Libro de poemas
Veleta
Viento del Sur.
Moreno, ardiente,
Llegas sobre mi carne,
Trayéndome semilla
De brillantes
Miradas, empapado
De azahares.
Pones roja la luna
Y sollozantes
Los álamos cautivos, pero vienes
¡Demasiado tarde!
¡Ya he enrollado la noche de mi cuento
En el estante!
Sin ningún viento,
¡Hazme caso!
Gira, corazòn;
Gira, corazòn.
Aire del Norte,
¡Oso blanco del viento!,
Llegas sobre mi carne
Tembloroso de auroras
Boreales,
Con tu capa de espectros
Capitanes,
Y riyéndote a gritos
Del Dante.
¡Oh pulidor de estrellas!
Pero vienes
Demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
Y he perdido la llave.
Sin ningún viento,
¡Hazme caso!
Gira, corazòn;
Gira, corazòn.
Brisas gnomos y vientos
De ninguna parte,
Mosquitos de la rosa
De pétalos pirámides,
Alisios destetados
Entre los rudos árboles,
Flautas en la tormenta,
¡Dejadme!
Tiene recias cadenas
Mi recuerdo,
Y está cautiva el ave
Que dibuja con trinos
La tarde.
Las cosas que se van no vuelven nunca,
Todo el mundo lo sabe,
Y entre el claro gentío de los vientos
Es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡Es inútil quejarse!
Sin ningún viento,
¡Hazme caso!
Gira, corazòn;
Gira, corazòn.
Los encuentros de un caracol aventurero
A Ramòn P. Roda
Hay dulzura infantil
En la mañana quieta.
Los árboles extienden
Sus brazos a la tierra.
Un vaho tembloroso
Cubre las sementeras,
Y las arañas tienden
Sus caminos de seda
-Rayas al cristal limpio
Del aire-.
En la alameda
Un manantial recita
Su canto entre las hierbas.
Y el caracol, pacífico
Burgués de la vereda,
Ignorado y humilde,
El paisaje contempla.
La divina quietud
De la Naturaleza
Le dio valor y fe,
Y olvidando las penas
De su hogar, deseò
Ver el fin de la senda.
Echò a andar e internòse
En un bosque de yedras
Y de ortigas. En medio
Había dos ranas viejas
Que tomaban el sol,
Aburridas y enfermas.
Estos cantos modernos,
Murmuraba una de ellas,
Son inútiles. Todos,
Amiga, le contesta
La otra rana, que estaba
Herida y casi ciega:
Cuando joven creía
Que si al fin Dios oyera
Nuestro canto, tendría
Compasiòn. Y mi ciencia,
Pues ya he vivido mucho,
Hace que no lo crea.
Yo ya no canto más...
Las dos ranas se quejan
Pidiendo una limosna
A una ranita nueva
Que pasa presumida
Apartando las hierbas.
Ante el bosque sombrío
El caracol, se aterra,
Quiere gritar. No puede.
Las ranas se le acercan.
¿Es una mariposa?,
Dice la casi ciega.
Tiene dos cuernecitos,
La otra rana contesta.
Es el caracol. ¿Vienes,
Caracol, de otras tierras?
Vengo de mi casa y quiero
Volverme muy pronto a ella.
Es un bicho muy cobarde,
Exclama la rana ciega.
¿No cantas nunca? No canto,
Dice el caracol. ¿Ni rezas?
Tampoco: nunca aprendí.
¿Ni crees en la vida eterna?
¿Qué es eso?
Pues vivir siempre
En el agua más serena,
Junto a una tierra florida
Que a un rico manjar sustenta.
Cuando niño a mí me dijo
Un día mi pobre abuela
Que al morirme yo me iría
Sobre las hojas más tiernas
De los árboles más altos.
Una hereje era tu abuela,
La verdad te la decimos
Nosotras. Creerás en ella,
Dicen las ranas furiosas.
¿Por qué quise ver la senda?
Gime el caracol. Sí, creo
Por siempre en la vida eterna
Que predicáis...
Las ranas,
Muy pensativas, se alejan,
Y el caracol, asustado, S
e va perdiendo en la selva.
Las dos ranas mendigas
Como esfinges se quedan.
Una de ellas pregunta:
¿Crees tú en la vida eterna?
Yo no, dice muy triste
La rana herida y ciega.
¿Por qué hemos dicho entonces
Al caracol que crea?
¿Por qué...? No sé por qué,
Dice la rana ciega.
Me lleno de emociòn
Al sentir la firmeza
Con que llaman mis hijos
A Dios desde la acequia...
El pobre caracol
Vuelve atrás. Ya en la senda
Un silencio ondulado
Mana de la alameda.
Con un grupo de hormigas
Encarnadas se encuentra.
Van muy alborotadas,
Arrastrando tras ellas
A otra hormiga que tiene
Tronchadas las antenas.
El caracol exclama:
Hormiguitas, paciencia.
¿Por qué así maltratáis
A vuestra compañera?
Contadme lo que ha hecho.
Yo juzgaré en conciencia.
Cuéntalo tú, hormiguita.
La hormiga medio muerta
Dice muy tristemente:
Yo he visto las estrellas.
¿Qué son estrellas? -dicen
Las hormigas inquietas.
Y el caracol pregunta
Pensativo: ¿Estrellas?
Sí, repite la hormiga,
He visto las estrellas.
Subí al árbol más alto
Que tiene la alameda
Y vi miles de ojos
Dentro de mis tinieblas.
El caracol pregunta:
¿Pero qué son estrellas?
Son luces que llevamos
Sobre nuestra cabeza.
Nosotras no las vemos,
Las hormigas comentan.
Y el caracol: Mi vista
Sòlo alcanza a las hierbas.
Las hormigas exclaman
Moviendo sus antenas:
Te mataremos, eres
Perezosa y perversa.
El trabajo es tu ley.
Yo he visto a las estrellas,
Dice la hormiga herida.
Y el caracol sentencia:
Dejadla que se vaya,
Seguid vuestras faenas.
Es fácil que muy pronto
Ya rendida se muera.
Por el aire dulzòn
Ha cruzado una abeja.
La hormiga agonizando
Huele la tarde inmensa
Y dice: Es la que viene
A llevarme a una estrella.
Las demás hormiguitas
Huyen al verla muerta.
El caracol suspira
Y aturdido se aleja
Lleno de confusiòn
Por lo eterno. La senda
No tiene fin, exclama.
Acaso a las estrellas
Se llegue por aquí.
Pero mi gran torpeza
Me impedirá llegar.
No hay que pensar en ellas.
Todo estaba brumoso
De sol débil y niebla.
Campanarios lejanos
Llaman gente a la iglesia,
Y el caracol, pacífico
Burgués de la vereda,
Aturdido e inquieto
El paisaje contempla.
Canciòn otoñal
Hoy siento en el corazòn
Un vago temblor de estrellas
Pero mi senda se pierde
En el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
Y el dolor de mi tristeza
Va mojando los recuerdos
En la fuente de la idea.
Todas las rosas son blancas,
Tan blancas como mi pena,
Y no son las rosas blancas,
Que ha nevado sobre ellas.
Antes tuvieron el iris.
También sobre el alma nieva.
La nieve del alma tiene
Copos de besos y escenas
Que se hundieron en la sombra
O en la luz del que las piensa.
La nieve cae de las rosas
Pero la del alma queda,
Y la garra de los años
Hace un sudario con ella.
¿Se deshelará la nieve
Cuando la muerte nos lleva?
¿O después habrá otra nieve
Y otras rosas más perfectas ?
¿Será la paz con nosotros
Como Cristo nos enseña?
¿O nunca será posible
La soluciòn del problema?
¿Y sí el Amor nos engaña?
¿Quién la vida nos alienta
Si el crepúculo nos hunde
En la verdadera ciencia
Del Bien que quizá no exista
Y del Mal que late cerca?
Si la esperanza se apaga
Y la Babel se comienza,
¿Qué antorcha iluminará
Los caminos en la Tierra?
Si el azul es un ensueño,
¿Qué será de la inocencia?
¿Qué será del corazòn
Si el Amor no tiene flechas?
Y si la muerte es la muerte,
¿Qué será de los poetas
Y de las cosas dormidas
Que ya nadie las recuerda?
¡Oh sol de las esperanzas!
¡Agua clara! ¡Luna nueva!
¡Corazones de los niños!
¡Almas rudas de las piedras!
Hoy siento en el corazòn
Un vago temblor de estrellas
Y todas las rosas son
Tan blancas como mi pena.
Canciòn primaveral
Salen los niños alegres
De la escuela,
Poniendo en el aire tibio
Del Abril, canciones tiernas.
¡Qué alegría tiene el hondo
Silencio de la calleja!
Un silencio hecho pedazos
Por risas de plata nueva.
Voy camino de la tarde
Entre flores de la huerta
Dejando sobre el camino
El agua de mi tristeza.
En el monte solitario
Un cementerio de aldea
Parece un campo sembrado
Con granos de calaveras.
Y han florecido cipreses
Como gigantes cabezas
Que con òrbitas vacías
Y verdosas cabelleras
Pensativos y dolientes
El horizonte contemplan.
¡Abril divino, que vienes
Cargado de sol y esencias,
Llena con nidos de oro
Las floridas calaveras!
Canciòn menor
Tienen gotas de rocío
Las alas del ruiseñor,
Gotas claras de la luna
Cuajadas por su ilusiòn.
Tiene el mármol de la fuente
El beso del surtidor,
Sueño de estrellas humildes.
Las niñas de los jardines
Me dicen todas adiòs
Cuando paso. Las campanas
También me dicen adiòs.
Y los árboles se besan
En el crepúculo. Yo
Voy llorando por la calle,
Grotesco y sin soluciòn,
Con tristeza de Cyrano
Y de Quijote,
redentor
De imposibles infinitos
Con el ritmo del reloj.
Y veo secarse los lirios
Al contacto de mi voz
Manchada de luz sangrienta,
Y en mi lírica canciòn
Llevo galas de payaso
Empolvado. El amor
Bello y lindo se ha escondido
Bajo una araña. El sol
Como otra araña me oculta
Con sus patas de oro. No
Conseguiré mi ventura,
Pues soy como el mismo Amor,
Cuyas flechas son de llanto,
Y el carcaj el corazòn.
Daré todo a los demás
Y lloraré mi pasiòn
Como niño abandonado
En cuento que se borrò.
Elegía a Doña Juana la Loca
A Melchor Fernández Almagro
Princesa enamorada sin ser correspondida.
Clavel rojo en un valle profundo y desolado.
La tumba que te guarda rezuma tu tristeza
A través de los ojos que ha abierto sobre el mármol.
Eras una paloma con alma gigantesca
Cuyo nido fue sangre del suelo castellano.
Derramaste tu fuego sobre un cáliz de nieve
Y al querer alentarlo tus alas se troncharon.
Soñabas que tu amor fuera como el infante
Que te sigue sumiso recogiendo tu manto.
Y en vez de flores, versos y collares de perlas
Te dio la Muerte rosas marchitas en un ramo.
Tenías en el pecho la formidable aurora
De Isabel de Segura, Melibea. Tu canto,
Como alondra que mira quebrarse el horizonte
Se torna de repente monòtono y amargo.
Y tu grito estremece los cimientos de Burgos.
Y oprime la salmodia del coro cartujano.
Y choca con los ecos de las lentas campanas
Perdiéndose en la sombra tembloroso y rasgado.
Tenías la pasiòn que da el cielo de España.
La pasiòn del puñal, de la ojera y el llanto.
¡Oh princesa divina de crepúsculo rojo,
Con la rueca de hierro y de acero lo hilado!
Nunca tuviste el nido, ni el madrigal doliente,
Ni el laúd juglaresco que solloza lejano.
Tu juglar fue un mancebo con escamas de plata
Y un eco de trompeta su acento enamorado.
Y sin embargo, estabas para el amor formada,
Hecha para el suspiro, el mimo y el desmayo.
Para llorar tristeza sobre el pecho querido
Deshojando una rosa de olor entre los labios.
Para mirar la luna bordada sobre el río
Y sentir la nostalgia que en sí lleva el rebaño.
Y mirar los eternos jardines de la sombra.
¡Oh princesa morena que duermes bajo el mármol!
¿Tienes los ojos negros abiertos a la luz?
¿O se enredan serpientes a tus senos exhaustos...?
¿Dònde fueron tus besos lanzados a los vientos?
¿Dònde fue la tristeza de tu amor desgraciado?
En el cofre de plomo, dentro de tu esqueleto,
Tendrás el corazòn partido en mil pedazos.
Y Granada te guarda como santa reliquia,
¡Oh princesa morena que duermes bajo el mármol!
Eloísa y Julieta fueron dos margaritas
Pero tú fuiste un rojo clavel ensangrentado,
Que vino de la tierra dorada de Castilla
A dormir entre nieves y cipresales castos.
Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana:
Los cipreses tus cirios,
La sierra tu retablo.
Un retablo de nieve que mitigue tus ansias
¡Con el agua que pasa junto a ti! ¡La del Dauro!
Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana,
La de las torres viejas y del jardín callado,
La de la yedra muerta sobre los muros rojos,
La de la niebla azul y el arrayán romántico.
Princesa enamorada y mal correspondida.
Clavel rojo en un valle profundo y desolado.
La tumba que te guarda rezuma tu tristeza
A través de los ojos que ha abierto sobre el mármol.
¡Cigarra!
A María Luisa
¡Cigarra!
¡Dichosa tú!
Que sobre lecho de tierra
Mueres borracha de luz.
Tú sabes de las campiñas
El secreto de la vida,
Y el cuento del hada vieja
Que nacer hierba sentía
En ti quedòse guardado.
¡Cigarra!
¡Dichosa tú!
Pues mueres bajo la sangre
De un corazòn todo azul.
La luz es Dios que desciende,
Y el sol
Brecha por donde se filtra.
¡Cigarra!
¡Dichosa tú!
Pues sientes en la agonía
Todo el peso del azul.
Todo lo vivo que pasa
Por las puertas de la muerte
Va con la cabeza baja
Y un aire blanco durmiente.
Con habla de pensamiento.
Sin sonidos...
Tristemente,
Cubierto con el silencio
Que es el manto de la muerte.
Mas tú, cigarra encantada,
Derramando son te mueres
Y quedas transfigurada
En sonido y luz celeste.
¡Cigarra!
¡Dichosa tú!
Pues te envuelve con su manto
El propio Espíritu Santo,
Que es la luz.
¡Cigarra!
Estrella sonora
Sobre los campos dormidos,
Vieja amiga de las ranas
Y de los oscuros grillos,
Tienes sepulcros de oro
En los rayos tremolinos
Del sol que dulce te hiere
En la fuerza del Estío,
Y el sol se lleva tu alma
Para hacerla luz.
Sea mi corazòn cigarra
Sobre los campos divinos.
Que muera cantando lento
Por el cielo azul herido
Y cuando esté ya expirando
Una mujer que adivino
Lo derrame con sus manos
Por el polvo.
Y mi sangre sobre el campo
Sea rosado y dulce limo
Donde claven sus azadas
Los cansados campesinos.
¡Cigarra!
¡Dichosa tú!
Pues te hieren las espadas invisibles
Del azul.
Balada triste
Pequeño poema
¡Mi corazòn es una mariposa,
Niños buenos del prado!,
Que presa por la araña gris del tiempo
Tiene el polen fatal del desengaño.
De niño yo canté como vosotros,
Niños buenos del prado,
Solté mi gavilán con las temibles
Cuatro uñas de gato.
Pasé por el jardín de Cartagena
La verbena invocando
Y perdí la sortija de mi dicha
Al pasar el arroyo imaginario.
Fui también caballero
Una tarde fresquita de Mayo,
Ella era entonces para mí el enigma,
Estrella azul sobre mi pecho intacto.
Cabalgué lentamente hacia los cielos,
Era un domingo de pipirigallo,
Y vi que en vez de rosas y claveles
Ella tronchaba lirios con sus manos.
Yo siempre fui intranquilo,
Niños buenos del prado.
El ella del romance me sumía
En ensoñares claros.
¿Quién será la que coge los claveles
Y las rosas de Mayo?
¿Y por qué la verán sòlo los niños
A lomos de Pegaso?
¿Será esa misma la que en los rondones
Con tristeza llamamos
Estrella, suplicándole que salga
A danzar por el campo?...
En abril de mi infancia yo cantaba,
Niños buenos del prado,
La ella impenetrable del romance
Donde sale Pegaso.
Yo decía en las noches la tristeza
De mi amor ignorado,
Y la luna lunera, ¡qué sonrisa
Ponía entre sus labios!
¿Quién será la que corta los claveles
Y las rosas de Mayo?
Y de aquella chiquita, tan bonita,
Que su madre ha casado,
¿En qué oculto rincòn de cementerio
Dormirá su fracaso?
Yo solo con mi amor desconocido,
Sin corazòn, sin llantos,
Hacia el techo imposible de los cielos
Con un gran sol por báculo.
¡Qué tristeza tan seria me da sombra!,
Niños buenos del prado,
Còmo recuerda dulce el corazòn
Los días ya lejanos...
¿Quién será la que corta los claveles
Y las rosas de Mayo?
Mañana
A Fernando Marchesi
Y la canciòn del agua
Es una cosa eterna.
Es la savia entrañable
Que madura los campos.
Es sangre de poetas
Que dejaron sus almas
Perderse en los senderos
De la Naturaleza.
¡Qué armonías derrama
Al brotar de la peña!
Se abandona a los hombres
Con sus dulces cadencias.
La mañana está clara.
Los hogares humean
Y son los humos brazos
Que levantan la niebla.
Escuchad los romances
Del agua en las choperas.
¡Son pájaros sin alas
Perdidos entre hierbas!
Los árboles que cantan
Se tronchan y se secan.
Y sé tornan llanuras
Las montañas serenas.
Mas la canciòn del agua
Es una cosa eterna.
Ella es luz hecha canto
De ilusiones románticas.
Ella es firme y suave,
Llena de cielo y mansa.
Ella es niebla y es rosa
De la eterna mañana.
Miel de luna que fluye
De estrellas enterradas.
¿Qué es el santo bautismo,
Sino Dios hecho agua
Que nos unge las frentes
Con su sangre de gracia?
Por algo Jesucristo
En ella confirmòse.
Por algo las estrellas
En sus ondas descansan.
Por algo Madre Venus
En su seno engendròse,
Que amor de amor tomamos
Cuando bebemos agua.
Es el amor que corre
Todo manso y divino,
Es la vida del mundo,
La historia de su alma.
Ella lleva secretos
De las bocas humanas,
Pues todos la besamos
Y la sed nos apaga.
Es un arca de besos
De bocas ya cerradas,
Es eterna cautiva,
Del corazòn hermana.
Cristo debiò decirnos:
«Confesaos con el agua,
De todos los dolores,
De todas las infamias.
¿A quién mejor, hermanos,
Entregar nuestras ansias
Que a ella que sube al cielo
En envolturas blancas?».
No hay estado perfecto
Como al tomar el agua.
Nos volvemos más niños
Y más buenos: y pasan
Nuestras penas vestidas
Con rosadas guirnaldas.
Y los ojos se pierden
En regiones doradas.
¡Oh fortuna divina
Por ninguno ignorada!
Agua dulce en que tantos.
Sus espíritus lavan,
No hay nada comparable
Con tus orillas santas
Si una tristeza honda
Nos ha dado sus alas.
La sombra de mi alma
La sombra de mi alma
Huye por un ocaso de alfabetos,
Niebla de libros
Y palabras.
¡La sombra de mi alma!
He llegado a la línea donde cesa
La nostalgia,
Y la gota de llanto se transforma,
Alabastro de espíritu.
(¡La sombra de mi alma!)
El copo del dolor
Se acaba,
Pero queda la razòn y la sustancia
De mi viejo mediodía de labios,
De mi viejo mediodía
De miradas.
Un turbio laberinto
De estrellas ahumadas
Enreda mi ilusiòn
Casi marchita.
¡La sombra de mi alma!
Y una alucinaciòn
Me ordeña las miradas.
Veo la palabra amor
Desmoronada.
¡Ruiseñor mío!
¡Ruiseñor!
¿Aún cantas?
Lluvia
La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
Algo de soñolencia resignada y amable.
Una música humilde se despierta con ella
Que hace vibrar el alma dormida del paisaje.
Es un besar azul que recibe la Tierra,
El mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
Con una mansedumbre de atardecer constante.
Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
Y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
Y en el alma tristeza de lo que no se sabe.
La nostalgia terrible de una vida perdida,
El fatal sentimiento de haber nacido tarde,
O la ilusiòn inquieta de un mañana imposible
Con la inquietud cercana del dolor de la carne.
El amor se despierta en el gris de su ritmo,
Nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
Pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
Al contemplar las gotas muertas en los cristales.
Y son las gotas: ojos de infinito que miran
Al infinito blanco que les sirviò de madre.
Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
Y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
Lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.
¡Oh lluvia silenciosa sin tormentas ni vientos,
Lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
Lluvia buena y pacífica que eres la verdadera,
La que amorosa y triste sobre las cosas caes!
¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
Almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
Las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.
El canto primitivo que dices al silencio
Y la historia sonora que cuentas al ramaje
Los comenta llorando mi corazòn desierto
En un negro y profundo pentagrama sin clave.
Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
Tristeza resignada de cosa irrealizable,
Tengo en el horizonte un lucero encendido
Y el corazòn me impide que corra a contemplarle.
¡ Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
Y eres sobre el piano dulzura emocionante,
Das al alma las mismas nieblas y resonancias
Que pones en el alma dormida del paisaje!
Si mis manos pudieran deshojar
Yo pronuncio tu nombre
En las noches oscuras
Cuando vienen los astros
A beber en la luna
Y duermen los ramajes
De las frondas ocultas.
Y yo me siento hueco
De pasiòn y de música.
Loco reloj que canta
Muertas horas antiguas.
Yo pronuncio tu nombre
En esta noche oscura,
Y tu nombre me suena
Más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas
Y más doliente que la mansa lluvia.
¿Te querré como entonces
Alguna vez? ¿Qué culpa
Tiene mi corazòn?
Si la niebla se esfuma,
¿Qué otra pasiòn me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡¡Si mis dedos pudieran
Deshojar a la luna!!
El canto de la miel
La miel es la palabra de Cristo.
El oro derretido de su amor.
El más allá del néctar.
La momia de la luz del paraíso.
La colmena es una estrella casta,
Pozo de ámbar que alimenta el ritmo
De las abejas. Seno de los campos
Tembloroso de aromas y zumbidos.
La miel es la epopeya del amor,
La materialidad de lo infinito.
Alma y sangre doliente de las flores
Condensada a través de otro espíritu.
(Así la miel del hombre es la poesía
Que mana de su pecho dolorido,
De un panal con la cera del recuerdo
Formado por la abeja de lo íntimo.)
La miel es la bucòlica lejana
Del pastor, la dulzaina y el olivo.
Hermana de la leche y las bellotas,
Reinas supremas del dorado siglo.
La miel es como el sol de la mañana,
Tiene toda la gracia del Estío
Y la frescura vieja del Otoño.
Es la hoja marchita y es el trigo.
¡Oh divino licor de la humildad,
Sereno como un verso primitivo!
La armonía hecha carne tú eres,
El resumen genial de lo lírico.
En ti duerme la melancolía,
El secreto del beso y del grito.
Dulcísima. Dulce. Éste es tu adjetivo.
Dulce como los vientres de las hembras.
Dulce como los ojos de los niños.
Dulce como la sombra de la noche.
Dulce como una voz
o como un lirio.
Para el que lleva la pena y la lira,
Eres sol que ilumina el camino.
Equivales a todas las bellezas,
Al color, a la luz, a los sonidos.
¡Oh divino licor de la esperanza,
Donde a la perfecciòn del equilibrio
Llegan alma y materia en unidad
Como en la hostia cuerpo y luz de Cristo!
Y el alma superior es de las flores.
¡Oh licor que esas almas has unido!
El que te gusta no sabe que traga
Un resumen dorado del lirismo.
Elegía
Como un incensario lleno de deseos,
Pasas en la tarde luminosa y clara
Con la carne oscura de nardo marchito
Y el sexo potente sobre tu mirada.
Llevas en la boca tu melancolía
De pureza muerta, y en la dionisiaca
Copa de tu vientre la araña que teje
El velo infecundo que cubre la entraña
Nunca florecida con las vivas rosas,
Fruto de los besos.
En tus manos blancas
Llevas la madeja de tus ilusiones,
Muertas para siempre, y sobre tu alma
La pasiòn hambrienta de besos de fuego
Y tu amor de madre que sueña lejanas
Visiones de cunas en ambientes quietos,
Hilando en los labios lo azul de la nana.
Como Ceres dieras tus espigas de oro
Si el amor dormido tu cuerpo tocara,
Y como la Virgen María pudieras
Brotar de tus senos otra Vía Láctea.
Te marchitarás como la magnolia.
Nadie besará tus muslos de brasa.
Ni a tu cabellera llegarán los dedos
Que la pulsen corno
las cuerdas de un arpa.
¡Oh mujer potente de ébano y de nardo!,
Cuyo aliento tiene blancor de biznagas.
Venus del mantòn de Manila que sabe
Del vino de Málaga y de la guitarra.
¡Oh cisne moreno!, cuyo lago tiene
Lotos de saetas, olas de naranjas
Y espumas de rojos claveles que aroman
Los nidos marchitos que hay bajo sus alas.
Nadie te fecunda. Mártir andaluza,
Tus besos debieron ser bajo una parra
Plenos del silencio que tiene la noche
Y del ritmo turbio del agua estancada.
Pero tus ojeras se van agrandando
Y tu pelo negro va siendo de plata;
Tus senos resbalan escanciando aromas
Y empieza a curvarse tu espléndida espalda.
¡Oh mujer esbelta, maternal y ardiente!
Virgen dolorosa que tiene clavadas
Todas las estrellas del cielo profundo
En su corazòn, ya sin esperanza.
Eres el espejo de una Andalucía
Que sufre pasiones gigantes y calla,
Pasiones mecidas por los abanicos
Y por las mantillas sobre las gargantas
Que tienen temblores de sangre, de nieve
Y arañazos rojos hechos por miradas.
Te vas por la niebla del Otoño, virgen
Como Inés, Cecilia, y la dulce Clara,
Siendo una bacante que hubiera danzado
De pámpanos verdes y vid coronada.
La tristeza inmensa que flota en tus ojos
Nos dice tu vida rota y fracasada,
La monotonía de tu ambiente pobre
Viendo pasar gente desde tu ventana,
Oyendo la lluvia sobre la amargura
Que tiene la vieja calle provinciana,
Mientras que a lo lejos suenan los clamores
Turbios y confusos de unas campanadas.
Mas en vano escuchaste los acentos del aire.
Nunca llegò a tu oído la dulce serenata.
Detrás de tus cristales aún miras anhelante.
¡Qué tristeza tan honda tendrás dentro del alma
Al sentir en el pecho ya cansado y exhausto
La pasiòn de una niña recién enamorada!
Tu cuerpo irá a la tumba
Intacto de emociones.
Sobre la oscura tierra
Brotará una alborada.
De tus ojos saldrán dos claveles sangrientos
Y de tus senos rosas como la nieve blancas.
Pero tu gran tristeza se irá con las estrellas
Como otra estrella digna de herirlas y eclipsarlas.
Santiago
Balada ingenua
Esta noche ha pasado Santiago
Su camino de luz en el cielo.
Lo comentan los niños jugando
Con el agua de un cauce sereno.
¿Dònde va el peregrino celeste
Por el claro infinito sendero?
Va a la aurora que brilla en el fondo
En caballo blanco como el hielo.
¡Niños chicos, cantad en el prado,
Horadando con risas al viento!
Dice un hombre que ha visto a Santiago
En tropel con doscientos guerreros:
Iban todos cubiertos de luces,
Con guirnaldas de verdes luceros,
Y el caballo que monta Santiago
Era un astro de brillos intensos.
Dice el hombre que cuenta la historia
Que en la noche dormida se oyeron
Tremolar plateado de alas
Que en sus ondas llevòse el silencio.
¿ Que sería que el río paròse?
Eran ángeles los caballeros.
¡Niños chicos, cantad en el prado,
Horadando con risas al viento!
Es la noche de luna menguante.
¡Escuchad! ¿Qué se siente en el cielo,
Que los grillos refuerzan sus cuerdas
Y dan voces los perros vegueros?
-¿Madre abuela, cuál es el camino,
Madre abuela, que yo no lo veo?
- Mira bien y verás una cinta
De polvillo harinoso y espeso,
Un borròn que parece de plata
O de nácar. ¿Lo ves?
-Ya lo veo.
-Madre abuela, ¿dònde está Santiago?
-Por allí marcha con su cortejo,
La cabeza llena de plumajes
Y de perlas muy finas el cuerpo,
Con la luna rendida a sus plantas,
Con el sol escondido en el pecho.
Esta noche en la vega se escuchan
Los relatos brumosos del cuento.
¡Niños chicos, cantad en el prado,
Horadando con risas al viento!
Una vieja que vive muy pobre
En la parte más alta del pueblo,
Que posee una rueca inservible,
Una Virgen y dos gatos negros,
Mientras hace la ruda calceta
Con sus secos y temblones dedos,
Rodeada de buenas comadres
Y de sucios chiquillos traviesos,
En la paz de la noche tranquila,
Con las sierras perdidas en negro,
Va contando con ritmos tardíos
La visiòn que ella tuvo en sus tiempos.
Ella vio en una noche lejana
Como ésta, sin ruidos ni vientos,
Al apòstol Santiago en persona,
Peregrino en la tierra del cielo.
-Y comadre, ¿còmo iba vestido?
-Le preguntan dos voces a un tiempo.
-Con bordòn de esmeraldas y perlas
Y una túnica de terciopelo.
Cuando hubo pasado la puerta,
Mis palomas sus alas tendieron,
Y mi perro, que estaba dormido,
Fue tras él, sus pisadas lamiendo.
Era dulce el Apòstol divino,
Más aún que la luna de Enero.
A su paso dejò por la senda
Un olor de azucena y de incienso.
-Y comadre, ¿no le dijo nada?
—Le preguntan dos voces a un tiempo.
-Al pasar me mirò sonriente
Y una estrella dejòme aquí dentro.
-¿Dònde tienes guardada esa estrella?
-Le pregunta un chiquillo travieso.
-¿Se ha apagado -dijéronle otros-
Como eosa de un encantamiento?
-No, hijos míos, la estrella relumbra,
Que en el alma clavada la llevo.
-¿Còmo son las estrellas aquí?
-Hijo mío, igual que en el cielo.
—Siga, siga la vieja comadre.
¿Dònde iba el glorioso viajero?
-Se perdiò por aquellas montañas
Con mis blancas palomas y el perro.
Pero llena dejòme la casa
De rosales y de jazmineros,
Y las uvas verdes de la parra
Maduraron, y mi troje lleno
Encontré a la siguiente mañana.
Todo obra del Apòstol bueno.
-¡Grande suerte que tuvo, comadre!
-Sermonean dos voces a un tiempo.
Los chiquillos están ya dormidos
Y los campos en hondo silencio.
¡Niños chicos, pensad en Santiago
Por los turbios caminos del sueño!
¡Noche clara, finales de Julio!
¡Ha pasado Santiago en el cielo!
La tristeza que tiene mi alma,
Por el blanco camino la dejo,
Para ver si la encuentran los niños
Y en el agua la vayan hundiendo,
Para ver si en la noche estrellada
A muy lejos la llevan los vientos.
