnos, evidencias
en la carne, en los ojos, más allá.
La resistimos, obstinadamente,
en la prolongaciòn-cuarto cerrado-
de la felicidad oscura
caliente aún, en los cuerpos, de la noche.
Los besos son de noche, todavía:
y nuestros labios cavan en la aurora,
aún, un espacio el gran besar nocturno.
Sabemos, si, que hay mundo.
Testigos vagos de él, romper de olas,
los ruidos, píos de aves, gritos rotos,
arañan escalándolo, lloviéndolo,
el gran silencio que nos reservamos,
isla habitada sòlo por dos voces.
Del naufragio tristísimo, en el alba,
de aquel callar en donde se abolía
lo que no era nosotros en nosotros,
quedamos solos,
prendidos a los restos del silencio,
tú y yo, los escapados por milagro.
«¡Tardar!», grito del alma.
«¡Tardar, tardar!», nos grita el ser entero.
Nuestro anhelo es tardar.
Rechazando la luz, el ruido, el mundo,
semidespiertos, aquí, en la porfiada
penumbra, defendemos,
inmòviles,
trágicamente quietos,
imitando quietudes de alta noche,
nuestro derecho a no nacer aún.
Los dos tendidos, boca arriba,
el techo oscuro es nuestro cielo claro,
mientras no nos lo niegue ella: la luz.
El cuerpo, apenas visto, junto al cuerpo,
detrás del sueño, del amor, desnudos,
fingen
haber sido así siempre
vírgenes de las telas y del suelo,
creen
que no pisaron mundo.
Aquí en nuestra batalla silenciosa
-¡no, no abrir todavía, no, no abrir!-
contra la claridad, está latiendo
el ansia de soñar que no nacimos,
el afán de tardarnos en vivir.
Nuestros cuerpos se ignoran sus pasados;
horizontales, en el lecho, flotan
sobre virginidades y candor:
juego pueril es su abrazar.
Estamos
mientras la luz, el ruido,
no nos corrompan con su gran pecado.
tan inocentemente perezosos,
aquí en la orilla del nacer.
Y lo que ha sido ya, los años,
las memorias llamadas nuestra vida,
alzan vuelos ingrávidos, se van,
parecen sombras, dudas de existencia.
Cuando por fin nazcamos
abierta la ventana-¿quién, tú o yo?-,
contemplaremos asombradamente
a lo que está detrás, incrédulos
de haber llamado nuestra vida a aquello,
nuestro dolor o amor. No.
La vida es la sorpresa en que nos suelta,
como en un mar inmenso,
desnudos, inocentes,
esta noche, gran madre de nosotros;
vamos hacia el nacer.
Nuestro existir de antes
presagio era. ¿No le ves al borde
de su cumplirse, tembloroso, retrasando
desesperadamente, a abrazos,
la fatal caída en el?
Y al despedirnos-¡ya la luz, la luz!-
de lo gozado y lo sufrido atrás,
se nos revela transparentemente
que el vivir hasta ahora ha sido sòlo
trémulo presentirse jubiloso
-antes aún de las almas y su séquito-,
pura promesa prenatal.
EL DOLOR
No. Ya sé que le gustan
cuerpos recientes, jòvenes,
que le resisten bien
y no se rinden pronto.
Busca carnes rosadas,
dientes firmes, ardientes
ojos que aún no recuerdan.
Los quiere más. Así
su estrago
no se confundirá
con el quemar del tiempo,
arruinando los rostros
y los torsos derechos.
Su placer es abrir
la arruga en la piel fresca,
romper los puros vidrios
de los ojos intactos
con la lágrima cálida.
Doblar la derechura
de los cuerpos perfectos,
de modo que ya sea
más difícil mirar
al cielo desde ellos.
Sus días sin victoria
son esos en que quiebra
no más que cuerpos viejos,
en donde el tiempo ya
tiene matado mucho.
Su gran triunfo, su júbilo
tiene color de selva:
es la sorpresa, es
tronchar la plena flor,
las voces en la cima
del cántico, los altos
mediodías del alma.
Yo sé còmo le gustan
los ojos.
Son los que miran lejos
saltando por encima
de su cielo y su suelo,
y que buscan al fondo
tierno del horizonte
esa grieta del mundo
que hacen azul y tierra
al no poder juntarse
como Dios los mandò.
Esa grieta, por donde
caben todas las alas
que nos están batiendo
contra el muro del alma,
encerradas, frenéticas.
Yo sé còmo le gustan
los brazos. Largos, sòlidos,
capaces de llevar
sin desmayo,
entre torrentes de años,
amores en lo alto,
sin que nunca se quiebren
los cristales sutiles
de distancia y ensueño
de que está hecha su ausencia.
Yo sé còmo le gustan
las bocas y los labios.
No los vírgenes, no,
de beso; los besados
largamente, hondamente.
Los muertos sin besar
no conocen el filo
de la separaciòn.
El separarse es
dos bocas que se apartan
contra todo su sino
de estar besando siempre.
Y por eso las bocas
que ya besaron son
sus favoritas. Tienen
más vida que quitar:
la vida que confiere
a toda boca el don
de haber sido besada.
Yo sé còmo le gustan
las almas. Y por eso
cuando te tengo aquí
y te miro a los ojos,
y el alma allí te luce,
como un grano de arena
celeste, estrella pura,
con sino de atraer
más que todas las otras,
te cubro con mi vida
y aquí en mi amor te escondo.
Para que no te vea.
DESTINO ALEGRE
Por eso existen manos largas, sòlidas,
fuertes nudillos, y la palma, donde
descansan frentes y se esconden sinos.
Por eso existen pechos, y en el pecho
esa tabla del pecho dura y lisa,
proa del ser en el mar y la pena.
Por eso existen ojos,
azules, verdes, grises, zarcos, negros.
Sí. Ojos azules, ojos verdes, ojos grises,
ojos zarcos, ojos negros, ojos, existen,
sí, por eso.
Por eso existen
labios y dientes, tan cercanos, juntos
y sin posible confusiòn, seguros
los dos de lo que quieren: transvivirse
en beso o hueso,
en inmortalidad del incorpòreo
no querer morir nunca que es besarse,
ellos, los labios; y los dientes, ellos,
en la final materia, calavera
donde el labio pudriò y ellos aún luchan.
Por eso existe piel, y si se mira
se ve el gran laberinto donde sufre
por las venas, arriba, abajo, siempre,
la sangre, condenada
a retornar al mismo centro triste,
el corazòn entristecido
de verla allí volver, sin que ella pueda
darse a otro ser como ella y él querrían.
Por eso existen pies, sus plantas,
en donde el ser se finge su dominio
sobre los horizontes;
y las llevamos,
del prenatal oscuro paraíso
al servicio sin tregua, doloroso,
de estar en pie. Cuando descansan ellas,
es que nos parecemos a los muertos,
tendidos, al dormir.
Por eso existen pies y manos, labios,
ojos, pechos y sangre, sí, por eso.
Porque si no existieran ellos
¿qué iba a ser de vosotras,
arrebatadas fuerzas, vendavales
del mundo, por las almas,
errantes creadoras, destructoras
errantes,
madres de bien y mal,
malditas y benditas, hierro y pluma,
alba y desolaciòn, duras hermanas,
que no pueden matarse y que se odian,
eternamente unidas:
tú, tú, felicidad, tú, tú, desgracia?
Si no existieran ellos, ellos, ellos,
los labios y los ojos y la sangre,
felicidad, desgracia no tendrían
donde saciar su sed de carne y vida.
Flotantes andarían, vagabundas,
como dos nubes
-tan feroz una y candida la otra-,
condenadas al cielo,
a no ser nunca rayo, nunca lluvia,
a no sacar de sí flor o ceniza,
Hasta que su alta còlera sin presa
sobre el desnudo mundo se abatiera.
Troncharían los árboles,
abrirían los pechos a las rocas,
soltarían las aguas de los mares,
y el mundo, tan hermoso
para aquellos que fueron nuestros padres,
para nosotros, hijos suyos,
para los nuevos seres que engendremos.
el mundo sin oficio, puro, limpio,
tendría que asumir el gran deber
humano: ser feliz, quererlo ser,
o recibir desgracia.
Se rompería-es débil, inocente-.
Porque el mundo no puede resistir
lo que resisten ellos, labios, ojos,
sangre, piel, pecho, alma.
Nosotros le salvamos, en nosotros,
al recibir, con los ojos cerrados,
la gran consagraciòn llamada dicha
o su hermana fatal.
Y una boca que dice:
«Yo soy feliz, yo, yo»,
dos seres lado a lado,
por besarse, besándose, besados,
al mismo tiempo todo, o muertos ya,
son los que están, con labios y con ojos,
con pechos, con abrazos,
sosteniendo gozosos
-librando de él al mundo,
que así puede seguir por siempre virgen-,
el sino inexorable
que es la felicidad. O su gran sombra.
VERDAD DE DOS
Como él viviò de día, sòlo un día,
no pudo ver más que la luz.
Se figuraba
que todo era de luz, de sol, de júbilo
seguro, que los pájaros
no pararían nunca de volar y que los síes
que las bocas decían
no tenían revés. La inexorable
declinaciòn del sol hacia su muerte,
el alargarse de las sombras,
juego le parecieron inocente,
nunca presagio, triunfo lento, de lo oscuro.
Y aquel espacio de existir
medido por la luz,
del alba hasta el crepúsculo,
lo tomò por la vida.
Su sonrisa final le dijo al mundo
su confianza en que la vida era
la luz, el día,
la claridad en que existiò.
Nunca vio las estrellas, ignorante
de aquellos corazones, tan sin número,
bajo el gran cielo azul que tiembla de ellos.
Ella, sí.
Naciò al advenimiento de la noche,
de la primer tiniebla clara hija,
y en la noche viviò.
No sufriò los colores
ni el implacable frío de la luz.
Abrigada
en una vasta oscuridad caliente,
su alma no supo nunca
qué era lo oscuro, por vivir en ello.
Virgen muriò de concebir las formas
exactas, las distancias, esas desigualdades
entre rectas y curvas, sangre y nieve,
tan imposibles, por fortuna, en esa
absoluta justicia de la noche.
Y ella vio las estrellas que él no vio.
Por eso
tú y yo, compadecidos
de sus felicidades solitarias,
los hemos levantado
de su descanso y su vivir a medias.
Y viven en nosotros, ahora, heridos ya,
él por la sombra y ella por la luz;
y conocen la sangre y las angustias
que el alba abre en la noche y el crepúsculo
en el pecho del día, y el dolor
de no tener la luz que no se tiene
y el gozo de esperar la que vendrá.
Tú, la engañada
de claridad y yo de oscuridades,
cuando andábamos solos,
nos hemos entregado, al entregarnos
error y error, la trágica verdad
llamada mundo, tierra, amor, destino.
Y su rostro fatal se ve del todo
por lo que yo te he dado y tú me diste.
Al nacer nuestro amor se nos naciò
su otro lado terrible, necesario,
la luz, la oscuridad.
Vamos hacia él los dos. Nunca más solos.
Mundo, verdad de dos, frutos de dos
verdad paradisíaca, agraz manzana,
sòlo ganada en su sabor total
cuando terminan las virginidades
del día solo y de la noche sola.
Cuando arrojados
en el pecado que es vivir
enamorados de vivir, amándose,
hay que luchar la lucha que les cumple
a los que pierden paraísos claros
o tenebrosos paraísos,
para hallar otro edén donde se cruzan
luces y sombras juntos y la boca
al encontrar el beso encuentra al fin
esa terrible redondez del mundo.
FIN DEL MUNDO
¿No sientes
qué alarmado está el mundo, su temblor?
Tiene miedo.
Sospecha de nosotros. Siente, sabe,
que hay dos seres que quieren
esta noche buscarse su salida,
que han decidido ya
romper el viejo hechizo que se llama
vivir en este mundo, romperle a él.
Nos espía. Sus luces
nos miran a los ojos, preguntando.
Aceleradamente aumenta
sus encantos la noche, moviliza
brisas tiernas, se cubren
las parameras con vergeles súbitos,
dibuja diestramente
arabescos celestes con luceros,
se prostituye de belleza fácil.
Abre caminos, pone en sus finales
embarcaderos alas, se disfraza
tanto y tanto, que seres menos fuertes,
menos seguros de su, gran poder
que nosotros, acaso
se dejaran llevar por las tramoyas
sutiles de esta hora
en que este mundo no parece él,
parece casi el que queremos.
Y su alma fría asume
sonrisa pasajera, sirte,
donde tantos han muerto de su engaño.
Pero nosotros,
tú y yo, esta noche
tenemos en las manos la explosiva
fuerza liberadora. Esa evidencia
que llaman realidad,
las vastas moles materiales
-casas-, y las òrdenes
rectilíneas-calles-,
donde los hombres andan y se duermen
creyéndose que así lo quieren,
que las han hecho ellos,
conforme a su deseo,
no nos retendrá más. Aunque alinee
conocidos ejércitos,
hogares, nombres de calles, números,
eléctricos luceros,
sabemos ya muy bien
que no hay otras moradas sino aquellas
que en la sangre encontramos, invisibles,
y que el solo camino
es ese que hay que abrirse
con el alma y las manos,
espadas de aire, frente a pechos de aire.
No cederemos, no. Ya perdonamos
las argucias del mundo muchos años.
¿Te acuerdas? Las llamábamos delicias,
baños en agua clara, color, juegos,
trajes o desnudez, dientes mordiendo,
y, a la noche,
la acostumbrada luz de luna:
y prendidos en ellas sonreíamos
como si fueran criaturas nuestras.
Ahora nos hemos dado la verdad.
Desesperadamente el mundo intenta
todavía esta noche resistirnos,
que vivamos, vivir, como ha vivido.
Pero
en nuestras manos impacientes tiembla
la gran liberaciòn, felicidad,
felicidad hallada allí en el seno
del mundo, donde él
oculta la tenía, temeroso
de su ansia nueva, que no quiere
esas formas cansadas de este mundo
y le rompe y se busca un orbe nuevo.
Ya la hemos encontrado:
terremoto, huracán, felicidad,
devastaciòn, arrolladora fuerza.
Ven a mis brazos, suelta
esa felicidad desmelenada.
Que cumpla su misiòn de fuego puro,
de destrucciòn del mundo, mientras tú
y yo nos abrazamos sin movernos,
si no es lo indispensable para ser
felices. Y mañana
al despertar, la vida
estará rasa, virgen,
rasa la luz, el gran silencio raso.
Con sòlo un monosílabo: «sí»,
temblar haremos
el tímpano del mundo, voz primera.
Ruinas de historia, nombres y columnas,
ecos del mar antiguo, quedarán
en nuestro día, igual que en las arenas
de la playa perviven
vestigios de un gran barco naufragado.
Sueños del orbe aquel que se creía
eternamente duradero
sin saber que dos seres que lo buscan
y pagan el hallazgo en la moneda,
tan fácil, de la vida, encuentran siempre
el otro mundo que éste nos rehusa.
SUICIDIO HACIA ARRIBA
Flotantes, boca arriba,
en alta mar, los dos.
En el gran horizonte solo, nadie,
nadie que mire al cielo,
nadie
a quien pueda él mirar,
sino estos cuatro ojos únicos,
cuatro, por donde al mundo
le llega el necesario
don de ser contemplado.
