ISMAELILLO
(1882)
PRÍNCIPE ENANO
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.
Tiene guedejas rubias,
Blandas guedejas,
Por sobre el hombro blanco
Luengas le cuelgan.
Sus dos ojos parecen
Estrellas negras:
Vuelan, brillan, palpitan,
Relampaguean!
Él para mí es corona,
Almohada, espuela.
Mi mano, que así embrida
Potros y hienas,
Va, mansa y obediente,
Donde él la lleva.
Si el ceño frunce, temo;
Si se me queja,—
Cual de mujer, mi rostro
Nieve se trueca:
Su sangre, pues, anima
Mis flacas venas:
¡Con su gozo mi sangre
Se hincha, o se seca!
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
Por esta cueva!
Tal es, cuando a mis ojos
Su imagen llega,
Cual si en lòbrego antro
Pálida estrella,
Con fulgores de òpalo
Todo vistiera.
A su paso la sombra
Matices muestra,
Como al sol que las hiere
Las nubes negras.
¡Heme ya, puesto en armas,
En la pelea!
Quiere el príncipe enano
Que a luchar vuelva:
¡Él para mí es corona,
Almohada, espuela!
como el sol, quebrando
Las nubes negras,
En banda de colores
La sombra trueca,—
Él, al tocarla, borda
En la onda espesa,
Mi banda de batalla
Roja y violeta.
¿Conque mi dueño quiere
Que a vivir vuelva?
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
Por esta cueva!
¡Déjeme que la vida
A él, a él ofrezca!
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.
SUEÑO DESPIERTO
Yo sueño con los ojos
Abiertos, y de día
Y noche siempre sueño.
Y sobre las espumas
Del ancho mar revuelto,
Y por entre las crespas
Arenas del desierto,
Y del leòn pujante,
Monarca de mi pecho,
Montado alegremente
Sobre el sumiso cuello,
Un niño que me llama
Flotando siempre veo!
BRAZOS FRAGANTES
Sé de brazos robustos,
Blandos, fragantes;
Y sé que cuando envuelven
El cuello frágil,
Mi cuerpo, como rosa
Besada, se abre.
Y en su propio perfume
lánguido exhálase.
Ricas en sangre nueva
Las sienes laten;
Mueven las rojas plumas
Internas aves;
Sobre la piel, curtida
De humanos aires,
Mariposas inquietas
Sus alas baten;
Savia de rosa enciende
Las muertas carnes!—
Y yo doy los redondos
Brazos fragantes,
Por dos brazos menudos
Que halarme saben,
Y a mi pálido cuello
Recios colgarse,
Y de místicos lirios
Collar labrarme!
¡Lejos de mí por siempre,
Brazos fragantes!
MI CABALLERO
Por las mañanas
Mi pequeñuelo
Me despertaba
Con un gran beso.
Puesto a horcajadas
Sobre mi pecho,
Bridas forjaba
Con mis cabellos.
Ebrio él de gozo,
De gozo yo ebrio,
Me espoleaba
Mi caballero:
¡Qué suave espuela
Sus dos pies frescos!
¡Còmo reía
Mi jinetuelo!
Y yo besaba
Sus pies pequeños,
Dos pies que caben
En sòlo un beso!
MUSA TRAVIESA
Mi musa? Es un diablillo
Con alas de ángel.
¡Ah, musilla traviesa,
Qué vuelo trae!
Yo suelo, caballero
En sueños graves,
Cabalgar horas luengas
Sobre los aires.
Me entro en nubes rosadas,
Bajo a hondos mares,
Y en los senos eternos
Hago viajes.
Allí asisto a la inmensa
Boda inefable,
Y en los talleres huelgo
De la luz madre:
Y con ella es la oscura
Vida, radiante,
Y a mis ojos los antros
Son nidos de ángeles!
Al viajero del cielo
¿Qué el mundo frágil?
Pues ¿no saben los hombres
Qué encargo traen?
¡Rasgarse el bravo pecho,
Vaciar su sangre,
Y andar, andar heridos
Muy largo valle,
Roto el cuerpo en harapos,
Los pies en carne,
Hasta dar sonriendo
—¡No en tierra!— exánimes!
Y entonces sus talleres
La luz les abre,
Y ven lo que yo veo:
¿Qué el mundo frágil?
Seres hay de montaña,
Seres de valle,
Y seres de pantanos
Y lodazales.
De mis sueños desciendo,
Volando vanse,
Y en papel amarillo
Cuento el viaje.
Contándolo, me inunda
Un gozo grave:—
Y cual si el monte alegre,
Queriendo holgarse
Al alba enamorando
Con voces ágiles,
Sus hilillos sonoros
Desanudase,
Y salpicando riscos,
Labrando esmaltes,
Refrescando sedientas
Cálidas cauces,
Echáralos risueños
Por falda y valle,—
Así, al alba del alma
Regocijándose,
Mi espíritu encendido
Me echa a raudales
Por las mejillas secas
Lágrimas suaves.
Me siento, cual si en magno
Templo oficiase;
Cual si mi alma por mirra
Virtiese al aire;
Cual si en mi hombro surgieran
Fuerzas de Atlante;
Cual si el sol en mi seno
La luz fraguase:—
Y estallo, hiervo, vibro,
Alas me nacen!
Suavemente la puerta
Del cuarto se abre,
Y éntranse a él gozosos
Luz, risas, aire.
Al par da el sol en mi alma
Y en los cristales:
¡Por la puerta me ha entrado
Mi diablo ángel!
¿Qué fue de aquellos sueños,
De mi viaje,
Del papel amarillo,
Del llanto suave?
Cual si de mariposas
Tras gran combate
Volaran alas de oro
Por tierra y aire,
Así vuelan las hojas
Do cuento el trance.
Hala acá el travesuelo
Mi paño árabe;
Allá monta en el lomo
De un incunable;
Un carcax con mis plumas
Fabrica y átase;
Un sílex persiguiendo
Vuelca un estante,
Y ¡allá ruedan por tierra
Versillos frágiles,
Brumosos pensadores,
Lòpeos galanes!
De águilas diminutas
Puéblase el aire:
¡Son las ideas, que ascienden,
Rotas sus cárceles!
Del muro arranca, y cíñese,
Indio plumaje:
Aquella que me dieron
De oro brillante,
Pluma, a marcar nacida
Frentes infames,
De su caja de seda
Saca, y la blande:
Del sol a los requiebros
Brilla el plumaje
Que baña en áureas tintas
Su audaz semblante.
De ambos lados el rubio
Cabello al aire,
A mi súbito viénese
A que lo abrace.
De beso en beso escala
Mi mesa frágil;
¡Oh, Jacob, mariposa,
Ismäelillo, árabe!
¿Qué ha de haber que me guste
Como mirarle
De entre polvo de libros
Surgir radiante,
Y, en vez de acero, verle
De pluma armarse,
Y buscar en mis brazos
Tregua al combate?
Venga, venga, Ismaelillo:
La mesa asalte.
Y por los anchos pliegues
Del paño árabe
En rota vergonzosa
Mis libros lance,
Y siéntese magnífico
Sobre el desastre,
Y muéstreme riendo,
Roto el encaje—
—¡Qué encaje no se rompe
En el combate!—
Su cuello, en que la risa
Gruesa onda hace!
Venga, y por cauce nuevo
Mi vida lance,
Y a mis manos la vieja
péñola arranque,
Y del vaso manchado
La tinta vacie!
¡Vaso puro de nácar:
Dame a que harte
Esta sed de pureza:
Los labios cánsame!
¿Son éstas que lo envuelven
Carnes, o nácares?
La risa, como en taza
De ònice árabe,
En su incòlume seno
Bulle triunfante:
¡Hete aquí, hueso pálido,
Vivo y durable!
Hijo soy de mi hijo!
El me rehace!
Pudiera yo, hijo mío,
Quebrando el arte
Universal muriendo
Mis años dándote,
Envejecerte súbito,
La vida ahorrarte!—
Mas no: que no verías
En horas graves
Entrar el sol al alma
Y a los cristales!
Hierva en tu seno puro
Risa sonante:
Rueden pliegues abajo
Libros exangües:
Sube, Jacob alegre,
La escala suave:
Ven, y de beso en beso
Mi mesa asaltes:—
¡Pues ésa es mi musilla,
Mi diablo ángel!
¡Ah, musilla traviesa,
Qué vuelo trae!
MI REYECILLO
Los persas tienen
Un rey sombrío;
Los hunos foscos
Un rey altivo;
Un rey ameno
Tienen los íberos;
Rey tiene el hombre,
Rey amarillo:
¡Mal van los hombres
Con su dominio!
Mas yo vasallo
De otro rey vivo,—
Un rey desnudo,
Blanco y rollizo:
Su cetro —un beso!
Mi premio —un mimo!
Oh! cual los áureos
Reyes divinos
De tierras muertas,
De pueblos idos
—¡Cuando te vayas,
Llévame, hijo!—
Toca en mi frente
Tu cetro omnímodo;
Úngeme siervo,
Siervo sumiso:
¡No he de cansarme
De verme ungido!
¡Lealtad te juro,
Mi reyecillo!
Sea mi espada
Pavés de mi hijo:
Pasa en mis hombros
El mar sombrío:
Muera al ponerte
En tierra vivo:—
Mas si amar piensas
El amarillo
Rey de los hombres,
¡Muere conmigo!
¿Vivir impuro?
¡No vivas, hijo!
PENACHOS VIVIDOS
Como taza en que hierve
De transparente vino
En doradas burbujas
El generoso espíritu;
Como inquieto mar joven
Del cauce nuevo henchido
Rebosa, y por las playas
Bulle y muere tranquilo;
Como manada alegre
De bellos potros vivos
Que en la mañana clara
Muestran su regocijo,
Ora en carreras locas,
O en sonoros relinchos,
O sacudiendo al aire
El crinaje magnífico;—
Así mis pensamientos
Rebosan en mi vividos,
Y en crespa espuma de oro
Besan tus pies sumisos,
O en fúlgidos penachos
De varios tintes ricos,
Se mecen y se inclinan
Cuando tú pasas —hijo!
HIJO DEL ALMA
Tú flotas sobre todo!
Hijo del alma!
De la revuelta noche
Las oleadas,
En mi seno desnudo
Déjante al alba;
Y del día la espuma
Turbia y amarga,
De la noche revueltas
Te echan las aguas.
Guardiancillo magnánimo,
La no cerrada
Puerta de mi hondo espíritu
Amante guardas;
Y si en la sombra ocultas
Búscanme avaras,
De mi calma celosas,
Mis penas varias,—
En el umbral oscuro
Fiero te alzas
Y les cierran el paso
Tus alas blancas!
Ondas de luz y flores
Trae la mañana,
Y tú en las luminosas
Ondas cabalgas.
No es, no, la luz del día
La que me llama,
Sino tus manecitas
En mi almohada.
Me hablan de que estás lejos:
¡Locuras me hablan!
Ellos tienen tu sombra;
¡Yo tengo tu alma!
Esas son cosas nuevas,
Mías y extrañas.
Yo sé que tus dos ojos
Allá en lejanas
Tierras relampaguean,—
Y en las doradas
Olas de aire que baten
Mi frente pálida,
Pudiera con mi mano,
Cual si haz segara
De estrellas, segar haces
De tus miradas!
¡Tú flotas sobre todo,
Hijo del alma!
AMOR ERRANTE
Hijo, en tu busca
Cruzo los mares:
Las olas buenas
A ti me traen:
Los aires frescos
Limpian mis carnes
De los gusanos
De las ciudades;
Pero voy triste
Porque en los mares
Por nadie puedo
Verter mi sangre.
¿Qué a mí las ondas
Mansas e iguales?
¿Qué a mí las nubes,
Joyas volantes?
¿Qué a mí los blandos
Juegos del aire?
¿Qué la iracunda
Voz de huracanes?
A éstos —¡la frente
Hecha a domarles!
A los lascivos
Besos fugaces
De las menudas
Brisas amables,—
Mis dos mejillas
Secas y exangües,
De un beso inmenso
Siempre voraces!
Y ¿a quién, el blanco
Pálido ángel
Que aquí en mi pecho
Las alas abre
Y a los cansados
Que de él se amparen
Y en él se nutran
Busca anhelante?
¿A quién envuelve
Con sus suaves
Alas nubosas
Mi amor errante?
Libres de esclavos
Cielos y mares,
Por nadie puedo
Verter mi sangre!
Y llora el blanco
Pálido ángel:
¡Celos del cielo
llorar le hacen,
Que a todos cubre
Con sus celajes!
Las alas níveas
Cierra, y ampárase
De ellas el rostro
Inconsolable:—
Y en el confuso
Mundo fragante
Que en la profunda
Sombra se abre,
Donde en solemne
Silencio nacen
Flores eternas
Y colosales,
Y sobre el dorso
De aves gigantes
Despiertan besos
Inacabables,—
Risueño y vivo
Surge otro ángel!
SOBRE MI HOMBRO
Ved: sentado lo llevo
Sobre mi hombro:
Oculto ya, y visible
Para mí sòlo!
Él me ciñe las sienes
Con su redondo
Brazo, cuando a las fieras
Penas me postro:—
Cuando el cabello hirsuto
Yérguese y hosco,
Cual de interna tormenta
Símbolo torvo,
Como un beso que vuela
Siento en el tosco
Cráneo: su mano amansa
El bridòn loco!—
Cuando en medio del recio
Camino lòbrego,
Sonrío, y desmayado
Del raro gozo,
La mano tiendo en busca
De amigo apoyo,—
Es que un beso invisible
Me da el hermoso
Niño que va sentado
Sobre mi hombro.
TÁBANOS FIEROS
Venid, tábanos fieros,
Venid, chacales,
Y muevan trompa y diente
Y en horda ataquen,
Y cual tigre a bisonte,
Sítienme y salten!
Por aquí, verde envidia!
Tú, bella carne,
En los dos labios muérdeme:
Sécame: mánchame!
Por acá, los vendados
Celos voraces!
Y tú, moneda de oro,
Por todas partes!
De virtud mercaderes,
Mercadeadme!
Matò el Gozo a la Honra:
Venga a mí,—y mate!
Cada cual con sus armas
Surja y batalle:
El placer, con su copa;
Con sus amables
Manos, en mirra untadas,
La virgen ágil;
Con su espada de plata
El diablo bátame:—
La espada cegadora
No ha de cegarme!
Asorde la caterva
De batallantes:
Brillen cascos plumados
Como brillasen
Sobre montes de oro
Nieves radiantes:
Como gotas de lluvia
Las nubes lancen
Muchedumbre de aceros
Y de estandartes:
Parezca que la tierra,
Rota en el trance,
Cubriò su dorso verde
De áureos gigantes:
Lidiemos, no a la lumbre
Del sol suave,
Sino al funesto brillo
De los cortantes
Hierros: rojos relámpagos
La niebla tajen:
Sacudan sus raíces
Libres los árboles:
Sus faldas trueque el monte
En alas ágiles:
Clamor oígase como
Si en un instante
Mismo, las almas todas
Volando ex-cárceres,
Rodar a sus pies vieran
Su hopa de carnes:
Cíñame recia veste
De amenazantes
Astas agudas: hilos
Tenues de sangre
Por mi piel rueden leves
Cual rojos áspides:
Su diente en lodo afilen
Pardos chacales:
Lime el tábano terco
Su aspa volante:
Muérdame en los dos labios
La bella carne:—
Que ya vienen, ya vienen
Mis talismanes!
Como nubes vinieron
esos gigantes:
¡Ligeros como nubes
Volando iránse!
La desdentada envidia
Irá, secas las fauces,
Hambrienta, por desiertos
Y calcinados valles,
Royéndose las mondas
Escuálidas falanges;
Vestido irá de oro
El diablo formidable,
En el cansado puño
Quebrada la tajante;
Vistiendo con sus lágrimas
Irá, y con voces grandes
De duelo, la Hermosura
Su inútil arreaje:—
Y yo en el agua fresca
De algún arroyo amable
Bañaré sonriendo
Mis hilillos de sangre.
Ya miro en polvareda
Radiosa evaporarse
Aquellas escamadas
Corazas centelleantes:
Las alas de los cascos
Agítanse, debátense,
Y el casco de oro en fuga
Se pierde por los aires.
Tras misterioso viento
Sobre la hierba arrástranse,
Cual sierpes de colores,
Las flámulas ondeantes.
Junta la tierra súbito
Sus grietas colosales
Y echa su dorso verde
Por sobre los gigantes:
Corren como que vuelan
Tábanos y chacales,
Y queda el campo lleno
De un humillo fragante.
De la derrota ciega
Los gritos espantables
Escúchanse, que evocan
Callados capitanes;
Y mésase soberbia
El áspero crinaje,
Y como muere un buitre
Expira sobre el valle!
En tanto, yo a la orilla
De un fresco arroyo amable,
Restaño sonriendo
Mis hilillos de sangre.
No temo yo ni curo
De ejércitos pujantes,
Ni tentaciones sordas,
Ni vírgenes voraces!
Él vuela en torno mío,
Él gira, él para, él bate;
Aquí su escudo opone;
Aquí su clava blande;
A diestra y a siniestra
Mandobla, quiebra, esparce:
Recibe en su escudillo
Lluvia de dardos hábiles;
Sacúdelos al suelo,
Bríndalo a nuevo ataque.
¡Ya vuelan, ya se vuelan
Tábanos y gigantes!—
Escúchase el chasquido
De hierros que se parten;
Al aire chispas fulgidas
Suben en rubios haces;
Alfòmbrase la tierra
De dagas y montantes:
¡Ya vuelan, ya se esconden
Tábanos y chacales!—
Él como abeja zumba,
Él rompe y mueve el aire,
Detiénese, ondëa, deja
Rumor de alas de ave;
Ya mis cabellos roza;
Ya sobre mi hombro párase;
Ya a mi costado cruza;
Ya en mi regazo lánzase;
¡Ya la enemiga tropa
Huye, rota y cobarde!
¡Hijos, escudos fuertes,
De los cansados padres!
¡Venga mi caballero,
Caballero del aire!
¡Véngase mi desnudo
Guerrero de alas de ave,
Y echemos por la vía
Que va a ese arroyo amable,
Y con sus aguas frescas
Bañe mi hilo de sangre!
Caballerillo mío!
Batallador volante!
TÓRTOLA BLANCA
El aire está espeso,
La alfombra manchada,
Las luces ardientes,
Revuelta la sala;
Y acá entre divanes
Y allá entre otomanas,
Tropiézase en restos
De tules, —o de alas!
Un baile parece
De copas exhaustas!
Despierto está el cuerpo
Dormida está el alma;
¡Qué férvido el valse!
¡Qué alegre la danza!
¡Qué fiera hay dormida
Cuando el baile acaba!
Destona, chispea,
Espuma, se vacia,
Y expira dichosa
La rubia champaña:
Los ojos fulguran,
Las manos abrasan,
De tiernas palomas
Se nutren las águilas;
Don Juanes lucientes
devoran Rosauras;
Fermenta y rebosa
La inquieta palabra;
Estrecha en su cárcel
La vida incendiada,
En risas se rompe
Y en lava y en llamas;
Y lirios se quiebran,
Y violas se manchan,
Y giran las gentes
Y ondulan y valsan;
Mariposas rojas
Inundan la sala,
Y en la alfombra muere
La tòrtola blanca.
Yo fiero rehúso
La copa labrada;
Traspaso a un sediento
La alegre champaña;
Pálido recojo
La tòrtola hollada;
Y en su fiesta dejo
Las fieras humanas;—
Que el balcòn azotan
Dos alitas blancas
Que llenas de miedo
Temblando me llaman.
VALLE LOZANO
Dígame mi labriego
Còmo es que ha andado
En esta noche lòbrega
Este hondo campo?
Dígame de qué flores
Untò el arado,
Que la tierra olorosa
Trasciende a nardos?
Dígame de qué ríos
Regò este prado,
Que era un valle muy negro
Y ora es lozano?
Otros, con dagas grandes
Mi pecho araron:
Pues ¿qué hierro es el tuyo
Que no hace daño?
Y esto dije —y el niño
Riendo me trajo
En sus dos manos blancas
Un beso casto.
MI DESPENSERO
Qué me das? Chipre?
Yo no lo quiero:
Ni rey de bolsa
Ni posaderos
Tienen del vino
Que yo deseo;
Ni es de cristales
De cristaleros
La dulce copa
En que lo bebo.
Mas está ausente
Mi despensero,
Y de otro vino
Yo nunca bebo.
ROSILLA NUEVA
Traidor! Con qué arma de oro
Me has cautivado?
Pues yo tengo coraza
De hierro áspero.
Hiela el dolor: el pecho
Trueca en peñasco.
Y así como la nieve,
Del sol al blando
Rayo, suelta el magnifico
Manto plateado,
Y salta en hilo alegre
Al valle pálido,
Y las rosillas nuevas
Riega magnánimo;—
Así, guerrero fulgido,
Roto a tu paso,
Humildoso y alegre
Rueda el peñasco;
Y cual lebrel sumiso
Busca saltando
A la rosilla nueva
Del valle pálido.
VERSOS LIBRES
[¿1882?]
ACADÉMICA
Ven, mi caballo, a que te encinche: quieren
Que no con garbo natural el coso
Al sabio impulso corras de la vida,
Sino que el paso de la pista aprendas,
Y la lengua del látigo, y sumiso
Des a la silla el arrogante lomo:—
Ven, mi caballo: dicen que en el pecho
Lo que es cierto no es cierto:
que la estrofa
Ígnea que en lo hondo de las almas nace,
Como penacho de fontana pura
Que el blando manto de la tierra rompe
Y en gotas mil arreboladas cuelga,
No ha de cantarse, no, sino las pautas
Que en moldecillo azucarado y hueco
Encasacados dòmines dibujan:
Y gritan: «Al bribòn!» —cuando a las puertas
Del templo augusto un hombre libre asoma!—
Ven, mi caballo; con tu casco limpio
A yerba nueva y flor de llano oliente,
Cinchas estruja, lanza sobre un tronco
Seco y piadoso, donde el sol la avive,
Del repintado dòmine la chupa,
De hojas de antaño y de romanas rosas
Orlada, y deslucidas joyas griegas,—
Y al sol del alba en que la tierra rompe
Echa arrogante por el orbe nuevo.
POLLICE VERSO
(Memoria de presidio)
Sí! yo también, desnuda la cabeza
De tocado y cabellos, y al tobillo
Una cadena lurda, heme arrastrado
Entre un montòn de sierpes, que revueltas
Sobre sus vicios negros, parecían
Esos gusanos de pesado vientre
Y ojos viscosos, que en hedionda cuba
De pardo lodo lentos se revuelcan!
Y yo pasé, sereno entre los viles,
Cual si en mis manos, como en ruego juntas,
Las anchas alas púdicas abriese
Una paloma blanca. Y aún me aterro
De ver con el recuerdo lo que he visto
Una vez con mis ojos. Y espantado,
Pòngome en pie, cual a emprender la fuga!—
¡Recuerdos hay que queman la memoria!
¡Zarzal es la memoria: mas la mía
Es un cesto de llamas! A su lumbre
El porvenir de mi naciòn preveo:
Y lloro: Hay leyes en la mente, leyes
Cual las del río, el mar, la piedra, el astro,
Ásperas y fatales: ese almendro
Que con su rama oscura en flor sombrea
Mi alta ventana, viene de semilla
De almendro; y ese rico globo de oro
De dulce y perfumose jugo lleno
Que en blanca fuente una niñuela cara,
Flor del destierro, candida me brinda,
Naranja es, y vino de naranjo:—
Y el suelo triste en que se siembran lágrimas
Dará árbol de lágrimas. La culpa
Es madre del castigo.
No es la vida
Copa de mago que el capricho torna
En hiel para los míseros, y en férvido
Tokay para el feliz. La vida es grave,—
Porciòn del Universo, frase unida
A frase colosal, sierva ligada
A un carro de oro, que a los ojos mismos
De los que arrastra en rápida carrera
Ocúltase en el áureo polvo, —sierva
Con escondidas riendas ponderosas
A la incansable eternidad atada!
Circo la tierra es, como el Romano;
Y junto a cada cuna una invisible
Panoplia al hombre aguarda, donde lucen
Cual daga cruel que hiere al que la blande,
Los vicios, y cual límpidos escudos
Las virtudes: la vida es la ancha arena,
Y los hombres esclavos gladiadores,—
Mas el pueblo y el rey, callados miran
De grada excelsa, en la desierta sombra.
Pero miran! Y a aquel que en la contienda
Bajò el escudo, o lo dejò de lado,
O suplicò cobarde, o abriò el pecho
Laxo y servil a la enconosa daga
Del enemigo, las vestales rudas
Desde el sitial de la implacable piedra
Condenan a morir, pollice veno,
Y hasta el pomo ruin la daga hundida,
Al flojo gladiador clava en la arena.
¡Alza, oh pueblo, el escudo, porque es grave
Cosa esta vida, y cada acciòn es culpa
Que como aro servil se lleva luego
Cerrado al cuello, o premio generoso
Que del futuro mal pròvido libra!
¿Veis los esclavos? Como cuerpos muertos
Atados en racimo, a vuestra espalda
Irán vida tras vida, y con las frentes
Pálidas y angustiadas, la sombría
Carga en vano halaréis, hasta que el viento
De vuestra pena bárbara apiadado,
Los átomos postreros evapore!
¡Oh qué visiòn tremenda! ¡oh qué terrible
Procesiòn de culpables! Como en llano
Negro los miro, torvos, anhelosos,
Sin fruta el arbolar, secos los píos
Bejucos, por comarca funeraria
Donde ni el sol da luz, ni el árbol sombra!
Y bogan en silencio, como en magno
Océano sin agua, y a la frente
Llevan, cual yugo el buey, la cuerda uncida,
Y a la zaga, listado el cuerpo flaco
De hondos azotes, el montòn de siervos!
¿Veis las carrozas, las ropillas blancas
Risueñas y ligeras, el luciente
Corcel de crin trenzada y riendas ricas,
Y la albarda de plata suntuosa
Prendida, y el menudo zapatillo
Cárcel a un tiempo de los pies y el alma?
¡Pues ved que los extraños os desdeñan
Como a raza ruin, menguada y floja!
A MI ALMA
Llegada la hora del trabajo
¡Ea, jamelgo! De los montes de oro
Baja, y de andar en prados bien olientes
Y de aventar con los ligeros cascos
Mures y viboreznos, y al sol rubio
Mecer gentil las brilladoras crines!
¡Ea, jamelgo! Del camino oscuro
Que va do no se sabe, ésta es posada,
Y de pagar se tiene al hostelero!
Luego será la gorja, luego el llano,
Luego el prado oloroso, el alto monte:
Hoy, bájese el jamelgo, que le aguarda
Cabe el duro ronzal la gruesa albarda.
AL BUEN PEDRO
Dicen, buen Pedro, que de mí murmuras
Porque tras mis orejas el cabello
En crespas hondas su caudal levanta:
¡Diles, bribòn, que mientras tú en festines,
En rubios caldos y en fragantes pomas,
Entre mancebas del astuto Norte,
De tus esclavos el sudor sangriento
Torcido en oro bebes descuidado,—
Pensativo, febril, pálido, grave,
Mi pan rebano en solitaria mesa
Pidiendo ¡oh triste! al aire sordo modo
De libertar de su infortunio al siervo
Y de tu infamia a ti!—
Y en estos lances,
Suéleme, Pedro, en la apretada bolsa
Faltar la monedilla que reclama
Con sus húmedas manos el barbero.
HIERRO
Ganado tengo el pan: hágase el verso,—
Y en su comercio dulce se ejercite
La mano, que cual pròfugo perdido
Entre oscuras malezas, o quien lleva
A rastra enorme peso, andaba ha poco
Sumas hilando y revolviendo cifras.
Bardo ¿consejo quieres? pues descuelga
De la pálida espalda ensangrentada
El arpa dívea, acalla los sollozos
Que a tu garganta como mar en furia
Se agolparán, y en la madera rica
Taja plumillas de escritorio, y echa
Las cuerdas rotas al movible viento.
Oh, alma! oh alma buena! mal oficio
Tienes!: pòstrate, calla, cede, lame
Manos de potentado, ensalza, excusa
Defectos, teñios —que es mejor manera
De excusarlos, y mansa y temerosa
Vicios celebra, encumbra vanidades:
Verás entonces, alma, cuál se trueca
En plato de oro rico tu desnudo
Plato de pobre!
Pero guarda ¡oh alma!
Que usan los hombres hoy oro empañado!
Ni de eso cures, que fabrican de oro
Sus joyas el bribòn y el barbilindo:
Las armas no, —las armas son de hierro!
Mi mal es rudo: la ciudad lo encona:
Lo alivia el campo inmenso: ¡otro más vasto
Lo aliviará mejor! —Y las oscuras
Tardes me atraen, cual si mi patria fuera
La dilatada sombra. ¡Oh verso amigo:
Muero de soledad, de amor me muero!
No de vulgar amor: estos amores
Envenenan y ofuscan: no es hermosa
La fruta en la mujer, sino la estrella.
La tierra ha de ser luz, y todo vivo
Debe en torno de sí dar lumbre de astro.
¡Oh, estas damas de muestra! oh, estas copas
De carne! oh, estas siervas, ante el dueño
Que las enjoya o estremece echadas!
¡Te digo, oh verso, que los dientes duelen
De comer de esta carne!
Es de inefable
Amor del que yo muero, —del muy dulce
Menester de llevar, como se lleva
Un niño tierno en las cuidosas manos,
Cuanto de bello y triste ven mis ojos.
Del sueño, que las fuerzas no repara
Sino de los dichosos, y a los tristes
El duro humor y la fatiga aumenta,
Salto, al sol, como un ebrio. Con las manos
Mi frente oprimo, y de los turbios ojos
Brota raudal de lágrimas. ¡Y miro
El Sol tan bello, y mi desierta alcoba,
Y mi virtud inútil, y las fuerzas
Que cual tropel famélico de hirsutas
Fieras saltan de mí buscando empleo;—
Y el aire hueco palpo, y en el muro
Frío y desnudo el cuerpo vacilante
Apoyo, y en el cráneo estremecido
En agonía flota el pensamiento,
Cual leño de bajel despedazado
Que el mar en furia a playa ardiente arroja!
¡Sòlo las flores del paterno prado
Tienen olor! ¡Sòlo las seibas patrias
Del sol amparan! Como en vaga nube
Por suelo extraño se anda: las miradas
Injurias nos parecen, y el sol mismo,
Más que en grato calor, enciende en ira!
¡No de voces queridas puebla el eco
Los aires de otras tierras: y no vuelan
Del arbolar espeso entre las ramas
Los pálidos espíritus amados!
De carne viva y profanadas frutas
Viven los hombres, —¡ay! mas el proscripto
De sus entrañas propias se alimenta!
¡Tiranos: desterrad a los que alcanzan
El honor de vuestro odio: —ya son muertos!
Valiera más ¡oh bárbaros! que al punto
De arrebatarlos al hogar, hundiera
En lo más hondo de su pecho honrado
Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura!
Grato es morir: horrible, vivir muerto.
Mas no! mas no! La dicha es una prenda
De compasiòn de la fortuna al triste
Que no sabe domarla: a sus mejores
Hijos desgracias da Naturaleza:
Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!
N. York. 4 de agosto
CANTO DE OTOÑO
Bien: ya lo sé!:— la Muerte está sentada
A mis umbrales: cautelosa viene,
Porque sus llantos y su amor no apronten
En mi defensa, cuando lejos viven
Padres e hijo.— Al retornar ceñudo
De mi estéril labor, triste y oscura,
Con que a mi casa del invierno abrigo,—
De pie sobre las hojas amarillas,
En la mano fatal la flor del sueño,
La negra toca en alas rematada,
Ávido el rostro, —trémulo la miro
Cada tarde aguardándome a mi puerta.
En mi hijo pienso,— y de la dama oscura
Huyo sin fuerzas, devorado el pecho
De un frenético amor! Mujer más bella
No hay que la muerte!: por un beso suyo
Bosques espesos de laureles varios,
Y las adelfas del amor, y el gozo
De remembrarme mis niñeces diera!
...Pienso en aquel a quien mi amor culpable
Trajo a vivir,— y, sollozando, esquivo
De mi amada los brazos: —mas ya gozo
De la aurora perenne el bien seguro.
Oh, vida, adiòs!:— quien va a morir, va muerto.
Oh, duelos con la sombra: oh, pobladores
Ocultos del espacio: oh, formidables
Gigantes que a los vivos espantados
Mueven, dirigen, postran, precipitan!
Oh, cònclave de jueces, blandos sòlo,
A la virtud, que en nube tenebrosa,
En grueso manto de oro recogidos,
Y duros como peña, aguardan torvos
A que al volver de la batalla rindan
—Como el frutal sus frutos—
De sus obras de paz los hombres cuenta,
De sus divinas alas!... de los nuevos
Árboles que sembraron, de las tristes
Lágrimas que enjugaron, de las fosas
Que a los tigres y víboras abrieron,
Y de las fortalezas eminentes
Que al amor de los hombres levantaron!
¡Esta es la dama, el Rey, la patria, el premio
Apetecido, la arrogante mora
Que a su brusco señor cautiva espera
Llorando en la desierta barbacana!:
Este el santo Salem, éste el Sepulcro
De los hombres modernos: —no se vierta
Más sangre que la propia! No se bata
Sino al que odie al amor! Únjanse presto
Soldados del amor los hombres todos!:
La tierra entera marcha a la conquista
De este rey y señor, que guarda el cielo!
...Viles: El que es traidor a sus deberes,
Muere como un traidor, del golpe propio
De su arma ociosa el pecho atravesado!
Ved que no acaba el drama de la vida
En esta parte oscura! ved que luego
Tras la losa de mármol o la blanda
Cortina de humo y césped se reanuda
El drama portentoso! y ved, oh viles,
Que los buenos, los tristes, los burlados,
Serán en la otra parte burladores!
Otros de lirio y sangre se alimenten:
Yo no! yo no!: los lòbregos espacios
Rasgué desde mi infancia con los tristes
Penetradores ojos: el misterio
En una hora feliz de sueño acaso
De los jueces así, y amé la vida
Porque del doloroso mal me salva
De volverla a vivir. Alegremente
El peso eché del infortunio al hombro:
Porque el que en huelga y regocijo vive
Y huye el dolor, y esquiva las sabrosas
Penas de la virtud, —irá confuso
Del frío y torvo juez a la sentencia,
Cual soldado cobarde que en herrumbre
Dejò las nobles armas: y los jueces
No en su dosel le ampararán, no en brazos
Lo encumbrarán, mas lo echarán altivos
A odiar, a amar, y batallar de nuevo
En la fogosa sofocante arena!
Oh! qué mortal que se asomò a la vida
Vivir de nuevo quiere?...
Puede ansiosa
La Muerte, pues, de pie en las hojas secas,
Esperarme a mi umbral con cada turbia
Tarde de otoño, y silenciosa puede
Irme tejiendo con helados copos
Mi manto funeral.
No di al olvido
Las armas del amor: no de otra púrpura
Vestí que de mi sangre: abre los brazos,
Listo estoy, madre Muerte: al juez me lleva!
Hijo!... Qué imagen miro? qué llorosa
Visiòn rompe la sombra, y blandamente
Como con luz de estrella la ilumina?
Hijo!... qué me demandan tus abiertos
Brazos? a qué descubres tu afligido
Pecho? por qué me muestras tus desnudos
Pies, aún no heridos, y las blancas manos
Vuelves a mí, tristísimo gimiendo?...
Cesa! calla! reposa! vive!: el padre
No ha de morir hasta que a la ardua lucha
Rico de todas armas lance al hijo!—
Ven, oh mi hijuelo, y que tus alas blancas
De los abrazos de la muerte oscura
Y de su manto funeral me libren!
New York 1882
EL PADRE SUIZO
Littte Rock, Arkansas, Setiembre 1.—«El Miércoles
por la noche, cerca de París, condado de Logan, un suizo,
llamado Edward Schwerzmann, llevò a sus tres hijos,
de dieciocho meses el uno, y cuatro y cinco años los
otros, al borde de un pozo, y los echò en el pozo, y él se
echò tras ellos. Dicen que Schwerzmann obrò en un
momento de locura.—» Telegrama publicado en N. York.
Dicen que un suizo, de cabello rubio
Y ojos secos y còncavos, mirando
Con desolado amor a sus tres hijos,
Besò sus pies, sus manos, sus delgadas,
Secas, enfermas, amarillas manos:—
Y súbito, tremendo, cual airado
Tigre que al cazador sus hijos roba,
Dio con los tres, y con sí mismo luego,
En hondo pozo, —y los robò a la vida!
Dicen que el bosque iluminò radiante.
Una rojiza luz, y que a la boca
Del pozo oscuro, —sueltos los cabellos,
Cual corona de llamas que al monarca
Doloroso, al humano, sòlo al borde
Del antro funeral la sien desciñe,—
La mano ruda a un tronco seco asida,—
Contra el pecho huesoso, que sus uñas
Mismas sajaron, los hijuelos mudos
Por su brazo sujetos, como en noche
De tempestad la aves en su nido,—
El alma a Dios, los ojos a la selva,
Retaba el suizo al cielo, y en su torno
Pareciò que la tierra iluminaba
Luz de héroe, y que el reino de la sombra
La muerte de un gigante estremecía!
¡Padre sublime, espíritu supremo
Que por salvar los delicados hombros
De sus hijuelos, de la carga dura
De la vida sin fe, sin patria, torva
Vida sin fin seguro y cauce abierto,
Sobre sus hombros colosales puso
De su crimen feroz la carga horrenda!
Los árboles temblaban, y en su pecho
Huesoso, los seis ojos espantados
De los pálidos niños, seis estrellas
Para guiar al padre iluminadas,
Por el reino del crimen, parecían!
¡Ve, bravo! ve, gigante! ve, amoroso
Loco! y las venenosas zarzas pisa
Que roen como tòsigos las plantas
Del criminal, en el dominio lòbrego
Donde andan sin cesar los asesinos!
¡Ve! —que las seis estrellas luminosas
Te seguirán, y te guiarán, y ayuda
A tus hombros darán cuantos hubieran
Bebido el vino amargo de la vida!
BOSQUE DE ROSAS
Allí despacio te diré mis cuitas;
Allí en tu boca escribiré mis versos!—
Ven, que la soledad será tu escudo!
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos.
Sufrir ¡tú a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
Oh, la sangre del alma, tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
Un pilòn labremos, y en el pilòn
Cuantos engañen a mujer pongamos!
Esta es la lidia humana: la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
Pues los hombres soberbios ¿no son fieras?
Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta, y mi furor domado.—
Ven, a callar; a murmurar; al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre—
Y la virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, las que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
Del buen obrar ¡qué orgullo al pecho queda
Y còmo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! Pues hay tormento
Como aquél, sin amar, de hablar de amores!
Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
Ven, que la soledad será tu escudo!
FLORES DEL CIELO
Leí estos versos de Ronsard:
«Je vous envoie un bouquet que ma main
Vient de trier de ces fleurs épanouies»,
y escribí esto:
Flores? No quiero flores! Las del cielo
Quisiera yo segar!
Cruja, cual falda
De monte roto, esta cansada veste
Que me encinta y engrilla con sus miembros
Como con sierpes,— y en mi alma sacian
Su hambre, y asoman a la cueva lòbrega
Donde mora mi espíritu, su negra
Cabeza, y boca roja y sonriente!—
Caiga, como un encanto, este tejido
Enmarañado, de raíces! —Surjan
Donde mis brazos alas,— y parezca
Que, al ascender por la solemne atmòsfera,
De mis ojos, del mundo a que van llenos,
Ríos de luz sobre los hombres rueden!
Y huelguen por los húmedos jardines
Bardos tibios segando florecillas:—
Yo, pálido de amor, de pie en las sombras,
Envuelto en gigantesca vestidura
De lumbre astral, en mi jardín, el cielo,
Un ramo haré magnífico de estrellas:
¡No temblará de asir la luz mi mano!;
Y buscaré, donde las nubes duermen,
Amada, y en su seno la más viva
Le prenderé, y esparciré las otras
Por su áurea y vaporosa cabellera.
COPA CICLÓPEA
El sol alumbra: ya en los aires miro
La copa amarga: ya mis labios tiemblan,
—No de temor, que prostituye,— de ira!...
El Universo, en las mañanas alza
Medio dormido aún de un dulce sueño
En las manos la tierra perezosa,
Copa inmortal, donde
Hierven al sol las fuerzas de la vida!—
Al niño triscador, al venturoso
De alma tibia y mediocre, a la fragante
Mujer que con los ojos desmayados
Abrirse ve en el aire extrañas rosas,
Iris la tierra es, roto en colores,—
Raudal que juvenece, y rueda limpio
Por perfumado llano, y al retozo
Y al desmayo después plácido brinda!—
Y para mí, porque a los hombres amo
Y mi gusto y mi bien terco descuido,
La tierra melancòlica aparece
Sobre mi frente que la vida bate,
De lúgubre color inmenso yugo!
La frente encorvo, el cuello manso inclino,
Y, con los labios apretados, muero.
POMONA
Oh, ritmo de la carne, oh melodía,
Oh licor vigorante, oh filtro dulce
De la hechicera forma! —no hay milagro
En el cuento de Lázaro, si Cristo
Llevò a su tumba una mujer hermosa!
Qué soy— quién es, sino Memnòn en donde
Toda la luz del Universo canta,—
Y cauce humilde en que van revueltas,
Las eternas corrientes de la vida? —
Iba,— como arroyuelo que cansado
De regar plantas ásperas fenece,
Y, de amor por el Sol noble transido,
A su fuego con gozo se evapora:
Iba, —cual jarra que el licor ligero
Hinche, sacude, en el fermento rompe,
Y en silenciosos hilos abandona:
Iba,— cual gladiador que sin combate
Del incòlume escudo ampara el rostro
Y el cuerpo rinde en la ignorada arena
...Y súbito,— las fuerzas juveniles
De un nuevo mar, el pecho rebosante
Hinchen y embargan,— el cansado brío
Arde otra vez,— y puebla el aire sano
Música suave y blando olor de mieles!
Porque a mis ojos los fragantes brazos
En armònico gesto alzò Pomona.
MEDIA NOCHE
Oh, qué vergüenza!: —El sol ha iluminado
La tierra: el amplio mar en sus entrañas
Nuevas columnas a sus naves rojas
Ha levantado: el monte, granos nuevos
Juntò en el curso del solemne día
A sus jaspes y breñas: en el vientre
De las aves y bestias nuevos hijos
Vida, que es forma, cobran: en las ramas
Las frutas de los árboles maduran:—
Y yo, mozo de gleba, he puesto sòlo,
Mientras que el mundo gigantesco crece,
Mi jornal en las ollas de la casa!
Por Dios, que soy un vil!:— No en vano el sueño
A mis pálidos ojos es negado!
No en vano por las calles titubeo
Ebrio de un vino amargo, cual quien busca
Fosa ignorada donde hundirse, y nadie
Su crimen grande y su ignominia sepa!
No en vano el corazòn me tiembla ansioso
Como el pecho sin calma de un malvado!
El cielo, el cielo, con sus ojos de oro
Me mira, y ve mi cobardía, y lanza
Mi cuerpo fugitivo por la sombra
Como quien loco y desolado huye
De un vigilante que en sí mismo lleva!
La tierra es soledad! la luz se enfría!
Adonde iré que este volcan se apague?
Adonde iré que el vigilante duerma?
Oh, sed de amor! —oh, corazòn, prendado
De cuanto vivo el Universo habita;
Del gusanillo verde en que se trueca
La hoja del árbol: —del rizado jaspe
En que las ondas de la mar se cuajan:—
De los árboles presos, que a los ojos
Me sacan siempre lágrimas: —del lindo
Bribòn gentil que con los pies desnudos
En fango o nieve, diario o flor pregona.