El diamante
El diamante de una estrella
Ha rayado el hondo cielo.
Pájaro de luz que quiere
Escapar del universo
Y huye del enorme nido
Donde estaba prisionero
Sin saber que lleva atada
Una cadena en el cuello.
Cazadores extrahumanos
Están cazando luceros,
Cisnes de plata maciza
En el agua del silencio.
Los chopos niños recitan
Su cartilla. Es el maestro
Un chopo antiguo que mueve
Tranquilo sus brazos muertos.
Ahora, en el monte lejano,
Jugarán todos los muertos
A la baraja. ¡Es tan triste
La vida en el cementerio!
¡Rana, empieza tu cantar!
¡Grillo, sal de tu agujero!
Haced un bosque sonoro
Con vuestras flautas. Yo vuelvo
Hacia mi casa intranauilo.
Se agitan en mi cerebro
Dos palomas campesinas
Y en el horizonte, ¡lejos!,
Se hunde el arcaduz del día.
¡Terrible noria del tiempo!
Madrigal de verano
Junta tu roja boca con la mía,
¡Oh Estrella la gitana!
Bajo el oro solar del mediodía
Morderé la Manzana.
En el verde olivar de la colina
Hay una torre mora
Del color de tu carne campesina
Que sabe a miel y aurora.
Me ofreces en tu cuerpo requemado,
El divino alimento
Que da flores al cauce sosegado
Y luceros al viento.
¿Còmo a mí te entregaste, luz morena?
¿Por qué me diste llenos
De amor tu sexo de azucena
Y el rumor de tus senos?
¿No fue por mi figura entristecida?
(¡Oh mis torpes andares!)
¿Te dio lástima acaso de mi vida,
Marchita de cantares?
¿Còmo no has preferido a mis lamentos
Los muslos sudorosos
De un San Cristòbal campesino, lentos
En el amor y hermosos?
Danaide del placer eres conmigo.
Femenino Silvano.
Huelen tus besos como huele el trigo
Reseco del verano.
Enturbíame los ojos con tu canto.
Deja tu cabellera
Extendida y solemne como un manto
De sombra en la pradera.
Píntame con tu boca ensangrentada
Un cielo del amor,
En un fondo de carne la morada
Estrella de dolor.
Mi pegaso andaluz está cautivo
De tus ojos abiertos;
Volará desolado y pensativo
Cuando los vea muertos.
Y aunque no me quisieras te querría
Por tu mirar sombrío,
Como quiere la alondra al nuevo día,
Sòlo por el rocío.
Junta tu roja boca con la mía,
¡Oh Estrella la gitana!
Déjame bajo el claro mediodía
Consumir la Manzana.
Cantos nuevos
Dice la tarde:
«¡Tengo sed de sombra!>>
Dice la luna: «Yo, sed de luceros».
La fuente cristalina pide labios
Y suspiros el viento.
Yo tengo sed de aromas y de risas.
Sed de cantares nuevos
Sin lunas y sin lirios,
Y sin amores muertos.
Un cantar de mañana que estremezca
A los remansos quietos Del porvenir.
Y llene de esperanza
Sus ondas y sus cienos.
Un cantar luminoso y reposado,
Pleno de pensamiento,
Virginal de tristezas y de angustias
Y virginal de ensueños.
Cantar sin carne lírica que llene
De risas el silencio.
(Una bandada de palomas ciegas
Lanzadas al misterio.)
Cantar que vaya al alma de las cosas
Y al alma de los vientos
Y que descanse al fin en la alegría
Del corazòn eterno.
Alba
Mi corazòn oprimido
Siente junto a la alborada
El dolor de sus amores
Y el sueño de las distancias.
La luz de la aurora lleva
Semilleros de nostalgias
Y la tristeza sin ojos
De la médula del alma.
La gran tumba de la noche
Su negro velo levanta
Para ocultar con el día
La inmensa cumbre estrellada.
¡Qué haré yo sobre estos campos
Cogiendo nidos y ramas,
Rodeado de la aurora
Y llena de noche el alma!
¡Qué haré si tienes tus ojos
Muertos a las luces claras
Y no ha de sentir mi carne
El calor de tus miradas!
¿Por qué te perdí por siempre
En aquella tarde clara?
Hoy mi pecho está reseco
Como una estrella apagada.
El presentimiento
El presentimiento
Es la sonda del alma
En el misterio.
Nariz del corazòn,
Palo de ciego
Que explora en la tiniebla
Del tiempo.
Ayer es lo marchito,
El sentimiento
Y el campo funeral
Del recuerdo.
Anteayer,
Es lo muerto.
Madriguera de ideas moribundas,
De pegasos sin freno.
Malezas de memorias,
Y desiertos
Perdidos en la niebla
De los sueños.
Nada turba los siglos
Pasados.
No podemos
Arrancar un suspiro
De lo viejo.
El pasado se pone
Su coraza de hierro,
Y tapa sus oídos
Con algodòn del viento.
Nunca podrá arrancársele
Un secreto.
Sus músculos de siglos
Y su cerebro
De marchitas ideas
En feto
No darán el licor que necesita
El corazòn sediento.
Pero el niño futuro
Nos dirá algún secreto
Cuando juegue en su cama
De luceros.
Y es fácil engañarle;
Por eso,
Démosle con dulzura
Nuestro seno,
Que el topo silencioso
Del presentimiento
Nos traerá sus sonajas
Cuando se esté durmiendo.
Canciòn para la luna
Blanca tortuga,
Luna dormida,
¡Qué lentamente
Caminas!
Cerrando un párpado
Cual arqueològica
Pupila.
Que quizás sea...
(Satán es tuerto)
Una reliquia,
Viva lecciòn
Para anarquistas. J
ehová acostumbra
Sembrar su finca
Con ojos muertos
Y cabecitas
De sus contrarias
Milicias.
Gobierna rígido
La Fez divina
Con su turbante
De niebla fría,
Poniendo dulces
Astros sin vida
Al rubio cuervo
Del día.
Por eso, luna,
¡Luna dormida!,
Vas protestando,
Seca de brisas,
Del gran abuso
La tiranía,
De ese Jehová
Que os encamina
Por una senda,
¡Siempre la misma!,
Mientras Él goza
En compañía
De Doña Muerte,
Que es su querida...
Blanca tortuga,
Luna dormida,
Casta Verònica
Del sol que limpias
En el ocaso
Su faz rojiza.
Ten esperanza,
Muerta pupila,
Que el gran Lenín
De tu campiña
Será la Osa
Mayor, la arisca
Fiera del cielo
Que irá tranquila
A dar su abrazo
De despedida,
Al viejo enorme
De los seis días.
Y entonces, luna
Blanca, vendría
El puro reino
De la ceniza.
(Ya habréis notado
Que soy nihilista.)
Elegía del silencio
Silencio, ¿dònde llevas
Tu cristal empañado
De risas, de palabras
Y sollozos del árbol?
¿Còmo limpias, silencio,
El rocío del canto
Y las manchas sonoras
Que los mares lejanos
Dejan sobre la albura
Serena de tu manto?
¿ Quién cierra tus heridas
Cuando sobre los campos
Alguna vieja noria
Clava su lento dardo
En tu cristal inmenso?
¿Dònde vas si al ocaso
Te hieren las campanas
Y quiebran tu remanso
Las bandadas de coplas
Y el gran rumor dorado
Que cae sobre los montes
Azules sollozando?
El aire del invierno
Hace tu azul pedazos,
Y troncha tus florestas
El lamentar callado
De alguna fuente fría.
Donde posas tus manos,
La espina de la risa
O el caluroso hachazo
De la pasiòn encuentras.
Si te vas a los astros,
El zumbido solemne
De los azules pájaros
Quiebra el gran equilibrio
De tu escondido cráneo.
Huyendo del sonido
Eres sonido mismo,
Espectro de harmonía,
Humo de grito y canto.
Vienes para decirnos
En las noches oscuras
La palabra infinita
Sin aliento y sin labios.
Taladrado de estrellas
Y maduro de música,
¿Dònde llevas, silencio,
Tu dolor extrahumano,
Dolor de estar cautivo
En la araña melòdica,
Ciego ya para siempre
Tu manantial sagrado?
Hoy arrastran tus ondas,
Turbias de pensamiento,
La ceniza sonora
Y el dolor del antaño.
Los ecos de los gritos
Que por siempre se fueron.
El estruendo remoto
Del mar, momificado.
Si Jehová se ha dormido
Sube al trono brillante,
Quiébrale en su cabeza
Un lucero apagado,
Y acaba seriamente
Con la música eterna,
La harmonía sonora
De luz, y mientras tanto,
Vuelve a tu manantial,
Donde en la noche eterna,
Antes que Dios y el Tiempo,
Manabas sosegado.
Balada de un día de Julio
Esquilones de plata
Llevan los bueyes.
—¿Dònde vas, niña mía,
De sol y nieve?
—Voy a las margaritas
Del prado verde.
-El prado está muy lejos
Y miedo tiene.
—Al airòn y ala sombra
Mi amor no teme.
—Teme al sol, niña mía,
De sol y nieve.
—Se fue de mis cabellos
Ya para siempre.
-¿Quién eres, blanca niña?
¿De dònde vienes?
-Vengo de los amores
Y de las fuentes.
Esquilones de plata
Llevan los bueyes.
-¿Qué llevas en la boca
Que se te enciende?
-La estrella de mi amante
Que vive y muere.
-¿Qué llevas en el pecho
Tan fino y leve?
—La espada de mi amante
Que vive y muere.
— ¿Qué llevas en los ojos
Negro y solemne?
-Mi pensamiento triste
Que siempre hiere.
-¿Por qué llevas un manto
Negro de muerte?
- ¡Ay, yo soy la viudita
Triste y sin bienes
Del conde del Laurel
De los Laureles!
-¿A quién buscas aquí
Si a nadie quieres?
-Busco el cuerpo del conde
De los Laureles.
-¿Tú buscas el amor,
Viudita aleve?
Tú buscas un amor
Que ojalá encuentres.
-Estrellitas del cielo
Son mis quereres.
¿Dònde hallaré a mi amante
Que vive y muere?
-Está muerto en el agua,
Niña de nieve,
Cubierto de nostalgias
Y de claveles.
-¡Ay!, caballero errante
De los cipreses,
Una noche de luna
Mi alma te ofrece.
-Ah Isis soñadora,
Niña sin mieles
La que en bocas de niños
Su cuento vierte.
Mi corazòn te ofrezco,
Corazòn tenue,
Herido por los ojos
De las mujeres.
-Caballero galante,
Con Dios te quedes.
Voy a buscar al conde
De los Laureles...
Adiòs, mi doncellita,
Rosa durmiente,
Tú vas para el amor
Y yo a la muerte.
Esquilones de plata
Llevan los bueyes.
Mi corazòn desangra
Como una fuente.
«In memoriam»
Dulce chopo,
Dulce chopo,
Te has puesto
De oro.
Ayer estabas verde,
Un verde loco
De pájaros
Gloriosos.
Hoy estás abatido
Bajo el cielo de Agosto
Como yo bajo el cielo
De mi espíritu rojo.
La fragancia cautiva
De tu tronco
Vendrá a mi corazòn
Piadoso.
¡Rudo abuelo del prado!
Nosotros,
Nos hemos puesto
De oro.
Sueño
Mi corazòn reposa junto a la fuente fría.
(Llénalo con tus hilos,
Araña del olvido.)
El agua de la fuente su canciòn le decía.
(Llénala con tus hilos,
Araña del olvido.)
Mi corazòn despierto sus amores decía.
(Araña del silencio,
Téjele tu misterio.)
El agua de la fuente lo escuchaba sombría.
(Araña del silencio,
Téjele tu misterio.)
Mi corazòn se vuelca sobre la fuente fría.
(¡Manos blancas, lejanas,
Detened a las aguas!)
Y el agua se lo lleva cantando de alegría.
(¡Manos blancas, lejanas,
Nada queda en las aguas!)
Paisaje
Las estrellas apagadas
Llenan de ceniza el río
Verdoso y frío.
La fuente no tiene trenzas.
Ya se han quemado los nidos
escondidos.
Las ranas hacen del cauce
Una siringa encantada
Desafinada.
Sale del monte la luna,
Con su cara bonachona
De jamona.
Una estrella le hace burla
Desde su casa de añil
Infantil.
El débil color rosado
Hace cursi el horizonte
Del monte,
Y observo que el laurel tiene
Cansancio de ser poético
Y profetice.
Como la hemos visto siempre,
El agua se va durmiendo,
Sonriyendo.
Todo llora por costumbre,
Todo el campo se lamenta
Sin darse cuenta.
Yo, por no desafinar,
Digo por educaciòn:
«¡Mi corazòn!».
Pero una grave tristeza
Tiñe mis labios manchados
De pecados.
Yo voy lejos del paisaje.
Hay en mi pecho una hondura
De sepultura.
Un murciélago me avisa
Que el sol se esconde doliente
En el Poniente.
¡Pater noster por mi amor!
(Llanto de las alamedas
Y arboledas.)
En el carbòn de la tarde
Miro mis ojos lejanos,
Cual milanos.
Y despeino mi alma muerta
Con arañas de miradas
Olvidadas.
Ya es de noche, y las estrellas
Clavan puñales al río
Verdoso y frío.
Noviembre
Todos los ojos
Estaban abiertos
Frente a la soledad
Despintada por el llanto.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
Los verdes cipreses
Guardaban su alma
Arrugada por el viento,
Y las palabras como guadañas
Segaban almas de flores.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
El cielo estaba marchito.
¡Oh tarde cautiva por las nubes,
Esfinge sin ojos!
Obeliscos y chimeneas
Hacían pompas de jabòn.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
Los ritmos se curvaban
Y se curvaba el aire.
Guerreros de niebla
Hacían de los árboles
Catapultas.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
¡Oh tarde,
Tarde de mi otro beso!
Tema lejano de mi sombra,
¡Sin rayo de oro!
Cascabel vacío.
Tarde desmoronada
Sobre piras de silencio.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
Preguntas
Un pleno de cigarras tiene el campo.
-¿Qué dices, Marco Aurelio,
De estas viejas filòsofas del llano?
-¡Pobre es tu pensamiento!
Corre el agua del río mansamente.
-¡Oh, Sòcrates! ¿Qué ves
En el agua que va a la amarga muerte?
-¡Pobre y triste es tu fe!
Se deshojan las rosas en el lodo.
-¡Oh, dulce Juan de Dios!
¿Qué ves en estos pétalos gloriosos?
-¡Chico es tu corazòn!
La veleta yacente
El duro corazòn de la veleta
Entre el libro del tiempo.
(Una hoja la tierra
Y otra hoja el cielo.)
Aplastòse doliente sobre letras
De tejados viejos.
Lírica flor de torre
Y luna de los vientos,
Abandona el estambre de la cruz
Y dispersa sus pétalos,
Para caer sobre las losas frías
Comida por la oruga De los ecos.
Yaces bajo una acacia.
¡Memento!
No podías latir
Porque eras de hierro...
Mas poseíste la forma,
¡Conténtate con eso!
Y húndete bajo el verde
Légamo,
En busca de tu gloria
De fuego,
Aunque te llamen tristes
Las torres desde lejos
Y oigas en las veletas
Chirriar tus compañeros.
Húndete bajo el paño
Verdoso de tu lecho,
Que ni la blanca monja,
Ni el perro,
Ni la luna menguante,
Ni el lucero,
Ni el turbio sacristán
Del convento,
Recordarán tus gritos
Del invierno.
Húndete lentamente,
Que si no, luego,
Te llevarán los hombres
De los trapos viejos.
Y ojalá pudiera darte
Por compañero
Este corazòn mío
¡Tan incierto!
Corazòn nuevo
Mi corazòn, como una sierpe,
Se ha desprendido de su piel,
Y aquí la miro entre mis dedos
Llena de heridas y de miel.
Los pensamientos que anidaron
En tus arrugas, ¿dònde están?
¿Dònde las rosas que aromaron
A Jesucristo y a Satán?
¡Pobre envoltura que ha oprimido
A mi fantástico lucero!
Gris pergamino dolorido
De lo que quise y ya no quiero.
Yo veo en ti fetos de ciencias,
Momias de versos y esqueletos
De mis antiguas inocencias
Y mis románticos secretos.
¿Te colgaré sobre los muros
De mi museo sentimental,
Junto a los gélidos y oscuros
Lirios durmientes de mi mal?
¿O te pondré sobre los pinos
— Libro doliente de mi amor—
Para que sepas de los trinos
Que da a la aurora el ruiseñor?
Se ha puesto el sol
Se ha puesto el sol.
Los árboles
Meditan como estatuas.
Ya está el trigo segado.
¡Qué tristeza
De las norias paradas!
Un perro campesino
Quiere comerse a Venus, y le ladra.
Brilla sobre su campo de pre-beso,
Como una gran manzana.
Los mosquitos -pegasos del rocío -
Vuelan, el aire en calma.
La Penélope inmensa de la luz
Teje una noche clara.
Hijas mías, dormid, que viene el lobo,
Las ovejitas balan.
¿Ha llegado el otoño, compañeras?,
Dice una flor ajada.
¡Ya vendrán los pastores con sus nidos
Por la sierra lejana!
Ya jugarán las niñas en la puerta
De la vieja posada,
Y habrá coplas de amor
Que ya se saben
de memoria las casas.
Pajarita de papel
¡Oh pajarita de papel!
Águila de los niños.
Con las plumas de letras,
Sin palomo
y sin nido.
Las manos aún mojadas de misterio
Te crean en un frío
Anochecer de otoño, cuando mueren
Los pájaros y el ruido
De la lluvia nos hace amar la lámpara,
El corazòn y el libro.
Naces para vivir unos minutos
En el frágil castillo
De naipes que se eleva tembloroso
Como el tallo de un lirio,
Y meditas allí, ciega y sin alas,
Que pudiste haber sido
El atleta grotesco que sonríe
Ahorcado por un hilo,
El barco silencioso sin remeros ni velamen,
El lírico
Buque fantasma del miedoso insecto,
O el triste borriquito
Que escarnecen, haciéndolo pegaso,
Los soplos de los niños.
Pero en medio de tu meditaciòn
Van gotas de humorismo.
Hecha con la corteza de la ciencia
Te ríes del destino,
Y gritas: Blancaflor no muere nunca,
Ni se muere Luisito.
La mañana es eterna, es eterna
La fuente del rocío.
Y aunque no crees en nada dices esto,
No se enteren los niños
De que hay sombra detrás de las estrellas
Y sombra en tu castillo.
En medio de la mesa, al derrumbarse
Tu azul mansiòn, has visto
Que el milano te mira ansiosamente:
Es un recién nacido.
Una pompa de espuma sobre el agua
Del sufrimiento vivo.
Y tú vas a sus labios luminosos
Mientras ríen los niños,
Y callan los papas, no sea despierten
Los dolores vecinos.
Así, pájaro clown, desapareces
Para nacer en otro sitio.
Así, pájaro esfinge, das tu alma
De ave fénix al limbo.
Madrigal
Mi beso era una granada,
Profunda y abierta;
Tu boca era rosa
De papel.
El fondo un campo de nieve.
Mis manos eran hierros
Para los yunques;
Tu cuerpo era el ocaso
De una campanada.
El fondo un campo de nieve.
En la agujereada
Calavera azul
Hicieron estalactitas
Mis te quiero.
El fondo un campo de nieve.
Llenáronse de moho
Mis sueños infantiles,
Y taladrò a la luna
Mi dolor salomònico.
El fondo un campo de nieve.
Ahora amaestro grave
A la alta escuela,
A mi amor y a mis sueños
(Caballitos sin ojos).
Y el fondo es un campo de nieve.
Una campana
Una campana serena,
Crucificada en su ritmo,
Define a la mañana
Con peluca de niebla
Y arroyos de lágrimas.
Mi viejo chopo,
Turbio de ruiseñores,
Esperaba
Poner entre las hierbas
Sus ramas
Mucho antes que el otoño
Lo dorara.
Pero los puntales
De mis miradas
Lo sostenían.
¡Viejo chopo, aguarda!
¿No sientes la madera
De mi amor desgarrada?
Tiéndete en la pradera
Cuando cruja mi alma,
Que un vendaval de besos
Y palabras
Ha dejado rendida,
Lacerada.
Consulta
¡Pasionaria azul!
Yunque de mariposas.
¿Vives bien en el limo
De las horas?
(¡Oh poeta infantil,
Quiebra tu reloj!)
Clara estrella azul,
Ombligo de la aurora.
¿Vives bien en la espuma
De la sombra?
(¡Oh poeta infantil,
Quiebra tu reloj!)
Corazòn azulado,
Lámpara de mi alcoba.
¿Lates bien sin mi sangre
Filarmònica?
(¡Oh poeta infantil,
Quiebra tu reloj!)
Os comprendo y me dejo
Arrumbado en la còmoda
Al insecto del tiempo.
Sus metálicas gotas
No se oirán en la calma
De mi alcoba.
Me dormiré tranquilo
Como dormís vosotras,
Pasionarias y estrellas,
Que al fin la mariposa,
Volará en la corriente
De las horas
Mientras nace en mi tronco
La rosa.
Tarde
Tarde lluviosa en gris cansado,
Y sigue el caminar.
Los árboles marchitos.
Mi cuarto, solitario.
Y los retratos viejos
Y el libro sin cortar...
Chorrea la tristeza por los muebles
Y por mi alma.
Quizá,
No tenga para mí Naturaleza
El pecho de cristal.
Y me duele la carne del corazòn
Y la carne del alma.
Y al hablar,
Se quedan mis palabras en el aire
Como corchos sobre agua.
Sòlo por tus ojos
Sufro yo este mal,
Tristezas de antaño
Y las que vendrán.
Tarde lluviosa en gris cansado,
Y sigue el caminar.
Hay almas que tienen.
Hay almas que tienen
Azules luceros,
Mañanas marchitas
Entre hojas del tiempo,
Y castos rincones
Que guardan un viejo
Rumor de nostalgias
Y sueños.
Otras almas tienen
Dolientes espectros
De pasiones. Frutas
Con gusanos. Ecos
De una voz quemada
Que viene de lejos
Como una corriente
De sombra. Recuerdos
Vacíos de llanto,
Y migajas de besos.
Mi alma está madura
Hace mucho tiempo,
Y se desmorona
Turbia de misterio.
Piedras juveniles
Roídas de ensueño
Caen sobre las aguas
De mis pensamientos.
Cada piedra dice:
¡Dios está muy lejos!
Pròlogo
Mi corazòn está aquí,
Dios mío.
Hunde tu cetro en él, Señor.
Es un membrillo
Demasiado otoñal
Y está podrido.
Arranca los esqueletos
De los gavilanes líricos
Que tanto, tanto lo hirieron,
Y si acaso tienes pico
Mòndale su corteza
De Hastío.
Mas si no quieres hacerlo,
Me da lo mismo,
Guárdate tu cielo azul,
Que es tan aburrido,
El rigodòn de los astros
Y tu Infinito,
Que yo pediré prestado
El corazòn a un amigo.
Un corazòn con arroyos
Y pinos,
Y un ruiseñor de hierro
Que resista
El martillo
De los siglos.
Además, Satanás me quiere mucho,
Fue compañero mío
En un examen de
Lujuria, y el picaro,
Buscará a Margarita
—Me lo tiene ofrecido-,
Margarita morena,
Sobre un fondo de viejos olivos,
Con dos trenzas de noche
De Estío,
Para que yo desgarre
Sus muslos limpios.
Y entonces, ¡oh Señor!,
Seré tan rico
O más que tú,
Porque el vacío
No puede compararse
Al vino
Con que Satán obsequia
A sus buenos amigos.
Licor hecho con llanto.
¡Qué más da!
Es lo mismo
Que tu licor compuesto
De trinos.
Dime, Señor,
¡Dios mío!
¿Nos hundes en la sombra
Del abismo?
¿Somos pájaros ciegos
Sin nidos?
La luz se va apagando.
¿Y el aceite divino?
Las olas agonizan.
¿Has querido
Jugar como si fuéramos
Soldaditos?
Dime, Señor,
¡Dios mío!
¿No llega el dolor nuestro
A tus oídos?
¿No han hecho las blasfemias
Babeles sin ladrillos
Para herirte, o te gustan
Los gritos?
¿Estás sordo? ¿Estás ciego?
¿O eres bizco
De espíritu
Y ves el alma humana
Con tonos invertidos?
¡Oh Señor soñoliento!
¡Mira mi corazòn
Frío
Como un membrillo
Demasiado otoñal
Que está podrido!
Si tu luz va a llegar,
Abre los ojos vivos;
Pero si continúas
Dormido,
Ven, Satanás errante,
Sangriento peregrino,
Ponme la Margarita
Morena en los olivos
Con las trenzas de noche
De Estío,
Que yo sabré encenderle
Sus ojos pensativos
Con mis besos manchados
De lirios.
Y oiré una tarde ciega
Mi ¡Enrique! ¡Enrique!
Lírico,
Mientras todos mis sueños
Se llenan de rocío.
Aquí, Señor, te dejo
Mi corazòn antiguo,
Voy a pedir prestado
Otro nuevo a un amigo.
Corazòn con arroyos
Y pinos.
Corazòn sin culebras
Ni lirios.
Robusto, con la gracia
De un joven campesino,
Que atraviesa de un salto
El río.
Balada interior
A Gabriel
El corazòn
Que tenía en la escuela
Donde estuvo pintada
La cartilla primera,
¿Está en ti,
Noche negra ?
(Frío, frío,
Como el agua
Del río.)
El primer beso
Que supo a beso y fue
Para mis labios niños
Como la lluvia fresca,
¿Está en ti,
Noche negra?
(Frío, frío,
Como el agua
Del río.)
Mi primer verso,
La niña de las trenzas
Que miraba de frente,
¿Está en ti,
Noche negra?
(Frío, frío,
Como el agua
Del río.)
Pero mi corazòn
Roído de culebras,
El que estuvo colgado
Del árbol de la ciencia,
¿Está en ti,
Noche negra?
(Caliente, caliente,
Como el agua
De la fuente.)
Mi amor errante,
Castillo sin firmeza,
De sombras enmohecidas,
¿Está en ti,
Noche negra?
(Caliente, caliente,
Como el agua
De la fuente.)
¡Oh, gran dolor!
Admites en tu cueva
Nada más que la sombra.
¿Es cierto,
Noche negra?
(Caliente, caliente,
Como el agua
De la fuente.)
¡Oh, corazòn perdido!
¡Réquiem aeternam!
El lagarto viejo
En la agostada senda
He visto al buen lagarto
(Gota de cocodrilo)
Meditando.
Con su verde levita
De abate del diablo,
Su talante correcto
Y su cuello planchado,
Tiene un aire muy triste
De viejo catedrático.
¡Esos ojos marchitos
De artista fracasado
Còmo miran la tarde
Desmayada!
¿Es éste su paseo
Crepuscular, amigo?
Usad bastòn, ya estáis
Muy viejo, Don Lagarto,
Y los niños del pueblo
Pueden daros un susto.
¿Qué buscáis en la senda,
Filòsofo cegato,
Si el fantasma indeciso
De la tarde agosteña
Ha roto el horizonte?
¿Buscáis la azul limosna
Del cielo moribundo?
¿Un céntimo de estrella?
¿O acaso
Estudiasteis un libro
De Lamartine, y os gustan
Los trinos platerescos
De los pájaros?
(Miras al sol poniente,
Y tus ojos relucen,
¡Oh, dragòn de las ranas!,
Con un fulgor humano.
Las gòndolas sin remos
De las ideas, cruzan
El agua tenebrosa
De tus iris quemados.)
¿Venís quizá en la busca
De la bella lagarta,
Verde como los trigos
De Mayo,
Como las cabelleras
De las fuentes dormidas,
Que os despreciaba, y luego
Se fue de vuestro campo?
¡Oh, dulce idilio roto
Sobre la fresca juncia!
¡Pero vivir! ¡qué diantre!
Me habéis sido simpático.
El lema de «me opongo
A la serpiente» triunfa
En esa gran papada
De arzobispo cristiano.
Ya se ha disuelto el sol
En la copa del monte,
Y enturbian el camino
Los rebaños.
Es hora de marcharse,
Dejad la angosta senda
Y no continuéis
Meditando,
Que lugar tendréis luego
De mirar las estrellas
Cuando os coman sin prisa
Los gusanos.
¡Volved a vuestra casa
Bajo el pueblo de grillos!
¡Buenas noches, amigo
Don Lagarto!
Ya está el campo sin gente,
Los montes apagados
Y el camino desierto;
Sòlo de cuando en cuando
Canta un cuco en la umbría
De los álamos.
Patio húmedo
Las arañas
iban por los laureles.
La casualidad
Se va tornando en nieve,
Y los años dormidos
Ya se atreven
A clavar los telares
Del siempre.
La Quietud hecha esfinge
Se ríe de la Muerte
Que canta melancòlica
En un grupo
De lejanos cipreses.
La yedra de las gotas
Tapiza las paredes
Empapadas de arcaicos
Misereres.
¡Oh, torre vieja!
Llora
Tus lágrimas mudejares
Sobre este grave patio
Que no tiene fuente.
Las arañas
Iban por los laureles.
Balada de la placeta
Cantan los niños
En la noche quieta:
¡Arroyo claro,
Fuente serena!
Los niños
¿ Qué tiene tu divino
Corazòn en fiesta?
Yo
Un doblar de campanas
Perdidas en la niebla.
Los niños
Ya nos dejas cantando
En la plazuela.
¡Arroyo claro,
Fuente serena!
¿Qué tienes en tus manos
De primavera?
Yo
Una rosa de sangre
Y una azucena.
Los niños
Mòjalas en el agua
De la canciòn añeja.
¡Arroyo claro,
Fuente serena!
¿Qué sientes en tu boca
Roja y sedienta?
Yo
El sabor de los huesos
De mi gran calavera.
Los niños
Bebe el agua tranquila
De la canciòn añeja.
¡Arroyo claro,
Fuente serena!
¿Por qué te vas tan lejos
De la plazuela?
Yo
¡Voy en busca de magos
Y de princesas!
Los niños
¿Quién te enseñò el camino
De los poetas?
Yo
La fuente y el arroyo
De la canciòn añeja.
Los niños
¿Te vas lejos, muy lejos
Del mar y de la tierra?
Yo
Se ha llenado de luces
Mi corazòn de seda,
De campanas perdidas,
De lirios y de abejas.
Y yo me iré muy lejos,
Más allá de esas sierras,
Más allá de los mares,
Cerca de las estrellas,
Para pedirle a Cristo
Señor que me devuelva
Mi alma antigua de niño,
Madura de leyendas,
Con el gorro de plumas
Y el sable de madera.
Los niños
Ya nos dejas cantando
En la plazuela.
¡Arroyo claro,
Fuente serena!
Las pupilas enormes
De las frondas resecas,
Heridas por el viento,
Lloran las hojas muertas.
Encrucijada
¡Oh, qué dolor el tener
Versos en la lejanía
De la pasiòn, y el cerebro
Todo manchado de tinta!
¡Oh, qué dolor no tener
La fantástica camisa
Del hombre feliz: la piel
-Alfombra del sol- curtida!
(Alrededor de mis ojos
Bandadas de letras giran.)
¡Oh, qué dolor el dolor
Antiguo de la poesía,
Este dolor pegajoso
Tan lejos del agua limpia!
¡Oh dolor de lamentarse
Por sorber la vena lírica!
¡Oh dolor de fuente ciega
Y molino sin harina!
¡Oh, qué dolor no tener
Dolor y pasar la vida
Sobre la hierba incolora
De la vereda indecisa!