Fuera de los caminos de los barcos
felices escapados del auxilio,
que sería un error contra nosotros.
Por voluntad allí desnudos. Los dos.
Con esas marcas leves
secretamente conocidas,
cicatriz, señal, mancha rosada, lunar,
misterioso bautizo
de nuestra carne
que sòlo el ser amado encuentra, atònito,
siempre en su sitio, en el amor o el odio,
junto al seno,
o entre la cabellera, ocultas.
Y no más nombres ya, no más maneras
de conocernos que esas señas leves,
de la carne en la carne.
Y vagamente otras
marcas también secretas
en el rastro de alma que aún nos queda.
Los nombres se borraron
ante una luz mayor, como luceros,
en el borde del alba.
Al aire ya.
Y para no volver bajo los techos
y no ver nunca más las grietas,
terribles, que nos duelen,
al despertarnos juntos,
tornando al mundo, y la primera cosa
es una grieta atroz, sin alma, arriba.
Hay que decir, y que lo sepan bien
los que viven aún bajo techado,
donde telas de araña se entretejen
para cazar, para agostar los sueños,
donde hay rincones
en que línea y línea se cortan
y sacrifican en fatales ángulos
su sed de infinitud,
que nosotros estamos
contentos, sí, contentos
del cielo alto, de sus variaciones,
de sus colores que prometen todo
lo que se necesita
para vivir por ello y no tenerlo.
Sin andar, ya,
despedidas las plantas de los pies
del más triste contacto de la vida,
del suelo y sus caminos:
se acabaron los pasos y los bailes.
Viven en la alegría fabulosa
de saber que la tierra ya no vuelve,
que ya no marcharán. Están al aire;
el aire, el sol les dan triunfales signos
de libertad. Se apoyan en el agua,
sin guijarros, sin cuestas, son ya libres.
Sin ver ya nada hecho por el hombre.
Ni las telas sutiles, las sedas,
con que disimulabas tu verdad,
cuando errábamos torpes
por la ilusiòn sencilla de la vida.
Ni las redondas formas de cristal,
donde se maduraban, por el día,
frutos de luz abiertos al crepúsculo,
colgando de las lámparas.
Ni las cerillas, ni las tiernas máquinas
-relojes-
donde el tiempo, entre ruedas de tormento,
perdía su bravura
y se iba desangrando
minuto por minuto, gota a gota,
contándonos
todas las dimensiones de la cárcel.
Nada. Todo lo que hizo el hombre,
suprimido.
Y ausentes ya las pruebas de otros seres,
sus obras,
sin señas de que nadie exista,
sin la demostraciòn desconsolada
que es tener en las manos
monedas de oro o un retrato,
no hay nada que nos pruebe
que hubo antes otros, que otros todavía
son nuestros padres, nuestros hijos, vínculos.
Podremos ya creernos
los dos primeros, últimos, sin nadie.
Ser los que abren al mundo
su puerta virgen y lo estrenan todo,
y si oyen otra voz, sòlo es su eco,
y si ven una huella,
ponen la planta encima y es la suya.
Ir tomando
-porque no hay duda ya de que nosotros
somos los dos llamados-,
posesiòn lenta, al fin, del paraíso.
Hundirse muy despacio,
con la satisfacciòn clara, en el rostro,
del último color, gris, negro, rosa,
que se queda en lo alto.
El paraíso está debajo
de todo lo supuesto, lo sabemos.
Lo supuesto es la vida y es el mar.
Y por eso desnudos, voluntarios,
lo vamos a buscar,
sumergiéndonos,
suicidas alegres hacia arriba,
en el final acierto
en nuestra creaciòn, que es nuestra muerte.
LA FELICIDAD INMINENTE
Miedo, temblor en mí, en mi cuerpo;
temblor como de árbol cuando el aire
viene de abajo y entra en él por las raíces,
y no mueve las hojas, ni se le ve.
Terror terrible, inmòvil.
Es la felicidad. Está ya cerca.
Pegando el oído al cielo se la oiría
en su gran marcha subceleste, hollando nubes.
Ella, la desmedida, remotísima,
se acerca aceleradamente,
a una velocidad de luz de estrella,
y tarda
todavía en llegar porque procede
de más allá de las constelaciones.
Ella, tan vaga e indecisa antes,
tiene escogido cuerpo, sitio y hora.
Me ha dicho: «Voy». Soy ya su destinada presa.
Suyo me siento antes de su llegada,
como el blanco se siente de la flecha,
apenas deja el arco, por el aire.
No queda el esperarla
indiferentemente, distraído,
con los ojos cerrados y jugando
a adivinar, entre los puntos cardinales,
cuál la prohijará. Siempre se tiene
que esperar a la dicha con los ojos
terriblemente abiertos:
insomnio ya sin fin si no llegara.
Por esa puerta por la que entran todos
franqueará su paso lo imposible,
vestida de un ser más que entre en mi cuarto.
En esta luz y no en luces soñadas,
en esta misma luz en donde ahora
se exalta en blanco el hueco de su ausencia,
ha de lucir su forma decisiva.
Dejará de llamarse
felicidad, nombre sin dueño. Apenas
llegue se inclinará sobre mi oído
y me dirá: «Me llamo...»
La llamaré así, siempre, aún no sé còmo,
y nunca más felicidad.
Me estremece
un gran temblor de víspera y de alba,
porque viene derecha, toda, a mí.
Su gran tumulto y desatada prisa
este pecho eligiò para romperse en él,
igual que escoge cada mar
su playa o su cantil donde quebrarse.
Soy yo, no hay duda; el peso incalculable
que alas leves transportan y se llama
felicidad, en todos los idiomas
y en el trinò del pájaro,
sobre mí caerá todo,
como la luz del día entera cae
sobre los dos primeros ojos que la miran.
Escogido estoy ya para la hazaña
del gran gozo del mundo:
de soportar la dicha, de entregarla
todo lo que ella pide, carne, vida,
muerte, resurrecciòn, rosa, mordisco;
de acostumbrarme a su caricia indòmita,
a su rostro tan duro, a sus cabellos
desmelenados,
a la quemante lumbre, beso, abrazo,
entrega destructora de su cuerpo.
Lo fácil en el alma es lo que tiembla
al sentirla venir. Para que llegue
hay que irse separando, uno por uno,
de costumbres, caprichos,
hasta quedarnos
vacantes, sueltos,
al vacar primitivo del ser recién nacido,
para ella.
Quedarse bien desnudos,
tensas las fuerzas vírgenes
dormidas en el ser, nunca empleadas,
que ella, la dicha, sòlo en el anuncio
de su ardiente inminencia galopante,
convoca y pone en pie.
Porque viene a luchar su lucha en mí.
Veo su doble rostro,
su doble ser partido, como el nuestro,
las dos mitades fieras, enfrentadas.
En mi temblor se siente su temblor,
su gran dolor de la unidad que sueña,
imposible unidad, la que buscamos,
ella en mí, en ella yo. Porque la dicha
quiere también su dicha.
Desgarrada en dos, llega con el miedo
de su virginidad inconquistable,
anhelante de verse conquistada.
Me necesita para ser dichosa,
lo mismo que a ella yo.
Lucha entre darse y no, partida alma;
su lidiar
lo sufrimos nosotros al tenerla.
Viene toda de amiga
porque soy necesaria a su gran ansia
de ser
algo más que la idea de su vida;
como la rosa, vagabunda rosa
necesita posarse en un rosal,
y hacerle así feliz, al florecerse.
Pero a su lado, inseparable doble,
una diosa humillada se retuerce,
toda enemiga, de la carne esa
en que viene a buscar mortal apoyo.
Lucha consigo.
Los elegidos para ser felices
somos tan sòlo carne
donde la dicha libra su combate.
Quiere quedarse e irse, se desgarra,
por sus heridas nuestra sangre brota,
ella, inmortal, se muere en nuestras vidas,
y somos los cadáveres que deja.
Viva, ser viya, en algo humano quiere
encarnarse, entregada; pero al fondo
su indomable altivez de diosa pura
en el último don niega la entrega,
si no es por un minuto, fugacísima.
En un minuto sòlo, pacto,
se la siente total y dicha nuestra.
Rendida en nuestro cuerpo,
ese diamante lúcido y soltero
que en los ojos le brilla,
rodará rostro abajo, tibio par,
mientras la boca dice: «Tenme».
Y ella, divino ser, logra su dicha
sòlo cuando nosotros la logramos
en la tierra, prestándole
los labios que no tiene. Así se calma
un instante su furia. Y ser felices
es el hacernos campo de sus paces.
FIN DE
"RAZÓN DE AMOR"
EL CONTEMPLADO
TEMA CON VARIACIONES
(1946)
A LA
"FRATERNIDAD AFDA",
EN CUYA
GENEROSA HOSPITALIDAD
NACIERON
ESTOS POEMAS
Mar de Puerto Rico, 1943-1944.
EL CONTEMPLADO
La luz, que nunca sufre,
me guia bien.
(Muchas ¡¡radas, adiòs.)
¿La luz no es quien lo puso
todo en su tentativa de armonía?
(Paso a la Aurora.)
JORGE GUILLEN, en Cántico.
TEMA
De mirarte tanto y tanto,
del horizonte a la arena,
despacio,
del caracol al celaje,
brillo a brillo, pasmo a pasmo,
te he dado nombre; los ojos
te lo encontraron, mirándote.
Por las noches,
soñando que te miraba,
al abrigo de los párpados
madurò, sin yo saberlo,
este nombre tan redondo
que hoy me descendiò a los labios.
Y lo dicen asombrados
de lo tarde que lo dicen.
¡Si era fatal el llamártelo!
¡Si antes de la voz, ya estaba
en el silencio tan claro!
¡Si tú has sido para mí,
desde el día
que mis ojos te estrenaron,
el contemplado, el constante
Contemplado!
VARIACIÓN I
AZULES
Variaciones que enseñaban
en la escuela: Egeo, Atlántico,
Indico, Caribe, Mármara,
mar de la Sonda, mar Blanco.
Todos sois uno a mis ojos:
el azul del Contemplado.
En los atlas,
un azul te finge, falso.
Pero a mí no me engañò
ese engaño.
Te busqué el azul verdad;
un ángel, azul celeste,
me llevaba de la mano.
Y allí en tu azul te encontré
jugando con tus azules,
a encenderlos, a apagarlos.
¿Eras como te pensaba?
Más azul. Se queda pálido
el color del pensamiento
frente al que miran los ojos,
en más azul extasiados.
Eres lo que queda, azul;
lo que sirve
de fondo a todos los pasos,
que da lo que pasa, olas,
espumas, vidas y pájaros,
velas que vienen y van.
Pasa lo blanco, mortal.
Y tú estás siempre llenando,
como llena un alma un cuerpo,
las formas de tus espacios.
Cada vez que fui en tu busca,
allí te encontré, en tu gloria,
la que nunca me ha fallado.
Tu azul por azul se explica:
color azul, paraíso;
y mirarte a ti, mirarlo.
VARIACIÓN II
PRIMAVERA DIARIA
Tantos que van abriéndose, jardines,
celestes, y en el agua!
Por el azul, espumas, nubéculas,
¡tantas corolas blancas!
Presente, este vergel, ¿de dònde brota,
si anoche aquí no estaba?
Antes que llegue el día, labradora,
la aurora se levanta,
y empieza su quehacer: urdir futuros.
Estrellas rezagadas.
las luces que aún recoge por los cielos
por el mar va a sembrarlas.
Nacen con el albor olas y nubes.
¡Primavera, qué rápida!
Esa apenas capullo-nube-, en rosa,
en oro, en gloria, estalla.
Blancas vislumbres, flores fugacísimas
florecen por las campas
de otro azul. Si una espuma se deshoja,
-pétalos por la playa-,
se abren mil; que el rosal de donde suben
es rosal que no acaba.
De esplendores corona el mediodía
el trabajo del alba.
Ya se ve en brillo, en ola, en pompa, en nube
la cosecha granada.
Una estaciòn se abrevia: es una hora.
Lo que la tierra tarda
tanto en llevar a tallos impacientes
lo trae una mañana.
¿La aurora? Bs la frecuente, la celeste,
primavera diaria;
por el azul, sin esperar abriles,
sus abriles desata.
¿De dònde su poder, el velocísimo
impulso de su savia?
Obediencia. A la luz. Pura obediencia,
ella, en su cénit, manda.
Espacios a su seña seoscurecen,
a su seña se aclaran.
El mar no cría cosa que dé sombra;
para la luz se guarda.
Y ella le cubre su verdad de mitos:
la luz, eterna magia.
VARIACIÓN III
DULCENOMBRE
Desde que te llamo así,
por mi nombre,
ya nunca me eres extraño.
Infinitamente ajeno,
remoto tú, hasta en la playa,
-que te acercas, alejándote
apenas llegas-, tú eres
absoluto entimismado.
Pero tengo aquí en el alma
tu nombre, mío. Es el cabo
de una invisible cadena
que se termina en tu indòmita
belleza de desmandado.
Te liga a mí, aunque no quieras.
Si te nombro, soy tu amo
de un segundo. ¡Qué milagro!
Tus desazones de espuma,
abandonan sus caballos
de verdes grupas ligeras,
se amansan, cuando te llamo
lo que me eres: Contemplado.
Obra, sutil, el encanto
divino del cristianar.
Y aquí en este nombre rompe
mansamente tu arrebato,
aquí, en sus letras-arenas-,
como en playa que te hago.
Tú no sabes, solitario,
-sacramento del nombrar-,
cuando te nombro,
todo lo cerca que estamos,
VARIACIÓN IV
POR ALEGRÍAS
¡Cuántas, cuántas tiene el mar,
cuántas alegrías!
Seres de luz, sobre el agua,
bailan, en puntillas.
¡Qué bien acaban las ondas:
mueren bailarinas!
En las azules tramoyas
fiestas se perfilan.
Ni olas, ni reflejos son
todo lo que brilla.
Ni espumas son las que juegan,
ya desvanecidas.
Es la comedia que el gozo
monta cada día.
La constancia en lo feliz.
Sí, las que se obstinan
felicidades, en ser.
¡Tesòn, en la dicha!
Las alegrías, al mar,
nunca se le quitan.
Entonces, ¿por qué estoy yo.
con mano en mejilla?
¿Suyas, mías, qué más da,
si están a la vista,
al aire, al sol, refulgiendo
sus cuerpos de ondina?
¿Si todos los gozos suyos,
todos, me los brinda,
como la vida, a diario,
me ofrece mi vida,
con sòlo aceptar la luz
que otra aurora envía?
Alegrías que me falten,
él me las fabrica.
Desde sus lejos profundos
a mí se encaminan.
Y aquí en los ojos, las suyas
se vuelven las mías.
VARIACIÓN V
PAREJA MUY DESIGUAL
¡Qué pareja tan hermosa
esta nuestra, Contemplado!
La mirada de mis ojos,
y tú, que te estoy mirando.
Todo lo que ignoro yo
te lo tienes olvidado;
y ese cantar que me buscan
las horas, sin encontrarlo,
de la mañana a la noche,
con blanquísimo estribillo,
tus olas lo van cantando.
Porque estás hecho de siglos
me curaste de arrebatos;
se aprende a mirar en ti
por tus medidas sin cálculo
-dos, nada más: día y noche-
gozosamente despacio.