Oh, corazòn, —que en el carnal vestido
No hierros de hacer oro, ni belfudos
Labios glotones y sensuosos mira,—
Sino corazas de batalla, y hornos
Donde la vida universal fermenta!—
Y yo, pobre de mí!, preso en mi jaula,
La gran batalla de los hombres miro!—
[1878]
HOMAGNO
Homagno sin ventura
La hirsuta y retostada cabellera
Con sus pálidas manos se mesaba.—
«Máscara soy, mentira soy, decía:
Estas carnes y formas, estas barbas
Y rostro, estas memorias de la bestia,
Que como silla a lomo de caballo
Sobre el alma oprimida echan y ajustan,—
Por el rayo de luz que el alma mía
En la sombra entrevé, —-no son Homagno!
Mis ojos sòlo, los mis caros ojos,
Que me revelan mi disfraz, son míos!:
Queman, me queman, nunca duermen, oran,
Y en mi rostro los siento y en el cielo,
Y le cuentan de mí, y a mí de él cuentan!
Por qué, por qué, para cargar en ellos
Un grano ruin de alpiste maltrojado
Tallò el Creador mis colosales hombros?
Ando, pregunto, ruinas y cimientos
Vuelco y sacudo, a delirantes sorbos
En la Creaciòn, la madre de mil pechos,
Las fuentes todas de la vida aspiro:
Muerdo, atormento, beso las callosas
Manos de piedra que golpeo:
Con demencia amorosa su invisible
Cabeza con las secas manos mías
Acaricio y destrenzo: por la tierra
Me tiendo compungido y los confusos
Pies, con mi llanto baño y con mis besos.
Y en medio de la noche, palpitante,
Con mis voraces ojos en el cráneo
Y en sus òrbitas anchas encendidos,
Trémulo, en mí plegado, hambriento espero,
Por si al pròximo sol respuestas vienen:—
Y a cada nueva luz— de igual enjuto
Modo, y ruin, la vida me aparece,
Como gota de leche que en cansado
Pezòn, al terco ordeño, titubea,—
Como carga de hormiga, —como taza
De agua añeja en la jaula de un jilguero.»—
De mordidas y rotas, ramos de uvas
Estrujadas y negras, las ardientes
Manos del triste Homagno parecían!
Y la tierra en silencio, y una hermosa
Voz de mi corazòn, me contestaron.
YUGO Y ESTRELLA
Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
—Flor de mi seno, Homagno generoso
De mí y de la Creaciòn suma y reflejo,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Éste, es un yugo: quien lo acepta, goza:
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los señores, duerme en paja
Caliente, y tiene rica y ancha avena.
Ésta, oh misterio que de mí naciste
Cual la lumbre naciò de la montaña,
Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz, se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey vuelve a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
Como que crea, crece!
Cuando al mundo
De su copa el licor vaciò ya el vivo:
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacò contento y grave
Su propio corazòn: cuando a los vientos
De Norte y Sur virtiò su voz sagrada,—
La estrella como un manto, en luz lo envuelve,
Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
Se oye que un paso más sube en la sombra!
—Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.
ISLA FAMOSA
Aquí estoy, solo estoy, despedazado.
Ruge el cielo: las nubes se aglomeran,
Y aprietan, y ennegrecen, y desgajan:
Los vapores del mar la roca ciñen:
Sacra angustia y horror mis ojos comen:
A qué, Naturaleza embravecida,
A qué la esteril soledad en torno
De quien de ansia de amor rebosa y muere?
Dònde, Cristo sin cruz, los ojos pones?
Dònde, oh sombra enemiga, dònde el ara
Digna por fin de recibir mi frente?
En pro de quién derramaré mi vida?
—Rasgòse el velo: por un tajo ameno
De claro azul, como en sus lienzos abre
Entre mazos de sombra Díaz famoso,
El hombre triste de la roca mira
En lindo campo tropical, galanes
Blancos, y Venus negras, de unas flores
Fétidas y fangosas coronados:
Danzando van: a cada giro nuevo
Bajo los muelles pies la tierra cede!
Y cuando en ancho beso los gastados
Labios sin lustre ya, trémulos juntan,
Sáltanle de los labios agoreras
Aves tintas en hiel, aves de muerte.
SED DE BELLEZA
Solo, estoy solo: viene el verso amigo,
Como el esposo diligente acude
De la erizada tòrtola al reclamo.
Cual de los altos montes en deshielo
Por breñas y por valles en copiosos
Hilos las nieves desatadas bajan—
Así por mis entrañas oprimidas
Un balsámico amor y una avaricia
Celeste de hermosura se derraman.
Tal desde el vasto azul, sobre la tierra,
Cual si de alma de virgen la sombría
Humanidad sangrienta perfumasen,
Su luz benigna las estrellas vierten
Esposas del silencio! —y de las flores
Tal el aroma vago se levanta.
Dadme lo sumo y lo perfecto: dadme
Un dibujo de Angelo: una espada
Con puño de Cellini, más hermosa
Que las techumbres de marfil calado
Que se place en labrar Naturaleza.
El cráneo augusto dadme donde ardieron
El universo Hamlet y la furia
Tempestuosa del moro: —la manceba
India que a orillas del ameno río
Que del viejo Chichén los muros baña
A la sombra de un plátano pomposo
Y sus propios cabellos, el esbelto
Cuerpo bruñido y nítido enjugaba.
Dadme mi cielo azul... dadme la pura
Alma de mármol que al soberbio Louvre
Dio, cual su espuma y flor, Milo famosa.
¡OH, MARGARITA!
Una cita a la sombra de tu oscuro
Portal donde el friecillo nos convida
A apretarnos los dos, de tan estrecho
Modo, que un solo cuerpo los dos sean:
Deja que el aire zumbador resbale,
Cargado de salud, como travieso
Mozo que las corteja, entre las hojas,
Y en el pino
Rumor y majestad mi verso aprenda.
Sòlo la noche del amor es digna.
La oscuridad, la soledad convienen.
Ya no se puede amar, ¡oh Margarita!
ÁGUILA BLANCA
De pie, cada mañana,
Junto a mi áspero lecho está el verdugo.—
Brilla el sol, nace el mundo, el aire ahuyenta
Del cráneo la malicia,—
Y mi águila infeliz, mi águila blanca
Que cada noche en mi alma se renueva,
Al alba universal las alas tiende
Y camino del sol emprende el vuelo.
Y silencioso el bárbaro verdugo
De un nuevo golpe de puñal le quiebra
El fuerte corazòn cada mañana.
Y en vez del claro vuelo al sol altivo
Por entre pies, ensangrentada, rota,
De un grano en busca el águila rastrea.
Oh noche, sol del triste, amable seno
Donde su fuerza el corazòn revive,
Perdura, apaga el sol, toma la forma
De mujer, libre y pura, a que yo pueda
Ungir tus pies, y con mis besos locos
Ceñir tu frente y calentar tus manos.
Líbrame, eterna noche, del verdugo,
O dale, a que me dé, con la primera
Alba, una limpia y redentora espada.
Que con qué la has de hacer? Con luz de estrellas!
AMOR DE CIUDAD GRANDE
De gorja son y rapidez los tiempos:
Corre cual luz la voz; en alta aguja
Cual nave despeñada en sirte horrenda
Húndese el rayo, y en ligera barca
El hombre, como alado, el aire hiende.
¡Así el amor, sin pompa ni misterio
Muere, apenas nacido, de saciado!
Jaula es la villa de palomas muertas
Y ávidos cazadores! Si los pechos
Se rompen de los hombres, y las carnes
Rotas por tierra ruedan, no han de verse
Dentro más que frutillas estrujadas!
Se ama de pie, en las calles, entre el polvo
De los salones y las plazas: muere
La flor el día en que nace. Aquella virgen
Trémula que antes a la muerte daba
La mano pura que a ignorado mozo;
El goce de temer; aquel salirse
Del pecho el corazòn; el inefable
Placer de merecer; el grato susto
De caminar de prisa en derechura
Del hogar de la amada, y a sus puertas
Como un niño feliz romper en llanto;—
Y aquel mirar, dé nuestro amor al fuego,
Irse tiñendo de color las rosas,—
¡Ea, que son patrañas! Pues ¿quién tiene
Tiempo de ser hidalgo? Bien que sienta
Cual áureo vaso o lienzo suntuoso
Dama gentil en casa de magnate!
O si se tiene sed, se alarga el brazo
Y a la copa que pasa, se la apura!
Luego, la copa turbia al polvo rueda,
Y el hábil catador,— manchado el pecho
De una sangre invisible,— sigue alegré
Coronado de mirtos, su camino!
No son los cuerpos ya sino desechos,
Y fosas y jirones! Y las almas
No son como en el árbol fruta rica
En cuya blanda piel la almíbar dulce
En su sazòn de madurez rebosa,—
Sino fruta de plaza que a brutales
Golpes el rudo labrador madura!
¡La edad es esta de los labios secos!
De las noches sin sueño! De la vida
Estrujada en agraz! ¿Qué es lo que falta
Que la ventura falta? Como liebre
Azorada, el espíritu se esconde,
Trémula huyendo al cazador que ríe,
Cual en soto selvoso, en nuestro pecho;
Y el Deseo, de brazo de la Fiebre,
Cual rico cazador recorre el soto.
¡Me espanta la ciudad! Toda está llena
De copas por vaciar, o huecas copas!
¡Tengo miedo ¡ay de mí! de que este vino
Tòsigo sea, y en mis venas luego
Cual duende vengador los dientes clave!
Tengo sed, —mas de un vino que en la tierra
No se sabe beber! ¡No he padecido
Bastante aún, para romper el muro
Que me aparta ¡oh dolor! de mi viñedo!
Tomad vosotros, catadores ruines
De vinillos humanos, esos vasos
Donde el jugo de lirio a grandes sorbos
Sin compasiòn y sin temor se bebe!
Tomad! Yo soy honrado, y tengo miedo!
New York Abril. 18 82.
HE VIVIDO: ME HE MUERTO...
He vivido: me he muerto: y en mi andante
Fosa sigo viviendo: una armadura
Del hierro montaraz del siglo octavo,
Menos, sí, menos que mi rostro pesa.
Al cráneo inquieto lo mantengo fijo
Porque al rodar por tierra el mar de llanto
[............................], no asombre.
Quejarme, no me quejo: que es de lacayos
Quejarse, y de mujeres,
Y de aprendices de la trova, manos
Nuevas en liras viejas: —Pero vivo
Cual si mi ser entero en un agudo
Desgarrador sollozo se exhalara.—
De tierra, a cada sol mis restos propios
Recojo, en junto los apilo, a rastras
A la implacable luz y a los voraces
Hombres cual si viviesen los paseo:
Mas si frente a la luz me fuese dado
Como en la sombra donde duermo, al polvo
Mis disfraces echar, viérase súbito
Un cuerpo sin calor venir a tierra
Tal como un monte muerto que en sus propias
Inanimadas faldas se derrumba.
He vivido: al deber juré mis armas
Y ni una vez el sol doblò las cuestas
Sin que mi lidia y mi victoria viere:—
Ni hablar, ni ver, ni pensar yo quisiera!
Cruzados ambos brazos, como en nube
Parda, en mortal sosiego me hundiría.
De noche, cuando al sueño a sus soldados
En el negro cuartel llama la vida,
La espalda vuelvo a cuanto vive: al muro
La frente doy, y como jugo y copia
De mis batallas en la tierra miro—
La rubia cabellera de una niña
Y la cabeza blanca de un anciano!
ESTROFA NUEVA
Cuando, oh Poesía,
Cuando en tu seno reposar me es dado!—
Ancha es y hermosa y fúlgida la vida:
Que éste o aquél o yo vivamos tristes,
Culpa de éste o aquél será, o mi culpa!
Nace el corcel, del ala más lejano
Que el hombre, en quien el ala encumbradora
Ya en los ingentes brazos se diseña:
Sin más brida el corcel nace que el viento
Espoleador y flameador,— al hombre
La vida echa sus riendas en la cuna!
Si las tuerce o revuelve, y si tropieza
Y da en atolladero, a sí se culpe
Y del incendio o del zarzal redima
La destrozada brida: sin que al noble
Sol y [.................] vida desafíe.
De nuestro bien o mal autores somos,
Y cada cual autor de sí: la queja
A la torpeza y la deshonra añade
De nuestro error: cantemos, sí, cantemos
Aunque las hidras nuestro pecho roan
El Universo colosal y hermoso!
Un obrero tiznado, una enfermiza
Mujer, de faz enjuta y dedos gruesos:
Otra que al dar al sol los entumidos
Miembros en el taller, como una egipcia
Voluptuosa y feliz, la saya burda
Con las manos recoge, y canta, y danza:
Un niño que, sin miedo a la ventisca,
Como el soldado con el arma al hombro,
Va con sus libros a la escuela: el denso
Rebaño de hombres que en silencio triste
Sale a la aurora y con la noche vuelve
Del pan del día en la difícil busca,—
Cual la luz a Memnòn, mueven mi lira.
Los niños, versos vivos, los heroicos
Y pálidos ancianos, los oscuros
Hornos donde en bridòn o tritòn truecan
Los hombres victoriosos las montañas
Astiánax son y Andròmaca mejores,
Mejores, si, que los del viejo Homero.
Naturaleza siempre viva: el mundo
De minotauro yendo a mariposa
Que de rondar el sol enferma y muere:
Dejad, por Dios, que la mujer cansada
De amar, con leche y menjurjes
Su piel rugosa y su verdad restaure,
Repíntense las viejas: la doncella
Con rosas naturales se corone:—
La sed de luz, que como el mar salado
La de los labios, con el agua amarga
De la vida se irrita: la columna
Compacta de asaltantes, que sin miedo,
Al Dios de ayer en los desnudos hombros
La mano libre y desferrada ponen,—
Y los ligeros pies en el vacío,—
Poesía son, y estrofa alada, y grito
Que ni en tercetos ni en octava estrecha
Ni en remilgados serventesios caben:
Vaciad un monte,— en tajo de Sol vivo
Tallad un plectro: o de la mar brillante
El seno rojo y nacarado, el molde
De la triunfante estrofa nueva sea!
Como nobles de Nápoles, fantasmas
Sin carne ya y sin sangre, que en palacios
Muertos y oscuros con añejas chupas
De comido blasòn, a paso sordo
Andan, y al mundo que camina enseñan
Como un grito sin voz la seca encía,
Así, sobre los árboles cansados,
Y los ciriales rotos, y los huecos
De oxidadas diademas, duendecillos
Con chupa vieja y metro viejo asoman!
No en tronco seco y muerto hacen sus nidos,
Alegres recaderos de mañana,
Las lindas aves, cuerdas y gentiles:
Ramaje quieren suelto y denso, y tronco
Alto y robusto, en fibra rico y savia.
Mas con el sol se alza el deber: se pone
Mucho después que el sol: de la hornería
Y su batalla y su fragor cansada
La mente plena en el rendido cuerpo,
Atormentada duerme, —como el verso
Vivo en los aires, por la lira rota
Sin dar sonidos desolado pasa!
Perdona, pues, oh estrofa nueva, el tosco
Alarde de mi amor. Cuando, oh Poesía,
Cuando en tu seno reposar me es dado.
MUJERES
1
Ésta, es rubia: ésa, oscura: aquélla, extraña
Mujer de ojos de mar y cejas negras:
Y una cual palma egipcia alta y solemne
Y otra como un canario gorjeadora.
Pasan, y muerden: los cabellos luengos
Echan, como una red: como un juguete
La lánguida beldad ponen al labio
Casto y febril del amador que a un templo
Con menos devociòn que al cuerpo llega
De la mujer amada: ella, sin velos.
Yace, y a su merced; —él, casto y mudo
En la inflamada sombra alza dichoso
Como un manto imperial de luz de aurora.
Cual un pájaro loco en tanto ausente
En frágil rama y en menudas flores
De la mujer el alma travesea:
Noble furor enciende al sacerdote
Y a la insensata, contra el ara augusta
Como una copa de cristal rompiera:—
Pájaros, sòlo pájaros: el alma
Su ardiente amor reserve al universo.
2
Vino hirviente es amor: del vaso afuera,
Echa, brillando al Sol, la alegre espuma:
Y en sus claras burbujas, desmayados
Cuerpos, rizosos niños, cenadores
Fragantes y amistosas alamedas
Y juguetones ciervos se retratan:
De joyas, de esmeraldas, de rubíes,
De ònices y turquesas y del duro
Diamante al fuego eterno derretidos,
Se hace el vino satánico: Mañana
El vaso sin ventura que lo tuvo
Cual comido de hienas, y espantosa
Lava mordente se verá quemado.
3
Bien duerma, bien despierte, bien recline—
Aunque no lo reclino— bien de hinojos,
Ante un niño que llega el cuerpo doble
Que no se dobla a viles y a tiranos,
Siento que siempre estoy en pie: —si suelo
Cual del niño en los rizos suele el aire
Benigno, en los piadosos labios tristes
Dejar que vuele una sonrisa, —es fijo
Así, sépalo el mozo, así sonríen
Cuantos nobles y crédulos buscaron
El sol eterno en la belleza humana.
Sòlo hay un vaso que la sed apague
De hermosura y amor: Naturaleza
Abrazos deleitosos, híbleos besos
A sus amantes pròdiga regala.
4
Para que el hombre los tallara puso
El monte y el volcán Naturaleza,—
El mar, para que el hombre ver pudiese
Que era menor que su cerebro,— en horno
Igual, sol, aire y hombres elabora.
Porque los dome, el pecho al hombre inunda
Con pardos brutos y con torvas fieras.
¡Y el hombre, no alza el monte: no en el libre
Aire, ni en sol magnífico se trueca:
Y en sus manos sin honra, a las sensuales
Bestias del pecho el corazòn ofrece:
A los pies de la esclava vencedora:
El hombre yace, deshonrado, muerto.
ASTRO PURO
De un muerto, que al calor de un astro puro,
De paso por la tierra, como un manto
De oro sintiò sobre sus huesos tibios
El polvo de la tumba, al sol radiante
Resucitò gozoso, viviò un día,
Y se volviò a morir,— son estos versos:
Alma piadosa que a mi tumba llamas
Y cual la blanca luz de astros de Enero,
Por el palacio de mi pecho en ruinas
Entras, e irradias, y los restos fríos
De los que en él voraces habitaron
Truecas, oh maga! en candidas palomas:—
Espíritu, pureza, luz, ternura,
Aves sin pies que el ruido humano espanta,
Señora de la negra cabellera,
El verso muerto a tu presencia surge
Como a las dulces horas el rocío
En el oscuro mar el sol dorado
Y álzase por el aire, cuanto existe
Cual su manto en el vuelo recogiendo,
Y a ti llega, y se postra, y por la tierra
En colosales pliegues [...........]
Con majestad de púrpura romana.
Besé tus pies,— te vi pasar: Señora,
Perfume y luz tiene por fin la tierra!
El verso aquel que a dentelladas duras
La vida diaria y ruin me remordía
Y en ásperos retazos, de mis secos
Y codiciosos labios se exhalaba,
Ora triunfante y melodioso bulle,
Y como ola de mar al sol sereno
Bajo el espacio azul rueda en espuma:
Oh mago, oh mago amor!
Ya compañía
Tengo para afrontar la vida eterna:
Para la hora de la luz, la hora
De reposo y de flor, ya tengo cita.
Esto diciendo, los abiertos brazos
Tendiò el cantor, como a abrazar. El vivo
Amor que su viril estrofa mueve
Sòlo durò lo que la estrofa dura:
Alma infeliz el alma ardiente, aquélla
En que el ascua más leve alza un incendio
[...........""..........] y el sueño
Que vio esplender, y quiso asir, hundiòse
Como un águila muerta: el ígneo, el [...]
Callò, brillò, volviò solo a su tumba.
HOMAGNO AUDAZ
Homagno audaz, de tanto haber vivido
Con el alma, que quema, se moría.—
Por las còncavas sienes las canosas
Lasas guedejas le colgaban: hinca
Las silenciosas manos en los secos.
Muslos: los labios, como ofensa augusta
Al negro pueblo universal, horrible
Pueblo infeliz y hediondo de los Midas,
Junta como quien niega: y en los claros
Ojos de ansia y amor, que la vislumbre
De la muerte feliz, arroba, brilla
Como en selva nocturna hoguera blanca
La mirada caudal de un Dios que muere
Remordido de hormigas:
Suplicante
A sus llagados pies Jòveno hermoso
Tiéndese y llora; y en los negros ojos
Desolaciòn patética le brilla:
No, no Homagno, ¡negras ropas visten
Las mujeres de estos tiempos! —en que—
Como hojas verdes en invierno, lucen:
Oh las mujeres, oh las necias, trajes
De rosas sin olor: —jubòn rosado,
Con trajes anchos de perlada seda:—
En los [...............] el galano
Talle le ciñen: —oh dime, dime Homagno,
De este palacio de que sales; dime
Qué secreto conjuro la uva rompe
De las sabrosas mieles: di qué llave
Abre las puertas del placer profundo
Que fortalece y embalsama: dilo,
Oh noble Homagno, a Jòveno extranjero:—
La sublime piedad abriò los labios
Del moribundo noble musitando:
La llave quieres, Jòveno, del mundo?
La llave de la fuerza, la del goce
Sereno y penetrante, la del hondo
Valor que a mundos y a villas,
Cual gigante amazona desafía;
La del escudo impenetrable, escudo
Contra la tentadora humana Infamia!
Yo ni de dioses ni de filtro tengo
Fuerzas maravillosas: he vivido,
Y la divinidad está en la vida!:
¡Mira si no la frente de los viejos!
Estréchame la mano: no, no esperes
A que yo te la tienda: ¡yo sabia
Antes tenderla, de mi hermoso modo
Que envolvía en sombra de amor el Universo!
Hoy, ya no puedo alzarla de la piedra
Donde me asiento: aunque el corazòn
Plumas nuevas se viste y tiende el ala:
¡No acaba el alma humana en este mundo!
Ya, cual bucles de piedra, en mi mondado
Cráneo cuelgan mis últimos cabellos;
Pero debajo no! debajo vibra
Todo el fuego magnífico y sonoro
Que mantiene la tierra!
Ven y toma
Esta mano que ha visto mucha pena!
Dicen que así verás lo que yo he visto.
¡Aprieta bien, aprieta bien mi mano!
Es bueno ir de la mano de los jòvenes!:
¡Así, de sombra a luz, crece la vida!
¡Déjame divagar: la mente vaga
Como las nubes, madres de la tierra!
Mozo, ven, pues: ase mi mano y mira:
Aquí están, a tus ojos, en hilera,
Frías y dormidas como estatuas, todas
Las que de amor el pecho te han movido:
¡Las llaves falsas, Jòveno, del cielo!
Una no más sencillamente lo abre
Como nuestro dominio: pero nota
Còmo estas barbas a la tierra llegan
Blancas y ensangrentadas, y aún no topo
Con la que me pudiera abrir el cielo.
En cambio, mira a mi redor: la tierra
Está amasada con las llaves rotas
Con que he probado a abrirlo: —y que éste es todo
El mundo dicen los bellacos luego!
¡Viene después un cierto olor de rosa,
Un trono en una nube, un vuelo vago,
Y un aire y una sangre hecha de besos!
¡Pompa de claridad la muerte miro!:
¡Palpa cuál, de pensarla, están calientes,
Finos, como si fuesen a una boda,
Ágiles como alas, y sedosos,
Como la mocedad después del baño,
Estos bucles de piedra! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
Ahí están todas
las mujeres que amaste; llaves falsas
Con que en vano echa el hombre a abrir el cielo.
Por la magia sutil de mi experiencia
Las miro como son: cáscaras todas,
Esta de nácar, cual la Aurora brinda,
Humo como la Aurora; ésta de bronce;
Marfil ésta; ésa ébano; y aquella
De esos diestros barrillos italianos
De diversos colores... ¡cuenta! Es fijo...
¿Cuántos años cumpliste? Treinta? Es fijo
Que has amado, y es poco, a más de ciento:
¡Se hacen muy fácilmente, y duran poco,
Las estatuas de cieno! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
A ver qué tienen
Las cáscaras por dentro! ¡Abajo, abajo
Esa hermosa de nácar! ¡qué riqueza
Viene al suelo de espalda y hombros finos!
¡Parece una onda de òpalo cuajada!
¡Sube un aroma que perfuma el viento,—
Que me enciende la carne, que me anubla
El juicio, a tanta costa trabajado!:
Pero vuélvela a diestra y a siniestra,
A la luna y el sol: no hay nada adentro!
Y en la de bronce ¿qué hallas? ¡con que modo
Loco y ardiente buscas!: aún humea
Esa de bronce en restos: ¿qué has hallado
Que con espanto tal la echas en tierra?:
¡Ah, lo que corre el duende negro: un cerdo!
Y ésa? ¡una uña! Y ¿ésa? ¡ay! una piedra
Más dura que mis bucles: la más terrible
Es esa de la piedra! Y ¿esta moza
Toda de colorines? saca! saca!
¡Esta por corazòn tiene un vasillo
Hueco, forrado en láminas de modas!
Esa? nada! Esa? nada! Esa? Una doble
Dentadura, y manchado cada diente
De una sangre distinta: ¡mata, mata!
¡Mata con el talòn a esa culebra!
Y ésa? Una hamaca! Y ¿ésa, pues, la última,
La postrer de las cien, qué le has hallado
Que le besas los pies, que la rehaces
De prisa con tus manos, que la cubres
Con sus mismos cabellos, que la amparas
Con tu cuerpo, que te echas de rodillas?
¿Qué tienes? ¿qué levantas en las manos
Lentamente como una ofrenda al cielo?
¿Entrañas de mujer? No en vano el cielo
Con una luz tan suave se ilumina,
¡Eso es arpa: eso es sol: [.........]!
¿De cien mujeres, una con entrañas?
¡Abrázala! arrebátala! con ella
Vive, que serás rey, doquier que vivas:
Cruza los bosques, que los lobos mismos
Su presa te darán, y acatamiento:
Cruza los mares, y las olas lomo
Blando te prestarán; los hombres cruza
Que no te morderán, aunque te juro
Que lo que ven lo muerden, y si es bello
Lo muerden más; y dondequier que muerden
Lo despedazan todo y envenenan.
Ya no eres hombre, Jòveno, si hallaste
Una mujer amante! o no:— ya lo eres!
CRIN HIRSUTA
Que como crin hirsuta de espantado
Caballo que en los troncos secos mira
Garras y dientes de tremendo lobo,
Mi destrozado verso se levanta...?
Sí,: pero se levanta! —a la manera
Como cuando el puñal se hunde en el cuello
De la res, sube al cielo hilo de sangre:—
Sòlo el amor engendra melodías.
A LOS ESPACIOS
A los espacios entregarme quiero
Donde se vive en paz, y con un manto
De luz, en gozo embriagador henchido,
Sobre las nubes blancas se pasea,—
Y donde Dante y las estrellas viven.
Yo sé, yo sé, porque lo tengo visto
En ciertas horas puras, còmo rompe
Su cáliz una flor,— y no es diverso
Del modo, no, con que lo quiebra el alma,
Escuchad, y os diré: —viene de pronto
Como una aurora inesperada, y como
A la primera luz de primavera
De flor se cubren las amables lilas...
Triste de mí: contároslo quería
Y en espera del verso, las grandiosas
Imágenes en fila ante mis ojos
Como águilas alegres vi sentadas.
Pero las voces de los hombres echan
De junto a mí las nobles aves de oro:
Ya se van, ya se van: ved còmo rueda
La sangre de mi herida.
Si me pedís un símbolo del mundo
En estos tiempos, vedlo: un ala rota.
Se labra mucho el oro, el alma apenas!—
Ved còmo sufro: vive el alma mía
Cual cierva en una cueva acorralada:—
Oh, no está bien:
me vengaré, llorando!
PÓRTICO
Frente a casas ruines, en los mismos
Sacros lugares donde Franklin bueno
Citò al rayo y lo atò,— por entre truncos
Muros, cerros de piedras, boqueantes
Fosos, y los cimientos asomados
Como dientes que nacen a una encía
Un pòrtico gigante se elevaba.
Rondaba cerca de él la muchedumbre
[............] que siempre en torno
De las fábricas nuevas se congrega:
Cuál, que ésta es siempre distinciòn de necios,
Absorto ante el tamaño: piedra el otro
Que no penetra el sol, y cuál en ira,
De que fuera mayor que su estatura.
Entre el tosco andamiaje, y las nacientes
Paredes, el pòrtico [.......]
En un cráneo sin tope parecía
Un labio enorme, lívido e hinchado.
Ruedas y hombres el aire sometieron:
Trepaban en la sombra: más arriba
Fueron que las iglesias: de las nubes
La fábrica magnífica colgaron:
Y en medio entonces de los altos muros
Se vio el pòrtico en toda su hermosura.
MANTILLA ANDALUZA
Por qué no acaba todo, ora que puedes
Amortajar mi cuerpo venturoso
Con tu mantilla, pálida andaluza!—
No me avergüenzo, no, de que me encuentren
Clavado el corazòn con tu peineta!
Te vas! Como invisible escolta, surgen
Sobre sus tallos frescos, a seguirte
Mis jardines sin mancha y mis claveles:
Te vas! Todos se van! y tú me miras,
Oh perla pura en flor, como quien echa
En honda copa joya resonante,—
Y a tus manos tendidas me abalanzo
Como a un cesto de frutas un sediento.
De la tierra mi espíritu levantas
Como el ave amorosa a su polluelo.
POETA
Como nacen las palmas en la arena,
Y la rosa en la orilla al mar salobre,
Así de mi dolor mis versos surgen
Convulsos, encendidos, perfumados.
Tal en los mares sobre el agua verde,
La vela hendida, el mástil trunco, abierto
A las ávidas olas el costado
Después de la batalla fragorosa
Con los vientos, el buque sigue andando.
Horror, horror! En tierra y mar no había
Más que crujidos, furia, niebla y lágrimas!
Los montes, desgajados, sobre el llano
Rodaban: las llanuras, mares turbios
En desbordados ríos convertidas,
Vaciaban en los mares; un gran pueblo
Del mar cabido hubiera en cada arruga:
Estaban en el cielo las estrellas
Apagadas: los vientos en jirones
Revueltos en la sombra, huían, se abrían
Al chocar entre sí, y se despeñaban:
En los montes del aire resonaban
Rodando con estrépito: en las nubes
Los astros locos se arrojaban llamas!
Riò luego el sol: en tierra y mar lucia
Una tranquila claridad de boda:
Fecunda y purifica la tormenta!
Del aire azul colgaban ya, prendidos
Cual gigantescos tules, los rasgados
Mantos de los crespudos vientos, rotos
En el fragor sublime. Siempre quedan
Por un buen tiempo luego de la cura
Los bordes de la herida, sonrosados!
Y el barco, como un niño, con las olas,
Jugaba, se mecía, traveseaba.
ODIO EL MAR
Odio el mar, sòlo hermoso cuando gime
Del barco domador bajo la hendente
Quilla, y como fantástico demonio,
De un manto negro colosal tapado,
Encòrvase a los vientos de la noche
Ante el sublime vencedor que pasa:—
Y a la luz de los astros, encerrada
En globos de cristales, sobre el puente
Vuelve un hombre impasible la hoja a un libro.
Odio el mar: vasto y llano, igual y frío
No cual la selva hojosa echa sus ramas
Como sus brazos, a apretar al triste
Que herido viene de los hombres duros
Y del bien de la vida desconfía,
No cual honrado luchador, en suelo
Firme y seguro pecho, al hombre aguarda
Sino en traidora arena y movediza,
Cual serpiente letal.— También los mares,
El sol también, también Naturaleza
Para mover el hombre a las virtudes,
Franca ha de ser, y ha de vivir honrada.
Sin palmeras, sin flores, me parece
Siempre una tenebrosa alma desierta.
Que yo voy muerto, es claro: a nadie importa
Y ni siquiera a mí: pero por bella
Ígnea, varia, inmortal amo la vida.
Lo que me duele no es vivir: me duele
Vivir sin hacer bien. Mis penas amo,
Mis penas, mis escudos de nobleza.
No a la pròvida vida haré culpable
De mi propio infortunio, ni el ajeno
Goce envenenaré con mis dolores.
Buena es la tierra, la existencia es santa.
Y en el mismo dolor, razones nuevas
Se hallan para vivir, y goce sumo,
Claro como una aurora y penetrante.
Mueran de un tiempo y de una vez los necios
Que porque el llanto de sus ojos surge
Lo imaginan más grande y más hermoso
Que el cielo azul y los repletos mares!—
Odio el mar, muerto enorme, triste muerto
De torpes y glotonas criaturas
Odiosas habitado: se parecen
A los ojos del pez que de harto expira
Los del gañán de amor que en brazos tiembla
De la horrible mujer libidinosa:—
Vilo, y lo dije: —algunos son cobardes,
Y lo que ven y lo que sienten callan:
Yo no: si hallo un infame al paso mío,
Dígole en lengua clara: ahí va un infame,
Y no, como hace el mar, escondo el pecho.
Ni mi sagrado verso nimio guardo
Para tejer rosarios a las damas
Y máscaras de honor a los ladrones:
Odio el mar, que sin còlera soporta
Sobre su lomo complaciente, el buque
Que entre música y flor trae a un tirano.
NOCHE DE MAYO
Con un astro la tierra se ilumina:
Con el perfume de una flor se llenan
Los ámbitos inmensos: como vaga,
Misteriosa envoltura, una luz tenue
Naturaleza encubre, —y una imagen
Misma, del linde en que se acaba, brota
Entre el humano batallar. Silencio!
En el color, oscuridad! Enciende
El sol al pueblo bullicioso, y brilla
La blanca luz de luna! —En los ojos
La imagen va, —porque si fuera buscan
Del vaso herido la admirable esencia,
En haz de aromas a los ojos surge:—
Y si al peso del párpado obedecen,
Como flor que al plegar las alas plega
Consigo su perfume, en el solemne
Templo interior como lamento triste
La pálida figura se levanta!
Divino oficio!: el Universo entero,
Su forma sin perder, cobra la forma
De la mujer amada, y el esposo
Ausente, el cielo pòstumo adivina
Por el casto dolor purificado.
BANQUETE DE TIRANOS
Hay una raza vil de hombres tenaces
De sí propio inflados, y hechos todos,
Todos, del pelo al pie, de garra y diente:
Y hay otros, como flor, que al viento exhalan
En el amor del hombre su perfume.
Como en el bosque hay tòrtolas y fieras
Y plantas insectívoras y pura
Sensitiva y clavel en los jardines.
De alma de hombres los unos se alimentan:
Los otros su alma dan a que se nutran
Y perfumen su diente los glotones,
Tal como el hierro frío en las entrañas
De la virgen que mata se calienta.
A un banquete se sientan los tiranos
Donde se sirven hombres; y esos viles
Que a los tiranos aman, diligentes
Cerebro y corazòn de hombres devoran:
Pero cuando la mano ensangrentada
Hunden en el manjar, del mártir muerto
Surge una luz que les aterra, flores
Grandes como una cruz súbito surgen
Y huyen, rojo el hocico, y pavoridos
A sus negras entrañas los tiranos.
Los que se aman a sí: los que la augusta
Razòn a su avaricia y gula ponen:
Los que no ostentan en la frente honrada
Ese cinto de luz que el yugo funde
Como el inmenso sol en ascuas quiebra
Los astros que a su seno se abalanzan:
Los que no llevan del decoro humano
Ornado el sano pecho: los menores
Y segundones de la vida, sòlo
A su goce ruin y medro atentos
Y no al concierto universal.
Danzas, comidas, músicas, harenes,
Jamás la aprobaciòn de un hombre honrado.
Y si acaso sin sangre hacerse puede
Hágase... clávalos, clávalos
En el horcòn más alto del camino
Por la mitad de la villana frente,
A la grandiosa humanidad traidores.
Como implacable obrero
Que un féretro de bronce clavetea,
Los que contigo
Se parten la naciòn a dentelladas.
COPA CON ALAS
Una copa con alas: quién la ha visto
Antes que yo? Yo ayer la vi! Subía
Con lenta majestad, como quien vierte
Óleo sagrado: y a sus dulces bordes
Mis regalados labios apretaba:—
Ni una gota siquiera, ni una gota
Del bálsamo perdí que hubo en tu beso!
Tu cabeza de negra cabellera
—Te acuerdas?— con mi mano requería,
Porque de mi tus labios generosos
No se apartaran.—Blanda como el beso
Que a ti me transfundía, era la suave
Atmòsfera en redor; la vida entera
Sentí que a mí abranzándote, abrazaba!
Perdí el mundo de vista, y sus ruidos,
Y su envidiosa y bárbara batalla!
Una copa en los aires ascendía
Y yo, en brazos no vistos reclinado
Tras ella, asido de sus dulces bordes
Por el espacio azul me remontaba!—
Oh amor, oh inmenso, oh acabado artista:
En rueda o riel funde el herrero el hierro:
Una flor o mujer o águila o ángel
En oro o plata el joyador cincela:
Tú sòlo, sòlo tú, sabes el modo
De reducir el Universo a un beso!
ÁRBOL DE MI ALMA
Como un ave que cruza el aire claro
Siento hacia mí venir tu pensamiento
Y acá en mi corazòn hacer su nido.
Ábrese el alma en flor: tiemblan sus ramas
Como los labios frescos de un mancebo
En su primer abrazo a una hermosura:
Cuchichean las hojas: tal parecen
Lenguaraces obreras y envidiosas,
A la doncella de la casa rica
En preparar el tálamo ocupadas:
Ancho es mi corazòn, y es todo tuyo:
Todo lo triste cabe en él, y todo
Cuanto en el mundo llora, y sufre, y muere!
De hojas secas, y polvo, y derruidas
Ramas lo limpio: bruño con cuidado
Cada hoja, y los tallos: de las flores
Los gusanos del pétalo comido
Separo: oreo el césped en contorno
Y a recibirte, oh pájaro sin mancha!
Apresto el corazòn enajenado!
LUZ DE LUNA
Esplendía su rostro: por los hombros
Rubias guedejas le colgaban: era
Una caricia su sonrisa: era
Ciego de nacimiento: parecía
Que veía: tras los párpados callados
Como un lago tranquilo el alma exenta
Del horror que en el mundo ven los ojos,
Sus apacibles aguas deslizaba:—
Tras los párpados blancos se veían
Aves de plata, estrellas voladoras,
En unas grutas pálidas los besos
Risueños disputándose la entrada
Y en el dorso de cisnes navegando
Del ciego fiel los pensamientos puros.
Como una rama en flor al sosegado
Río silvestre que hacia el mar camina,
Una afable mujer se asomò al ciego:
Temblò, encendiòse, se cubriò de rosas,
Y las pálidas manos del amante
Besò cien veces, y llenò con ellas:—
En la misma guirnalda entrelazados
Pasan los dos la generosa vida:
Tan grandes son las flores, que a su sombra
Suelen dormir la prolongada siesta.
Cual quien enfrena un potro que husmeando
Campo y batalla, en el portal sujeto
Mira, como quien muerde, al amo duro,—
Así, rebelde a veces, tras sus ojos
El pobre ciego el alma sujetaba:—
—«Oh, si vieras! —los necios le decían
Que no han visto en sus almas —oh si vieras
Cuando sobre los trigos requemados,
Su ejército de rayos el sol lanza,
Còmo chispean, còmo relucen, còmo,
Asta al aire, el hinchado campamento
Los cascos mueve y el plumòn lustrosos.
Si vieras còmo el mar, roto y negruzco
Vuelca al barco infeliz, y encumbra al fuerte;
Si vieses, infeliz, còmo la tierra
Cuando la luna llena la ilumina
Desposada parece que en los aires
Buscando va, con planta perezosa,
La casa florecida de su amado.
—Ha de ser, ha de ser como quien toca
La cabeza de un niño!—
—Calla, ciego:
Es como asir en una flor la vida».
De súbito vio el ciego; esta que esplende,
Dijéronle, es la luna; mira, mira
Qué mar de luz: abismos, ruinas, cuevas,
Todo por ella casto y blando luce
Como de noche el pecho de las tòrtolas!
—Nada más? —dijo el ciego, y retornando
A su amada celosa los ya abiertos
Ojos, besòle la temblante mano
Humildemente, y díjole:
—No es nueva,
Para el que sabe amar, la luz de luna.
FLOR DE HIELO
Al saber que era muerto Manuel Ocaranza
Mírala: Es negra! Es torva! Su tremenda
Hambre la azuza. Son sus dientes hoces;
Antro su frente; secadores vientos
Sus hálitos; su paso, ola que traga
Huertos y selvas; sus manjares, hombres.
Viene! escondeos, oh caros amigos,
Hijo del corazòn, padres muy caros!
Do asoma, quema; es sorda, es ciega: —El hambre
Ciega el alma y los ojos. Es terrible
El hambre de la Muerte!
No es ahora
La generosa, la clemente amiga
Que el muro rompe al alma prisionera
Y le abre el claro cielo fortunado;
No es la dulce, la plácida, la pía
Redentora de tristes, que del cuerpo,
Como de huerto abandonado, toma
El alma adolorida, y en más alto
Jardín la deja, donde blanda luna
Perpetuamente brilla, y crecen sòlo
En vástagos en flor blancos rosales:
No la esposa evocada; no la eterna
Madre invisible, que los anchos brazos,
Sentada en todo el ámbito solemne,
Abre a sus hijos, que la vida agosta;
Y a reposar y a reparar sus bríos
Para el fragor y la batalla nueva
Sus cabezas igníferas reclina
En su puro y jovial seno de aurora.
No: aun a la diestra del Señor sublime
Que envuelto en nubes, con sonora planta
Sobre cielos y cúspides pasea;
Aun en los bordes de la copa dívea
En colosal montaña trabajada
Por tallador cuyas tundentes manos
Hechas al rayo y trueno fragorosos
Como barro sutil la roca herían;
Aun a los lindes del gigante vaso
Donde se bebe al fin la paz eterna,
El mal, como un insecto, sus oscuros
Anillos mueve y sus antenas clava
Artero en los sedientos bebedores!
Sierva es la Muerte: sierva del callado
Señor de toda vida: salvadora
Oculta de los hombres! Mas el ígneo
Dueño a sus siervos implacable ordena
Que hasta rendir el postrimer aliento
A la sombra feliz del mirto de oro,
El bien y el mal el seno les combatan;
Y sòlo las eternas rosas ciñe
Al que a sus mismos ojos el mal torvo
En batalla final convulso postra.
Y pío entonces en la seca frente
Da aquél, en cuyo seno poderoso
No hay muerte ni dolor, un largo beso.
Y en la Muerte gentil, la Muerte misma,
Lidian el bien y el mal...! Oh dueño rudo,
A rebeliòn y a admiraciòn me mueve
Este misterio del dolor, que pena
La culpa de vivir, que es culpa tuya
Con el dolor tenaz, martirio nuestro!
¿Es tu seno quizá tal hermosura
Y el placer de domar la interna fiera
Gozo tan vivo, que el martirio mismo
Es precio pobre a la final delicia?
¡Hora tremenda y criminal —oh Muerte—
Aquella en que en tu seno generoso
El hambre ardiò, y en el ilustre amigo
Seca posaste la tajante mano!
No es, no, de tales víctimas tu empresa
Poblar la sombra! De cansados ruines,
De ancianos laxos, de guerreros flojos
Es tu oficio poblarla, y en tu seno
Rehacer al viejo la gastada vida
Y al soldado sin fuerzas la armadura.
Mas el taller de los creadores sea,
Oh Muerte! de tus hambres reservado!
Hurto ha sido; tal hurto, que en la sola
Casa, su pueblo entero los cabellos
Mesa, y su triste amigo solitario
Con gestos grandes de dolor sacude,
Por él clamando, la callada sombra!