¡Oh, el más profundo dolor,
El dolor de la alegría,
Reja que nos abre surcos
Donde el llanto fructifica!
(Por un monte de papel
Asoma la luna fría.)
¡Oh dolor de la verdad!
¡Oh dolor de la mentira!
Hora de estrellas
El silencio redondo de la noche
Sobre el pentagrama
Del infinito.
Yo me salgo desnudo a la calle,
Maduro de versos
Perdidos.
Lo negro, acribillado
Por el canto del grillo,
Tiene ese fuego fatuo,
Muerto,
Del sonido.
Esa luz musical
Que percibe
El espíritu.
Los esqueletos de mil mariposas
Duermen en mi recinto.
Hay una juventud de brisas locas
Sobre el río.
El camino
No conseguirá nunca
Tu lanza
Herir al horizonte.
La montaña
Es un escudo
Que lo guarda.
No sueñes con la sangre de la luna
Y descansa.
Pero deja, camino,
Que mis plantas
Exploren la caricia
De la rociada.
¡Quiromántico enorme!
¿Conocerás las almas
Por el débil tatuaje
Que olvidan en tu espalda?
Si eres un Flammaríòn
De las pisadas,
¡Còmo debes amar
A los asnos que pasan
Acariciando con ternura humilde
Tu carne desgarrada!
Ellos solos meditan donde puede
Llegar tu enorme lanza.
Ellos solos, que son
Los Bhudas de la Fauna,
Cuando viejos y heridos deletrean
Tu libro sin palabras.
¡Cuánta melancolía
Tienes entre las casas
Del poblado!
¡Qué clara
Es tu virtud! Aguantas
Cuatro carros dormidos,
Dos acacias,
Y un pozo del antaño
Que no tiene agua.
Dando vueltas al mundo,
No encontrarás posada.
No tendrás camposanto
Ni mortaja,
Ni el aire del amor renovará
Tu sustancia.
Pero sal de los campos
Y en la negra distancia
De lo eterno, si tallas
La sombra con tu lima
Blanca, ¡oh, camino!,
¡Pasarás por el puente
De Santa Clara!
El concierto interrumpido
A Adolfo Salazar
Ha roto la armonía
De la noche profunda,
El calderòn helado y soñoliento
De la media luna.
Las acequias protestan sordamente,
Arropadas con juncias,
Y las ranas, muecines de la sombra,
Se han quedado mudas.
En la vieja taberna del poblado
Cesò la triste música,
Y ha puesto la sordina a su aristòn
La estrella más antigua.
El viento se ha sentado en los toréales
De la montaña oscura,
Y un chopo solitario -el Pitágoras
De la casta llanura -
Quiere dar, con su mano centenaria,
Un cachete a la luna.
Canciòn oriental
Es la granada olorosa
Un cielo cristalizado.
(Cada grano es una estrella,
Cada velo es un ocaso.)
Cielo seco y comprimido
Por la garra de los años.
La granada es como un seno
Viejo y apergaminado,
Cuyo pezòn se hizo estrella
Para iluminar el campo.
Es colmena diminuta
Con panal ensangrentado,
Pues con bocas de mujeres
Sus abejas la formaron.
Por eso al estallar, ríe
Con púrpuras de mil labios..
La granada es corazòn
Que late sobre el sembrado,
Un corazòn desdeñoso
Donde no pican los pájaros,
Un corazòn que por fuera
Es duro como el humano,
Pero da al que lo traspasa
Olor y sangre de mayo.
La granada es el tesoro
Del viejo gnomo del prado,
El que hablò con niña Rosa,
En el bosque solitario, Aquel de la blanca barba
Y del traje colorado.
Es el tesoro que aún guardan Las verdes hojas del árbol.
Arca de piedras preciosas
En entraña de oro vago.
La espiga es el pan. Es Cristo
En vida y muerte cuajado.
El olivo es la firmeza
De la fuerza y el trabajo.
La manzana es lo carnal,
Fruta esfinge del pecado,
Gota de siglos que guarda De Satanás el contacto.
La naranja es la tristeza
Del azahar profanado,
Pues se torna fuego y oro
Lo que antes fue puro y blanco.
Las vides son la lujuria
Que se cuaja en el verano,
De las que la Iglesia saca,
Con bendiciòn, licor santo.
Las castañas son la paz
Del hogar. Cosas de antaño.
Crepitar de leños viejos,
Peregrinos descarriados.
La bellota es la serena
Poesía de lo rancio,
Y el membrillo de oro débil
La limpieza de lo sano.
Mas la granada es la sangre,
Sangre del cielo sagrado,
Sangre de la tierra herida
Por la aguja del regato.
Sangre del viento que viene
Del rudo monte arañado.
Sangre de la mar tranquila,
Sangre del dormido lago.
La granada es la prehistoria
De la sangre que llevamos,
La idea de sangre, encerrada
En glòbulo duro y agrio,
Que tiene una vaga forma
De corazòn y de cráneo.
¡Oh granada abierta!, que eres
Una llama sobre el árbol,
Hermana en carne de Venus,
Risa del huerto oreado.
Te cercan las mariposas
Creyéndote sol parado,
Y por miedo de quemarse
Huyen de ti los gusanos.
Porque eres luz de la vida,
Hembra de las frutas.
Claro Lucero de la floresta,
Del arroyo enamorado.
¡Quién fuera como tú, fruta,
Todo pasiòn sobre el campo!
Chopo muerto
¡Chopo viejo!
Has caído
En el espejo
Del remanso dormido,
Abatiendo tu frente
Ante el poniente.
No fue el vendaval ronco
El que rompiò tu tronco,
Ni fue el hachazo grave
Del leñador, que sabe
Has de volver
A nacer.
Fue tu espíritu fuerte
El que llamò a la muerte,
Al hallarte sin nidos, olvidado
De los chopos infantes del prado.
Fue que estabas sediento
De pensamiento,
Y tu enorme cabeza centenaria,
Solitaria,
Escuchaba los lejanos
Cantos de tus hermanos.
En tu cuerpo guardabas
Las lavas
De tu pasiòn,
Y en tu corazòn,
El semen sin futuro de Pegaso.
La terrible simiente
De un amor inocente
Por el sol del ocaso.
¡Qué amargura tan honda
Para el paisaje,
El héroe de la fronda
Sin ramaje!
Ya no serás la cuna
De la luna,
Ni la mágica risa
De la brisa,
Ni el bastòn de un lucero
Caballero.
No tornará la primavera
De tu vida,
Ni verás la sementera
Florecida.
Serás nidal de ranas
Y de hormigas.
Tendrás por verdes canas
Las ortigas,
Y un día la corriente
Sonriente
Llevará tu corteza
Con tristeza.
¡Chopo viejo!
Has caído
En el espejo
Del remanso dormido.
Yo te vi descender
En el atardecer,
Y escribo tu elegía,
Que es la mía.
Campo
El cielo es de ceniza.
Los árboles son blancos,
Y son negros carbones
Los rastrojos quemados.
Tiene sangre reseca
La herida del Ocaso,
Y el papel incoloro
Del monte, está arrugado.
El polvo del camino
Se esconde en los barrancos.
Están las fuentes turbias
Y quietos los remansos.
Suena en un gris rojizo
La esquila del rebaño,
Y la noria materna
Acabò su rosario.
El cielo es de ceniza.
Los árboles son blancos.
La balada del agua del mar
A Emilio Prados
(Cazador de nubes)
El mar,
Sonríe a lo lejos.
Dientes de espuma,
Labios de cielo.
-¿Qué vendes, oh joven turbia,
Con los senos al aire?
-Vendo, señor, el agua
De los mares.
-¿Qué llevas, oh negro joven,
Mezclado con tu sangre?
-Llevo, señor, el agua
De los mares.
-¿Esas lágrimas salobres
De dònde vienen, madre?
-Lloro, señor, el agua
De los mares.
-Corazòn, y esta amargura
Seria, ¿de dònde nace?
- ¡Amarga mucho el agua
De los mares!
El mar,
Sonríe a lo lejos.
Dientes de espuma,
Labios de cielo.
Árboles
¡Árboles!
¿Habéis sido flechas
Caídas del azul?
¿Qué terribles guerreros os lanzaron?
¿Han sido las estrellas?
Vuestras músicas vienen del alma de los pájaros,
De los ojos de Dios,
De la pasiòn perfecta.
¡Árboles!
¿Conocerán vuestras raíces toscas
Mi corazòn en tierra?
La luna y la muerte
La luna tiene dientes de marfil.
¡Qué vieja y triste asoma!
Están los cauces secos,
Los campos sin verdores
Y los árboles mustios
Sin nidos y sin hojas.
Doña Muerte, arrugada,
Pasea por sauzales
Con su absurdo cortejo
De ilusiones remotas.
Va vendiendo colores
De cera y de tormenta
Como un hada de cuento
Mala y enredadora.
La luna le ha comprado
Pinturas a la Muerte.
En esta noche turbia
¡Está la luna loca!
Yo mientras tanto pongo
En mi pecho sombrío
Una feria sin músicas
Con las tiendas de sombra.
Madrigal
Yo te miré a los ojos
Cuando era niño y bueno.
Tus manos me rozaron
Y me distes un beso.
(Los relojes llevan la misma cadencia,
Y las noches tienen las mismas estrellas.)
Y se abriò mi corazòn
Como una flor bajo el cielo,
Los pétalos de lujuria
Y los estambres de sueño.
(Los relojes llevan la misma cadencia,
Y las noches tienen las mismas estrellas.)
En mi cuarto sollozaba
Como el príncipe del cuento
Por Estrellita de Oro
Que se fue de los torneos.
(Los relojes llevan la misma cadencia,
Y las noches tienen las mismas estrellas.)
Yo me alejé de tu lado
Queriéndote sin saberlo.
No sé còmo son tus ojos,
Tus manos ni tus cabellos.
Sòlo me queda en la frente
La mariposa del beso.
(Los relojes llevan la misma cadencia,
Y las noches tienen las mismas estrellas.)
Deseo
Sòlo tu corazòn caliente,
Y nada más.
Mi paraíso un campo
Sin ruiseñor
Ni liras,
Con un río discreto
Y una fuentecilla.
Sin la espuela del viento
Sobre la fronda,
Ni la estrella que quiere
Ser hoja.
Una enorme luz
Que fuera
Luciérnaga
De otra,
En un campo de
Miradas rotas.
Un reposo claro
Y allí nuestros besos,
Lunares sonoros
Del eco,
Se abrirían muy lejos
Y tu corazòn caliente,
Nada más.
Los álamos de plata
Los álamos de plata
Se inclinan sobre el agua.
Ellos todo lo saben pero nunca hablarán.
El lirio de la fuente
No grita su tristeza.
¡Todo es más digno que la humanidad!
La ciencia del silencio frente al cielo estrellado,
La posee la flor y el insecto no más.
La ciencia de los cantos por los cantos, la tienen
Los bosques rumorosos
Y las aguas del mar.
El silencio profundo de la vida en la tierra,
Nos lo enseña la rosa
Abierta en el rosal.
¡Hay que dar el perfume
Que encierran nuestras almas!
Hay que ser todo cantos,
Todo luz y bondad.
¡Hay que abrirse del todo
Frente a la noche negra,
Para que nos llenemos de rocío inmortal!
¡Hay que acostar al cuerpo
Dentro del alma inquieta!
Hay que cegar los ojos con luz de más allá.
Tenemos que asomarnos
A la sombra del pecho,
Y arrancar las estrellas que nos puso Satán,
Hay que ser como el árbol
Que siempre está rezando,
Como el agua del cauce Fija en la eternidad.
¡Hay que arañarse el alma con garras de tristeza
Para que entren las llamas Del horizonte astral!
Brotaría en la sombra del amor carcomido,
Una fuente de aurora
Tranquila y maternal.
Desaparecerían ciudades en el viento
Y a Dios en una nube
Veríamos pasar.
Espigas
El trigal se ha entregado a la muerte.
Ya las hoces cortan las espigas. Cabecean los chopos hablando
Con el alma sutil de la brisa.
El trigal sòlo quiere silencio.
Se cuajò con el sol, y suspira
Por el amplio elemento en que moran
Los ensueños despiertos.
El día,
Ya maduro de luz y sonido,
Por los montes azules declina.
¿Qué misterioso pensamiento
Conmueve a las espigas?
¿Qué ritmo de tristeza soñadora Los trigales agita?...
¡Parecen las espigas viejos pájaros
Que no pueden volar!
Son cabecitas
Que tienen el cerebro de oro puro
Y expresiones tranquilas.
Todas piensan lo mismo,
todas llevan
Un secreto profundo que meditan.
Arrancan a la tierra su oro vivo
Y, cual dulces abejas del sol, liban
El rayo abrasador con que se visten
Para formar el alma de la harina.
¡Oh, qué alegre tristeza me causáis,
Dulcísimas espigas!
Venís de las edades más profundas,
Cantasteis en la Biblia,
Y tocáis cuando os rozan los silencios
Un concierto de liras.
Brotáis para alimento de los hombres,
¡Pero mirad las blancas margaritas
Y lo lirios que nacen porque sí!
¡Momias de oro sobre las campiñas!
La flor silvestre nace para el Sueño
Y vosotras nacéis para la vida.
Meditaciòn bajo la lluvia
A José Mora
Ha besado la lluvia al jardín provinciano
Dejando emocionantes cadencias en las hojas.
El aroma sereno de la tierra mojada,
Inunda al corazòn de tristeza remota.
Se rasgan nubes grises en el mudo horizonte.
Sobre el agua dormida de la fuente, las gotas
Se clavan, levantando claras perlas de espuma.
Fuegos fatuos, que apaga el temblor de las ondas.
La pena de la tarde estremece a mi pena.
Se ha llenado el jardín de ternura monòtona.
¿Todo mi sufrimiento se ha de perder, Dios mío,
Como se pierde el dulce sonido de las frondas?
¿Todo el eco de estrellas que guardo sobre el alma
Será luz que me ayude a luchar con mi forma?
¿Y el alma verdadera se despierta en la muerte?
¿Y esto que ahora pensamos se lo traga la sombra?
¡Oh, qué tranquilidad del jardín con la lluvia!
Todo el paisaje casto mi corazòn transforma,
En un ruido de ideas humildes y apenadas
Que pone en mis entrañas un batir de palomas.
Sale el sol.
El jardín desangra en amarillo.
Late sobre el ambiente una pena que ahoga.
Yo siento la nostalgia de mi infancia intranquila,
Mi ilusiòn de ser grande en el amor, las horas
Pasadas como ésta contemplando la lluvia Con tristeza nativa.
Caperucita roja
Iba por el sendero...
Se fueron mis historias, hoy medito, confuso,
Ante la fuente turbia que del amor me brota.
¿Todo mi sufrimiento se ha de perder, Dios mío,
Como se pierde el dulce sonido de las frondas?
Vuelve a llover.
El viento va trayendo a las sombras.
Manantial
Fragmento
La sombra se ha dormido en la pradera.
Los manantiales cantan.
Frente al ancho crepúsculo de invierno
Mi corazòn soñaba.
¿Quién pudiera entender los manantiales,
El secreto del agua
Recién nacida, ese cantar oculto
A todas las miradas
Del espíritu, dulce melodía
Más allá de las almas?...
Luchando bajo el peso de la sombra
Un manantial cantaba.
Yo me acerqué para escuchar su canto,
Pero mi corazòn no entiende nada.
Era un brotar de estrellas invisibles
Sobre la hierba casta,
Nacimiento del Verbo de la tierra
Por un sexo sin mancha.
Mi chopo centenario de la vega
Sus hojas meneaba
Y eran las hojas trémulas de ocaso
Como estrellas de plata.
El resumen de un cielo de verano
Era el gran chopo.
Mansas
Y turbias de penumbra yo sentía
Las canciones del agua.
¿Qué alfabeto de auroras ha compuesto
Sus ocultas palabras?
¿Qué labios las pronuncian? ¿Y qué dicen
A la estrella lejana?
¡Mi corazòn es malo, Señor! Siento en mi carne
La inaplacable brasa
Del pecado. Mis mares interiores
Se quedaron sin playas.
Tu faro se apagò. ¡Ya los alumbra
Mi corazòn de llamas!
Pero el negro secreto de la noche
Y el secreto del agua
¿Son misterios tan sòlo para el ojo
De la conciencia humana?
¿La niebla del misterio no estremece
Al árbol, el insecto y la montaña?
¿El terror de la sombra no lo sienten
Las piedras y las plantas?
¿Es sonido tan sòlo esta voz mía?
¿Y el casto manantial no dice nada?
Mas yo siento en el agua
Algo que me estremece... como un aire
Que agita los ramajes de mi alma.
¡Sé árbol!
(dijo una voz en la distancia).
Y hubo un torrente de luceros Sobre el cielo sin mancha.
Yo me incrusté en el chopo centenario
Con tristeza y con ansia,
Cual Dafne varonil que huye miedosa
De un Apolo de sombra y de nostalgia.
Mi espíritu fundiòse con las hojas
Y fue mi sangre savia.
En untosa resina convirtiòse
La fuente de mis lágrimas.
El corazòn se fue con las raíces,
Y mi pasiòn humana,
Haciendo heridas en la ruda carne
Fugaz me abandonaba.
Frente al ancho crepúsculo de invierno
Yo torcía las ramas.
Gozando de los ritmos ignorados
Entre la brisa helada.
Sentí sobre mis brazos dulces nidos,
Acariciar de alas,
Y sentí mil abejas campesinas
Que en mis dedos zumbaban.
¡Tenía una colmena de oro vivo
En las viejas entrañas!
El paisaje y la tierra se perdieron,
Sòlo el cielo quedaba,
Y escuché el débil ruido de los astros
Y el respirar de las montañas.
¿No podrán comprender mis dulces hojas
El secreto del agua?
¿Llegarán mis raíces a los reinos
Donde nace y se cuaja?
Incliné mis ramajes hacia el cielo
Que las ondas copiaban,
Mojé las hojas en el cristalino
Diamante azul que canta,
Y sentí borbotar los manantiales
Como de humano yo los, escuchara.
Era el mismo fluir lleno de música
Y de ciencia ignorada.
Al levantar mis brazos gigantescos
Frente al azul, estaba
Lleno de niebla espesa, de rocío
Y de luz marchitada.
Tuve la gran tristeza vegetal,
El amor a las alas,
Para poder lanzarse con los vientos
A las estrellas blancas.
Pero mi corazòn en las raíces
Triste me murmuraba:
Si no comprendes a los manantiales
¡Muere y troncha tus ramas!
¡Señor, arráncame del suelo! ¡Dame oídos
Que entiendan a las aguas!
Dame una voz que por amor arranque
Su secreto a las ondas encantadas;
Para encender tu faro sòlo pido
Aceite de palabras.
¡Sé ruiseñor!, dice una voz perdida
En la muerta distancia,
Y un torrente de cálidos luceros
Brotò del seno que la noche guarda.
..................................
..................................
Mar
El mar es
El Lucifer del azul.
El cielo caído
Por querer ser la luz.
¡Pobre mar condenado
A eterno movimiento,
Habiendo antes estado
Quieto en el firmamento!
Pero de tu amargura
Te redimiò el amor.
Pariste a Venus pura,
Y quedòse tu hondura
Virgen y sin dolor.
Tus tristezas son bellas,
Mar de espasmos gloriosos.
Mas hoy en vez de estrellas
Tienes pulpos verdosos.
Aguanta tu sufrir,
Formidable Satán.
Cristo anduvo por ti,
Mas también lo hizo Pan.
La estrella Venus es
La harmonía del mundo.
¡Calle el Eclesiastés!
Venus es lo profundo
Del alma...
...Y el hombre miserable
Es un ángel caído.
La tierra es el probable
Paraíso perdido.
Sueño
Iba yo montado sobre
Un macho cabrío.
El abuelo me hablò
Y me dijo:
Ése es tu camino.
¡Es ése!, gritò mi sombra,
Disfrazada de mendigo.
¡Es aquel de oro, dijeron
Mis vestidos!
Un gran cisne me guiñò,
Diciendo: ¡Vente conmigo!
Y una serpiente mordía
Mi sayal de peregrino.
Mirando al cielo, pensaba:
Yo no tengo camino.
Las rosas del fin serán
Como las del principio.
En niebla se convierte
La carne y el rocío.
Mi caballo fantástico me lleva
Por un campo rojizo.
¡Déjame!, clamò, llorando,
Mi corazòn pensativo.
Yo lo abandoné en la tierra,
Lleno de tristeza.
Vino
La noche, llena de arrugas
Y de sombras.
Alumbran el camino,
Los ojos luminosos y azulados
De mi macho cabrío.
Otro sueño
¡Una golondrina vuela
Hacia muy lejos!...
Hay floraciones de rocío
Sobre mi sueño,
Y mi corazòn da vueltas,
Lleno de tedio,
Como un tiovivo en que la Muerte
Pasea a sus hijuelos.
¡Quisiera en estos árboles
Atar al tiempo
Con un cable de noche negra,
Y pintar luego
Con mi sangre las riberas
Pálidas de mis recuerdos!
¿Cuántos hijos tiene la Muerte?
¡Todos están en mi pecho!
¡Una golondrina viene De muy lejos!
Encina
Bajo tu casta sombra, encina vieja,
Quiero sondar la fuente de mi vida
Y sacar de los fangos de mi sombra
Las esmeraldas líricas.
Echo mis redes sobre el agua turbia
Y las saco vacías.
¡Más abajo del cieno tenebroso
Están mis pedrerías!
¡Hunde en mi pecho tus ramajes santos,
Oh solitaria encina,
Y deja en mi sub-alma
Tus secretos y tu pasiòn tranquila!
Esta tristeza juvenil se pasa,
¡Ya lo sé! La alegría
Otra vez dejará sus guirnaldas
Sobre mi frente herida,
Aunque nunca mis redes pescarán
La oculta pedrería
De tristeza inconsciente que reluce
Al fondo de mi vida.
Pero mi gran dolor trascendental
Es tu dolor, encina.
Es el mismo dolor de las estrellas
Y de la flor marchita.
Mis lágrimas resbalan a la tierra
Y, como tus resinas,
Corren sobre las aguas del gran cauce
Que va a la noche fría.
Y nosotros también resbalaremos,
Yo con mis pedrerías,
Y tú plenas las ramas de invisibles
Bellotas metafísicas.
No me abandones nunca en mis pesares,
Esquelética amiga.
Cántame con tu boca vieja y casta
Una canciòn anticua -
Con palabras de tierra entrelazadas
En la azul melodía.
Vuelvo otra vez a echar las redes sobre
La fuente de mi vida,
Redes hechas con hilos de esperanza,
Nudos de poesía,
Y saco piedras falsas entre un cieno
De pasiones dormidas.
Con el sol del otoño toda el agua
De mi fontana vibra,
Y noto que sacando sus raíces
Huye de mí la encina.
Invocaciòn al laurel
A Pepe Cienfuegos
Por el horizonte confuso y doliente
Venía la noche preñada de estrellas.
Yo, como el barbudo mago de los cuentos,
Sabía lenguajes de flores y piedras.
Aprendí secretos de melancolía,
Dichos por cipreses, ortigas y yedras;
Supe del ensueño por boca del nardo,
Canté con los lirios canciones serenas.
En el bosque antiguo, lleno de negrura,
Todos me mostraban sus almas cual eran:
El pinar, borracho de aroma y sonido;
Los olivos viejos, cargados de ciencia; Los álamos muertos, nidales de hormigas;
El musgo, nevado de blancas violetas.
Todo hablaba dulce a mi corazòn
Temblando en los hilos de sonora seda
Con que el agua envuelve las cosas paradas
Como telaraña de harmonía eterna.
Las rosas estaban soñando en la lira,
Tejen las encinas oros de leyendas,
Y entre la tristeza viril de los robles
Dicen los enebros temores de aldea.
Yo comprendo toda la pasiòn del bosque:
Ritmo de la hoja, ritmo de la estrella.
Mas decidme, ¡oh cedros!, si mi corazòn
Dormirá en los brazos de la luz perfecta.
Conozco la lira que presientes, rosa;
Formé su cordaje con mi vida muerta. ¡Dime en qué remanso podré abandonarla
Como se abandonan las pasiones viejas!
¡Conozco el misterio que cantas, ciprés;
Soy hermano tuyo en noche y en pena;
Tenemos la enttaña cuajada de nidos,
Tú de ruiseñores y yo de tristezas!
¡Conozco tu encanto sin fin, padre olivo,
Al darnos la sangre que extraes de la Tierra;
Como tú, yo extraigo con mi sentimiento
El òleo bendito Que tiene la idea!
Todos me abrumáis con vuestras canciones;
Yo sòlo os pregunto por la mía incierta;
Ninguno queréis sofocar las ansias
De este fuego casto
Que el pecho me quema.
¡Oh laurel divino, de alma inaccesible,
Siempre silencioso,
Lleno de nobleza!
¡Vierte en mis oídos tu historia divina,
Tu sabiduría profunda y sincera!
¡Árbol que produces frutos de silencio,
Maestro de besos y mago de orquestas,
Formado del cuerpo rosado de Dafne
Con savia potente de Apolo en tus venas!
¡Oh gran sacerdote del saber antiguo!
¡Oh mudo solemne cerrado a las quejas! ¡Todos tus hermanos del bosque me hablan;
Sòlo tú, severo, mi canciòn desprecias!
Acaso, ¡oh maestro del ritmo!, medites
Lo inútil del triste llorar del poeta.
Acaso tus hojas, manchadas de luna,
Pierdan la ilusiòn de la primavera.
La dulzura tenue del anochecer,
Cual negro rocío, tapizò la senda,
Teniendo de inmenso dosel a la noche,
Que venía grave, preñada de estrellas.
Ritmo de otoño
A Manuel Ángeles
Amargura dorada en el paisaje.
El corazòn escucha.
En la tristeza húmeda
El viento dijo:
-Yo soy todo de estrellas derretidas,
Sangre del infinito.
Con mi roce descubro los colores
De los fondos dormidos.
Voy herido de místicas miradas,
Yo llevo los suspiros
En burbujas de sangre invisibles
Hacia el sereno triunfo
Del Amor inmortal lleno de Noche.
Me conocen los niños,
Y me cuajo en tristezas
Sobre cuentos de reinas y castillos.
Soy copa de la luz. Soy incensario
De cantos desprendidos
Que cayeron envueltos en azules
Transparencias de ritmo.
En mi alma perdiéronse solemnes
Carne y alma de Cristo,
Y finjo la tristeza de la tarde
Melancòlico y frío.
Soy la eterna harmonía de la Tierra.
El bosque innumerable.
Llevo las carabelas de los sueños
A lo desconocido.
Y tengo la amargura solitaria
De no saber mi fin ni mi destino.-
Las palabras del viento eran suaves,
Con hondura de lirios.
Mi corazòn durmiòse en la tristeza
Del crepúsculo.
Sobre la parda tierra de la estepa
Los gusanos dijeron sus delirios:
-Soportamos tristezas
Al borde del camino.
Sabemos de las flores de los bosques,
Del canto monocorde de los grillos,
De la lira sin cuerdas que pulsamos,
Del oculto sendero que seguimos.
Nuestro ideal no llega a las estrellas,
Es sereno, sencillo;
Quisiéramos hacer miel, como abejas,
O tener dulce voz o fuerte grito,
O fácil caminar sobre las hierbas,
O senos donde mamen nuestros hijos.
¡Dichosos los que nacen mariposas
O tienen luz de luna en su vestido!
¡Dichosos los que cortan la rosa
Y recogen el trigo!
¡Dichosos los que dudan de la Muerte
Teniendo Paraíso,
Y el aire que recorre lo que quiere
Seguro de infinito!
¡Dichosos los gloriosos y los fuertes,
Los que jamás fueron compadecidos,
Los que bendijo y sonriò triunfante
El hermano Francisco!
Pasamos mucha pena
Cruzando los caminos.
Quisiéramos saber lo que nos hablan
Los álamos del río.-
Y en la muda tristeza de la tarde
Respondiòles el polvo del camino:
-Dichosos, ¡oh gusanos!, que tenéis
Justa conciencia de vosotros mismos,
Y formas y pasiones
Y hogares encendidos.
Yo en el sol me disuelvo
Siguiendo al peregrino,
Y cuando pienso ya en la luz quedarme
Caigo al suelo dormido.—
Los gusanos lloraron y los árboles,
Moviendo sus cabezas pensativos,
Dijeron: -El azul es imposible.
Creímos alcanzarlo cuando niños,
Y quisiéramos ser como las águilas
Ahora que estamos por el rayo heridos.
De las águilas es todo el azul.-
Y el águila a lo lejos:
-¡No, no es mío!
Porque el azul lo tienen las estrellas
Entre sus claros brillos.—
Las estrellas: -Tampoco lo tenemos:
Está sobre nosotras escondido.-
Y la negra distancia: -El azul
Lo tiene la esperanza en su recinto.—
Y la esperanza dice quedamente
Desde el reino sombrío:
-Vosotros me inventasteis, corazones.-
Y el corazòn...:
-¡Dios mío! —
El otoño ha dejado ya sin hojas
Los álamos del río.
El agua ha adormecido en plata vieja
Al polvo del camino.
Los gusanos se hunden soñolientos
En sus hogares fríos.
El águila se pierde en la montaña;
El viento dice: -Soy eterno ritmo. -
Se oyen las nanas a las cunas pobres,
Y el llanto del rebaño en el aprisco.
La mojada tristeza del paisaje
Enseña como un libro
Las arrugas severas que dejaron
Los ojos pensadores de los siglos.
Y mientras que descansan las estrellas
Sobre el azul dormido,
Mi corazòn ve su ideal lejano
Y pregunta:
-¡Dios mío!-
Pero, Dios mío, ¿a quién?
¿Quién es Dios mío?
¿Por qué nuestra esperanza se adormece
Y sentimos el fracaso lírico
Y los ojos se cierran comprendiendo
Todo el azul?
Sobre el paisaje viejo y el hogar humeante
Quiero lanzar mi grito,
Sollozando de mí como el gusano
Deplora su destino.
Pidiendo lo del hombre, Amor inmenso
Y azul como los álamos del río.
Azul de corazones y de fuerza,
El azul de mí mismo,
Que me ponga en las manos la gran llave
Que fuerce al infinito.
Sin terror y sin miedo ante la muerte,
Escarchado de amor y de lirismo.
Aunque me hiera el rayo como al árbol
Y me quede sin hojas y sin grito.
Ahora tengo en la frente rosas blancas
Y la copa rebosando vino.
Aire de nocturno
Tengo mucho miedo
De las hojas muertas,
Miedo de los prados
Llenos de rocío.
Yo voy a dormirme;
Si no me despiertas,
Dejaré a tu lado mi corazòn frío.
¿Qué es eso que suena
Muy lejos?
Amor.
El viento en las vidrieras,
¡Amor mío!
Te puse collares
Con gemas de aurora.
¿Por qué me abandonas
En este camino? Si te vas muy lejos
Mi pájaro llora
Y la verde viña
No dará su vino.
¿Qué es eso que suena
Muy lejos?
Amor.
El viento en las vidrieras,
¡Amor mío!
Tú no sabrás nunca.
Esfinge de nieve,
Lo mucho que yo
Te hubiera querido
Esas madrugadas
Cuando tanto llueve
Y en la rama seca
Se deshace el nido.
¿Qué es eso que suena
Muy lejos?
Amor.
El viento en las vidrieras,
¡Amor mío!
Nido
¿Qué es lo que guardo en estos
Momentos de tristeza?