No quieres tú que te busquen
los ojos apresurados,
los que te dicen hermoso
y luego pasan de largo.
No ven. A ti hay que mirarte
como te miran los astros,
a sus azules mirandas
serenamente asomados.
Tú, Lazarillo de ojos,
llévate a estos míos; guíalos,
por la aurora, con espumas,
con nubes, por los ocasos;
tú solo sabes trazar
los caminos de tus ámbitos.
Con las señas de la playa,
avísales de la tierra,
de su sombra, de su engaño.
A tu resplandor me entrego,
igual que el ciego a la mano;
se siente tu claridad
hasta en los ojos cerrados,
-presencia que no se ve-,
acariciando los párpados.
Por tanta luz tú no puedes
conducir a nada malo.
Con mi vista, que te mira,
poco te doy, mucho gano.
Sale de mis ojos, pobre,
se me marcha por tus campos,
coge azules, brillos, olas,
alegrías,
las dádivas de tu espacio.
Cuando vuelve, vuelve toda
encendida de regalos.
Reina se siente; las dichas
con que tú la has coronado.
¡De lo claro que lo enseñas
qué sencillo es el milagro!
Si bien se guarda en los ojos,
nunca pasa, lo pasado.
¿Conservar
un amor entre unos brazos?
No. En el aire de los ojos,
entre el vivir y el recuerdo,
suelto, flotando,
se tiene mejor guardado.
Aves de vuelo se vuelan,
tarde o temprano.
Los ojos son los seguros;
de allí no se van los pájaros.
Lo que se ha mirado así,
día y día, enamorándolo,
nunca se pierde,
porque ya está enamorado.
Míralo aunque se haya ido.
Visto o no visto, contémplalo.
El mirar no tiene fin:
si ojos hoy se me cerraron
cuando te raptò la noche,
mañana se me abrirán,
cuando el alba te rescate,
otros ojos más amantes,
para seguirte mirando.
VARIACIÓN VI
TODO SE ACLAFIA
En el confín te nace de tus aires
un pensamiento vago.
Nube parece, por lo vaporoso;
más nube, por lo candido.
No se entiende; le guardan las distancias
en misterio velado.
La mañana, que asciende hacia su colmo
-esplendor-paso a paso,
en contornos se goza y en perfiles,
rechaza lo enigmático.
Ordena que lo expliquen, sucesivos
intérpretes, espacios.
Se alzan arrebatadas, velocísimas
olas a descifrarlo.
El mucho afán les ciega; quejumbroso
retumba su fracaso.
¿Qué claridades se hallan por la prisa?
La breve del relámpago.
Tarda noches la noche en ser auroras,
la luz se hace despacio.
Ya frentes más serenas-ondas-, onda
a onda, le van pensando.
Suave curva lo entrega a suave curva,
camino de lo diáfano.
Dulcemente lo llevan a la playa
donde esperan los anchos
pliegos dorados su mejor destino:
que llegue el texto mágico.
¡Triunfo, revelaciòn! La última ola
prorrumpe en signos blancos.
A este fulgor de playa en mediodía
no resisten arcanos.
Y en impolutas láminas, la espuma
sin prisa, rasgo a rasgo,
el pensamiento aquel nacido oscuro,
lo pone todo en claro.
La luz traduce incògnitas lejanas
a gozos inmediatos.
VARIACIÓN VII
«LAS ÍNSULAS EXTRAÑAS»
¡Felices inmortales!
¡Las islas, qué felices son las islas!
Altas cunas, los riscos. ¡Bien nacidas!
Torva guardia les hacen soledades,
ventarros, nubes grises. Niñas, cimas.
En luz, en aire tibio, en aves, sueñan,
las, del mundo de abajo, maravillas.
Suavemente se escapan, encubiertas
con manto de pinar. Bajan sin prisa
en sosegadas curvas, verdeciéndose,
peldaños erigiéndose, colinas.
Cuando tocan al valle todo es claro:
empiezan a sentirse sus delicias,
mil pájaros, cien chopos, un arroyo;
espejo, en él se encuentran, sorprendidas.
Estas frondas, sus paces, tantas aves
y sus cantos, ¿son ellas, ellas mismas?
¡Felicidad! Lo que empezò en roquedos
ahora tierra es pradera, florecida.
Estrenan, encantadas, sus bellezas,
Venus verdes, tendiéndose en la umbría-
menea un airecillo sus cabellos,
herbazal, juncos, altas margaritas.
Breve sueño feliz. Aun queda el último
por descubrir, prodigio: es la marina.
Se detienen las islas, asombradas,
al llegar a los bordes de su vida.
¿Qué tierra es ésta, suya, y toda nueva?
De oro parece, dòcil, suavísima
al pensar que la piensa, al pie desnudo
que la pisa, a los ojos que la miran.
Intacta. Virginal. Arena. ¡Playas!
Fronteras del asombro. Empieza aquí
un mundo sin otoño y sin ceniza.
Refulgen gozos, júbilos destellan.
No hay soledad, es todo compañía.
Ola tras ola sigue a ola tras ola,
persigue espuma a espuma fugitiva,
dádivas sobre dádivas ofrecen
felicidades siempre repetidas.
Todo, alegre, se rinde, cielo, espacio:
¡imposible escapar a tanta dicha!
Esa blancura alzada, ¿es de la espuma
o aleteo de ángeles que invitan?
Invitan, sí, a las islas-son sus ángeles-,
a dejarse su tierra en las orillas,
a un porvenir de azules-paraísos-,
a vida, allí, sin piedra y sin espina,
en canto, en salto, en albas hermandades,
bajo el cielo del mar, gloria infinita.
Si la tierra se acaba algo se empieza;
las olas que sin pausa se lo afirman,
angélicas sirenas, les convencen.
Y ellas arena abajo se deslizan.
Los ojos se equivocan en las playas:
se figuran que así mueren las islas.
Fingida muerte es. Van a su cielo:
su cielo el mar, que azul, cielo duplica.
Innumerables gracias por el agua
señas son de las gracias sumergidas.
Si ya no quedan hojas en sus álamos
¿no son hojas las ondas que rebrillan?
El canto de los pájaros que fueron
las olas en susurro lo terminan.
De pluma puede ser, que vuela abajo
ese blancor de espuma estremecida.
Por el haz de lo azul, cuando el sol sale
se abre, refleja, primavera vivida;
flores son marchitadas en los prados,
que ahora al mar se le vuelven alegrías.
Y ese verdor que el agua transparenta
es de Arcadia que abajo se eterniza:
en los hondos del mar viven, salvadas,
almas verdes, las almas de las islas.
VARIACIÓN VIII
RENACIMIENTO DE VENUS
Donde estuvo la nube ya no hay nube;
los ojos, que la piensan.
Absoluto celeste, azul unánime
sin ave, sin su anécdota.
Al célico sosiego otro marino
sosiego le contesta.
Las últimas congojas de la ola
playa se las consuela.
Tanto sollozo en leve espuma acaba,
y la espuma en la arena.
Le basta un color solo a tanto espacio,
sin vela que disienta,
El mar va por el mar buscando azules
y a un azul los eleva.
Está el día en el fiel. La Luz, la sombra
ni más ni menos pesan.
Dentro del hombre ni esperanza empuja
ni memoria sujeta.
El presente, que tanto se ha negado,
hoy, aquí, ya, se entrega.
¡Presente, sí, hay presente! Ojos absortos
felices le contemplan.
El tiempo abjura de su error, las horas,
y pasa sin saberlas.
Aves, ondinas, callan, y de voces
vacío el aire dejan.
La dilatada anchura del silencio
de silencio se llena.
Es el vivir tan tenue, que no ata;
la cautiva se suelta.
Por las campiñas, ya, del puro ser
viene, va, se recrea.
Está el mundo tan limpio, que es espejo:
la escapada lo estrena.
Radiante mediodía. En él, el alma
se reconoce: esencia.
Segunda, y la mejor, surge del mar
la Venus verdadera.
VARIACIÓN IX
TIEMPO DE ISLA
I
¿Quién me llama por la voz
de un ave que pía?
¿Qué amor me quiere, qué amor
me inventa caricias,
escondido entre dos aires,
fingiéndose brisa?
La palmera, ¿quién la ha puesto
-la que me abanica
con soplos de sombra y sol-
donde yo quería?
La arena, ¿quién la ha alisado,
tan lisa, tan lisa,
para que en rasgos levísimos
la mano me escriba,
de amante que nunca he visto,
de amante escondida,
entre pudores de espuma,
mensajes de ondina?
¿Por qué me dan tanto azul,
sin que se lo pida,
el cielo que se lo inventa,
el mar, que lo imita?
¿Cuál fue el dios qué un día octavo
me trazò esta isla,
trocadero de hermosuras,
lonja sin codicia?
Aquí tierra, cielo y mar,
en mercaderías
de espuma, arena, sol, nube,
felices trafican;
sin engaño se enriquecen,
-ganancias purísimas-,
luceros dan por auroras,
cambian maravillas.
Tiempo de isla: se cuenta
por mágicas cifras;
la hora no tiene minutos:
sesenta delicias;
pasa abril en treinta soles,
y un día es un día.
¿Quién, llevándose congojas,
dio forma a la dicha?
2
Nadie te quiere, o te busca.
¿Caricias? Mentira.
En el aire no hay amor;
hay mirlos que silban.
Lo azul nadie te lo da,
gracia es indivisa,
belleza a nadie negada,
a nadie ofrecida.
No quiere la luz, por dueña,
ninguna pupila;
el sol nace para todos,
y en nadie termina.
Y esa amante misteriosa,
fugaz, entrevista,
desde los aires la sílfide,
desde el mar la ninfa,
no es nunca amante, es la amada
total. Es la vida.
VARIACIÓN X
CIRCO DE LA ALEGRÍA
Tanto sol, tanta curva, tantos blancos
a mucho más aspiran.
Estas esbeltas formas que las olas,
-apuntes de Afroditas-,
inventan por doquier, ¿van a quedarse
sin sus diosas, vacías?
No; por numen secreto convocadas
acuden las olímpicas.
Vuelve el mar a su tiempo el inocente,
ignorante de quillas,
sin carga de mortales, suelo undoso
de las mitologías.
Con verdes curvas, con espumas vagas,
la luz, primera artista,
modela para diosas inminentes
hechuras fugitivas.
Un gran hervor de cuerpos en proyecto
alumbra la marina.
No hay onda que no sueñe en dar su carne
transparente a una ninfa.
Viento tornero en blanda masa verde
redondeces perfila.
Juntos surten la diosa, y a su lado
afán que la persiga.
Gozosa crin despliega el hipocampo:
va en su grupa, cautiva,
altas quejas de espuma dando al aire,
Nereida estremecida.
Hay torsos verdes, hay abrazos truncos,
todo son tentativas,
deseos que se alzan, casta espuma;
fugas hay, ligerísimas.
Cuerpo saltante de una cresta en otra,
escápase la ondina
de un ansia que se muere en mil cristales,
monstruo que la quería.
Hay blancuras que logran entenderse,
amores que se inician;
en la mañana estrenan sus idilios
fábulas, a la vista.
¿Olas? Tetis, Papone, Calatea,
glorias que resucitan.
Resurrecciòn es esto, no oleaje,
querencia muy antigua.
Si el agua que dio bulto a ninfa rápida
muere, apenas erguida,
si espuma que soñaba en durar mármol,
desfallece en la orilla,
de entre tanto fracaso, ellas, las diosas,
se salvan, infinitas.
Se hunden las cien, las mil, las incontables
figuras cristalinas;
de una en otra, evadiéndose, ligeras
permanecen las ninfas.
Tejiendo, destejiendo, permanecen
sobre fúlgida pista,
juegos de raudo amor, las figurantas
de la òpera divina.
El mar se ciñe, más y más redondo,
cerco de la alegría.
Y se colman de asombro, en una playa,
dos ojos, que lo miran.
VARIACIÓN XI
EL POETA
Hoy te he visto amanecer
tan serenamente espejo,
tan liso de bienestar,
tan acorde con tu techo,
como si estuvieses ya
en tu sumo, en lo perfecto.
A tal azul alcanzaste
que te llenan de aleteos
ángeles equivocados.
Y el cielo,
el que te han puesto los siglos
desde el día que naciste
por cotidiano maestro,
y te da lecciòn de auroras,
de primaveras, de inviernos,
de pájaros-con las sombras
que te presta de sus vuelos-,
al verte tan celestial
es feliz: otra vez sois
inseparables iguales,
como erais a lo primero.
Pero tú nunca te quedas
arrobado en lo que has hecho;
apenas lo hiciste y ya
te vuelves a lo hacedero.
¿No es esta mañana, henchida
de su hermosura, el extremo
de tí mismo, la plenaria
realizaciòn de tu sueño?
No. Subido en esta cima
ves otro primor, más lejos:
te llama una mejoría
desde tu posible inmenso.
El más que en el alma tienes
nunca te deja estar quieto,
y te mueves
como la tabla del pecho
hay algo que te lo pide
desde adentro.
Por la piel azul te corren
undosos presentimientos,
las finas plumas del aire
ya te cubren de diseños,
en las puntas de las olas
se te alumbran los intentos.
Ocurrencias son fugaces
las chispas, los cabrilleos.
Curvas, más curvas, se inician,
dibujantes de tu anhelo.
La luz, unidad del alba,
se multiplica en destellos,
lo que fue calma es fervor
de innúmeros espejeos
que sobre la faz del agua
anuncian tu encendimiento.
Una agitaciòn creciente,
un festivo clamoreo
de relumbres, de fulgores
proclaman que estás queriendo;
no era aquella paz la última,
en su regazo algo nuevo
has pensado, más hermoso
y ante la orilla del hombre
ya te preparas a hacerlo.
De una perfecciòn te escapas
alegremente a un proyecto
de más perfecciòn. Las olas
-más, más, más, más,-van diciendo
en la arena, monosílabas,
tu propòsito al silencio.
Ya te pones a la obra,
convocas a tus obreros:
acuden desde tu hondura,
descienden del firmamento
-los horizontes los mandan-
a servirte los deseos.
Luces, sombras, son; celajes,
brisas, vientos;
el cristal es, es la espuma
surtidora
por el aire de arabescos,
son fugitivas centellas
rebotando en sus reflejos.
Todo lo que mundo tiene
el día lo va trayendo
y te acarrean las horas
materiales sin estreno.
De las hojas de la orilla
vienen verdes abrileños
y en el seno de las olas
todavía son más tiernos.
Llegan tibias por los ríos
las nieves de los roquedos.
Y hasta detrás de la luz,
voladamente secretos
aguardan, por si los quieres,
escuadrones de luceros.
En el gran taller del gozo
a los espacios abierto,
feliz, de idea en idea,
de cresta en cresta corriendo,
tan blanco como la espuma
trabaja tu pensamiento.
Con estrías de luz haces
maravillosos bosquejos,
deslumbradores rutilan
por el agua tus inventos.
Cada vez tu obra se acerca
ola a ola,
más y más a sus modelos.
¡Qué gozoso es tu quehacer,
qué apariencias de festejo!
Resplandeciente el afán,
alegrísimo el esfuerzo,
la lucha no se te nota.
Velando está en puro juego
ese ardoroso buscar
la plenitud del acierto.