Dime, torpe hurtadora, di el oscuro
Monte donde tu recia culpa amparas;
Y donde con la selva seca en torno
Cual cabellera de tu cráneo hueco,
En lo profundo de la tierra escondes
Tu generosa víctima! Di al punto
El antro, y a sus puertas con el pomo
Llamaré de mi espada vengadora!
Mas, ay! que a do me vuelvo? Qué soldado
A seguirme vendrá? Capua es la tierra,
Y de orto a ocaso, y a los cuatro vientos,
No hay más, no hay más que infames desertores,
De pie sobre sus armas enmohecidas
En rellenar sus arcas afanados.
No de mármol son ya, ni son de pro,
Ni de piedra tenaz o hierro duro
Los divinos magníficos humanos.
De algo más torpe son: jaulas de carne
Son hoy los hombres, de los vientos crueles
Por mantos de oro y púrpura amparados,—
Y de la jaula en lo interior, un negro
Insecto de ojos ávidos y boca
Ancha y febril, retoza, come, ríe!
Muerte! el crimen fue bueno: guarda, guarda
En la tierra inmortal tu presa noble!
[1882]
CON LETRAS DE ASTROS
Con letras de astros el horror que he visto
En el espacio azul grabar querría.
En la llanura, muchedumbre: —en lo alto
Mientras que los de abajo andan y ruedan
Y sube olor de frutas estrujadas,
Olor de danza, olor de lecho, en lo alto
De pie entre negras nubes, y en sus hombros
Cual principio de alas se descuelgan,
Como un monarca sobre un trono, surge
Un joven bello, pálido y sombrío
Como estrella apagada, en el izquierdo
Lado del pecho vésele abertura
Honda y boqueante, bien como la tierra
Cuando de cuajo un árbol se le arranca.
Abalánzase, apriétanse, recògense,
Ante él, en negra tropa, toda suerte
De fieras, anca al viento, y bocas juntas
En una inmensa boca, —y en bordado
Plato de oro bruñido y perlas finas
Su corazòn el bardo les ofrece.
MIS VERSOS VAN REVUELTOS Y ENCENDIDOS
Mis versos van revueltos y encendidos
Como mi corazòn: bien es que corra
Manso el arroyo que en el fácil llano
Entre céspedes frescos se desliza:
Ay!: pero el agua que del monte viene
Arrebatada; que por hondas breñas
Baja, que la destrozan; que en sedientos
Pedregales tropieza, y entre rudos
Troncos salta en quebrados borbotones,
¿Còmo, despedazada, podrá luego
Cual lebrel de salòn, jugar sumisa
En el jardín podado con las flores,
O en la pecera de oro ondear alegre
Para querer de damas olorosas?
Inundará el palacio perfumado
Como profanaciòn: se entrará fiera
Por los joyantes gabinetes, donde
Los bardos, lindos como abates, hilan
Tiernas quintillas y romances dulces
Con aguja de plata en blanca seda.
Y sobre sus divanes espantadas
Las señoras, los pies de media suave
Recogerán, —en tanto el agua rota,—
Convulsa, como todo lo que expira,
Besa humilde el chapín abandonado,
Y en bruscos saltos destemplada muere!
POÉTICA
La verdad quiere cetro. El verso mío
Puede, cual paje amable, ir por lujosas
Salas, de aroma vario y luces ricas,
Temblando enamorado en el cortejo
De una ilustre princesa, o gratas nieves
Repartiendo a las damas. De espadines
Sabe mi verso, y de jubòn violeta
Y toca rubia, y calza acuchillada.
Sabe de vinos tibios y de amores
Mi verso montaraz; pero el silencio
Del verdadero amor, y la espesura
De la selva prolífica prefiere:
¡Cuál gusta del canario, cuál del águila!
LA POESÍA ES SAGRADA
La poesía es sagrada. Nadie
De otro la tome, sino en sí. Ni nadie
Como a esclava infeliz que el llanto enjuga
Para acudir a su inclemente dueña,
La llame a voluntad: que vendrá entonces
Pálida y sin amor, como una esclava.
Con desmayadas manos el cabello
Peinará a su señora: en alta torre,
Como pieza de gran repostería,
Le apretará las trenzas; o con viles
Rizados cubrirá la noble frente
Por donde el alma su honradez enseña;
O lo atará mejor, mostrando el cuello,
Sin otro adorno, en un discreto nudo.
¡Mas mientras la infeliz peina a la dama,
Su triste corazòn, cual ave roja
De alas heridas, estará temblando
Lejos ¡ay! en el pecho de su amante,
Como en invierno un pájaro en su nido!
¡Maldiga Dios a dueños y a tiranos—
Que hacen andar los cuerpos sin ventura
Por do no pueden ir los corazones!—
CUENTAN QUE ANTAÑO
Cuentan que antaño,—y por si no lo cuentan,
Invéntolo,—un labriego que quería
Mucho a un zorzal, a quien dejaba libre
Surcar el aire y desafiar el viento—
De cierto bravo halcòn librarlo quiso
Que en cazar por el ala adestrò astuto
Un señorín de aquellas cercanías,—
Y púsole al zorzal el buen labriego
Sobre sus alas, otras dos, de modo
Que el vuelo alegre al ave no impidiesen.
Saliò el sol, y el halcòn, rompiendo nubes,
Tras el zorzal, que a la querencia amable
Del labrador inquieto se venía:
Ya le alcanza: ya le hinca: ya estremece
En la mano del mozo el hilo duro:
Mas ¡guay del señorín!: el halcòn sòlo
Prendiò al zorzal, que diestro se le escurre,
Por las alas postizas del labriego.
¡Así, quien caza por la rima, aprende
Que en sus garras se escapa la poesía!
CANTO RELIGIOSO
La fatiga y las sábanas sacudo:
Cuando no se es feliz, abruma el sueño.
A ver la luz que alumbra su desdicha
Resístense los ojos—y parece
No que en plumones mansos se ha dormido
Sino en los brazos negros de una fiera.
Al aire luminoso, como al río
El sediento peatòn, dos labios se abren:
El pecho en lo interior se encumbra y goza
Como el hogar feliz cuando recibe
En Año Nuevo a la familia amada;—
Y brota, frente al Sol, el pensamiento!
Mas súbito, los ojos se oscurecen,
Y el cielo, y a la frente va la mano
Cual militar que el pabellòn saluda:
Los muertos son, los muertos son, devueltos
A la luz maternal: los muertos pasan.
Y sigo a mi labor, como creyente
A quien ungiò en la sien el sacerdote
De rostro liso y vestiduras blancas.—
Practico: En el divino altar comulgo
De la Naturaleza: el mundo todo
Fluye mi vino: es mi hostia el alma humana.
NO, MÚSICA TENAZ, ME HABLES DEL CIELO!
No, música tenaz, me hables del cielo!
¡Es morir, es temblar, es desgarrarme
Sin compasiòn el pecho! Si no vivo
Donde como una flor al aire puro
Abre su cáliz verde la palmera,
Si del día penoso a casa vuelvo...
¿Casa dije? No hay casa en tierra ajena!...
Roto vuelvo en pedazos encendidos!
Me recojo del suelo: alzo y amaso .
Los restos de mí mismo; ávido y triste,
Como un estatuador un Cristo roto:
Trabajo, siempre en pie, por fuera un hombre,
¡Venid a ver, venid a ver por dentro!
Pero tomad a que Virgilio os guíe...
Si no, estaos afuera: el fuego rueda
Por la cueva humeante: como flores
De un jardín infernal se abren las llagas:
Y boqueantes por la tierra seca
Queman los pies los escaldados leños!
¡Toda fue flor la aterradora tumba!
No, música tenaz, me hables del cielo!
EN TORNO AL MÁRMOL ROJO
En torno al mármol rojo en donde duerme
El coso vil, el Bonaparte infame,
Como manos que acusan, como lívidas
Desgreñadas cabezas, las banderas
De tanto pueblo mutilado y roto
En pedazos he visto, ensangrentadas!
Bandera fue también el alma mía
Abierta al claro sol y al aire alegre
En un asta, derecha como un pino.—
La vieron, y la odiaron: gerifaltes
Diestros pusieron, y ávidos halcones,
A traer el fleco de oro entre sus picos:
Oh! mucho halcòn del cielo azul ha vuelto
Con un jiròn de mi alma entre sus garras.
Y sus! yo a izarla! —y sus! con piedra y palo
La gentes a arriarla! —y sus! el pino
Como en fuga alargábase hasta el cielo
Y por él mi bandera blanca entraba!
Mas tras ella la gente, pino arriba,
Éste el hacha, ése daga, aquél ponzoña,
Negro el aire en redor, negras las nubes,
Allí donde los astros son robustos
Pinos de luz, allí donde en fragantes
Lagos de leche van cisnes azules,
Donde el alma entra a flor, donde palpitan,
Susurran, y echan a volar, las rosas,
Allí, donde hay amor, allí en las aspas
Mismas de las estrellas me embistieron!—
Por Dios, que aún se ve el asta: mas tan rota
Ya la bandera está, que no hay ninguna
Tan rota y sin ventura como ella
En las que adornan la apagada cripta
Donde en su rojo féretro sus puños
Roe despierto el Bonaparte infame!—
YO SACARÉ LO QUE EN EL PECHO TENGO
Yo sacaré lo que en el pecho tengo
De còlera y de horror. De cada vivo
Huyo, azorado, como de un leproso.
Ando en el buque de la vida: sufro
De náusea y mal de mar: un ansia odiosa
Me angustia las entrañas; quién pudiera
En un solo vaivén dejar la vida!
No esta canciòn desoladora escribo
En hora de dolor:
jamás se escriba
En hora de dolor!: el mundo entonces
Como un gigante a hormiga pretenciosa
Unce el poeta destemplado: escribo
Luego de hablar con un amigo viejo,
Limpio goce que el alma fortifica:—
Mas, cual las cubas de madera noble,
La madre del dolor guardo en mis huesos!
Ay! mi dolor, como un cadáver, surge
A la orilla, no bien el mar serena!
Ni un poro sin herida: entre la uña
Y la yema, estiletes me han clavado
Que me llegan al pie: se me han comido
Fríamente el corazòn; y en este juego
Enorme de la vida, cupo en suerte
Nutrirse de mi sangre una lechuza.—
Así, hueco y roído, al viento floto
Alzando el puño y maldiciendo a voces,
En mis propias entrañas encerrado!
No es que mujer me engañe, o que fortuna
Me esquive su favor, o que el magnate
Que no gusta de pulcros, me querelle:
Es ¿quién quiere mi vida? es que a los hombres;
Palpo, y conozco, y los encuentro malos.—
Pero si pasa un niño cuando lloro
Le acaricio el cabello, y lo despido
Como el naviero que a la mar arroja
Con bandera de gala un barco blanco.
Y si decís de mi blasfemia, os digo
Que el blasfemo sois vos: ¿a qué me dieron
Para vivir en un trigal, sedosa
Ala, y no garra aguda? o por acaso
Es ley que el tigre de alas se alimente?
Bien puede ser: de alas de luz repleto,
Daráse al fin de un tigre luminoso,
Radiante como el sol, la maravilla!—
Apresure el tigral el diente duro!
Nútrase en mí: coma de mí: en mis hombros
Clave los grifos bien: mòndeme el cráneo,
Y, con dolor, a su mordida en tierra
Caigan deshechas mis ardientes alas!
Feliz aquel que en bien del hombre muere!
Bésale el perro al matador la mano!
¡Como un padre a sus hijas, cuando pasa
Un galán pudridor, yo mis ideas
De donde pasa el hombre, por quien muero,
Guardo, como un delito, al pecho helado!—
Conozco al hombre, y lo he encontrado malo.
¡Así, para nutrir el fuego eterno
Perecen en la hoguera los mejores!
Los menos por los más! los crucifixos
Por los crucificantes! En maderos
Clavaron a Jesús: sobre sí mismos
Los hombres de estos tiempos van clavados:
Los sabios de Chichén, la tierra clara
Donde el aroma y el maguey se crían,
Con altos ritos y canciones bellas
Al hondo de cisternas olorosas
A su virgen mejor precipitaban:
Del temido brocal se alzaba luego
A perfumar el Yucatán florido
Como en tallo negruzco rosa suave
Un humo de magníficos colores:—
Tal a la vida echa el Creador los buenos:
A perfumar: a equilibrar: ea! clave
El tigre bien sus garras en mis hombros:
Los viles a nutrirse: los honrados
A que se nutran los demás en ellos.—
Para el misterio de la Cruz, no a un viejo
Pergamino teològico se baje:
Bájese al corazòn de un virtuoso.
Padece mucho un cirio que ilumina:
Sonríe, como virgen que se muere,
La flor cuando la siegan de su tallo!
Duele mucho en la tierra un alma buena!
De día, luce brava: por la noche
Se echa a llorar sobre sus propios brazos:
Luego que ve en el aire de la aurora
Su horrenda lividez, por no dar miedo
A la gente, con sangre de sus mismas
Heridas, tiñe el miserable rostro,
Y emprende a andar, como una calavera
Cubierta, por piedad, de hojas de rosa!
Dbre.14
MI POESÍA
Muy fiera y caprichosa es la Poesía;
A decírselo vengo al pueblo honrado...
La denuncio por fiera. Yo la sirvo
Con toda honestidad: no la maltrato;
No la llamo a deshora, cuando duerme,
Quieta, soñando, de mi amor cansada,
Pidiendo para mí fuerzas al cielo;
No la pinto de gualda y amaranto
Como aquesos poetas; no le estrujo
En un talle de hierro el franco seno;
Y el cabello dorado, suelto al aire,
Ni con cintas retòricas le aprieto:
No: no la pongo en lívidas vasijas
Que morirán; sino la vierto al mundo,
A que cree y fecunde; y ruede y crezca
Libre cual las semillas por el viento:
Eso sí: cuido mucho de que sea
Claro el aire en su torno; musicales
Las ramas que la amparan en el sueño,
Y limpios y aromados sus vestidos.—
Cuando va a la ciudad, mi Poesía
Me vuelve herida toda; el ojo seco
Como de enajenado, las mejillas
Como hundidas, de asombro: los dos labios
Gruesos, blandos, manchados; una que otra
Gota de cieno en ambas manos puras
Y el corazòn, por bajo el pecho roto
Como un cesto de ortigas encendido:
Así de la ciudad me vuelve siempre:
Mas con el aire de los campos cura.
Baja del cielo en la severa noche
Un bálsamo que cierra las heridas.—
¡Arriba oh corazòn!: quién dijo muerte?
Yo protesto que mimo a mi Poesía:
Jamás en sus vagares la interrumpo,
Ni de su ausencia larga me impaciento.
¡Viene a veces terrible! ¡Ase mi mano,
Encendido carbòn me pone en ella
Y cual por sobre montes me la empuja!:—
Otras ¡muy pocas! viene amable y buena,
Y me amansa el cabello; y me conversa
Del dulce amor, y me convida a un baño!
Tenemos ella y yo, cierto recodo,
Púdico en lo más hondo de mi pecho:
Envuelto en olorosa enredadera!—
Digo que no la fuerzo: y jamás la adorno,
Y sé adornar; jamás la solicito,
Aunque en tremendas sombras suelo a veces
Esperarla, llorando, de rodillas.
Ella ¡oh coqueta grande! en mi noche
Airada entra, la faz sobre ambas manos
Mirando còmo crecen las estrellas.
Luego, con paso de ala, envuelta en polvo
De oro, baja hasta mí, resplandeciente.
Viome un día infausto, rebuscando necio—
Perlas, zafiros, ònices,
Para ornarle la túnica a su vuelta.—
Ya de un lado, piedras tenía,
Cruces y, acicaladas en hilera,
Octavas de claveles, cuartetines
De flores campesinas; tríos, dúos
De ardiente lirio y pálida azucena.
¡Qué guirnaldas de décimas! qué flecos
De sonoras quintillas! qué ribetes
De pálido romance,— qué lujosos
Broches de rima rara: qué repuesto
De mil consonantillos serviciales
Para ocultar con juicios las junturas:
Obra, en fin, de suprema joyería!—
Mas de pronto una lumbre silenciosa
Brilla; las piedras todas palidecen,
Como muertas, las flores caen en tierra
Lívidas, sin color: es que bajaba
De ver nacer los astros mi Poesía!—
Como una cesta de caretas rotas
Eché a un lado mis versos. Digo al pueblo
Que me tiene oprimido mi Poesía:
Yo en todo la obedezco: apenas siento
Por cierta voz del aire que conozco
Su pròxima llegada, pongo en fiesta
Cráneo y pecho; levántanse en la mente,
Alados, los corceles; por las venas
La sangre ardiente al paso se dispone;
El aire ansío, alejo las visitas,
Muevo el olvido generoso, y barro
De mí las impurezas de la tierra!
¡No es más pura que mi alma la paloma
Virgen que llama a su primer amigo!
Baja; vierte en mi mano unas extrañas
Flores que el cielo da: flores que queman,—
Como de un mar que sube, sufre el pecho,
Y a la divina voz, la idea dormida,
Royendo con dolor la carne tersa
Busca, como la lava, su camino:
De hondas grietas el agujero queda,
Como la falda de un volcán cruzado:
Precio fatal de los amores con el cielo:
Yo en todo la obedezco: yo no esquivo
Estos padecimientos, yo le cubro
De unos besos que lloran sus dos blancas
Manos que así me acabarán la vida.
Yo ¡que más! cual de un crimen ignorado
Sufro, cuando no viene: yo no tengo
Otro amor en el mundo ¡oh mi poesía!
¡Como sobre la pampa el viento negro
Cae sobre mí tu enojo! ¡oh vuelve, vuelve,
A mí, que te respeto, el rostro amigo!
De su altivez me quejo al pueblo honrado:
De su soberbia femenil. No sufre
Espera. No perdona. Brilla, y quiere
Que como el limpio lustre del acero
Ya el verso al mundo cabalgando salga;—
Tal, una loca de pudor, apenas
Un minuto al artista el cuerpo ofrece
Para que esculpa en mármol su hermosura!—
¡Vuelan las flores que del cielo bajan,
Vuelan, como irritadas mariposas,
Para jamás volver las crueles vuelan!
VERSOS SENCILLOS
(1891)
1
Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.
Yo sé los hombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.
Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.
Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros
Volando las mariposas.
He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.
Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando muriò el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiòs.
Temblé una vez,—en la reja,
A la entrada de la viña,—
Cuando la bárbara abeja
Picò en la frente a mi niña.
Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca:—cuando
La sentencia de mi muerte
Leyò el alcaide llorando.
Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro,—es
Que mi hijo va a despertar.
Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.
Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.
Yo sé bien qué cuando el mundo
Cede lívido al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.
Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayò frente a mi puerta.
Oculto a mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla, y muere.
Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razòn,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbòn.
Yo sé que el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto,—
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.
Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.
2
Yo sé de Egipto y Nigricia,
Y de Persia y Xenophonte;
Y prefiero la caricia
Del aire fresco del monte.
Yo sé las historias viejas
Del hombre y de sus rencillas;
Y prefiero las abejas
Volando en las campanillas.
Yo sé del canto del viento
En las ramas vocingleras:
Nadie me diga que miento,
Que lo prefiero de veras.
Yo sé de un gamo aterrado
Que vuelve al redil y expira,—
Y de un corazòn cansado
Que muere oscuro y sin ira.
3
Odio la máscara y vicio
Del corredor de mi hotel:
Me vuelvo al manso bullicio
De mi monte de laurel.
Con los pobres de la tierra
Quiero yo mi suerte echar:
El arroyo de la sierra
Me complace más que el mar.
Denle al vano el oro tierno
Que arde y brilla en el crisol;
A mí denme el bosque eterno
Cuando rompe en él el sol.
Yo he visto el oro hecho tierra
Barbullendo en la redoma:
Prefiero estar en la sierra
Cuando vuela una paloma.
Busca el obispo de España
Pilares para su altar;
¡En mi templo, en la montaña,
El álamo es el pilar!
Y la alfombra es puro helecho,
Y los muros abedul,
Y la luz viene del techo,
Del techo de cielo azul.
El obispo, por la noche,
Sale, despacio, a cantar;
Monta, callado, en su coche,
Que es la pina de un pinar:
Las jacas de su carroza
Son dos pájaros azules:
Y canta el aire y retoza,
Y cantan los abedules.
Duermo en mi cama de roca
Mi sueño dulce y profundo:
Roza una abeja mi boca
Y crece en mi cuerpo el mundo.
Brillan las grandes molduras
Al fuego de la mañana,
Que tiñe las colgaduras
De rosa, violeta y grana.
El clarín, solo en el monte,
Canta al primer arrebol:
La gasa del horizonte
Prende, de un aliento, el sol.
¡Díganle al obispo ciego,
Al viejo obispo de España
Que venga, que venga luego,
A mi templo, a la montaña!
4
Yo visitaré anhelante
Los rincones donde a solas
Estuvimos yo y mi amante
Retozando con las olas.
Solos los dos estuvimos,
Solos, con la compañía
De dos pájaros que vimos
Meterse en la gruta umbría.
Y ella, clavando los ojos,
En la pareja ligera,
Deshizo los lirios rojos
Que le dio la jardinera.
La madreselva olorosa
Cogiò con sus manos ella,
Y una manzana graciosa,
Y un jazmín como una estrella.
Yo quise, diestro y galán,
Abrirle su quitasol;
Y ella me dijo: «¡Qué afán!
¡Si hoy me gusta ver el sol!»
«Nunca más altos he visto
Estos nobles robledales:
Aquí debe estar el Cristo,
Porque están las catedrales».
«Ya sé dònde ha de venir
Mi niña a la comuniòn;
De blanco la he de vestir
Con un gran sombrero alòn»
Después, del calor al peso,
Entramos por el camino,
Y nos dábamos un beso
En cuanto sonaba un trino.
¡Volveré, cual quien no existe,
Al lago mudo y helado:
Clavaré la quilla triste:
Posaré el remo callado!
5
Si ves un monte de espumas.
Es mi verso lo que ves:
Mi verso es un monte, y es
Un abanico de plumas.
Mi verso es como un puñal
Que por el puño echa flor:
Mi verso es un surtidor
Que da un agua de coral.
Mi verso es de un verde claro
Y de un carmín encendido:
Mi verso es un ciervo herido
Que busca en el monte amparo.
Mi verso al valiente agrada:
Mi verso, breve y sincero,
Es del vigor del acero
Con que se funde la espada.
6
Si quieren que de este mundo
Lleve una memoria grata,
Llevaré, padre profundo,
Tu cabellera de plata.
Si quieren, por gran favor,
Que lleve más, llevaré
La copia que hizo el pintor
De la hermana que adoré.
Si quieren que a la otra vida
Me lleve todo un tesoro,
¡Llevo la trenza escondida
Que guardo en mi caja de oro!
7
Para Aragòn, en España,
Tengo yo en mi corazòn
Un lugar, todo Aragòn,
Franco, fiero, fiel, sin saña.
Si quiere un tonto saber
Por qué lo tengo, le digo
Que allí tuve un buen amigo,
Que allí quise a una mujer.
Allá, en la vega florida,
La de la heroica defensa,
Por mantener lo que piensa
Juega la gente la vida.
Y si un alcalde lo aprieta
O lo enoja un rey cazurro,
Calza la manta el baturro
Y muere con su escopeta.
Quiero a la tierra amarilla
Que baña el Ebro lodoso:
Quiero el Pilar azuloso
De Lanuza y de Padilla.
Estimo a quien de un revés
Echa por tierra a un tirano:
Lo estimo, si es un cubano;
Lo estimo, si aragonés.
Amo los patios sombríos
Con escaleras bordadas;
Amo las naves calladas
Y los conventos vacíos.
Amo la tierra florida,
Musulmana o española,
Donde rompiò su corola
La poca flor de mi vida.
8
Yo tengo un amigo muerto
Que suele venirme a ver:
Mi amigo se sienta y canta;
Canta en voz que ha de doler.
«En un ave de dos alas
»Bogo por el cielo azul:
»Un ala del ave es negra,
»Otra de oro Caribú.»
«El corazòn es un loco
»Que no sabe de un color:
»O es su amor de dos colores,
»O dice que no es amor.»
«Hay una loca más fiera
»Que el corazòn infeliz:
»La que le chupò la sangre
»Y se echò luego a reír.»
«Corazòn que lleva rota
»El ancla fiel del hogar,
»Va como barca perdida,
»Que no sabe a dònde va.»
En cuanto llega a esta angustia
Rompe el muerto a maldecir:
Le amanso el cráneo: lo acuesto:
Acuesto el muerto a dormir.
9
Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se muriò de amor.
Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.
...Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volviò, volviò casado:
Ella se muriò de amor.
Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.
...Ella, por volverlo a ver,
Saliò a verlo al mirador:
El volviò con su mujer:
Ella se muriò de amor.
Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!
...Se entrò de tarde en el río,
La sacò muerta el doctor:
Dicen que muriò de frío:
Yo sé que muriò de amor.
Allí, en la bòveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer,
Me llamò el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que muriò de amor!
10
El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.
Han hecho bien en quitar
El banderòn de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.
Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Còmo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.
Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero!
Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.
Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mantòn,
La virgen de la Asunciòn
Bailando un baile andaluz.
Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En: arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.
Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.
Súbito, de un Saltò arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.
El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca:
Lentamente taconea.
Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...
Baila muy bien la española;
Es blanco y rojo el mantòn:
¡Vuelve, fosca, a su rincòn
El alma trémula y sola!
11
Yo tengo un paje muy fiel
Que me cuida y que me gruñe,
Y al salir, me limpia y bruñe
Mi corona de laurel.
Yo tengo un paje ejemplar
Que no come, que no duerme,
Y que se acurruca a verme
Trabajar, y sollozar.
Salgo, y el vil se desliza
Y en mi bolsillo aparece;
Vuelvo, y el terco me ofrece
Una taza de ceniza.
Si duermo, al rayar el día
Se sienta junto a mi cama:
Si escribo, sangre derrama
Mi paje en la escribanía.
Mi paje, hombre de respeto,
Al andar castañetea:
Hiela mi paje y chispea:
Mi paje es un esqueleto
12
En el bote iba remando
Por el lago seductor,
Con el sol que era oro puro
Y en el alma más de un sol.
Y a mis pies vi de repente,
Ofendido del hedor,
Un pez muerto, un pez hediondo
En el bote remador.
13
Por donde abunda la malva
Y da el camino un rodeo,
Iba un ángel de paseo
Con una cabeza calva.
Del castañar por la zona
La pareja se perdía:
La calva resplandecía
Lo mismo que una corona.
Sonaba el hacha en lo espeso
Y cruzò un ave volando:
Pero no se sabe cuándo
Se dieron el primer beso.
Era rubio el ángel; era
El de la calva radiosa,
Como el tronco a que amorosa
Se prende la enredadera.
14
Yo no puedo olvidar nunca
La mañanita de otoño
En que le saliò un retoño
A la pobre rama trunca.
La mañanita en que, en vano,
Junto a la estufa apagada,
Una niña enamorada
Le tendiò al viejo la mano.
15
Vino el médico amarillo
A darme su medicina,
Con una mano cetrina
Y la otra mano al bolsillo:
¡Yo tengo allá en un rincòn
Un médico que no manca
Con una mano muy blanca
Y otra mano al corazòn!
Viene, de blusa y casquete,
El grave del repostero,
A preguntarme si quiero
O Málaga o Pajarete:
¡Díganle a la repostera
Que ha tanto tiempo no he visto,
Que me tenga un beso listo
Al entrar la primavera!
16
En el alféizar calado
De la ventana moruna,
Pálido como la luna,
Medita un enamorado.
Pálida, en su canapé
De seda tòrtola y roja,
Eva, callada, deshoja,
Una violeta en el té.
17
Es rubia: el cabello suelto
Da más luz al ojo moro:
Voy, desde entonces, envuelto
En un torbellino de oro.
La abeja estival que zumba
Más ágil por la flor nueva,
No dice, como antes, «tumba»:
«Eva» dice: todo es «Eva».
Bajo, en lo oscuro, al temido
Raudal de la catarata;
¡Y brilla el iris, tendido
Sobre las hojas de plata!
Miro, ceñudo, la agreste
Pompa del monte irritado:
¡Y en el alma azul celeste
Brota un jacinto rosado!
Voy, por el bosque, a paseo
A la laguna vecina:
Y entre las ramas la veo,
Y por el agua camina.
La serpiente del jardín
Silba, escupe, y se resbala
Por su agujero: el clarín
Me tiende, trinando, el ala.
¡Arpa soy, salterio soy
Donde vibra el Universo:
Vengo del sol, y al sol voy:
Soy el amor: soy el verso!
18
El alfiler de Eva loca
Es hecho del oro oscuro
Que le sacò un hombre puro
Del corazòn de una roca.
Un pájaro tentador
Le trajo en el pico ayer
Un relumbrante alfiler
De pasta y de similor.
Eva se prendiò al oscuro
Talle el diamante embustero:
Y echò en el alfiletero
El alfiler de oro puro.
19
Por tus ojos encendidos
Y lo mal puesto de un broche,
Pensé que estuviste anoche
Jugando a juegos prohibidos.
Te odié por vil y alevosa:
Te odié con odio de muerte:
Náusea me daba de verte
Tan villana y tan hermosa.
Y por la esquela que vi
Sin saber còmo ni cuándo,
Sé que estuviste llorando
Toda la noche por mí.
20
Mi amor del aire se azora;
Eva es rubia, falsa es Eva:
Viene una nube y se lleva
Mi amor que gime y que llora.
Se lleva mí amor que llora
Esa nube que se va:
Eva me ha sido traidora:
¡Eva me consolará!
21
Ayer la vi en el salòn
De los pintores, y ayer
Detrás de aquella mujer
Se me saltò el corazòn.
Sentada en el suelo rudo
Está en el lienzo: dormido
Al pie, el esposo rendido:
Al seno el niño desnudo.
Sobre unas briznas de paja
Se ven mendrugos mondados:
Le cuelga el manto a los lados,
Lo mismo que una mortaja.
No nace en el torvo suelo
Ni una viola, ni una espiga:
¡Muy lejos, la casa amiga,
Muy triste y oscuro el cielo!...
¡Esa es la hermosa mujer
Que me robò el corazòn
En el soberbio salòn
De los pintores de ayer!
22
Estoy en el baile extraño
De polaina y casaquín
Que dan, del año hacia el fin,
Los cazadores del año.
Una duquesa violeta
Va con un frac colorado:
Marca un vizconde pintado
El tiempo en la pandereta.
Y pasan las chupas rojas,
Pasan los tules de fuego.
Como delante de un ciego
Pasan volando las hojas.
23
Yo quiero salir del mundo
Por la puerta natural:
En un carro de hojas verdes
A morir me han de llevar.
No me pongan en lo oscuro
A morir como un traidor:
Yo soy bueno, y como bueno
Moriré de cara al sol!
24
Sé de un pintor atrevido
Que sale a pintar contento
Sobre la tela del viento
Y la espuma del olvido.
Yo sé de un pintor gigante,
El de divinos colores,
Puesto a pintarle las flores
A una corbeta mercante.
Yo sé de un pobre pintor
Que mira el agua al pintar,—
El agua ronca del mar,—
Con un entrañable amor.
25
Yo pienso, cuando me alegro
Como un escolar sencillo,
En el canario amarillo,—
Que tiene el ojo tan negro!
Yo quiero, cuando me muera,
Sin patria, pero sin amo,
Tener en mi losa un ramo
De flores,—y una bandera!
26
Yo que vivo, aunque me he muerto,
Soy un gran descubridor,
Porque anoche he descubierto
La medicina de amor.
Cuando al peso de la cruz
El hombre morir resuelve,
Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve
Como de un baño de luz.
27
El enemigo brutal
Nos pone fuego a la casa:
El sable la calle arrasa,
A la luna tropical.
Pocos salieron ilesos
Del sable del español:
La calle, al salir el sol,
Era un reguero de sesos.
Pasa, entre balas, un coche:
Entran, llorando, a una muerta;
Llama una mano a la puerta
En lo negro de la noche.
No hay bala que no taladre
El portòn: y la mujer
Que llama, me ha dado el ser:
Me viene a buscar mi madre.
A la boca de la muerte,
Los valientes habaneros
Se quitaron los sombreros
Ante la matrona fuerte.
Y después que nos besamos
Como dos locos, me dijo:
«Vamos pronto, vamos, hijo:
La niña está sola: vamos!»
28
Por la tumba del cortijo
Donde está el padre enterrado,
Pasa el hijo, de soldado
Del invasor: pasa el hijo.
El padre, un bravo en la guerra,
Envuelto en su pabellòn
Álzase: y de un bofetòn
Lo tiende, muerto, por tierra.
El rayo reluce: zumba
El viento por el cortijo:
El padre recoge al hijo,
Y se lo lleva a la tumba.
29
La imagen del rey, por ley,
Lleva el papel del Estado:
El niño fue fusilado
Por los fusiles del rey.
Festejar el santo es ley
Del rey: y en la fiesta santa
¡La hermana del niño canta
Ante la imagen del rey!
30
El rayo surca, sangriento,
El lòbrego nubarròn:
Echa el barco, ciento a ciento,
Los negros por el portòn.
El viento, fiero, quebraba
Los almácigos copudos:
Andaba la hilera, andaba,
De los esclavos desnudos.
El temporal sacudía
Los barracones henchidos:
Una madre con su cría
Pasaba, dando alaridos.
Rojo, como en el desierto,
Saliò el sol al horizonte:
Y alumbrò a un esclavo muerto,
Colgado a un seibo del monte.
Un niño lo vio: temblò
De pasiòn por los que gimen:
Y, al pie del muerto, jurò
Lavar con su vida el crimen!
31
Para modelo de un dios
El pintor lo enviò a pedir:—
¡Para eso no! ¡para ir,
Patria, a servirte los dos!
Bien estará en la pintura
El hijo que amo y bendigo:—
¡Mejor en la ceja oscura,
Cara a cara al enemigo!
Es rubio, es fuerte, es garzòn
De nobleza natural:
¡Hijo, por la luz natal!
¡Hijo, por el pabellòn!
Vamos, pues, hijo viril:
Vamos los dos: si yo muero,
Me besas: si tú... ¡prefiero
Verte muerto a verte vil!
32
En el negro callejòn
Donde en tinieblas paseo,
Alzo los ojos, y veo
La iglesia, erguida, a un rincòn.
¿Será misterio? ¿será
Revelaciòn y poder?
¿Será, rodilla, el deber
De postrarse? ¿qué será?
Tiembla la noche: en la parra
Muerde el gusano el retoño;
Grazna, llamando al otoño,
La hueca y hosca cigarra.
Graznan dos: atento al dúo
Alzo los ojos, y veo
Que la iglesia del paseo
Tiene la forma de un búho.
33
De mi desdicha espantosa
Siento, oh estrellas, que muero:
Yo quiero vivir, yo quiero
Ver a una mujer hermosa.
El cabello, como un casco,
La corona el rostro bello:
Brilla su negro cabello
Como un sable de Damasco.
¿Aquélla?... Pues pon la hiel
Del mundo entero en un haz,
Y tállala en cuerpo, y haz
Un alma entera de hiel!
¿Esta?... Pues esta infeliz
Lleva escarpines rosados,
Y los labios colorados,
Y la cara de barniz.
El alma lúgubre grita:
«¡Mujer, maldita mujer!»
¡No sé yo quién pueda ser
Entre las dos la maldita!
34
¡Penas! ¿quién osa decir
Que tengo yo penas? Luego,
Después del rayo, y del fuego,
Tendré tiempo de sufrir.
Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!
Hay montes, y hay que subir
Los montes altos: ¡después
Veremos, alma, quién es
Quien te me ha puesto al morir!
35
¿Qué importa que tu puñal
Se me clave en el riñòn?
¡Tengo mis versos, que son
Más fuertes que tu puñal!
¿Qué importa que este dolor
Seque el mar, y nuble el cielo?
El verso, dulce consuelo,
Nace alado del dolor.
36
Ya sé: de carne se puede
Hacer una flor: se puede,
Con el poder del cariño,
Hacer un cielo,— y un niño!
De carne se hace también
El alacrán; y también
El gusano de la rosa,
Y la lechuza espantosa.
37
Aquí está el pecho, mujer,
Que ya sé que lo herirás;
¡Más grande debiera ser,
Para que lo hirieses más!
Porque noto, alma torcida,
Que en mí pecho milagroso,
Mientras más honda la herida,
Es mi canto más hermoso.
38
¿Del tirano? Del tirano
Di todo, ¡di más!: y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.
¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.
¿De mujer? Pues puede ser
Que mueras de su mordida;
Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!
39
Cultivo una rosa blanca,
En Julio como en Enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazòn con que vivo,
Cardo ni oruga cultivo:
Cultivo una rosa blanca.
40
Pinta mi amigo el pintor
Sus angelones dorados,
En nubes arrodillados,
Con soles alrededor.
Pínteme con sus pinceles
Los angelitos medrosos
Que me trajeron, piadosos,
Sus dos ramos de claveles.
41
Cuando me vino el honor
De la tierra generosa,
No pensé en Blanca ni en Rosa
Ni en lo grande del favor.
Pensé en el pobre artillero
Que está en la tumba, callado:
Pensé en mi padre, el soldado:
Pensé en mi padre, el obrero.
Cuando llegò la pomposa
Carta, en su noble cubierta,
Pensé en la tumba desierta,
No pensé en Blanca ni en Rosa.
42
En el extraño bazar
Del amor, junto a la mar,
La perla triste y sin par
Le tocò por suerte a Agar.
Agar, de tanto tenerla
Al pecho, de tanto verla
Agar, llegò a aborrecerla:
Majò, tirò al mar la perla.
Y cuando Agar, venenosa
De inútil furia, y llorosa,
Pidiò al mar la perla hermosa,
Dijo la mar borrascosa:
«¿Qué hiciste, torpe, qué hiciste
De la perla que tuviste?
La majaste, me la diste:
Yo guardo la perla triste.»
43
Mucho, señora, daría
Por tener sobre tu espalda
Tu cabellera bravía,
Tu cabellera de gualda:
Despacio la tendería,
Callado la besaría.
Por sobre la oreja fina
Baja lujoso el cabello,
Lo mismo que una cortina
Que se levanta hacia el cuello.
La oreja es obra divina
De porcelana de China.
Mucho, señora, te diera
Por desenredar el nudo
De tu roja cabellera
Sobre tu cuello desnudo:
Muy despacio la esparciera,
Hilo por hilo la abriera.
44
Tiene el leopardo un abrigo
En su monte seco y pardo:
Yo tengo más que el leopardo,
Porque tengo un buen amigo.
Duerme, como en un juguete,
La mushma en su cojinete
De arce del Japòn: yo digo:
«No hay cojín como un amigo».
Tiene el conde su abolengo:
Tiene la aurora el mendigo:
Tiene ala el ave: ¡yo tengo
Allá en México un amigo!
Tiene el señor presidente.
Un jardín con una fuente,
Y un tesoro en oro y trigo:
Tengo más, tengo un amigo.
45
Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina':
Mudo, les beso la mano.
Hablo con ellos, de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: lloroso
Me abrazo a un mármol: «Oh mármol,
Dicen que beben tus hijos
Su propia sangre en las copas
Venenosas de sus dueños!
Que hablan la lengua podrida
De sus rufianes! que comen
Juntos el pan del oprobio,
En la mesa ensangrentada!
Que pierden en lengua inútil
El último fuego!: ¡dicen,
Oh mármol, mármol dormido,
Que ya se ha muerto tu raza!»
Echame en tierra de un bote
El héroe que abrazo: me ase
Del cuello: barre la tierra
Con mi cabeza: levanta
El brazo, ¡el brazo le luce
Lo mismo que un sol!: resuena
La piedra: buscan el cinto
Las manos blancas: del soclo
Saltan los hombres de mármol!
46
Vierte, corazòn, tu pena
Donde no se llegue a ver,
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.
Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.
Tú me sufres, tú aposentas
En tu regazo amoroso,
Todo mi amor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.
Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.
Tú, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, pálido y duro,
Mi amoroso compañero.
Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.
Y porque mi cruel costumbre
De echarme en ti te desvía
De tu dichosa armonía
Y natural mansedumbre;
Porque mis penas arrojo
Sobre tu seno, y lo azotan,
Y tu corriente alborotan,
Y acá lívido, allá rojo,
Blanco allá como la muerte,
Ora arremetes y ruges,
Ora con el peso crujes
De un dolor más que tú fuerte,
¿Habré, como me aconseja
Un corazòn mal nacido,
De dejar en el olvido
A aquel que nunca me deja?
¡Verso, nos hablan de un
Dios Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!
FLORES DEL DESTIERRO
[1878-1895]
CONTRA EL VERSO RETÓRICO...
Contra el verso retòrico y ornado
El verso natural. Acá un torrente:
Aquí una piedra seca. Allá un dorado
Pájaro, que en las ramas verdes brilla,
Como una marañuela entre esmeraldas.—
Acá la huella fétida y viscosa
De un gusano: los ojos, dos burbujas
De fango, pardo el vientre, craso, inmundo.
Por sobre el árbol, más arriba, sola
En el cielo de acero una segura
Estrella; y a los pies el horno,
El horno a cuyo ardor la tierra cuece.
Llamas, llamas que luchan, con abiertos
Huecos como ojos, lenguas como brazos,
Saña como de hombre, punta aguda
Cual de espada: la espada de la vida
Que incendio a incendio gana al fin la tierra!
Trepa: viene de adentro: ruge: aborta:
Empieza el hombre en fuego y para en ala.
Y a su paso triunfal, los maculados,
Los viles, los cobardes, los vencidos,
Como serpientes, como gozques, como
Cocodrilos de doble dentadura
De acá, de allá, del árbol que le ampara,
Del suelo que le tiene, del arroyo
Donde apaga la sed, del yunque mismo
Donde se forja el pan, le ladran y echan
El diente al pie, al rostro el polvo y lodo,
Cuanto cegarle puede en su camino.
El, de un golpe de ala, barre el mundo
Y sube por la atmòsfera encendida
Muerto como hombre y como sol sereno.
Así ha de ser la noble poesía:
Así como la vida: estrella y gozque;
La cueva dentellada por el fuego,
El pino en cuyas ramas olorosas
A la luz de la luna canta un nido,
Canta un nido a la lumbre de la luna.
VINO DE CHIANTI
Hay un derecho
Natural al amor: ¿reside acaso,
Chianti, en tu áspera gota, en tu mordente
Vino, que habla y engendra, o en la sabia
Uniòn de la hermosura y el deseo?
Cuanto es bello, ya es mío: no cortejo,
Ni engaño vil, ni mentiroso adulo:
De los menores es el amarillo
Oro que entre las rosas serpentea,
De los menores: para mí es el oro
Del vello rubio y de la piel trigueña.
Mi título al nacer puso en mi cuna,
El sol que al cielo consagrò mi frente.
Yo sòlo sé de amor. Tiemblo espantado
Cuando, como culebras, las pasiones
Del hombre envuelven tercas mi rodilla;
Ciñen mis muslos, y echan a mis alas,—
Lucha pueril, las lívidas cabezas:—
Por ellas tiemblo, no por mí, a mis alas
No llegarán jamás: antes las cubro
Para que ni las vean: el bochorno
Del hombre es mi bochorno: mis mejillas
Sufren de la maldad del Universo:
Loco es mi amor, y, como el sol, revienta
En luz, pinta la nube, alegra la onda,
Y con suave calor, como la amiga
Mano que el tigre tempestuoso aquieta,
Doma la sombra, y pálido difunde
Su beldad estelar en las negruzcas
Sirtes, tremendas abras, alevosos
Despeñaderos, donde el lobo atisba,
Arropado en la noche, al que la espanta
Con el fulgor de su alba vestidura.
ÁRABE
Sin pompa falsa ¡oh árabe! saludo
Tu libertad, tu tienda y tu caballo.