¡Ay!, ¿quién tala mis bosques
Dorados y floridos?
¿Qué leo en el espejo
De plata conmovida
Que la aurora me ofrece
Sobre el agua del río?
¿Qué gran olmo de idea
Se ha tronchado en mi bosque?
¿ Qué lluvia de silencio
Me deja estremecido?
Si a mi amor dejé muerto
En la ribera triste,
¿ Qué zarzales me ocultan
Algo recién nacido?
Otra canciòn
¡El sueño se deshizo para siempre!
En la tarde lluviosa
Mi corazòn aprende
La tragedia otoñal
Que los árboles llueven.
Y en la dulce tristeza
Del paisaje que muere
Mis voces se quebraron.
El sueño se deshizo para siempre.
¡Para siempre! ¡Dios mío!
Va cayendo la nieve
En el campo desierto
De mi vida,
y teme
La ilusiòn, que va lejos,
De helarse o de perderse.
¡Còmo me dice el agua
Que el sueño se deshizo para siempre!
¡El sueño es infinito!
La niebla lo sostiene,
Y la niebla es tan sòlo
Cansancio de la nieve.
Mi ritmo va contando
Que el sueño se deshizo para siempre.
Y en la tarde brumosa
Mi corazòn aprende
La tragedia otoñal
Que los árboles llueven.
El macho cabrío
El rebaño de cabras ha pasado
Junto al agua del río.
En la tarde de rosa y de zafiro,
Llena de paz romántica,
Yo miro
Al gran macho cabrío.
¡Salve, demonio mudo!
Eres el más
Intenso animal.
Místico eterno
Del infierno
Carnal...
¡Cuántos encantos
Tiene tu barba,
Tu frente ancha,
Rudo Don Juan!
¡Qué gran acento el de tu mirada
Mefistofélica
Y pasional!
Vas por los campos
Con tu manada
Hecho un eunuco
¡Siendo un sultán!
Tu sed de sexo
Nunca se apaga;
¡Bien aprendiste
Del padre Pan!
La cabra,
Lenta te va siguiendo,
Enamorada con humildad;
Mas tus pasiones son insaciables;
Grecia vieja
Te comprenderá.
¡Oh ser de hondas leyendas santas
De ascetas flacos y Satanás,
Con piedras negras y cruces toscas,
Con fieras mansas y cuevas hondas
Donde te vieron entre la sombra
Soplar la llama
De lo sexual!
¡Machos cornudos
De bravas barbas!
¡Resumen negro a lo medieval!
Nacisteis juntos con Filomnedes
Entre la espuma casta del mar,
Y vuestras bocas
La acariciaron
Bajo el asombro del mundo astral.
Sois de los bosques llenos de rosas
Donde la luz es huracán;
Sois de los prados de Anacreonte,
Llenos con sangre de lo inmortal.
¡Machos cabríos!
Sois metamorfosis
De viejos sátiros
Perdidos ya.
Vais derramando lujuria virgen
Como no tuvo otro animal.
¡Iluminados del Mediodía!
Pararse en firme
Para escuchar
Que desde el fondo de las campiñas
El gallo os dice:
¡Salud!, al pasar.
Primeras canciones
Remansos
Ciprés.
(Agua estancada.)
Chopo.
(Agua cristalina.)
Mimbre.
(Agua profunda.)
Corazòn.
(Agua de pupila.)
REMANSILLO
Me miré en tus ojos
pensando en tu alma.
Adelfa blanca.
Me miré en tus ojos
pensando en tu boca.
Adelfa roja.
Me miré en tus ojos.
¡Pero estabas muerta!
Adelfa negra.
VARIACIÓN
El remanso del aire
bajo la rama del eco.
El remanso del agua
bajo fronda de luceros.
El remanso de tu boca
bajo espesura de besos.
REMANSO, CANCIÓN FINAL
Ya viene la noche.
Golpean rayos de luna
sobre el yunque de la tarde.
Ya viene la noche.
Un árbol grande se abriga
con palabras de cantares.
Ya viene la noche.
Si tú vinieras a verme
por los senderos del aire.
Ya viene la noche.
Me encontrarías llorando
bajo los álamos grandes.
¡Ay morena!
Bajo los álamos grandes.
MEDIA LUNA
La luna va por el agua.
¿Còmo está el cielo tranquilo?
Va segando lentamente
el temblor viejo del río
mientras que una rana joven
la toma por espejito.
Cuatro baladas amarillas
A Claudio Guillen
En lo alto de aquel monte
hay un arbolito verde.
Pastor que vas,
pastor que vienes.
Olivares soñolientos
bajan al llano caliente.
Pastor que vas,
pastor que vienes.
Ni ovejas blancas ni perro
ni cayado ni amor tienes.
Pastor que vas.
Como una sombra de oro
en el trigal te disuelves.
Pastor que vienes.
La tierra estaba
amarilla.
Orillo, orillo,
Castorcillo.
Ni luna blanca
ni estrellas lucían.
Orillo, orillo,
Castorcillo.
Vendimiadora morena
corta el llanto de la viña.
Orillo, orillo,
pastorcillo.
Dos bueyes rojos
en el campo de oro.
Los bueyes tienen ritmo
de campanas antiguas
y ojos de pájaro.
Son para las mañanas
de niebla, y sin embargo
horadan la naranja
del aire, en el verano.
Viejos desde que nacen
no tienen amo
y recuerdan las alas
de sus costados.
Los bueyes
siempre van suspirando
por los campos de Ruth
en busca del vado,
del eterno vado,
borrachos de luceros
a rumiarse sus llantos.
Dos bueyes rojos
en el campo de oro.
Sobre el cielo
de las margaritas ando.
Yo imagino esta tarde
que soy santo.
Me pusieron la luna
en las manos.
Yo la puse otra vez
en los espacios
y el Señor me premiò
con la rosa y el halo.
Sobre el cielo
de las margaritas ando.
Y ahora voy
por este campo
a librar a las niñas
de galanes malos
y dar monedas de oro
a todos los muchachos.
Sobre el cielo
de las margaritas ando.
Palimpsestos
A José Moreno Villa
CIUDAD
El bosque centenario
penetra en la ciudad
pero el bosque está dentro
del mar.
Hay flechas en el aire
y guerreros que van
perdidos entre ramas
de coral.
Sobre las casas nuevas
se mueve un encinar
y tiene el cielo enormes
curvas de cristal.
CORREDOR
Por los altos corredores
se pasean dos señores
(Cielo
nuevo.
¡Cielo
azul!)
... se pasean dos señores
que antes fueron blancos monjes,
(Cielo
medio.
¡Cielo
morado!)
... se pasean dos señores
que antes fueron cazadores.
(Cielo
viejo.
¡Cielo
de oro!)
... se pasean dos señores
que antes fueron...
(Noche.)
PRIMERA PÁGINA
A Isabel Clara, mi ahijada
Fuente clara.
Cielo claro.
¡Oh, còmo se agrandan
los pájaros!
Cielo claro.
Fuente clara.
¡Oh, còmo relumbran
las naranjas!
Fuente. Cielo.
¡Oh, còmo el trigo
es tierno!
Cielo. Fuente.
¡Oh, còmo el trigo
es verde!
Adán
Árbol de sangre moja la mañana
por donde gime la recién parida.
Su voz deja cristales en la herida
y un gráfico de hueso en la ventana.
Mientras la luz que viene fija y gana
blancas metas de fábula que olvida
el tumulto de venas en la huida
hacia el turbio frescor de la manzana,
Adán sueña en la fiebre de la arcilla
un niño que se acerca galopando
por el doble latir de su mejilla.
Pero otro Adán oscuro está soñando
neutra luna de piedra sin semilla
donde el niño de luz se irá quemando.
Claro de reloj
Me senté
en un claro del tiempo.
Era un remanso
de silencio,
de un blanco
silencio,
anillo formidable
donde los luceros
chocaban con los doce flotantes
números negros.
Cautiva
Por las ramas
indecisas
iba una doncella
que era la vida.
Por las ramas
indecisas.
Con un espejito
reflejaba el día
que era un resplandor
de su frente limpia.
Por las ramas
indecisas.
Sobre las tinieblas
andaba perdida,
llorando rocío,
del tiempo cautiva.
Por las ramas
indecisas.
Canciòn
Por las ramas del laurel
vi dos palomas oscuras.
La una era el sol,
la otra la luna.
Vecinitas, les dije,
¿dònde está mi sepultura?
En mi cola, dijo el sol.
En mi garganta, dijo la luna.
Y yo que estaba caminando
con la tierra a la cintura
vi dos águilas de mármol
y una muchacha desnuda.
La una era la otra
y la muchacha era ninguna.
Aguilitas, les dije,
¿dònde está mi sepultura?
En mi cola, dijo el sol.
En mi garganta, dijo la luna.
Por las ramas del cerezo
vi dos palomas desnudas,
la una era la otra
y las dos eran ninguna.
Suites
Suite de los espejos
SÍMBOLO
Cristo
tenía un espejo
en cada mano.
Multiplicaba
su propio espectro.
Proyectaba su corazòn
en las miradas
negras.
¡Creo!
EL GRAN ESPEJO
Vivimos
bajo el gran espejo.
¡El hombre es azul!
¡Hosanna!
REFLEJO
Doña Luna.
(¿Se ha roto el azogue?)
No.
¿Qué muchacho ha encendido
su linterna?
Sòlo una mariposa
basta para apagarte.
Calla... ¡pero es posible!
¡Aquella luciérnaga
es la luna!
RAYOS
Todo es abanico.
Hermano, abre los brazos.
Dios es el punto.
RÉPLICA
Un pájaro tan sòlo
canta.
El aire multiplica.
Oímos por espejos.
TIERRA
Andamos
sobre un espejo
sin azogue,
sobre un cristal
sin nubes.
Si los lirios nacieran
al revés,
si las rosas nacieran
al revés,
si todas las raíces
miraran las estrellas,
y el muerto no cerrara
sus ojos,
seríamos como cisnes.
CAPRICHO
Detrás de cada espejo
hay una estrella muerta
y un arco iris niño
que duerme.
Detrás de cada espejo
hay una calma eterna
y un nido de silencios
que no han volado.
El espejo es la momia
del manantial, se cierra,
como concha de luz,
por la noche.
El espejo
es la madre-rocío,
el libro que diseca
los crepúsculos, el eco hecho carne.
SINTO
Campanillas de oro.
Pagoda dragòn.
Tilín, tilín,
sobre los arrozales.
Fuente primitiva.
Fuente de la verdad.
A lo lejos,
garzas de color rosa
y el volcán marchito.
LOS ojos
En los ojos se abren
infinitos senderos.
Son dos encrucijadas
de la sombra.
La muerte llega siempre
de esos campos ocultos.
(Jardinera que troncha
las flores de las lágrimas.)
Las pupilas no tienen
horizontes.
Nos perdemos en ellas
como en la selva virgen.
Al castillo de irás
y no volverás
se va por el camino
que comienza en el iris.
¡Muchacho sin amor,
Dios te libre de la yedra roja!
¡Guárdate del viajero,
Elenita que bordas
corbatas!
«INITIUM»
Adán y Eva.
La serpiente
partiò el espejo
en mil pedazos,
y la manzana
fue la piedra.
«BERCEUSE» AL ESPEJO DORMIDO
Duerme.
No temas la mirada
errante.
Duerme.
Ni la mariposa,
ni la palabra,
ni el rayo furtivo
de la cerradura
te herirán.
Duerme.
Como mi corazòn,
así tú,
espejo mío.
Jardín donde el amor
me espera.
Duérmete sin cuidado,
pero despierta,
cuando se muera el último
beso de mis labios.
AIRE
El aire,
preñado de arcos iris,
rompe sus espejos
sobre la fronda.
CONFUSIÓN
Mi corazòn
¿es tu corazòn?
¿Quién me refleja pensamientos?
¿Quién me presta
esta pasiòn
sin raíces?
¿Por qué cambia mi traje
de colores?
¡Todo es encrucijada!
¿Por qué ves en el cielo
tanta estrella?
¿Hermano, eres tú
o soy yo?
¿Y estas manos tan frías
son de aquél?
Me veo por los ocasos,
y un hormiguero de gente
anda por mi corazòn.
REMANSO
El búho
deja su meditaciòn,
limpia sus gafas
y suspira.
Una luciérnaga
rueda monte abajo,
y una estrella
se corre.
El buho bate sus alas
y sigue meditando.
El jardín de las morenas
Fragmentos
PÓRTICO
El agua
toca su tambor
de plata.
Los árboles
tejen el viento
y las rosas lo tiñen
de perfume.
Una araña
inmensa
hace a la luna
estrella.
ACACIA
¿Quién segò el tallo
de la luna?
(Nos dejò raíces
de agua.)
¡Qué fácil nos sería cortar las flores
de la eterna acacia!
ENCUENTRO
María del Reposo,
te vuelvo a encontrar
junto a la fuentefría
del limonar.
¡Viva la rosa en su rosal!
María del Reposo,
te vuelvo a encontrar,
los cabellos de niebla
y ojos de cristal.
¡Viva la rosa en su rosal!
María del Reposo,
te vuelvo a encontrar.
Aquel guante de luna que olvidé,
¿dònde está?
¡Viva la rosa en su rosal!
LIMONAR
Limonar.
Momento
de mi sueño.
Limonar.
Nido
de senos
amarillos.
Limonar.
Senos donde maman
las brisas del mar.
Limonar.
Naranjal desfallecido,
naranjal moribundo,
naranjal sin sangre.
Limonar.
Tú viste mi amor roto
por el hacha de un gesto.
Limonar,
mi amor niño, mi amor
sin báculo y sin rosa.
Limonar.
Noche
Suite para piano y voz emocionada
RASGOS
Aquel camino
sin gente.
Aquel camino.
Aquel grillo
sin hogar.
Aquel grillo.
Y esta esquila
que se duerme.
Esta esquila...
PRELUDIO
El buey
cierra sus ojos
lentamente...
(Calor de establo.)
Éste es el preludio
de la noche.
RINCÓN DEL CIELO
La estrella
vieja
cierra sus ojos turbios.
La estrella
nueva
quiere azular
la sombra.
(En los pinos del monte
hay luciérnagas.)
TOTAL
La mano de la brisa
acaricia la cara del espacio
una vez
y otra vez.
Las estrellas entornan
sus párpados azules
una vez
y otra vez.
UN LUCERO
Hay un lucero quieto,
un lucero sin párpados.
-¿Dònde?
-Un lucero...
En el agua dormida
del estanque.
FRANJA
El camino de Santiago.
(Oh noche de mi amor,
cuando estaba la pájara, pinta
pinta
pinta
en la flor del limòn.)
UNA
Aquella estrella romántica
(para las magnolias,
para las rosas).
Aquella estrella romántica
se ha vuelto loca.
Balalín,
balalán.
(Canta, ranita,
en tu choza
de sombra.)
MADRE
La osa mayor
da teta a sus estrellas
panza arriba.
Gruñe
y gruñe.
¡Estrellas niñas, huid;
estrellitas tiernas!
RECUERDO
Doña Luna no ha salido.
Está jugando a la rueda y
ella misma se hace burla.
Luna lunera.
HOSPICIO
Y las estrellas pobres,
las que no tienen luz,
¡qué dolor,
qué dolor,
qué pena!,
están abandonadas
sobre un azul borroso.
¡Qué dolor,
qué dolor,
qué pena!
COMETA
En Sirio
hay niños.
VENUS
Ábrete, sésamo
del día.
Ciérrate, sésamo
de la noche.
ABAJO
El espacio estrellado
se refleja en sonidos.
Lianas espectrales.
Arpa laberíntica.
LA GRAN TRISTEZA
No puedes contemplarte
en el mar.
Tus miradas se tronchan
como tallos de luz.
Noche de la tierra.
Remansos
Momentos de canciòn
CANCIÓN CON REFLEJO
En la pradera bailaba
mi corazòn.
(Era la sombra
de un ciprés
sobre el viento.)
Y un árbol destrenzaba
la brisa del rocío,
¡la brisa!
Plata del tacto.
Yo decía, ¿recuerdas?
(No me importa
la estrella
ni la rosa.)
¿Recuerdas?
¡Oh palabra perdida!
¡Palabra
sin horizonte!
¿Recuerdas?...
En la pradera bailaba
mi corazòn.
(Era la sombra
de un ciprés
en el viento.)
CANCIÓN SIN ABRIR
Sobre el río
los cínifes.
Sobre el viento
los pájaros.
(Tarde descarriada.)
¡Oh temblor
de mi corazòn!
No temas,
me iré lejos
como un eco.
Me iré lejos
en un barco
sin vela
y sin remos.
¡Oh temblor
de mi corazòn!
SÉSAMO
El reflejo
es lo real.
El río
y el cielo
son puertas que nos llevan
a lo Eterno.
Por el cauce de las ranas
o el cauce de los luceros
se irá nuestro amor cantando
la mañana del gran vuelo.
Lo real
es el reflejo.
No hay más que un corazòn
y un solo viento.
¡No llorar! Da lo mismo
estar cerca
que lejos.
Naturaleza es
el Narciso eterno.
CANCIÓN BAJO LÁGRIMAS
En aquel sitio,
muchachita de la fuente,
que hay junto al río,
te quitaré la rosa
que te dio mi amigo,
y en aquel sitio,
muchachita de la fuente,
yo te daré mi lirio.
¿Por qué he llorado tanto?
¡Es todo tan sencillo!...
Esto lo haré, ¿no sabes?,
cuando vuelva a ser niño.
¡Ay! ¡ay!
Cuando vuelva a ser niño.
PUESTA DE CANCIÓN
Adolfo en 1921
Después de todo
(la luna
abre su cola
de oro)
... Nada...
(la luna
cierra su cola
de plata.)
Lejos
una estrella
hiere al pavo real
del cielo.
PAISAJE SIN CANCIÓN
Cielo azul.
Campo amarillo.
Monte azul.
Campo amarillo.
Por la llanura tostada
va caminando un olivo.
Unsolo olivo.
Un solo
Olivo.
Cuatro baladas amarillas
Tres estampas del cielo
Dedicadas a la señorita
Argimira Lòpez, que
no me quiso.
Las estrellas
no tienen novio.
¡Tan bonitas
como son las estrellas!
Aguardan un galán
que las remonte
a su ideal Venecia.
Todas las noches salen a las rejas
-¡oh cielo de mil pisos!-
y hacen líricas señas
a los mares de sombra
que las rodean.
Pero aguardar, muchachas,
que cuando yo me muera
os raptaré una a una
en mi jaca de niebla.
GALÁN
En todo el cielo
hay un estrello.
Romántico y loco.
Con frac
de polvo
de oro.
¡Pero busca un espejo
para mirar su cuerpo!
¡Oh Narciso de plata
en lo alto del agua!
En todo el cielo
hay un estrello.
VENUS
Efectivamente
tienes dos grandes senos
y un collar de perlas
en el cuello.
Un infante de bruma
te sostiene el espejo.
Aunque,estás muy lejana,
yo te veo
llevar la mano de iris
a tu sexo,
y arreglar indolente
el almohadòn del cielo.
¡Te miramos con lupa,
yo y el Renacimiento!
Estampas del mar
A Emilio y Manolo
El mar
quiere levantar
su tapa.
Gigantes de coral
empujan
con sus espaldas.
Y en las cuevas de oro
las sirenas ensayan
una canciòn que duerma
al agua.
¿Veis las fauces
y las escamas?
Ante el mar
tomad vuestras lanzas.
CONTEMPLACIÓN
Yo evoco
el capitel corintio,
la columna caída
y los pinos.
El mar clásico
canta siempre en Estío
y tiembla como el
capitel corintio.
NOCTURNO
Miro las estrellas
sobre el mar.
¡Las estrellas son de agua,
gotas de agua!
Miro las estrellas
sobre mi corazòn.
¡Las estrellas son de aroma,
núcleos de aroma!
Miro la tierra
llena de sombra.
GUARDIAS
En el reino del mar
hay dos guardas,
San Cristòbal
y Polifemo.
¡Tres ojos
sobre el viajero errante!
DOS ESTRELLAS DEL MAR
En la torre
de la madrugada
María enseña a Venus
a tejer lana.
Venus le muestra todas
sus miradas
y María se asombra.
En la torre
de la madrugada.
Historietas del viento
El viento venía rojo
por el collado encendido
y se ha puesto verde, verde
por el río.
Luego se pondrá violeta,
amarillo y...
será sobre los sembrados
un arco iris tendido.
Viento estancado.
Arriba el sol.
Abajo
las algas temblorosas
de los álamos.
Y mi corazòn
temblando.
Viento estancado
a las cinco de la tarde
sin pájaros.
La brisa
es ondulada
como los cabellos
de algunas muchachas.
Como los marecitos
de algunas viejas tablas.
La brisa
brota como el agua,
y se derrama
-tenue bálsamo blanco -
por las cañadas,
y se desmaya
al chocar con lo duro
de la montaña.
ESCUELA
Maestro
¿Qué doncella se casa
con el viento?
Niño
La doncella de todos
los deseos.
Maestro
¿Qué le regala
el viento ?
Niño
Remolinos de oro
y mapas superpuestos.
Maestro
¿Ella le ofrece algo?
Niño
Su corazòn abierto.
Maestro
Decid còmo se llama.
Niño
Su nombre es un secreto.
(La ventana
del colegio
tiene una cortina
de luceros.)
Canciones bajo la luna
LUNA LLENA
Al salir
Cuando sale la luna
se pierden las campanas
y aparecen las sendas
de lo impenetrable.
Cuando sale la luna
el mar cubre la tierra,
y el corazòn se siente
isla del infinito.
La luna está más lejos
que el sol y las estrellas.
Es perfume y recuerdo,
pompa de azul marchito.
COLORES
Sobre París la luna
tiene color violeta
y se pone amarilla
en las ciudades muertas.
Hay una luna verde
en todas las leyendas,
luna de telaraña
y de rota vidriera.
Y sobre los desiertos
es profunda y sangrienta.
Pero la luna blanca,
la luna verdadera,
sòlo luce en los quietos
cementerios de aldea.
CAPRICHO
En la red de la luna,
araña del cielo,
se enredan las estrellas
revoladoras.
SALOMÉ Y LA LUNA
La luna es una hermana
de Salomé. (Señora
que en una historia antigua
muerde una muerta boca.)
Salomé era el ocaso.
Un ocaso
de ojos
y de labios.
La luna es el perpetuo
ocaso.
Tarde
continuada
y delirante.
El amor sin orillas
de Salomé al oso
no fue por su palabra;
fue porque su cabeza,
medusa del desierto,
era una luna negra,
una luna imposible,
ahumada y soñolienta.
Salomé es la crisálida
y la luna el capullo,
crisálida de sombra
bajo un palacio oscuro.
La luna tiembla sobre el agua,
Salomé tiembla sobre el alma.
¡Oh sublime belleza,
querer hacer de un beso
una estrella!
En el mediodía
o en la noche oscura,
si habláis de Salomé,
saldrá la luna.
Sombra
PUEBLO
Entre tejado y tejado
va el alto río del cielo.
Sobre las acacias viejas
duermen pájaros errantes.
Y la torre sin campanas
(Santa Lucía de piedra)
se afirma en la tierra dura.
MEMENTO
Cuando muramos
nos llevaremos
una serie de vistas
del cielo.
(Cielos de amanecer
y cielos nocturnos.)
Aunque me han dicho
que muertos
no se tiene
más recuerdo
que el de un cielo de Estío,
un cielo negro
estremecido
por el viento.
MURCIELAGO
El murciélago,
elixir de la sombra,
verdadero amante de la estrella,
muerde el talòn del día.
FIN
Ya pasò
el fin del mundo
y ha sido
el juicio tremendo.
Ya ocurriò catástrofe
de los luceros.
El cielo de la noche
es un desierto,
un desierto de lámparas
sin dueño.
Muchedumbres de plata
se fueron
a la densa levadura
del misterio.
Y en el barco de la Muerte
vamos los hombres, sintiendo
que jugamos a la vida,
¡que somos espectros!
Mirando a los cuatro puntos
todo está muerto.
El cielo de la noche
es una ruma,
un eco.
OSA MAYOR
Juguete
Éramos siete.
¿Dònde estamos?
Da tristeza
ver el carro
sin auriga
ni caballos.
Sobre el cielo
da una pena
suave verte soñando
con un camino de oro
y boreales caballos.
Sobre el negro cristalino
¡qué harás cuando tengas, carro,
con la lluvia de los tiempos
tus luceros oxidados!
¿No piensas nunca meterte
bajo techado?
Yo te unciría una noche
a dos grandes bueyes blancos.
PONIENTE
Sobre el cielo exquisito,
más allá del violado,
hay nubes desgarradas
como camelias grises,
y un deseo de alas
sobre las crestas frías.
Un ocaso teñido
de sombra como éste
dará una noche inmensa
sin brisa ni caminos.
CUMBRE
Cuando llegue a la cumbre...
(Oh corazòn desolado,
San Sebastián de Cupido.)
Cuando llegue a la cumbre...
¡Dejadme cantar!
Porque cantando
no veré los oteros sombríos
ni los rebaños
que en lo profundo van
sin pastores.
Cantando,
veré la única estrella
que no existe.
Cuando llegue a la cumbre...
cantando.
SAUCE
¡Jeremías
exquisito!
Las lágrimas asoman
por tus ojos fríos,
mas tu llanto no rueda
sobre el camino.
Abres bajo tus ramas
un abismo
y matizas con gestos
el color vespertino.
¡ Oh Jeremías
exquisito!
El Regreso
Yo vuelvo
por mis alas.
¡Dejadme volver!
¡Quiero morirme siendo
amanecer!
¡ Quiero morirme siendo
ayer!
Yo vuelvo
por mis alas.
¡Dejadme retornar!
Quiero morirme siendo
manantial.
Quiero morirme fuera
de la mar.
CORRIENTE
El que camina
se enturbia.
El agua corriente
no ve las estrellas.
El que camina
se olvida.
Y el que se para
sueña.
HACIA...
Vuelve,
¡corazòn!,
vuelve.
Por las selvas del amor
no verás gentes.
Tendrás claros manantiales.
En lo verde,
hallarás la rosa inmensa
del siempre.
Y dirás: ¡Amor!, ¡amor!,
sin que tu herida
se cierre.
Vuelve,
¡corazòn mío!,
vuelve.
RECODO
Quiero volver a la infancia
y de la infancia a la sombra.
¿Te vas, ruiseñor?
Vete.
Quiero volver a la sombra
y de la sombra a la flor.
¿Te vas, aroma?
¡Vete!
Quiero volver a la flor
y de la flor
a mi corazòn.
¿Te vas, amor?
¡Adiòs!
(¡A mi desierto corazòn!)
DESPEDIDA
Me despediré
en la encrucijada
para entrar en el camino
de mi alma.
Despertando recuerdos
y horas malas
llegaré al huertecillo
de mi canciòn blanca
y me echaré a temblar corno
la estrella de la mañana.
RÁFAGA
Pasaba mi niña,
¡qué bonita iba!,
con su vestidito
de muselina
y una mariposa
prendida.
¡Sigúela, muchacho,
la vereda arriba!
Y si ves que llora
o medita,
píntale el corazòn
con purpurina
y dile que no llore
si queda sòlita.
Horas de verano
Afilador.
(Las tres.)
El alma de Pan
en los labios
del afilador.
¡Qué tristeza
tan polvorienta!
Evoca
un verde remanso
y una cadera
entre las ramas.
El hombre lleva
la rueda
de Santa Catalina.
¡Qué tristeza!
LAS CINCO
Potro
Por la calle sin gente
pasa un caballo negro,
el caballo errabundo
de los malos sueños.
El aire del poniente
viene a lo lejos,
una ventana gime
con el viento.
LAS SEIS
Los pájaros empujan
a la tarde
y llevan con sus picos
la cola azul del día.
El ocaso tatuado
de veletas
sostiene la barca
de la media luna.
Y en la fuente fría
canta la culebra.
LAS SIETE
La primera estrella.
Todo mira hacia Venus
y ella como una niña
que se cae en el aljibe
tiembla y tiembla
como diciendo:
¿Volveré mañana?
LAS OCHO
El cielo se arrancò
la venda
y el dragòn de los mil ojos
nos lame con sus lenguas
de viento.
Venus se extravía
por las muchedumbres
y yo me acuerdo de una novia
que no he tenido nunca.
LAS NUEVE
Azul sin sangre.
Aire de terciopelo.
¡Oh amiga mía!
Podemos
bajar a la cisterna del corazòn,
podemos
por el río de las palabras
llegar a la isla
del beso.
Podemos
hundirnos en el olivar
sediento.
VILANO DE NOCHE
Sobre el agua
que late entre las zarzas
las estrellas
se alargan.
La selva de los relojes
Entré en la selva
de los relojes.
Frondas de tic-tac,
racimos de campanas
y bajo la hora múltiple,
constelaciones de péndulos.
Los lirios negros
de las horas muertas,
los lirios negros
de las horas niñas.
¡Todo igual!
¿Y el oro del amor?
Hay una hora tan sòlo.
¡Una hora tan sòlo!
¡La hora fría!
MALEZA
Me interné
por la hora mortal.
Hora de agonizante
y de últimos besos.
Grave hora en que sueñan
las campanas cautivas.
Relojes de cuco,
sin cuco.
Estrella mohosa
y enormes mariposas
pálidas.
Entre el boscaje
de suspiros
el aristòn
sonaba
que tenía cuando niño.
¡Por aquí has de pasar,
corazòn!
¡Por aquí,
corazòn!
VISTA GENERAL
Toda la selva turbia
es una inmensa araña
que teje una red sonora
a la esperanza.
¡A la pobre virgen blanca
que se cría con suspiros y miradas!
ÉL
La verdadera esfinge
es el reloj.
Edipo nacerá de una pupila.
Limita al Norte
con el espejo
y al Sur
con el gato.
Doña Luna es una Venus.
(Esfera sin sabor.)
Los relojes nos traen los inviernos.
(Golondrinas hieráticas
emigran el verano.)
La madrugada tiene
un pleamar de relojes
donde se ahoga el sueño.
Los murciélagos nacen
de las esferas
y el becerro los estudia
preocupado.
¿ Cuándo será el crepúsculo
de todos los relojes?
¿Cuándo esas lunas blancas
se hundirán por los montes?
ECO DEL RELOJ
Me senté
en un claro del tiempo.
Era un remanso de silencio,
de un blanco
silencio.
Anillo formidable
donde los luceros
chocaban con los doce flotantes
números negros.
MEDITACIÓN PRIMERA Y ÚLTIMA
El Tiempo
tiene color de noche.
De una noche quieta.
Sobre lunas enormes,
la Eternidad
está fija en las doce.
Y el Tiempo se ha dormido
para siempre en su torre.
Nos engañan
todos los relojes.
El Tiempo tiene ya
horizontes.
LA HORA ESFINGE
En tu jardín se abren
las estrellas malditas.
Nacemos bajo tus cuernos
y morimos.
¡Hora fría!
Pones un techo de piedra
a las mariposas líricas
y, sentada en el azul,
cortas alas
y límites.
[UNA... DOS... Y TRES]
Una... dos... y tres.
Sonò la hora en la selva.
El silencio
se llenò de burbujas
y un péndulo de oro
llevaba y traía
mi cara por el aire.
¡Sonò la hora en la selva!
Los relojes de bolsillo,
como bandadas de moscas,
iban y venían.
En mi corazòn sonaba
el reloj sobredorado
de mi abuelita.