¡El acierto! ¿Vendrá? ¡Sí!
La fe te lo está trayendo
con que tú lo buscas. Sí.
Vendrá cuando al universo
se le aclare la razòn
final de tu movimiento:
no moverse, mediodía
sin tarde, la luz en paz,
renuncia del tiempo al tiempo.
La plena consumaciòn
-al amor, igual, igual-
de tanto ardor en sosiego.
VARIACIÓN XII
CIVITAS DEI
¡Qué hermosa es la ciudad, oh Contemplado,
que eriges a la vista!
Capital de los ocios, rodeada
de espumas fronterizas,
en las torres celestes atalayan
blancas nubes vigías.
Flotante sobre el agua, hecha y deshecha
por luces sucesivas,
los que la sombra alcázares derrumba
el alba resucita.
Su riqueza es la luz, la sin moneda,
la que nunca termina,
la que después de darse un día entero
amanece más rica.
Todo en ella son canjes-ola y nube,
horizonte y orilla-,
bellezas que se cambian, inocentes
de la mercadería.
Por tu hermosura, sin mancharla nunca
resbala la codicia,
la que mueve el contrato, nunca el aire
en las velas henchidas,
hacia la gran ciudad de los negocios,
la ciudad enemiga.
2
No hay nadie, allí, que mire; están los ojos
a sueldo, en oficinas.
Vacío abajo corren ascensores,
corren vacío arriba,
transportan a fantasmas impacientes:
la nada tiene prisa.
Si se aprieta un botòn se aclara el mundo,
la duda se disipa.
Instantánea es la aurora; ya no pierde
en fiestas nacarinas,
en rosas, en albores, en celajes,
el tiempo que perdía.
Aquel aire infinito lo han contado;
números se respiran
El tiempo ya no es tiempo, el tiempo es oro,
florecen compañías
para vender a plazos los veranos,
las horas y los días.
Luchan las cantidades con los pájaros,
los nombres con las cifras:
trescientos, mil, seiscientos, veinticuatro,
Julieta, Laura, Elisa.
Lo exacto triunfa de lo incalculable,
las palabras vencidas
se van al campo santo y en las lápidas
esperan elegías.
¡Clarísimo el futuro, ya aritmético,
mañana sin neblinas!
Expulsan el azar y sus misterios
astrales estadísticas.
Lo que el sueño no dio lo dará el cálculo;
unos novios perfilan
presupuestos en tardes otoñales:
el coste de su dicha.
Sin alas, silenciosas por los aires,
van aves ligerísimas,
eléctricas bandadas agoreras,
cantoras de noticias,
que desdeñan las frondas verdecientes
y en las radios anidan.
A su paso se mueren-ya no vuelven-
oscuras golondrinas.
Dos amantes se matan por un hilo
-ruptura a dos mil millas-;
sin que pueda salvarle una morada
un amor agoniza,
y Iludiéndose el teléfono en el pecho
la enamorada expira.
Los maniquíes su lecciòn ofrecen,
moral desde vitrinas:
ni sufrir ni gozar, ni bien ni mal,
perfecciòn de la línea.
Para ser tan felices las doncellas
poco a poco se quitan
viejos estorbos, vagos corazones
que apenas si latían.
Hay en las calles bocas que conducen
a cuevas oscurísimas:
allí no sufre nadie; sombras bellas
gráciles se deslizan,
sin carne en que el dolor pueda dolerles,
de sonrisa a sonrisa.
Entre besos y escenas de colores
corriendo va la intriga.
Acaba en un jardín, al fondo rosas
de trapo sin espinas.
Se descubren las gentes asombradas
su sueño: es la película,
vivir en un edén de cartòn piedra,
ser criaturas lisas.
Hermosura posible entre tinieblas
con las luces se esquiva.
La yerba de los cines está llena
de esperanzas marchitas.
Hay en los bares manos que se afanan
buscando la alegría,
y prenden por el talle a sus parejas,
o a copas cristalinas.
Mezclado azul con rojo, verde y blanco,
fáciles alquimistas
ofrecen breves dosis de retorno
a ilusiones perdidas.
Lo que la orquesta toca y ellos bailan,
son todo tentativas
de salir sin salir del embolismo
que no tiene salida.
Mueve un ventilador aspas furiosas
y deshoja una Biblia.
Por el aire revuelan gemebundas
voces apocalípticas,
y rozan a las frentes pecadoras
alas de profecías.
La mejor bailarina, Magdalena,
se pone de rodillas.
Corren las ambulancias, con heridos
de muerte sin heridas.
En Wall Street banqueros puritanos
las escrituras firman
para comprar al río los reflejos
del cielo que está arriba.
3
Un hombre hay que se escapa, por milagro,
de tantas agonías.
No hace nada, no es nada, es Charlie Chaplin,
es este que te mira;
somos muchos, yo solo, centenares
las almas fugitivas
de Henry Ford, de Taylor, de la técnica,
los que nada fabrican
y emplean en las nubes vagabundas
ojos que no se alquilan.
No escucharán anuncios de la radio;
atienden la doctrina
que tú has ido pensando en tus profundos,
la que sale a tu orilla,
ola tras ola, espuma tras espuma,
y se entra por los ojos toda luz,
y ya nunca se olvida.
VARIACIÓN XIII
PRESAGIO
Esta tarde, frente a ti,
en los ojos siento algo
que te mira y no soy yo.
¡Qué antigua es esta mirada,
en mi presente mirando!
Hay algo, en mi cuerpo, otro.
Viene de un tiempo lejano.
Es una querencia, un ansia
de volver a ver, a verte,
de seguirte contemplando.
Como la mía, y no mía.
Me reconozco y la extraño.
¿Vivo en ella, o ella en mí?
Poseído voluntario
de esta fuerza que me invade,
mayor soy, porque me siento
yo mismo, y enajenado.
VARIACIÓN XIV
SALVACZON POR LA LUZ
Los que ya no te ven sueñan en verte
desde sus soterrados sonaderos,
-lindes de tierra por los cuatro lados,
cuna del esqueleto-,
Sed tienen, no en las bocas, ni de agua;
sed de visiones, esas que tu cielo
proyecta-azules tenues-en su frente,
y tú realizas en azul perfecto.
Este afán de mirar es más que mío.
Callado empuje, se le siente, ajeno,
subir desde tinieblas seculares.
Viene a asomarse a estos
ojos con los que miro. ¡Qué sinfín
de muertos que te vieron
me piden la mirada, para verte!
Al cedérsela gano:
soy mucho más cuando me quiero menos.
Que estos ojos les valgan
a los pobres de luz. No soy su dueño.
¿Por cuánto tiempo-herencia-me los fían?
¿Son más que un miradero
que un cuerpo de hoy ofrece a almas de antes?
Siento a mis padres, siento que su empeño
de no cegar jamás,
es lo que bautizaron con mi nombre.
Soy yo. Y ahora no ven, pero les quedo
para salvar su sombra de la sombra.
Que por mis ojos, suyos, miren ellos;
y todos mis hermanos anteriores,
sepultos por los siglos,
ciegos de muerte: vista les devuelvo.
¡En este hoy mío, cuánto ayer se vive!
Ya somos todos unos en mis ojos,
poblados de antiquísimos regresos.
¡Qué paz, así! Saber que son los hombres,
un mirar que te mira,
con ojos siempre abiertos,
velándote: si un alma se les marcha
nuevas almas acuden a sus cercos.
Ahora, aquí, frente a tí, todo arrobado,
aprendo lo que soy: soy un momento
de esa larga mirada que te ojea,
desde ayer, desde hoy, desde mañana,
paralela del tiempo.
En mis ojos, los últimos,
arde intacto el afán de los primeros,
herencia inagotable, afán sin término,
Posado en mí está ahora; va de paso.
Cuando de mí se vuele, allá en mis hijos
-la rama temblorosa que le tiendo-
hará posada. Y en sus ojos, míos,
ya nunca aquí, y aquí, seguiré viéndote.
Una mirada queda, si pasamos.
¡Que ella, la fidelísima, contemple
tu perdurar, oh Contemplado eterno!
Por venir a mirarla, día a día,
embeleso a embeleso,
tal vez tu eternidad,
vuelta luz, por los ojos se nos entre.
Y de tanto mirarte, nos salvemos.
FIN DE
"EL CONTEMPLADO"
TODO MAS CLARO
Y OTROS POEMAS
(1949)
TODO MAS CLARO
Hacia una luz mis penas se consumen.
JORGE GUILLEN.
(Camino del poema.)
1
LAS COSAS
Al principio, ¡qué sencillo,
allí delante, qué claro!
No era nada, era una rosa
haciendo feliz a un tallo,
un pájaro que va y viene
soñando que él es un pájaro,
una piedra, lenta flor
que le ha costado a esta tierra
un esmero de mil años.
¡Qué fácil, todo al alcance!
¡Si ya no hay más que tomarlo!
Las manos, las inocentes
acuden siempre al engaño.
No van lejos, sòlo van
hasta donde alcanza el tacto.
Rosa la que ellas arranquen
no se queda, está de paso.
Cosecheras de apariencias
no saben que cada una
está celando un arcano.
Hermosos, sí, los sentidos,
pero no llegan a tanto.
Hay otra cosa mejor,
hay un algo,
un puro querer cerniéndose
por aires ya sobrehumanos
-galán de lo que se esconde-,
que puede más, y más alto.
Un algo que inicia ya,
muy misterioso, el trabajo
de coger su flor al mundo
-alquimia, birlibirloque-
para siempre, y sin tocarlo.
II
EN ANSIAS INFLAMADA
¡Tinieblas, más tinieblas!
Sòlo claro el afán.
No hay más luz que la luz
que se quiere, el final.
Nubes y nubes llegan
creciendo oscuridad.
Lo azul, allí, radiante,
estaba, ya no está.
Se marchò de los ojos,
vive sòlo en la fe
de un azul que hay detrás.
Avanzar en tinieblas,
claridades buscar
a ciegas. ¡Qué difícil!
Pero el hallazgo, así,
valdría mucho más.
¿Será hoy, mañana, nunca?
¿Seré yo el que la encuentre,
o ella me encontrará?
¿Nos buscamos, o busca
sòlo mi soledad?
Retumban las preguntas
y los ecos contestan:
«Azar, azar, azar.»
¡Y ya no hay arredrarse:
ya es donaciòn la vida,
es entrega total
a la busca del signo
que la flor ni la piedra
nos quieren entregar!
¡Tensiòn del ser completo!
¡Totalidad! Igual
al gran amor en colmo
buscando claridad
a través del misterio
nunca bastante claro,
por desnudo que esté,
de la carne mortal.
III
VERBO
¿De dònde, de dònde acuden
huestes calladas,
a ofrecerme sus poderes,
santas palabras?
Como el arco de los cielos
luces dispara
que en llegarme hasta los ojos
mil años tardan,
así bajan por los tiempos
las milenarias.
¡Cuántos millones de bocas
tienen pasadas!
En sus hermanados sones,
tenues alas,
viene el ayer hasta el hoy,
va hacia el mañana.
¡De qué lejos misteriosos
su vuelo arranca,
nortes, y sures y orientes,
luces romanas,
misteriosas selvas gòticas,
cálida Arabia!
Desde sus tumbas, innúmeras
sombras calladas.
padres míos, madres mías,
a mí las mandan.
Cada día más hermosas,
por más usadas.
Se ennegrecen, se desdoran
oros y plata¡
«hijo», «rosa», «mar», «estrella»,
nunca se gastan.
Bocas humildes de hombres,
por su labranza,
temblor de labios monjiles
en la plegaria,
voz del vigía gritando
-el de Triana-
que por fin se vuelve tierra
India soñada.
Hombres que siegan, mujeres
que el pan amasan,
aquel doncel de Toledo,
«corrientes aguas»,
aquel monje de la oscura
noche del alma,
y el que inventò a Dulcinea,
la de la Mancha.
Todos, un sol detrás de otro,
la vuelve clara,
y entre todos me la hicieron,
habla que habla,
soñando, sueña que sueña,
canta que canta.
Delante la tengo ahora,
toda tan ancha, -
delante de mí ofrecida,
sin guardar nada,
onda tras onda rompiendo,
en mí-su playa-,
mar que llevò a todas partes,
mar castellana.
Si yo no encuentro el camino
mía es la falla;
toda canciòn está en ella,
isla ignorada,
esperando a que alguien sepa
còmo cantarla.
¡Quién hubiera tal ventura,
una mañana;
mi mañana de San Juan
-alta mi caza-
en la orilla de este mar,
quién la encontrara!
¿Qué hay allí en el horizonte?
¿Vela es, heráldica?
Una blancura indecisa
-puede ser ala-
hacia mi trémula espera
¿sueña o avanza?
Se acerca, y dentro se oyen
voces que llaman;
suenan-y son las de siempre-
a no estrenadas.
De entre tantas una sube,
una se alza,
y el alma la reconoce:
es la enviada.
Virgen radiante, el camino
que yo buscaba,
con tres fulgores, trisílaba,
ya me lo aclara;
a la aventura me entrego
que ella me manda.
Si inicia-ser o no ser-
la gran jugada:
en el papel amanece
una palabra.
IV
EL POEMA
Y ahora, aquí está frente a mí.
Tantas luchas que ha costado,
tantos afanes en vela,
tantos bordes de fracaso
junto a este esplendor sereno
ya son nada, se olvidaron.
El queda, y en él, el mundo,
la rosa, la piedra, el pájaro,
aquéllos, los del principio,
de este final asombrados.
¡Tan claros que se veían,
y aún se podía aclararlos!
Están mejor; una luz
que el sol no sabe, unos rayos
los iluminan, sin noche,
para siempre revelados.
Las claridades de ahora
lucen más que las de mayo.
Si allí estaban, ahora aquí;
a más transparencia alzados.
¡Qué naturales parecen,
qué sencillo el gran milagro!
En esta luz del poema,
todo,
desde el más nocturno beso
al cenital esplendor,
todo está mucho más claro.
EL INOCENTE
I
Esta sombra pareja que me sigue
apenas raya el sol, ¿es culpa mía?
¿Cuál luminosa ley quebré yo al mundo
que así me lo reprocha, y me castiga
a este negro trasunto de mi cuerpo?
Ella no olvida lo que yo he olvidado,
implacable, recuerda mi malhecho,
que yace en mí, de mí desconocido,
como las campas de algas que en el seno
del mar, sombrías guardan sus designios
mientras la espuma, arriba, nada sabe,
y vive, sin sospecha, en lo purísimo.
Testigo me es fatal, de aquel delito,
olvidado, de un daño, un daño antiguo
que he debido de hacer. ¿A quién? Acaso
al aire, un poco de aire, aire ovalado,
vestido de color, y en piel delgada.
De niño rompí un globo. ¿Es ése el crimen,
constante sombra, dime,
que me reprochas en tu oscura lámina?
Ni sí, ni no, ni voz, ni gesto. Tiende
su estancada negrura, charco mudo
a mis pies. Y en su orilla
-Narciso extraño de mi propia sombra-
con la mirada a mi mejor me busco,
al que tanto se niega, a mi inocente.
Calar, calar las ondas sucesivas,
error y más error, y así cruzando
concéntricas tinieblas, entreluces,
dar por fín con aquel que fui primero,
con el que soy, debajo de mis hechos.