Como se ven desde la mar las cumbres
De la tierra, tal miro en mi memoria
Mis instantes felices: sòlo han sido
Aquéllos en que, a solas, a caballo
Vi el alba, salvé el riesgo, anduve el monte,
Y al volver, como tú, fiero y dichoso
Solté las bridas, y apuré sediento
Una escudilla de fragante leche.
Los hombres, moro mío,
Valen menos que el árbol que cobija
Igual a rico y pobre, menos valen
Que el lomo imperial de tu caballo.
Oh, ya no viene el verso cual solía
Como un collar de rosas, o a manera
Del caballero de la buena espada
Toda de luz vestida la figura:
Viene ya como un buey, cansado y viejo
De halar de la pértiga en tierra seca.
LA NOCHE ES LA PROPICIA
La noche es la propicia
Amiga de los versos. Quebrantada,
Como la mies bajo la trilla, nace
En las horas ruidosas la Poesía.
A la creaciòn la oscuridad conviene—
Las serpientes, de día entrelazadas
Al pensamiento, duermen: las vilezas
Nos causan más horror vistas a solas.
Deja el silencio una impresiòn de altura:—
Y con imperio pudoroso, tiende
Por sobre el mundo el corazòn sus alas.
¡Noche amiga [...], noche creadora!:
Más que el mar, más que el cielo, más que el ruido
De los volcanes, más que la tremenda
Convulsiòn de la tierra, tu hermosura
Sobre la tierra la rodilla encorva.
A la tarde con paso majestuoso
Por su puerta de acero entra la altiva
Naturaleza, calla, y cubre al mundo,
La oscuridad fecunda de la noche.
Surge el vapor de la fragante tierra,
Plegan sus bordes las cansadas hojas;
Y en el ramaje azul tiemblan los nidos.
Como en un cesto de coral, sangrientas,
En el día, las bárbaras imágenes
Frente al hombre, se estrujan: tienen miedo:
Y en la taza del cráneo adolorido
Crujen las alas rotas de los cisnes
Que mueren del dolor de su blancura.
¡Oh, còmo pesan en el alma triste
Estas aves crecidas que le nacen
Y mueren sin volar!
¡Flores de plumas
Bajo los pobres versos, estas flores,
Flores de funeral! ¿Dònde lo blanco
Podrá, segura el ala, abrir el vuelo?
¿Dònde no será crimen la hermosura?
Óleo sacerdotal unge las sienes
Cuando el silencio de la noche empieza:
Y como reina que se sienta, brilla
La majestad del hombre acorralada.
Vibra el amor, gozan las flores, se abre
Al beso [...] de un creador que cruza
La sazonada mente: el frío invita
A la divinidad; y envuelve al mundo
La casta soledad, madre del verso.
CUAL DE INCENSARIO ROTO...
Cual de incensario roto huye el perfume
Así de mi dolor se escapa el verso:
Me nutro del dolor que me consume.
De donde vine, ahí voy: al Universo.
Cirio soy encendido en la tormenta:
El fuego con qué brillo, me devora
Y en lugar de apagarme me alimenta
El vendaval que al temeroso azora.
Yo nunca duermo: al despertarme, noto
En mí el cansancio de una gran jornada.
A dònde voy de noche, cuando, roto
El cuerpo, hundo la faz en mi almohada?
Quién, cuando a mal desconocido postro
Mis fuerzas, me unge con la estrofa blanda,
Y de lumbre de amor me baña el rostro
Y abrir las alas y anunciar me manda?
Quién piensa en mí? Quién habla por mis labios
Cosas que en vano detener intento?
¿De dònde vienen los consejos sabios?
¿A dònde va sin rienda el pensamiento?
Ya no me quejo, no, como solía;
De mi dolor callado e infecundo:
Cumplo con el deber de cada día
Y miro herir y mejorarse el mundo.
Ya no me aflijo, no, ni me desolo
De verme aislado en la difícil lucha.
Va con la eternidad el que va solo,
Que todos oyen cuando nadie escucha.
Qué fue, no sé: jamás en mí di asiento
Sobre el amor al hombre, a amor alguno,
Y bajo tierra, y a mis plantas siento
Todo otro amor, menguado e importuno.
La libertad adoro y el derecho.
Odios no sufro, ni pasiones malas:
Y en la coraza que me viste el pecho
Un águila de luz abre sus alas.
Vano es que amor solloce o interceda,
Al limpio sol mis armas he jurado
Y subiré en la sombra hasta que pueda
Mi acero en pleno sol dejar clavado.
Como una luz la férvida, palabra
A los temblantes labios se me asoma:
Mas no haya miedo que las puertas le abra
Si antes el odio y la pasiòn no doma.
Qué fue, no sé: pero yo he dado un beso
A una gigante y bondadosa mano
Y desde entonces, por donde hablo, impreso
Queda en los hombres el amor humano.
Ya no me importa que la frase ardiente
Muera en silencio, o ande en casa oscura,
Amo y trabajo: así calladamente
Nutre el río a la selva en la espesura.
ANTES DE TRABAJAR
Antes de trabajar, como el cruzado
Saludaba a la hermosa en la arena,
La lanza de hoy, la soberana pluma
Embrazo, a la pasiòn, corcel furioso
Con mano ardiente embrido, y de rodillas
Pálido domador, saludo al verso.
Después, como el torero, al circo salgo
A que el cuerno sepulte en mis entrañas
El toro enfurecido. Satisfecho
De la animada lid, el mundo amable
Merendará, mientras expiro helado,
Pan blanco y vino rojo, y los esposos
Nuevos se encederán con las miradas.
En las playas el mar dejará en tanto
Nuevos granos de arena: nuevas alas
Asomarán ansiosas en los huevos
Calientes de los nidos: los cachorros
Del tigre echarán diente: en los preñados
Árboles de la huerta, nuevas hojas
Con frágil verde poblarán las ramas.
Mi verso crecerá: bajo la yerba
Yo también creceré: ¡Cobarde y ciego
Quien del mundo magnífico murmura!
DOS PATRIAS
Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.
¿O son una las dos? No bien retira
Su majestad el sol, con largos velos
Y un clavel en la mano, silenciosa
Cuba cual viuda triste me aparece.
¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento
Que en la mano le tiembla! Está vacío
Mi pecho, destrozado está y vacío
En donde estaba el corazòn. Ya es hora
De empezar a morir. La noche es buena
Para decir adiòs. La luz estorba
Y la palabra humana. El universo
Habla mejor que el hombre.
Cual bandera
Que invita a batallar, la llama roja
De la vela flamea. Las ventanas
Abro, ya estrecho en mí. Muda, rompiendo
Las hojas del clavel, como una nube
Que enturbia el cielo. Cuba, viuda, pasa...
DOMINGO TRISTE
Las campanas, el sol, el cielo claro
Me llenan de tristeza, y en los ojos
Llevo un dolor que todo el mundo mira,
Un rebelde dolor que el verso rompe
Y es ¡oh mar! la gaviota pasajera
Que rumbo a Cuba va bajo tus olas!
Vino a verme un amigo, y a mí mismo
Me preguntò por mí, ya en mí no queda
Más que un reflejo mío, como guarda
La sal del mar la concha de la orilla.
Cáscara soy de mí, que en tierra ajena
Gira, a la voluntad del viento huraño,
Vana, sin fruta, desgarrada, rota.
Miro a los hombres como montes; miro
Como paisajes de otro mundo, el bravo
Codear, el mugir, el teatro ardiente
De la vida en mi torno: Ni un gusano
Es ya más infeliz: suyo es el aire
Y el lodo en que muere es suyo.
Siento la coz de los caballos, siento
Las ruedas de los carros; mis pedazos
Palpo: ya no soy vivo: ni lo era
Cuando el barco fatal levò las anclas
Que me arrancaron de la tierra mía!
AL EXTRANJERO
1
Hoja tras hoja de papel consumo:
Rasgos, consejos, iras, letras fieras
Que parecen espadas: Lo que escribo,
Por compasiòn lo borro, porque el crimen,
El crimen es al fin de mis hermanos.
Huyo de mi, tiemblo del Sol; quisiera
Saber dònde hace el topo su guarida,
Dònde oculta su escama la serpiente,
Dònde sueltan la carga los traidores,
Y dònde no hay honor, sino ceniza:
¡Allí, mas sòlo allí, decir pudiera
Lo que dicen ¡y viven! que mi patria
Piensa en unirse al bárbaro extranjero!
2
Yo callaré: yo callaré: que nadie
Sepa que vivo: que mi patria nunca
Sepa que en soledad muero por ella:
Si me llaman, iré: yo sòlo vivo
Porque espero a servirla: así, muriendo,
La sirvo yo mejor que husmeando el modo
De ponerla a los pies del extranjero!
¡HALA; HALA!
¡Hala, hala!
¡Da vueltas a la noria, arrastra el ala!
Rosa que alegra el aire al sol que asoma
De aires te deja ¡estúpida conseja!
Y ven en la olla negra a echar tu aroma,
Alma, que dulcemente te consumes,
Y en esta muerte ves sabrosa suerte,
¡Almas abajo,— abajo los perfumes!
La vida es un molino:
Hay que ganar el pan y hacer el vino.—
Ya sé que vas sangrando y malherida,
Y a cada gota de tu sangre brota
Una cruz de jacinto florecida.
Ya sé que a cada noche alzas el vuelo
A las estrellas y que bajas de ellas
Con un dolor tan grande como el cielo.
Morir es un deleite:
Pero un tirano nos echò a la vida,
Y a la terrible lámpara encendida,
¡Alma infeliz! hay que nutrir de aceite.
¡Hala, alma, hala!
¡Da vueltas a la noria, arrastra el ala!
FUERA DEL MUNDO...
Fuera del mundo que batalla y luce
Sin recordar a su infeliz cautivo,
A un trabajo servil sujeto vivo
Que a la muerte temprano me conduce.
Mas hay junto a mi mesa una ventana
Por donde entra la luz; y no daría
Este rincòn de la ventana mía
Por la mayor esplendidez humana!—
28 de En.
¡DIOS LAS MALDIGA!...
¡Dios las maldiga! Hay madres en el mundo
Que apartan a los padres de sus hijos:
Y preparan al mal sus almas blancas
Y les derraman odio en los oídos!
¡Dios las maldiga! ¡oh cielo, ¿no tendrás
Un Dios más cruel que las maldiga más?
¡Dios las maldiga! Frívolas e impuras
Guardan tal vez el cuerpo con recato,
Como un tazo de Sèvres donde humean
Hidras ardientes y espantosos trasgos.
¡Dios las maldiga, y sin piedad sepulte
Todo rostro que el alma real oculte!
¡Dios las maldiga! Ciegas, y sensibles
Del mundo sòlo a los ligeros goces,
Odian, como a un tirano, al que a sus gustos
La majestad de la pureza opone!
¡Dios las maldiga, y cuanta hacerse quiera
De las joyas de Dios aro y pulsera! .
¡Dios las maldiga! Untadas las mejillas,
Frente y manos cubiertas de albayalde;
Con la mano pintada, al justo acusan
Que de su amor artero se deshace!
¡Dios las maldiga, y a la ruin caterva
De esclavas que el honor del hombre enerva!
¡Dios las maldiga! En las temblantes manos
Los pedazos del pecho recogidos,
El justo irá do la piedad lo llame,
O alguien lo quiera, o se vislumbre un nido:
¡Dios las maldiga!
¡Dios las maldiga! ¡Yo te he visto el pecho
Horrible como un cáncer animado!
¡Sufre, que es bueno, y llora, amigo mío,
Llora muriendo en mis cansados brazos!
¡Dios las perdone! ¿No se ve a este lloro
Otro clavo en la Cruz y otro astro de oro?
4 de Feb.
OH NAVE, OH POBRE NAVE
Oh nave, oh pobre nave:
Pusiste al cielo el rumbo; engaño grave!—
Y andando por mar seco
Con estrépito horrendo, diste en hueco!
Castiga así la tierra a quien la olvida
quien la vida burla, hunde en la vida:
Bien solitario estoy, y bien desnudo,
Pero en tu pecho, oh niño, está mi escudo.
ABORDO
Vela abajo, mozo arriba,
Acá el roto, allá el peñasco,
Ido el sol, recio el chubasco,
Y el barco, no barco, criba:
Gigante el viento derriba
El hombre de las escalas;
Desatadas van las balas
Rodando por la cubierta,—
Y yo, en medio a la obra muerta,
Vivo, de mi hijo en las alas!—
BIEN VENGAS, MAR!...
Bien vengas, mar! De pie sobre la roca
Te espero altivo: si mi barba toca
Tu ola voraz, ni tiemblo ni me aflijo:
Alas tengo, y huiré: las de mi hijo!
ME HAN DICHO, BUEN FLORENCIO...
Me han dicho, buen Florencio,—que deseas
Ver un grano de trigo,
Luego que sobre él cruza y recruza
La rueda corpulenta del molino:
Pues, ven! ábreme el pecho:
Que traigo en él un grano bien deshecho,
A UN CLASICISTA QUE HABLÓ DE SUICIDARSE
A un anciano abatido—
Avive el buen cristiano
El seso adormecido,
Ponga al hierro mortífero la mano,
Mas no a la sien insano
Sino a tierra, en arado convertido.—
Mírese por el suelo—
El vasto cráneo roto,
Tinto en su sangre el pudoroso velò
De sus hijas, y al soto
El cuerpo echado, el alma opaca al cielo.
Y mire al reluciente
Señor, de ira vestido,
Y de luz de relámpagos, la frente
Nublar de oro encendido
Y cielo abajo echar al impaciente.
Y como desraigado
Roble del alto Erebo
Mírese por los vientos arrastrado
Y deshecho, y de nuevo
Por pròfugo a la vida condenado.
Pues còmo en el remanso
Sabroso de la muerte
Derecho igual al plácido descanso
Tendrán el alma fuerte
Y la cobarde, el réprobo y el manso?
TÁLAMO Y CUNA
«Deja ¡oh mi esposo! la labor cansada
Que tus hermosas fuerzas aniquila,
Y ven bajo la bòveda tranquila
De nuestro lecho azul, con tu adorada.»
Y alcé los ojos de mi libro, y vila
De susto y de dolor enajenada.
«Secos y rojos del trabajo al peso,
Tus ojos mira»,—pálida me dijo:
«¡Duerme!» —y me puso en la mirada un beso.
Hacia la cuna trémulo dirijo
Mi vista ansiosa, y vuelvo al tosco impreso:
¡NO ha derecho a dormir quien tiene un hijo!
EN UN CAMPO FLORIDO...
En un campo florido en que retoñan
Al Sol de Abril las campanillas blancas,
Un coro de hombres jòvenes espera
A sus novias gallardas.
Tiembla el ramaje, cantan y aletean
Los pájaros: las silvias de su nido
Salen, a ver pasar las lindas mozas
En sus blancos vestidos.
Ya se van en parejas por lo oscuro
Susurrando los novios venturosos:
Volverán, volverán dentro de un año
Más felices los novios.
Sòlo uno, el más feliz, uno sombrío,
Con un traje más blanco que la nieve,
Para nunca volver, llevaba al brazo
La novia que no vuelve.
12 Mayo, 87
TONOS DE ORQUESTA
Tonos de orquesta y música sentida
Tiene mi voz: ¿qué céfiro ha pasado
Que el salterio sangriento y empolvado
Con soplo salvador vuelve a la vida?
Te lo diré: La arena de colores
Del páramo sediento
Tiembla, sube revuelta, y cae en flores
Nuevas y extrañas cuando pasa el viento.
En las teclas gastadas y frías
Del clave en el desván arrimado
Con sus manos de luz toca armonías
Sublimes un querube enamorado.
ENVILECE, DEVORA...
Envilece, devora, enferma, embriaga
La vida de ciudad: se come el ruido,
Como un corcel la yerba, la poesía.
Estréchase en las casas la apretada
Gente, como un cadáver en su nicho:
Y con penoso paso por las calles
Pardas, se arrastran hombres y mujeres
Tal como sobre el fango los insectos,
Secos, airados, pálidos, canijos.
Cuando los ojos, del astral palacio
De su interior, a la ciudad convierte
El alma heroica, no en batallas grandes
Piensa, ni en templos còncavos, ni en lides
De la palabra centelleante: piensa
En abrazar, como en un haz, los pobres
Y adonde el aire es puro, y el sol claro
Y el corazòn no es vil, volar con ellos.
DENTRO DE MÍ...
Dentro de mí hay un leòn enfrenado:
De mi corazòn he labrado sus riendas:
Tú me lo rompiste: cuando lo vi roto
Me pareciò bien enfrenar a la fiera.
Antes, cual la llama que en la estera prende,
Mi còlera ardía, lucía y se apagaba:
Como del leòn generoso en la selva
La fiebre se enciende; lo ciega; y se calma.
Pero, ya no puedes: las riendas le he puesto
Y al juicio he subido en el leòn a caballo:
La furia del juicio es tenaz: ya no puedes.
Dentro de mí hay un leòn enfrenado.
EN LOS TIEMPOS...
En los tiempos de la maravilla
Hubo una crueldad sumamente grande:
Claváronle a un hombre
Un hierro encendido
Junto a la tetilla
Y dijéronle: ¡ande!
El anduvo una vida asombrosa:
Si se erguía, el hierro humeante
En el calor de su dolor nutrido
Por los ambos costados se salía
Y en los brazos clavábase triunfante:
Si reclinarse y reposar quería
De las artes de los hombres
Sorprendentes y extrañas,
Con todo su peso el hierro oprimía
En sus..., en sus nobles, en sus castas entrañas.
SÓLO EL AFÁN...
Sòlo el afán de un náufrago podría
Compararse a mi afán:
Lejos el cielo y hondo el mar; [...]
A un alma sin amor, que en el tumulto
De rostro en rostro, por su tarda amante
En vano inquiere, y lívida jadea.
¡Yo sé, madres sin hijos, la tortura
De vuestro corazòn! ¡yo sé del triste
Sediento, y del hambriento; y del que lleva
Un muerto en las entrañas! Asgo el aire;
Suplico en alta voz, desesperado
Gimo, a la sorda sombra pido un beso:
De mí no sé. Me olvido. Me recoge
La desesperaciòn: y entre los brazos
Del hambre, a tanto el plato, me despierto!
Yo sé que de las rosas
Holladas al morir brota un gemido:
Yo he visto el alma pálida que surge
De la yerba que troncha el casco duro
Cual lágrima con alas: yo padezco
De aquel dolor del agua cristalina
Que el sol ardiente desdeñoso seca.
Sé de náuseas mortales y el deseo
De vaciar de una vez el pecho ansioso,
Como en la mesa el bebedor cansado
Vuelca la copa del inútil vino.
TENGO UN HUÉSPED...
Tengo un huésped muy inquieto
Del lado del corazòn.—
Muy celoso, muy celoso!—
Dormir no sabe mi huésped: no.—
Como una sierpe se enrosca
Mas no como sierpe, no:—
Como hoguera que consume
El lado donde está mi corazòn!—
¡VIVIR EN SÍ, QUÉ ESPANTO!
¡Vivir en sí, qué espanto!
Salir de sí desea
El hombre, que en su seno no halla modo
De reposar, de renovar su vida,
En roerse a sí propia entretenida.—
La soledad ¡qué yugo!
Del aire viene al árbol alto el jugo:—
De la vasta, jovial naturaleza
Al cuerpo viene el ágil movimiento
Y al alma la anhelada fortaleza.—
Cambio es la vida! Vierten los humanos
De si el fecundo amor: y luego vierte
La vida universal entre sus manos
Modo y poder de dominar la Muerte.
Como locos corceles
En el cerebro del poeta vagan
Entre muertos y pálidos laureles,
Ansias de amor que su alma recia estragan,
De anhelo audaz de redimir repleto
Busca en el aire bueno a su ansia objeto
Y vive el triste, pálido y sombrío,
Como gigante fiero
A un negro poste atado,
Con la raciòn mezquina de un jilguero
Por mano de un verdugo alimentado.—
¡Fauce hambrienta y voraz, un alma amante!
Y aquí, enredado con sus hierros, rueda
Y el polvo muerde, el aire tasca y queda
Atado al poste el mísero gigante.
PATRIA EN LAS FLORES
Por qué os secáis, violetas generosas,
Que me dio en hora amarga mano pía?
Pues patria al alma dais, flores medrosas,
¡No os secaréis en la memoria mía!
3 de Marzo
A LA PALABRA
Alma qué me transportas:
Voz desatada
Que a las almas ajenas
Llevas mi alma:—
Cinta, cinta de fuego—
Que pura y rauda
A los sueltos humanos
Alegras y atas;—
Pastora, pastorcilla
Enamorada,
Que junto al blanco y húmedo
Rebaño canta;—
Árabe, árabe fiero—
Que en su dorada
Hacanea parece
Volante llama;—
Leòn, leòn rugiente
De la montaña
Que como alud de oro
Al valle baja,—
Y en el villano impuro
La garra clava,—
Y en el dormido alumbra
El sol del alma;—
Lira, lira imponente
En la más alta
Cúspide de la tierra
Serena, alzada,—
En dos troncos de robles
Corvos las blandas
Cuerdas mordiendo, y trenzas
De rosas blancas
De los hilos sonoros
Sueltas al aura,
Cantando con pasmosas
Hercúleas cantigas,
De los dioses del cielo
Y tierra hazañas,
Y en himnos sin medida,
Como las almas,
Esparciendo a la nubes
La esencia humana,
Que en lento giro asciende
De la batalla;—
SEÑOR: EN VANO INTENTO
Señor: en vano intento
Contener el leòn que me devora:
Hasta a escribir mi amargo pensamiento
La pluma recia se me niega ahora.—
Señor: mi frente fría
Prenda clara te da de mi agonía.—
Cual seiba desraigada
Mi trémula armazòn cruje espantada:
No dejes que así cimbre
Como a recio huracán delgado mimbre:
Señor! Señor! yo siento
Que esta alta torre se derrumba al viento.
A la pasiòn, al tigre que me muerde
El poder de embridar el alma pierde.
Señor, Señor! no quieras
Mi pobre corazòn dar a las fieras.
12 de marzo
SEÑOR, AÚN NO HA CAÍDO
Señor, aún no ha caído
El roble, a padecer por ti elegido;
Aún suena por su fibra
Rota el eco del golpe: aún tiembla y vibra
Dentro el tronco el acero, al aire el cabo:
Aún es por la raíz del suelo esclavo:
Señor, el hacha fiera
Blande y retiemble, y este roble muera.
A ELOY ESCOBAR
No sabe el sol cuando asoma
Cuántas tristezas alumbra;
Ni el amigo cuando pasa
Callado por mi vetusta
Puerta —cuánta devorante
Pena recia mi alma enluta,—
Ni cuánta del mar revuelto
Viene al labio larga espuma.
No tiene su querellosa
Flautilla cuando modula
Más que quejas de la tierra,
Memorias del cielo augustas,—
Son más triste que el que mueven
Dentro del ánima turbia
Remembranzas del pasado
Bien, que en ruinas se sepulta,
Y la tibia frente orean
Con el aire de las tumbas.
Ni sabe Orestes ingrato
Còmo a Pílades conturban
De una niña que se queja
Cerca de él, las voces puras,—
Cuando las pálidas manos
De las que amantes las buscan, —
Temerosa de que el vuelo
Al cielo le estorben, hurta!—
Oh! no sabe el excelente
Varòn que el solar ilustra
Dònde en el cráter de un mundo
Otro mundo se derrumba,—
Cuánto el que a la falda llega
Del monte verde, en penurias
De alma se aflige, y solloza
Con voces de fiera angustia,
Que muerde más, por callada,
Y por sola, más asusta.
No de bellaco injuicioso
El triste Pílades cura;—
Ni de cabos, ni de condes,
Que el hado resuelto encumbra;
Ni de esas aves viajeras
Que con blanda estrofa arrullan,
Cuando al casto sol de gloria
O al vivo sol de fortuna—
Cual en torno al mástil suelen
En los mares blancos sulas—
Del glorioso o rico entorno
En corte espesa se juntan,
Para volar con los soles
Donde nuevas albas luzcan.
Mas si de Petrus in cunctis
Y de fascinables turbas,
Y de máximos señores
Vivo en venturosa incuria,
No así de la noble estima
Del varòn de ánima justa
Que con alta lengua y hechos
El solar nativo ilustra.—
Llegue el triste, del más triste
A alegrar la casa oscura:
Llegue con su barba luenga
Y su rica fabla culta,
Que va mansa, cual de oro
Arroyo en cuyas espumas
Rozasen las pintadillas
Alas mariposas fúlgidas.
Suelta den al padre hidalgo
El coro alegre de puras
Hijas que con invisibles
Besos, le cercan y escudan,—
Y a su paso atentas vierten
De melancòlicas urnas,
Blandas esencias de flores
Que la atmòsfera perfuman.
Deje la jaula dorada:
Venga a la de hierro dura:
Entienda las que no salen
A la faz lágrimas turbias:
Bridas tráigase de seda
Con su rica fabla culta,
Que el rebelde tigre embriden
Que en mí clava garra ruda.
Y cuando el zaguán estrecho
Trasponga de la vetusta
Casa que de Dios lo ha sido
Y del Dios que hoy priva y cura,
Y de tristes bardos muertos,
Y bardos, de muerte en busca,
Se abrirán de los naranjos
Del patio añejo en la cúpula
Blancos jazmines, gemelos
De los que adornan mi pluma,
Ora que el alma encamino
Al varòn de tierra fúlgida.
A UN JOVEN MUERTO
Para no sé qué corona, fúnebre
Vedle! En la seca garganta
Apagada está la nota:
El brazo ya no levanta
La copa de oro, que rota
Por la mística muerte,
En la pálida mano mal huida
Sus myosotis y sus violetas vierte
Mustias al pie del luchador sin vida.
Niños, que vais con el arma
Cargada y luciente al hombro,—
Al soldado que desarma
Muerte importuna, al escombro
De un águila aposento
Ayer, y hueco ahora,
Interrogad, y osado cumplimiento
A su obra rota dad: así se llora!
CRUJE LA TIERRA, RUEDA HECHA PEDAZOS
Cruje la tierra, rueda hecha pedazos
La ciudad, urge el miedo a la concordia,
Siervo y señor confúndense en abrazos:
Bosques las calles son, bosques de brazos
Que piden al Señor misericordia.
La soberana espira bambolea,
El pòrtico corintio tiembla luego,
Vota y jura la gente, el suelo humea
Y sobre el llanto y el pavor pasea
De torre en torre el misterioso fuego.
Quién es, quién es? ¿quién puede en un minuto
Revolcar en su polvo a las ciudades,
Trocar al hombre en espantoso bruto,
Echar la tierra sobre el mar enjuto,
Aventar como arena las edades?
Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila
El suelo como un mar, se encrespa, ruge,
Hincha el lomo, entreabre la pupila,
Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:
Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.
La ciudad, como un árbol, se deshoja,
Cortados a cercén vuelan los techos,
Se abre la tierra blanda en cuenca roja
Y a las madres, del mundo en la congoja
Se les seca la leche de los pechos!
Salta una novia de la alcoba nueva
Donde el naranjo fresco florecía:
Muerta a su espalda el novio se la lleva:
Párase, ve el horror, en negra cueva
Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.
Abatido el poder, pálido el mando,
El más bravo es allí trémulo ejemplo
De pavura inmortal: huye llorando
Un clérigo infeliz: danzan temblando
Sobre el altar los santos en el templo.
Al lívido reflejo de las luces
Vese allí a un pueblo orando por sus vidas,
Unos a rastras van, otros de bruces
Piden merced a Dios, junto a las cruces
De las torres magníficas caídas.
Todos quieren vivir: ¡mas se ha notado
Que hay uno allí que ve de más la vida;—
Uno en el pueblo entero! —un desterrado
Que a anonadar su cuerpo quebrantado
A las torres y pòrticos convida.
Setiembre [1886]
MARZO
Vuelvo a ti, pluma fiel. De la desdicha
Más que de la ventura nace el verso.
Marzo fatal sobre la tierra cruza,
Marzo envidioso: corta la erizada
Ala la nube que al encuentro boga
De su rival, Abril: y el riego mismo
Que el flotante vapor, del flanco abierto
Echa a raudales, con mayor frescura
Adorna a Abril: así con lo que hiere,
Gloria mayor da a su rival la envidia!
Vibra el aire y retumba. Desaladas
Huyen las nubes. Adereza la honda
El rápido granizo. Sus caballos
Negros desboca el huracán. Sacude
El invierno la barba... ¡Inflama el fuego
Los cráteres dormidos!: en los cauces
Rompiendo su cristal el agua asoma
A ver pasar el sol!: renace el mundo!
Se oye a lo lejos galopar la nieve...
Batalla es el espacio: perseguida
Por el viento brutal, a mis ventanas
Temblando llama y trémula la lluvia.
De la fealdad del hombre a la belleza
Del Universo asciendo: bien castiga
El hombre a quien lo busca: bien consuela
Del hombre y de su influjo pasajero
La tristeza sublime. En sus radiantes
Alas levanta el alma la tristeza
Con majestad de reyes no salida!
De codos en mi mesa hundirse miro
Bajo el capuz del aire, como artesa
De aguas turbias el mundo: alas y brazos
Flotan acá y allá, revueltos luego
En la creciente oscuridad: resbalan
Sobre las crestas erizadas, como
Chispas de luz, las almas de los niños!
De la fealdad del hombre a la belleza
Del Universo asciendo: el hombre pasa
Y queda el Universo: no me duele
La mordida del hombre: más triunfante
Muestra el alma su luz por la hendidura.
Quien el vaso de fuego muerde airado
Nuevas lenguas le da: la llama herida
Revienta en flor de llama: a cada diente,
Un pétalo de luz: esos florones
De fuego inmaculado, en la armoniosa
Sombra, la marcha mística del cielo
Con sus llamas dolientes iluminan.
El dolor es la fuerza: la hermosura
Perfecta es el dolor: como de un crimen
Se sufre de gozar: como una mancha
Queda en el cuerpo el beso victorioso
De la mujer astuta: triste y vano
Es el aplauso con que el hombre premia
Al que lo halaga o doma: y cuando el mundo,
Cual Mesalina de gozar cansada,
Revela su fealdad, el alma en fuga
Crece y luce al volar, abre el espanto
Claridades magníficas, el gozo
Corrompe el alma, —y el dolor la eleva!
Hoy es Marzo, dolor ¡y Abril mañana!
ABRIL
Juega el viento de Abril gracioso y leve
Con la cortina azul de mi ventana:
Da todo el Sol de Abril sobre la ufana
Niña que pide al Sol que se la lleve.
En vano el Sol contemplará tendidos
Hacia su luz sus brazos seductores,
Estos brazos donde cuelgan las flores
Como en las ramas cuelgan los nidos.
También el Sol, también el Sol ha amado
Y como todos los que amamos, miente:
Puede llevar la luz sobre la frente,
Pero lleva la muerte en el costado.
ERA SOL
Era sol: caballero en un potro,
Con la rienda tendida al acaso,
Fui testigo de un drama de amores:—
¡Qué volar! ¡Qué caer! ¡Qué dolores!...
Aprieto el paso...
Era sol. El fragor de la tierra
Celebrar tanto amor parecía:—
Y el potente amador fulguraba
Como un astro encendido, y volaba,
Y los aires hendía.—
El amor, como un águila, vuela
Sobre el cráneo poblado del hombre,
Y tal aire en sus alas encierra
Que lo empuja por sobre la tierra
Con vuelo sin nombre.
Y a tal punto el amor transfigura
Que la atònita tierra no sabe
Si aquel astro que vuela es ave
O humana criatura.
HERVOR DE ESPÍRITU
Cielo, mi amor! —en vano sobre el libro
La vista fijo y la atenciòn reclamo:
Tu luz enciendo, con tus rayos vibro,
¡Y expulsado de ti, perdòn te clamo!
Si te merezco ¡oh padre! si te adoro
¿Qué delito filial he cometido?
¡Puesto que llanto sobrehumano lloro
Delito alguno sobrehumano ha sido!
En vano apago el férvido gemido;
La voladora idea
La frente en vano hacia la tierra inclina:
La sien desenfrenada me golpea,—
¡El cerebro revuelto se ilumina
Y el ojo enardecido centellea!
Cierto corcel intrépido y fogoso
De raudo giro irregular y eterno
Rebelde piafa, rápido circula,
Detiénese, se lanza
Del cráneo en torno en veloz carrera,
¡Y de polvo divino
Llena, y de nube, la revuelta esfera!
La ciencia, el cerco, el mísero detalle,
El número, la clase, la doctrina;
¡Y bullendo en el mar de mi cerebro
La impaciencia y la còlera divina!
Sentir que sobre el monte
Sol fuera, luminar del horizonte,
Y frente a una ventana,
Doble prisiòn sobre la interna mía
¡Plegar al libro el alma sobrehumana
Y el alma ardiente a la cadena fría!
Así, encerrada un águila
En un místico cuerpo de paloma
La garra ruda ciega movería
Y en el círculo estrecho,
Del golpe propio desgarrado el pecho
Con el ala enclavada moriría.
TIENES EL DON...
Tienes el don, tienes el verso, tienes
Todo el valor de ti, tienes la altiva
Resoluciòn que arrostra y que cautiva
Y llama las coronas a las sienes.
Tienes la fuga, el verbo, los desdenes
Divinos de quien es, y el habla viva
De quien cruza la tierra cielo arriba
Y ni adula al feliz, ni aguarda bienes.
—¡Pero no tengo el impudor odioso
De enseñar mis entrañas derretidas
En estuche de verso recamado!
Viva mi nombre oscuro y en reposo
Si he de comprar las palmas perseguidas
Sacando al viento mí dolor sagrado.
Mayo 7
YO PUEDO HACER
Yo puedo hacer, puedo hacer
De esta desdicha una joya;
¡Pero me la habrán de ver!-—
No, vive Dios: paso atrás!
Mi pena es mi hija: ¡mi hija
No me la han de ver jamás!
Son còmicos del dolor,
Son llorones de su entierro,
Son mercaderes de amor,
Son indignos del placer
De sufrir y de querer
Los que enseñan y venden
En libros y salas
Su goce o dolor.
(A los poetas a lo Grilo)
QUIEREN, OH MI DOLOR...
Quieren, oh mi dolor, que a tu hermosura
De su ornamento natural despoje,
Que el árbol pode, que la flor deshoje,
Que haga al manto viril broche y cintura:
Quieren que al verso arrebatado en dura
Cárcel sonante y apretada aherroje,
Cual la espiga deshecha en la alta troje
O en el tosco lagar la vid madura.
No, vive Dios! La còmica alquilada
El paso ensaye, y el sollozo en donde,
Betunosa la faz, gime e implora:—
El gran dolor, el alma desolada,
Ni con carmín su lividez esconde,
Ni se trenza el cabello cuando llora.
BIEN: YO RESPETO
Bien: yo respeto
A mi modo brutal, un modo manso
Para los infelices e implacable
Con los que el hambre y el dolor desdeñan,
Y el sublime trabajo, yo respeto
La arruga, el callo, la joroba, la hosca
Y flaca palidez de los que sufren.
Respeto a la infeliz mujer de Italia,
Pura como su cielo, que en la esquina
De la casa sin sol donde devoro
Mis ansias de belleza, vende humilde
Piñas dulces o pálidas manzanas.
Respeto al buen francés, bravo, robusto,
Rojo como su vino, que con luces
De bandera en los ojos, pasa en busca
De pan y gloria al Istmo donde muere.
DE MIS TRISTES ESTUDIOS
De mis tristes estudios, de mis sombras
Nauseabundas y bárbaras, resurjo
Lleno el pecho jovial de un amor loco
Por la mujer hermosa y la poesía:
¡Siempre juntas las dos! Dos ojos negros,
A mí, que no ando en cuerpos, o ando apenas,
Como una antorcha en las tinieblas, vuelven
A mí aterrado espíritu la vida:
¡Dos ojos negros, que entreví, pasando,
Ya hacia la noche, ante una puerta oscura!
SIEMPRE QUE HUNDO LA MENTE EN LIBROS GRAVES
Siempre que hundo la mente en libros graves
La saco con un haz de luz de aurora:
Yo percibo los hilos, la juntura,
La flor del Universo: yo pronuncio
Pronta a nacer una inmortal poesía,
No de dioses de altar ni libros viejos,
No de flores de Grecia, repintadas
Con menjurjes de moda, no con rastros
De rastros, no con lívidos despojos
Se amasará de las edades muertas:
Sino de las entrañas exploradas
Del Universo, surgirá radiante
Con la luz y las gracias de la vida.
Para vencer, combatirá primero:
E inundará de luz, como la aurora.—
POR DIOS QUE CANSA
Por Dios que cansa
Tanto poetín que su dolor de hormiga
Al Universo incalculable cuenta.—
¿Qué al mar, qué a los pilares de alabastro
Que sustentan la tierra, qué a las cumbres
Que echan el hombre al cielo, qué a la mole
Azul que enrubia el Sol, qué al orbe puro
Donde se extingue en pensamiento el hombre
Y el mundo acaba, acrisolado, en ala,
Qué al festín de los astros doler puede
Que porque a Francisquín prefiere Antonia
Un recio Capitán, Francisco, llore?
Que engaña Antonia? ¡Antonia siempre engaña!
A trabajar! a iluminar! piqueta
Y pilòn, astro y llama, y obelisco
De fuego, y guía al Sol, el verso sea!
Ya las mieles de amor llegan al cuello.
Con la mujer del brazo, ámese al hombre.
Quien pida amor ha de inspirar respeto.
Y si una pena bárbara, ceñuda,
Y vasta como el mar, te invade y come,
Muere, muere en silencio, como muere,
Sorbida por el mar, una montaña.
Julio 27/85
LA SELVA ES HONDA...
La selva es honda. Corpulenta flora,
Como densa muralla, el aire fresco
Con sus perfumes penetrantes carga,—
Y el tronco gris, y el ramo verde vierten
Guirnaldas de moradas hipomeas.
Lamiendo el tronco,
Luengas raíces, de la azul laguna
Las anchas ondas perezosas besan,
Como mujer que, en ademán de sueño,
Los senos recios adelante echando
Los brazos tiende al amador tardío.
Las verdes hojas prometiendo amores,
Murmuran; y en las ondas se reflejan,
Como los vivos que en la tierra corren
La dicha viendo, sin hallarla nunca
Y las raíces, de su tronco esclavas,—
Como el espíritu el carnal arreo,
Con desperado aliento se sacuden,—
Y, como el alma en los espacios mueve
Un ala, en tanto que en el tronco gime
El ala esposa, gemidora esclava,—
Al árbol alto reciamente juntos
Los blandos hilos en las ondas flotan.
LLUVIA DE JUNIO
Como al frescor de un baño,
Mis miembros resucitan. De mis ojos
Como manto imperial caen las miradas.
Sacúdense las ramas, como potros
Al sentir el jinete: otras, negruzcas,
Tienden, cual brazos míseros, las púas
Colgadas de hipomeas.
Sobre el parral, acorralado, el tierno
Follaje vuelve el dorso,
Como tropel de mariposas blancas
Que del viento y la lluvia se refugia.
El heno, entre los claros
Del verde fresco parece oro.—
Como penacho solitario ondea
Un gajo erguido: cual guerreros
Que al volar a la lid
El mejor modo de morir consultan
Múevense aquellas ramas: cual vecinas
Locas, bajo los árboles, sacuden
Las yerbas sus espigas. Por sus cantos
Se sabe de los pájaros ocultos
Donde se ama sin luz.
Las nubes majestuosas
Cruzan, a paso lento, el cielo vago.
Huele a vida la tierra, pitorrean
Los pájaros, de arriba
Cae la lluvia a lanzazos, cual si viendo
Pasar los ángeles despiertos una fiera
Tan bella como la tierra, disparasen
Desde las nubes todos sus saetazos.
Bajo el roble magnífico, se anida
Una casita blanca, techada
De plata por la lluvia:
Saber no quiero
De la pompa del mundo: el amor cabe
En un grano de anís: la gloria apenas
Es un ojo de hormigas: la grandeza
Del corazòn, el hombre envenenado
Antes la muerde que la aplaude: el verso
Es el último amigo. Así en mi mesa,
Solos los dos, mientras el hombre aspira
Y engaña la mujer, mientras consume
La virtud su prisiòn agonizante,
Solos, mi verso y yo, nos contemplamos.—
De este Junio lluvioso al dulce frío
Quisiera yo morir: ya. Junio acaba!
Morir también en Mayo amable quise,
Cuando acababa Mayo. Saborea
Su dulce el niño, y con igual regalo
En noches solas y en febriles días
Cual ardilla ladrona a ocultas mimo
El pensamiento de morir. Del libro
Huyen los ojos ya, buscando en lo alto
Otro libro mayor: pero no quiero
Ni en tierra esclava reposar, ni en esta
Tierra en que no nací: la lluvia misma
Azote me parece, y extranjeros
Sus árboles me son: sí, me conmueve
Mi horror al frío: ¡oh patria amada!
¡Como mi corazòn, mi cuerpo es tuyo!
Que los gusanos que me coman sean
Los que tu suelo mísero fabrican!
¡Mi cadáver al fin, patria adorada,
Te servirá, ya que no te pude servir!
Así seré sustento de tus hijos
Y tizòn de tus tiranos!—
¡No se lo digas, no: negarme asilo
Aún en mi cuerpo mísero podrían!
No como ayer el vendaval me invita
A arrostrar su furor: pláceme ahora,
Vecino de la muerte, entre cristales
Ver su noble hermosura. Es el silencio
Lo que mi alma apetece. El hombre honrado
Huye del mundo. Esquiva el decoroso
Enfermo el cuadro donde el sol se vea.
Yo, por fuera, estoy bien: adentro es donde
Come la enfermedad: ¡siempre el gusano
En pleno corazòn muerde la fruta!
¿Qué preguntáis mi mal? ¿pues no he querido
Ser bueno? Di monedas de oro puro
Y me las dieron falsas. Callo y muero:
¡Ya el vendaval, cuando a sus crenchas ciñe
La corona de roble, cuando el tronco
De encino nuevo vigoroso empuña,
No, como ayer, a caminar de amigos
Sobre la tierra trémula me invita!
TODO SOY CANAS YA...
Todo soy canas ya, y aún no he sabido
Colmar mi corazòn: como una copa
Sin vino, o cráneo [........], rechazo
La beldad insensata;—y el sentido
Ay! no lo es sin la beldad! El sumo
Sentido es la beldad: ¿en qué soñadas
Cárceles, nubes, rosas, joyas vive
La que me rinda el corazòn y dome
Con doble encanto mi ansia de hermosura?
Con su bondad me obliga la que en vano
Quiere mi mente acompañar: la astuta
Que con ágil belleza y luces de oro
Llega volando, y en mis labios secos
Bebe la última miel, y en mis entrañas
Con el ala triunfante se abre un nido,—
Antes que el sol que me la trajo abroche
Su cinto rojo al mundo, antes que muera
El insecto que vive sòlo un día,
Ya me enseñò la máscara, y la horrenda
Desnudez y flacura de los huesos.
Como vapor, como visiòn, como humo
Ya la beldad de las mujeres miro.
Velos de carne que el tablado esconden
Donde siega cabezas el verdugo
O al más alto postor, cual bestia en cueros
Vende el rematador la mercancía.
Feria es el mundo: aquélla en blando encaje
Como un cesto de perlas recogida;
Aquélla en sus cojines reclinada
Como un zafiro entre òpalos; aquélla
Donde el genio sublime resplandece
En el alma inmoral, cual vaga el fuego
Fatuo entre las hediondas sepulturas,
Ni fuego son, ni encaje, ni zafiro
Sino piara de cerdos.
¡Flor oscura,
A ti, para morir, el alma ansiosa
Tras sus jornadas negras se encamina!