Álbum blanco
A Claudio de la Torre
Eloísa Lòpez tenía un álbum sin escribir. Y se ha muerto. ¡Pobrecita! Pero yo se lo escribo con tinta blanca. Ruego a los lectores una oraciòn por su alma. El arzobispo de Constantinopla se ha dignado conceder 100 días de indulgencia. ¡Ah! Si ustedes la hubiesen conocido...
PRIMERA PÁGINA
Cerezo en flor
En Marzo
te marchas a la luna.
Dejas aquí tu sombra.
Las praderas se tornan
irreales.
Llueven pájaros blancos.
Y yo me pierdo en tu bosque
gritando:
¡Ábrete, sésamo!
¿Seré niño?
Gritando:
¡Ábrete, sésamo!
SEGUNDA PÁGINA
Cisne
Ni Pan
ni Leda.
(Sobre tus alas
se duerme la luna llena.)
Ni bosque
ni siringa.
(Por tu plumaje
resbala la noche fría.)
Ni carne rubia
ni besos.
(De escarcha y sueño remolcas
a la barca de los muertos.)
TERCERA PÁGINA
Inventos
(Estrellas de la nieve)
Hay montañas
que quieren ser
de agua,
y se inventan estrellas
sobre la espalda.
(Nubes)
Y hay montañas
que quieren tener
alas,
y se inventan las nubes
blancas.
CUARTA PÁGINA
Nieve
Las estrellas
se están desnudando.
Camisas de estrellas
caen sobre el campo.
QUINTA PÁGINA
Amanece
La cresta del día
asoma.
Cresta blanca
de un gallo de oro.
La cresta de mi risa
asoma.
Cresta de oro
de un gallo de sombra.
ÚLTIMA PÁGINA
Saladilla de Eloísa muerta
(Palabras de un estudiante)
Estabas muerta,
como al final
de todas las novelas.
Yo no te amaba, Eloísa.
¡Y eras tan tierna!
Con música de Bécquer
o de Espronceda,
tú me soñabas guapo
con melena,
y yo te daba besos
sin darme cuenta
de que no te decía:
¡oh labios de cereza!
Qué gran romántica
eras.
Bebías vinagre a escondidas
de tu abuela.
Te pusiste como una
celinda de primavera.
Y yo estaba enamorado
de otra. ¿No ves qué pena?
De otra que estaba escribiendo
un nombre sobre la arena.
Cuando yo llegué a tu casa
estabas muerta
entre cirios y entre albahacas,
igual que en las novelas.
Rodeaban tu barquita
las niñas de tu escuela.
Habías bebido el vinagre
de la botella eterna.
Tilín talán
te lloraban
las campanas tiernas.
Talán tilín
en la tarde
con dolor de cabeza.
Quizá soñabas durmiendo
que eras Ofelia
sobre un lago azul de agua
calenturienta.
Tilín talán
¡que te lloren
las campanas tiernas!
¡Talán tilín
en la tarde
con dolor de cabeza!
Secretos
FUENTE
Ante la fuente fría
Cristo medita
con una semilla
entre las manos.
(Está sediento el cauce
de la brisa.)
Ante la fuente clara
Cristo y su alma
luchan por la palabra
que duerme todavía.
¡Pero la fuente mana!
PAN
¡Ved qué locura!
Los cuernos de Pan
se han vuelto alas
y como una mariposa
enorme
vuela por su selva
de fuego.
¡Ved qué locura!
LEÑADOR
En el crepúsculo
yo caminaba.
«¿Dònde vas?», me decían.
«A cazar estrellas claras.»
Y cuando las colinas
dormían, regresaba
con todas las estrellas
en la espalda.
¡Todo el haz
de la noche blanca!
ESPEJO
Mi cintillo de oro
se perdiò en el espejo.
(Quiero decir
que nunca existiò.)
En los espejos se pierden
las cosas que no existen.
Mi cintillo era de oro:
¿de sol o de margaritas?
¿Qué mujer me lo dio?
Preguntárselo a mi espejo.
Por... más... que...
¡yo no tengo espejo!
PUERTA ABIERTA
Las puertas abiertas
dan siempre a una sima
mucho más profunda
si la casa es vieja.
La puerta
no es puerta
hasta que un muerto
sale por ella
y mira doliente, crucificada,
a la madrugada sanguinolenta.
¡Qué trabajo nos cuesta
traspasar los umbrales
de todas las puertas!
Vemos dentro una lámpara
ciega
o una niña que teme
las tormentas.
La puerta es siempre la clave
de la leyenda.
Rosa de dos pétalos
que el viento abre
y cierra.
VIAJE
He visto las colas del viento,
las flores de la brisa.
He visto el pájaro Grifòn
y la torre de Delgadina.
¿De dònde vienes,
de dònde?
He visto un camino azul
y unas niñas
que iban cantando el romance
de la verde oliva.
¿No sabes de dònde vengo,
niña mía?
Pues... de tu última
sonrisa.
BOTICA
¿Esos venenos
son de la India?
¿Y esos perfumes
son de la Arabia?
(El boticario solloza
junto a su niño muerto.)
¿Aquel bálsamo cura
heridas de amor?
¿Y el agua sonrosada
de la juventud?
(El boticario se inclina
sobre su niño muerto.)
Dígame: ¿Alguna rosa
da un veneno violento?
¿Qué tiene esa redoma?
¿No ve usted còmo tiembla?
..........................
(Entre los sollozos
se oye un batir de alas
dentro de todos los frascos.)
DONCELLITA
¿Por qué te recuerdo
bajo una lluvia de Marzo
al salir del colegio?
Pajarita de las nieves
te llamaban. Un interno
te dio su rosa. Luego
se te cayò la pluma
con que escribo los versos.
Tan pequeñita, y tú
¡sin saberlo!
Seis canciones de anochecer
HORIZONTE
Sobre la verde bruma
se cae un sol sin rayos.
La ribera sombría
sueña al par que la barca
y la esquila inevitable
traba la melancolía.
En mi alma de ayer
suena un tamborcillo
de plata.
PESCADORES
El árbol gigantesco pesca
con sus lianas
topos raros
de la tierra.
El sauce sobre el remanso
se pesca sus ruiseñores
... pero en el anzuelo verde
del ciprés la blanca luna
no morderá... ni
tu corazòn al mío,
morenita de Granada.
SOLITARIO
Zujaira
Sobre el pianísimo
del oro...
mi chopo solo.
Sin un pájaro
armònico.
...........
Sobre el pianísimo
del oro...
El río a sus pies c
orre grave y hondo
bajo el pianísimo
del oro...
Y yo con la tarde
sobre mis hombros
como un corderito
muerto por el lobo
bajo el pianísimo
del oro.
DELIRIO
Disuelta la tarde
y en silencio el campo.
Los abejarucos
vuelan suspirando.
Los fondos deliran
azules y blancos.
El paisaje tiene
abiertos sus brazos.
¡Ay, Señor, Señor,
esto es demasiado!
MEMENTO
Aire de llano
La luna ya se ha muerto
do-re-mi
la vamos a enterrar
do-re-fa
en una rosa blanca
do-re-mi
con tallo de cristal
do-re-fa.
Bajò hasta la chopera
do-re-mi
se enredò en el zarzal
do-re-fa.
¡Me alegro porque era
do-re-mi
presumida de más!
do-re-fa.
No hubo para ella nunca
do-re-mi
marido ni galán
do-re-fa.
¡Còmo se pondrá el cielo!
do-re-mi.
¡Ay còmo se pondrá!
do-re-fa
cuando llegue la noche
do-re-mi
y no la vea en el mar
do-re-fa.
¡Acudid al entierro!
do-re-mi
cantando el pío pa
do-re-fa.
Se ha muerto la Mambruna
do-re-mi
de la cara estelar
do-re-fa.
¡Campanas de las torres
do-re-mi
doblar que te doblar!
do-re-fa.
Culebras de las fuentes
do-re-mi
¡cantar que te cantar!
do-re-fa.
ULTIMA LUZ
En la confusiòn
azul
una hoguera lejana
(lanzada en el corazòn
del monte).
Los pájaros juegan
al viento entre los chopos
y se ahondan
los cauces.
Suite del agua
PAÍS
En el agua negra,
árboles yacentes,
margaritas
y amapolas.
Por el camino muerto
van tres bueyes.
Por el aire,
el ruiseñor,
corazòn del árbol.
TEMLOR
En mi memoria turbia
con un recuerdo de plata,
piedra de rocío.
En el campo sin monte,
una laguna clara,
manantial apagado.
ACACIA
¿Quién segò el tallo
de la luna?
(Nos dejò raíces
de agua.)
¡Qué fácil nos sería cortar las flores
de la eterna acacia!
CURVA
Con un lirio en la mano
te dejo.
¡Amor de mi noche!
Y viudita de mi astro
te encuentro.
Domador de sombrías
mariposas,
sigo por mi camino.
Al cabo de mil años
me verás.
¡Amor de mi noche!
Por la vereda azul,
domador de sombrías
estrellas,
seguiré mi camino.
Hasta que el Universo
quepa en mi corazòn.
COLMENA
¡Vivimos en celdas
de cristal,
en colmena de aire!
Nos besamos a través
de cristal.
¡Maravillosa cárcel,
cuya puerta
es la luna!
Cruz
NORTE
Las estrellas frías
sobre los caminos.
Hay quien va y quien viene
por selvas de humo.
Las cabanas suspiran
bajo la aurora perpetua.
¡En el golpe
del hacha
valles y bosques tienen
un temblor de cisterna!
¡En el golpe
del hacha!
Sur
Sur,
espejismo,
reflejo.
Da lo mismo decir
estrella que naranja,
cauce que cielo.
¡Oh la flecha,
la flecha!
El Sur
es eso:
una flecha de oro,
¡sin blanco! sobre el viento
ESTE
Escala de aroma
que baja
al Sur
(por grados conjuntos).
OESTE
Escala de luna
que asciende
al Norte
(cromática).
Tres crepúsculos
A Conchita, mi hermana
La tarde está
arrepentida
porque sueña
con el mediodía.
(Árboles rojos y nubes
sobre las colinas.)
La tarde soltò su verde
cabellera lírica
y tiembla dulcemente
... le fastidia
ser tarde habiendo sido
mediodía.
¡Ahora empieza la tarde!
¿Por qué? ¿Por qué?
... Ahora mismo
he visto al día inclinarse
como un lirio.
La flor de la mañana
dobla el tallo
... ahora mismo...
La raíz de la tarde
surge de lo sombrío.
¡Adiòs, sol!
Bien sé que eres la luna,
pero yo
no lo diré a nadie,
sol.
Te ocultas
detrás del telòn
y disfrazas tu rostro
con polvos de arroz.
De día, la guitarra
del labrador;
de noche, la mandolina
de Pierrot.
¡Qué más da!
Tu ilusiòn
es crear el jardín
multicolor.
¡Adiòs, sol!
No olvides lo que te ama
el caracol,
la viejecilla
del balcòn,
y yo...
que juego al trompo con mi...
corazòn.
Palimpsestos
La palmera
Poema tropical
LÍMITES
En el cielo la estrella
y el pulpo abajo.
(La palmera de Satán
y la palmera de Zoroastro.)
La estrella flota
en el espacio.
El pulpo flota
en el Mediterráneo.
La palmera de Satán
y la palmera de Zoroastro
se mueven cuando agitan
los brazos.
LA PALMERA
Entre el cielo y el agua
abres tu inmensa flor.
Rosa viva del viento
mediterráneo.
Te dan aire de negra
tus adornos de dátiles
y evocas la Gorgona
pensativa.
Eres junto a las olas
una araña-cigüeña
que teje sal y yodo
de los ritmos
y que sueña en la arena
bajo su pie escamado
un país de remansos
azules.
MEDITERRÁNEO
¡Mar latino!
¡Palmeras
y olivos!
El grito de la palma
o el silencio del pino.
Siento como una inmensa
columna subir tu ruido
por encima de todos
los mares.
¡Mar latino!
Entre las torres blancas
y el capitel corintio
te cruzò patinando
la voz de Jesucristo.
¡Mar latino!
El gran falo del cielo
te dio su calor. Tu ritmo
fluye en ondas concéntricas
de Venus, que es tu ombligo.
¡Mar latino!
Guardas gestos inmortales
y eres humilde. Yo he visto
salir marineros ciegos
y volver a su destino.
¡Oh Pedro de los mares!
¡Oh magnífico
desierto coronado
de palmeras y olivos!
LA PALMA
La palma es el aire.
Ni el río ni Eva
logran plasmar curvas
tan perfectas.
La palma es el oro.
Ni el limòn ni el trigo
logran ir más allá
del amarillo.
La palma es la Gracia.
En nuestras manos
llega a la cumbre azul
del desmayo.
Newton
En la nariz de Newton
cae la gran manzana,
bòlido de verdades.
La última que colgaba
del árbol de la Ciencia.
El gran Newton se rasca
sus narices sajonas.
Había una luna blanca
sobre el encaje bárbaro
de las hayas.
EN EL BOSQUE
Los gnomos
de los secretos
se mesan
los cabellos.
Amarran a la Muerte
y ordenan a los ecos
que despisten al hombre
con sus espejos.
En un rincòn
está el secreto
revelado,
muerto.
Lo lloran
sus compañeros.
Es un joven azul
con los pies de hierro
que tiene entre las cejas
un lucero.
Lo lloran
sus compañeros.
El lago verde tiembla.
Hace viento.
ARMONÍA
Las olas
riman con el suspiro
y la estrella
con el grillo.
Se estremece en la còrnea
todo el cielo frío,
y el punto es una síntesis
del infinito.
¿Pero quién une olas
con suspiros
y estrellas
con grillos?
Esperar que los Genios
tengan un descuido.
Las claves van flotando
entre nosotros mismos.
EL ÚLTIMO PASEO DEL FILÓSOFO
Newton
paseaba.
La muerte lo iba siguiendo
rasgueando su guitarra.
Newton
paseaba.
Los gusanos roían
su manzana.
Sonaba el viento en los árboles
y el río bajo las ramas.
Wordsworth hubiera llorado.
El filòsofo tomaba
posturas inverosímiles
esperando otra manzana.
Corría por el camino
y tendíase junto al agua
para hundir su rostro en
la gran luna reflejada.
Newton
lloraba.
En un alto cedro dos
viejos buhos platicaban
y en la noche lentamente
el sabio volvía a su casa
soñando inmensas pirámides
de manzanas.
RÉPLICA
Adán comiò la manzana
de la virgen Eva.
Newton fue un segundo Adán
de la Ciencia.
El primero conociò
la belleza.
El segundo un Pegaso
cargado de cadenas.
Y no fueron culpables.
Las dos manzanas eran
sonrosadas
y nuevas
pero de amarga
leyenda.
¡Los dos senos cortados
de la niña inocencia!
PREGUNTA
¿Por qué fue la manzana
y no
la naranja
o la poliédrica
granada?
¿Por qué fue reveladora
esta fruta casta,
esta poma suave
y plácida?
¿Qué símbolo admirable
duerme en sus entrañas?
Adán, Paris y Newton
la llevan en el alma
y la acarician sin
adivinarla.
Cuco. Cuco. Cucò
A Enrique Díez-Canedo y a Teresa
El cuco divide la noche
con sus bolitas de cobre.
El cuco no tiene pico,
tiene dos labios de niño
que silban desde los siglos.
¡Gato,
esconde tu rabo!
El cuco va sobre el Tiempo
flotando como un velero
y múltiple corno un eco.
¡Urraca,
esconde tu pata!
Frente al cuco está la esfinge,
el símbolo de los cisnes
y la niña que no ríe.
¡Zorra,
esconde tu cola!
Un día se irá en el viento
el último pensamiento
y el penúltimo deseo.
¡Grillo,
vete bajo el pino!
Sòlo el cuco quedará
partiendo la eternidad
con bolitas de cristal.
LA CANCIÓN DEL CUCO VIEJO
En el arca de Noé
canté.
Y en la fronda
de Matusalén.
Noé era un hombre bueno.
A Matusalén
le llegaba la barba
a los pies.
Lanzo mis silbidos
al cielo. Logré
que cayeran vacíos
otra vez.
Sobre la noche canto.
Cantaré
aunque estéis dormidos.
Cantaré
por todos los siglos
de los siglos. Amén.
PRIMER NOCTURNO DEL CUCO
A pesar de sus ojos
la noche va perdida.
(Sòlo el cuco
permanece.)
En la cañavera lloran
vientos indecisos.
(Sòlo el cuco
permanece.)
¿Por aquí? ¿Por allí? El alma
ha perdido su olfato.
(Sòlo el cuco
permanece.)
SEGUNDO NOCTURNO DEL CUCO
El cuco dice que «Sí».
¡Alégrate, colorín!
El ángel abre las puertas
de su jardín.
El cuco dice que «No».
¡Canta, tierno ruiseñor!
Tendremos en cada ojo
una flor.
¡Oh, qué maravillosa
resurrecciòn!
¡Que No!
¡Que Sí!
(La noche
se iba por su confín.)
¡Que Sí!
¡Que No!
(Apurando sus gotas
va el reloj.)
ÚLTIMO NOCTURNO
¡Oh, qué estremecimiento!
El cuco ha llegado,
¡huyamos!
Si tú vieras a la amarga
adelfa sollozar,
¿qué harías, amor mío?
Pensaría en el mar.
Si tú vieses que la luna
te llama cuando se va,
¿qué harías, amor mío?
Suspirar.
Si yo te dijese un día:
«Te amo» desde mi olivar,
¿qué harías, amor mío?
¡Clavarme un puñal!
¡Oh, qué estremecimiento!
El cuco ha llegado,
¡huyamos!
Madrigales
Como las ondas concéntricas
sobre el agua,
así en mi corazòn
tus palabras.
Como un pájaro que choca
con el viento,
así sobre mis labios
tus besos.
Como fuentes abiertas
frente a la tarde,
así mis ojos negros
sobre tu carne.
Estoy preso
en tus círculos
concéntricos.
¡Como Saturno
llevo
los anillos
de mi sueño!
Y no acabo de hundirme
ni me elevo.
¡Amor mío!
Mi cuerpo
flota sobre el remanso
de los besos.
Castillo de fuegos artificiales
quemado con motivo del cumpleaños del poeta
PRIMERA COHETERÍA
TÚ tú tú tú
yo yo yo yo.
¿Quién?...
¡ni tú
ni yo!
RUEDA CATALINA
Doña Catalina
tenía un pelo de oro
entre su cabellera
de sombra.
(¿A quién espero,
Dios mío,
a quién espero?)
Doña Catalina
camina despacio
poniendo estrellitas
verdes en la noche.
(Ni aquí
ni allí
sino aquí.)
Doña Catalina
se muere y le nace
una granadeta de luz
en la frente.
¡ Chissssssssssssssssss!
COHETES
Seis lanzas de fuego
suben.
(La noche es una guitarra.)
Seis sierpes enfurecidas.
(Por el cielo vendrá San Jorge.)
Seis sopletes de oro y viento.
(¿Se agrandará la ampolla
de la noche?)
JARDÍN CHINO
En bosquecillos
de grana y magnesio
saltan las princesitas.
Chispas.
Hay una lluvia de naranjas
sobre el zig-zag de los cerezos
y entre comas vuelan azules
dragoncillos amaestrados.
Niña mía, este jardincillo
es para verlo en los espejitos
de tus uñas.
Para verlo en el biombo
de tus dientes.
Y ser como un ratoncito.
GIRASOL
Si yo amara a un cíclope
suspiraría
bajo esta mirada
sin párpados.
¡Oh girasol de fuego!
El gentío lo mira
sin estremecimiento.
¡Ojo de la providencia
ante una muchedumbre
de Abeles!
¡Girasol girasol!
¡Ojo salvaje y puro
sin la ironía del guiño!
¡Girasol girasol!
¡Estigma ardiente sobre
los gentíos de feria!
DISCO DE RUBÍES
Gira y se estremece
como locò.
No sabe nada
¿y lo sabe todo?
¡Todas las flechas
a este corazòn
redondo!
Todas las pupilas
a este corazòn
redondo.
¡Lupa sangrienta entre
el misterio
y nosotros!
CAPRICHO
¡Tris!...
¿Has cerrado
los ojos?
¡Triis!...
¿Más aún? Será una
muchacha de brisa.
Yo soy un hombre.
¡Tras!...
Ya te vas, amor mío,
¿y tus ojos?
¡Traaas!...
Si los cierras, yo tengo dos plumas.
¿Lo oyes? Dos plumas que miran
de mi pavo real.
¡Tris!...
¿Me has oído?
¡Traaas!...
JUEGO DE LUNAS
La luna está redonda.
Alrededor, una noria
de espejos.
Alrededor, una rueda
de agua.
La luna se ha hecho láminas
como un pan de oro blanco.
La luna
se ha deshojado
en lunas.
Bandadas de fuentes
vuelan por el aire.
En cada fuente yace
una luna difunta.
La luna
se hace un bastòn de luz
en el torrente claro.
La luna,
como una gran vidriera
rota, cae sobre el mar.
La luna
se va por un biombo
infinito.
¿Y la Luna? ¿Y la Luna?
(Arriba,
no queda más que un aro
de cristalillos.)
Caracol
Caracol,
estáte quieto.
Donde tú estés
estará el centro.
La piedra sobre el agua
y el grito en el viento
forman las imágenes
puras de tu ensueño.
Las circunferencias
imposibles en tu cuerpo.
Caracol, col, col, col
estáte quieto.
Donde tú estés
estará el centro.
ESPIRAL
Mi tiempo
avanza en espiral.
La espiral
limita mi paisaje,
deja en tinieblas lo pasado
y me hace caminar
lleno de incertidumbre.
¡Oh línea recta! Pura
lanza sin caballero.
¡Còmo sueña tu luz
mi senda salomònica!
BALADA DEL CARACOL BLANCO
Caracoles blancos.
Los niños juegan
bajo los álamos.
El río viejecito
va muy despacio
sentándose en las sillas
verdes de los remansos.
Mi niño, ¿dònde está?
Quiere ser un caballo
¡tilín! ¡tilín! ¡tilín! Mi niño
¡qué loquillo! cantando
quiere salirse
de mi corazòn cerrado.
Caracolitos chicos.
Caracoles blancos.
BALADA DEL CARACOL NEGRO
Caracoles negros.
Los niños sentados
escuchan un cuento.
El río traía coronas de viento
y una gran serpiente
desde un tronco viejo
miraba las nubes
redondas del cielo.
Niño mío chico
¿dònde estás?
Te siento
en el corazòn
y no es verdad. Lejos
esperas que yo saque
tu alma del silencio.
Caracoles grandes.
Caracoles negros.
Surtidores
INTERIOR
Desde mi cuarto
oigo el surtidor.
Un dedo de la parra
y un rayo de sol señalan hacia el sitio
de mi corazòn.
Por el aire de Agosto
se van las nubes; yo
sueño que no sueño
dentro del surtidor.
PAÍS
¡Surtidores de los sueños
sin aguas
y sin fuentes!
Se ven con el rabillo
del ojo, nunca frente
a frente.
Como todas las cosas
ideales, se mecen
en las márgenes puras
de la Muerte.
APARTE
La sangre de la noche
va por las arterias
de los surtidores.
¡Oh qué maravilla
de temblor!
Yo pienso
en ventanas abiertas,
sin pianos
y sin doncellas.
[¡HACE UN INSTANTE!]
[...]
¡Hace un instante!
Todavía la polvareda
se mece en el azul.
¡Hace un momento!
¡Dos mil siglos!
si mal no recuerdo.
JARDÍN
Hay cuatro caballeros
con espadas de agua
y está la noche oscura.
Las cuatro espadas hieren
el mundo de las rosas
y os herirán el corazòn.
¡No bajéis al jardín!
Herbarios
LIBRO
El viajante de jardines
lleva un herbario.
Con su tomo de olor, gira.
Por las noches vienen a sus ramas
las almas de los viejos pájaros.
Cantan en ese bosque comprimido
que requiere las fuentes del llanto.
Como las naricillas de los niños
aplastadas en el cristal opaco,
así las flores de este libro
sobre el cristal invisible de los años.
El viajante de jardines,
abre el libro llorando
y los olores errabundos
se desmayan sobre el herbario.
El viajante del tiempo
trae el herbario de los sueños.
Yo
¿Dònde está el herbario?
El viajante
Lo tienes en tus manos.
Yo
Tengo libres los diez dedos.
El viajante
Los sueños bailan en tus cabellos.
Yo
¿Cuántos siglos han pasado?
El viajante
Una sola hoja
tiene mi herbario.
Yo
¿Voy al alba
o a la tarde?
El viajante
El pasado
está inhabitable.
Yo
¡Oh jardín de la amarga fruta!
El viajante
¡Peor es el herbario de la luna!
En mucho secreto, un amigo
me enseña el herbario de los ruidos.
(¡Chisss... silencio!
La noche cuelga del cielo.)
A la luz de un puerto perdido
vienen los ecos de todos los siglos.
(¡Chisss... silencio!
¡La noche oscila con el viento!)
(¡Chisss... silencio!
Viejas iras se enroscan en mis dedos.)
En el jardín de las toronjas de luna
PÓRTICO
NIÑO: Yo voy por las plumas
del pájaro Grifòn.
ENANO: Hijo mío, me es imposible
ayudarte en esta empresa.
Cuento popular
Tan-tan
El aire se había muerto.
Estaba inmòvil y arrugado.
Los pinos yacían en tierra.
Sus sombras de pie, ¡temblando!
Yo-TÚ-Él
(en un solo plano)
Tan-tan
PERSPECTIVA
Dentro de mis ojos
se abre el canto hermético
de las simientes que
no florecieron.
Todas sueñan un fin
irreal y distinto.
(El trigo sueña enormes
flores amarillentas.)
Todas sueñan extrañas
aventuras de sombra.
Frutos inaccesibles
y vientos amaestrados.
Ninguna se conoce.
Ciegas y desconocidas,
les duelen sus perfumes enclaustrados por siempre.
Cada semilla piensa
un árbol genealògico
que cubre todo el cielo
de tallos y racimos.
Por el aire se extienden
vegetaciones increíbles.
Ramas negras y grandes, rosas color ceniza.
La luna, casi ahogada
de flores y ramajes,
se defiende con sus rayos
como un pulpo de plata.
Dentro de mis ojos
se abre el canto hermético
de las simientes que
no florecieron.
EL JARDÍN
Jamás naciò, ¡jamás!
Pero pudo brotar.
Cada segundo se
profundiza y renueva.
Cada segundo abre
nuevas sendas distintas.
¡Por aquí! ¡Por allí!
Va mi cuerpo multiplicado.
Atravesando pueblos
o dormido en el mar.
¡Todo está abierto! Existen
llaves para las claves.
Pero el sol y la luna
nos pierden y despistan,
y bajo nuestros pies
se enmarañan los caminos.
Aquí contemplo todo
lo que pude haber sido.
Dios o mendigo,
agua o vieja margarita.
Mis múltiples senderos
teñidos levemente
hacen una gran rosa
alrededor de mi cuerpo.
Como un mapa imposible,
el jardín de lo posible.
Cada segundo se
profundiza y renueva.
Jamás naciò, ¡jamás!
¡Pero pudo brotar!
GLORIETA
Sobre el surtidor inmòvil
duerme un gran pájaro muerto.
Los dos amantes se besan
entre fríos cristales de sueño.
«La sortija, ¡dame la sortija!»
«No sé dònde están mis dedos.»
«¿No me abrazas?» «Me dejé los brazos
cruzados y fríos en el lecho.»
Entre las hojas se arrastraba
un rayo de luna viejo.
AVENIDA
Las blancas Teorías
con los ojos vendados
danzaban por el bosque.
Lentas como cisnes
y amargas como adelfas.
Pasaron sin ser vistas
por los ojos del hombre,
como de noche pasan
inéditos los ríos, como por el silencio
un rumor nuevo y único.
Alguna entre su túnica
lleva una gris mirada
pero de moribundo.
Otras
agitan largos ramos
de palabras confusas.
No viven y están vivas.
Van por el bosque extático.
¡Enjambre de sonámbulas!
(Lentas como cisnes
y amargas como adelfas.)
PARÉNTESIS
Las doncellas dejan un olor
mental ausente de miradas.
El aire se queda indiferente, camelia blanca de cien hojas.
CANCIÓN DEL JARDINERO INMÓVIL
Lo que no sospechaste
vive y tiembla en el aire.
Al tesoro del día
apenas si tocáis.
Van y vienen cargados
sin que los mire nadie.
Vienen rotos, pero vírgenes
y hechos semilla salen.
Os hablan las cosas y
vosotros no escucháis.
El mundo es un surtidor
fresco, distinto y constante.
Al tesoro del día
apenas si tocáis.
Os veda el puro silencio
el torrente de la sangre.
Pero dos ojos tenéis
para remontar los cauces.
Al tesoro del día
penas si tocáis.
Lo que no sospechaste
vive y tiembla en el aire.
El jardín se enlazaba
por sus perfumes estancados.
Cada hoja soñaba
un sueño diferente.
LOS PUENTES COLGANTES
¡Oh qué gran muchedumbre,
invisible y renovada,
la que viene a este jardín
a descansar para siempre!
Cada paso en la Tierra
nos lleva a un mundo nuevo.
Cada pie lo apoyamos
sobre un puente colgante.
Comprendo que no existe
el camino derecho.
Sòlo un gran laberinto
de encrucijadas múltiples.
Constantemente crean
nuestros pies al andar
inmensos abanicos
de senderos en germen.
¡Oh jardín de las blancas
teorías! ¡Oh jardín
de lo que no soy pero
pude y debí haber sido!
EL SÁTIRO BLANCO
Sobre narcisos inmortales
dormía el sátiro blanco.
Enormes cuernos de cristal
virginizaban su ancha frente.
El sol como un dragòn vencido
lamía sus largas manos de doncella.
Flotando sobre el río del amor
todas las ninfas muertas desfilaban.
El corazòn del sátiro en el viento
se oreaba de viejas tempestades.
La siringa en el suelo era una fuente
con siete azules caños cristalinos.
ESTAMPAS DEL JARDÍN
Las antiguas doncellas
que no fueron amadas
vienen con sus galanes
entre las quietas ramas.
Los galanes sin ojos
y ellas sin palabras
se adornan con sonrisas
como plumas rizadas.
Desfilan bajo grises
tulipanes de escarcha
en un blanco delirio
de luces enclaustradas.
La ciega muchedumbre
de los perfumes vaga
con los pies apoyados
sobre flores intactas.
¡Oh luz honda y oblicua
de las yertas naranjas!
Los galanes tropiezan
con sus rotas espadas.
La viuda de la luna
¿quién la olvidará?
Soñaba que la tierra
fuese de cristal.
Enfurecida y pálida,
quería dormir al mar,
peinando sus melenas
con gritos de coral.
Sus cabellos de vidrio
¿quién los olvidará?
En su pecho los cien
labios de un manantial.
Alabardas de largos
surtidores la van
guardando por las ondas
quietas del arenal.
Pero la luna luna
¿cuándo volverá?
La cortina del viento
tiembla sin cesar.
La viuda de la luna
¿quién la olvidará?
Soñaba que la tierra
fuese de cristal.
Gomo el buen conde Arnaldo
¿quién te olvidará?
También soñaba toda
la tierra de cristal.
[YO]
Yo
¿Qué quieres de mí
que no me dejas, Sueño?
Sueño
Doce cisnes de oro
y doce lunas negras.
Yo
Quiero días y noches
claros y sin secretos.
ARCO DE LUNAS
Un arco de lunas negras
sobre el mar sin movimiento.