¿Mis hechos? Vaga historia, formas turbias,
sucesiòn de ademanes carceleros,
en los que día a día, noche a noche
me voy volviendo yo mi propio preso.
Pero aun me queda fe en esa blancura
rectangular, en tantos escenarios
a sufrir condenada sin remedio
veloces fechorías,
pasiones aparentes, falsos besos.
Suyos parecen por pasar por ella.
Pero cuando retornan a sus tedios,
después del «Fin» las gentes, y a la máquina
infernal se le paran los enredos,
vuelta a la soledad, toda desnuda,
se ve la tela blanca, blanca, blanca,
inmaculada, ajena a las maldades,
que en ella unos extraños cometieron.
No soy mi crimen, aunque mí se hizo.
No soy mi sombra. Viene leve un hilo
de voz que sale de su noche
a distinguirme a mí de mi pecado.
Me llama mi inocente. ¿Desde dònde?
II
Todavía no lo sé.
Entre los gritos de aquí,
no se le oye bien.
Me vocea, me vocea,
¿desde un ayer?
Hacia un ayer corro. No,
eso no era él.
Escucho. Otra vez
se oye su voz delgadísima,
diciéndome: «Ven.»
Y parece de otro lado:
de un mañana.
Pero tan tenue suena,
tan tenue en este tropel
de voces de alrededor,
que el pie
a ningún paso se atreve,
por si es o no es.
El dònde no se lo encuentro,
pero algo
que a mí nunca me ha engañado
le conoce el quién.
III
Lo que esa nube en la mañana escriba
quizá me diga.
Los giros de ese hilo en el encaje
¿son una clave?
Doncella, la que ociosa se columpia,
algo me apunta.
Sílabas deslumbrantes del anuncio
¿marcan un rumbo?
De infante la cometa voladora
¿sirve de proa?
Reflejo de un edén en ese azogue...
¡Si fuera norte!
Diccionario. ¿Por orden alfabético
se va al secreto?
Caballo en carrusel, y sin jinete
puede que lleve...
Esa marmòrea exactitud, la cifra,
poco ilumina.
¿Es que con tanto signo y tanta seña
nada hay que acierta?
¡Sí! ¡Ya! ¡El ave, cartògrafo del aire.
es el que sabe!
IV
Tras de tanto buscarlo en lo profundo
me lo encontré en el cénit: mi inocente
cuerpo voltario, ingrávido
juglar, interminable juglaría
de su ser, por el aire, trapecista.
Sin nadar, sin volar, sin tocar tierra,
liberto de las leyes del contacto
del delfín, de la alondra o de la hormiga,
su vida, entre trapecios, suspendida.
Sí, mi inocente se quedò en el circo,
funciòn de tarde, jueves, felicísima.
Su tiempo puro el sumo mediodía,
equidistante dé los dos crepúsculos,
donde el principio y el final se olvidan;
redondez de las doce,
que ni recuerda que empezò en aurora,
ni siente que en un véspero termina.
Tiempo redondo, centro
de concéntricos gozos, hora limpia,
cielo del circo, allí mi siempre puro
con sus saltos bosqueja por el aire
lo que alguien, si supiese, escribiría.
Nuevo alfabeto se hace, y se deshace,
volatines inventa, rapidísimas
palabras, de un trapecio a otro trapecio,
como versos elásticos, tendidas.
Corporal canto, desprendidamente
yendo y viniendo, a nada más aspira
que a mecerse en el aire. Eterno absuelto
de signo de bondad o de malicia,
igual que sus hermanos, los luceros,
los lentos trapecistas,
que atraviesan los circos de la noche,
en sus juegos gozándose, sin prisa,
mientras que abajo, a rumbos los traducen
navegantes en busca de otras Indias.
Ya di con mi inocente, no en la sombra.
A sus giros me vuelvo, como a guías
de afanes indecisos:
volatines que él traza por el aire
modelos pueden ser, que yo los siga.
Y sus funambulismos, gracia pura,
invenciòn sin misterio, allá en su cima
al llegar al nivel de las palabras,
se me vuelven a mí sabiduría.
Con cada esguince de su leve cuerpo
alguna frase de su luz me dicta.
Al escribirlas yo son ya penumbras,
luces mal traducidas.
La altura no se entiende. Inevitable
es, entre todas, esta lejanía,
vertical de lo bajo y de lo alto,
del sol y de la nieve que él inspira.
Así los dos, los fieles separados;
ni yo le llamo ni a subir me invita.
Dejarle allí, en su aire, no es el mío.
Nunca iniciar la burda tentativa
de volver a ser uno, de juntarnos.
Sueltos vivir, fatalmente perdidos,
sin, nunca más, perdernos ya de vista.
Sea nuestra unidad, tan alejados,
la obediencia a la ley que nos desliga.
Vislumbro salvaciòn: es el respeto
al inocente mío, al trapecista;
guardar, guardar, acordes, la distancia
que al hombre le distingue de su sueño.
Al hombre, mientras viva.
HOMBRE EN LA ORILLA
I
Este río no es aquél:
corriente, a secas.
Álveo que ignora el agua.
¿Dònde en la orilla, la yerba,
dònde espumas cuando guijas,
dònde sombras que se bañan
descendiendo de los chopos?
Ruedas, sòlo ruedas, ruedas.
Confuso caudal frenético,
su prisa nada refleja:
ni a esa nube ni a aquel pájaro
con ave o nube contesta.
Ni recuerdo de las nieves
desde su origen la alegra,
ni hay más que le esté esperando
con la eternidad abierta.
Ruedas, prisas, prisas, ruedas,
todas saben dònde van.
Cada rueda hacia lo suyo.
Pero el caudal sabe más:
sabe que nunca se llega
cuando no hay dònde llegar.
El hombre, en la orilla, tiembla.
Ruedas primeras:
Mrs. Dorothy Morrison, rodando.
Va rodando, a este viernes, y a las cuatro.
Sus años treinta y siete, y su belleza...
La belleza se hace, adolescente,
se deshace, elegía, y se rehace
a las cuatro de un viernes, de cualquiera,
previa una cita con Madama Fárfula,
si sus manos tan doctas en misterios
evocan otra vez en las mejillas
primaveras dormidas, en reserva.
No hay duda, se rehace. (Rueda, rueda.)
Las cuatro menos tres. Pronto su cara
bajo glorias de luces fluorescentes
se volverá a nacer, de entre las olas.
(Parada en una esquina.) Los espejos
a coro le dirán que todo vuelve.
(A rodar otra vez.) Y aquel amigo
que ha vuelto de Suecia o de las nubes
acaso pueda ser el galán joven
de una de esas novelas que terminan
bien, muy bien-en Sorrento, miel y luna-,
después de tres semanas
de «se continuará». ¡Qué ilustraciones
en colores! Sí, sí, Madama Fárfula,
la todopoderosa. Más de prisa,
cuatro ruedas corriendo a lo inmediato
-fin del mundo-, a la vuelta de la esquina:
masajista facial, promesas, dicha,
esperando. ¡De prisa, hacia las cuatro,
las diez, las doce, las cien mil, sin cuenta,
horas, devueltas del pasado, una
por una a cada vuelta de las ruedas.
El hombre, en la orilla, tiembla.
Ruedas segundas:
Rueda, corriente abajo, guantes nuevos
en el volante, a salvar una vida.
Vida sutil, que por las blancas telas
sin bulto se desliza, al mismo tiempo
aquí y en los antípodas;
en su presencia ausente, sin que nadie
cuando la ve, la vea, ni se sepa
si está durmiendo, allí, cuando aquí danza.
(¡Alto! Parada.) ¡Qué milagro! Es ella.
La vista, distraída, se la encuentra,
tan plana, en un gran muro. La sonrisa
de metro y medio, en bermellòn, se ofrece
a todos y al vacío. (Verde. ¡En marcha!)
«Ser feliz es muy fácil», canta el título
de su nueva película; hora y media
de sonreír; se gana cien mil dòlares.
Pero ¿hay sonrisa, ni la más constante,
manantial de millones a la empresa,
que esté segura en este frágil cuerpo
que el asceta castiga y ella exalta?
De pronto, sin aviso,
rayos pueden finar a las estatuas;
donde menos se espere, por la ducha,
aguja cristalina de la muerte,
entre las frescas gotas, desde arriba.
¡La ducha es el peligro! (Más de prisa.)
Sí, llegará a salvarla, «El Fénix», el
embajador glorioso, Robert Freeman,
de un imperio que todo lo asegura,
con millones sin fin, y sucursales
en treinta y cinco lenguas, florecidas
a la sombra del pino y la palmera,
y huestes mecanògrafas que tocan
himnos contra la muerte en sus teclados.
(Otra parada. Frenos.) Ya está cerca
su casa. Tendrá muebles
modernos, y piscina, y un Matisse.
«Firme aquí, haga el favor.» Inolvidable
contacto, al ofrecer su pluma de oro,
con los dedos de un mito. En cuanto trace
la mano su conjuro, allí en la pòliza
cláusulas se alzarán, cláusulas, cláusulas,
alabardas enhiestas, tan espesas,
rodeando a la princesa de lo ubicuo,
que a salvo quedará de todo riesgo
por la gracia de «El Fénix». (¡Adelante!)
¿Le pedirá el autògrafo? ¿Un retrato...?
Ya va a llegar. Sobre el futuro pròximo,
su comisiòn, al cinco
por ciento, se insinúa
con más ternura que la luna nueva.
El hombre, en la orilla, tiembla.
Ruedas terceras:
Rodando, Jim, rodando,
sobre las dos estrías paralelas,
siente que a cada instante retrocede
la lecciòn veinticinco hacia la nada.
¿Còmo creerse que el mundo
viene y va, dando vueltas, por los aires?
Lo cierto es que un columpio en un jardín
va y viene, y que le espera, bajo el árbol.
¿Por qué pesan los libros? ¿Es el álgebra?
¿Pesa la historia antigua, o las columnas
de nombres y más nombres en los índices?
Su jardín vale mucho más que el patio
de la escuela. ¡Qué olor, cuando ha llovido!
¿Por qué en los patios nunca hay caracoles?
Las cuatro van a ser en el relò
inmenso en que se anuncian los relojes.
(Parada. Calle Diez. Sube más gente.)
En latín es difícil
decir cosas sencillas:
«caramelo de menta». No se puede.
Pero hay que hacerse un hombre. (Muchos hom-
sobre estrías, rodando.) Se deslíe [bres,
palatal paraíso, azúcar, menta,
muy despacio en la boca. ¡Cuánto dura!
Un airecillo vuela. Hermoso, el aire,
¿Y ser aviador? Quizá, (Parada.)
Llevándose sus alas bajo un ángel
que iba sentado cerca;
deja detrás perfume de algún cielo.
(«Suivez l'ange» de Coty. Muy caro.) Jim
se va al asiento que dejò vacío
para gozar mejor de su pasado.
¿Será felicidad esta soñera
que le acuna o mareo del aroma
que el ángel se olvidò? ¡Qué sacudida,
de pronto! Curva. No dormirse. Ya
se anuncia la inminencia de un jardín,
de un hombre, el que él será. Pero a ese hombre
se le espera despacio, en un columpio,
de vaivén a vaivén, igual que un fruto,
colgado sobre el fresco de la grama,
a la tarde, de vuelta de la escuela.
El hombre, en la orilla, tiembla.
¡Y que él solo se dé cuenta
de que ese raudal que corre
de las prisas camineras,
lleva muertes y más muertes,
una en cada rueda!
¡Que haya gente que sonría
en la ceja de la cárcava,
allí al borde de su fin,
de la acera, que es su muerte,
si así lo quiere la dueña,
con su rueda, de las ruedas!
Y en el mundo sòlo él,
este hombre que tiembla,
siente por la vez primera
junto al terror más antiguo,
el pánico de las selvas,
y al espanto del milenio,
y al horror frío que asciende
del microscopio y su hallazgo,
más terror, otro terror,
esta pavidez, tan nueva
que le tiene aquí, clavado
en el borde
de ella, la terrible acera.
II
Esta es la orilla. De piedra.
Geométrica. Ni égloga,
ni remanso.
De pie, quieto, el hombre tiembla.
Tiembla de nada;
no le pasa nada más
que eso, que estar en la orilla.
Pero ¿hay, Señor, para el hombre
angustia, trance mayor
que eso, que sentirse al borde,
al borde de... qué? Es igual,
hace temblar cualquier linde;
pasarle será salirsede alguna parte, dejar...
(¿Salirse, dejar? ¿Quién sabe?
Tanto salir como entrar.)
El borde es siempre temblor
porque está entre dos.
¿Entre dos qué? Da lo mismo.
Playa, adolescencia, igual.
Por eso hay un hombre, quieto,
con tiesura de sibila,
que aguarda la profecía,
inmòvil, entre dos pasos:
aquel último que diò
para venir a pararse,
y el otro, ese que dará...
Si lo da, si no se queda
frío, en su inmovilidad
igual que el agua en su hielo.
Para siempre
muerto, gravemente en pie,
por no querer
dar el paso que le saque
de este borde donde está.
Entre dos está. ¡Otro más!
Así
por su nòrdico castillo
el vagaroso doncel,
arriba y abajo, entre
un ser y un no ser, de luto.
Y en su puente el genovés,
y en Koenigsberga el filòsofo,
¿al final, qué les espera:
un mar vacío, o un mundo,
conocer, no conocer?
Y, pluma en mano, en su celda,
la sufridora, Eloísa,
entre sus dos, él y El.
A muchos les ha tocado
esta hora atroz,
la del hombre de la orilla:
verse enfrente de la O.
Es fatal.
Adondequiera que mires,
al automòvil o al cínife,
al beso, al agua, al relò,
allí estará:
la O es tu alrededor.
Quizá una nube nos salve
de epidemia, oficio o tigre,
pero de ella, de su fiera
garra disyuntiva, dime
¿quién te salvaría?
Ahí está:
la que nos vuelve imposibles
las nupcias que más querríamos:
la de la luna y el sol,
la de lo uno y lo otro,
la de la cruz con su cara.
No.
Ha de ser aquello o esto,
ha de ser nieve o ardor.
Ella es, ella, la que ordena
al amor que los quería
a los dos,
que si le dice sí al sí,
al no le diga que no.
Y así, llega, sin remedio,
el momento de la orilla,
el trance de desjuntarse,
el de la O,
y sube y sube el temblor.
Temblor del hombre, delante
de lo que viene. ¿Y qué viene?
Casi nada, otro momento,
eso, el momento siguiente.
Y con él, la eternidad.
Porque el momento que viene,
ese que se va a pasar
en un momento, detrás
acarrea otro, y ése
otro, y tan juntos están
que a este que se acerca ahora
ya lo empujan los demás.
Muchos, terrible unidad.
Ese es el cuento,
cuento de nunca acabar.
Por eso tiembla en el borde,
tiembla ante el paso inmediato,
y el momento que se siente
en el umbral de su ya,
el hombre: no, no le engañan,
se les ve la eternidad
debajo del momentáneo
antifaz.
¿Entonces? Quizá lo otro,
quizá,
dar un paso
hacia lo que ya pasò.
¿Redropaso? ¿Hay redropasos?
¿Vuelve la miel al panal?
El beso, ¿vuelve a sus labios?
¿Escaparse de la O
yendo hacia atrás?
Eso no estaría mal.