Tú no te pintas, flor del campo, el rostro
Ni el corazòn: no sepas, ay, no sepas
Que no aplacas mi sed, pero tu seno
Honrado es sòlo de ampararme digno.
Mancha el vicio al poeta, o la locura
De amar lo vil: con la coraza entera
Ha de morir el hombre: me lastima
Ya la coraza!: endulza, novia, endulza
El dolor de dejarte: luego, luego
Será el festín: no ves que donde muere
El hueso nace el ala?; tú de estrellas
Sabes y de la muerte: tú en las ruinas
Reinas, flor de bondad, dulce señora
Del páramo candente, o el fragoso
Campo de lava en que el jardín expira!
En las luchas de amor las palmas rindo
A la virtud constante y silenciosa.
ENTRE LOS HOMBRES...
Entre los hombres, viénese manchado
Cual del lagar hediondo en donde estrujan
Los labriegos las uvas generosas.—
Tiemblen los que amen, que a puñadas duras,
Como a la gente limpia los rufianes
Le engallarán el alma enloquecida!—
Y perseguido, como a fiera, sòlo
En su lecho de luz caerá de bruces!
Echaba al tigre el bárbaro romano
A los fieles a Cristo: —y a los hombres
Se echa los nuevos mártires ahora!
Pues como si a árbol fuerte la semilla
Crece, y a pompa umbrosa, y fructifica,
El alma amante, que sin darse muere
Ni aire ha de hallar, ni tierra, luz y empleo.
Para alumbrar la tierra el sol esplende:
Frutece en poma suave la semilla,
Y hoy, o después, o alguna vez, el goce
De amar sin sonrojarse hallará el alma.
¡Ya yo he sentido, ya, còmo se mece
Libre del cuerpo, así como una nube
En el divino espacio el alma humana!
¡QUE SUSTO! QUÉ TEMOR!...
jQué susto! qué temor! qué delicado
Gozo, que el pecho inunda, cárcel breve,
Alza aroma abundante que le llena!
jQué negarse la pluma al pensamiento!
¡Y qué tender el pensamiento el ala!
Un verso, que es viviente, un ángel muerto
Ya sin vida y color: su extraña esencia
Como un perfume al vago viento escapa!
Este miedo sabroso, esta ternura
Inefable, esta alarma, esto es poesía!
Los ojos, de luz llenos, acarician;
La sierva mano como un ala tiembla,
Y a la frente de llamas coronada,
Como un vaso de bálsamo rebosa.
DE FORMA EN FORMA, Y DE ASTRO EN ASTRO...
De forma en forma, y de astro en astro vengo:
Viejo nací: ¿Quién soy? Lo sé. Soy todo:—
El animal y el hombre, el árbol preso
Y el pájaro volante: evangelista
Y bestia soy: me place el sacrificio
Más que el gozo común: con esto sòlo
Sé ya quién soy: ya siento do mi mano
Ceder las puertas fúlgidas del cielo.
OBRA Y AMOR
La obra —delante, y el amor —adentro:—
Y el amor, remolino avaricioso,
El alma entera arrastra al hondo centro,
La obra perece —y el amor celoso,
Luego que por su culpa el hombre yerra,
Con culpa y sin vigor lo deja en tierra.
PUES A VIVIR VENIMOS...
Pues a vivir venimos—y es la ofrenda
Esta existencia que los hombres hacen
A su final pureza—aunque el veneno
De un cruel amor la ardiente sangre encienda,
—Aunque a indòmita bestia arnés echemos
De ricas piedras persas recamado,—
—Aunque de daga aguda el pecho sea
Con herida perenne traspasado—
Vengan daga, y corcel, y amor que mate:—
Eso es al fin vivir!—
El bardo, como un pájaro, recoge
Pajas para su nido—de las voces
Que pueblan el silencio, de la triste
Vida común, en que las almas luchan
Como animadas perlas en los senos
Enclavadas de un monte lucharían.
LA MADRE ESTA SENTADA
La madre está sentada
Junto a la cuna:—
Por la ventana gòtica calada
Entran risueños quiebros de luna.
La madre está espantada,
La cuna junto,
Más blanco que la sábana calada
Brilla a la luna su hijo difunto.—
¿Sombra... por qué te llevas Mi serafín?
—Yo necesito de flores nuevas
En mi jardín.—
Ahí muriò la madre, arrodillada
Junto a la cuna:
Por la ventana gòtica calada
Entraba quieta la mansa luna:—
¡Loco el que al cielo o a los astros fía
Su pena o su alegría!—
Se es en la vida —leño abandonado,
Al capricho del mar alborotado:—
Y flor, húmeda o seca, que los vientos
Arrebatan violentos;—
O respetan y halagan caprichosos;—
Juguetes ¡ay! de locos poderosos!—
Corderos ¡ay! nacidos
A manchar su vellòn, y a andar perdidos!—
Sin más mentor, desde la blanda cuna
Que la razòn vendada, y la fortuna!—
Música? Si es un hurto: si la muerte
A esa edad infantil no tiene derecho;—
Si el pesar no se ahorra,
Si la sentencia es fiera,
Si volverá aunque corra,
Si volverá a vivir, aunque se muera!—
Verdad que no es perdido
El tiempo ya vivido—
Y como de la tierra lo arrebata
La muerte en su sencilla edad de plata:
Cuando torne ese espíritu en forma nueva,
Volverá con la edad que ahora se lleva!—
No hay muerto, por bien muerto
Que en las entrañas de la tierra yazga,
Que en otra forma, o en su forma misma,
Más vivo luego y más audaz no salga.
COMO FIERA ENJAULADA
Como fiera enjaulada
Mi asiento dejo—empujo la entornada
Puerta, vuelvo a mi libro,
Los anchos ojos en sus letras clavo,
Como cuerdas heridas, tiemblo y vibro,—
Y ruge, y muerde el alma atormentada,
Como cuerpo de mármol encerrada.—
MONTE ABAJO
Allá va, las entrañas encendidas,
La mole gemidora,—
Y esclava colosal, por hierros duros
Por selvas y por cráteres se lanza;—
Mas si torpe o rebelde el hierro olvida
Y de los rieles fuera altiva avanza,
Monte abajo deshecha se abalanza.—
Del vapor del espíritu movida
Va así, por entre hierros, nuestra vida:
Si el camino vulgar audaz desdeña
Monte abajo quebrada se despeña.—
POESÍA DISPERSA
Primeras poesías
[hasta 1870]
A MI MADRE
Madre del alma, madre querida,
Son tus natales, quiero cantar;
Porque mi alma, de amor henchida,
Aunque muy Joven, nunca se olvida
De la que vida me hubo de dar.
Pasan los años, vuelven las horas
Que yo a tu lado no siento ir,
Por tus caricias arrobadoras
Y las miradas tan seductoras
Que hacen mi pecho fuerte latir.
A Dios yo pido constantemente
Para mis padres vida inmortal;
Porque es muy grato, sobre la frente
Sentir el roce de un beso ardiente
Que de otra boca nunca es igual.
A MICAELA
1
Cuando en la noche del duelo
Llora el alma sus pesares,
Y lamenta su desgracia,
Y recuerda sus afanes,
Tristes lágrimas se escapan
Como perlas de los mares;
Y por eso, Micaela,
Triste lloras sin que nadie
Tu dolor consolar pueda
Y tus sollozos acalle;
Y por eso, Micaela,
Triste en tu dolor de madre,
Lloras siempre, siempre gimes
La muerte de Miguel Ángel.
2
Allí está! Cual fresca rosa,
Blanco lirio de la tarde,
Sentado en el verde musgo,
Yace tu Miguel, tu ángel,
La imagen de tus delirios;
La noche de tus afanes,
El alma de tus amores,
Consuelo de tus pesares,
Pura gota de rocío
Que al blando beso del aire
Casta brotò de tu seno
Convertida en Miguel Ángel.
3
Allí está! Lágrimas tristes
Anublan tu faz de madre,
Porque les falta a tus ojos
Algo bello, algo tan suave
Como las nubes de oro,
Rosa y grana de la tarde;
Y en el aire que respiras,
Y en las hojas de los árboles
Ves cruzar cual misteriosa
Sombra, de tu amor imagen,
A la perla de tus Sueños,
Al precioso Miguel Ángel.
4
¿Pero no ves, Micaela,
Esa nube y esos ángeles?
Mira! No ves còmo suben?
¿Los ves? ¿Los ves? ¡Triste madre,
Ya se llevan a tu hijo
De tus delirios la imagen;
El alma de tus amores,
La noche de tus afanes,
Pura gota de rocío,
Linda perla de los mares!...
¡Llora! llora, Micaela,
Porque se fue Miguel Ángel!
[Abril de 1868]
CARTA DE MADRUGADA A SUS HERMANAS ANTONIA Y AMELIA
Me han dicho que hay dos ángeles
Estremecidos,
Que habitan de pasada
Un pobre nido.
Me han dicho que a la puerta
Del caserío,
Asoman los lobeznos
De los caminos.
Me han dicho que los ángeles,
Desfallecidos,
Tristes de no ver cielo,
Lloran impíos.
¡No se corten las alas
Los angelillos,
Que cuando el cielo luzca
No podrían ya volar del pobre nido!
[1868?]
LINDA HERMANITA MIA
Linda hermanita mía:
Feliz es el momento en que recibo
Carta tuya; feliz es este día
Porque en ti pienso y de mi amor te escribo.
Versos esperas tú que te anunciaba
Allá por la pasada noche-buena:
En el revuelto mar de mis papeles
No se sabe posar la paz serena
Y, pues que soy doncel, obro sin pena
Como obran desde antaño los donceles:
Escribo, guardo, pierdo,
Te quiero mucho, y luego me perdonas,
Y, si a mi loco juicio, fuera cuerdo
Pensar un triste ornarse con coronas,
Las más bellas serían
Las que tus lindas manos me darían,
Los más consoladores tus laureles
Al perdonarme por haber perdido
Aquel que, por ser tuyo, hubiera sido
El más bello papel de mis papeles.
Impaciente y estúpido el correo,
Lucha y vence mi amor y mi deseo.
Corta es mi carta, mas si bien la peso,
Me une a tu imagen tan estrecho lazo,
Que es cada frase para ti, un abrazo
Y cada letra que te escribo, un beso.
¡10 DE OCTUBRE!
No es un sueño, es verdad: grito de guerra
Lanza el cubano pueblo, enfurecido;
El pueblo que tres siglos ha sufrido
Cuanto de negro la opresiòn encierra.
Del ancho Cauto a la Escambraica sierra,
Ruge el cañòn y al bélico estampido,
El bárbaro opresor, estremecido,
Gime, solloza, y tímido se aterra.
De su fuerza y heroica valentía
Tumbas los campos son, y su grandeza
Degrada y mancha horrible cobardía.
Gracias a Dios que ¡al fin con entereza
Rompe Cuba el dogal que la oprimía
Y altiva y libre yergue su cabeza!
A FERMÍN VALDÉS DOMÍNGUEZ
En mis desgracias, noble amigo, viste
¡Ay! mi llanto brotar;—si mi tirano
Las arrancò de mi alma, tú supiste
Noble enjugarlas con tu amiga mano,
Y en mis horas de lágrimas, tú fuiste
El amigo mejor, el buen hermano:—
Recibe, pues, con el afecto mío,
Este pobre retrato que te envío.
12 junio/69
A PAULINA
Si es un símbolo el nombre de Paulina
De paz y de ventura,
De religiòn divina,
De amor filial y de la fe más pura,
Como un testigo a su virtud le envío
Mi pobre canto y el retrato mío.
12 junio/69
AUNQUE JUZGUE V. SIN CALMA
1
Aunque juzgue V. sin calma
Que no es nada para mí,
Esta ofrenda baladí,
Luisa, me sale del alma.
2
En ese horrible cliché
Que vea V. sòlo deseo
Si bien un mozo muy feo,
Un buen amigo de V.
3
Y en escribir no me ensancho
Ni pretendo hacer el oso:
Como soy... respetuoso
Le tengo... respeto... a Pancho.
LA MUJER IDEAL
Yo vi, cuando era muy niño,
En un camino desierto,
Una niña junto a un muerto
Orando al cielo por él:
Y la vi còmo en su angustia
La pobre niña decía,
«Amalo, Virgen María,
Tanto como yo lo amé».
Pasò un año y en la Iglesia
Meditabundo entré un día,
Y vi que la Iglesia decía
¡Téngala en paz el Señor!
Pregunté por qué lloraba
Aquel pueblo del desierto
Y me dijeron: «ha muerto
Nuestra Virgen, nuestro sol».
Y al pie del féretro triste
En que a una mujer veía
En una imagen había
La Virgen de la Salud.
Pero nada eternizaba
Del muerto la augusta calma:
No había en el templo ni un alma
Ni una rosa en su ataúd.
Hoy hace ya mucho tiempo
Que muriò la niña hermosa,
Y en su tumba hay una rosa
Rebosando siempre amor.
Y es que la adoran ya muerta
Como la adoraron viva,
Y un alma caritativa
Cuida siempre de la flor!
[¿1869?]
EL ÁNGEL
Ayer una voz del cielo
en mi pecho resonò:
—«¿Viste algún ángel en el triste suelo?»
y respondí que no.
Mas tarde te he conocido,
y al conocerte, te amé,
y en raudales de amor se han embebido
mi esperanza y mi fe.
También una voz del cielo
hoy ha resonado en mí:
—«¿Viste algún ángel en el triste suelo?»
¡y respondí que sí!
EN TI ENCERRÉ MIS HORAS DE ALEGRÍA
En ti encerré mis horas de alegría
Y de amargo dolor;
Permite al menos que en tus horas deje
Mi alma con mi adiòs.
Voy a una casa inmensa en que me han dicho
Que es la vida expirar.
La patria allí me lleva. Por la patria,
Morir es gozar más. 4 de abril de 1870
A FERMÍN VALDÉS DOMÍNGUEZ
Si en un retrato el corazòn se envía
Toma mi corazòn, y cuando llores
Lágrimas de dolor, con ellas moja
La copia fiel de tu doliente amigo.
Presidio, 9 Junio 1870
I BRIGADA—113
Mírame, madre, y por tu amor no llores:
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas,
Tu mártir corazòn llené de espinas,
Piensa que nacen entre espinas flores.
Presidio, 28 de agosto de 1870
A FERMÍN VALDÉS DOMÍNGUEZ
Hermano de dolor,—no mires nunca
En mí al esclavo que cobarde llora;—
Ve la imagen robusta de mi alma
Y la página bella de mi historia.
Presidio, 28 de agosto de 1870
Poemas escritos en España
[1871-1874]
VENID! VENID; —MI SANGRE BULLIDORA
Venid! venid; —mi sangre bullidora
Hierve al clamor de gloria y de venganza,
Y ya escucho una voz en mis oídos
Que me dice con cántico sublime:
«Alentad, corazones decididos,
Que para el pueblo que cautivo gime
Brilla siempre la luz de la esperanza!»
Harto tiempo la patria con menguado
Llanto y gemidos importuna al cielo:—
¡Desnude al fin la espada vengadora!
¡Encienda ya la fulminante tea!
Cuando hay un brazo que al combate guíe
Es pueblo infame el que cautivo llora.
¡A luchar! ¡a luchar! que allá en el monte
El Dios de la esperanza nos sonríe!
¿Qué esperan los valientes y esforzados
Jòvenes arrojados?
¿Qué esperan, pues, que al campo no se lanzan
E indomables guerreros
Por la patria a morir no se abalanzan?
Corred! luchad!, venced! y ante las aras
De la patria oprimida,
Despedazad el yugo que la infama
O dejad a sus plantas vuestra vida!
No alcéis para mi patria los palacios
Un tiempo gala del lujoso asirio:
Alzad en ella templos a la gloria,
Y, si os niega su brazo la Victoria,
Alcanzaréis la palma del martirio!
En el cielo de América anchuroso
Cubre el crespòn la estrella de la patria.—
¿Y habrá quien ya no luche?
¿Y habrá quien otra voz que la doliente
Del pueblo esclavo y mancillado escuche?
¿Y habrá quien torpe sienta
Saltar su corazòn entre cadenas
Y busque sòlo en el mezquino llanto
Alivio infame a las comunes penas?
¡Despierta, oh pueblo mísero, cobarde!
¡La frente altiva que en el polvo hundiste
Lauros arranque a la memoria triste!
¡Para morir luchando nunca es tarde!
¡Morir! La patria gime!
¡Morir! La patria nuestro esfuerzo clama!
Si un torrente de llanto nos infama,
Una gota de sangre nos redime!
Empuñe el hierro y el acero blanda
Quien en menguada ociosidad se enerva;
El arma embrace, y muera
Con el ánima enérgica y entera!
Morir, morir nos manda
En sangre tinta nuestra patria sierva!
¿Por qué tanto temor, cuidado tanto?
¿Es por ventura la enemiga gente,
Rayo de Dios que fulminando airado
Así nos suma en pavoroso espanto?
Al hierro muera y al acero caiga,
Y la nueva feliz de su ignominia
Rápido el viento con placer nos traiga!
Ruja, ruja el cañòn, el llano alumbre
El fulgor de la espada valerosa
Por tanto tiempo tímida e incierta!
El fuego de la horrible servidumbre,
En nuestra patria extinga, flor hermosa
A la esperanza y al amor abierta!
Cadáver ya la patria parecía
En cuyos labios cárdenos la muerte
Su sed de sangre férvida calmaba,—
Sobre el que pavorosa se cernía
La noche de la infamia,—y lo envolvía
Nube de inmundas aves que graznaba
Con hòrrida y frenética alegría.—
Y el cadáver soberbio se levanta
Y a los ciclòpeos golpes de su brazo
En tierra el opresor vencido rueda;—
Y la avarienta muerte
En vida exuberante se convierte:—
Claro, espléndido día
De aquella tenebrosa noche queda:
Lauros la frente destrozada adornan
De esta tierra de siervos,
Y en varones enérgicos se tornan
Las fatídicas alas de los cuervos:
A luchar! a luchar! luzca el acero
E iluminen sus rayos la pelea
Y a su fulgor el déspota impotente
Vencido incline la manchada frente!
De nuestra indignaciòn víctima sea,
Y quien osò llamarnos siervos suyos
A los nuestros les sirva de presea!—
Y cuando el padre Sol sus rayos vibre,
Surcando el viento en las rizadas olas
Lleve presto a las playas españolas
El bravo despertar de Cuba libre!—
Madrid, octubre 1871
DOLOR! DOLOR! ETERNA VIDA MÍA
Dolor! dolor! eterna vida mía,
Ser de mi ser, sin cuyo aliento muero!
Goce en buen hora espíritu mezquino
Al son del baile animador, y prenda
Su alma en las flores que el flotante lino
De mujeres bellísimas engasta:—
Goce en buen hora, y su cerebro encienda
En la rojiza lumbre de la incasta
Hoguera del deseo:—
Yo,—embriagado en mis penas,—me devoro,
Y mis miserias lloro,
Y buitre de mi mismo me levanto,
Y me hiero y me curo con mi canto,
Buitre a la vez que altivo Prometeo.—
ZENEA
«¿Por qué cantáis a la memoria mía?
Guardad para el dolor vuestros gemidos,
Los hijos de la Fe, los nobles vates:—
Guardad de vuestra lira los sonidos
Para el bélico ardor de los combates!
No.— No vistáis de lágrimas mi historia.
Infortunios mayores
Alcen en vuestro pecho los dolores.
¿Por qué gemís dolor a mi memoria,
Si es mi dolor mi suspirada gloria?
No me cantéis así. Los que en mi muerte
Sentís el corazòn despedazado
¿Dònde vendréis a dar la despedida?
¿Sobre qué tumba posaréis los ojos?
¿Sobre qué losa os postraréis de hinojos
A llorar los azares de mi vida?
Guardad, guardad el llanto,
Y truéquese en placeres vuestro canto!
No fue bastante el mundo
Para guardar consigo eternamente
Estas nevadas canas de mi frente,
Y este poema del perdòn profundo!—
Secad de vuestras lágrimas la fuente.—
Aquel a quien fue estrecha sepultura
La extensiòn limitada de la tierra,
El infinito espacio, el cielo inmenso
En su gigante corazòn encierra!—
Oh! no lloréis así por mi partida!
Si clamaba mi sangre la balanza
De mi patria querida,
¿Qué queréis que yo hiciera con la vida?
Osado peregrino,
Han ahogado en mi sangre mi carrera:
Ansiad para vosotros mi destino,
Que libro vivo en la infinita esfera.
Con mis mismas espinas me corono,
Y al recordar el pueblo que violento
Robò el cabello de mi sien al viento,
Para quemarlo en su terrible trono,—
Su desastroso fin claro presiento,
Lo miro con dolor,—¡y lo perdono!»
Callò la excelsa voz que así decía,
Y a mi alma embelesada
En perfume suavísimo envolvía:
Pasaron las arrugas de mi frente;
Secaron ya sus lágrimas mis ojos!
Cantad, cantad, poetas,
Con entusiasta son alegre loa
Al inmenso Señor de los planetas!—
Cantad como yo canto
Y en el ansia inmortal truéquese el llanto!—
Vuelvan, vuelvan las flores al desierto—
De nuestro corazòn! Suene la lira!
El noble genio del perdòn no ha muerto!
El cantor de las lágrimas respira!
7 Diciembre 1871
Madrid
MI MADRE, —EL DÉBIL RESPLANDOR TE BAÑA
Mi madre,—el débil resplandor te baña
De esta mísera luz con que me alumbro.—
Y aquí desde mi lecho
Te miro, y no me extraña
Si tú vives en mí, que venga estrecho
A mi gigante corazòn mi pecho!
El sueño esquivan ya los ojos míos,
Porque fueran, si al sueño se cerraran,
Ojos sin luz de Dios, ojos impíos.
Te miro, oh madre, y en la vida creo!
¿Còmo cerrar al plácido descanso
Los agitados ojos, si te veo?
Se me llenan de lágrimas. ¿Es cierto
Que vivo aún como los otros viven?
Que al placer de la vida no me he muerto?
Lloro ¡oh mi santa madre! yo creía
Que por nada en el mundo lloraría!
Los goces de la Tierra despreciaba
Y lenta, lentamente me moría:—
Yo no pensaba en ti—yo me olvidaba
De que eras sola tú la vida mía!
Tú estás aquí. La sombra de tu imagen
Cuando reposo baña mi cabeza:—
No más—no más tu santo amor ultrajen
Pensamientos de bárbara fiereza:—
Una vida acabò:—mi vida empieza!—
La luz alumbra ahora
Tus ojos, y me miras:
¡Cuan dulcemente me hablas! Me parece
Que todo ríe plácido a mi lado,—
Y es que mi alma, si me miras, crece,
Y no hay nada después que me has mirado!
Huya el sueño de mí. ¡Cuán poco extraño
Las horas estas que al descanso robo!—
Oh!—Si siento la muerte
Es porque, muerto ya, no podré verte!—
Ya vienen a través de mi ventana
Vislumbres de la luz de la mañana:
No trinan como allá los pajarillos,
Ni aroman como allá las frescas flores,
Ni escucho aquel cantar de los sencillos
Cubanos y felices labradores;—
Ni hay aquel cielo azul que me enamora,
Ni verdor en los árboles, ni brisa,
Ni nada del Edén que mi alma llora
Y que quiero arrancar de tu sonrisa.—
Aquí no hay más que pavoroso duelo
En todo aquello que en mi patria ríe,
Negruzcas nubes en el pardo cielo—
Y en todas partes el eterno hielo,
Sin un rayo de Sol con que te envíe
La expresiòn inefable de mi anhelo!—
Pero no temas, madre,—que no tengo
En mí esta nieve yo. Si la tuviera,
Una mirada de tus dulces ojos
Como un rayo del Sol la deshiciera.—
¿Nieve viviendo tú? Pedirme fuera
Que en tu amor no creyese ¡oh, madre mía!
Y si en él no creyera,
La serie de las vidas viviría,
Y como alma perdida vagaría,—
Y eterno loco en los espacios fuera!—
Amame! ámame siempre, madre mía!
30 Diciembre 1871
FRAGMENTO
A bailar! a bailar! las turbas gritan
Y ebrias y palpitantes las mujeres
En brazos de un galán se precipitan.
Oh! qué dulce es vivir entre placeres
Vida febril, fascinadora, loca!—
Verdad es que a veces algún alma cae
Y al santo hogar inmaculado trae
Un miserable corazòn de roca,
U oscuras manchas de negruzco lodo
En el virgíneo manto;—
Cuerpos sin alma,—almas sin honra,—todo
Es verdad.
—Es verdad! maldito canto!
A bailar! a bailar! Ahogue la fiesta
Esa terrible voz! Presto las damas!
A mí los del placer! Suene la orquesta.
—Bailemos, pues.—La fiebre del deseo
Mal contenido en el mundano pecho,
Desbordada se lanza
Fuera del cuerpo que le viene estrecho
En brazos absorbentes de la danza.—
Baila, mujer! Un hombre te comprime
Con tembloroso abrazo y tu inocencia
En vano el fuego de tu ardor reprime!
Rojo color enciende tus mejillas!
Mustia la flor de tus cabellos cae!
Adiòs! Un paso más!...
¡Ay! las sencillas
Vírgenes del hogar ¿no se os alcanza
Que así cual se marchitan esas flores,
Se marchita la flor de la esperanza
Y la más bella flor de los amores?—
Como arrastra terrible al remolino
El equilibrio roto de las aguas,
Así arrastra al confuso torbellino
El vértigo fatal. Queman mi frente
Los feminiles brazos que la rozan;—
Arde en los ojos luz fosforecente;—
Los aéreos vestidos se destrozan
Y dentro este volcán de lava hirviente
Todo en aquellos que bailando gozan
De su existencia natural se exalta:—
Oh! no bailéis así!—Si todo falta
A la ley previsora de la vida,—
Si el equilibrio natural se rompe,—
Si todo en brazos de ese Dios se olvida,—
¿Qué terrible poder os da derecho
Para decirnos con razòn mentida
Que en medio a esa carrera sin medida
No se os escapa el corazòn del pecho?
—Es verdad! Es verdad! Maldito canto!
A bailar! a bailar! ahogue la fiesta
Esa terrible voz! presto las damas!
A mí los del placer! Suene la orquesta!—
—Bailemos, pues. Suavísima es la danza.—
Dulce el calor del tembloroso seno
Que estrecho contra mí;—flexible ondea
El talle de mi dama,
Como la fresca y amorosa grama
Al fecundante soplo de la brisa;—
Bella es la vida en mágico .embeleso!—
A mí los del placer! —Una sonrisa!—
A mí las hijas del Amor!—un beso!
A bailar! a bailar! Ah! ya no quiero
Verte lejos de mí: verte es mi vida!—
Deja, mujer, que en tus miradas beba
La fiebre del placer;—deja que estreche
Este nido de amor que me arrebata;—
Deja que aspire entre tus labios rojos
El almíbar sabroso que me anuncia
La languidez divina de tus ojos;—
Amemos y murámonos... ¿qué es esto
Con que mis pies tropiezan?—
—Esto? Nada.
La honra de una mujer que se ha caído
Y que anda por ahí pisoteada.—
Resonò entonces cerca de mi oído
Lúgubre y cavernosa carcajada.
—Ya sabes qué es bailar: aquí ¿qué vemos?
Y mi demonio y yo nos enlazamos,—
Y ellos dijeron otra vez:—bailemos!
Y yo le dije una vez más:—riamos!
Madrid - 1 Enero 1872
FRAGMENTO
Acabo de soñar. Porque es mi empeño
Imaginar que infamias y miserias
Fantasmas son de un borrascoso sueño.
No faltará quien diga y apoyado
Por la recta razòn de que me alejo
Que tengo yo un soñar muy dilatado
Y a la regiòn de un mundo no probado
Arrebatar por mi ilusiòn me dejo.—
No tengo yo la ley de la medida
Ni las sendas hollé de la materia
Ni obedecí la historia empobrecida
Que hace del mundo miserable feria;
Pero siento otras leyes y otra vida
Y no es ley de la vida la miseria!—
Ni enseño yo sentencia demostrada,
Ni exactas leyes de la ciencia enseño,
Mas huyo horrorizado de la nada
Y en la fe de otro ser asegurada
Las leyes dejo de este ser, y sueño;
Que tengo para mí que así soñando
Mientras otros de mí se van riendo,
Ellos detrás de mí se van quedando
Y yo la cierta vida voy viviendo.—
LAS CAMPANAS! SU FÚNEBRE SONIDO
Las campanas! Su fúnebre sonido
Llega súbitamente hasta mi oído,—
Y si otro henchido de tremendo espanto
Al fardo de la vida se asiría,
Yo,—dueño infausto de la vida mía—
Oigo el convite de la muerte y canto.
Abrumado una vez, como solía
Cuando de torpe idea enamorado,
A solas con mi infernal amor me embebecía
Una mañana horrible me moría
Y fuimos ambos al vecino prado.
Y como el cuerpo del dolor vencido
Rápido surge de letal desmayo
Hijo del rayò al fin surgí atrevido
Y me sentí potente como el rayo,
Y al águila robé las fuertes alas
Y al viento su correr, y al sol sus galas,
Y al esfuerzo afanoso de mi vuelo
Dejé la tierra y me subí hasta el cielo.
Y al henchir de altura, la vista mía
Augusta voz oí que me decía:—
Por qué de tanta brillantez armado
A mi sencillo trono te presentas?
Acaso tú, mortal encadenado,
Romper la serie de mis obras cuentas?—
Y atònito la faz volví a mi lado
Y no vi a mi redor más que una alfombra
De césped y algún rústico cayado
Y un álamo robusto a cuya sombra
A un anciano modesto vi sentado.
Haz un árbol, un mar, un continente
Y luego que hayas hecho [….....]
Tiende a mis plantas la soberbia frente,
Que si fuiste capaz de hacerlo un día
Antes que tú lo hicieses, yo lo hacía.
NOCHE EN LA TIERRA DORMIDA
Noche En la tierra dormida
Y en el alma combatida
Y en el ser, y en el dolor.—
Noche, sombra, y en la frente
Claridad de lava hirviente
Que me quema el corazòn.—
Tierra; tierra en cuanto alcanza
La mirada que se lanza
A las entrañas del ser
Y en el camino si apenas
Mezcla en sangre de sus venas
La sangre de una mujer.
No es que sufra: no es que llore:
No es que tema: no es que adore:
Es que no sé sufrir ya:
Y en la paz adormecida
Arrastrando voy la vida
Sin sufrir y sin llorar.
CESE, SEÑORA, EL DUELO...
Cese, señora, el duelo en vuestro canto,
¿Qué fuera nuestra vida sin enojos?
¡Vivir es padecer! ¡sufrir es santo!
¿Còmo fueran tan bellos vuestros ojos
Si alguna vez no los mojara el llanto?
Romped las cuerdas del amargo duelo.
Quien sufre como vos sufrís, señora:
Es más que una mujer, algo del cielo,
Que de él huyò y entre nosotros mora.
REDENCIÓN
Mujer, mujer, en vano es que la vida
Sin ti vertiendo sangre de dolores
Como una virgen pálida y herida
La tierra cruce deshojando flores.
Mujer, en vano es que la vida encienda
La abrasadora lengua de los sabios
Sin que este pobre corazòn entienda
El lenguaje de amor vivo en tus labios.
Ni ser sin ser; ni noche sin aurora
Ni joven corazòn sin bien amada
Ni sin ángel el ánimo que llora
Ni sin amor el alma enamorada.
Mujeres son las lágrimas perdidas
De esas pobres estrellas amorosas
Que cruzan por el cielo de las vidas
Augurio y sombra de almas misteriosas.
Mujeres son las lágrimas lloradas
En el mundo de vírgenes creadoras
Que de su vil creaciòn avergonzadas
El [...] ablandan de las férreas horas;
Porque el tropel de lágrimas divinas
Sobre este mundo de las almas muertas
Levante las dormidas peregrinas
Al resurrexit del dolor despiertas!
En vano, en vano, que la vida loca
Contemple en sí cadáveres impresos
Mientras sin voluntad [...]
El fuego redentor que arde en tus besos,
Sobre el horrible lecho de la calma
Mi descarnada mano reunía
Sin fuerza el brazo, sin amor el alma
El bárbaro laúd de la agonía.
Y mis enjutos ojos golpeaba
Y esta infame inquietud que el alma obceca
En vano, en vano: el alma se me ahogaba,
La peña de Moisés estaba seca.
Cuanto fui; cuanto soy: cuanto se encierra
En esta alma en la tierra encadenada
Que rota por el peso de la tierra
Sin vivir ni morir vive enclavada,
Cuanto en mis horas de mayor locura
La locura de un Dios en mi germina
Y rompe el alma con audaz bravura
Su forma vil y mísera y mezquina.
Sueños, flores, ardor, infierno, mundo.
Cuanto forja al afán el devaneo,
Cuanto en el mar de la ansiedad profundo
Hierve luchando el hambre del deseo:—
Todo; todo, mi mano descarnada
Lo deja; vida, luz, mi sol, mi canto;
Por sentir mi mejilla calcinada
Por una gota mísera de llanto.
Una gota no más; gota encendida
En el volcán de un corazòn potente,
Engendrado en el seno de mi vida
Por un rayo soberbio de mi frente.—
Y Dios! Y Dios! y en mí se condensaba
Y en mí lo redimido presentía
Si en mi rostro la lágrima cruzaba
Y la lágrima aquella no venía:
Y el alma se me ahogaba
Y abrasado de llanto me moría.—
Te vi: te amé: te vi sobre la [...]
De [...] tú; y al dulce peso
De tus amantes sueños de fortuna
En tus labios la flor se abriò en un beso.
Y nívea ya la blonda cabellera
Te he visto en oropéndola trocada
Aquella roja flor de primavera
En tus mejillas albas deshojada.
De nuevo alzar el alma valerosa
Y del materno amor fortalecida
Brazo a brazo arranca a la rugosa
Muerte fatal el hijo de tu vida.
Y cuando el sol de iluminar cansado
Su frente oculta en el azul del cielo,—
La frente vi del hombre fatigado
Y ocultábase en ti, luz de consuelo—
Y cuando vi que el alma en las mujeres
Es un germen vivífico de flores,
Ora se abre germinando seres,
Ora se cierra en acallar dolores,
Sentí que aquella lágrima esperada
Que dentro de mi ser se estremecía
Por mi mejilla pálida abrasada
Como brotar de redenciòn corría.—
A EMMA
No sientas que te falte
el don de hablar que te arrebata el cielo,
no necesita tu belleza esmalte
ni tu alma pura más extenso vuelo.
No mires, niña mía,
en tu mutismo fuente de dolores,
ni llores las palabras que te digan
ni las palabras que te faltan llores.
Si brillan en tu faz tan dulces ojos
que el alma enamorada se va en ellos,
no los nublen jamás tristes enojos,
que todas las mujeres de mis labios,
no son una mirada de tus ojos...
Villaviciosa (Madrid), 10 de julio, 1872
A MIS HERMANOS MUERTOS EL VEINTISIETE DE NOVIEMBRE
Cadáveres amados, los que un día
Ensueños fuisteis de la patria mía,
¡Arrojad, arrojad sobre mi frente
Polvo de vuestros huesos carcomidos!
¡Tocad mi corazòn con vuestras manos!
¡Gemid a mis oídos!
Cada uno ha de ser de mis gemidos
Lágrimas de uno más de los tiranos!
¡Andad a mi redor; vagad, en tanto
Que mi ser vuestro espíritu recibe,
Y dadme de las tumbas el espanto,
Que es poco ya para llorar el llanto
Cuando en infame esclavitud se vive!
Y tú, la muerte, hermana del martirio,
Amada misteriosa Del genio y el delirio,
Mi mano estrecha, y siéntate a mi lado:
¡Os amaba viviendo, mas sin ella
No os hubiera tal vez idolatrado!
En lecho ajeno y en extraña tierra
La fiebre y el delirio devoraban
Mi cuerpo, si vencido, no cansado,
Y de la patria gloria enamorado,
El brazo de un hermano recibía
Mi férvida cabeza,
Y era un eterno inacabable día
De sombras y letargos y tristeza!
De pronto vino, pálido el semblante
Con la tremenda palidez sombría
Del que ha aprendido a odiar en un instante,
Un amigo leal, antes partido
A buscar nuevas vuestras decidido.
La expresiòn de la faz callada y dura,
Los negros ojos al mirar inciertos,
Algo como de horror y de pavura,
La boca contraída de amargura,
Los surcos del dolor recién abiertos
Mi afán y mi ansiedad precipitaron.
—¿Y ellos? ¿y ellos? mis labios preguntaron:
—¡Muertos! me dijo: ¡muertos!
Y en llanto amargo prorrumpiò mi hermano,
Y se abrazò llorando con mi amigo,
Y yo mi cuerpo alcé sobre una mano,
Viví en infierno bárbaro un instante,
Y amé, y enloquecí, y os vi, y deshecho
En iras y en dolor, odié al tirano,
Y sentí tal poder y fuerza tanta
Que el corazòn se me saltò del pecho,
Y lo exhalé en un ¡ay! por la garganta.
Y vime luego en el ajeno lecho,
Y en la prestada casa, y en sombría
Tarde que no es la tarde que yo amaba,
Y quise respirar, y parecía
Que un aire ensangrentado respiraba!
Vertiendo sin consuelo
Ese llanto que llora al patrio suelo,
Lágrimas que después de ser lloradas
Nos dejan en el rostro señaladas
Las huellas de una edad de sombra y duelo,—
Mi hermano cuidadoso
Vino a darme la calma generoso.
Una lágrima suya,
Gruesa, pesada, ardiente,
Cayò en mi faz; y así cual si cayera
Sangre de vuestros cuerpos mutilados
Sobre mi herido pecho, y de repente
En sangre mi razòn se oscureciera,
Odié, rugí, luché; de vuestras vidas
Rescate hallò mi indòmita fiereza...
¡Y entonces recordé que era impotente,
Cruzò la tempestad por mi cabeza
Y hundí en mis manos la cobarde frente
Y luché con mis lágrimas, que hervían
En mi pecho agitado y batallaban
Con estrépito fiero,
Pugnando todas por salir primero.
Y así como la tierra estremecida
Se siente en sus entrañas removida,
Y revienta la cumbre calcinada
Del volcán a la horrenda sacudida,
Así el volcán de mi dolor, rugiendo,
Se abriò a la par en abrasados ríos,
Que en rápido correr se abalanzaron,
Y que las iras de los ojos míos
Por mis mejillas pálidas y secas
En tumulto y tropel precipitaron.
Lloré, lloré de espanto y de amargura:
Cuando el amor o el entusiamo llora
Se siente a Dios, y se idolatra, y se ora;
¡Cuando se llora como yo, se jura!
Y yo juré! Fue tal mi juramento,
Que si el fervor patriòtico muriera,
Si Dios puede morir, nuevo surgiera
Al soplo arrebatado de su aliento!
Tal fue que si el honor y la venganza
Y la indomable furia
Perdiera su poder y su pujanza,
Y el odio se extinguiese, y de la injuria
Los recuerdos ardientes se extraviaran,
De mi fiera promesa surgirían,
Y con nuevo poder se levantaran,
E indòmita pujanza cobrarían!
Sobre un montòn de cuerpos desgarrados
Una legiòn de hienas se desata,
Y rápida y hambrienta,
Y de seres humanos avarienta,
La sangre bebe y a los muertos mata.
Hundiendo en el cadáver
Sus garras cortadoras,
Sepulta en las entrañas destrozadas
La asquerosa cabeza; dentro el pecho
Los dientes hinca agudos, y con ciego
Horrible movimiento se menea,
Y despidiendo de los ojos fuego,
Radiante de pavor, levanta luego
La cabeza y el cuello en sangre tintos:
Al uno y otro lado
Sus miradas estúpidas pasea,
Y de placer se encorva, y ruge, y salta,
Y respirando el aire ensangrentado
Con bárbara delicia se recrea.
Así sobre vosotros,
—Cadáveres vivientes,
Esclavos tristes de malvadas gentes,—
Las hienas en legiòn se desataron,
Y en respirar la sangre enrojecida
Con bárbara fruiciòn se recrearon!
Y así como la hiena desparece
Entre el montòn de muertos,
Y al cabo de un instante reaparece
Ebria de gozo, en sangre reteñida,
Y semeja que crece,
Y muerde, y ruge, y rápida desgarra,
Y salta, y hunde la profunda garra
En un cráneo saliente,
Y, al fin, allí se para triunfadora,
Rey del infierno en solio omnipotente,—
Así sobre tus restos mutilados,
Así sobre los cráneos de tus hijos,
Hecatombe inmortal, puso sedienta,
Despiadada legiòn, garra sangrienta!
Así con contemplarte se recrea!
Así a la patria gloria te arrebata!
Así ruge, así goza, así te mata!
Así se ceba en ti! —¡maldita sea!
Pero ¿còmo mi espíritu exaltado,
Y del horror en alas levantado,
Súbito siente bienhechor consuelo?
¿Por qué espléndida luz se ha disipado
La sombra infausta de tan negro duelo?
¿Ni qué divina mano me contiene,
Y sobre la cabeza del infame
Mi vengadora còlera detiene?...
Campa! Bermúdez! Álvarez!...
¡Son ellos, Pálido el rostro, plácido el semblante;
Horadadas las mismas vestiduras
Por los feroces dientes de la hiena!
¡Ellos los que detienen mi justicia!
¡Ellos los que perdonan a la fiera!—
¡Déjame ¡oh gloria! que a mi vida arranque
Cuanto del mundo mísero recibe!
¡Deja que vaya al mundo generoso,
Donde la vida del perdòn se vive!
Ellos son! Ellos son! Ellos me dicen
Que mi furor colérico suspenda,
Y me enseñan sus pechos traspasados,
Y sus heridas con amor bendicen,
Y sus cuerpos estrechan abrazados!
Y favor por los déspotas imploran!
Y siento ya sus besos en mi frente,
Y en mi rostro las lágrimas que lloran!
Aquí están, aquí están! En torno mío
Se mueven y se agitan...
—Perdòn!
—Perdòn!
—¿Perdòn para el impío?
—Perdòn! Perdòn! me gritan,
Y en un mundo de ser se precipitan!
¡Oh! gloria, infausta suerte:
Si eso inmenso es morir, dadme la muerte!
—Perdòn! —así dijeron
Para los que en la tierra abandonada
Sus restos esparcieron!—
¡Llanto para vosotros, los de Iberia
Hijos en la opresiòn y en la venganza!—
Perdòn! Perdòn! esclavos de miseria!—
Mártires que murieron, bienandanza!—
La Virgen sin honor del Occidente,
El removido suelo que os encubre
Golpea desolada con la frente,
Y al no hallar vuestros nombres en la tierra
Que más honor y más mancilla encierra,
Del vértigo fatal de la locura
Horrible presa ya, su vestidura
Rasga y emprende la veloz carrera,
Y, mesando su ruda cabellera,
—¡Oh, —clama— pavorosa sombra oscura!
Un mármol les negué que los cubriera
Y un mundo tienen ya por sepultura!
Y más que un mundo, más! Cuando se muere
En brazos de la patria agradecida
La muerte acaba, la prisiòn se rompe;
Empieza, al fin, con el morir la vida!
Oh! más que un mundo, más! Cuando la gloria
A esta estrecha mansiòn nos arrebata,
El espíritu crece,
El cielo se abre, el mundo se dilata
Y en medio de los mundos se amanece!
Déspota: mira aquí còmo tu ciego
Anhelo ansioso contra ti conspira:
Mira tu afán y tu impotencia, y luego
Ese cadáver que venciste mira,
Que muriò con un himno en la garganta,
Que entre tus brazos mutilado expira
Y en brazos de la gloria se levanta!
No vacile tu mano vengadora;
No te pare el que gime y el que llora:
¡Mata, déspota, mata!