Mis hijos que no han nacido
me persiguen.
«¡Padre, no corras, espera!
El más chico viene muerto.»
Se cuelgan de mis pupilas.
Canta el gallo.
El mar hecho piedra ríe
su última risa de olas.
«¡Padre, no corras!»
Mis gritos
se hacen nardos.
[ALTAS TORRES]
Altas torres.
Largos ríos.
Hada
Toma el anillo de bodas
de tus abuelos.
Cien manos bajo la tierra
lo echarán de menos.
Yo
Voy a sentir en mis manos
una inmensa flor de dedos,
y el símbolo del anillo
¡no lo quiero!
Altas torres.
Largos ríos.
CANCIONCILLA DEL NIÑO QUE NO NACIÓ
¡Me habéis dejado sobre una flor
de oscuros sollozos de agua!
El llanto que aprendí
se pondrá viejecito
arrastrando su cola
de suspiros y lágrimas.
Sin brazos, ¿còmo empujo
la puerta de la Luz?
Sirvieron a otro niño
de remos en su barca.
Yo dormía tranquilo.
¿Quién taladrò mi sueño?
Mi madre tiene ya
la cabellera blanca.
¡Me habéis dejado sobre una flor
de oscuros sollozos de agua!
CANCIÓN DEL MUCHACHO DE SIETE CORAZONES
Siete corazones
tengo.
Pero el mío no lo encuentro.
En el alto monte, madre,
tropezábamos yo y el viento.
Siete niñas de largas manos
me llevaron en sus espejos.
He cantado por el mundo
con mi boca de siete pétalos.
Mis galeras de amaranto
iban sin jarcias y sin remos.
He vivido los paisajes
de otras gentes. Mis secretos
alrededor de la garganta
¡sin darme cuenta! iban abiertos.
En el alto monte, madre,
(mi corazòn sobre los ecos
dentro del álbum de una estrella) tropezábamos yo y el viento.
Siete corazones
tengo.
Pero el mío no lo encuentro.
OLOR BLANCO
¡Oh qué frío perfume
de jacintos!
Por los cipreses blancos
viene una doncella.
Trae sus senos cortados
en un plato de oro.
(Dos caminos.
Su larguísima cola
y la Vía Láctea.)
Madre
de los niños muertos,
tiembla con el delirio
de los gusanos de luz.
¡Oh qué frío perfume
de jacintos!
ENCUENTRO
Flor de sol.
Flor de río.
Yo
¿Eras tú? Tienes el pecho
iluminado y no te he visto.
Ella
¡Cuántas veces te han rozado
las cintas de mi vestido!
Yo
Sin abrir, oigo en tu garganta
las blancas voces de mis hijos.
Ella
Tus hijos flotan en mis ojos
como diamantes amarillos.
Yo
¿Eras tú? ¿Por dònde arrastrabas
esas trenzas sin fin, amor mío?
Ella
En la luna. ¿Te ríes? Entonces,
alrededor de la flor del narciso.
Yo
En mi pecho se agita sonámbula
una sierpe de besos antiguos.
Ella
Los instantes abiertos clavaban
sus raíces sobre mis suspiros.
Yo
Enlazados por la misma brisa
frente a frente ¡no nos conocimos!
Ella
El ramaje se espesa, vete pronto.
¡Ninguno de los dos hemos nacido!
Flor de sol.
Flor de río.
DUNA
Sobre la extensa duna
de la luz antiquísima
me encuentro despistado
sin cielo ni camino.
El Norte moribundo
apagò sus estrellas.
Los cielos naufragados
se ondulaban sin prisa.
Por el mar de la luz
¿dònde voy? ¿A quién busco?
Aquí, gime el reflejo
de las lunas veladas.
¡Ay, mi fresco pedazo
de madera compacta,
vuélveme a mi balcòn
y a mis pájaros vivos!
El jardín seguirá
moviendo sus arriates
sobre la ruda espalda
del silencio encallado.
¡AMANECER Y REPIQUE!
Fuera del jardín
El sol con sus cien cuernos
levanta el cielo bajo.
El mismo gesto repiten
los toros en la llanura.
La pedrea estremecida
de los viejos campanarios
despierta y pone en camino
al gran rebaño del viento.
En el río ahora comienzan
las batallas de los peces.
Alma mía, niño y niña,
¡¡silencio!!
Otros poemas del libro de «Suites»
Ferias
POEMA DE LA FERIA
Bajo el sol de la tuba
pasa la Feria
suspirando a los viejos
pegasos cautivos.
La Feria
es una rueda.
Una rueda de luces
sobre la noche.
Los círculos concéntricos
del tiovivo llegan,
ondulando la atmòsfera
hasta la luna.
Y hay un niño que pierden
todos los poetas.
Y una caja de música
sobre la brisa.
CANCIÓN MORENA
Me perdería
por tu país moreno,
María del Carmen.
Me perdería
por tus ojos sin nadie
pulsando los teclados
de tu boca inefable.
En tu abrazo perpetuo
sería moreno el aire
y tendría la brisa
el vello de tu carne.
Me perdería
por tus senos temblantes,
por las hondas negruras
de tu cuerpo suave.
Me perdería
por tu país moreno,
María del Carmen.
Momentos de la tarde
LAS TRES
¡Ya se está levantando
el aire del Poniente!
La tierra está cubierta
por un mar amarillo.
Hay un hombre de oro
bañándose en el río
y ha naufragado el sol
en azul derretido.
—Ya se está levantando
el aire del Poniente.
Momentos del jardín
MARINA
Cien negros navegantes
van en balsas de oro.
Sobre el mar en acecho
los corales emergen.
Yo, visir de una rara
Golconda de luceros,
calmo la sed de perlas
que tiene el agua y doy
pájaros y serpientes
a las ramas flotantes.
Países
NIEVE
Campo sin caminos
y ciudad sin tejados.
El mundo está silencioso
y candido.
Paloma gigantesca
de los astros,
¿corno no baja del azul
el eterno milano?
MUNDO
Ángulo eterno,
la tierra y el cielo.
Con bisectriz de viento.
Ángulo inmenso,
el camino derecho.
Con bisectriz de deseo.
Las paralelas se encuentran
en el beso.
¡Oh corazòn
sin eco!
En ti empieza y acaba
el universo.
Ensueños del río
Río Genil
Las alamedas se van,
pero dejan su reflejo.
(¡ Oh qué bello
momento!)
Las alamedas se van,
pero nos dejan el viento.
El viento está amortajado
a lo largo, bajo el cielo.
(¡Oh qué triste
momento!)
Pero ha dejado flotando,
sobre los ríos, sus ecos.
El mundo de las luciérnagas
ha invadido mis recuerdos.
(¡Oh qué bello
momento!)
Y un corazòn diminuto
me va brotando en los dedos.
[EL REMANSO TIENE LOTOS]
El remanso tiene lotos
de círculos concéntricos.
Sobre mis sienes soporto
la majestad del silencio.
Maravillosos biseles
estremecen a los álamos.
Por las hierbas de la orilla
van los caracoles blancos.
CORRIENTE LENTA
En el Cubillas
Por el río se van mis ojos,
por el río...
Por el río se va mi amor,
por el río...
(Mi corazòn va contando
las horas que está dormido.)
El río trae hojas secas,
el río...
El río es claro y profundo,
el río...
(Mi corazòn me pregunta
si puede cambiar de sitio.)
Ruedas de fortuna
ABANICO
El zodíaco
de la suerte
se abre en el abanico
rojo, amarillo y verde.
En la selva de los números
la niña se pierde
con los ojos cerrados.
¿El cuatro? ¿El cinco? ¿El siete?
Cada número guarda
pájaro o serpiente.
«Sí», dice el cuatro.
«No», dice el veinte.
El dedo de la niña
sobre el cielo de la suerte
pone la estrella de
más rico presente.
RULETA
Rosa
de corola profunda.
¿Se te atraganta
la bolita?
Tienes un cielo
de joyas falsas
y te deshojan manos
descarnadas.
Giras
sobre turbias pupilas
en el acre jardín
de las interrogaciones.
Giras
sonámbula y fría,
abriendo tu gran cola
de pavo real de números.
[Epitafio a un pájaro]
y sus ojos tuvieron
profundidad de siglos
mientras se le irisaba
la gran perla del pico.
Adiòs, pájaro verde.
Ya estarás en el Limbo.
Visita de mi parte
a mi hermano Luisillo
en la pradera
con los mamoncillos.
¡Adiòs, pájaro verde,
tan grande y tan chico!
¡Admirable quimera
del limòn y el narciso!
ACCIÓN DE GRACIAS
Gracias, Señor lejano,
Señor y Padre mío,
que me das una inmensa
lecciòn de lirismo.
¡Oh Santo, Santo, Santo
que muestras el divino
momento de la muerte
sin velos, a mi espíritu! Dame la dignidad
del pájaro y el ritmo
de sus alas abiertas
ante lo sombrío.
¡Oh Santo, Santo, Santo!
Esta noche te pido
agua para mis ojos,
sombra para mis gritos.
MEMENTO
He acostado al cantor
sobre un gran crisantemo
y escribo su epitafio.
Memento.
La Tierra duerme bajo
su mantilla de viento
con mares encrespados
y con mares serenos.
Memento.
Ahora mismo se hacen
preguntas los luceros.
Tú sabes la respuesta
que no conocen ellos.
Memento.
Yacerás esta noche
sobre un lírico lecho.
¿Qué niño durmiò nunca
en una flor su sueño?
Memento.
Y esta noche enviaré
para velar tu cuerpo
la mariposa enorme
de mi único beso.
¡Memento!
Espera
El universo
está en espera de algo
que aún no se ha abierto.
La floresta infinita
de los luceros
y las faunas del alma
contienen el aliento
y miran hacia un punto
que está lejos
esperando la clave
del misterio,
punto que ataca la muerte
con un martillo feérico.
Mas si el punto lejano
se borrara del cielo
habría una catástrofe
de luceros,
un enorme montòn
de luceros
coronados por feéricos
esqueletos.
[El campo segado]
El campo segado
y la luna disuelta.
Por el aire van los sueños
de las semillas.
Espiga azul
y amapola blanca.
Mi alma,
una sola
flor delirante.
El campo segado
y la luna disuelta.
Poema del cante jondo
Baladilla de los tres ríos
A Salvador Quinteros
El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos.
Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
El río Guadalquivir
tiene las barbas granates.
Los dos ríos de Granada
uno llanto y otro sangre.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
Para los barcos de vela,
Sevilla tiene un camino;
por el agua de Granada
sòlo reman los suspiros.
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales.
Dauro y Genil, torrecillas
muertas sobre los estanques.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
¡Quién dirá que el agua lleva
un fuego fatuo de gritos!
¡Ay, amor
que se fue y no vino!
Lleva azahar, lleva olivas,
Andalucía, a tus mares.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!
Poema de la siguiriya gitana
A Carlos Moría Vicuña
PAISAJE
El campo
de olivos
se abre y se cierra
como un abanico.
Sobre el olivar
hay un cielo hundido
y una lluvia oscura
de luceros fríos.
Tiembla junco y penumbra
a la orilla del río.
Se riza el aire gris.
Los olivos,
están cargados
de gritos.
Una bandada
de pájaros cautivos,
que mueven sus larguísimas
colas en lo sombrío.
LA GUITARRA
Empieza el llanto
de la guitarra.
Se rompen las copas
de la madrugada.
Empieza el llanto
de la guitarra.
Es inútil
callarla.
Es imposible
callarla.
Llora monòtona
como llora el agua,
como llora el viento
sobre la nevada.
Es imposible
callarla.
Llora por cosas
lejanas.
Arena del Sur caliente
que pide camelias blancas.
Llora flecha sin blanco,
la tarde sin mañana,
y el primer pájaro muerto
sobre la rama.
¡Oh guitarra!
Corazòn malherido
por cinco espadas.
EL GRITO
La elipse de un grito,
va de monte
a monte.
Desde los olivos,
será un arco iris negro
sobre la noche azul.
¡Ay!
Como un arco de viola,
el grito ha hecho vibrar
largas cuerdas del viento.
¡Ay!
(Las gentes de las cuevas
asoman sus velones.)
¡Ay!
EL SILENCIO
Oye, hijo mío, el silencio.
Es un silencio ondulado,
un silencio,
donde resbalan valles y ecos
y que inclina las frentes
hacia el suelo.
EL PASO DE LA SIGUIRIYA
Entre mariposas negras,
va una muchacha morena
junto a una blanca serpiente
de niebla.
Tierra de luz,
cielo de tierra.
Va encadenada al temblor
de un ritmo que nunca llega;
tiene el corazòn de plata
y un puñal en la diestra.
¿Adonde vas, siguiriya,
con un ritmo sin cabeza?
¿Qué luna recogerá
tu dolor de cal y adelfa?
Tierra de luz,
cielo de tierra.
DESPUÉS DE PASAR
Los niños miran
un punto lejano.
Los candiles se apagan.
Unas muchachas ciegas
preguntan a la luna,
y por el aire ascienden
espirales de llanto.
Las montañas miran
un punto lejano.
Y DESPUÉS
Los laberintos
que crea el tiempo,
se desvanecen.
(Sòlo queda
el desierto.)
El corazòn,
fuente del deseo,
se desvanece.
(Sòlo queda
el desierto.)
La ilusiòn de la aurora
y los besos,
se desvanecen.
Sòlo queda
el desierto.
Un ondulado
desierto.
Poema de la soleá
A Jorge Zalamea
Tierra seca,
tierra quieta
de noches
inmensas.
(Viento en el olivar,
viento en la sierra.)
Tierra
vieja
del candil
y la pena.
Tierra
de las hondas cisternas.
Tierra
de la muerte sin
ojos y las flechas.
(Viento por los caminos.
Brisa en las alamedas.)
PUEBLO
Sobre el monte pelado
un calvario.
Agua clara
y olivos centenarios.
Por las callejas
hombres embozados,
y en las torres
veletas girando.
Eternamente
girando.
¡Oh, pueblo perdido,
en la Andalucía del llanto!
PUÑAL
El puñal,
entra en el corazòn,
como la reja del arado
en el yermo.
No.
No me lo claves.
No.
El puñal,
como un rayo de sol,
incendia las terribles
hondonadas.
No.
No me lo claves.
No.
ENCRUCIJADA
Viento del Este;
un farol
y el puñal
en el corazòn.
La calle
tiene un temblor
de cuerda
en tensiòn,
un temblor
de enorme moscardòn.
Por todas partes
yo
veo el puñal
en el corazòn.
¡AY!
El grito deja en el viento
una somba de ciprés.
(Dejadme en este campo
llorando.)
Todo se ha roto en el mundo.
No queda más que el silencio.
(Dejadme en este campo
llorando.)
El horizonte sin luz
está mordido de hogueras.
(Ya os he dicho que me dejéis
en este campo
llorando.)
SORPRESA
Muerto se quedò en la calle
con un puñal en el pecho.
No lo conocía nadie.
¡Còmo temblaba el farol!
Madre.
¡Còmo temblaba el farolito
de la calle!
Era madrugada. Nadie
pudo asomarse a sus ojos
abiertos al duro aire.
Que muerto se quedò en la calle
que con un puñal en el pecho
y que no lo conocía nadie.
LA SOLEÁ
Vestida con mantos negros
piensa que el mundo es chiquito
y el corazòn es inmenso.
Vestida con mantos negros.
Piensa que el suspiro tierno
y el grito, desaparecen
en la corriente del viento.
Vestida con mantos negros.
Se dejò el balcòn abierto
y al alba por el balcòn
desembocò todo el cielo.
¡Ay yayayayay,
que vestida con mantos negros!
CUEVA
De la cueva salen
largos sollozos.
(Lo cárdeno
sobre lo rojo.)
El gitano evoca
países remotos.
(Torres altas y hombres
misteriosos.)
En la voz entrecortada
van sus ojos.
(Lo negro
sobre lo rojo.)
Y la cueva encalada
tiembla en el oro.
(Lo blanco
sobre lo rojo.)
ENCUENTRO
Ni tú ni yo estamos
en disposiciòn
de encontrarnos.
Tú... por lo que ya sabes.
¡Yo la he querido tanto!
Sigue esa veredita.
En las manos,
tengo los agujeros
de los clavos.
¿No ves còmo me estoy
desangrando?
No mires nunca atrás,
vete despacio
y reza como yo
a San Cayetano,
que ni tú ni yo estamos
en disposiciòn
de encontrarnos.
ALBA
Campanas de Còrdoba
en la madrugada.
Campanas de amanecer
en Granada.
Os sienten todas las muchachas
que lloran a la tierna
soleá enlutada.
Las muchachas,
de Andalucía la alta
y la baja.
Las niñas de España,
de pie menudo
y temblorosas faldas,
que han llenado de luces
las encrucijadas.
¡Oh, campanas de Còrdoba
en la madrugada,
y oh, campanas de amanecer
en Granada!
Poema de la saeta
A Francisco Iglesias
ARQUEROS
Los arqueros oscuros
a Sevilla se acercan.
Guadalquivir abierto.
Anchos sombreros grises,
largas capas lentas.
¡Ay, Guadalquivir!
Vienen de los remotos
países de la pena.
Guadalquivir abierto.
Y van a un laberinto.
Amor, cristal y piedra.
¡Ay, Guadalquivir!
NOCHE
Cirio, candil,
farol y luciérnaga.
La constelaciòn
de la saeta.
Ventanitas de oro
tiemblan,
y en la aurora se mecen
cruces superpuestas.
Cirio, candil,
farol y luciérnaga.
SEVILLA
Sevilla es una torre
llena de arqueros finos.
Sevilla para herir.
Còrdoba para morir.
Una ciudad que acecha
largos ritmos,
y los enrosca
como laberintos.
Como tallos de parra encendidos.
¡Sevilla para herir!
Bajo el arco del cielo,
sobre su llano limpio,
dispara la constante
saeta de su río.
¡Còrdoba para morir!
Y loca de horizonte
mezcla en su vino,
lo amargo de Don Juan
y lo perfecto de Dionisio.
Sevilla para herir.
¡Siempre Sevilla para herir!
PROCESIÓN
Por la calleja vienen
extraños unicornios.
¿De qué campo,
de qué bosque mitològico?
Más cerca,
ya parecen astrònomos.
Fantásticos Merlines
y el Ecce Homo,
Durandarte encantado,
Orlando furioso.
PASO
Virgen con miriñaque,
Virgen de la Soledad,
abierta como un inmenso
tulipán.
En tu barco de luces
vas
por la alta marea
de la ciudad,
entre saetas turbias
y estrellas de cristal.
Virgen con miriñaque
tú vas
por el río de la calle,
¡hasta el mar!
SAETA
Cristo moreno
pasa
de lirio de Judea
a clavel de España.
¡Miradlo por dònde viene!
De España.
Cielo limpio y oscuro,
tierra tostada,
y cauces donde corre
muy lenta el agua.
Cristo moreno,
con las guedejas quemadas,
los pòmulos salientes
y las pupilas blancas.
¡Miradlo por dònde va!
BALCÓN
La Lola
canta saetas.
Los toreritos
la rodean,
y el barberillo
desde su puerta,
sigue los ritmos
con la cabeza.
Entre la albahaca
y la hierbabuena,
la Lola canta
saetas.
La Lola aquella,
que se miraba
tanto en la alberca.
MADRUGADA
Pero como el amor
los saeteros
están ciegos.
Sobre la noche verde,
las saetas,
dejan rastros de lirio
caliente.
La quilla de la luna
rompe nubes moradas
y las aljabas
se llenan de rocío.
¡Ay, pero como el amor
los saeteros
están ciegos!
Gráfico de la Petenera
A Eugenio Montes
CAMPANA
Bordòn
En la torre
amarilla,
dobla una campana.
Sobre el viento
amarillo,
se abren las campanadas.
En la torre
amarilla,
cesa la campana.
El viento con el polvo,
hace proras de plata.
CAMINO
Cien jinetes enlutados,
¿dònde irán,
por el cielo yacente
del naranjal?
Ni a Còrdoba ni a Sevilla
llegarán.
Ni a Granada la que suspira
por el mar.
Esos caballos soñolientos
los llevarán,
al laberinto de las cruces
donde tiembla el cantar.
Con siete ayes clavados,
¿dònde irán,
los cien jinetes andaluces
del naranjal?
LAS SEIS CUERDAS
La guitarra,
hace llorar a los sueños.
El sollozo de las almas
perdidas,
se escapa por su boca
redonda.
Y como la tarántula
teje una gran estrella
para cazar suspiros,
que flotan en su negro
aljibe de madera.
DANZA
En el huerto de la Petenera
En la noche del huerto,
seis gitanas,
vestidas de blanco
bailan.
En la noche del huerto,
coronadas,
con rosas de papel
y biznagas.
En la noche del huerto,
sus dientes de nácar,
escriben la sombra
quemada.
Y en la noche del huerto,
sus sombras se alargan,
y llegan hasta el cielo
moradas.
MUERTE DE LA PETENERA
En la casa blanca muere
la perdiciòn de los hombres.
Cien jacas caracolean.
Sus jinetes están muertos.
Bajo las estremecidas
estrellas de los velones,
su falda de moaré tiembla
entre sus muslos de cobre.
Cien jacas caracolean.
Sus jinetes están muertos.
Largas sombras afiladas
vienen del turbio horizonte,
y el bordòn de una guitarra
se rompe.
Cien jacas caracolean.
Sus jinetes están muertos.
FALSETA
¡Ay, Petenera gitana!
¡Yayay Petenera!
Tu entierro no tuvo niñas
buenas.
Niñas que le dan a Cristo muerto
sus guedejas,
y llevan blancas mantillas
en las ferias.
Tu entierro fue de gente
siniestra.
Gente con el corazòn
en la cabeza,
que te siguiò llorando
por las callejas.
¡Ay, Petenera gitana!
¡Yayay Petenera!
«DE PROFUNDIS»
Los cien enamorados
duermen para siempre
bajo la tierra seca.
Andalucía tiene
largos caminos rojos.
Còrdoba, olivos verdes
donde poner cien cruces,
que los recuerden.
Los cien enamorados
duermen para siempre.
CLAMOR
En las torres
amarillas,
doblan las campanas.
Sobre los vientos
amarillos,
se abren las campanadas.
Por un camino va
la Muerte, coronada,
de azahares marchitos.
Canta y canta
una canciòn
en su vihuela blanca,
y canta y canta y canta.
En las torres amarillas,
cesan las campanas.
El viento con el polvo,
hacen proras de plata.
Dos muchachas
A Máximo Quijano
LA LOLA
Bajo el naranjo lava
pañales de algodòn.
Tiene verdes los ojos
y violeta la voz.
¡Ay, amor,
bajo el naranjo en flor!
El agua de la acequia
iba llena de sol.
En el olivarito
cantaba un gorriòn.
¡Ay, amor,
bajo el naranjo en flor!
Luego cuando la Lola
gaste todo el jabòn,
vendrán los torerillos.
¡Ay, amor,
bajo el naranjo en flor!
AMPARO
Amparo,
¡qué sola estás en tu casa
vestida de blanco!
(Ecuador entre el jazmín
y el nardo.)
Oyes los maravillosos
surtidores de tu patio,
y el débil trino amarillo
del canario.
Por la tarde ves temblar
los cipreses con los pájaros,
mientras bordas lentamente
letras sobre el cañamazo.
Amparo,
¡qué sola estás en tu casa
vestida de blanco!
Amparo,
¡y qué difícil decirte:
yo te amo!
Viñetas flamencas
A Manuel Torres, «Niño de Jerez»,
que tiene tronco de Faraòn
RETRATO DE SILVERIO FRANCONETTI
Entre italiano
y flamenco,
¿còmo cantaría
aquel Silverio?
La densa miel de Italia
con el limòn nuestro,
iba en el hondo llanto
del siguiriyero.
Su grito fue terrible.
Los viejos
dicen que se erizaban
los cabellos,
y se abría el azogue
de los espejos.
Pasaba por los tonos
sin romperlos.
Y fue un creador
y un jardinero.
Un creador de glorietas
para el silencio.
Ahora su melodía
duerme con los ecos.
Definitiva y pura.
¡Con los últimos ecos!
JUAN BREVA
Juan Breva tenía
cuerpo de gigante
y voz de niña.
Nada como su trino.
Era la misma
Pena cantando detrás de una sonrisa.
Evoca los limonares
de Málaga la dormida,
y hay en su llanto dejos
de sal marina.
Como Homero cantò
ciego. Su voz tenía,
algo de mar sin luz
y naranja exprimida.
CAFÉ CANTANTE
Lámparas de cristal
y espejos verdes.
Sobre el tablado oscuro,
la Parrala sostiene
una conversaciòn
con la Muerte.
La llama
no viene,
y la vuelve a llamar.
Las gentes
aspiran los sollozos.
Y en los espejos verdes,
largas colas de seda
se mueven.
LAMENTACIÓN DE LA MUERTE
A Miguel Benítez
Sobre el cielo negro,
culebrinas amarillas.
Vine a este mundo con ojos
y me voy sin ellos.
¡Señor del mayor dolor!
Y luego,
un velòn y una manta
en el suelo.
Quise llegar adonde
llegaron los buenos.
¡Y he llegado, Dios mío!...
Pero luego,
un velòn y una manta
en el suelo.
Limoncito amarillo,
limonero.
Echad los limoncitos
al viento.
¡Ya lo sabéis!... Porque luego,
luego,
un velòn y una manta
en el suelo.
Sobre el cielo negro,
culebrinas amarillas.
CONJURO
La mano crispada
como una Medusa
ciega el ojo doliente
del candil.
As de bastos.
Tijeras en cruz.
Sobre el humo blanco
del incienso, tiene
algo de topo y
mariposa indecisa.
As de bastos.
Tijeras en cruz.
Aprieta un corazòn
invisible, ¿la veis?
Un corazòn
reflejado en el viento.
As de bastos.
Tijeras en cruz.
MEMENTO
Cuando yo me muera,
enterradme con mi guitarra
bajo la arena.
Cuando yo me muera,
entre los naranjos
y la hierbabuena.
Cuando yo me muera,
enterradme, si queréis,
en una veleta.
¡Cuando yo me muera!
Tres ciudades
A Pilar Zubiaurre
MALAGUEÑA
La muerte
entra y sale
de la taberna.
Pasan caballos negros
y gente siniestra
por los hondos caminos
de la guitarra.
Y hay un olor a sal
y a sangre de hembra,
en los nardos febriles
de la marina.
La muerte
entra y sale,
y sale y entra
la muerte
de la taberna.
BARRIO DE CÓRDOBA
Tòpico Nocturno
En la casa se defienden
de las estrellas.
La noche se derrumba.
Dentro hay una niña muerta
con una rosa encarnada
oculta en la cabellera.
Seis ruiseñores la lloran
en la reja.
Las gentes van suspirando
con las guitarras abiertas.
BAILE
La Carmen está bailando
por las calles de Sevilla.
Tiene blancos los cabellos
y brillantes las pupilas.
¡Niñas,
corred las cortinas!
En su cabeza se enrosca
una serpiente amarilla,
y va soñando en el baile
con galanes de otros días.
¡Niñas,
corred las cortinas!
Las calles están desiertas
y en los fondos se adivinan,
corazones andaluces buscando viejas espinas.
¡Niñas,
corred las cortinas!
Seis caprichos
A Regina Sainz de la Maza
ADIVINANZA DE LA GUITARRA
En la redonda
encrucijada,
seis doncellas
bailan.
Tres de carne
y tres de plata.
Los sueños de ayer las buscan
pero las tiene abrazadas,
un Polifemo de oro.
¡La guitarra!
CANDIL
¡Oh, qué grave medita
la llama del candil!
Como un faquir indio
mira su entraña de oro
y se eclipsa soñando
atmòsfera sin viento.
Cigüeña incandescente
pica desde su nido
a las sombras macizas,
y se asoma temblando
a los ojos redondos
del gitanillo muerto.
CRÓTALO
Cròtalo.
Cròtalo.
Cròtalo.
Escarabajo sonoro.
En la araña
de la mano
rizas el aire
cálido,
y te ahogas en tu trino
de palo.
Cròtalo.
Cròtalo.
Cròtalo.
Escarabajo sonoro.
CHUMBERA
Laoconte salvaje.
¡Qué bien estás
bajo la media luna!
Múltiple pelotari.
¡Qué bien estás a
menazando al viento!
Dafne y Atis,
saben de tu dolor.
Inexplicable.
PITA
Pulpo petrificado.
Pones cinchas cenicientas
al vientre de los montes,
y muelas formidables a los desfiladeros.
Pulpo petrificado.
CRUZ
La cruz.
(Punto final
del camino.)
Se mira en la acequia.
(Puntos suspensivos.)
CANCIÓN DEL GITANO APALEADO
Veinticuatro bofetadas.
Veinticinco bofetadas;
después, mi madre, a la noche,
me pondrá en papel de plata.
Guardia Civil caminera,
dadme unos sorbitos de agua.
Agua con peces y barcos. Agua, agua, agua, agua.
¡Ay, mandor de los civiles
que estás arriba en tu sala!
¡No habrá pañuelos de seda para limpiarme la cara!
5 de julio 1925
CANCIÓN DE LA MADRE DEL AMARGO
Lo llevan puesto en mi sábana
mis adelfas y mi palma.
Día veintisiete de agosto
con un cuchillito de oro.
La cruz. ¡Y vamos andando!
Era moreno y amargo.
Vecinas, dadme una jarra
de azòfar con limonada.
La cruz. No llorad ninguna.
El Amargo está en la luna.
9 julio 1925
Canciones
1921-1924
A Pedro Salinas, Jorge Guillen y
Melchorito Fernández Almagro
Teorías
Canciòn de las siete doncellas
Teoría del arco iris
Cantan las siete
doncellas.
(Sobre el cielo un arco
de ejemplos de ocaso.)
Alma con siete voces
las siete doncellas.
(En el aire blanco,
siete largos pájaros.)
Mueren las siete
doncellas.
(¿Por qué no han sido nueve?
¿Por qué no han sido veinte?)
El río las trae.
Nadie puede verlas.
Nocturno esquemático
Hinojo, serpiente y junco.
Aroma, rastro y penumbra.
Aire, tierra y soledad.
(La escala llega a la luna.)
La canciòn del colegial
Sábado.
Puerta de jardín.
Domingo.
Día gris.
Gris.
Sábado.
Arcos azules.
Brisa.
Domingo.
Mar con orillas.
Metas.
Sábado.
Semilla,
estremecida.
Domingo,
(Nuestro amor se pone,
amarillo.)
El canto quiere ser luz.
En lo oscuro el canto tiene,
hilos de fòsforo y luna.
La luz no sabe qué quiere.
En sus límites de òpalo,
se encuentra ella misma,
y vuelve.
Tiovivo
A José Bergamín
Los días de fiesta
van sobre ruedas.
El tiovivo los trae,
y los lleva.
Corpus azul.
Blanca Nochebuena.
Los días, abandonan
su piel, como las culebras,
con la sola excepciòn
de los días de fiesta.
Éstos son los mismos
de nuestras madres viejas.
Sus tardes son largas colas
de moaré y lentejuelas.
Corpus azul.
Blanca Nochebuena.
El tiovivo gira
colgado de una estrella.
Tulipán de las cinco
partes de la tierra.
Sobre caballitos
disfrazados de panteras
los niños se comen la luna
como si fuera una cereza.
¡Rabia, rabia, Marco Polo!
Sobre una fantástica rueda,
los niños ven lontananzas
desconocidas de la tierra.
Corpus azul.
Blanca Nochebuena.
Balanza
La noche quieta siempre.