Pero
¡qué inocentes son los pasos
que se quieren arredrar!
¿Desandar? ¡Puro embeleco!
Siempre se va hacia adelante.
Todo paso que tú das
elige. Y también elige
-simulacro de evadirse-
el paso atrás. Elegir
es una muerte.
Pero ¿el muerto quién será?
Aquello, si escojo esto.
El cadáver es lo otro,
el jazmín si cojo el lirio,
el aire, si quiero el oro,
lo que no se quiso,
lo que se dejò allí solo.
Lo desvivido
para vivir lo que elijo.
Prepárate, junco trémulo
tu víctima: uno, de dos.
Como el rayo que se acerca
ve ya escogiendo tu muerto.
¿Te matarás lo mejor,
sin saber que era tu ángel?
No hay escape.
Tan sòlo por una muerte
tiene salida la O.
III
¡Qué confusiòn! No tubas de los ángeles,
cláxones y bocinas desaladas,
con veloces sentencias
en este apuro avisan a las almas.
Tres azares preparan la tragedia.
La evita el cuarto azar. No pasa nada.
Nada, esta vez. Pero el suceso sabe
que hay uno, allí, en el borde, que no escapa.
El hombre sigue en la orilla.
Ve destellos. También dos.
Alternativos relumbres,
pero ¿claridades? No.
Verde, rojo, rojo, verde,
apagándose, encendiéndose,
tan seguidos, tan sin ton
ni son,
¿dan seña al que busca seña
en la orilla?
Si es que uno puede salvarle,
¿cuál, el salvador?
También hay color de sí,
hay también color de no.
¿Pierde el rojo, salva el verde?
¿O es al revés? Confusiòn
hermana de la del pecho,
delirante titubeo,
latir verde, latir rojo,
dentro, sístoles y diástoles,
apagándose, encendiéndose,
diciendo: «ahora sí, ahora no»
a la sangre de las venas,
que va en busca de su centro.
¡Gravísima indecisiòn
verdi-rojo, muerte-vida!
Las ruedas perdonan todo
menos el último error.
Lo que se enciende, ¿es el diablo?
Eso que se apaga, ¿es Dios?
Y el hombre se siente ya
al mismo borde del borde:
en la cinta de la acera,
a las doce. No le queda
más que un momento, el momento
que se va, la última escena.
Sube, por su corazòn
-¿o es acaso por el cielo
por donde sube?-, la O,
iluminadora y cega-
dora, lo mismo que el sol,
velando la claridad,
decisiva
con su propio resplandor,
a su irremisible cénit,
al mediodía del sino
del hombre: cruzar o no.
SANTO DE PALO
¿Quién escogiò aquel árbol, de entre todos?
¿Qué mirada, en silencio, dijo: ¡Ese!?
¿Cuál hacha le librò de la conforme
servidumbre selvática,
de la insensible pena de ser bosque?
Ahora, a sus pies.
arden las llamas, llamas menudas día y noche;
por cada llama alguien quiere una cosa.
De aquellos mismos campos donde estuvo,
vienen
sus hermanos menores, exquisitas
criaturas, las flores; se le apiñan
allí junto, en los búcaros.
un frescor que traducen de los cielos,
le dicen delicada-
mente que abril ya llueve.
«Nosotros, pecadores,
sí, por nosotros reza, pecadores.»
Trascendida madera,
si ahora le devolvieran a su suelo,
allí entre sus hermanos arraigados,
que empiezan a echar hoja,
a él, sin raíces, y su tronco,
de oro todo y colores,
de humanidad, su tronco disfrazado,
sus familiares de antes, vegetales,
con voces de extrañeza le hablarían.
«¿Quién eres tú? ¿Dònde tus ramas, dònde
las hojas que solías?
¿No sientes ya que el viento te hace música?
¿De dònde te sacaron la mirada
y su tristeza? ¿Dònde están tus nidos?
¿Los pájaros, te quieren?
¿Vienen a tí a vivirse, todavía?»
«Nosotros, pecadores.
Sí, por nosotros reza, pecadores.»
«Soy santo. Mis raíces
son la vida y la muerte de un hombre de hace siglos.
Soy su carne, sin carne,
Ni mi cuerpo ni el suyo
de pecado supieron; así, iguales.
Mi cielo no es el vuestro, está más alto.
Hombres, mujeres, vienen, se me hinojan,
hablan bajo; yo entiendo y no los oigo.
Alzan a mí miradas tan profundas
que las siento con algo que no es mío,
que no es vuestro, es de él.
Separado nos han, hermanos vegetales,
ya de tanto rezarme, ya de tanto
quererme. Vuestro hermano
aún soy en las entrañas
sordas de la materia primitiva.
De vosotros me siento
cuando el calor de agosto, entre mis fibras
me chasca la pintura. Pero alguien
entre vetas y nudos,
como los vuestros, que en ceniza acaban,
me ha encendido
arder que no termina, luz de inmortalidad;
me ha puesto un alma.
Susurros suplicantes
allí a mis pies, el aire de los rezos,
ése es mi viento.
Y las almas, ahora, son mis pájaros.»
PASAJERO EN MUSEO
What leaf-fringed legend haunts about thy shape
Of deities or mortals, or of both
In Tempe or the dales of Arcady?
JOHN KEATS.
Non non!... Debout! Dans 1'ére succesive!
Brisez, mon corps, cette forme pensive.
PAÚL VALÉRY.
No me miréis ya más,
criaturas salvadas,
a mí, pobre de mi.
Vosotros, sabios barbas blancas,
vidas puras sentadas en sillones,
lentos destiladores
de lecciòn en lecciòn, por las vigilias,
de la última verdad,
la sin voz, la que a nadie podréis dar,
la prisionera triste,
que en la humedad os tiembla de los ojos.
Vosotras, quizá diosas, o mujeres,
ya en perpetua paz con vuestra carne,
felices habitantes del desnudo,
cada cual satisfecha confinada
en la isla prodigiosa que le traza
el tendido contorno de su cuerpo;
los pechos, ahora estrellas, por distantes,
inaccesiblemente luminosos,
casta luz administran, desde lejos.
Vosotros, cristalinos
párvulos, libertados
del enemigo que os crece dentro
mientras jugáis, jugando, día a día:
el adulto adversario de los juegos;
a salvo os estáis de la corriente,
aparte en el remanso del juguete
tan claro
que a la felicidad se le ve el fondo.
Con esos ojos de ultravida, vivos,
a mí, a mí me miráis, desvanecido
mortal, que vine a veros,
tan cegado de historias y catálogos
que os daba por muertos.
Medio oculta en tu fausto, tú, princesa,
Isabel, Juana, Clara Eugenia, y más:
la suficiente anònima, por bella,
que domina, sin nombre, a las nombradas;
pompa de terciopelo abullonado,
el cuello, lirio, la sonrisa, apenas,
y al fondo los imperios de las nubes.
Tú, mozo egipcio, con mirar de brasa,
tan joven consumido en pura llama
que no sabrás jamás de tu ceniza.
Tú, en pie, dama holandesa, alma en los ojos
-que no se ven-leyendo
una carta, esa hoja amarillenta
suelta de un indeciso continente,
detrás, en la pared, mapa de octubre;
absorta toda, menos una mano;
las puntas de sus dedos acarician
pensando que son teclas de algún clave,
ovalados recuerdos de los mares
que no se apartan nunca de tu cuello.
Tú, mártir ofrecido a los ultrajes,
colmándote de heridas y de escarnios,
hermana tu paciencia de la rama
tiernamente doblada
bajo el peso de pájaros y pájaros.
Allí detrás estáis, amurallados
en resplandor estático, frontera
de la paz y la lucha, duros brillos
que os guardan, rectángulos dorados.
Dentro, vosotros, quietos. Y yo, fuera,
del otro lado errante
y condenado a serlo, y a mis pasos
y a innumerables ruedas, y hasta alas;
que echando voy mi vida sucesiva
de quehacer en quehacer, de gesto en gesto
sobre el espacio blanco de los días
pobre imagen de cine
huyendo de haz en haz, sin encontrarse.
(Yo, que sueño en las rocas de la cima
que definen la sierra, y en su oficio
de aleccionar sin falla al peregrino
a fuerza de estar quietas, de ser fieles
a su inmovilidad sobre los cielos.)
Y aquí estoy, frente a otras: criaturas
a tiempo, para siempre, detenidas
en sòlo una actitud, la que eterniza.
Estoy frente al doncel
que besa a la que besa. (Y no a las otras.)
Frente al noble que escoge,
elecciòn es la mano sobre el pecho.
(Desdeñado el estoque,
el rosario sin dedos.)
Frente al cuerpo de ninfa, encaprichada
en no envolver sus gracias más que en ellas,
negándose a las telas.
(Las telas, enrolladas, tristemente,
tafetán, raso, brocatel de seda,
ellas, las que podían haber sido
ajustadas estofas de su gloria.)
La honda conformidad con que aceptasteis
cifrar la vida toda en un momento,
a una mirada reducir los ojos,
con los labios servir a sòlo un beso,
os ganò esa morada en que os miro:
la gran vida absoluta.
La dicha está segura, ahí, a ese lado;
la vida que se para es lo inmortal,
la que acepta su marco.
Se os ve en vuestro ahora, el elegido,
como al agua, más clara, más perfecta,
en la mínima esfera de la gota
que no en infinitudes de océano.
Parada permanente en un instante
que a sí mismo se basta y se corona.
Ya no hay peligro, inmòviles, libertos
del movimiento, origen de ¡quién sabe!
(El movimiento riesgo, mil cuchillas,
mil víctimas presuntas, las hormigas
al andar, y mi aliento y las estrellas
que empaño, si respiro, fatalmente.
Y tantos automòviles sin ángeles
sacerdotes del ídolo: atropello.)
Ya tenéis abolido lo siguiente,
lo inmediato, el terror de lo que viene
-lo que se quiere y luego no se quiere-
y se le oyen los pasos
que avanzan por los largos corredores
laberínticos, que hay en los relojes.
Vuestra vida es de cima, calma augusta.
Nunca pasará nada en ese cuadro,
irá, vendrá, la luz por nuestros cielos,
y en ese azul no hay soles que se pongan.
Áureos arrecifes, en los marcos
se estrella sin cesar lo relativo
y ni su blanca espuma os alcanza.
Y yo, pobre de mí,
que traje mis miradas, tan cansinas
de trashumancias, mi rebaño triste
a apacentarse en esos tiernos verdes
de los paisajes y de las miradas,
me veo a mí, me lloro. Porque nunca
estaré con vosotros.
Siento la orden constante por mis venas:
transcurrir, sin parada,
de ansia a minuto, de minuto a ansia,
escapar de mí mismo, por buscarme,
huirme de entre mis manos, como un agua
que cojo en ellas y que gota a gota
me las deja vacías.
Por vosotros no lloro, que estáis muertos;
lloro por mi morir, que va corriendo
aquí en mi pulso sin poder pararlo,
porque la vida, dicen, dicen, dicen,
es eso, es un correr, sin paradero.
De mi invencible resistencia sufro
a entender la verdad del coro vuestro,
cántico en amarillos, verdes, blancos,
cántico que me grita por la vista
en este gran silencio de museo.
Sí, vuestra salvaciòn fué la renuncia
a lo que hay a este lado de los marcos;
vivir, seguir, querer seguir viviendo,
abrir los ojos otra vez, cerrarlos
otra vez, con la fe del día nuevo.
Perdido estoy, mi sangre
quiere que siga siendo,
escoge, contra mí, contra vosotros,
la gran mortalidad: el movimiento.
Agudo son en vez de ángel flamígero
-el timbre de las cinco-
de tanto edén al vacilante arroja.
Traspaso el gran umbral y me resigno,
a un escalòn tras otro, a más descenso;
bajando voy, cayendo. Y salgo al mundo
por la Quinta Avenida y el primer
sábado del otoño. Mano oculta
en guante, hoja de octubre, hasta mí llega
y me toca la frente: sacramento,
confirmaciòn, la vida me confirma
por hijo suyo, inevitable muerto.
De pronto una hermosura de este mundo
me hiere como un rayo: es el aviso
de mi mortalidad-bocina, ruedas-
burlador, que me roza, ligerísimo.
¡Cuánta aventura, atravesar la calle!
Aparto de mi lado al distraído
-eterno compañero-
y ojo avizor prolongo, paso a paso,
calle abajo sin rumbo, vigilado
por veinte Argos de cuarenta pisos,
esta vida fugaz, que se negò
a quedarse parada entre las barras
que son del paraíso áureo precio.
También hay decisiòn, allá en lo alto:
nubes acuden, porque acaba el día,
nubes doradas, por los cuatro lados
a ofrecerle su marco a la hermosura
celeste de esta tarde, y que se quede.
Pero ella hermana inmensa
igual que yo declina eternidades.
Su pasar ella, el mío yo, aceptamos:
su noche, que ya viene, y mi mañana.
LA VOCACIÓN
Silencio ha sido tu primer manera
de entrar en mí; tu entrada por mi alma
callada brisa todopoderosa
aventando a las vacuas criaturas
que en vano me poblaban.
Tan silencioso inicio el de tu imperio
que se notaba apenas
por tiernas diferencias con la nada.
Mas era como el cielo
entre la noche y día medianero
que parece vacío
y es que está haciendo hueco a la inminente
llegada de la luz, que se lo pide.
Gran escenario, horizontal silencio
que va a llenarse todo,
porque unos labios se abren, suavemente.
Y fuiste voz, al fin, y tan hermosa
que puede confundirse con mirada.
Voz nunca servidora
de lengua alguna, ni de sus palabras;
sòlo son los teclados
donde tocas tu eterna melodía.
Y así, cuando tú hablas,
no es para que salven del olvido
las cosas del momento, lo que dices.
Ella es la de quedar, tu voz desnuda,
que se dice a sí misma, inolvidable.
Me la estuviste hablando, tiempo y tiempo,
historia interminable, sin historias,
como ese que el arroyo cuenta al prado,
cuento que nada cuenta, y embeleso.
Pero bien se sentía
que todo era subirse poco a poco,
por tu voz, a su más: que es este cántico.
Las dos que fuiste tú, silencio, voz,
ya estáis atrás:
camino recorrido hacia lo alto.
Tu tercer ser, final, llegò. Se ve
que tú eras lo que eres, que eras canto.
Te has quedado conmigo;
hecha son cantarín me vives dentro.
Alma arriba, alma abajo, vas y vienes,
cantando y recantando,
a tu gusto, despacio o rapidísima,
rectora, así, del paso con que pasan
mis caudales de gozo, o los de pena.
Cuando se va tu sol cantas estrellas,
se va estrellando el alma,
con los ojos cerrados, de luceros;
en tu cantar nocturno
me brizas y él me entrega
al mismo río de tu eterno cántico
en donde se descansa,
sin dormir, con los sueños del dormido.
Por gracia tuya ya no soy silencio.
Cuando el hombre cansado, el tren cansado,
cansado grillo, amor cansado, paran
y traicionan al mundo, porque cejan
en el deber supremo, que es seguir,
te oigo a ti, omnipresente, fidelísima.
Vienes, y vas. A las supremas torres
te encumbras de tu voz: cantas al cielo
que te lo entiende todo. De distante
que se ha ido tu cantar, tan lejos, fuera,
miedo me viene
de que no se resigne a este descenso:
estar conmigo. Y a tener que oírle
como a una estrella más, mirando afuera.