¡Para el que muere a tu furor impío
El cielo se abre, el mundo se dilata!
Madrid, 1872
SÍNTESIS
Doce años, doce flores
En este, Inés gentil, nido de amores;
Doce años, doce vidas
En las almas al yugo férreo uncidas.
Doce años, doce puntos
En la vida feliz de los difuntos.
Pusiéronle una flor en los cabellos:
¡De vergüenza muriò la flor en ellos!
¿Ves el césped al margen de los ríos?
Radiante de verdor: así a la margen
Del casto amor, los pensamientos míos.
Tres hijas; tres simientes
De vida universal: tres aureolas
Para tres nobles varoniles frentes;
Y en el correr del mar, tres pobres olas
Tranquilas, melancòlicas, dolientes!
La semilla,—que en árbol se convierte,
La flor,—que fecundada se entreabre,
La rama,—luego altivo tronco fuerte,
Y la madre—mujer que en hijos se abre
Y, dando vida, marcha hacia la muerte.
Por eso nada acaba,
Y queda la existencia repartida
Cuando, cansado el cuerpo de la vida,
Piensa al fin en dormir, se dobla y cava.
...A veces
Los ojos rompen en sabroso llanto
Y el corazòn en inefables preces!
...¡Qué claro he visto
En esta oscuridad, y qué misterio
De armònicos efluvios en los átomos
De mi ex-humano seno se han cumplido!
Juventud, sueño audaz! ¡La sed empieza
Cuando acaba la fuente de belleza,
Como empieza la vida
Cuando el aura vital desvanecida
Se pierde en su maldad o en su flaqueza!
Pues cierro yo los ojos a la Tierra
Y me repliego en mí, y el alma mía,
Su envejecida cárcel sacudiendo,
Por espacios magníficos pasea,
Y con la brisa universal me orea!
¡Verdad es! De mi vil carne la mano
¡Impotente verdad! no llega al cielo;
Pero dentro del ser medido humano
¡Hay otro ser sin forma y sin medida
Que toca y ve, —post-vida y ante-vida!
El alma universal dos hijos tuvo:
Cada ser en mitad viene a la tierra:
¡Así es toda la vida del humano
Buscar, siempre buscar su ser hermano!
Escucha. ¿La memoria
Es barbarie fatal, o cierta gloria?
—Memoria es un taller de la existencia
Que en sangre cobra el precio de su ciencia.
—¿Que me quieres? El brillo me lastima
De tus ardientes ojos encendidos!
—¿Que me olvidas? Ya laten presurosos,
Libres de la serpiente mis sentidos!
¿Viste jamás el sol de la Inglaterra?
¡Mísero sol inglés! Pretende en vano,
La bruma hendiendo, iluminar la tierra:
¡El espíritu humano
Lucha así con la cárcel que lo encierra!
El sol, globo sin rayos encendido
Por la còlera luce enrojecido:
¡Como la bruma al sol inglés airado,
El cuerpo para el hombre aprisionado!
Raro suceso! ¡Extraña simpatía
Del hombre, el sol y el año!
Principiò de aquel hombre la agonía
En medio del crepúsculo de un día
Del octubre pluvial; ¡suceso extraño!
¡Cayendo al par en grave sepultura
El año, el sol, la frágil envoltura!
Oscuros, pesarosos y sombríos
Hallas, al verlos hoy, los ojos míos:
¡Ay! cuando se copiaban, presentían
Que alguna vez de verte dejarían!
España, —1873
Poemas escritos en México y en Guatemala
[1875-1877]
MIS PADRES DUERMEN
Mis padres duermen
Mi hermana ha muerto
Es hora de pensar. Pensar espanta
Cuando se tiene el alma en la garganta.
¡Oh, sueño de los pobres,
Los ignorados héroes de la vida,
Los que han sòlo en la ruta sin medida
Cielo negro, sol puesto, aguas salobres!
¡Oh, sueño acongojado,
Por el futuro mal interrumpido,
Por el presente mal sobresaltado!—
Pues tu víctima soy, mi cuerpo toma:
Allá se van los miembros al verdugo;
Envilécelos tú, —tú me los doma,
Y pues—cobarde al fin—acepto un yugo,
Sòlo digno de mí, sélo tan fuerte
Que llegue pronto, por tu peso hundido,
Al más lejano yugo de la muerte!—
Y tal puedas en mí, que—escarnecido
Por mi impotencia vil, hazme tu imbécil,
Pues hacerlos de paz aún no he podido.
Ellos tienen las canas en la frente,
La noche del amor en la memoria,
Y en la faz una lágrima caliente
Y un caliente cadáver por historia.—
Ellos la oyen gemir, con ese extraño
Oído paternal, que oye y escucha
Más allá de las tierras del engaño
Donde el espíritu con el cuerpo lucha;
¡Ellos saben la voz que se levanta
En los misterios de la noche breve,
Y conocen el árbol en que canta
Y adivinan la rama en que se mueve!
¡Ellos la ven de la apartada huesa
Alzarse blanca, embellecer la vida
Y sienten el instante en que los besa,
Y en que en su corazòn está dormida!
¡También es noche ahora—
Y ella riega la tierra que la cubre
.Con el llanto de amor que por mí llora!
No está! no está! Las hojas que gimiendo
Grabé en dolor,—por sus miradas, bellas—
Abiertas miro aquí, como diciendo
Que el ángel que las vio partiòse dellas!
Y el pensamiento mismo que en una hora
Amarga le envié, cabe el vacío
Libro amarillo y pálido está ahora,
Como el desierto pensamiento mío!
Ella el lenguaje hablaba misterioso
Del sueño y la oraciòn: —ella tañía
En el arpa del ángel silencioso
El canto aquel que el ángel prefería!—
¡Y allá en la paz en que la vida es bella
Y luna y sol alumbran la fortuna,
Yo un rayò de aquel sol sentíme, y ella
Otro rayo también de aquella luna!
Ella naciò con flores en la frente;
Ella brotaba luz de su cabeza,
Y en sus labios dormía blandamente
La Virgen sin color de la pureza.
¿Dònde es la Virgen ida
Si ella, su dulce hermana, es ya partida?
Yo vi còmo arrancada
Por mano vil del tallo, y deshojada,
Muriò de desconsuelo
Y de perdido amor una flor blanca;
¡Así mueren los ángeles del cielo
Cuando al cielo la tierra los arranca!
Aquella rosa pálida encendida
En su mejilla en que la paz se jura;—
Aquella claridad suave esparcida
En el tenue redor de su figura;—
Y aquel párpado azul en que dormían
Las alas del amor—eran de duelo
Lágrimas y de luz, que en sí vertían.
Memorias de su amor perdido al cielo!
De su perdido amor.—
Ella sabía
Las mañanas de sol,—tardes azules,—
Noches en que la madre tierra fría
Con reflejos del Sol la amante Luna
Acaricia y esplende todavía.
Y supo bien los cantos del martirio
Y las hirientes trovas de la pena,
Y la manera con que gime el lirio
Y el modo con que llora la azucena!
Y cuando en el misterio de la tarde
La madre-flor su seno al aire abría
Al beso postrimer del Sol que aún arde,—
¡Ellos la amaban,—ella lo sabía!
La tierra la quería
Como quiere a los niños la mañana:
Era hermana del Sol, y era mi hermana;—
¡Pero en la tierra vil se me moría!—
¡Qh, còmo está lo vivo
De muerto y agotado!
Y oscuro el Padre-Sol, y yo cautivo
Del más mezquino afán, de ella alejado!
¿Verdad que tú me besas
En las que amaste míseras mejillas?—
¿Verdad que están impresas,—
En este altar inmenso de la tierra,—
Tus rodillas al par que mis rodillas?
Pues nos vimos los dos en aquel rayo
De una luna y de un Sol, y el mismo día...
Y eras tú del crepúsculo el desmayo
Y el vigor era yo del mediodía;—
Pues tu ser y mi ser tan juntos fueron
Que cuando no alentamos,
Con unas mismas lágrimas lloramos
Y en una misma fosa se cayeron;—
Pues es verdad que al punto en que moriste
Contigo yo morí,—y a tila tierra
Atmòsfera formò y a mí más triste
Atmòsfera fatal, cubre y encierra,—
O vuelve tú a mi lado,
O llévame a tu mundo en ti encendido!—
¡O mucho tú has dormido
O mucho tiempo ha ya que he despertado!
¡Oh, madre, que la ves de la honda huesa
Alzarse blanca, embellecerla vida,
Y sientes el instante en que te besa
Y en que en tu corazòn está dormida!—
¡0h, labios que el postrer aire gozaron
Que sus vírgenes labios respiraron!—
¡Oh, brazos de mi padre,—todo aquello
Que la palpò y la vio,—cuanto por verla
Para mi corazòn es ya tan bello!—
¡Oh, rayo de la luz, que a aquella perla
De divino dolor, al cielo abriste!—
¡Oh, destello del Sol, que en ti tuviste
Con su postrer Adiòs, mejor destello!
Decidme còmo ha muerto;
Decid còmo logrò morir sin verme;—
Y—puesto que es verdad que lejos duerme—
¡Decidme còmo estoy aquí despierto!—
México, 28 de febrero de 1875
SIN AMORES
1
¿Que cante? Espera, espera todavía!
Yo vivo sin amor: ¿quién sin amores
Su soledad doliente cantaría?
Alma sin besos, sol sin esplendores.
Si me quisieras tú! Pero amo tanto
Que, aun queriéndome tú, perdòn si creo
Que un límite de amor no diera encanto
A la grave ambiciòn de mi deseo.
Tu amor no es el amor! Amor de tierra
Dentro la cárcel corporal se encierra!
Hay otro, hay otro más: ése no acaba,
Ni en la corpòrea seducciòn se graba,
Ni en un mísero cuerpo se limita:
¡Amor extraterreno!
¡Allá el Padre Creador sabe su seno!
¡Allá me sé yo bien dònde palpita!
Pero también ¡si vieras
Còmo forjo yo en ti dulces quimeras!
Vivir es una culpa: en ti yo un día
Olvidado de culpas viviría!
2
He sido. La memoria,
Dòcil al fin un hora a la ventura,
Me dice los secretos de esa gloria
Un tiempo habida, eterna en cuanto pura.
Eternidades tiene la Pureza:
Ella eterna, yo eterno, eterno todo,
Desde el rayo que enciendo en mi cabeza
Hasta el átomo mísero de lodo!
Buena senda, buen lecho, buena alfombra
De la vida el amor: ¡cuán bella sombra,
El sueño breve del amar de un día
Que muerto ya calienta todavía!
3
¡Oh, luz pura de amor, casta delicia
Por mi pobre dolor tan bien gozada
Que la pálida hoguera abandonada
Aún lanza, aún acaricia
De vida su postrera llamarada!
¡Oh, cuán triste verdad que en las memorias
Fugaces del amor,—en qué el olvido
Con repugnante página de cieno
Del pecho de la muerte recogido,
Cierra tantas bellísimas historias
De cielo azul y resbalar sereno,—
Entre tanto galán y tanto amante
Es el dolor el único constante!
¡Ella y yo, ser y ser, ráfagas idas
De aquella luz más blanca que las nieves
Que de la tierra vil compadecidas
Llorando cubren las espaldas leves!
Ida! ¡la que amò tanto aquel destello
Del claro sol, que fecundò en su falda
Jardines que adornaron su cabello,
Uno cabe su seno, otro más bello
De flores de oro en su desnuda espalda!
Ida! En cuántos crepúsculos hermosos,
De gérmenes de amor llené sus labios
Más rojos que el coral, y más sabrosos
Que las paces después de los agravios!
Y ¡cuál sueño de paz en el caliente
Seno de mi doncella enamorada,
Más puro que los lirios de su frente
De su mismo color ruborizada!
¡Y allá en su pensamiento, cuántas horas!
¡Y aquí, cuántas vacías!
¡Y allá en la soledad, cuántas auroras
De indefinible luz, y cuántos días
Sin noche y sin mañana,
Principio y colmo de la dicha humana!
¡Oh, còmo la quería!
Le dije adiòs: morí desde aquel día!
4
Amor: ¡es más que amar! ¡Aún se ama, luego
Que se ha apagado de la vida el fuego!
Se ama cuando en el ser fortalecido
Por besos de mujer, el Sol se enciende;
Cuando en cielos de paz, la luna esplende;
Cuando en el corazòn está dormido
De dolor el dolor, que, a veces, tanto
Sufre mi corazòn que llora el llanto,
Y hasta el dolor se siente adolorido!
Y cuando en brazos de la muerte hermosa,
De la humana existencia la medida
Dicen los miserables que reposa
Y sé yo que prosigue allí la vida,
El musgo, la oropéndola, las flores
Que brotan de esta tierra nunca fría,
Son besos, son suspiros, son amores:
Muertos que están amando todavía!
México, 9 de mano de 1875
MAGDALENA
1
Magdalena era pálida, y lloraba
Con dos ojos tan negros y tan bellos,
Que al antro su cabello envidia daba
Y más negros los vi que sus cabellos.
Aurora y Magdalena se querían
Como quiere a las lágrimas la pena:
¡Oh, benditos los bardos que pedían
Auroras para cada Magdalena!
La orfandad llora mucho, y lloro tanto
En aquella hermosura peregrina,
Que aquel pan que miraba con espanto
Tuvo siempre más lágrimas que harina.
Aquel cuello gentil se doblegaba,
Aquella alta cabeza no se erguía;
Y en los valles el lirio sollozaba,
Y el nelumbio en los lagos se moría!
Hogar de caridad su seno abierto
A las miserias de la suerte tuvo,
Y, una vez el hogar amante muerto,
El Seno de la triste al aire anduvo.
Y las míseras alas de un tejado,
Más que un hombre a las veces compasivo,
Cobijaron su cuerpo anodadado,
Muerto ya que solloza que está vivo.
Luz de amores al alma le faltaba,
Pan de cuerpo su boca no tenía;
Y en los valles el lirio sollozaba,
Y el nelumbio en los lagos se mona.
2
Virgen era sin duda Magdalena,
Pero, de la miseria vil esposa,
El implacable viento de la pena
De su virginidad secò la rosa.
¡Cuántas almas infames y manchadas
En no tocados cuerpos cristalinos!
¡Cuántas almas de virgen perfumadas
En cuerpos comerciados y mezquinos!
Hambre tuvo, que es hambre: pan y galas
El buitre le ofreciò, galas muy bellas.
¡Y la Vergüenza al fin abriò sus alas
Y a Magdalena cobijò con ellas!
Con pan, pero sin luz, el nuevo día
En el jardín de sus primicias llora,
¡Y como tanto Aurora la quería,
En el Ocaso aquel llorò la Aurora!
Ida la noche, el sol enamorado
Con sus rayos innúmeros calienta,
Pero una vez en el confín alzado
El sol del deshonor más rayos cuenta.
Es rojo como sangre, sangre roja
Que en raudales escápase que espantan
Y en cada gota que a la tierra arroja,
Un sauce y una lápida levantan!
¡Oh, concepto de honor! balanza dura
Que de un pan con el queso al mal se inclina,
Sin pensar que en la madre sepultura
Todo pan a la Nada se avecina!
¡Oh, villano concepto, que así entiende
Que el hambre el nudo cuerpo no disculpa,
Y al cuerpo sin vestir ropas no tiende
Que aparten las miradas de la culpa!
¡Oh, honor convencional, que así rehúsa
Su mal de desnudez con brazo rudo,
Sin pensar que a la tierra que lo acusa
El cuerpo el Hacedor lanzò desnudo!
Nadie jamás inculpe a los sedientos
Sin calmar con el agua sus afanes:
Nadie inculpe jamás a los hambrientos
Sino acabando de ofrecerles panes.
3
Y entonces, ya sin hambre, cuán distinta
La triste y sin ventura Magdalena,
Que aquella flor de su pasado pinta
Tan hermosa, tan púdica, tan buena!
Uno más; otro más... ¡cuántos desmayos
Del ángel del pudor! ¡cuántos dolores
De la flor de su ayer!; y cuántos rayos
Del sol del deshonor sobre estas flores!
Mas, puesto que a través de los cristales
Sin mancha suya, el Sol la alcoba llena,
¿Quién sabe si—cristal y cuerpo iguales—
Así cruza este Sol por Magdalena?
¿Quién sabe si la mano que comprime
La miserable mano que la paga
No siente a veces un dolor sublime
Que avecina los bordes de su Haga?
¿Quién sabe en los placeres lo que llora?
¿Quién conoce la sangre en la sonrisa,
Y el odio en el amor, y la dolora
En el bullente fondo de la risa?
¡Bien lo sabe el que oyò—cuando hubo impreso
Su labio en otro labio, preguntando:
¿Por qué lloras, mujer?—¡Porque te beso!
¡Oh, vil de mí! ¡por eso estoy llorando!—
Y lloraba en verdad, y el que la oía,
Sin darse cuenta de llorar, lloraba;
Y en los valles el lirio renacía,
Y el nelumbio en los lagos despertaba!
4
Mujer, y flor, y llano se fecundan
En hijos, en aroma, en musgo, en flores,
Y el universo terrenal inundan
Con la savia vital de los amores.
Por la ley de la tierra aquella altiva
Doncella de oropéndola trocada,
Estando muerta fecundò la viva
Humana encarnaciòn de una alborada.
Y vio de su belleza inextinguible
Una niña surgir a tanto bella,
Que allí la tierra vio còmo es posible
Brotar de una oropéndola una estrella!
Yo no sé qué callados devaneos
Sobre aquel corazòn se columpiaron:
No, no sé qué gallardísimos arreos
Aquella alma de luz engalanaron;
Pero sé que otra vez la infamia quiso
Besar con besos de oro aquella boca,
Y el miserable pagador, sumiso
De la pagada al pie, perdòn invoca!
Pero sé que en los ojos encendidos,
Y en sus mejillas mismas encarnadas,
Están todos los rayos redimidos
Y las flores de ayer resucitadas!
5
Una cana cabeza, aquella misma
Que al ser fecundador anima y mueve,
En su conciencia el pensamiento abisma
Y en su vergüenza el corazòn conmueve.
«Otro brazo ha estrechado su cintura!
Otro labio ha besado aquella boca!
¡Cuando yo la besé no estaba pura!
¡Cuando otro la besò, ya estaba loca!»
Es tremendo un combate así gemido:
Es horrible este diálogo entablado,
A la luz de aquel ser que se ha encendido,
Con el oro fatal que se ha pagado!
6
O la virtud redime, o la cabeza
Cana ha alocado el corazòn de un hombre;
Pero ya tiene un nombre la belleza
Y la estrella gentil ya tiene un nombre,
Es rosa la oropéndola: aquel cuello
Se alza brillante en redenciòn, y lleva
Del cano esposo el corazòn tan bello
Un inefable amor de Magdalena.
Aquel amor espléndido escondido
En el seno que al aire triste anduvo,
Cuando, el hogar de caridad perdido,
El ala de un tejado en sí la tuvo;
El amor que del alma se salía
Cuando el horrible pan le fue brindado,
Y más dentro del alma se escondía
Por el peso del pan infame ahogado!
Y como tantas lágrimas cayeron
Sobre el dormido amor, y tantas horas
Sus pensamientos pálidos gimieron,
Y durmiò sobre él tantas auroras,
Aurora es el amor que comprimido
Por beso y pan, del vil comercio lejos,
Ni ha llorado un instante envilecido,
Ni dorò con el oro sus reflejos,
Puro y luz el amor que, cuando el día
La corporal vergüenza iluminaba,
En sus ensueños púdicos dormía,
Y en el fondo del alma entresoñaba!
Al noble corazòn animan flores;
La nieve paternal de luces llena
Una mujer con púdicos amores;
¿Es buena, es mala, es pura, Magdalena?
México, 17 de mano de 1875
MUERTO
¡Espíritu, a soñar! Soñando, crece
La eternidad en ti, Dios en la altura!
El Cielo y el Infierno
Hermanos son, hermanos en lo Eterno:
¡Sobre la Eternidad yo me levante,
En la savia vital mi fuego encienda,
Todo a mi lado resplandezca y cante,
A mis plantas lo ¿límite se extienda,
Y cuando el Sol alumbra y cubre el cielo
Cantares traiga aquí para este duelo!
¿Quién sabe cuándo ha sido?
¿Quién piensa que él ha muerto?
¡Desde que aquel cadáver ha vivido,
El Universo todo está despierto!
Y desde que a la luz de aquella frente
Su seno abriò la madre Galilea,
Cadáver no hay que bajo el sol no aliente
Y eterno vivo en el sepulcro sea!
El cavò las atmòsferas dormidas;
Él contrajo los miembros fatigados;
En haz de luces concentrò las idas
Mieses descoloridas
De los campos del hombre abandonados;
Ungiòlo en fuego, lo esparciò por tierra,
Durmiò sobre él, y redimiò la Tierra!
¡Hermano, hermano fuerte!
¡Oh, padre, padre altivo,
Que adivinò las vidas de la muerte
Y eternamente resplandece vivo!
¡Oh padre, que se sienta
Donde el sol de los mundos se calienta!
¡Oh, Sol que no anochece!
¡Ojos de amor que eternamente lloran!
Fuego de paz que eternamente crece;
Brazos que al mundo por el mundo imploran,
Cuando a un mísero golpe de su planta
En polvo hiciera el mundo que levanta!
El hombre en que moriste,
La cruz en que te hollaron,
La madre en que gemiste,
Y el Sol que con tu muerte iluminaron,
Ni hombre, ni cruz, ni Sol, ni madre fueron!
Abandonado al Génesis dormía,
Y el Universo entero se moría,
Y los besos del Génesis surgieron!
Y si de tantas lágrimas lloradas
Algo quedò en la tierra estremecida,
Las de la madre fueron, derramadas
Como en la tumba hundida,
Los postrimeros cantos de la vida!
¡Oh llanto de una madre, nueva aurora
Que al agotado aliento resucita
En que todo el espíritu se llora
Y todo el fuego redentor palpita!
¡Si el Génesis muriera,
Si todo se acabara,
El llanto de una madre vivo fuera,
Y porque el hijo por quien llora viera,
La nada con el hijo fecundara!—
¡Oh, madre, mi Mana!—
Porque hubieran tus labios de mi boca
El beso postrimer, y la sombría
Existencia fatal que el polvo invoca
No sintiese el horror de tu agonía,—
¡Oh, madre! aquí en la tierra,
En la cárcel imbécil que me encierra,
Devorando mis miembros viviría!—
Aquél! Fue grande Aquél; pero en la cima
De la grandeza paternal no hay monte
Que de dolor de pequeñez no gima,
Ni hay rayos en el Sol, ni hay horizonte
Que de besar sus huellas se levante,
Ni mar que no murmure,
Ni labio que no jure,
Ni mundo que no cante!—
Hay cantos para ti: canta el mezquino
Ser de la tierra el oro y el palacio,
Y a ti, padre divino,
El mundo entona el canto del espacio?—
Un leño se cruzò con otro leño;
Un cadáver—Jesús—hundiò la arcilla
Y al resplandor espléndido de un sueño
Cayò en tierra del mundo la rodilla:
¡Un siglo acaba, nace otra centuria,
Y el hombre de la cruz canta abrazado,
Y sobre el vil cadáver de la Injuria,
El Universo adora arrodillado!—
México, 23 de marzo de 1875
NI LA ENAMORO YO PARA ESTA VIDA
Ni la enamoro yo para esta vida:—
Es que a unas horas por la senda andamos,
Y entre besos y lágrimas, hablamos
Del instante común de la partida!
Nos iremos los dos: no sé de cierto
Quién primero ha de ser el vivo muerto;
Pero, allá en los umbrales,
Si yo, yo espero; si ella, ella me aguarda
Y, así, más fuerte hará nuestros rivales
Amores, el amor a lo que tarda.—
Fácil: —mortal. El punto más amado
Entre los puntos que el amor encierra
Es lo Imposible, ¡el fuego aún no apagado
De este mi corazòn opreso en tierra!
Mujeres; —cuando el labio—
Trémulo y rojo y suspendiendo un beso,
En perdòn de una culpa o de un agravio
A punto esté de parecer impreso;—
Aunque el alma con llanto lo pedía,
Aunque enrojezcan lágrimas los ojos,
Que lloren —¡oh poesía!—
¿A qué trocar el oro por despojos?
¡Beso no dado, es beso todavía!
¡Colgadlo, suspendedlo:
Haced —¡oh bien!— que sobre el labio vague,
Pero nunca lo deis! oh criaturas
Del homicida Amor! —¡que nunca apague
El débil resonar de un beso dado
El ruido celestial de uno esperado!—
Esperar es vivir; tener es muerte.—
Verte es amor ¡oh dueña de mi vida!
Pero, ¡más fuera amor no poder verte! —
Debilísimo sol, la ansia cumplida.—
¡Qué suave andar, qué blando movimiento
El de un beso que vaga en el espacio,
Y a nuestro labio seco y avariento
Girando llega, espacio, muy despacio!-—
¡Qué beso tan cumplido
Un beso largo tiempo prometido!
La boca que nos besa,
Besándonos está desde el instante
Que suspendiò a sus labios la promesa,
Y el pobre corazòn sobresaltado
Imagina en su amor que lo han besado!
Y, acaso; ¿quién sostiene
Que aquello que se sueña, no se tiene?
¡Pues tiénese más puro,
Sin el dolor de realidad que afea,
Sin ese peso de la carne duro
Que la inefable atmòsfera sombrea!
¡Oh, sueño, mi riqueza!—
¡Hermano amante mío,
Y lecho de mi férvida cabeza!—
¡Piedad de amor para mi ser impío!
¡Oh, sueño, tú eres bueno:
No sangre vi, ni lodo vi en tu seno!
¡Qué placer es pensar! Y ¡qué ventura
Soñar de una mujer la sombra pura!
Y ¡cuántas, cuántas horas
Cuyos males con sombra llevo impresos,
¡Cuántas me han sorprendido las auroras,
Soñando labios y esperando besos!
¡Oh, deja que me acuerde! Vete y deja
Que ame, más que a tu amor, a tu memoria,
Que un bien probable, cierto se refleja
Y una gloria en el aire es también gloria!
¿Quién sabe si a tu lado
Sintiera yo el dolor de un beso dado,—
Cuando lejano Allá, dicha suprema,
Cuando logrado, logro que nos quema?
¡Oh, déjame, mujer! —Yo sé cuál riza
Los labios del amante la amargura,
Cuando un beso en sus labios se desliza,
Rayo menos de estrella menos pura!
¡Yo sé còmo lloraba
Un hombre porque un ángel lo besaba!-
¡Yo sé el avergonzar, yo sé el momento
En que en las ondas férvidas de un alma,
El cieno del placer manchò una palma,
Y un beso se trocò en remordimiento!—
Adios.—Aquí me llaman
A la tierra la vida y la faena:—
¡Oh, bésame después! —En los que aman
Un beso pronto angustia como pena:
Exalta, llora, irrita,
De la vergüenza entre los brazos llora,
Y en pensamientos de olvidar se agita,
Y en pensamiento de morir devora!—
¡Qué beso tan cumplido
Un beso largo tiempo prometido!
27 marzo —1875
ROSARIO
Rosario,
En ti pensaba, en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría,
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.
Ando yo por la tierra con los ojos
Alzados —¡oh mi afán!— a tanta altura
Que en ira altiva o míseros sonrojos
Encendiòlos la humana criatura.
Vivir: —Saber morir; así me aqueja
Este infausto buscar, este bien fiero,
Y todo el Ser en mi alma se refleja,
Y buscando sin fe, de fe me muero!
29 marzo 1875
ALFREDO
1
Alfredo:—¡qué abundante cabellera
Sobre la franca sien llevò extendida,
Todo tiempo de mal y lucha fiera
Que sollozando anduvo por la vida!
Plazas, calles, paseos,—vagabundo,
La frente al aire, el caminar tardío,
Aquel ocioso espíritu en profundo
Trabajo andaba, lleno de vacío.
Clavado en sí, su cuerpo lo encerraba
Como la niebla al sol que lucha en vano
Por penetrar la nebulosa traba
Que rayos roba al mundo del humano.
Ora en Alfredo alzábase tormenta,
O en suaves ondas como el lago terso,
El aire blando el suave rizo aumenta
De su alma en el espacio, un alma en verso.
2
Alfredo: bravo mozo;—aquel gallardo
De frente franca y de soberbio cuello,
Ocioso eterno, caminante tardo,
Galán, amable, soñador y bello;—
Perenne triste, que con mano abierta,
Llorando daba gozos y alegrías,
Y va dormido, y ante sí despierta
De su lecho de afán las Simpatías;—
Maniático doncel.—Mesaba loca
Dé hambre sus trenzas Dalia la indigente,
Y quiso Dalia besos de su boca,
Y Alfredo puso besos en su frente;
Y donde hallaba de la carne fría
Montòn infame que a la carne amaba,
Blanco montòn de espíritu ponía
Que la masa bestial iluminaba.
Era raro, en verdad, aquel Alfredo;
Y como al punto cautivò mi asombro,
Palpéle yo, miréle, y vi con miedo
Sangre inmortal manándole de un hombro.
3
Y por calles y plazas, y paseos,
La frente al aire y hacia atrás los brazos,
La mano daba a hermosos devaneos,
Y a su dorada Eternidad abrazos.
Sentòse al fin; del apacible río
Las suaves ondas comparò con calma:
¿Quién sabe, dijo, si a mí ser vacío,
Cual onda a ti, refrescará algún alma?
Hincò rodillas, abatiò la frente,
Mojò en las aguas claras sus cabellos,
Y suspirò de amores la corriente
Y al joven inmortal besò con ellos.
—«¡Mujer...!»— Y, a la palabra que decía,
Todo arbusto de flores se llenaba,
Y hasta un rayo de luna se ponía
Sobre la cabellera que flotaba!—
—«¡Mujer...!»—Yo he visto un pájaro perdido
Llegar, volver sobre aquel tronco abierto,
Y el tronco solo, y sin su dueña el nido,
Plegar las alas y extenderse muerto!
—«¡Mujer...!»—Yo vi canoso pasajero,
Sangrando el pie, la espalda flagelada,
La tierra abrir, balbucear «yo muero»,
Tenderse en tierra y terminar jornada!
—«¡Mujer...!»—Y el viento a la negruzca roca
De las fatales playas de la vida,
Colgò de los cabellos a una loca
Y está por los cabellos suspendida.
¡El alma así de Alfredo vagabundo!—
Loca en la playa, pájaro en el tronco,
Viajero herido por el ancho mundo,
Niebla y sol, noche y luz, gemido bronco.—
4
—«¡Mujer, mujer, en vano es que la vida
Sin ti vertiendo sangre de dolores,
Como una virgen pálida y herida,
La tierra cruce deshojando flores!—
En vano, en vano que la vida entienda
La abrasadora lengua de los sabios,
Sin que este pobre corazòn encienda
El lenguaje de amor vivo en tus labios!—
En vano, en vano que la vida loca
Contemple en sí cadáveres impresos,
Mientras sin voluntad el alma invoca
El fuego redentor que arde en tus besos!—
Cuanto fui, cuanto soy, cuanto se encierra
En esta alma en la tierra encadenada,
Que rota por el peso de la tierra
Sin vivir ni morir vive enclavada;
Cuanto en mis horas de mayor locura
Un Dios esclavo dentro de mí germina,
Y rompe el alma con audaz bravura
Su forma vil, su esclavitud mezquina;
¡Todo por el amor que la corriente
Del agua puso en mi cabello impreso! ¡
Todo—oh mujer—porque en la herida frente
Amor me digas y me des un beso!»
Y por la orilla y calles solitarias,
La frente al aire y ojos en la tierra,
Llorò lamentos, sollozò plegarias,
Buscò mujeres, y lo hallado aterra!
5
—«Tú, miserable, porque en ti avarientos
Los ojos puse de codicia rojos,
Carne pusiste, infame, en mis lamentos,
Movible carne ante mis pobres ojos!.
¿Pensaste vil en que yo vil te amara?
¡Aparta, fango; mas de mí tan lejos,
Que, si yo fuera el Sol, no te llegara
Ni la pálida luz de mis reflejos!—
Y tú, menguada; mísera ovejilla
Que acudiste a mi impúdico reclamo,
Y besaste diez veces mi mejilla,
Y dijiste cien veces «¡yo te amo!»;
Para los flacos en la dicha es tarde!
Flaqueza agravia y págate en agravios:
¡Lejos de mí, la oveja que cobarde
Prodiga besos y corrompe labios!
Aquélla, la alba virgen, la que muere
De ansia de amor, y morir más desea,
¿Qué busca? ¿qué me llama? ¿qué me quiere?
¡No ha derecho al amor la mujer fea!
La ajena, la maldita, la casada,
¿Qué quiso en mí la miserable un día,
Allí en el goce impuro revolcada
Donde el esposo mísero dormía?
¡Horror, horror! ¡La mancha de aquel beso
Que entre los labios me dejò la fiera,
Ha de quedar sobre mi labio impreso
Como marca de oprobio, aunque me muera!
¡Y, yo dormido, a sacudirme el dueño
Vendrá, con la casada de la mano,
Y se revolcará sobre mi sueño,
Como sobre él me revolqué inhumano!»—
Llorando Alfredo, conteniendo apenas
El pobre corazòn que se rompía,
Fuese a regar con llantos las serenas
Ondas del agua que besara un día.
6
—«¡Oh loca, oh cruel, oh plácida corriente,
Que con el sueño aquel de tus amores,
Me diste un beso en la tranquila frente
Que me duele con todos los dolores!—
¡Qh imagen de amor que un alma viva
Hallò a su nombre pálida y despierta,
Y tinta en sangre y de su mal cautiva,
Llorando vuelve un alma medio muerta!—
¡Oh margen pura de la verde orilla
Dònde, al amor de la mujer alzada,
El crimen vuelve corva la rodilla
Y la maldita frente avergonzada!—
¡Oh madre blanda por que el agua pura
Cantando corre y apacible ondea:
Un beso dame al ánima sin cura
Que punto y gloria de mis culpas sea!
¡Perdòn, perdòn, corrientes de este río!
¡Perdòn, perdòn, oh luz de esta ribera!
¡Arbustos que crecéis en torno mío!
¡Ondas que refrescáis mi cabellera!—
Beso me disteis del amor proscrito
Que en fango traigo sobre el alma impreso:
Pues fue para vivir beso maldito,
Para vivir mejor dadme otro beso!»—
Callò el gimiente, se extendiò en la onda,
Eco de un beso resonò en el río,
Y —«¡Alfredo!—» clamò, sin que allí responda
Más que otro beso al llamamiento mío.
México, 1 de abril de 1875
SIN AMORES
Amada, adiòs. En horas de ventura
Mi mano hablò de amores con tu mano:
Amarte quise ¡oh ánima sin cura
Ni derecho al amor! Para tu hermano
Aún sobra altivo entre mis venas fuego,
Y para amante, apenas
La sangre bulle en mis dormidas venas.
¡Oh, yo no sé! La tarde enajenada
En que al mirarnos, de una vez nos vimos,
Amado me sentí, tú fuiste amada,
Y callamos, y todo lo dijimos.—
Después ¿lo sabes tú?—Vuelta del sueño
El alma en su descanso sorprendida,
Alzòse en mí contra el gallardo dueño
Por la temprana esclavitud herida;
Y mísera, y llorando,
Esta infeliz de amores se me muere,
Y por lo mismo que la estás amando,
Por lo mismo esta loca no te quiere!
Oh! No me pidas que comprima el llanto
De soledad que ante tus ojos vierto:
Si sòlo estoy de mi orfandad me espanto,
Pero a mentir, ni para amarte—acierto!
Y llorarás:—yo sé còmo pusiste
En el soñado altar tempranas flores:—
Y triste quedas:—pero yo más triste
De amores vivo y muero sin amores.
Amarte quise. Peregrino ciego
Yo sé el amor al cabo del camino,
Mas ¡còmo en tanto devorando el fuego
El alma va del pobre peregrino!—
Engaño,—infamia. Si en tu amor pusiera
Un punto solo de una vil mentira,
Vergüenza al punto de mentir rompiera
La cuerda audaz de la cobarde lira!
Si brusco soy, si de soberbia herido,
Te hiero a ti, ni mi perdòn te imploro:
Vencí otra vez; yo quiero ser vencido,
Y en busca aquí de quien me venza, lloro!
Perdòn, perdòn! Yo puse en mis miradas
El fuego extraño de la patria mía,
Allá donde la vida en alboradas
Perpetuas se abre al palpitar del día:—
Perdòn! no supe que una vez surcado
Un corazòn por el amor de un hombre,
Ido el amor, el seno ensangrentado
Doliendo queda de un dolor sin nombre:—
Perdòn, perdòn! porque en aquel instante
En que quise soñar que te quería,
Olvidé por tu mal que cada amante
Pone en el corazòn su gota fría!
Y, si es verdad que, de su bien cansado,
No te ama ya mi corazòn, perdona,
En gracia al menos por haberte amado,
Este adiòs qué a la nada me abandona!—
¡Oh, pobre ánima mía,
Quemada al fuego de su propio día!—
México, 17 de abril de 1875
SÍNTESIS
1
Yo iría, sí,—yo iría
A ese cuerpo gentil, pero ¿quién sabe
Si he de encontrar en él un alma fría?
¡Que ese fácil amor otro se lleve!—
Amar a un cuerpo es sepultarse en nieve!
2
Lo abstracto es la verdad, y lo concreto
Es la traba del alma, y lo anchuroso
Es el movible punto de reposo
Para el corcel de la existencia inquieto!
3
El alma universal dos hijos tuvo,
Cada ser en mitad viene a la tierra:
¡Así es toda la vida del humano:
Buscar, siempre buscar, su ser hermano!
4
Hay frío: mi dolor.—El sol despierta:
Un alma de mujer llama a mi puerta.
5
Espera, que ha caído
Una flor de tu pecho, Rosalía.
—Marchita está la flor; ¿còmo habrá sido?
¡La pobre flor de envidia se moría!
6
¡Oh, la niña purísima y gallarda!
¡No ve que hasta la reja
Se agita, y se me queja,
Desesperada ya por lo que tarda!
7
Hermosa tú, yo joven; pues ¿la vida
Es algo más que el punto en que se olvida?
HASCHISCH
Arabia;—tierra altiva
Sòlo del sol y del harem cautiva.
Cuando la infame Tierra abre su seno
Al árabe, engendrado
De ardiente arena y sol enamorado,
Y el seno, de miserias viles lleno,
Fango sangriento al árabe ha mostrado,
Lo eterno anhela, el árabe suspira,
Los ojos cierra a la verdad, y llora
Dulce llanto de amor a la mentira,
Y el alma ardiente de la tierra mora
Duerme para vivir, pues—viva—la ira
En su pecho más loca se levanta
Que la idea de amor en sus mujeres
Y el canto de pasiòn en su garganta.
¡Amor de mujer árabe!—La ardiente
Sed del mismo Don Juan, se apagaría
En un árabe amor, en una frente
De que el negro cabello se desvía,
Como que ansia de amor eterno siente,
Y a saciarnos de amor nos desafía!-—
¡Oh! viven en aquellas
Magníficas doncellas,
Las trovas no escuchadas,
Las horas no sentidas,
Y lágrimas de amor aún no lloradas,
Y fuentes de hondo amor aún no sabidas;—
En ellas, las huríes,
Por cada rayo de su sol un beso
Con sabor de azahar y de alelíes;—
Y en ellas, lo imposible
De una hoguera de luz nunca extinguible!
La vida es el amor—donde la tierra
Por los solares besos fecundada,
Pensiles ha por hijos, en que encierra
La fragancia y la luz de una alborada;—
La vida es el amor—donde de amores
Del libio sol y arábigas arenas,
Hasta el desierto mismo nacen flores
Con palmas leves de murmullo llenas;—
Y allí donde si el sol despareciera
Del beso de una hurí renacería,
Prendida dejo el alma pasajera
Y la vida es amor:—¡Oh! ¡quién pudiera
De una mora el amor gozar un día!
No es estatua de lánguida figura
El alma de un poeta:
Es un sol de dolor: alma sin cura
De universal enfermedad secreta:—
En sí tiene el hervor, en sí esta fiera
Ansia que un beso incomparable invoca
Que, dado en una vez, arda en su boca
Más allá de las horas en que muera:—
¡Oh! pobre alma dormida
Sin este beso eterno sacudida!
Una árabe que besa
Es labio de mujer, donde nos cumple
La eternidad al fin una promesa:—
¡Oh! si mis labios pálidos rozara
Una arábiga boca, donde arde
Cuando se imprime, el fuego del Sahara,
Mientras no es ida, el fuego de la tarde;—
Si esta mejilla sin color,—hundida
Al espantoso beso
Que con los huecos de su boca, impreso
En cara y corazòn deja la vida,—
Si este espíritu luce enamorado
Del armònico amor, en mí sintiera
Ese beso de una árabe, engendrado
Al fecundo calor de una quimera;—
Si el alma de una mora, al hierro impío
Del tiránico afán encadenada,
Viniera a calentar el pecho mío,
Y dejara en mi boca fatigada
Un beso como el fuego del Estío,
Largo como el dolor de esta jornada,—
Yo no sé qué dulcísima ternura
Este árido cerebro llenaría;
Yo no sé qué colores esta oscura
Virgen de mi alma casta vestiría;
Qué luz como esta luz,—¡oh, qué ventura
De una mora el amor gozar un día!
Chimenea encendida
Al frío corporal vuelve la vida:
¡También de un beso al juego,
El muerto de vivir, renace luego!
Nadie sabe el secreto misterioso
De un beso de mujer: yo lo he sabido
En un arrobamiento luminoso
Extra-tierra, extra-humano, extra-vivido.
Cuando todo lo férvido dormita,
Cuando todo lo imbécil gigantea,
Cuando la languidez sòlo se agita
Y por nuestra alma mísera pasea,—
Hay algo más hermoso que una noche
De Enero de mi patria en las llanuras;—
Más dulce que un dulcísimo reproche
Lleno de confusiòn y de locuras,
Con que un trémulo labio
Culpa y perdona su amoroso agravio;—
Hay algo como en sueños,
Nos pareciò escuchar, algo que ha sido
Verdad, aunque fue sueño, porque deja
Partida la verdad, cierto el sonido,—
Un rayo que refleja
Muy suave claridad,—una dulzura
Que todos nuestros átomos orea,
Y una especie de aroma de ternura
Que sobre nuestros labios titubea!—
Un beso de mujer! —Pues ¿còmo ha sido?
Todo lo venturoso ha renacido,
La redenciòn espléndida amanece,
Esénciase el cadáver, y en el punto
Hermano siglo y siglo de un difunto,
O me engaño—¡oh ventura! —o me parece
Que do el difunto fue, la yerba crece!
Un beso de mujer! —Yo lo he sabido
En un muy dulce instante extra-vivido. —
El árabe, si llora,
Al fantástico haschisch consuelo implora.
El haschisch es la planta misteriosa,
Fantástica poetisa de la tierra:
Sabe las sombras de una noche hermosa
Y canta y pinta cuanto en ella encierra. —
El ido trovador toma su lira:
El árabe indolente haschisch aspira.
Y el árabe hace bien, porque esta planta
Se aspira, aroma, narcotiza, y canta.
Y el moro está dormido,
Y el haschisch va cantando,
Y el sueño va dejando
Armonías celestes en su oído.
Muchos cielos ha el árabe, y en todos,
En todos hay amor,—pues sin amores,
¿Qué azul diafanidad tuviera un cielo?
¿Qué espléndido color las tristes flores?
Y el buen haschisch lo sabe,
Y no entona jamás cántico grave.
Fiesta hace en el cerebro,
Despierta en él imágenes galanas;
Él pinta de un arroyo el blando quiebro,
Él conoce el cantar de las mañanas,
Y esta arábiga planta trovadora
No gime, no entristece, nunca llora;
Sabe el misterio del azul del cielo,
Sabe el murmullo del inquieto río,
Sabe estrellas y luz, sabe consuelo,
¡Sabe la eternidad, corazòn mío!