El día va y viene.
La noche muerta y alta.
El día con un ala.
La noche sobre espejos
y el día bajo el viento.
Canciòn con movimiento
Ayer.
(Estrellas
azules.)
Mañana.
(Estrellitas
blancas.)
Hoy.
(Sueño flor adormecida
en el valle de la enagua.)
Ayer.
(Estrellas
de fuego.)
Mañana.
(Estrellas
moradas.)
Hoy.
(Este corazòn, ¡Dios mío!
¡Este corazòn que salta!)
Ayer.
(Memoria
de estrellas.)
Mañana.
(Estrellas cerradas.)
Hoy...
(¡Mañana!)
¿Me marearé quiza
sobre la barca?
¡Oh los puentes del Hoy
en el camino de agua!
Refrán
Marzo
pasa volando.
Y Enero sigue tan alto.
Enero,
sigue en la noche del cielo.
Y abajo Marzo es un momento.
Enero.
Para mis ojos viejos.
Marzo.
Para mis frescas manos.
Friso
A Gustavo Duran
Tierra
Las niñas de la brisa van
Con sus largas colas.
Cielo
Los mancebos del aire
Saltan sobre la luna.
Cazador
¡Alto pinar!
Cuatro palomas por el aire van.
Cuatro palomas
vuelan y tornan.
Llevan heridas
sus cuatro sombras.
¡Bajo pinar!
Cuatro palomas en la tierra están.
Fábula
Unicornios y cíclopes.
Cuernos de oro
y ojos verdes.
Sobre el acantilado,
en tropel gigantesco
ilustran el azogue
sin cristal, del mar.
Unicornios y cíclopes.
Una pupila
y una potencia.
¿Quién duda la eficacia
terrible de esos cuernos?
¡Oculta tus blancos,
Naturaleza!
Agosto,
contraponientes
de melocotòn y azúcar,
y el sol dentro de la tarde,
como el hueso en una fruta.
La panocha guarda intacta,
su risa amarilla y dura.
Agosto.
Los niños comen
pan moreno y rica luna.
Arlequín
Teta roja del sol.
Teta azul de la luna.
Torso mitad coral,
mitad plata y penumbra.
Cortaron tres árboles
A Ernesto Halffier
Eran tres.
(Vino el día con sus hachas.)
Eran dos.
(Alas rastreras el plata.)
Era uno.
Era ninguno.
(Se quedò desnuda el agua.)
Nocturnos de la ventana
A la memoria de José de Ciria y Escalante.
Poeta
Alta va la luna.
Bajo corre el viento.
(Mis largas miradas,
exploran el cielo.)
Luna sobre el agua.
Luna bajo el viento.
(Mis cortas miradas
exploran el suelo.)
Las voces de dos niñas
venían. Sin esfuerzo,
de la luna del agua,
me fui a la del cielo.
Un brazo de la noche
entra por mi ventana.
Un gran brazo moreno
con pulseras de agua.
Sobre un cristal azul
jugaba al río mi alma.
Los instantes heridos
por el reloj... pasaban.
Asomo la cabeza
por mi ventana, y veo
còmo quiere cortarla
la cuchilla del viento.
En esta guillotina
invisible, yo he puesto
las cabezas sin ojos
de todos mis deseos.
Y un olor de limòn
llenò el instante inmenso,
mientras se convertía
en flor de gasa el viento.
Al estanque se le ha muerto
hoy una niña de agua.
Está fuera del estanque,
sobre el suelo amortajada.
De la cabeza a sus muslos
un pez la cruza, llamándola.
El viento le dice «niña»
mas no puede despertarla.
El estanque tiene suelta
su cabellera de algas
y al aire sus grises tetas
estremecidas de ranas.
«Dios te salve» rezaremos
a Nuestra Señora de Agua
por la niña del estanque
muerta bajo las manzanas.
Yo luego pondré a su lado
dos pequeñas calabazas
para que se tenga a flote,
¡ay! sobre la mar salada.
Residencia de Estudiantes, 1923
Canciones para niños
Canciòn china en Europa
A mi ahijada Isabel Clara
La señorita
del abanico,
va por el puente
del fresco río.
Los caballeros
con sus levitas,
miran el puente
sin barandillas.
La señorita
del abanico
y los volantes,
busca marido.
Los caballeros
están casados,
con altas rubias
de idioma blanco.
Los grillos cantan
por el Oeste.
(La señorita,
va por lo verde.)
Los grillos cantan
bajo las flores.
(Los caballeros,
van por el Norte.)
Cancioncilla sevillana
A Sòlita Salinas
Amanecía,
en el naranjel.
Abejitas de oro
buscaban la miel.
¿Dònde estará
la miel?
Está en la flor azul,
Isabel.
En la flor,
del romero aquel.
(Sillita de oro
para el moro.
Silla de oropel
para su mujer.)
Amanecía,
en el naranjel.
Caracola
A Natalita Jiménez
Me han traído una caracola.
Dentro le canta
un mar de mapa.
Mi corazòn
se llena de agua
con pececillos
de sombra y plata.
Me han traído una caracola.
El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.
El lagarto y la lagarta
con delantaritos blancos.
Han perdido sin querer
su anillo de desposados.
¡Ay, su anillito de plomo,
ay, su anillito plomado!
Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.
El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.
¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!
¡Ay còmo lloran y lloran,
¡ay! ¡ay! còmo están llorando!
Canciòn cantada
En el gris,
el pájaro Grifòn
se vestía de gris.
Y la niña Kikirikí
perdía su blancor
y forma allí.
Para entrar en el gris
me pinté de gris.
¡Y còmo relumbraba
en el gris!
Paisaje
A Rita, Concha, Pepe y Carmencica
La tarde equivocada
se vistiò de frío.
Detrás de los cristales
turbios, todos los niños,
ven convertirse en pájaros
un árbol amarillo.
La tarde está tendida
a lo largo del río.
Y un rubor de manzana
tiembla en los tejadillos.
Canciòn tonta
Mamá.
Yo quiero ser de plata.
Hijo,
tendrás mucho frío.
Mamá.
Yo quiero ser de agua.
Hijo,
tendrás mucho frío.
Mamá.
Bòrdame en tu almohada.
¡Eso sí!
¡Ahora mismo!
Andaluzas
A Miguel Pizarra (en la irregularidad simétrica del Japòn)
Canciòn de jinete
En la luna negra
de los bandoleros,
cantan las espuelas.
Caballito negro.
¿Dònde llevas tu jinete muerto?
... Las duras espuelas
del bandido inmòvil
que perdiò las riendas.
Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
En la luna negra,
sangraba el costado
de Sierra Morena.
Caballito negro.
¿Dònde llevas tu jinete muerto?
La noche espolea
sus negros ijares
clavándose estrellas.
Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
En la luna negra,
¡un grito! y el cuerno
largo de la hoguera.
Caballito negro.
¿Dònde llevas tu jinete muerto?
Adelina de paseo
La mar no tiene naranjas,
ni Sevilla tiene amor.
Morena, qué luz de fuego.
Préstame tu quitasol.
Me pondrá la cara verde
-zumo de lima y limòn—.
Tus palabras -pececillos-
nadarán alrededor.
La mar no tiene naranjas.
Ay amor.
¡Ni Sevilla tiene amor!
* * *
Zarzamora con el tronco gris,
dame un racimo para mí.
Sangre y espinas. Acércate.
Si tú me quieres, yo te querré.
Deja tu fruto de verde y
sombra sobre mi lengua, zarzamora.
Qué largo abrazo te daría
en la penumbra de mis espinas.
Zarzamora, ¿dònde vas?
A buscar amores que tú no me das.
* * *
Mi niña se fue a la mar,
a contar olas y chinas,
pero se encontrò, de pronto,
con el río de Sevilla.
Entre adelfas y campanas
cinco barcos se mecían,
con los remos en el agua
y las velas en la brisa.
¿Quién mira dentro la torre
enjaezada, de Sevilla?
Cinco voces contestaban
redondas como sortijas.
El cielo monta gallardo
al río, de orilla a orilla.
En el aire sonrosado,
cinco anillos se mecían.
Tarde
¿Estaba mi Lucía con los pies en el arroyo?
Tres álamos inmensos
y una estrella.
El silencio mordido
por las ranas, semeja
una gasa pintada
con lunaritos verdes.
En el río,
un árbol seco,
ha florecido en círculos
concéntricos.
Y he soñado sobre las aguas,
a la morenita de Granada.
Canciòn de jinete
Còrdoba.
Lejana y sola.
Jaca negra, luna grande,
y aceitunas en mi alforja.
Aunque sepa los caminos
yo nunca llegaré a Còrdoba.
Por el llano, por el viento,
jaca negra, luna roja.
La muerte me está mirando
desde las torres de Còrdoba.
¡Ay qué camino tan largo!
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay que la muerte me espera,
antes de llegar a Còrdoba!
Còrdoba.
Lejana y sola.
Es verdad
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazòn
y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí,
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
* * *
Arbolé arbolé
seco y verde.
La niña del bello rostro
está cogiendo aceituna.
El viento, galán de torres,
la prende por la cintura.
Pasaron cuatro jinetes,
sobre jacas andaluzas
con trajes de azul y verde,
con largas capas oscuras.
«Vente a Còrdoba, muchacha.»
La niña no los escucha.
Pasaron tres torerillos
delgaditos de cintura,
con trajes color naranja
y espadas de plata antigua.
«Vente a Sevilla, muchacha.»
La niña no los escucha.
Cuando la tarde se puso
morada, con luz difusa,
pasò un joven que llevaba
rosas y mirtos de luna.
«Vente a Granada, muchacha.»
Y la niña no lo escucha.
La niña del bello rostro
sigue cogiendo aceituna,
con el brazo gris del viento
ceñido por la cintura.
Arbolé, arbolé
seco y verde.
* * *
Galán,
galancillo.
En tu casa queman tomillo.
Ni que vayas, ni que vengas,
con llave cierro la puerta.
Con llave de plata fina.
Atada con una cinta.
En la cinta hay un letrero:
Mi corazòn está lejos.
No des vueltas en mi calle.
¡Déjasela toda al aire!
Galán,
galancillo.
En tu casa queman tomillo.
Tres retratos con sombra
Verlaine
La canciòn,
que nunca diré,
se ha dormido en mis labios.
La canciòn,
que nunca diré.
Sobre las madreselvas
había una luciérnaga,
y la luna picaba
con un rayo en el agua,
Entonces yo soñé,
la canciòn,
que nunca diré.
Canciòn llena de labios
y de cauces lejanos.
Canciòn llena de horas
perdidas en la sombra.
Canciòn de estrella viva
sobre un perpetuo día.
Baco
Verde rumor intacto.
La higuera me tiende sus brazos.
Como una pantera, su sombra,
acecha mi lírica sombra.
La luna cuenta los perros.
Se equivoca y empieza de nuevo.
Ayer, mañana, negro y verde
rondas mi cerco de laureles.
¿Quién te querría como yo,
si me cambiaras el corazòn?
... Y la higuera me grita y
avanza terrible y multiplicada.
Juan Ramòn Jiménez
En el blanco infinito,
nieve, nardo y salina,
perdiò su fantasía.
El color blanco, anda,
sobre una muda alfombra
de plumas de paloma.
Sin ojos ni ademán,
inmòvil sufre un sueño.
Pero tiembla por dentro.
En el blanco infinito,
¡qué pura y larga herida
dejò su fantasía!
En el blanco infinito.
Nieve. Nardo. Salina.
VENUS
Así te vi
La joven muerta
en la concha de la cama,
desnuda de flor y brisa
surgía en la luz perenne.
Quedaba el mundo,
lirio de algodòn y sombra,
asomado a los cristales
viendo el tránsito infinito.
La joven muerta,
surcaba el amor por dentro.
Entre la espuma de las sábanas
se perdía su cabellera.
Debussy
Mi sombra va silenciosa
por el agua de la acequia.
Por mi sombra están las ranas
privadas de las estrellas.
La sombra manda a mi cuerpo
reflejos de cosas quietas.
Mi sombra va como inmenso
cínife color violeta.
Cien grillos quieren dorar
la luz de la cañavera.
Una luz nace en mi pecho,
reflejado, de la acequia.
NARCISO
Niño.
¡Que te vas a caer al río!
En lo hondo hay una rosa
y en la rosa hay otro río.
¡Mira aquel pájaro! ¡Mira
aquel pájaro amarillo!
Se me han caído los ojos
dentro del agua.
¡Dios mío!
¡Que se resbala! ¡Muchacho!
... y en la rosa estoy yo mismo.
Cuando se perdiò en el agua,
comprendí. Pero no explico.
Juegos
Dedicados a la cabeza de Luis Buñuel En gros plan
Ribereñas
Con acompañamiento de campanas
Dicen que tienes cara
(Balalín)
de luna llena.
(Balalán)
Cuántas campanas ¿oyes?
(Balalín)
No me dejan.
(¡Balalán!)
Pero tus ojos... ¡Ah!
(balalín)
... perdona, tus ojeras...
(balalán)
y esa risa de oro
(balalín)
y esa... no puedo, esa...
(balalán)
Su duro miriñaque
las campanas golpean.
¡Oh, tu encanto secreto... tu.
(balalín
lín
lín
lín...)
Dispensa.
A Irene García
Criada
En el soto,
los alamillos bailan
uno con otro.
Y el arbolé,
con sus cuatro hojitas
baila también.
¡Irene!
Luego vendrán las lluvias
y las nieves.
Baila sobre lo verde.
Sobre lo verde verde,
que te acompaño yo.
¡Ay còmo corre el agua!
¡Ay mi corazòn!
En el soto,
los alamillos bailan
uno con otro.
Y el arbolé,
con sus cuatro hojitas
baila también.
Al oído de una muchacha
No quise.
No quise decirte nada.
Vi en tus ojos
dos arbolitos locos.
De brisa, de risa y de oro.
Se meneaban.
No quise.
No quise decirte nada.
* * *
Las gentes iban
y el otoño venía.
Las gentes,
iban a lo verde.
Llevaban gallos
y guitarras alegres.
Por el reino
de las simientes.
El río soñaba,
corría la fuente.
¡Salta,
corazòn caliente!
Las gentes,
iban a lo verde.
El otoño venía
amarillo de estrellas,
pájaros macilentos
y ondas concéntricas.
Sobre el pecho almidonado,
la cabeza.
¡Párate, corazòn de cera!
Las gentes iban
y el otoño venía.
Canciòn del mariquita
El mariquita se peina
con su peinador de seda.
Los vecinos se sonríen
en sus ventanas postreras.
El mariquita organiza
los bucles de su cabeza.
Por los patios gritan loros,
surtidores y planetas.
El mariquita se adorna
con un jazmín sinvergüenza.
La tarde se pone extraña
de peines y enredaderas.
El escándalo temblaba
rayado como una cebra.
¡Los mariquitas del Sur,
cantan en las azoteas!
Árbol de canciòn
Para Ana María Dalí
Caña de voz y gesto,
una vez y otra vez
tiembla sin esperanza
en el aire de ayer.
La niña suspirando
lo quería coger;
pero llegaba siempre
un minuto después.
¡Ay sol! ¡Ay luna, luna!
Un minuto después.
Sesenta flores grises
enredaban sus pies.
Mira còmo se mece
una vez y otra vez,
virgen de flor y rama,
en el aire de ayer.
* * *
Naranja y limòn.
¡Ay la niña
del mal amor!
Limòn y naranja.
¡Ay de la niña,
de la niña blanca!
Limòn.
(Còmo brillaba
el sol.)
Naranja.
(En las chinas
de agua.)
La calle de los mudos
Detrás de las inmòviles vidrieras
las muchachas juegan con sus risas.
(En los pianos vacíos,
arañas titiriteras.)
Las muchachas hablan con sus novios
agitando sus trenzas apretadas.
(Mundo del abanico,
el pañuelo y la mano.)
Los galanes replican haciendo,
alas y flores con sus capas negras.
Canciones de luna
A José F. Montesinos
La luna asoma
Cuando sale la luna
se pierden las campanas
y aparecen las sendas
impenetrables.
Cuando sale la luna,
el mar cubre la tierra
y el corazòn se siente
isla en el infinito.
Nadie come naranjas
bajo la luna llena.
Es preciso comer,
fruta verde y helada.
Cuando sale la luna
de cien rostros iguales,
la moneda de plata
solloza en el bolsillo.
Dos lunas de tarde
A Laurita, amiga de mi hermana
La luna está muerta, muerta;
pero resucita en la primavera.
Cuando en la frente de los chopos
se rice el viento del Sur.
Cuando den nuestros corazones
su cosecha de suspiros.
Cuando se pongan los tejados
sus sombreritos de yerba.
La luna está muerta, muerta;
pero resucita en la primavera.
A Isabelita, mi hermana
La tarde canta
una berceuse a las naranjas.
Mi hermanita canta:
La tierra es una naranja.
La luna llorando dice:
Yo quiero ser una naranja.
No puede ser, hija mía,
aunque te pongas rosada.
Ni siquiera limoncito.
¡Qué lástima!
Lunes, miércoles y viernes
Yo era.
Yo fui.
Pero no soy.
Yo era...
(¡Oh fauce maravillosa
la del ciprés y su sombra!
Ángulo de luna llena.
Ángulo de luna sola.)
Yo fui...
La luna estaba de broma
diciendo que era una rosa.
(Con una capa de viento
mi amor se arrojò a las olas.
Pero no soy...
(Ante una vidriera rota
coso mi lírica ropa.)
Muriò al amanecer
Noche de cuatro lunas
y un solo árbol,
con una sola sombra
y un solo pájaro.
Busco en mi carne las
huellas de tus labios.
El manantial besa al viento
sin tocarlo.
Llevo el No que me diste,
en la palma de la mano,
como un limòn de cera
casi blanco.
Noche de cuatro lunas
y un solo árbol.
En la punta de una aguja,
está mi amor ¡girando!
Primer aniversario
La niña va por mi frente.
¡Oh, qué antiguo sentimiento!
¿De qué me sirve, pregunto,
la tinta, el papel y el verso?
Carne tuya me parece,
rojo lirio, junco fresco.
Morena de luna llena.
¿Qué quieres de mi deseo?
Segundo aniversario
La luna clava en el mar
un largo cuerno de luz.
Unicornio gris y verde,
estremecido pero extático.
El cielo flota sobre el aire
como una inmensa flor de loto.
(¡Oh, tú sola paseando
la última estancia de la noche!)
Flor
A Colín Hackforth
El magnífico sauce
de la lluvia, caía.
¡Oh la luna redonda
sobre las ramas blancas!
Eros con bastòn
A Pepín Bello
Susto en el comedor
Eras rosa.
Te pusiste alimonada.
¿Qué intenciòn viste en mi mano
que casi te amenazaba?
Quise las manzanas verdes.
No las manzanas rosadas...
alimonada...
(Grulla dormida la tarde,
puso en tierra la otra pata.)
Lucía Martínez
Lucía Martínez.
Umbría de seda roja.
Tus muslos como la tarde
van de la luz a la sombra.
Los azabaches recònditos
oscurecen tus magnolias.
Aquí estoy, Lucía Martínez.
Vengo a consumir tu boca
y arrastrarte del cabello
en madrugada de conchas.
Porque quiero, y porque puedo.
Umbría de seda roja.
La soltera en misa
Bajo el Moisés del incienso,
adormecida.
Ojos de toro te miraban.
Tu rosario llovía.
Con ese traje de profunda seda,
no te muevas, Virginia.
Da los negros melones de tus pechos
al rumor de la misa.
Interior
Ni quiero ser poeta,
ni galante.
¡Sábanas blancas donde te desmayes!
No conoces el sueño
ni el resplandor del día.
Como los calamares,
ciegas desnuda en tinta de perfume.
Carmen.
«Nu»
Bajo la adelfa sin luna
estabas fea desnuda.
Tu carne buscò en mi mapa
el amarillo de España.
Qué fea estabas, francesa,
en lo amargo de la adelfa.
Roja y verde, eché a tu cuerpo
la capa de mi talento.
Verde y roja, roja y verde.
¡Aquí somos otra gente!
Serenata
Homenaje a Lope de Vega
Por las orillas del río
se está la noche mojando
y en los pechos de Lolita
se mueren de amor los ramos.
Se mueren de amor los ramos.
La noche canta desnuda
sobre los puentes de Marzo.
Lolita lava su cuerpo
con agua salobre y nardos.
Se mueren de amor los ramos.
La noche de anís y plata
relumbra por los tejados.
Plata de arroyos y espejos.
Anís de tus muslos blancos.
Se mueren de amor los ramos.
En Málaga
Suntuosa Leonarda.
Carne pontifical y traje blanco,
en las barandas de «Villa Leonarda».
Expuesta a los tranvías y a los barcos.
Negros torsos bañistas oscurecen
la ribera del mar. Oscilando
-concha y loto a la vez-
viene tu culo
de Ceres en retòrica de mármol.
Trasmundo
A Manuel Ángeles Ortiz
Escena
Altas torres.
Largos ríos.
Hada
Toma el anillo de bodas
que llevaron tus abuelos.
Cien manos, bajo la tierra,
lo están echando de menos.
Yo
Voy a sentir en mis manos
una inmensa flor de dedos
y el símbolo del anillo.
No lo quiero.
Altas torres.
Largos ríos.
Malestar y noche
Abejaruco.
En tus árboles oscuros.
Noche de cielo balbuciente
y aire tartamudo.
Tres borrachos eternizan
sus gestos de vino y luto.
Los astros de plomo giran
sobre un pie.
Abejaruco.
En tus árboles oscuros.
Dolor de sien oprimida
con guirnalda de minutos.
¿Y tu silencio? Los tres
borrachos cantan desnudos.
Pespunte de seda virgen
tu canciòn.
Abejaruco.
Uco uco uco uco.
Abejaruco.
El niño mudo
El niño busca su voz.
(La tenía el rey de los grillos.)
En una gota de agua
buscaba su voz el niño.
No la quiero para hablar;
me haré con ella un anillo
que llevará mi silencio
en su dedo pequeñito.
En una gota de agua
buscaba su voz el niño.
(La voz cautiva, a lo lejos,
se ponía un traje de grillo.)
El niño loco
Yo decía: «Tarde».
Pero no era así.
La tarde era otra cosa
que ya se había marchado.
(Y la luz encogía
sus hombros como una niña.)
«Tarde.» ¡Pero es inútil!
Ésta es falsa, ésta tiene
media luna de plomo.
La otra no vendrá nunca.
(Y la luz como la ven todos,
jugaba a la estatua con el niño loco.)
Aquélla era pequeña
y comía granadas.
Ésta es grandota y verde, yo no puedo
tomarla en brazos ni vestirla.
¿No vendrá? ¿Còmo era?
(Y la luz que se iba, dio una broma.
Separò al niño loco de su sombra.)
Desposorio
Tirad ese anillo
al agua.
(La sombra apoya sus dedos
sobre mi espalda.)
Tirad ese anillo. Tengo
más de cien años. ¡Silencio!
¡No preguntadme nada!
Tirad ese anillo
al agua.
Despedida
Si muero,
dejad el balcòn abierto.
El niño come naranjas.
(Desde mi balcòn lo veo.)
El segador siega el trigo.
(Desde mi balcòn lo siento.)
¡Si muero,
dejad el balcòn abierto!
Suicidio
Quizás fue por no saberte la geometría.
El jovencillo se olvidaba.
Eran las diez de la mañana.
Su corazòn se iba llenando,
de alas rotas y flores de trapo.
Notò que ya no le quedaba,
en la boca más que una palabra.
Y al quitarse los guantes,
caía, de sus manos, suave ceniza.
Por el balcòn se veía una torre.
Él se sintiò balcòn y torre.
Vio, sin duda, còmo le miraba
el reloj detenido en su caja.
Vio su sombra tendida y quieta,
en el blanco diván de seda.
Y el joven rígido, geométrico,
con un hacha rompiò el espejo.
Al romperlo, un gran chorro de sombra,
inundò la quimérica alcoba.
Amor
Con alas y flechas
Cancioncilla del primer deseo
En la mañana verde,
quería ser corazòn.
Corazòn.
Y en la tarde madura
quería ser ruiseñor.
Ruiseñor.
(Alma,
ponte color naranja.
Alma,
ponte color de amor.)
En la mañana viva,
yo quería ser yo.
Corazòn.
Y en la tarde caída
quería ser mi voz.
Ruiseñor.
¡Alma,
ponte color naranja!
¡Alma,
ponte color de amor!
En el instituto y en la universidad
La primera vez
no te conocí.
La segunda, sí.
Dime
si el aire te lo dice.
Mañanita fría
yo me puse triste,
y luego me entraron
ganas de reírme.
No te conocía.
Sí me conociste.
Sí te conocía.
No me conociste.
Ahora entre los dos
se alarga impasible,
un mes, como un
biombo de días grises.
La primera vez
no te conocí.
La segunda, sí.
Madrigalillo
Cuatro granados
tiene tu huerto.
(Toma mi corazòn
nuevo.)
Cuatro cipreses
tendrá tu huerto.
(Toma mi corazòn
viejo.)
Sol y luna.
Luego...
¡ni corazòn,
ni huerto!
Eco
Ya se ha abierto
la flor de la aurora.
(¿Recuerdas,
el fondo de la tarde?)
El nardo de la luna
derrama su olor frío.
(¿Recuerdas
la mirada de Agosto?)
Idilio
A B A Enrique Duran
Tú querías que yo te dijera
el secreto de la primavera.
Y yo soy para el secreto
lo mismo que es el abeto.
Árbol cuyos mil deditos
señalan mil caminitos.
Nunca te diré, amor mío,
por qué corre lento el río.
Pero pondré en mi voz estancada
el cielo ceniza de tu mirada.
¡Dame vueltas, morenita!
Ten cuidado con mis hojitas.
Dame más vueltas alrededor,
jugando a la noria del amor.
¡Ay! No puedo decirte, aunque quisiera,
el secreto de la primavera.
* * *
Narciso.
Tu olor.
Y el fondo del río.
Quiero quedarme a tu vera.
Flor del amor.
Narciso.
Por tus blancos ojos cruzan
ondas y peces dormidos.
Pájaros y mariposas
japonizan en los míos.
Tú diminuto y yo grande.
Flor del amor.
Narciso.
Las ranas, ¡qué listas son!
Pero no dejan tranquilo
el espejo en que se miran
tu delirio y mi delirio.
Narciso.
Mi dolor.
Y mi dolor mismo.
Granada y 1850
Desde mi cuarto
oigo el surtidor.
Un dedo de la parra
y un rayo de sol,
señalan hacia el sitio
de mi corazòn.
Por el aire de Agosto
se van las nubes. Yo,
sueño que no sueño
dentro del surtidor.
Preludio
Las alamedas se van,
pero dejan su reflejo.
Las alamedas se van,
pero nos dejan el viento.
El viento está amortajado,
a lo largo bajo el cielo.
Pero ha dejado flotando
sobre los ríos, sus ecos.
El mundo de las luciérnagas
ha invadido mis recuerdos.
Y un corazòn diminuto
me va brotando en los dedos.
* * *
Sobre el cielo verde,
un lucero verde
¿qué ha de hacer, amor,
¡ay! sino perderse?
Las torres fundidas
con la niebla fría,
¿còmo han de mirarnos
con sus ventanitas?
Cien luceros verdes
sobre un cielo verde,
no ven a cien torres
blancas, en la nieve.
Y esta angustia mía
para hacerla viva,
he de decorarla
con rojas sonrisas.
Soneto
Largo espectro de plata conmovida
el viento de la noche suspirando,
abriò con mano gris mi vieja herida
y se alejò: yo estaba deseando.
Llaga de amor que me dará la vida
perpetua sangre y pura luz brotando.
Grieta en que Filomela enmudecida
tendrá bosque, dolor y nido blando.
¡Ay qué dulce rumor en mi cabeza!
Me tenderé junto a la flor sencilla
donde flota sin alma tu belleza.
Y el agua errante se pondrá amarilla,
mientras corre mi sangre en la maleza
mojada y olorosa de la orilla.
Canciones para terminar
A Rafael Alberti
De otro modo
La hoguera pone al campo de la tarde,
unas astas de ciervo enfurecido.
Todo el valle se tiende. Por sus lomos,
caracolea el vientecillo.
El aire cristaliza bajo el humo.
-Ojo de gato triste y amarillo-.
Yo en mis ojos, paseo por las ramas.
Las ramas se pasean por el río.
Llegan mis cosas esenciales.
Son estribillos de estribillos.
Entre los juncos y la baja tarde,
¡qué raro que me llame Federico!
Canciòn de Noviembre y Abril
El cielo nublado
pone mis ojos blancos.
Yo, para darles vida,
les acerco una flor
amarilla.
No consigo turbarlos.
Siguen yertos y blancos.
(Entre mis hombros vuela
mi alma dorada y plena.)
El cielo de Abril
pone mis ojos de añil.
Yo, para darles alma,
les acerco una rosa
blanca.
No consigo infundir
lo blanco en el añil.
(Entre mis hombros vuela
mi alma impasible y ciega.)
* * *
Agua, ¿dònde vas?
Riyendo voy por el río
a las orillas del mar.
Mar, ¿adonde vas?
Río arriba voy buscando
fuente donde descansar.
Chopo, y tú ¿qué harás?
No quiero decirte nada.
Yo... ¡temblar!
¿Qué deseo, qué no deseo,
por el río y por la mar?
(Cuatro pájaros sin rumbo
en el alto chopo están.)
El espejo engañoso
Verde rama exenta
de ritmo y de pájaro.
Eco de sollozo
sin dolor ni labio.
Hombre y Bosque.
Lloro
frente al mar amargo.
¡Hay en mis pupilas
dos mares cantando!
Canciòn inútil
Rosa futura y vena contenida,
amatista de ayer y brisa de ahora mismo,
¡quiero olvidarlas!
Hombre y pez en sus medios, bajo cosas flotantes,
esperando en el alga o en la silla su noche,
¡quiero olvidarlas!
Yo.
¡Sòlo yo!
Labrando la bandeja
donde no irá mi cabeza.
¡Sòlo yo!
Huerto de Marzo
Mi manzano,
tiene ya sombra y pájaros.
¡Qué brinco da mi sueño
de la luna al viento!
Mi manzano,
da a lo verde sus brazos.
¡Desde Marzo, còmo veo
la frente blanca de Enero!
Mi manzano...
(viento bajo).
Mi manzano...
(cielo alto).
Dos marinos en la orilla
A Joaquín Amigo
Se trajo en el corazòn
un pez del Mar de la China.
A veces se ve cruzar
diminuto por sus ojos.
Olvida siendo marino
los bares y las naranjas.
Mira al agua.
Tenía la lengua de jabòn.
Lavò sus palabras y se callò.
Mundo plano, mar rizado,
cien estrellas y su barco.
Vio los balcones del Papa
y los pechos dorados de las cubanas.
Mira al agua.
Ansia de estatua
Rumor.
Aunque no quede más que el rumor.
Aroma.
Aunque no quede más que el aroma.
Pero arranca de mí el recuerdo
y el color de las viejas horas.
Dolor.
Frente al mágico y vivo dolor.
Batalla.
En la auténtica y sucia batalla.
¡Pero quita la gente invisible
que rodea perenne mi casa!
Canciòn del naranjo seco
A Carmen Morales
Leñador.
Còrtame la sombra.
Líbrame del suplicio
de verme sin toronjas.
¿Por qué nací entre espejos?
El día me da vueltas.
Y la noche me copia
en todas sus estrellas.
Quiero vivir sin verme.