Pero vuelve tu cántico del vuelo
y tanto se adelgaza y va ligero
por las venas del ser hacia la entraña
que su correr es mi raciòn de vida.
Y eres mi sangre misma, si se oyera.
NOCTURNO DE LOS AVISOS
¿Quién va a dudar de ti, la rectilínea,
que atraviesas el mundo tan derecha
como el asceta, entre las tentaciones?
Todos acatan, hasta el más rebelde,
tus rigurosas normas paralelas:
aceras, el arroyo,
los rieles del tranvía,
tus orillas, altísimos ribazos
sembrados de ventanas, hierba espesa,
que a la noche rebrilla
con gotas del eléctrico rocío.
Infinita a los ojos
y toda numerada, a cada paso
un algo nos revelas
de dos en dos, muy misteriosamente:
setenta y seis, setenta y ocho, ochenta.
¿Marca es de nuestro avance hacia la suma
total, esclavitud a una aritmética
que nos escolta, pertinaz pareja
de pares y de impares,
recordando a los pájaros
esta forzosa lentitud del hombre?
¿O son, como los años, tantas cifras
señas con que marcar en la carrera
sin señales del tiempo, a cada vida,
las lindes del aliento,
año de cuna, año de tumba, texto
sencillo de dos fechas
que cabe en cualquier losa de sepulcro?
¿Llegaré hasta qué número? Quizá
tú no sabes tampoco adonde acabas.
Tu número cien mil, si tú pudieras
prolongarte, ya muerta, sin tus casas,
seguir, por el espacio, así derecha,
¿no sería la Arcadia, y dos amantes,
a la siesta tendidos en la grama,
antes de Cristo y de los rascacielos?
Nunca respondes, hasta que es de noche,
cuando en lo alto de tus dos orillas
empiezan los eléctricos avisos
a sacudir las almas indecisas.
«¡Lucky Strike, Lucky Strike!» ¡Qué refulgen-
¿Y todo va a ser eso? [cia!
¿Un soplo entre los labios,
imitaciòn sin canto de la música,
tránsito de humo a nada?
¿Naufragaré en el aire, sin tragedia?
Ya desde la otra orilla, otros destellos
me alumbran otra oferta:
«White Horse. Caballo blanco.» ¿Whisky? No.
Sublimaciòn, Pegaso.
Dòcil sirviente antiguo de las musas,
ofreciendo su grupa de botella,
al que encuentre el estribo que le suba.
¿Cambiaré el humo aquel por su poema?
¡Cuantas más luces hay, más hay, de dudas!
Tu piso, sí, tu acera, están muy claros,
pero rayos se cruzan en tus crestas
y el aire se me vuelve laberinto,
sin más hilo posible que aquí abajo:
el hilo de un tranvía sin Ariadna.
¡Qué fácil, sí, perderse en una recta!
Nace centelleante otra divisa,
un rumbo más, y confusiòn tercera:
«¡Dientes blancos, cuidad los dientes blancos!»
Se abre en la noche una sonrisa inmensa
dibujada con trazos de bombillas
sobre una faz supuesta en el espacio.
¡Tan bien que me llevabas por tu asfalto,
cuando no me ofrecías tus anuncios!
Ahora, al mirarlos, no hay nada seguro,
para las mariposas, que se queman
un millar por minuto en torpes aras.
No sé por dònde voy más que en el suelo.
Y, sin embargo, el alba no se alquila.
Lo malo son las luces, las hechizas
luces, las ignorantes pitonisas
que responden con voces más oscuras
a las oscuras voces que pedían.
Ya otra surge,
más trágica que todas: «Coca Cola.
La pausa que refresca.» Pausa. ¿En dònde?
¿La de Paolo y Francesca en su lectura?
¿La del Crucificado entre dos mundos,
muerte y resurrecciòn? O la otra, ésta,
la nada entre dos nadas: el domingo.
Van derechos los pasos todavía:
quebrada línea, avanza, triste, el alma:
tu falsa rectitud no la encamina.
Fingiendo una alegría de arco iris
pluricolor se enciende otra divisa:
«Gozad del mundo. Hoy, a las ocho y treinta.»
La van a defender cien bailarinas
con la precisa lògica de un cuerpo
que argumenta desnudo por el aire
mientras que las coristas,
con un ritmo de jazz, van repitiendo
aquel sofisma, aquel, aquel sofisma.
¿A eso llevabas? ¿El final, tan simple?
¿Vale la pena haber llegado al número
seiscientos veintisiete,
y encontrarse otra vez con nuestros padres?
Mas no será. Ya el príncipe constante,
que vuelve, si se fue, que no se rinde,
con su grito de guerra: «Dientes blancos,
no hay nada más hermoso», nos avisa,
contra la gran tramoya
que no se cansan de cantar los besos.
El dentífrico salva:
meditaciòn, mañana tras mañana,
al verse en el espejo el esqueleto?
cuidarlo bien. Los huesos nunca engañan,
y ellos han de heredar lo que dejemos.
Ellos, puro resumen de Afrodita,
poso final del sueño.
Ya no sigo.
Incrédulo de letras y de aceras
me sentaré en el borde de la una
a esperar que se apaguen estas luces
y me dejen en paz, con las antiguas.
Las que hay detrás, publicidad de Dios,
Orion, Cefeo, Arturo, Casiopea,
anunciadoras de supremas tiendas,
con ángeles sirviendo
al alma, que los pague sin moneda,
la última, sí, la para siempre moda,
de la final, sin tiempo, primavera.
ÁNGEL EXTRAVIADO
Combate de lo mío
contra lo mío, en mí;
todo mío. Mi alma,
contra sí misma engendra
al mortal enemigo
de mi alma, monstruo oscuro.
Y apenas ha nacido,
y oye su voz de hiél,
amarilla, y se siente
manchada por sus ojos
en donde el mal prepara
con miradas agudas
como dientes mi propia
destrucciòn jubilosa,
le odia, le odia, le odia.
¡Qué solo estoy, qué solo,
con mi mal! Ya le veo
crecer, agigantarse,
cogerme de las manos,
entrarse por mis labios.
Sé que daré dolor,
que haré daño, si toco,
si hablo; sé que soy
instrumento del mal
que yo no quiero hacer
y voy a hacer, ahora,
en la carne inocente
que es casi coitío mía
de tanto haberla amado.
Al borde estoy de ser
lo que más aborrezco:
Caín de lo que quiero.
Y entonces te alzas tú:
ángel extraviado
dentro de mi. ¡Qué luchal
Tú solo, luz alada,
como la aurora surges,
seguro de tu luz,
en pie. Tu espada, luz;
tu escudo, luz; acero
tu aliento; tu poder
alas; tu cuerpo, nada.
Tú, a luchar, con tu luz
celeste por su pobre
hermana desvalida,
esta luz terrenal
que aun me luce en el alma.
Yo. pobre cuerpo triste,
de carne, entre las lágrimas
que me mojan la cama.
No puedo nada, nada.
No te ayudo a ti, ángel,
más que con esta ansia
de tu victoria en mí,
temblorosa esperanza.
¡Pobre campo consciente
de su propia batalla
que otros luchan en él,
por él, desesperada!
Oigo estertores roncos
-¿son míos, no son míos?-,
Convulsiones de mal
herido me desgarran.
De cuando en cuando rueda
por dentro de mi ser
el ruido imperceptible
de una pluma tronchada.
Siento soplos de ángel:
lucha con luz, con soplos
de aurora. Ante su aliento
cantan píos de alba.
¿Es tregua, paz, victoria?
¿Quién ha vencido en mí,
quién se lleva mi alma?
¡Un gran silencio ahora,
heraldo de mi suerte!
Y el despertar, confuso.
Mis manos ya son mías,
otra vez. Se prepara
en mis labios la voz
que yo quiero, de mí.
Un hálito se alza
puro, antiguo, reciente,
como despierta un niño,
torpemente y despacio
y se asombra de verse
tan limpio como antes,
otra vez en su cuna.
Ya me llena; es un soplo,
es un aire que crece,
es un viento que canta,
que me hincha el pecho.
Y grito: «¡Salvo, salvo!»
Júbilos y milagros
empavesan el ámbito
del mundo que soy yo.
¡Victoria! No la mía,
yo pobre, yo sin armas.
El triunfo en mí, feliz,
de las alas del mundo.
Ahora soy bueno. Ya
me podría vestir
con sus dedos intactos
el mismo sueño aquel
que me vistiò en la infancia.
El ángel me ha ganado
lo que yo me jugaba.
Y hablamos.
«Pero tú, dime, tú,
¿por qué me sirves, ángel?»
«Yo no lo sé; me mandan.
Tú no me gustas, tú
eres oscuro y torpe;
tu cuerpo es mi destierro.
Yo soy un servidor,
un ángel misionero.
No, no me debes nada:
mi oficio triste es éste:
luchar, salvar tu alma,
cuando tú la condenas.
Pero mi gusto es
vagar por cielos míos,
sin pelea ni espada.»
«Entonces, ¿quién te envía?»
«Tú piensa en quién te quiere
y sabrás quién me manda.
Yo sirvo a los que aman
a un amado imperfecto
que no sabe vivir
sin una ayuda hermana.
Yo soy sòlo las manos
que tiende aquel que quiere
al otro, en su flaqueza.
Las manos del que ama
con ansia vividora
se terminan en ángeles.
Mientras un ser te quiera
no te abandonaré.»
No dice más. Se apaga
sobre su triunfo. Miro
al espacio vacío
y en la estela del ángel
un rostro me sonríe.
Y siento que me salvo
otra vez, y al salvarme,
tú, conmigo, te salvas.
ENTRETIEMPO ROMÁNTICO
ADIOS CON VARIACIONES
¡Qué lástima, qué lástima, qué lástima
que el diván donde estaba reclinado
tu cuerpo serenísimo,
lo mismo que una tarde en su horizonte,
fuese de aquel color azul unánime!
Ah, si hubiese tenido
su tela con dibujos geométricos,
que nos marcaran normas, o un sembrado
de leves florecillas de colores,
para calmar el ansia de jardines,
sin tener que llorar, las cuatro y media
no habrían sido lo que fueron: todo,
la muerte del relò y las estaciones.
Y llamando algún coche
hubiésemos salido, entre la nieve,
a buscar maniquíes, a encargarnos
un buen amor de invierno a la medida.
Pero la tela azul, azul, azul,
te dio un color de eternidad, infinita.
Y yo me figuré que en aquel fondo
nunca te moverías de ti misma.
¡Qué lástima
que no salieras de aquel cuarto
-donde asombrosamente, en diez minutos,
se transmutò el carbòn en un diamante
que siempre llevarás en la sortija-,
como te es natural-tú, maravilla-
rompiendo el techo por algún milagro,
y toda deshaciéndote hacia arriba;
o al revés, arrojándote
de aquel piso cuarenta,
disfrazada de carta con la letra
muy menuda, y que baja tan despacio
que cuando llega al suelo está blanquísima
y se deja su historia por los aires
para que aprendan a cantar los pájaros.
¡Qué error, irte en tus pasos,
por el corredor hondo, y aceptando,
costumbre secular, la puerta estrecha;
mientras que yo miraba
reducirse tu cuerpo al alejarse
sin verlo, reflejado en el espejo,
diminutivo, con su marco de agua,
colgado encima de la chimenea!
¿Por qué te vi marchar así, menguando?
Se estrechaba tu pecho, ya imposible
que en él vivieran dos, y la mirada
al volvérsete el rostro tan menudo,
se te quedò en el aire, sostenida
en dos alas de lágrimas.
Al revés que la rosa,
te marchaste cerrándole-agonía
en un convexo azogue-, desviviendo
tu hermosa vida a cada nuevo paso.
Sin más razones que las de la tarde
cuando se va la luz, por los eneros,
que eran las cinco y cuarto
y que en otro hemisferio te esperaban.
Yo te espero también. Se resucita
siempre en el mismo espejo
donde se ha muerto. Pasaré los años
yendo de los azogues a los lagos,
por si acaso te cansas
de ser, día tras día, tu recuerdo.
¡Y qué lástima, sí, cuando yo pienso
en aquel baile hondo,
en aquel piso nueve, bajo tierra
-el cabaret más nuevo-,
y en nuestro vals, tan lejos de la vida,
en nuestro lento vals,
al nivel riguroso de los muertos!
¡Qué lástima
que te cansaras de bailar conmigo
precisamente cuando alboreaba
en las altas arañas, junto al techo,
en nidos de cristal, el ave nueva
que iba a volar al cielo
en busca de las òrdenes que aguardas!
Pero estabas cansada. Lo comprendo.
Habíamos bailado siete días
aquel vals lento, mucho más que lento,
entendiéndonos sòlo por los ojos,
y con los antifaces siempre puestos.
Por fin llegò mi voz, para invitarte,
e inclinándome al modo
de un viejo frac romántico,
con su presagio de cadáver dentro,
te susurré, a las tres de la mañana:
«¿Podríamos bailar quizá este baile?
Baja desde las tubas de los ángeles,
por su tiempo se cuenta, y no lo tienen.
Durará un poco más de lo que sueles
bailar con las orquestas
de soledades o de ruiseñores.
Hay que bailarlo todo.
Nos quedaremos solos,
en este gran salòn color de almendra,
dando vueltas y vueltas
como un mundo los dos, un mundo solo
sobre su amor girando
conforme aquella ley que descubrimos
una tarde de estío en dos miradas.
Y es muy posible que antes que la música
angelical se calle en los clarines
que recorren los cielos sobre plumas,
alguien, al ver que no nos separamos,
nos salve y diga, colocándonos
entre inmortalidades o cipreses:
«Bailaban bien, no se soltaron nunca,
y estrechados llegaron hasta aquí.»
(Ultimo aquí del hombre: su esqueleto.)
No aceptaste; cansada. Te di el brazo.
Y aunque tan hondo estábamos,
bajamos escaleras,
que no se recordaba haber subido,
porque sus escalones eran de aire,
de tardes, de delicias; y el amor
sòlo sabe la altura a que vivía
cuando la ha de bajar, y cuando cuenta
cada peldaño que llevaba al gozo
con cifras de cristal
que tibiamente caen por las mejillas.
Esperaba en la puerta de la noche
el coche de unicornios
a llevar nuestros cuerpos a tu casa.
Te subí en brazos, a la torre alta
y por no hacerte daño,
para dejarte sin que nos doliera,
muy poco a poco me quité las manos,
y con algo que dura más que ellas
y siempre te querrá, te eché en tu playa,
en las sábanas blancas.
Y al ver còmo tus ojos se cerraban
comprendí lo inminente:
que el mar iba a volver por lo que es suyo.
Y que aunque las auroras de este mundo
sigan acaso siendo tan diarias,
hay luces que no vuelven; que un cuerpo
no amanecerá nunca tu mirada.
EL CUERPO, FABULOSO
¿Qué sería de mí si tú no fueses
invisibilidad, toda imposible?
Miro tranquilo a tantos maniquíes
-mitología en los escaparates
a cuyos pies las almas sin amante
rezan por un momento cuando pasan
y cosechan sus sueños de la noche-,
porque tú vas vestida
con los cendales de lo nunca visto,
del color del recuerdo que te busca.