El árabe es un sabio:
Cobra a la tierra el terrenal agravio,
Y en tanto,—el encendido
Vigor de este mi espíritu potente,
Me quema en mí y esclavo y oprimido
Tormenta rompe en la rebelde frente:—
Y oh tanto—de mi espíritu el deseo
De aquello lo invisible se enamora,
Y se abrasa en mí mismo, y me devora
Buitre a la vez que altivo Prometeo!—
Amor de mujer árabe! despierta
Esta mi cárcel miserable muerta:
Tu frente por sobre mi frente loca:
¡Oh beso de mujer llama a mi puerta!
¡Haschisch de mi dolor, ven a mi boca!
México, marzo de 1875
AMIGA: YO ESPERABA
«... Y es que mi alma esta
muerta, hasta que le llegue al
cuerpo su hora»—Así dice en
una carta mi madre.
«Amiga: yo esperaba
Al hijo que ha venido;
El hijo está; mas tanto me lloraba
El alma, que en el llanto se me ha ido.
El alma tengo muerta
En tanto que le llega al cuerpo su hora.»
Esto dice una carta ante mí abierta,
Que parece que me ama y que me llora!
Esto mi madre dice, esta sublime
Mujer en todo amor pura y serena,
Que no sabe el terror con que se gime
Ni el llanto sabe de cobarde pena.
Yo, como tú, tranquila y desgarrada
El alma llevo en la perpetua lucha,
Y a veces se repliega en mí espantada,
Trémula de terror por lo que escucha.
Bueno, mi madre: como tú la herida
El corazòn jamás domado lleva,
Y va regando el campo de la vida
Con sangre pura, siempre clara y nueva.
Mi amor entiendes; en mi frente miras,
Imagen fiel del bárbaro combate,
Este fiero tumulto de las iras
Con que el henchido corazòn me late.
Cuando mis pobres ángeles sonríen,
Cuando ese anciano sus desdichas llora,
Y no hay canas en él que no me envíen
La sorda voz con que a la muerte implora!
Tú sabes còmo,—cuando el alma aquella
Que del hogar desierto se me ha ido,
A verme viene en una luz tan bella
Que en ella tengo el corazòn prendido,—
Grabado deja en mi cansada frente
El beso de dolor con que me llama,
Y una pálida luz que en el caliente
Hogar en rayos tibios se derrama.
Allá en la tierra miserable y fría
El pobre corazòn me lo decía:—
«¡Ay! ¿cuando vuelva yo, se me habrá ido
La candorosa niña que solía
En mis brazos hallar caliente nido,
Y perfumar de amor mi fantasía?»—
Se fue! se fue!... No busques, madre amada,
Vestigios de la blanca criatura
En implacables sombras anegada,
En esa estrecha humana sepultura!
No busques—¡vete!—en la apartada tierra,
En el montòn de cieno que la cubre:
Pues mí llanto del cieno no la arranca,
Pues la tierra a mis besos no responde,
Nada queda en la tierra de la blanca
Criatura que en sombras se me esconde!
Yo no quiero a ese polvo que la tuvo,
Ese lugar donde su cuerpo yace:—
¡No la tiene,—no es ella!—Lloraría
Debajo de la tierra, si me viese;
Su corazòn la tierra rasgaría,
Y cuando cerca de ella me sintiese,
Para volverme a ver, renacería!
¡No es ella!— Yo no amo
Ese montòn de polvo miserable:
¡No es el sepulcro de ella!—Yo la llamo
Y no hay nada en el polvo que me hable!
Yo beso, yo golpeo
El húmedo rincòn, donde repiten
Que cubierta de tierra la dejaron:
No con falso dolor así se agiten!
¡Los que me dicen esto, no la amaron!
¡La vieron! ¡la trajeron!
La amaron blanca, la miraron bella,
Y, cuando sobre tierra la tendieron,
¿No se tendieron a la par con ella?
Hermana! yo te siento
Que desde el corazòn me estás hablando:
Blanca te miro, pálida me tiendes
Tu maño pura que se pierde en sombra,
Y se me van los brazos a tu imagen
Y toda el alma trémula te nombra!
El alma toda te recibe ansiosa:
¡Aquí tienes la vida que me pesa;
Aquí tienes la carga fatigosa,
Aquí tienes el alma que te besa!...
¡Sombra no más!—Mentira es que el sepulcro
Guarde lo noble de los seres yertos;
Nada en el polvo ni en la cal se encierra:
Pues mis ayes de amor están despiertos,
Ha de haber otra vida y otra tierra
Donde respondan a mi amor los muertos!...
Mentira!—Venerable
No es la capa de polvo miserable
Que ni me ama, ni llora, ni me mira:—
Florece el suelo en que una virgen llora;
Que ese polvo la guarda es vil mentira
Pero es sueño también que me habla ahora!
¡Oh, madre! Si en el alma está despierta
La imagen de un amor que no perece,
No es ya verdad que el alma tengas muerta:
El sol de este dolor nunca anochece!
México, 4 de junio de 1875
SIN AMORES
Llorando el corazòn, llorando tanto
Que no veo el papel en que te escribo,
Aquí te voy diciendo
Que ya me estoy muriendo
De tanto como vivo!
Ni tú, ni tú que con tus manos blancas
Apretaste las iras en mi frente,
Que tal me palpitaban,
Que casi se saltaban
Del círculo candente;
Ni tú devuelves el calor perdido
Al ser amante que en mí mismo yace,
Yo cumplo mi condena;
Esta es del vivo pena:
No muérese ni nace.
Aquello que se sueña, no se tiene
En lo que el triste humano haber alcanza;
Y para más tormento
Locura es el invento
Humano de esperanza.
Esperan los que viven bien hallados:
El torpe espera, espera bien el ciego:
¡Yo floto, abandonado
En este mar helado,
Sin ondas y sin fuego!
Y creo, yo sí creo; pero vive
Tan lejana y tan alta mi creencia
Que dejo, peregrino,
Más sangre en el camino
Que hay luz en mi conciencia!
Y besabas tú bien: yo hago memoria
De aquel beso apretado de aquel día:
Fue largo: nos dormimos
Y, cuando en nos
Volvimos,
Duraba todavía!
Te quiero, algo té quiero: y cuando fueras
En mis recuerdos por indigna un peso,
Quisiérate, alma bella,
Por nuestra noche aquella,
Por nuestro largo beso!
Pero es ley de la vida la fatiga,
Y se nos cansa pronto la memoria;
Fatiga haber amado;
Fatiga haber llorado;
Nos cansa la victoria.
Si quieres que te ame, yo te diese
Mi amor que, amado tanto, aún no despierta;
Moléstanme amoríos,
Serviles desvaríos
De un alma medio muerta:
El cuerpo me sacude y enamora
Y pálida de amor el alma llevo;
Yo quiero,—¡oh fin de males!—
Con labios nunca iguales
Un beso siempre nuevo!
Junio 12 de 1875
DOS HONRAS
1
—Señor, mi madre tema
Hambre una noche, y al punto
Robé, resistiò: un difunto
La noche en sí recibía.
—Tu madre hambrienta, tú loco:
Fuiste ladròn no culpado:
Para condenarte es poco:
¡Álzate, hombre: eres honrado!
2
—Señor, mi madre tenía
Hambre una noche: salí
Por si alguien cuerpo quería:
Me compraron, me vendí!
—Tu madre hambrienta, tú loca:
Infame fuiste y culpada;
El cieno vive en tu boca:
¡Aparta, mujer manchada!
Pues que por un hambre igual
Él robò lo que quería
En una noche fatal,
Y ella dio lo que tenía
Por el hambre maternal;
Si honra merece el ladròn
Porque el pudor de hombre olvida,
En la materna aflicciòn,
Honrada es la honra perdida,
Si no vende el corazòn!
Junio 12 de 1875
FLOR BLANCA
Los ojos puros, la mirada inquieta,
La mejilla caliente y encendida:
Así a la virgen esperò el poeta
Con un sueño más largo que una vida.
Mi amor, mi puro amor ¿a quién has visto
Que así en el fondo de mi ser despiertas?
Tiene aroma la atmòsfera en que existo
Y el árbol de mi amor flores abiertas.
Leño fue un tiempo en que el dolor ponía
Color de sombra en la fecunda rama,
Y el pardo tronco al aire repetía:
«¡Còmo está muerto el infeliz que no ama!»
Y ¡visten hojas aquel tronco oscuro!
Y ¡el pardo leño brilla y reverdece!
Y hay luz, hay luz en el espíritu puro,
Y en la noche de mi alma me amanece!
Ornaste, amor, los castos atavíos
De la gentil mañana en mes de flores,
Y esclavo ya feliz de sus amores,
Sus besos buscas en los labios míos.
Yo amaba, amaba mucho: parecía
Señor mi ser de los gallardos seres:
Toda bella mujer soñaba mía;
¡Cuánto es bello soñar con las mujeres!
Que viví sin amor, fuera mentira:
Todo espíritu vive enamorado:
El alma joven nuevo amor suspira:
Aman los viejos por haber amado.
Tal es amor, que cuando nace enciende
Luz que convida a imaginar la gloria,
Y muere, y suave claridad esplende
Que baja del cadáver la memoria.
Se sueña que el espíritu intranquilo
Tuvo de alzarse de la tierra intento,
Y con su amada de la mano, asilo
Se fue a buscar al ancho firmamento.
Vida es morir: lo sienten estos años
De la cansada tierra en que vivimos,
Y andan los hombres ciegos, como extraños:
Locos somos buscando lo que fuimos.
Mucho duele el vivir, mas hay un duelo
Mayor que vida: nuestra vida sola!
¿No se buscan las nubes en el cielo?
¿No se enlaza en el mar ola con ola?
Y cuando al pie de las musgosas rejas,
Sin dueño mueren las dolientes flores,
¿No vienen, amor mío, las abejas,
Sembrando germen y zumbando amores?
Ola, nube, flor, reja, cuanto alcanza
La humana vida, sueña amor y espera:
Nace un hombre; lo aguarda la Esperanza,
Y camina a su lado hasta que muera.
Se anda, se llora, el pecho está oprimido;
Y la mirada al cielo se extravía:
La esperanza en la tierra se ha perdido
Y se espera en el cielo todavía!
Pues qué ¿me muero yo? Si yo concibo
La inmensa eternidad que no perece,
No muero nunca: eternamente vivo:
Yo sé bien dònde el Sol nunca anochece.
Pero andar, ir sin fe, sin criatura
Que sostenga, al mirar, nuestra cabeza,
Con manos blancas, con el alma pura,
Anuncio humano de inmortal belleza;—
Vagar creyendo; sobre el hombro herido
Doblar sin fuerzas el cansado cuello,
Y no tener un corazòn querido
Ni una mano que juegue en el cabello!—
En el tormento de vivir, la suma
De mal mayor e insoportable unida:
¡Nube sin ámbar! ¡ola sin espuma!
El amor es la excusa de la vida!
Tú eres la virgen: virgen en la frente
Por sòlo el beso paternal sellada,
Y para el riego de mí amor potente
Entre los velos del pudor guardada;
Virgen sin huella del cansancio humano;
Virgen sin mancha de impudor ni hastío,
Que abierta llevas en la casta mano
La blanca flor que ansiaba el amor mío.
¿Y te vas? ¿no me quieres? ¿y te enojas?
¡Espera! ¡Espera siempre! ¿quién arranca
A quien ha visto tanta flor sin hojas,
La memoria feliz de una flor blanca?
Horas de amar, mí virgen: ¡cuántas horas
De males que en el alma llevo impresos,
¡Cuántas! me han sorprendido las auroras
Soñando labios y esperando besos!
Y es este noble amor: cuando tu boca
Buscara enferma de deseo la mía,
Con ira de mi ser te apartaría:
¡Odio el amor que enciende y que provoca!
Te amo, porque no existe en ti la huella
De impuro ardor, y el corazòn te hiere
La costumbre de amar que en la doncella
Aventura infeliz a amor prefiere:—
Te amo, porque la vida se levanta
Con el suave calor de tu alma nueva,
Y todo el himno vibra en mi garganta,
Y el pardo leño en flores se renueva:—
Te amo, porque los versos del paterno
Afán palpitan en tu frente bella:
No más que el puro amor es bien eterno!
¡Feliz, virgen de amor! ¡feliz aquélla
De sueños castos y pudor dichosos,
Que comprimiò los palpitantes besos,
Para dejarlos con el alma impresos
En los honrados labios del esposo!—
Estando en esto, de un hermoso sueño
Que un hombre pobre sin querer tenía,
Mostròle un duende de arrugado ceño,
La luz muriendo y la pared vacía.
—«¡Oye, infeliz: cuando en la tierra nace
Un hombre imbécil que solloza y sueña,
Se le muestra esa luz que se deshace
Y esa pared desnuda se le enseña!
Bueno es con sueños adornar la vida;
Mas, ¿tienes tú para soñar derecho?
¿Tu tierra acaso está en tu ser dormida?
¿El hambre acaso no te muerde el pecho?
Cuando el hombre se sienta a nuestro lado,
Y las miserias las paredes moja,
La luz se apaga, el cielo está cerrado,
Y muere la flor blanca hoja por hoja.
Así, infeliz, sí amores te sonríen
Y sombras de mujer te desvanecen,
La luz y la pared de ti se ríen;
Los astros ante ti desaparecen.»—
Fuese el duende: la lámpara extinguida
No alumbra al triste que soñaba besos,
Y ya no queda al joven de la vida
Más que un frío terrible entre los huesos:
Pero volviò las pálidas miradas,
De aquel duende fatal buscando huella,
Y al través de las piedras agrietadas,
En el fondo del cielo vio una estrella!
México, 26 de junio de 1875
VIDA
Reanimado el dolor, la mano ardiente,
Y la vida latiéndome en la frente,
Pregúntale oh mi mal! a quien responda,
Dònde nace esta fiera de la vida
Que pueda yo en su cuna
Pedir cuenta a la bárbara fortuna
Y romperla en el vientre en que se anida!
Bueno: a llorar. A fe que la cabeza
No nos puso al azar naturaleza
Con tamaño vigor asida al cuello:
Pues puede erguirse y se levanta fiera,
Sobre el cuello soberbio se alce erguida,
Y sepan los cobardes la manera
De sacudir el polvo de la vida,
De oprimir con el pie la tierra hirviente,
De enjugarse las lágrimas del duelo,.
Mirar el sol, y detener al cielo,
Y luchar con el cielo frente a frente.
La vida es un asalto: pues cautivo
Hoy o después he de vivir, la lucha
Ruda comience, y pues lo quieren —vivo!
Mas no a gemir ni a sollozar dispongo
Voz que me sirve para hablar al cielo:
Vivo, para trazar sobre la tierra
Huella soberbia que mis pasos grabe;
Para abatir y dominar grandezas,
Para labrar mi gloria con mis manos
Y convertir en rayos las tibiezas
De este pálido sol de los humanos.
Nube es la vida de los hombres, nube
Que el miedo finge valladar: no es valla
Que el paso impida: con la mano fuerte
Bien se pasa al través de la muralla,
Bien se llega a las lindes de la muerte.
No allí la vida mísera se acaba:
Pues tanto aquí se sueña y no se tiene,
Más allá de morir lo aquí soñado
Debe ser a los hombres revelado,
La vida es una ley, como las leyes
Despòtica y fatal: sus eras cumple
Mal que nos pese, y el que aquí la llora
Llorando una era de la gloria pierde
Y todo el tiempo que pasò llorando
En vida nueva sus cadenas muerde.
La vida es necesaria
Para poder morir: hay noche y día:
Morir es luz; mas luz que cada humano
Con fuego enciende de su propia vida.
Yérgase al cabo la cabeza fiera:
Aquí con miedo de vivir lloramos:
La lámpara apagada nos espera:
En pie los hombres: a encenderla vamos!
Jamás vencido el hombre vivo sea ,
De su domado ser ruina y escombros:
Alta la cruz, reñida la pelea,
Que el ser que aguarda vencedora vea
La conmovida cruz sobre los hombros.
VERSOS
1
¡Oh, mi vida que en la cumbre
Del Ajusco hogar buscò
Y tan fría se moría
Que en la cumbre hallò calor!
¡Oh, los ojos de la virgen
Que me vieron una vez,
Y mi vida estremecida
En la cumbre volviò a arder!
2
Entrò la niña en el bosque
Del brazo de su galán,
Y se oyò un beso, otro beso,
Y no se oyò nada más.
Una hora en el bosque estuvo;
Saliò al fin el galán:
Se oyò un sollozo, un sollozo,
Y después no se oyò más.
3
En la falda del Turquino
La esmeralda del camino
Los incita a descansar:
El amante campesino
En la falda del Turquino
Canta bien y sabe amar.
Guajirilla ruborosa:
La mejilla tinta en rosa
Bien pudiera denunciar,
Que en la plática sabrosa,
Guajirilla ruborosa,
Callar fue mejor que hablar.
4
Allá en la sombría,
Solemne Alameda,
Un ruido que pasa,
Una hoja que rueda,
Parece un malvado
Gigante que alzado
El brazo le estruja,
La mano le oprime,
Y el cuello le estrecha,
Y el alma le pide.—
Y es ruido que pasa,
Y. es hoja que rueda,
Allá en la sombría,
Callada, vacía,
Solemne Alameda.
5
—Un beso!
—¡Espera!
Aquel día
Al despedirse se amaron.
—¡Un beso!
—¡Toma!
Aquel día
Al despedirse lloraron.
6
La del pañuelo de rosa,
La de los ojos muy negros,
No hay negro como sus ojos
Ni rosa cual tu pañuelo.
La de promesa vendida,
La de los ojos tan negros,
Más negras son que tus ojos
Las promesas de tu pecho.
7
—¿Ese?
—Esta muerto.
—¿Vive?
—Anda vivo.
—¡Sacúdelo! —En verdad que no se mueve:
La vida sin amor es muerte y nieve.
—Un beso.
—¡Está despierto!
—¡Yo te amo!
—¡Cuan altivo!
El alma siente palpitar robusta;
¡Oh, ley de amor generadora y justa!
8
De tela blanca y rosada
Tiene Rosa un delantal,
Y a la margen de la puerta,
Casi casi en el umbral,
Un rosal de rosas blancas
Y de rojas un rosal.
Una hermana tiene Rosa
Que tres años besò abril,
Y le piden rojas flores
Y la niña va al pensil,
Y al rosal de rosas blancas
Blancas rosas va a pedir.
Y esta hermana caprichosa
Que a las rojas nunca va,
Cuando Rosa juega y vuelve
En el juego el delantal,
Si ve el blanco abraza a Rosa,
Si ve el rojo da en llorar.
Y si pasa caprichosa
Por delante del rosal
Flores blancas pone Rosa
En el blanco delantal.
LA VI AYER: LA VI HOY
Así, niña querida,—de manera
Que lentamente el corazòn se inflamé,
Y ya tu imagen en mi amor no muera,
Aunque ha ya mucho tiempo que te ame.
Lento, lento,—de modo, niña mía,
Que cada sol me traiga una mirada,
Y más te quiera yo con cada día,
Y guarde tanta aurora acumulada,
Que henchido al cabo el corazòn de flores,
Y repleta de luz el alma bella,
Haya al fin una aurora toda amores,
Y una vivida lumbre toda estrella.
¿Me quieres?—Buen placer: placer extraño
Que hace fiesta en él pecho en que se anida,
Y vale por un hora todo un año,
Y por un año—más, más de una vida.
Es puro, es armonioso, es un anhelo
En que un temor divino se acaricia,
Y es un cielo soñar que se va al cielo,
Y aumenta el sobresalto la delicia.
Y a besos tardos y a rubores gusta
Esta alma fiera, y más que fiera, avara,
El placer de adornar la fe robusta
Con la flor del rubor de un alma clara.
Así, mi niña pura,—de manera
Que en la sombra en que es fuerza que yo viva,
Viva a mi lado y a mi lado muera
Tu sombra amante, eterna, fugitiva.
Yo busco, yo persigo, yo reboso
Fuerza de amor, que de mi forma vierto:
Vivo extra-mí; mi cuerpo sin reposo,
Vertido ya el amor, es cuerpo muerto.
Vaga en mi torno: siéntelo y palpita
A cada forma de mujer que pasa,
Y cada vez que esta alma se me agita
El solitario cuerpo se me abrasa.
Y còmo ¡oh niña hermosa! me conmueve
Cada imagen de amor! ¡còmo este exceso
De afán se agranda cuando a una hoja leve,
Las brisas tocan y se dan un beso! :
Este amor, esta atmòsfera, esta vaga
Vida que en mí rebosa y me rodea,
Sueña siempre otra vida que la halaga
Y en espacios magníficos pasea.
Es pura, tierna, delicada, hermosa:
Líneas tiene perdidas en un vago
Redor de sombra opaca y nebulosa,—
Dama gentil del adormido Lago.
No sé el instante en que a la tierra toca:
Su blanca falda sobre nubes veo,
Y lleva siempre en la plegada boca
Prendido el beso blanco que deseo.
Los ojos cierro, y ante mí la miro:
La mano extiendo, y en la sombra oscura,
Se esconde, se dilata,—y un suspiro
Lleva a la sombra un sueño de ventura.
Y así, mi niña, eternamente andamos,
Ella hundiéndose en sombra y yo tras ella,
Y de lejos y huyendo nos amamos
Con el inmenso amor que es todo estrella.
Pero vivo ¡oh mi niña! Quien me puso
La carnal vestidura que me encierra,
Con la terrible forma, en ella impuso
El deber de llorar vivo en la tierra.
La imagen amo: a oscuras la persigo,
Y sin llegarla a ver siempre la veo;
Pero caigo en la lucha y me fatigo
Y la cansada frente me golpeo,
Y si al pasar de un límpido arroyuelo
Mi imagen miro, observo con espanto
Que está muy lejos el azul del cielo
Y va acabando mi vigor el llanto.
Está muy lejos el azul soñado:
En vano al vivo por el loco inmolo:
Está lejos de aquí para esperado:
Muy lejos ¡ay! para alcanzarlo solo!
¿Quieres, mi niña? ¿me amas? Es muy bueno
Acoger al rendido caminante
Y besarlo, y amarlo, y en el seno
Abrigar su cabeza palpitante:—
Que tanto el triste soñador se ha muerto
En el terrible tiempo que ha vivido,
Que cuando a un beso del amor se ha abierto,
Fénix feliz del beso ha renacido!
Soñé: ¿tú lo Soñaste?—Tus cabellos
Rodaban desatados por tu espalda,
Y orgulloso el amor cubriò con ellos
Mi cabeza dormida entre tu falda.
Y así soñando, henchida ya de flores
Y repleta de luz el alma bella,
Algo hubo en ti del sueño aquel de amores
Por quien siento un amor que es todo estrella.
Encarna! Encarna pronto! Pues el pecho,
Con ansia de mujeres se me agita,
A un amor de mujer tengo derecho
Que aplaque al vivo que en mi ser palpita!
Encarna! Encarna pronto! no es en vano
Lo que vagando en sombra, al fin concibo;
Yo quiero amar con un amor humano:
He derecho a vivir puesto que vivo!
Encarna! ¡que esa sombra que me oye
Y me mira, y se esconde, y se dilata,
La línea fije, el píe en la tierra apoye,
Y, cabellera que el amor desata!
Mi mano enlace, mi dolor esconda,
El lecho apreste a la cabeza herida,
Y por la espalda desrollado en onda
El manto tienda, cuna de mi vida!
Lo encarno? En ti lo encamo? Cuan galana
Forma fueras de amor ¡oh niña mía!
Mas si tú quieres que este bien que afana
Mi pobre corazòn, en ti sonría,
Mírame hoy, desdéñame mañana,
Pero, por Dios, desdéñame algún día!
México, 12 de agosto de 187 5
CARTAS DE ESPAÑA
Nuevas vienen de allá; mano querida
Llama a mi corazòn: recuerdo evoca
Del tiempo en que hizo sol para mi vida,
Y palpitan los versos en mi boca,
Y espacio buscan, y en el aire ponen—
Buen mensajero a la enemiga playa—
Pensamientos de amor que la coronen
Y un beso fiel que hasta sus besos vaya.
Allá en París, la tierra donde el lodo
Con las flores habita y el misterio,
Hay una tumba que lo dice todo
Con la solemne voz del cementerio.
Allí llegué: la vida enamorada
Esparcí con placer por la arquería;
Mi mano puse en la columna helada
Y mi mano de vivo era la fría!
Y es que a la sombra dé los arcos graves,
Y sobre el mármol que coronas pisa,
Bajo los trozos de extinguidas naves,
Duerme Abelardo al lado de Eloísa.
Y recuerda, oh mezquino, a quien arredra
El perpetuo calor de la arquería,
Que allí junté mi mano con la piedra,
Y mi mano era allí la única fría!
Tiene ¡oh mujer! con esta carta fiesta
Mi corazòn sobre tu amor dormido:
¡Cuánto lloran los solos! ¡Cuánto cuesta
Mover al pobre huérfano afligido!
Besos me mandas: pídesme de abrazos
Porciòn que pueda sofocar tus males:
¡Oh, flor perpetua, cariñosos lazos
De los amores buenos y leales!
Pobre! Tú lloras, y yo aquí—callado
De manera que al muerto en mí revelo—
Tengo siempre algún beso preparado
Que dar no puedo y que te mando al cielo!
Pobre! mi dueño, quejumbrosa mía!
Piensa que todo con vivir perece,
Pero que honrado amor, gala del día,
¡Con cada sol revive y amanece!
Se aduerme, hasta se acalla, hasta se esconde
En la sombra que en sí genera el vivo:
Tú palpitas en mí: yo no sé dònde,
Pero sé que yo estoy de ti cautivo.
Oye: me angustio; de dolor me duermo
A una luz miserable en cama dura,
Y soy ¡oh mi alma! un infeliz enfermo
De extraños males que no tienen cura.
Y así dormido, cuando el rudo exceso
De la carnal labor mi cuerpo rinde,
Dicen que han visto palpitar el beso
Que es fuerza, ya sin ti, que al cielo brinde.
Y es que en la tierra, la mujer amada
Copia es y anuncio del celeste anhelo,
Y cuando de ella el alma está alejada,
El alma sòlo puede alzarse al cielo.
Mi pobre, mi muy bella: todavía
Nuestra pálida luz no se consume,
Y esperamos llorando un mismo día,
Y aquella pobre flor tiene perfume.
Todavía ¡oh mí bella! el pensamiento
Que sembramos en hora de dolores,
El cierzo vence, abate al rudo viento:
Todavía el rosal tiene dos flores!
Y ¡còmo es fácil al doliente triste
La vida por amor! Hoy era un día
Amargo de viudez, en que se viste
De luto el sol, y el alma está vacía.
Hoy hizo noche: sí para otros hubo
Un sol caliente que mi mal no ha visto,
Yo solo sé que acá en mi sombra estuvo
Algún dolor diciéndome que existo.
Día de vigor de la fatal cadena,
Hoy fue más grande el solitario abismo;
Hoy cavò más mi corazòn la pena;
Hoy sentí más el peso de mí mismo.
Llegò la noche, y cuando un rayo blando
Alumbrò mi dolor con luz de luna,
Supe que aún vives mi memoria amando:
¡Oh, tenue luz, imagen de fortuna!
Y de repente, con vigor que llamo
Resurrecciòn, en súbitos placeres
Se enciende el sol, recuerdo que te amo,
Y siento en mí la vida de dos seres.
¡Y es que a la sombra de dos arcos graves
Y sobre el mármol que coronas pisa,
Bajo los trozos de extinguidas naves,
Duerme Abelardo al lado de Eloísa!
DE NOCHE, EN LA IMPRENTA
Hay en la casa del trabajo un ruido
Que me parece un fúnebre silencio.
Trabajan; hacen libros: —se diría
Que están haciendo para un hombre un féretro.
Es de noche; la luz enrojecida
Alumbra la fatiga del obrero;
Parecen estas luces vacilantes
Las lámparas fugaces de San Telmo,
Y es que está muerto el corazòn, y entonces
Todo parece solitario y muerto.
Es la labor de imprenta misteriosa:
Propaganda de espíritus, abiertos
Al Error que nos prueba, y a la Gloria,
Y a todo lo que brinda al alma un cielo,
Cuando el deber con honradez se cumple,
Cuando el amor se reproduce inmenso.
Es la imprenta la vida, y me parece
Este taller un vasto cementerio.
Es que el Cadáver se sentò a mi lado,
Y me hiela el amor con que amaría,
Y hasta el cerebro mismo con que pienso!
Es que la muerte, de miseria en forma,
Comiò a mi mesa y se acostò en mi lecho.
Hay hombres en mi torno; pero el alma
Fugitiva del mundo, va tan lejos
Que en esta lucha por asirla al poste,
De mi se escapa y sin el alma quedo.
Hay luces; y en mí sombras; claridades
En todo, en mi dolor graves misterios.
Despierto estoy, mas dormiré muy pronto,
Porque al arrullo del dolor me duermo.
La frente inclino sobre la ancha mesa;
Para extinguir la luz la mano extiendo,
Y la extingo, y la sombra no apercibo,
Porque apagada en mí toda luz llevo.
Duermo de pie: la vida es muchas veces
Esta luz apagada y este sueño.
Los ojos se me cierran, de la frente
Vencidos al afán y rudo peso,
Porque en la frente que me agobia tanto
De muchas vidas pesadumbre tengo.
Trabaja el impresor haciendo un libro;
Trabajo yo en la vida haciendo un muerto.
Vivir es comerciar; alienta todo
Por los útiles cambios y el comercio:
Ma dan pan, yo doy alma: si ya he dado
Cuanto tengo que dar ¿por qué no muero?
Si de vida sin pan imagen formo,
Si verla aun puede de mí juicio el resto,
¿Por qué negarme, hoy rey de la tiniebla,
Lo que para soñar tengo derecho?
Es de noche: la luz enrojecida
Huye y vacila como fatuo fuego:
Cirios de muerte me imagino en tomo;
Escucho el misterioso cuchicheo
Que en la alcoba feliz del moribundo
Es el primer sudario del enfermo,
Y todo vaga en mi redor, en danza
Confusa, extraña, y sordo movimiento.
Parécenme esas manos que se mueven
Manos que clavan enlutado féretro;
Esos, los que trabajan, comitiva
Ceremoniosa y funeraria veo,
Y es que en el colmo de la vida asisto,
Vivo cadáver, a mi propio entierro.
Mí corazòn deposité en la tumba:
Llevo una herida que me cruza el pecho:
Sangre me brota; quien a mi se acerque
En los bordes leerá como yo leo:
«Mordido aquí de la miseria un día
Quedò este vivo desgarrado y muerto,
Porque el diente fatal de la miseria
Lleva en la punta matador veneno».
Cuando encuentres un vil, para y pregunta
Si la miseria le mordiò en el pecho,
Y si acaso es verdad, sigue y perdona:
Culpa no tiene, —jle alcanzò el veneno!
PATRIA Y MUJER
¡Otra vez en mi vida el importuno
Suspiro del amor, cual si cupiera,
Triste la patria, pensamiento alguno
Que al patrio suelo en lágrimas no fuera!
¡Otra vez el convite enamorado
De un seno de mujer, nido de perlas,
Bajo blonda sutil aprisionado
Que las enseña más con recogerlas!
¡De nuevo el pecho que el amor levanta
De suave afán y de promesas lleno,
De nuevo resbalando en la garganta
Ondas de nácar sobre el níveo seno!
Y ¿con qué corazòn, mujer sencilla,
Esperas tú que mi dolor te quiera?
Podrá encender tu beso mi mejilla,
Pero lejos de aquí mi alma me espera.
Dolor de patria este dolor se nombra;
Cuerpo soy yo que mi orfandad paseo:
Reflejo, cárcel, vestidura, sombra,
De un alma esquiva fatigado arreo.
Miente mi labio si se acerca al tuyo,
Mienten mis ojos si de amor te miran;
De mujeril amor mis fuerzas huyo;
En incorpòrea agitaciòn se inspiran.
Amo yo más el árbol que sombrea
La tumba incierta del guerrero hermano,
Que ese nido de perlas que hermosea
Blonda más débil que tu amor liviano!
Allá, cuando se muere, todavía
Vive el que yace abandonado y muerto:
Le habla la tierra que lo cubre: el día
Le dice los murmullos del desierto.
Le cuenta el triunfo de la patria amada,
Le habla del brillo de la patria estrella,
Y cubierto de tierra aprisionada,
Se siente el muerto palpitar bajo ella!
Que al patrio amor las piedras abrillanta,
La tierra anima, el tronco añoso mueve,
Por agua pisa, a Lázaro levanta,
Y sombras y cadáveres conmueve!
La vida es inmortal: allí se acaba
El cuerpo que luchò por patria y gloria,
Y el vivo que se va, vivo se graba
De la adorada patria en la memoria.
Y brillarán los soles de fortuna,
Y besarán los aires nuestras palmas,
Y en cada copa mecerá una cuna
El invisible genio de las almas!
Sin cuerdas una la robusta lira,
Y el corazòn sus átomos perdidos;
A un solo amor mi corazòn aspira;
Por un solo dolor guarda latidos.
De imagen de mujer memorias pierda,
Que es poco un cuerpo cuando el alma es tanta:
Ni en alma ni en laúd hay ya más cuerda,
Que la que el sueño de la patria canta. .
Si tanto bien a mi fortuna espera,
Que al cabo libre hasta mi patria vuelo,
De cuánto sol se llenará la esfera!
¡De cuánto azul se llenará mi cielo!
Y si más mártir que cobarde, lloro
Tanta amargura, de aquel sol lejano,
Mártir, más que cobarde, aquí lo adoro;
Atada está, no tímida, mi mano!
Este cuerpo gentil rebosa vida,
Y cada árbol allá cobija un muerto;
A todo goce esta mujer convida,
A toda soledad aquel desierto.
Coral, cobija perlas de su boca;
Mòrbidas ondas ciñen su garganta;
Y escondido en el pecho, a amar provoca
Angel que con sus alas lo levanta.
Mas cuando con amor de patria lleno
Mi alma, que para amarla ensancharía,
¿Entre blonda sutil perlado seno,
Cárceles brinda al alma ansiosa mía?
No habla de amor mi corazòn que late:
Cuando en mi corazòn hay un latido,
Es que me anuncia que en algún combate
Un héroe de la patria ha perecido.
Herida no hay allí que yo no sienta,
Ni golpe el hierro da que no responda;
Sagrado horror mi corazòn alienta;
Honda herida hace el vil: mi alma es más honda!
Truéqueme en polvo, extíngase este brío
En fatales vergüenzas empleado;
Todo habrá muerto; mas en torno mío,
Este amor inmortal no habrá acabado.
Pero no en vano el polvo en la memoria
Imágenes de muerte me desliza:
Del fuego y del calor de aquella gloria,
No merezco ya más que la ceniza!
Y pues que pude, miserable reo
A tal voz de dolor callar contrito,
¡Ceniza sobre el débil fariseo!
¡Voces de compasiòn para el proscrito!
A ENRIQUE GUASP
En su beneficio
El genio es la encendida
Llama que en el poeta estrellas brota,
Y da a las sombras en el lienzo vida,
Y al alma en los espacios adormida
Forma de un sueño, timbre de una nota,
Es ráfaga brillante
Que ilumina de súbito y esplende;
Libertad, presunciòn, todo lo amante,
Redime, alumbra, prende:
Es lo eterno gigante
Encarnado en el hombre en un instante
En que del alto cielo se desprende.
¡Y en el proscenio, cuánto
El genio acrece! cuando airado estalla,
Cuando abre en nuestro amor fuentes de llanto,
Cuando empeña batalla
Entre el pálido crimen y el divino
Perdòn—allí concluye lo mezquino,
Y el genio hermoso claridad derrama;
Y ora con Sancho desgarrado implore,
Ora mate en Maurel, ora devore
Al fiero Hamlet vengativa llama,
Se llora ¡siempre es bueno que se llore!
Se sufre ¡así se ama!
Y en público y actor el mismo fuego
En las venas la sangre precipita:
Hermanos forja el entusiasmo ciego:
Con el actor el público se agita:
Elévanse a la altura
Aromas del espíritu escondido,
Ora en vapor de lágrimas, o en dura
Reconvenciòn que el cielo ha merecido,
O en lazo suave de aromosas flores,
Cendal de sueños, y collar de amores;
Con ellas quiere el que en felice día
Vio por tu genio su creaciòn realzada,
Ornar la frente que dejò Talía
Con hojas de laureles coronada.
Desciña el Hamlet inmortal la torva
Corona de dolor, que en triste empleo
Hacia la tierra su cabeza encorva:
De sí desprenda el funerario arreo;
Preste al verde laurel cuello obediente,
Y del mérito y lauro el himeneo
Publique aquí la coronada frente.
México, 26 de enero de 1876
A ENRIQUE GUASP DE PERIS
Surcando el mar, pidiendo a las inquietas
Olas del Golfo espacio y albedrío,
Al par llegamos, tú con tus poetas,
Yo con el mal de un alma en el vacío.
Los dos trajimos a esta tierra bella
Un sueño y un amor, algo de canto
En la voz juvenil, y algo de estrella
De gloria para ti, y en mí de espanto.
Cantor y actor son formas encarnadas
De tan íntimo ser, que el uno brilla
Con el fuego del otro; así enlazadas
Mis palmas vi con tu feraz Castilla.
Joven tú, joven yo, los dos lejanos
De una tierra infeliz, presto supimos
Cuan pronto enlaza el corazòn hermanos
Clorando al par la tierra que perdimos.
Tú esperas: yo no espero. Tú confías
En porvenir mejor; yo miro al cielo;
Han de venir los venturosos días
De espacio claro y de incansable vuelo.
Hombre en la tierra, mí deber concibo:
Nadie hará más: luchando como bueno,
Yo arrastro el muerto, semejando un vivo,
Y espero el fin, indòmito y sereno.
Tú no: tú marchas. Andar es la victoria,
Andar dejando por la tierra huellas.—
Aún tiene auroras la soberbia Gloria;
El manto de la Fama aún tiene estrellas.
Sube sin miedo, y si su rostro airado
El cielo a tu soberbia da en castigo;—
Ven sin temor, tu marcha no ha cesado:
Caerás en brazos de tu amante amigo.
México, 18 de marzo de 1876
CARMEN
El infeliz que la manera ignore
De alzarse bien y caminar con brío,
De una virgen celeste se enamore
Y arda en su pecho el esplendor del mío.
Beso, trabajo, entre sus brazos sueño
Su hogar alzado por mi mano; envidio
Su fuerza a Dios, y, vivo en él, desdeño
El torpe amor de Tibulo y de Ovidio.
Es tan bella mi Carmen, es tan bella,
Que si el cielo la atmòsfera vacía
Dejase de su luz, dice una estrella
Que en el alma de Carmen la hallaría.
Y se acerca lo humano a lo divino
Con semejanza tal cuando me besa,
Que en brazos de un espacio me reclino
Que en los confines de otro mundo cesa.
Tiene este amor las lánguidas blancuras
De un lirio de San Juan, y una insensata
Potencia de creaciòn, que en las alturas
Mi fuerza mide y mi poder dilata.
Robusto amor, en sus entrañas lleva
El germen de la fuerza y el del fuego,
Y griego en la beldad, odia y reprueba
La veste indigna del amor del griego.
Señora el alma de la ley terrena,
Despierta, rima en noche solitaria
Estos versos de amor; versos de pena
Rimò otra vez, se irguiò la pasionaria
De amor al fin: aunque la noche llegue
A cerrar en sus pétalos la vida,
No hay miedo ya de que en la sombra plegue
Su tallo audaz la pasionaria erguida!
20 de mayo de 1876
AVES INQUIETAS
1
Las aves adormidas
Que bajo el cráneo y bajo el pecho aliento
Como presagios de futuras vidas,
Aleteando con ímpetu violento
Despertaron ayer,—a la manera
Con que el loco desorden de la fiera
Copia airado el océano turbulento,
Trasponiendo espumante
Las rocas, presa de su hervor gigante.
2
La voz se oyò de la mujer amada,
Hablò de amor con sus acentos suaves,
Y las rebeldes aves
En trémula bandada,
Las alas que su cárcel fatigaron
En mi cráneo y mi pecho reposaron,
Cual Rojo mar en los ardientes brazos
De Egipto se desmaya,
Fecundando con lánguidos abrazos
Las calientes arenas de la playa.
A ROSARIO ACUÑA
Poetisa cubana,
Autora del drama «Rienzi el tribuno», recientemente
laureado en Madrid
Espíritu de llama,
Del Cauto arrebatado a la corriente,
Ansioso de aire, libertad y fama:
Espíritu de amor, tròpico ardiente
De Anáhuac portentoso,
Oye el aplauso que en mi voz te envía
Al hispánico pueblo, el más hermoso
Que mares ciñen y grandezas cría.
Mas ¿còmo no te dueles,
¡Qh, poetisa gentil! de que en extraña
Tierra enemiga te ornen los laureles
Amarillos y pálidos de España,
Si en tu patria de amor te esperan fieles
Y el odio allí su brillantez no empaña?
¿Còmo, cuando Madrid te coronaba,
Hija sublime de la ardiente zona,
Sin Cuba allí, no viste que faltaba
A tu cabeza la mejor corona?
¡Ay! cuando entre tus manos
Albas y juveniles,
Sin el beso de amor de tus hermanos,
Sembradoras de Mayos y de Abriles,
La corona española brilla y rueda
¿No se yergue ante ti, sombra de espanto,
Pecadora inmortal, nube de llanto,
La sombra de la augusta Avellaneda?
Y de Orgaz el potente ¿la olvidada
Memoria no te humilla,
Castigo digno de su lira hollada,
Alma de Heredia que encarnò en Zorrilla?
¡Que el canto estalla! ¡Que la voz del bardo
Gloria pidiendo, el ánimo conturba!
También estalla en mí, yo también ardo!
Mas si en el mar de los olvidos bogo
Y aire de sombra el alma me perturba,
Los turbulentos cánticos ahogo,
Y al hierro vuelve la domada turba!
No hay gloria, no hay pasiòn; el mismo cielo,
La libertad espléndida es mentira
Si se la goza en extranjero suelo,
Y con aire prestado
Y llanto avergonzado,
Huésped se llora, y siervo se respira!
—¿Qué hace el cantor?
—Cantar, mas de manera
Que hermano el canto de la heroica hazaña,
Prez de la tierra que mancilla España,
Con su laúd sobre la espalda muera!
Y tú, mujer, y yo —desventurado
Con alma de mujer varòn formado,
¡Perdònemelo Dios! porque a mis bríos
Con su miseria al hálito han cortado
Viejos y niños, carne y huesos míos,—
¿Qué hacer, cuando en el alma se agiganta
La divina ambiciòn?... ¡Patria divina!
Y ¿lo pregunto yo? ¡Vida mezquina
La que aliente la voz en la garganta!
Callar! Este es un canto
De voz de mártir, de celeste duelo,
Y si el cielo es verdad, en sacro espanto
Me encumbrará de mi canciòn al cielo.
Mas si el ánimo vil, de vil tributo
Siervo, no basta en el hogar de luto
Este silencio pálido y benigno,
Calle su voz, de los infiernos fruto:
Morir! esto es más digno!
Morir! qué gran valor!
Cuando pudiera
Robusto el brazo encadenar la gloria,
Y en la patria bandera
Trocar la estrella en sol de la victoria;—
Escribir lentamente en extranjera
Tierra una débil y cobarde historia;
Y sentir aquel sol que arrancaría
De la melena del rugiente hispano
Por dar con él la brillantez del día
A mi adorado pabellòn cubano;
Y andar, cuerpo viviente,
Entre un pueblo a este mal indiferente;
Y decir sin cesar este delirio
En un canto que el labio nunca entona,
¿Qué más, qué más laurel? ¿Cuándo el martirio
No fue en la frente la mejor corona?