No me inquieta la luna, nubil, tierna
cuando otra vez inicia su creciente
doblemente afilado
de juventud y blancura-tan agudo
que decapitará a las esperanzas
más puras de la nieve,
comparando su blanco con su blanco-,
porque en ti, traslumbrada,
como no se te ve, nunca hay reflejo,
sino la luz sin par, la que rechaza
toda comparaciòn con lo que existe.
Veo tranquilamente còmo avanzan
por esos turbios cielos del periòdico
las bandadas diarias de las cifras,
cotizaciones de la bolsa, diosas,
dueñas de los destinos, decidiendo
que el precio de la dicha
-que está siempre en el coste del carbòn,
del whisky, del canario, o de las risas
que necesitan los hogares jòvenes-
sea más accesible que otros años,
o que algunas pistolas que tenían
a las seis, cinco balas,
a las seis y un segundo tengan cuatro,
en la mano de un hombre, por el suelo.
No necesito el oro, porque a ti,
como no se te ve, no se te puede
comprar con más moneda
que los minutos lentos y redondos
de largas noches en que no se duerme
porque nos invadiò la pena inútil
de que al ponerse el sol se enciendan tantas
luces y sus colores, por el mundo
-agüeros de películas y bailes,
faros de la alegría-tantas, tantas,
menos tus ojos, frente a mí.
Oigo llamar a dulces criaturas,
con esos nombres o alas por el aire:
Mirtila, Soledad, Amparo, Cándida
-en los que nada hay de ellas y son ellas,
porque los llenan gota a gota, día
a día con sus vidas, claros sones
a los que ávidamente nos asimos
para no confundirlas
con su hermana, su sombra o con la nada-,
sin volverme jamás, por si eres tú.
Como no se te ve, sòlo te nombran
los labios de la lluvia en los oídos
eternamente sordos de los lagos,
las ruedas de los trenes cuando cruzan
los campos donde pastan las gacelas,
las tentativas de los violines
o alguna boca sola que en el sueño
recuerda una palabra, entre las ruinas,
de algún idioma hundido con la Torre.
Sin el menor dolor sé ya las fugas
que por los tubos de las chimeneas
mientras se toma el té y se habla
de arte negro, de Einstein o del Ulises,
emprenden como chispas las promesas
-aquéllas, las más firmes-
hacia su conversiòn en puros astros,
después de estar un día con nosotros,
diciendo: «Siempre, siempre.»
Y luego, desde arriba,
a los cinco o diez años
de haber llegado nos harán sus señas
de luces por las noches,
para que nos creamos
que allí en el cielo sí pueden ser nuestras.
Tú, es decir, lo imposible,
no puedes escaparte,
porque estás hecha de la misma huida.
Y te beso, te beso,
a tí, paradisíaca,
descubriéndote toda lentamente
como el hombre primero descubría
otro menor Edén con otra sombra,
sin temor a que mueras, o a que salgas
del eterno jardín y se te vea,
andando por las calles de la tierra,
vestida de mujer a nuestro lado.
Porque tu cuerpo impar, tenso y desnudo,
nunca te hará visible. Sòlo puede
en las noches nevadas
ocultarte mejor, y por un tiempo
que a veces se confunde con la vida,
por lo veloz que pasa, hacerse carne,
e inventar una fábula:
que alguien crea que existe, que le estrecha,
y que es capaz de amor. Y que le ama.
ERROR DE CALCULO
¡Qué solos, sí, qué púdicamente solos
estábamos allí, en el fondo del vacío
que muchos seres juntos crean siempre,
en el salòn del bar de moda adonde entramos
a hablar de nuestras almas, rehuyendo
con gran delicadeza
la tramoya usual
-lagos, playas, crepúsculos-
que los amantes nuevos buscan!
¡Qué solos, y qué cerca, entre la gente!
Perfecta intimidad, exenta de romanzas,
de cisnes e ilusiones,
sin más paisaje al fondo
que el arco iris de las botellas de licores
y la lluvia menuda
de frases ingeniosas-salida de teatro-
con que corbatas blancas y descotes, de once a doce,
asesinan despacio un día más.
Distantes, un poco distantes,
entre nosotros la circunferencia de la mesa
se interpone, cual símbolo del mundo
a cuyos dos lados estamos
fatalmente apartados,
y por eso, viviendo
el amor que hay más fuerte
sobre la tierra: un gran amor de antípodas.
Por mutuo acuerdo
para no tropezar en rimas fáciles,
apartamos los ojos de los ojos:
tú mirando a tu taza, y a su abismo
-producto del Brasil, y sin azúcar-,
como a un futuro
que es imposible ver más claro por ahora,
y que quizá te quite el sueño; yo, a mi vaso
en donde las burbujas
transparentes, redondas, de la soda
me ofrecen grandes cantidades
de esperanzas en miniatura,
que absorbo a tragos lentos.
¡Y hablar, hablar así en esa perfecta
forma de uniòn en que la simulada indiferencia
acerca más que abrazo o beso,
de nuestra vida y de su gran proyecto en el vacío
-estepas, mar, eternidad,
porvenir sin confínes ni señales-
como quien planea un viaje
por una tierra ya toda explorada,
con horarios de trenes y mapas a la vista,
procurando llenar día tras noche
con nombres de ciudades y de hoteles.
Hablar de nuestras almas, de su gran agonía,
como se habla de un negocio,
con las inteligencias afiladas,
huyendo de la selva virgen donde vivimos
en busca de ese sòlido asfalto de los cálculos,
de las cifras exactas, inventores
de una aritmética de almas que nos salve
de todo error futuro: enamorarnos
de otra nube, sembrar en el desierto,
o acostarse en la verde pradera sonriente
de alguna muerte prematura.
Cualquiera de esos riesgos
que podría arruinarnos,
como arruina una tarde o una carta
a cinco años
si no se la prevé y se suprime
con un eclipse o dejándola cerrada.
Tú decías, mirando en el vacío,
muy despacio; «Sí, sí, si calculamos
que mi alma puede resistir un peso
de treinta días cada mes, o al menos
de siete días por semana, entonces...»
(Los camareros cruzan, tan vestidos de blanco
sobre el piso brillante y azulado
que sin querer me acuerdo
del lago y de los cisnes de que huímos.)
Y te escucho los cálculos
con dedos impacientes por un lápiz
con que apuntarme sobre el corazòn
en el terso blancor de la pechera
o en un papel casual, si no,
las cifras esas cuya suma
si es que contamos bien tiene que ser
la eternidad, o poco menos.
Seguimos sin mirarnos. Miro al techo.
Y quebrando de pronto nuestro pacto,
por orden superior, siento
que si no hay pronto un cielo en que amanezca
no cumpliré más años en tu vida.
¡Un cielo, un cielo, un cielo!
Sòlo en un cielo puedo
escribir el balance de tu amor junto al mío:
las demás superficies no me sirven.
Y el camarero-tú, que se lo mandas-
enciende allí en el techo una alba eléctrica
donde caben las cuentas enteras del Destino.
Yo digo: «No sería mejor...» Otro proyecto,
sus suspiros o ceros, se inicia por el aire
tan semejante a las volutas débiles
del humo del cigarro tuyo que ya no sé
si es que lo invento yo o que tú lo espiras.
Otra vez me extravío:
(De una mesa de al lado se levanta
una pareja; son Venus y Apolo
con disfraz de Abelardo y Eloísa,
y para más disimular vestidos
al modo de París. Se van hablando
de vos como en los dramas.
Pasan junto a un espejo y en el mundo
se ven dos más, dos más, dos más. De pronto
se me figura, todo alucinado,
que podríamos ser una pareja
tú y yo. si tú y si yo... Voy recordando
igual que el que anticipa lo que quiere,
que allá, en el paraíso,
hubo otros dos, primero, que empezamos
separados o juntos, tú y yo. todos
por ser una pareja; y este insòlito
descubrimiento me hace
agachar la cabeza porque siento
que voy a darme con el techo antiguo:
con nuestros padres.)
Tú, a mi lado,
me llamas. Vuelvo al cálculo: «Decía
que si en vez de esperarme en la estaciòn
o en la esquina
de la Sexta Avenida, me esperases
dentro de alguna concha o del olvido,
podríamos ir juntos a la bolsa
en donde los fantasmas azulados
de los días futuros,
los acaparadores de las dichas,
cotizan los destinos, y jugar,
comprando las acciones más seguras.
Si juntamos tú y yo los capitales
que hemos atesorado
a fuerza de sumandos extrañísimos:
sortijas, discos, lágrimas y sellos,
podríamos tener entre los dos,
sin reservarnos nada para nuestra vejez,
dándolo todo...» Hay una pausa.
Ninguno de los dos nos atrevemos
a aventurar la cifra deseada
ni el sí que comprometa. Un mundo tiembla
de inminencia en el fondo de las almas,
como temblaba el mar frente a Balboa
la víspera de verlo. Nos miramos, por fin.
Un ángel entra por la puerta rotatoria
todo enredado con sus propias alas,
y rompiéndose plumas, torpemente.
Ángel de anunciaciòn. Lo incalculable
se nos posa en las frentes y nosotros
lo recibimos, mano a mano, de rodillas.
No hay nada más que hablar. Está ya todo
tan decidido cual la flecha cuando empieza,
Subimos la escalera: ella nos dice
con gran asombro nuestro,
que todo eso pasò en un subterráneo,
como las religiones que se inician.
Afuera hay una calle igual que antes,
y unos taxis que aguardan a sus cuerpos.
Y pagando su òbolo a Caronte
entramos en la barca
que surca la laguna de la noche
sin prisa. Al otro lado
una alcoba, en la costa de la muerte,
nos abrirá el gran hueco
donde todos los cálculos se abisman.
LO INÚTIL
Me haces falta en la vida
porque no eres el pan
nuestro de cada día.
Porque no se te triza con los dientes
y así se lleva al cuerpo nueva fuerza
con que pedir mañana lo que ayer:
lo mismo, otra vez pan, hasta la muerte.
Me haces falta
porque tú no te empiezas en las uvas
y acabas en delirio o en mentira.
Porque no eres el vino
en que unos hombres desenamorados
encuentran las palabras
de amor, las que les dicen
a un espectro de amiga descolada
en trescientos salones, de once a doce.
Embriaguez que tú inspiras es hermana
de balanza en el fiel o mediodía.
Me haces falta
porque no eres la luz amanecida
a la hora que la anuncian los diarios,
la luz que hiere al despertar los ojos
siempre en la misma cicatriz, ayer.
Tan de pronto te alumbras, imprevista,
que hay que esperarte, sin saber por cuál
oscuridad vendrás, dolor o noche.
Me haces falta
porque no se distingue tu materia.
No eres del raso o de los terciopelos
que el gran dolor consuelan del desnudo.
No del metal que ciñe en cerco de aire
para que no se escapen
las promesas del día de las bodas.
Ni eres, casi tampoco, de tu carne.
El inocente tacto
-ilusiòn antiquísima y con guantes
de que el mundo es tangible y se le toca-,
en el marfil atina con el canto,
en el metal con las precisas letras,
con el amor en la trémula mano.
Pero a ti no te acierta, y de buscarte
vacío todo vuelve, y derrotado.
Me haces falta
porque no eres un techo, ni los muebles,
ni lecho blando ni candada puerta.
Me amparas sin confines ni tejado.
En templanza infinita me cobijas
como en marzo, al final, el aire, al pájaro.
Me haces falta
porque a tí nunca te cortejan jueces
en busca de verdades, ni el filòsofo.
Nunca tienes razòn, y así, no matas.
Ni hay angustiado al que le des la prueba
de que existe en el mundo
algo más que un afán de que algo exista.
Innecesaria pura, puro exceso,
tú, la invisible sobra de las cuentas
que el mundo se va echando,
contable triste, siglo a siglo historia.
sin tí todos se pasan.
Menos yo. Yo que sé
que tú, la demasía, tú la sobra,
en estos cortos cálculos del suelo,
eres, en una altísima
celeste matemática
que los astros aprenden por las noches
y nunca el hombre, exacta-
mente lo que me falta.
Y todo está entendido:
el sino de la vida es lo incompleto.
CONTRA ESA PRIMAVERA
Hija del calendario,
parecida a los trenes,
llega siempre a su hora.
Criaturas innúmeras,
edades variadas,
la esperan,
la han estado esperando, la esperaban,
están cansados de esperarla,
en los grises andenes del invierno.
Precedida, se acerca,
de un gran humo de pájaros cantantes,
entre apiñada escolta
de lugares comunes, de gacelas,
carteles de turismo y madrigales.
Sobre las ruedas viene,
ligeras
de las brisas de abril. Embajadora
de una gran tradiciòn, de las llamadas
fuerzas inexorables de la vida.
Y su bandera, del color del mundo,
color del mundo cuando es verde.
Gran gentío la aguarda: funcionarios,
recién casados, fúlgidos rentistas,
ingenieros sensatos,
con sus maletas, llenas
de ahorros
-rutina, tedio, niebla-,
penosamente acumulados,
en siete u ocho meses, día a día.
Y asaltan su magnífica
vastedad disponible
-la primavera es, casi, tan grande como el
mundo-,
buscando los asientos, los rincones
de las horas mejores. (Todos tienen
letrero de «Se alquila
por esta temporada.»)
Se sientan
en los ribazos, junto al río,
la siguen por el agua, su reflejo.
En las terrazas de los bulevares
que hay en París, la dulce Francia:
allí se la ve andar, se ven sus pasos,
còmo pisa, lo bien que pisa.
En viejos cafés árabes
en donde sabe a menta antigua
si se la bebe a oscuras y despacio.
En playas, virginales, sin reposo
porque el mar se resiste, ola tras ola,
a que duren las huellas de la carne.
Cuando ya no hay más sitio
asaltan los gramòfonos en marcha,
se tienden en los discos,
y dan vueltas y vueltas,
en la Canciòn de Primavera, Mendeissohn.
Lo que ellos quieren es
que los lleve, los lleve.
No hay nada que hacer, ya, sòlo dejarse
ir a velocidades
de abriles o de mayos,
por su rígida vía,
que es el primer camino
seguido alegremente, sobre el mundo.
Porque los dos carriles
por donde se desliza, tren de lujo,
su enorme invitaciòn hacia otra cosa,
son las dos leyes más antiguas
que los dioses abrieron en la tierra,
para imponer sus límites al gozo,
y que el hombre reciba, sin esfuerzo,
lo que al año le toca, de la dicha.
¿Quién va a dudar de esa verdad tan clara
en las antologías,
en todos los idiomas,
que crece como yerba, entre las losas
de tantas oficinas,
que la doncella aprende,
película a película:
y es que a la primavera solamente
puede llegarse por la primavera?
Y ella con la corona
que le han tejido en noches invernales,
súbditas mesocracias
que ensartaban programas
de radio con nostalgias,
mira a su alrededor, sin contrincante,
emperatriz segura de que todos
reconocen su cetro,
de savia, como un árbol,
de celo, como un tigre.
Pero se alza un rebelde,
un hombre que se escapa.
Está al margen de mayo,
a un lado de la vía,
Compadecidamente
mil lástimas le miran:
lástimas de poetas,
lástimas de señoras
que peinan sus jardines
y ponen de beber a los gorriones;
lástimas de postales
pintadas en colores,
lástimas de crep&uac