¿Quién pide gloria al enemigo hispano?
No lleve el que la pida el patrio nombre
Ni le salude nunca honrada mano:
El que los ojos vuelva hacia el tirano
Nueva estatua de sal al mundo asombre.
¿Qué plátano sonante,
Qué palma cimbradora,
Qué dulce pina de oro
Al cierzo húrgales aroma dieron,
Ni en castellana tierra florecieron?
¿Quién vio imagen del Cauto rumoroso,
De ondas sonoras de movible plata,
En el mísero Duero rencoroso
Que entre rudos guijarros se desata?
Allá, Rosario, el alma se acongoja,
El cuerpo se entumece,
Cubre la tierra helada la amarilla
Veste que el árbol moribundo arroja;
En la noche invernal nunca amanece,
Y en la blanca y morada maravilla
Que en la niñez ornò tu faz sencilla,
Púdica y débil, de temor no crece.
¿Tú, apretada en el pecho del invierno,
Ardiente hermana mía?
¿Tú, presa en tierra fría,
Hija de tierra de calor eterno?
Y el puerto del Caney hogar paterno
Te dio, y amante halago,
Dulcísima caricia,
Y truecas a tu hermoso Santiago
Por el rudo Santiago de Galicia?
Y llanos vastos de nevada espuma
Que el alma tropical mira oprimida,
Y ¡tú en aquellos llanos, blanca pluma
En los ingratos témpanos perdida?
¡Oh, vuelve, cisne blanco,
Paloma peregrina,
Real garza voladora;
Vuelve, tòrtola parda,
A la tierra do nunca el sol declina,
La tierra donde todo se enamora;
Vuelve a Cuba, mi tòrtola gallarda!
Y si funesto azar lauros te ofrece
Plácidos para ti, y en calma queda
La corona en tu mano, y reverdece,
Piensa ¡oh poetisa! que ese lauro crece
En la tumba de Orgaz y Avellaneda.
Si la candida garza peregrina
De amarillo color el albo seno
En la hora aciaga tiñe;
Si lauros nuevos a su frente ciñe,
Nueva Gertrudis y fatal Corma;
Piense que el árbol que en el patrio suelo
El amplio tronco distendiò robusto
Y en las hinchadas venas sangre hervía,
Hallará a su traiciòn castigo justo,
Si otro sol y otra sangre torpe ansia;
Que el lauro envenenado
En la sangre de hermanos empapado,
En la frente del vil que lo ciñera,
La deshonra en espinas trocaría;
Que muere triste en la Germania fría
Golondrina del África viajera.
Y si en su frente, seno poderoso
De los rayos del sol, la vanagloria
Tendido hubiera manto luctuoso;
Si nuevo lauro España le ciñera,
Y la espina del lauro no sintiera;—
Si pluguiese a sus fáciles oídos
Canto de amor que no es amor cubano,
Y junto a sus laureles corrompidos
El cadáver no viese de un hermano;
¡Arroje de su frente,
Porque no es suyo, nuestro sol ardiente!
Devuélvanos su gloria,
Página hurtada de la patria historia!
Y ¡arranca, oh patria, arranca
De tu seno infeliz el ser perjuro,
Que no es tòrtola ya, ni cisne puro,
Ni garza regia, ni paloma blanca!
MARÍA
Terrestre enfermo, que a sus solas llora
El furor de los hombres, la extrañeza
De su comercio brusco, y su odiadora
Feral naturaleza,—
Siento una luz que me parece estrella,
Oigo una voz que suena a melodía,
Y alzarse miro a una gentil doncella,
Tan púdica, tan bella
Que se llama —¡María!
Versos me pide a la amistad. Pudiera
En verso hueco, frívolo y vacío,
De clásica vestir esta manera
Altiva y loca del espíritu mío.
Trabas desdeño y hábitos de corte:
Más que el corcel que el deshonroso arreo
En el corto zaguán muerde —en espera
Del lindo mozo, gala del paseo,
Vil flor de la mundana Primavera,—
Amo la cebra, que la crin pintada
Si herida, no domada,
En su carrera infatigable extiende
Y sobre la llanura arrebatada
¡Alas de libertad al aire tiende!
Amo el bello desorden, muy más bello
Desde que tú, la espléndida María,
Tendiste en tus espaldas el cabello,
¡Como una palma al destocarse haría!
Desempolvo el laúd, beso tu mano
Y a ti va alegre mi canciòn de hermano.
¡Cuan otro el canto fuera
Si en hebras, de tu trenza se tañera!
Del claro arroyo en la corriente fresca
Templa su sed el luchador viandante,
Y la tostada piel, del sol refresca
Del exquinzúchitl a la sombra amante;—
Alzase a par de la borbònea rosa,
Frágil como Borbòn, la duradera
Flor inmortal, corona más preciosa
Que la de mirto airosa
Y la amable y sensual adormidera;—
Del brillante tenaz la lumbre viva
El blando acero de la perla apaga,
Y la luz del zenit, roja y activa,
La Tarde templa, con azul de maga;—
Coronado de luz asoma el día,
Siembra y hiere, da y quita la fortuna,
Y la frente terrífica y sombría
Duerme luego en el seno de la luna;—
¡Así el amor, que desolado y ciego
La veste azul con el cendal de fuego
A su cortejo de volcanes ata,
Sacude destrozado la melena
Y se calma llorando en la serena
Amiga Tarde, de cendal de plata!
¡Así el Amor, magnífico y divino,
Copia en su curso ardiente y peregrino,
Brillante, rosa, sol, rápido día,—
Y la noble Amistad, tierna y lozana,
Gentil semeja, en la malicia humana,
Perla, luna, exquinzúchitl, flor, María!
A las veces, herido
De una fiera pasiòn, porque hay pasiones
En que ¡hasta el pomo su puñal hundido!
Con su acero quemante han convertido
En roto abismo bravos corazones,—
El ánimo lloroso
Verter quisiera el hondo mal quejoso.
La pena confesada
Por mitad del espíritu es echada;
De modo, que parece
Que en el invierno del dolor sombrío
La Primavera fulgida amanece,
Flor de la confesiòn, nuncio de Estío.—
Todo, en lo terreo, si cenizas se hace,
Más lozano y vivífico renace:
Y el alma resucita: yo la he visto
Clavada en la Cruz como el Inmenso Cristo,
Y luego, al sol de plácidos amores,
¡Batir las alas y libar las flores!
¡Pesa mucho el dolor! Fuerza por tanto
Que alguien derrame con nosotros llanto
Por la honda pena propia,
Callando en sí, grave dolor se acopia,
¡Y llorándolo dos, se llora menos!
¡Religiòn y milagro de los buenos!
¡Con qué bello atavío,
Andando lentamente,
Viene el recuerdo a mi tranquila frente,
Refrescante y sutil como el rocío!
¡Perenne, dulce gloria!
¡La nobleza del hombre es la memoria!
Ya plácido recuerde
La tarde en que al amigo mexicano
Mi amor conté, por donde el campo verde
Al alma invita a este placer de hermano:
Ya en la férvida noche de agonía
En que le dije adiòs, piense al amigo
Que me dejò a la puerta de mi casa,
Y en fuerte abrazo sollozò conmigo
El fiero mal de la fortuna escasa;—
Ora imagine al que la ilustre escena
Por él sembrada de laureles vivos,
Trocando el goce por mi grave pena
Dejò, con paso y corazòn activos,
Y en el cuerpo en que mi alma traspasada
Gemía bruscamente,
A la par de mi esposa arrodillada
Curò mi mal y serenò mi frente;—
Ora clame al querido
Noble Fermín, que en su feliz Consuelo
Hállalo a nuestro ausencia, adolorido
Porque sin mí no encuentra azul el cielo;—
Ora busque abatido
En estas remembrazas energía,—
Dígole al alma mía
Que nunca en ellas la Amistad me siegue.
Frescor perenne de una cierta gloría,
Y estas victorias del amor no trueque
Por otra alguna efímera victoria,—
¡Que al fatuo fuego, resplandor sin huellas,
Prefiero yo la luz de las estrellas!—
Llama el sol al trabajo. Ya el querido
Libro vuelve hacia mí la vista inquieta,
Y pliego sobre el hombro adolorido
El ala del poeta.
¡Penado, el carcelero me reclama!
A la noble Amistad cantar me hiciste:
Mira aquí tu poder: el plectro mío,
Por la rueda vital despedazado,
Integro se alza desde el polvo frío,
Y el golpe venga en cántico sagrado.
¡Muy más que sacro, loco!
Dado el mundo a pensar, canta ya poco.
Pues fue tu voz la que en el alma pudo
Un canto hallar, que despertando rudo,
Te viene, como yo, a besar la mano,—
Tú lo perdonas, que el perdòn es bello;
Líbralo tú de dientes y testigos,
Y pon, bíblica niña, en tu cabello
Vergiss mich nicht, la flor de los amigos.
Dame en cambio tu voz: con ella intento
Cariño y libertad. Gentes vulgares
No oyen en ella el celestial acento
Que sé yo oír y adivinar. Hay algo
En tu voz musical, un eco vago
Sin forma y sin medida,
Promesa, pena, halago,
Todo lo que hay en el rumor de un lago,
¡Todo lo que ha de haber en la otra vida!
¡Dame tu voz! Enérgico con ella
Diré a los hombres el secreto vivo
De las ondas del alma; del altivo
Sol paternal las voces del trabajo;
La colosal inmensa Analogía
Del río que el valle cruza,
De la ola que lo extiende,
Del viento que la azuza,
Del barco que la hiende;
¡Y del alma, —río, viento, barco alado,—
Que, sobre todos ellos, hacia el cielo,
Emprende el caminar precipitado!
¡Dame tu voz! —¡Y a la gentil doncella
Cantaré los amores de la luna,
El misterioso germen de la cuna,
La palabra de paz de cada estrella!
Mayo 77
MARÍA
Esa que ves, la del amor dormido
En la mirada espléndida y suave,
Es un jazmín de Arabia comprimido
En voz de cielo y en contorno de ave.
La rubia Adela, en cuya trenza dora
Su rayo el Sol, del brazo de María
Copia es feliz de Rut la espigadora
Ciñendo el talle a la arrogante Lía.
Caricia—más que acento—su palabra,
Si los jardines de su boca mueve,
Temores da de que sus alas abra
Y al Padre Cielo su alma blanca lleve.
Si en la fiesta teatral—corrido el velo—
Desciende la revuelta escalinata,
Su pie semeja cisne pequeñuelo
Que el seno muestra de luciente plata.
Sierva si sigue el tenue paso blando
De la bíblica virgen hechicera.
Y leyes dicta, si, la frente alzando,
Echa hacia atrás la negra cabellera.
Quisiera el bardo, cuando el sol la mece,
Colgarle al cuello esclavo los amores;
¡Si se yergue de súbito, parece
Que la tierra se va a cubrir de flores!
¡Oh! Cada vez que a la mujer hermosa
Con fraternal amor habla el proscripto,
Duerme soñando en la palmera airosa,
Novia del sol en el ardiente Egipto.
Guatemala, 1877
Versos varios
HIJO!—COMO LAS HOJAS DE LOS ÁRBOLES
Hijo!—Como las hojas de los árboles
Al sol que nace con amor se vuelven,—
Las fuerzas todas de mi vida piden
Amparo a ti!—
EL ALMA, COMO UN AVE, BATE EL ALA
El alma, como un ave, bate el ala:—
Presa en el cuerpo, picotea, azota,
Revuelve, clava, hiriente grito exhala
Y en la cárcel carnal su fuerza embota.
La cárcel, a los golpes, bambolea—
La carne, lastimada, se estremece—
Y el cuerpo, como un ebrio, titubea,
Y volar, y se abrir, y olear parece.
MI TOJOSA ADORMECIDA
1
Mi tojosa adormecida,
Delicada perla enferma,
¿Qué padece mi tojosa?
¿Quién me oscurece mi perla?
—Cada vez que en mis mejillas
La color partida veas,
Es que a teñir ha venido
Acá en mi seno a otra perla.
Cada vez que tu tojosa
Las dormidas alas cierra,
Es que a un niño, acá en mi seno,
Está cubriendo con ellas.
2
Como una perla dormida
Sobre su concha de nácar,
De mi Carmen sobre el seno
Nuestro niño dormitaba:
Y abriò de pronto los ojos,
Carmen, mi concha de nácar,
Y dijo ¡cuánto daría
Porque en esta vida larga
Durmiese siempre mi perla
Sobre su concha de nácar!
3
Dentro del pecho tenía
Una espléndida vivienda:
Cuántos a mí se asomaban,
Decían, vivienda espléndida!
Poblábame mi palacio
Fe en mujer: sentí con ella
Como si en la espalda floja
Fuertes alas me nacieran.
—Me desperté una mañana,
Vi las dos alas por tierra;
Me palpé dentro del pecho
Las ruinas de mi vivienda:
Desde entonces pasar miro
Pueblos y hombres en la tierra
Como estatua que sonríe
Con sus dos labios de piedra.—
DORMIDA
Más que en los labios amargos
El estudio de la vida,
Pláceme, en dulces letargos,
Verla dormida:—
De sus pestañas al peso
El ancho párpado entorna,
Lirio que, al sol que se torna,
Se cierra pidiendo un beso.
Y luego como fragante
Magnolia que desenvuelve
Sus blancas hojas, revuelve
El tenue encaje flotante:—
De mi capricho al vagar
Imagínala mi Amor,
Una Venus del pudor
Surgiendo de un nuevo mar!
Cuando la lámpara vaga
En este templo de amores,
Con sus blandos resplandores
Más que la alumbra, la halaga;
Cuando la ropa ligera
Sobre su cutis rosado,
Ondula como el alado
Pabellòn de Primavera;
Cuando su seno desnudo,
Indefenso, a mi respeto—
Pone más valla que el peto
De bravo guerrero rudo;
Siento que puede el amor,
Dormida y desnuda al verla,
Dejar perla a la que es perla,
Dejar flor a la que es flor;—
Sobre sus labios podría
Los labios míos posar,
Y en su seno reclinar
La pobre cabeza mía,—
Y con mi aliento volver
Mariposa a la crisálida;
Y a la clara rosa pálida
Animar y enrojecer,
Pero aquí, desde la sombra
Donde amante la contemplo,
Manchar no quiero del templo
Con paso impuro la alfombra.
Al acercarme, en ligera
Procesiòn avergonzado,
No volaría al alado
Pabellòn de primavera?
Al reflejarme, el espejo,
Que la copia entre albas hojas,
Negras las tornara y rojas
De la lámpara al reflejo!—
Dicen que suele volar
Por los espacios perdida
El alma, y en otra vida
Sus alas puras bañar;
Dicen que vuelve a venir
A su cuerpo con la Aurora,
Para volver —la traidora!—
Con cada noche a partir.
Y si su espíritu en leda
Beatitud los cielos hiende,
De esa mujer que se extiende
Bella ante mí ¿qué me queda?
Blanco cuerpo, línea fría,
Molde hueco, vaso roto,
Y viajera por lo ignoto
La luz que los encendía!-
Y ¿a mí que tanto te quiero,
Delicada peregrina,
Turbar la marcha divina
De tu espíritu viajero?—
¡Duerme entre tus blancas galas!
¡Duerme, mariposa mía!
Vuela bien: —mi mano impía
No irá a cortarte las alas!—
1878
TIENE EL ALMA DEL POETA
Tiene el alma del poeta
Extrañeza singular:
Si en su paso encuentra al hombre
El poeta da en llorar.
Con la voz de un niño tiembla,
Es de amor, y al amor va—
Un amor que no se estrecha
En un límite carnal.
La corteza corrompida
El fruto corromperá.
Del amor de hembra no fío
Si su hoguera han de alumbrar
El quemante sol de estío
O el sol pálido autumnal:
¡Primavera —primavera,
Madre de felicidad!
ES VERDAD
Es verdad. So la máscara discreta
Oculta su tormento el corazòn:
Nadie sabe el abismo que el poeta
En los dinteles de la vida vio.—
De verle fue, magnífico y sencillo—
A un suave amor su cuerpo sacudir,
Y tenderse, cruzado pajecillo,
Como en un nido fresco un colibrí.—
De verle fue, con férvida elocuencia,
Ruiseñor vocinglero, arrebatar—
Y luego, junto al libro de la ciencia,
Perdonar, sonreír, aletear!—
Fue la pública fama su riqueza,
Un martirio celeste su blasòn,—
Y más que oro brillaba su pureza
A la luz de aquél sol que es más que el sol.
Dicen que la malvada baila en fiestas
Y en calma escucha el sueño de Macbeth;
Dicen que rompe el son de las orquestas
Su corona primera de mujer:
Crece a la par de la gentil doncella
El árbol puro del primer amor:
Pero ¡sépalo al fin la infame aquella!
La pureza no da más que una flor.
El pobre mozo, los heroicos labios
Plega, como quien quiere sonreír—
Y el pie volviendo a sus infolios sabios
¡Adiòs! llorando dice al mes de Abril.
TAMANACO, DE PLUMAS CORONADO
Tamanaco, de plumas coronado
Está en mitad del rústico vallado.
Tres cañas y maderas,
En forma de hombres se levantan fieras
Con cabeza y con pecho y pies de hierro.
Las cañas rompen: salta al circo un perro.
Del hombre de las plumas la macana
Hace en el aire hueco herida vana;
El brazo, desprendido
Al golpe inútil, cuélgale tendido:
Crujen tras de las cercas inseguras
De sabroso placer las armaduras:
En la sangre del indio derribado
El hondo hocico el perro ha sepultado:
Y aún resuena en la tierra americana
El golpe vago de la infiel macana;
Y en el cuerpo del indio aún muerde el perro.
LEANDRO, ES EL HOMBRE...
Leandro, es el hombre. Y Heros, la dormida.—
La dicha—al otro lado de la vida!
VA SIENDO LA VIRTUD ENTRE LA GENTE
Va siendo la virtud entre la gente
A la moderna usanza, gran delito:
¡Salud a la gallarda delincuente!
Del muerto en nombre, gracias da el proscrito!
EL PECHO LLENO DE LÁGRIMAS
El pecho lleno de lágrimas:
Los flacos brazos sin brío:
¿A quién volveré los ojos?
—A mi hijo!—
Si vienen dos brazos mòrbidos
A enlazar mi cuello frío:
Los haré atrás: ¡sòlo quiero
Los de mi hijo!
Sombras que pueblan los Andes
Americanos!—vencidos
De cuyo espíritu férvido
Me siento hijo!
Si para luchar de nuevo
Contra el hipántropo altivo,
Flechas nuevas necesita
Vuestro hijo,—
No al curare venenoso
Pediré matador filtro:
Hincaré su brazo: El tòsigo
De ella es hijo!
UNA VIRGEN ESPLÉNDIDA...
Una virgen espléndida —morada
De un sol de amor, que por sus negros ojos
Brota, pregunta, abrasa y acaricia—
Versos me pide, versos de mujeres.
Arrullos de paloma,
Murmullos de sunsunes,
Suspiros de tojosas!—
Yo podré, en noche ardiente,
Trovando amor al pie de su ventana,
En tal aura envolverla,
Con tal fuego besarla,
Que al nuevo amanecer, —nadie vería
En. su cutis la flor que lo teñía.
—¡Calla, mi amigo amor! que nadie sepa
Que yo llevo en los labios la flor roja
Que en su mejilla candida lucía,
Y el candor, y la flor, y el frágil vaso,
Mío es todo, puesto que ella es mía.—
Y la madre amorosa,
De sagrado temor y amor movida,
Dijérale a la pálida —¿y la rosa
De tu mejilla fresca, dònde es ida?
DOLORA GRIEGA
—¿De qué estas triste?
—De amor.
—¿Por quién?
—Por cierta doncella.
—¿Muy bella, pues?
—¡Pues muy bella!
Estoy muy triste de amor.
—¿Dònde la hallaste?
—La hallé
En una gruta florida.
—¿Y está vencida?
—Vencida;
La adulé, la regalé.
—Y ¿para cuándo, ¡oh galán!
Valiente galán de todas,
Para cuándo son las bodas?
—Pues las bodas no serán.
Y estoy de pesar que muero,
Y la doncella es muy bella;
Pero mi linda doncella
No tiene un centavo entero.
—¿Y estás muy triste de amor,
Galán cobarde y sin seso?
Amor, menguado, no es eso:
Amor cuerdo no es amor.
1880
A UNA MI AMIGA Y SEÑORA
A una mi amiga y señora
De contar le tengo un cuento:
Hubo una vez cierto loco
Que muriò de lo que muero;
Pues dio en querer, y en amores
Quien bien ama, ya está muerto!
CUANDO ME PUSE A PENSAR
Cuando me puse a pensar
La razòn me dio a elegir
Entre ser quien soy, o ir
El ser ajeno a emprestar,
Mas me dije: si el copiar
Fuera ley, no nacería
Hombre alguno, pues haría
Lo que antes de él se ha hecho:
Y dije, llamando al pecho,
Sé quien eres, alma mía!—
YO QUIERO, ANDRÉS, QUE HABLEMOS
Yo quiero, Andrés, que hablemos
Sobre la vida. Siéntate, y reposa,
Y dime, amigo cuerdo, si deseas
Vivir, y qué es vivir, y si merece
Este altar nuestra ofrenda.—
—Pues no miras
El Universo hermoso? Dobla, dobla
La cabeza blasfema; ruin ofrenda
En tan hermoso altar a Dios tan alto.
BAILE AGITADO
En esta sala vacía
Hubo fiesta y gala anoche,
Y en la puerta, mucho coche,
Y en todo, grande alegría...
¿Qué es esto? De encajería
Fina está todo bordado:
Es un pañuelo, manchado
De sangre con gruesas gotas:
Guando así a los labios brotas,
Corazòn, cuan lastimado!—
Y esto? Labor
No ora la dama sencilla:
Es la olvidada varilla
De un destrozado abanico.
Aún cruje el paisaje rico:
Aún estalla la crujiente
Seda, por la mano ardiente
De una celosa oprimida,
Que la quebrò, como a erguida
Caña la airada rompiente.—
Y esto? Como sierpes muertas
Acá y acullá se tienden,
Bajo las sillas se extienden,
Y asoman bajo las puertas:
Estos rastros, estas yertas
Muestras ya descoloridas
De miserias, escondidas
Entre celajes azules,
¿Son restos de encaje y tules,
O son, ay!, alas caídas!—
Y esto? En mesilla apartada
De la antesala lujosa,
Descansa en fuente preciosa
La champaña evaporada:
Dos copas, de regalada
Labor, de cristalerías
Joya y espejo, allí frías
Posan, y turbias, y mudas:
¿Qué son? Pues no caben dudas:
Ay! Son dos copas vacías!
Y esto? Perniles roídos,
Y servilletas manchadas,
Y frutas medio gustadas,
Y ramilletes perdidos.
Rizos y bucles caídos,
Broches, lazos, alfileres;
Todos los ricos enseres!
Todo el polvo de los hombros!
Todo postre, todo escombros
Del honor de las mujeres!—
TENGO QUE CONTARLES
Tengo que contarles
Una fabulita
A los caballeros
Antianexionistas.
Cierto enamorado
Fuese de visita
A la casa hermosa
De su novia linda.
Le pidiò la mano.
—Da la mano, niña.
—¡No más que la mano!
—No más! Y qué fina
Tiene la muñeca
Esta novia linda.
Déjame que bese
La muñeca linda:
—No más la muñeca.
Y a los nueve meses
Les naciò una niña.
Cuénteles el caso
Sin mayor malicia
A los caballeros
Antianexionistas.
QUE ENGAÑA UNA MUJER: YA SE SABÍA
Que engaña una mujer; ya se sabía
Que esa fiera elegante engañaría!
Pues si amor virgen miel al hombre ofrece
En gustarla febril no se embebece?
La flor libada desdeñoso deja,
Y vuela a nueva flor, cambiante abeja:
No! Se oye entonces. Y sacudiendo un muerto
Su mármol, de caléndulas cubierto,
Mostrò su corazòn ensangrentado
De un solo golpe de puñal cruzado.
BAÍLE
Yo miro con un triste
Placer, còmo en la fiesta—
Del noble Jerez pálido
La copa llena guían
Las blancas manos trémulas
Al seco labio rojo:—
Y yo muevo mi mano tristemente
Al corazòn vacío,—y a la frente.
Yo veo como un sueño
De gasa blanca y oro,
En que la llama se abre
Camino en tanto alado
Traje que ha de ser luego
Ceniza, húmeda en lágrimas,
Cruzar la alegre corte de oro y gasa,
Y en llanto amargo el rostro se me abrasa.
Alma! cuando de vuelta
Dentro del cuerpo laxo,
Del frac innoble libres
O la prisiòn dichosa
De níveo tul, —la férvida
Fiesta recuerdes, —¡mira
Que debes embridar el cuerpo loco,
O que te absorbe con su sed a poco!
14 de marzo
NOCHE DE BAILE
¡Magníficos espejos
Que vieron mozos los que copian viejos!—
¡Espléndidos tapices
Hechos de antaño a proteger deslices!—
¡Doradas cornucopias—
Del salòn secular alhajas propias!—
¡Severos sitiales
Sustento y marco ayer de épocas reales!—
Solos los dos:
—Él viene
—Escucha
—Luego! —Quema tu beso!
—Vuélveme mi fuego!—
Y se lo vuelve!— Y el espejo sabio
No del marido reflejò el agravio
Que de otra dama aspira a ser cortejo
En cercano salòn: ¡ley del espejo!—
En tanto, cual de espumas
Hijo de Venus, el Amor alado
Surgiera en conchas de azuladas brumas
Por invisible geniecillo alzado,
Y moviendo los pálidos corales
Clamara por los senos maternales,—
Un niño se despierta
En la alcoba magnifica desierta.
¡Niño que sufre, me parece mío!
¡Labio sin leche, rosa sin rocío!
Como espuma agitada
Revuelve el lecho aquella rosa alada;
En la cortina azul, en urna añeja
Su última luz la lámpara refleja:—
Allí vieron los ojos
Lúgubres sombras entre tonos rojos,—
Y el niño, al fin, desesperado llora,
Y allá, junto al espejo, se oye: «Ahora!»
28 de Novbre.
LA COPA ENVENENADA
Desque toqué, señora, vuestra mano
Blanca y desnuda en la brillante fiesta,
En el fiel corazòn intento en vano
Los ecos apagar de aquella orquesta!
Del vals aselador la nota impura
Que en sus brazos de llama suspendidos
Rauda os llevaba —al corazòn sin cura
Repítenla amorosos mis oídos.
Y cuanto acorde vago y murmurío
Ofrece al alma audaz, la tierra bella,
Fíngelos el espíritu sombrío—
Tenue cambiante de la nota aquella.
Oigola sin cesar! Al brillo, ciego,
En mi torno la miro vagarosa
Mover con lento son alas de fuego
Y mi frente a ceñir tenderse ansiosa.
Oh! mi trémula mano, bien sabría
Al aire hurtar la alada-nota hirviente
Y, con arte de dulce hechicería,
Colgando adelfas a la copa ardiente,
En mis sedientos brazos desmayada
Daros, señora, matador perfume.—
Mas yo apuro la copa envenenada
Y en mi acaba el amor que me consume.
4 de marzo.—
GUANTES AZULES
1
Se me ha entrado por el alma
Una banda de palomas:
Me ha crecido —y sale afuera
Un rosal lleno de rosas:
Una luna apacible se levanta
Sobre un campo poblado por las tòrtolas:
Un guerrero gigante resplandece
De pie, cual fuste de oro, entre las momias:
Me parece que sube por el cielo
La madreselva que tu cuarto aroma.
2
Calla, apaga la luz, deja que suba
El vapor de la tierra, y se levante
En la sombra el amor de nuestras almas:
Caerán las cosas; dormirá la vida;
Sòlo tu y yo, gigantes desposados,
Nos erguiremos de la tierra al cielo:—
Coronarán tu frente las estrellas:
De los astros sin luz te haré un anillo.—
3
Yo llevo en las desdichas aprendida
Una ciencia callada,
Que reposa, como una puñalada,
En las entrañas mismas de mi vida.
Yo sé de la parcial sabiduría
Con que el hombre se nutre y aconseja;
Pero yo no sabía :
Lo que sabe la rosa de la abeja!—
VINO EL AMOR...
Vino el amor mental: ese enfermizo
Febril, informe, falso amor primero,
¡Ansia de amar que se consagra a un rizo
Como, si a tiempo pasa, al bravo acero!
Vino el amor social: ese alevoso
Puñal de mango de oro oculto en flores
Que donde clava, infama: ese espantoso
Amor de azar, preñado de dolores.
Vino el amor del corazòn: el vago
Y perfumado amor, que al alma asoma
Como al que en bosques duerme, eterno lago,
La que el vuelo aún no alzò, blanca paloma.
Y la púdica lira, al beso ardiente
Blanda jamás, rebosa a esta delicia,
Como entraña de flor, que al alba siente
De la luz no tocada la caricia.
SÉ, MUJER, PARA MÍ...
Sé, mujer, para mí, como paloma
Sin ala negra:
Bajo tus alas mi existencia amparo:
¡No la ennegrezcas!
Cuando tus pardos ojos, claros senos
De natural grandeza,
En otro que no en mi sus rayos posan
¡Muero de pena!
Cuando miras, envuelves, cuando miras
Acaricias y besas:
Pues ¿còmo he de querer que a nadie mires,
Paloma de ala negra?
QUÉ ME PIDES? LÁGRIMAS?
¿Qué me pides? Lágrimas?
Yo te las daré:
Si tengo el pecho de ellas tan lleno
Que ya con ellas no sé qué hacer!
¿Enseñarlas? Nunca!
No las han de ver.
Quien su dolor en público difunde
De su dolor o alivio indigno es.
Puede la de Mágdala
Mísera mujer,—
Enamorada de Jesús echarse
Envuelta en llanto a sus desnudos pies;
Mas su corona de hombre
Rompe con mano infiel
El que el pudor de su dolor descuida—
Y en verso trabajado
El duelo profanado
Por calles y por plazas deja ver.
Con el dolor, el grave compañero,
Vivirse debe, y perecer entero—:
¡Vuélvete atrás —coqueta de la pena!
Boabdil impuro, flaca Magdalena!
El que en silencio y soledad padece
Derecho adquiere de morir —y crece!—
¡A mí, hierros y aceros! Y en mi pecho
Clavados, dadme de morir derecho!—
MAS ¡AY DE MÍ! QUE EN VANO
Mas ¡ay de mí! que en vano, en vano envío
A la inhumana mi doliente acento!
¿Qué delirio, qué sueño es este mío?
Prender quise la sombra, atar el viento,
Seguir el humo y detener el río:
Y mientras lo imposible loco intento
Tengo en casa la vid medio podada
Y en el bosque la grey abandonada!
EN ESTAS PÁLIDAS TIERRAS
En estas pálidas tierras,
¡Oh niña!, en silencio muero.
Como la queja deshonra,
Yo no me quejo.
Del mutuo amor de los hombres
El magnífico concierto,
De la pasiòn—nuestra vida—
No escucho el eco.
Como una bestia encorvada,
A un yugo vil, aro, y ruego,
Y como un águila herida
Muero en silencio.
VIRGEN MARÍA
Madre mía de mi vida y de mi alma,
dulce flor encendida,
resplandeciente y amorosa gasa
que mi espíritu abriga:
Serena el escozor que siento airado,
que tortura mi vida,
¡qué tirano!
¡qué sidérea el alma mía!
¡Se rebela, maldice,
no quiere que yo viva
mientras la Patria amada
encadenada gima!
Un gran dolor la sigue
Como al hombre la sombra fugitiva,
Y los dos me acompañan
junto con la fatiga.
Mata en mí la zozobra
y entre las nubes de mi alma brilla...
¡el peregrino muera!
¡que la Patria no gima!
Y A TI ¿QUÉ TE TRAERÉ?
Y a ti ¿qué te traeré? No las punzantes
Lágrimas que, del pecho en que ora brilla
El sol al cabo, huéspedes constantes,
Nunca dejaron sola mi mejilla.
¿Qué te traeré? No flores, niño amado.
¿Dònde, ¡oh triste de mí!, la florecida
Rama hallaré, si viven a tu lado
¡Ay! las únicas flores de mi vida?
Decidme, ¡oh mayo, oh nuevo sol, oh amigos!
¿A aquel lirio del valle, a aquella mía
Pálida estrella —¡oh de mi mal testigos
Y de cuánto lloré!— qué llevaría?
La tierra toda, ya en verdor se extienda,
Ya el sol la dore, en su alto trono fijo,
No tiene oro ni flor, no tiene ofrenda
Digna de un padre al túmulo de un hijo.
¡Oh lindo sol, oh blanda luz, oh palma
De un valle triste! ¡Vuelve a ser testigo
De esta resurrecciòn! ¡Te traigo tu alma,
Que desque el vuelo alzò, vive conmigo!
1884
CESTO DE MIMBRE
Tengo junto a mi mesa un cestecillo
De mimbre de un mimbral muy afamado,
No, cual otros, con cintas y adornado,
Sino, cual yo, sin lazos y sencillo.
Cuanto me cansa o sobra encuentra puesto
En mi cesto de mimbre: allí va cuanto
Me indigna o me repugna o causa espanto:
¡Cartas necias y fe, todo va al cesto!
Pero tengo en el pecho, entretejido
Como en la tierra una raíz, un triste
Amor que todo el pecho me ha comido,
Y que a entrar en el cesto se resiste.
CON LA PRIMAVERA
Con la primavera
Vuelve el verso alado:
¿Qué hará mi corazòn, que amar no quiere,
Si le asalta el amor por el costado?
Hará lo que hace el cielo
Cuando el fuego lo abrasa:
Brillará como bòveda encendida
Hasta que el fuego pase: todo pasa!
JE VEUX VOUS DIRÉ…
Je veux vous diré en vers pour quoi, chére madame,
Des fats trouvent coulant le beau parler cubain:
C'est en vers que les hommes doivent parler aux femmes:
Le genou sur la ierre, le bouquet dans la main.
De fleurs! vous faut-il plus, vraiment, por le bonheur?
Ce sontde grands rubis, les bons coquelicots:
Quand on n'a pas tout prés, pour vous 1'offrir, la fleur,
pour quoi ne pas pétrir la fleur avec des mots?
YO LLORO —ES VERDAD QUE LLORO
Yo lloro —es verdad que lloro,
Mirando a tanto tesoro
De arte que a mis ojos pasa;
¡Siempre tan pobre el decoro!
¡Siempre mi fortuna escasa!
Por soberbia no lo digo;
Pero no llega a mi puerta
Ni un amigo:
Parece una casa muerta,
Húmeda, hueca, desierta:
¡El deber está conmigo!
Mas en la casa de al lado
Todo es ruido, gala, prado
Verde, jardín oloroso:
¡Oh, vecino afortunado!
Su salòn es numeroso
Y su hijo muy regalado,
Y a él no le dejan reposo;
¡El placer vive aquí al lado!
Y yo, que siempre sonrío,—
Y abro, con este amor mío
Ciego, mis brazos —me quedo
Solo, abrazando el vacío.
¡Tienen miedo!
¿A qué viene?
A buscar a quien no tiene
Carroza en que pasear,
Buen beber ni buen yantar,
Ni se sabe que almacené
Bien alguno
¡Ah importuno!
Más que un corazòn honrado
Decidido
A morir en el olvido
Antes que morir manchado.
Hoy son las conciencias anchas
Y pasea
Todo el mundo con sus manchas:
¡No recrea
Eso de ver a censores!
Y, aun si callan,
Los honrados
Con su silencio batallan:
¡Y molestan! —son soldados
Útiles, en el vivir
Silencioso, en el morir
Humilde, en el sonreír
Doliente, hasta en el callar
¡Los honrados
Son muy útiles soldados!
De manera
Que aunque por mi vida entera
Hoy no me vengan a ver,
Y a bosque dejen crecer
De mi umbral la enredadera,—
¡No me importa!
Esta vida es triste y corta,
E irán luego
Cual gente friolenta al fuego,
Luego que el mío sucumba,
A visitarme a mi tumba:—
Y yo que siempre sonrío,
En mi seguro aposento,
Todo mío,
Sonreiré entonces contento:
Y se verá en derredor
De mi sepulcro un vapor
Como de mirra y de luz,
¡Y una flor
Nunca se abrirá en la Cruz!
EN UN DULCE ESTUPOR...
En un dulce estupor soñando estaba
Con las bellezas de la tierra mía:
Fuera, el invierno lívido gemía,
Y en mi cuarto sin luz el sol brillaba.
La sombra sobre mí centelleaba
Como un diamante negro, y yo sentía
Que la frente soberbia me crecía
Y que un águila al cielo me encumbraba.
Iba hinchiendo este gozo el alma oscura,
Cuando me vi de súbito estrechado
Contra el seno fatal de una hermosura:
Y al sentirme en sus brazos apretado,
Me pareciò rodar desde una altura
Y rodar por la tierra despeñado.
4 de octubre
ENTRE LAS FLORES DEL SUENO
Entre las flores del sueño
Oigo una música vaga:
El remordimiento asoma
Su cabeza desgreñada:
El desorden tempestuoso
Turba y enciende las aguas:
En el corazòn que duele
Un dulce puñal se clava:
El cerebro enfurecido
Calla de una cuchillada:
En las nubes grises y oros
Vuelan serenas las palmas:
Una corona de rizos
En la sombra se desata:
En el cuerpo transparente
La línea eterna se marca:
¡Así se queda dormido
El que vive en tierra extraña!:
La delicia del olvido
Sobre la cabeza baja:
Luego Jesús aparece
Andando sobre las aguas.
Y TE BUSQUÉ POR PUEBLOS
Y te busqué por pueblos,
Y te busqué en las nubes,
Y para hallar tu alma
Muchos lirios abrí, lirios azules.
Y los tristes llorando me dijeron:
—¡Oh, qué dolor tan vivo!
Que tu alma ha mucho tiempo que vivía
En un lirio amarillo!—
Mas dime —¿còmo ha sido?
¿Yo mi alma en mi pecho no tenía?
Ayer te he conocido,
Y el alma que aquí tengo no es la mía.
NO ME QUITES LAS CANAS
No me quites las canas
Que son mí nobleza:
Cada cana es la huella de un rayo
Que pasò, sin doblar mi cabeza.
Dame un beso en las canas, mi niña:
Que son mi nobleza!
CUANDO EN LA CALLE ANCHUROSA
Cuando en la calle anchurosa
Pasa un cadáver, del mudo
Cortejo, jefe, con alma piadosa
Sonrío, canto y saludo.
Pero al muerto que tendido
En mitad del alma llevo
Sin dejar que entre el olvido
Ni que nazca un amor nuevo,-—
Con su corte de violetas
Y rosas blancas marchitas
¿Quién sonreirá? ¿Qué poetas
Dirán mis cuitas?
Quién en la dura agonía
De un alma que amor no espera
Cantará en la noche fría
Palabras de primavera.
EL PENSAMIENTO INDIGNADO
El pensamiento indignado
Por la tristeza del mundo,
Baja, febril e iracundo,
Buscando salir airado.
Mas con el terco valor
Del ave, el niño y la rosa
Suele, rebelde y mimosa,
Cerrarle el paso una flor.
Y el pensamiento piafante
Espera, humilde, en la entrada
A que la cuarteta alada
Se lleve a la flor fragante.
CON LA PRIMAVERA
Con la primavera
Viene la canciòn,
La tristeza dulce
Y el galante amor.
Con la primavera
Viene una ansiedad
De pájaro preso
Que quiere volar.
No hay cetro más noble
Que el de padecer:
Sòlo un rey existe:
El muerto es el rey.
CUAL VIERTE LAS MANOS CUAJADAS DE ROSAS
Cual vierte las manos cuajadas de rosas
En cesto viejo de cristal vacío
La niña ligera:
Así sus visiones extrañas, gloriosas
Vierte en mi cráneo despoblado y frío
Mi Musa severa.
Polvo de alas de mariposa
Dirán, puede ser que digan
Que estos efluvios de amor
Son de éste, o aquél, o esotro:
¡Vive Dios!
Decidme, oh mariposas de colores,
Deleites vagos, enramada en flores,
Luz astral, ramos de oro, olor de selva:
Decid: ¿Sois de Frankfort, o sois de Huelva?
Digo que cuando salto
De un papel de comercio a un verso ardiente
Que viene de lo alto
Y me pasa rozando por la frente,
No curo que imagine un alma fatua
Que en ajeno taller formo mi estatua.
Triste, impaciente, volador, lloroso,
En lágrimas la faz, la pluma inquieta:
El demonio del verso
Que está a la puerta!
Cuando le digo adiòs, se queda el alma
De pálida y angustia llena
Como queda un palacio
Cuando se ausenta de él la joven reina.
De enfermos no me digas
Ni de moribundos:
Sino de tanto bravo sin ejército,
Sino de tanto muerto sin sepulcro!
¡Oh! diles que callen;
Diles que no rían;
Que no gocen diles;
¡Que está lejos de mí la amada mía!
Quema el sol; muere el césped; arde el
llano;
Reluce el mar; ¡Dios mío!
¿Còmo en mitad del férvido verano
Siento yo tanto frío?
Bueno es sufrir: cuando en él lado izquierdo
Del seno roto arder se siente un cáncer,
Sobre la llaga ardiente, un perfumado
Lirio blanco y azul sus alas abre.
Ya cruza los mares,
Ya el buque la lleva
Donde nunca los ojos llorosos
Podrán ir a verla:
Oh nubes y vientos!
Oh gaviotas relices que vuelan
Y en los mástiles altos posadas
A la dama del buque contemplan.
Oh gaviotas que en torno a sus plantas
De plumas sin mancha
Por darles alfombra
Sus alas despueblan!
El ancla está levada:
Queréis, gente de mar, saber cuál deja
Rota la tierra, al levantarse, el ancla?
Bajad, oh marineros,
Al fondo de mi pecho!
El hierro, amigo mío,
Se funde así; y el bondadoso herrero
Me iba a decir, ante las anchas tazas,
Còmo se funde el hierro.
Y yo, que sufrí tanto
Ayer, posé en el yunque
Mi mano ya insegura; y dije al
hombre
¡Yo sé còmo se funde!
No leas en libros ajenos,
Amores de gentes extrañas;
Lee mejor los poemas que escribo
En tu frente gentil con mis miradas...
Y ve las de mirra e incienso
Torres de humo azuladas,
Que verde luz desde hoy que te he
visto
De mí se escapan como de urna
sagrada.
Me han dicho que la estrella
Que yo esperaba
Ha pasado de noche:
¡Una magnífica estrella blanca!
Aunque pases, pasa!—
Muerto, aún verán que de mi cuerpo
surge
El pálido perfume de tu alma.
Que piense? No pienso!
En ramilletes y en coronas surge
De un alma enamorada el
pensamiento.
Que mis versos vuelan
Como mariposas
Pequeñas e inquietas:
Ay! quédate, y verás la maravilla
De una mariposa
Que cubre con sus alas
Toda la tierra.
Logré sus miradas:
Toqué ligeramente sus vestidos:
Ni una arruga en ellos,
Ni una arruga en tu alma!
Mis pensamientos
Pensando en ella,
Retozan, saltan,
Matizan, juegan,
Como corderos
En yerba nueva.
Oh ven, oh ven: tú dejas en mi vida
Una casta blancura de alabastro
Y esa doliente claridad perdida
Que da en la noche silenciosa un astro.
En chispas, como el fuego,
Mis versos saltan:
Así contra la roca
Las aguas azules quebradas estallan.
Pintar! No puedo pintar
Este augusto desconsuelo:
Es la soledad del cielo