Y hormigas y vilanos,
soñaré que son mis hojas
y mis pájaros.
Leñador.
Còrtame la sombra.
Líbrame del suplicio
de verme sin toronjas.
Canciòn del día que se va
¡Qué trabajo me cuesta
dejarte marchar, día!
Te vas lleno de mí,
vuelves sin conocerme.
¡Qué trabajo me cuesta
dejar sobre tu pecho
posibles realidades
de imposibles minutos!
En la tarde, un Perseo
te lima las cadenas,
y huyes sobre los montes
hiriéndote los pies.
No pueden seducirte
mi carne ni mi llanto,
ni los ríos en donde
duermes tu siesta de oro.
Desde Oriente a Occidente
llevo tu luz redonda.
Tu gran luz que sostiene
mi alma, en tensiòn aguda.
Desde Oriente a Occidente,
¡qué trabajo me cuesta
llevarte con tus pájaros
y tus brazos de viento!
Primer romancero gitano
1924-1927
Romance de la luna, luna
A Conchita García Lorca
La luna vino a la fragua
con su polisòn de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos, harían con tu corazòn
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño, tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Còmo canta la zumaya,
¡ay còmo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
Preciosa y el aire
A Dámaso Alonso
Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene,
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.
En los picos de la sierra
los carabineros duermen guardando las blancas torres
donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua levantan por distraerse,
glorietas de caracolas
y ramas de pino verde.
*
Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento, que nunca duerme.
San Cristobalòn desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira a la niña tocando
una dulce gaita ausente.
Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.
Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento-hombròn la persigue
con una espada caliente.
Frunce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantan las flautas de umbría
y el liso gong de la nieve.
¡Preciosa, corre, Preciosa,
que te coge el viento verde!
¡Preciosa, corre, Preciosa! ¡Míralo por dònde viene!
Sátiro de estrellas bajas
con sus lenguas relucientes.
*
Preciosa, llena de miedo,
entra en la casa que tiene
más arriba de los pinos,
el cònsul de los ingleses.
Asustados por los gritos
tres carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.
El inglés da a la gitana
un vaso de tibia leche,
y una copa de ginebra
que Preciosa no se bebe.
Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.
Reyerta
A Rafael Méndez
En la mitad del barranco
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria, relucen como los peces.
Una dura luz de naipe
recorta en el agrio verde,
caballos enfurecidos
y perfiles de jinetes.
En la copa de un olivo
lloran dos viejas mujeres. El toro de la reyerta
se sube por las paredes.
Ángeles negros traían
pañuelos y agua de nieve.
Ángeles con grandes alas
Juan Antonio el de Montilla
rueda muerto la pendiente,
su cuerpo lleno de lirios
y una granada en las sienes.
Ahora monta cruz de fuego carretera de la muerte.
*
El juez, con guardia civil,
por los olivares viene.
Sangre resbalada gime
muda canciòn de serpiente.
Señores guardias civiles:
aquí pasò lo de siempre.
Han muerto cuatro romanos
y cinco cartagineses.
*
La tarde loca de higueras
y de rumores calientes,
cae desmayada en los muslos heridos de los jinetes.
Y ángeles negros volaban
por el aire del poniente.
Ángeles de largas trenzas
y corazones de aceite.
Romance sonámbulo
A Gloria Giner y a Fernando de los Ríos
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura,
ella sueña en su baranda
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
*
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dònde?.
Ella sigue en su baranda
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.
Compadre, quiero cambiar,
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta? Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo.
Ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
¡dejadme subir!, dejadme
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.
*
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre. Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.
*
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron. El largo viento, dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca. ¡Compadre! ¿Dònde está, dime?
¿Dònde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperò! ¡Cuántas veces te esperara
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!
*
Sobre el rostro del aljibe,
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna,
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos,
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.
La monja gitana
A José Moreno Villa
Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris,
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza,
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazòn
de azúcar y yerbaluisa.
¡Oh!, qué llanura empinada
con veinte soles arriba.
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.
La casada infiel
A Lydia Cabrera y a su negrita
Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidòn de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
*
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitò el vestido.
Yo el cinturòn con revòlver.
Ella sus cuatro corpinos.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río.
Romance de la pena negra
A José Navarro Pardo
Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad: ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa? Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares, caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar
que la pena negra, brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limòn
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca, mis dos trenzas por el suelo
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, carne y ropa.
¡Ay mis camisas de hilo!
¡Ay mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazòn
en paz, Soledad Montoya.
*
Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!
San Miguel
A Diego Buigas de Dalmau
SAN MIGUEL
Se ven desde las barandas,
por el monte, monte, monte,
mulos y sombras de mulos cargados de girasoles.
Sus ojos en las umbrías
se empañan de inmensa noche.
En los recodos del aire,
cruje la aurora salobre.
Un cielo de mulos blancos
cierra sus ojos de azogue
dando a la quieta penumbra
un final de corazones.
Y el agua se pone fría
para que nadie la toque.
Agua loca y descubierta
por el monte, monte, monte.
*
San Miguel lleno de encajes
en la alcoba de su torre,
enseña sus bellos muslos ceñidos por los faroles.
Arcángel domesticado
en el gesto de las doce,
finge una còlera dulce
de plumas y ruiseñores.
San Miguel canta en los vidrios;
Efebo de tres mil noches,
fragante de agua colonia
y lejano de las flores.
*
El mar baila por la playa,
un poema de balcones.
Las orillas de la luna
pierden juncos, ganan voces.
Vienen manòlas comiendo
semillas de girasoles,
los culos grandes y ocultos
como planetas de cobre.
*
Vienen altos caballeros
y damas de triste porte,
morenas por la nostalgia
de un ayer de ruiseñores.
Y el obispo de Manila
ciego de azafrán y pobre,
dice misa con dos filos
para mujeres y hombres.
*
San Miguel se estaba quieto
en la alcoba de su torre,
con las enaguas cuajadas
de espejitos y entredoses.
San Miguel, rey de los globos
y de los números nones,
en el primor berberisco
de gritos y miradores.
San Rafael
A Juan Izquierdo Croselles
SAN RAFAEL
Coches cerrados llegaban
a las orillas de juncos
donde las ondas alisan
romano torso desnudo.
Coches, que el Guadalquivir
tiende en su cristal maduro,
entre láminas de flores
y resonancias de nublos.
Los niños tejen y cantan
el desengaño del mundo
cerca de los viejos coches
perdidos en el nocturno.
Pero Còrdoba no tiembla
bajo el misterio confuso,
pues si la sombra levanta
la arquitectura del humo,
un pie de mármol afirma su casto fulgor enjuto.
Pétalos de lata débil
recaman los grises puros
de la brisa, desplegada
sobre los arcos de triunfo.
Y mientras el puente sopla
diez rumores de Neptuno,
vendedores de tabaco
huyen por el roto muro.
Un solo pez en el agua
que a las dos Còrdobas junta.
Blanda Còrdoba de juncos. Còrdoba de arquitectura.
Niños de cara impasible
en la orilla se desnudan, aprendices de Tobías
y Merlines de cintura,
para fastidiar al pez
en irònica pregunta
si quiere flores de vino
o saltos de media luna.
Pero el pez que dora el agua
y los mármoles enluta,
les da lecciòn y equilibrio
de solitaria columna.
El Arcángel aljamiado
de lentejuelas oscuras,
en el mitin de las ondas
buscaba rumor y cuna.
*
Un solo pez en el agua.
Dos Còrdobas de hermosura.
Còrdoba quebrada en chorros. Celeste Còrdoba enjuta.
San Gabriel
A D. Agustín Viñuales
SAN GABRIEL
Un bello niño de junco,
anchos hombros, fino talle,
piel de nocturna manzana,
boca triste y ojos grandes,
nervio de plata caliente,
ronda la desierta calle. Sus zapatos de charol
rompen las dalias del aire,
con los dos ritmos que cantan
breves lutos celestiales.
En la ribera del mar
no hay palma que se le iguale,
ni emperador coronado
ni lucero caminante.
Cuando la cabeza inclina
sobre su pecho de jaspe,
la noche busca llanuras
porque quiere arrodillarse.
Las guitarras suenan solas
para San Gabriel Arcángel,
domador de palomillas
y enemigo de los sauces.
San Gabriel: El niño llora
en el vientre de su madre.
No olvides que los gitanos
te regalaron el traje.
Anunciaciòn de los Reyes
bien lunada y mal vestida,
abre la puerta al lucero
que por la calle venía.
El Arcángel San Gabriel
entre azucena y sonrisa,
biznieto de la Giralda,
se acercaba de visita.
En su chaleco bordado
grillos ocultos palpitan.
Las estrellas de la noche,
se volvieron campanillas.
San Gabriel: Aquí me tienes
con tres clavos de alegría.
Tu fulgor abre jazmines
sobre mi cara encendida.
Dios te salve, Anunciaciòn.
Morena de maravilla.
Tendrás un niño más bello
que los tallos de la brisa.
¡Ay San Gabriel de mis ojos!
¡Gabrielillo de mi vida!
para sentarte yo sueño
un sillòn de clavellinas.
Dios te salve, Anunciaciòn,
bien lunada y mal vestida.
Tu niño tendrá en el pecho
un lunar y tres heridas.
¡Ay San Gabriel que reluces!
¡Gabrielillo de mi vida!
En el fondo de mis pechos
ya nace la leche tibia.
Dios te salve, Anunciaciòn.
Madre de cien dinastías.
Áridos lucen tus ojos,
]paisajes de caballista.
*
El niño canta en el seno
de Anunciaciòn sorprendida.
Tres balas de almendra verde tiemblan en su vocecita.
Ya San Gabriel en el aire
por una escala subía.
Las estrellas de la noche
se volvieron siemprevivas.
Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla
A Margarita Xirgu
Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
con una vara de mimbre
va a Sevilla a ver los toros.
Moreno de verde luna
anda despacio y garboso.
Sus empavonados bucles
le brillan entre los ojos.
A la mitad del camino
cortò limones redondos,
y los fue tirando al agua
hasta que la puso de oro.
Y a la mitad del camino,
bajo las ramas de un olmo,
Guardia Civil caminera
lo llevò codo con codo.
*
El día se va despacio,
la tarde colgada a un hombro,
dando una larga torera
sobre el mar y los arroyos.
Las aceitunas aguardan
la noche de Capricornio,
y una corta brisa, ecuestre,
salta los montes de plomo.
Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
viene sin vara de mimbre
entre los cinco tricornios.
Antonio, ¿quién eres tú?
Si te llamaras Camborio,
hubieras hecho una fuente
de sangre, con cinco chorros.
Ni tú eres hijo de nadie,
ni legítimo Camborio.
¡Se acabaron los gitanos
que iban por el monte solos!
Están los viejos cuchillos, tiritando bajo el polvo.
*
A las nueve de la noche
lo llevan al calabozo,
mientras los guardias civiles
beben limonada todos.
Y a las nueve de la noche
le cierran el calabozo,
mientras el cielo reluce
como la grupa de un potro.
Muerte de Antoñito el Camborio
A José Antonio Rubio Sacristán
Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavò sobre las botas
mordiscos de jabalí.
En la lucha daba saltos
jabonados de delfín.
Bañò con sangre enemiga
su corbata carmesí,
pero eran cuatro puñales
y tuvo que sucumbir.
Cuando las estrellas clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verònicas de alhelí, voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
*
Antonio Torrres Heredia,
Camborio de dura crin,
moreno de verde luna,
voz de clavel varonil:
¿Quién te ha quitado la vida
cerca del Guadalquivir?
Mis cuatro primos Heredias,
hijos de Benamejí.
Lo que en otros no envidiaban,
ya lo envidiaban en mí. Zapatos color corinto,
medallones de marfil,
y este cutis amasado
con aceituna y jazmín.
¡Ay Antoñito el Camborio
digno de una Emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.
¡Ay Federico García!
llama a la Guardia Civil.
Ya mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.
Tres golpes de sangre tuvo,
y se muriò de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.
Un ángel marchoso pone
su cabeza en un cojín.
Otros de rubor cansado, encendieron un candil.
Y cuando los cuatro primos
llegan a Benamejí,
voces de muerte cesaron
cerca del Guadalquivir.
Muerto de amor
A Margarita Manso
¿Qué es aquello que reluce
por los altos corredores?
Cierra la puerta, hijo mío, acaban de dar las once.
En mis ojos, sin querer,
relumbran cuatro faroles.
Será que la gente aquella,
estará fregando el cobre.
*
Ajo de agònica plata
la luna menguante, pone
cabelleras amarillas
a las amarillas torres.
La noche llama temblando
al cristal de los balcones
perseguida por los mil
perros que no la conocen,
y un olor de vino y ámbar
viene de los corredores.
*
Brisas de caña mojada
y rumor de viejas voces,
resonaban por el arco
roto de la media noche.
Bueyes y rosas dormían.
Sòlo por los corredores
las cuatro luces clamaban
con el furor de San Jorge.
Tristes mujeres del valle
bajaban su sangre de hombre,
tranquila de flor cortada
y amarga de muslo joven.
Viejas mujeres del río lloraban al pie del monte,
un minuto intransitable
de cabelleras y nombres.
Fachadas de cal, ponían
cuadrada y blanca la noche.
Serafines y gitanos
tocaban acordeones. Madre, cuando yo me muera
que se enteren los señores.
Pon telegramas azules
que vayan del Sur al Norte.
Siete gritos, siete sangres,
siete adormideras dobles,
quebraron opacas lunas
en los oscuros salones.
Lleno de manos cortadas
y coronitas de flores,
el mar de los juramentos
resonaba, no sé dònde.
Y el cielo daba portazos
al brusco rumor del bosque,
mientras clamaban las luces
en los altos corredores.
El emplazado
Para Emilio Aladren
ROMANCE DEL EMPLAZADO
¡Mi soledad sin descanso!
Ojos chicos de mi cuerpo
y grandes de mi caballo,
no se cierran por la noche
ni miran al otro lado
donde se aleja tranquilo
un sueño de trece barcos.
Sino que limpios y duros
escuderos desvelados,
mis ojos miran un norte de metales y peñascos
donde mi cuerpo sin venas
consulta naipes helados.
*
Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se bañan en las lunas
de sus cuernos ondulados.
Y los martillos cantaban
sobre los yunques sonámbulos,
el insomnio del jinete
y el insomnio del caballo.
*
El veinticinco de junio
le dijeron a el Amargo:
Ya puedes cortar, si gustas,
las adelfas de tu patio.
Pinta una cruz en la puerta
y pon tu nombre debajo,
porque cicutas y ortigas
nacerán en tu costado,
y agujas de cal mojada
te morderán los zapatos.
Será de noche, en lo oscuro,
por los montes imantados
donde los bueyes del agua
beben los juncos soñando.
Pide luces y campanas.
Aprende a cruzar las manos,
y gusta los aires fríos
de metales y peñascos.
Porque dentro de dos meses
yacerás amortajado.
*
Espadòn de nebulosa
mueve en el aire Santiago.
Grave silencio, de espalda,
manaba el cielo combado.
*
El veinticinco de junio
abriò sus ojos Amargo,
y el veinticinco de agosto
se tendiò para cerrarlos.
Hombres bajaban la calle
para ver al emplazado,
que fijaba sobre el muro
su soledad con descanso.
Y la sábana impecable,
de duro acento romano,
daba equilibrio a la muerte
con las rectas de sus paños.
Romance de la Guardia Civil española
A Juan Guerrero.
Cònsul general de la poesía
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.
*
¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda? Ciudad de dolor y almizcle
con las torres de canela.
*
Cuando llegaba la noche
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido,
llamaba a todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento, vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche
noche, que noche nochera.
*
La Virgen y San José
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de Persia.
La media luna, soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por Jerez de la Frontera.
*
¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda? Dejadla lejos del mar
sin peines para sus crenchas.
*
Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas,
invade las cartucheras.
Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo, se les antoja,
una vitrina de espuelas.
*
La ciudad libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardias civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazò de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levantò en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra,
huyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces
remolinos de tijeras.
En el Portal de Belén,
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas, amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginaciòn se quema.
Rosa la de los Camborios, gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en un aire donde estallan
rosas de pòlvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
el alba meciò sus hombros
en largo perfil de piedra.
*
¡Oh ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio mientras las llamas te cercan.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente.
Juego de luna y arena.
Tres romances històricos
Martirio de Santa Olalla
A Rafael Martínez Nadal
PANORAMA DE MÉRIDA
Por la calle brinca y corre
caballo de larga cola,
mientras juegan o dormitan
viejos soldados de Roma.
Medio monte de Minervas
abre sus brazos sin hojas.
Agua en vilo redoraba
las aristas de las rocas.
Noche de torsos yacentes
y estrellas de nariz rota,
aguarda grietas del alba
para derrumbarse toda.
De cuando en cuando sonaban blasfemias de cresta roja.
Al gemir la santa niña,
quiebra el cristal de las copas. La rueda afila cuchillos
y garfios de aguda comba:
brama el toro de los yunques,
y Mérida se corona
de nardos casi despiertos
y tallos de zarzamora.
EL MARTIRIO
Flora desnuda se sube
por escalerillas de agua.
El Cònsul pide bandeja
para los senos de Olalla.
Un chorro de venas verdes
le brota de la garganta.
Su sexo tiembla enredado
como un pájaro en las zarzas.
Por el suelo, ya sin norma,
brincan sus manos cortadas
que aún pueden cruzarse en tenue
oraciòn decapitada.
Por los rojos agujeros
donde sus pechos estaban
se ven cielos diminutos
y arroyos de leche blanca.
Mil arbolillos de sangre
le cubren toda la espalda
y oponen húmedos troncos
al bisturí de las llamas.
Centuriones amarillos
de carne gris, desvelada,
llegan al cielo sonando
sus armaduras de plata.
Y mientras vibra confusa
pasiòn de crines y espadas,
el Cònsul porta en bandeja
senos ahumados de Olalla.
INFIERNO Y GLORIA
Nieve ondulada reposa.
Olalla pende del árbol.
Su desnudo de carbòn
tizna los aires helados.
Noche tirante reluce.
Olalla muerta en el árbol.
Tinteros de las ciudades
vuelcan la tinta despacio.
Negros maniquís de sastre
cubren la nieve del campo
en largas filas que gimen
su silencio mutilado.
Nieve partida comienza.
Olalla blanca en el árbol.
Escuadras de níquel juntan
los picos en su costado.
*
Una Custodia reluce
sobre los cielos quemados,
entre gargantas de arroyo
y ruiseñores en ramos.
¡Saltan vidrios de colores!
Olalla blanca en lo blanco.
Angeles y serafines dicen:
Santo, Santo, Santo.
Burla de Don Pedro a caballo
Romance con lagunas
A Jean Cassou
Por una vereda
venía Don Pedro.
¡Ay còmo lloraba
el caballero!
Montado en un ágil caballo sin freno,
venía en la busca
del pan y del beso.
Todas las ventanas preguntan al viento,
por el llanto oscuro
del caballero.
PRIMERA LAGUNA
Bajo el agua
siguen las palabras.
Sobre el agua
una luna redonda
se baña,
dando envidia a la otra
¡tan alta!
En la orilla,
un niño,
ve las lunas y dice:
¡Noche; toca los platillos!
SIGUE
A una ciudad lejana
ha llegado Don Pedro.
Una ciudad lejana
entre un bosque de cedros.
¿Es Belén? Por el aire
yerbaluisa y romero.
Brillan las azoteas
y las nubes. Don Pedro
pasa por arcos rotos.
Dos mujeres y un viejo
con velones de plata
le salen al encuentro.
Los chopos dicen: No.
Y el ruiseñor: Veremos.
SEGUNDA LAGUNA
Bajo el agua
siguen las palabras.
Sobre el peinado del agua
un círculo de pájaros y llamas.
Y por los cañaverales,
testigos que conocen lo que falta.
Sueño concreto y sin norte
de madera de guitarra.
SIGUE
Por el camino llano
dos mujeres y un viejo
con velones de plata
van al cementerio. Entre los azafranes
han encontrado muerto
el sombrío caballo
de Don Pedro.
Voz secreta de tarde
balaba por el cielo.
Unicornio de ausencia
rompe en cristal su cuerno.
La gran ciudad lejana
está ardiendo
y un hombre va llorando
tierras adentro.
Al Norte hay una estrella.
Al Sur un marinero.
ÚLTIMA LAGUNA
Bajo el agua
están las palabras.
Limo de voces perdidas.
Sobre la flor enfriada, está Don Pedro olvidado
¡ay! jugando con las ranas.
Thamar y Amnòn
Para Alfonso García Valdecasas
La luna gira en el cielo
sobre las tierras sin agua
mientras el verano siembra rumores de tigre y llama.
Por encima de los techos
nervios de metal sonaban.
Aire rizado venía
con los balidos de lana.
La tierra se ofrece llena
de heridas cicatrizadas,
o estremecida de agudos
cauterios de luces blancas.
*
Thamar estaba soñando
pájaros en su garganta,
al son de panderos fríos
y cítaras enlunadas.
Su desnudo en el alero,
agudo norte de palma,
pide copos a su vientre
y granizo a sus espaldas.
Thamar estaba cantando
desnuda por la terraza.
Alrededor de sus pies,
cinco palomas heladas.
Amnòn, delgado y concreto,
en la torre la miraba, llenas las ingles de espuma
y oscilaciones la barba.
Su desnudo iluminado
se tendía en la terraza,
con un rumor entre dientes
de flecha recién clavada.
Amnòn estaba mirando
la luna redonda y baja,
y vio en la luna los pechos
durísimos de su hermana.
*
Amnòn a las tres y media
se tendiò sobre la cama.
Toda la alcoba sufría
con sus ojos llenos de alas.
La luz maciza, sepulta
pueblos en la arena parda,
o descubre transitorio
coral de rosas y dalias.
Linfa de pozo oprimida,
brota silencio en las jarras.
En el musgo de los troncos
la cobra tendida canta.
Amnòn gime por la tela
fresquísima de la cama.
Yedra del escalofrío
cubre su carne quemada.
Thamar entrò silenciosa
en la alcoba silenciada,
color de vena y Danubio,
turbia de huellas lejanas.
Thamar, bòrrame los ojos
con tu fija madrugada. Mis hilos de sangre tejen
volantes sobre tu falda.
Déjame tranquila, hermano.
Son tus besos en mi espalda,
avispas y vientecillos
en doble enjambre de flautas. Thamar, en tus pechos altos
hay dos peces que me llaman
y en las yemas de tus dedos rumor de rosa encerrada.
*
Los cien caballos del rey
en el patio relinchaban.
Sol en cubos resistía
la delgadez de la parra.
Ya la coge del cabello,
ya la camisa le rasga.
Corales tibios dibujan
arroyos en rubio mapa.
*
¡Oh, qué gritos se sentían
por encima de las casas!
Qué espesura de puñales
y túnicas desgarradas.
Por las escaleras tristes
esclavos suben y bajan.
Émbolos y muslos juegan
bajo las nubes paradas.
Alrededor de Thamar
gritan vírgenes gitanas
y otras recogen las gotas
de su flor martirizada.
Paños blancos, enrojecen
en las alcobas cerradas.
Rumores de tibia aurora
pámpanos y peces cambian.
*
Violador enfurecido,
Amnòn huye con su jaca.
Negros le dirigen flechas
en los muros y atalayas.
Y cuando los cuatro cascos
eran cuatro resonancias,
David con unas tijeras
cortò las cuerdas del arpa.
Odas
Oda a Salvador Dalí
Una rosa en el alto jardín que tú deseas.
Una rueda en la pura sintaxis del acero.
Desnuda la montaña de niebla impresionista.
Los grises oteando sus balaustradas últimas.
Los pintores modernos en sus blancos estudios,
cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada.
En las aguas del Sena un ice-berg de mármol
enfría las ventanas y disipa las yedras.
El hombre pisa fuerte las calles enlosadas.
Los cristales esquivan la magia del reflejo.
El Gobierno ha cerrado las tiendas de perfume.
La máquina eterniza sus compases binarios.
Una ausencia de bosques, biombos y entrecejos
yerra por los tejados de las casas antiguas.
El aire pulimenta su prisma sobre el mar
y el horizonte sube como un gran acueducto.
Marineros que ignoran el vino y la penumbra,
decapitan sirenas en los mares de plomo.
La Noche, negra estatua de la prudencia,
tiene el espejo redondo de la luna en su mano.
Un deseo de formas y límites nos gana.
Viene el hombre que mira con el metro amarillo.
Venus es una blanca naturaleza muerta
y los coleccionistas de mariposas huyen.
*
Cadaqués, en el fiel del agua y la colina,
eleva escalinatas y oculta caracolas.
Las flautas de madera pacifican el aire.
Un viejo dios silvestre da frutas a los niños.
Sus pescadores duermen, sin ensueño, en la arena.
En alta mar les sirve de brújula una rosa.
El horizonte virgen de pañuelos heridos,
junta los grandes vidrios del pez y de la luna.
Una dura corona de blancos bergantines
ciñe frentes amargas y cabellos de arena.
Las sirenas convencen, pero no sugestionan,
y salen si mostramos un vaso de agua dulce.
*
¡Oh Salvador Dalí, de voz aceitunada!
No elogio tu imperfecto pincel adolescente
ni tu color que ronda la color de tu tiempo,
pero alabo tus ansias de eterno limitado.
Alma higiénica, vives sobre mármoles nuevos.
Huyes la oscura selva de formas increíbles.
Tu fantasía llega donde llegan tus manos,
y gozas el soneto del mar en tu ventana.
El mundo tiene sordas penumbras y desorden,
en los primeros términos que el humano frecuenta.
Pero ya las estrellas ocultando paisajes,
señalan el esquema perfecto de sus òrbitas.
La corriente del tiempo se remansa y ordena
en las formas numéricas de un siglo y otro siglo.
Y la Muerte vencida se refugia temblando
en el círculo estrecho del minuto presente.
Al coger tu paleta, con un tiro en un ala,
pides la luz que anima la copa del olivo.
Ancha luz de Minerva, constructora de andamios,
donde no cabe el sueño ni su flora inexacta.
Pides la luz antigua que se queda en la frente,
sin bajar a la boca ni al corazòn del hombre.
Luz que temen las vides entrañables de Baco
y la fuerza sin orden que lleva el agua curva.
Haces bien en poner banderines de aviso,
en el límite oscuro que relumbra de noche.
Como pintor no quieres que te ablande la forma
el algodòn cambiante de una nube imprevista.
El pez en la pecera y el pájaro en la jaula.
No quieres inventarlos en el mar o en el viento.
Estilizas o copias después de haber mirado,
con honestas pupilas sus cuerpecillos ágiles.
Amas una materia definida y exacta
donde el hongo no pueda poner su campamento.
Amas la arquitectura que construye en lo ausente
y admites la bandera como una simple broma.
Dice el compás de acero su corto verso elástico.
Desconocidas islas desmiente ya la esfera.
Dice la línea recta su vertical esfuerzo
y los sabios cristales cantan sus geometrías.
*
Pero también la rosa del jardín donde vives.
¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros!
Tranquila y concentrada como una estatua ciega,
ignorante de esfuerzos soterrados que causa.
Rosa pura que limpia de artificios y croquis
y nos abre las alas tenues de la sonrisa.
(Mariposa clavada que medita su vuelo.)
Rosa del equilibrio sin dolores buscados.
¡Siempre la rosa!
*
¡Oh Salvador Dalí de voz aceitunada!
Digo lo que me dicen tu persona y tus cuadros.
No alabo tu imperfecto pincel adolescente,
pero canto la firme direcciòn de tus flechas.
Canto tu bello esfuerzo de luces catalanas,
tu amor a lo que tiene explicaciòn posible.
Canto tu corazòn astronòmico y tierno,
de baraja francesa y sin ninguna herida.
Canto el ansia de estatua que persigues sin tregua,
el miedo a la emociòn que te aguarda en la calle.
Canto la sirenita de la mar que te canta
montada en bicicleta de corales y conchas.
Pero ante todo canto un común pensamiento
que nos une en las horas oscuras y doradas.
No es el Arte la luz que nos ciega los ojos.
Es primero el amor, la amistad o la esgrima.
Es primero que el cuadro que paciente dibujas
el seno de Teresa, la de cutis insomne,
el apretado bucle de Matilde la ingrata,
nuestra amistad pintada como un juego de oca.
Huellas dactilográficas de sangre sobre el oro,
rayen el corazòn de Cataluña eterna.
Estrellas como puños sin halcòn te relumbren,
mientras que tu pintura y tu Tida florecen.
No mires la clepsidra con alas membranosas,
ni la dura guadaña de las alegorías.
Viste y desnuda siempre tu pincel en el aire
frente a la mar poblada con barcos y marinos.
Soledad
Homenaje a fray Luis de Leòn
Soledad pensativa
sobre piedra y rosal, muerte y desvelo,
donde libre y cautiva,
fija en su blanco vuelo,
canta la luz herida por el hielo.
Soledad con estilo
de silencio sin fin y arquitectura,
donde la flauta en vilo
del ave en la espesura,
no consigue clavar tu carne oscura.
En ti dejo olvidada
la frenética lluvia de mis venas,
mi cintura cuajada:
y rompiendo cadenas,
rosa débil seré por las arenas.
Rosa de mi desnudo
sobre paños de cal y sordo fuego,
cuando roto ya el nudo,
limpio de luna, y ciego,
cruce tus fijas ondas de sosiego.
*
En la curva del río
el doble cisne su blancura canta.
Húmeda voz sin frío
fluye de su garganta,
y por los juncos rueda y se levanta.
Con su rosa de harina
niño desnudo mide la ribera,
mientras el bosque afina
su música primera
en rumor de cristales y madera.
Coros de siemprevivas
giran locos pidiendo eternidades.
Sus señas expresivas
hieren las dos mitades
del mapa que rezuma soledades.
El arpa y su lamento
prendido en nervios de metal dorado,
tanto dulce instrumento
resonante o delgado,
buscan ¡oh soledad! tu reino helado.
Mientras tú, inaccesible
para la verde lepra del sonido,
no hay altura posible
ni labio conocido,
por donde llegue a ti nuestro gemido.
Oda al Santísimo Sacramento del Altar
Homenaje a Manuel de Falla
EXPOSICIÓN
Cantaban las mujeres por el muro clavado
cuando te vi, Dios fuerte, vivo en el Sacramento,
palpitante y desnudo como un niño que corre
perseguido por siete novillos capitales.
Vivo estabas, Dios mío, dentro del ostensorio.
Punzado por tu Padre con agujas de lumbre.
Latiendo como el pobre corazòn de la rana
que los médicos ponen en el frasco de vidrio.
Piedra de soledad donde la hierba gime
y donde el agua oscura pierde sus tres acentos,
elevan tu columna de nardo bajo nieve
sobre el mundo de ruedas y falos que circula.
Yo miraba tu forma deliciosa flotando
en la llaga de aceites y paño de agonía,
y entornaba mis ojos para darle en el dulce
tiro al blanco de insomnio sin un pájaro negro.
Es así, Dios anclado, como quiero tenerte.
Panderito de harina para el recién nacido.
Brisa y materia juntas en expresiòn exacta
por amor de la carne que no sabe tu nombre.
Es así, forma breve de rumor inefable,
Dios en mantillas, Cristo diminuto y eterno,
repetido mil veces, muerto, crucificado
por la impura palabra del hombre sudoroso.
Cantaban las mujeres en la arena sin norte,
cuando te vi presente sobre tu Sacramento.
Quinientos serafines de resplandor y tinta
en la cúpula neutra gustaban tu racimo.
¡Oh Forma sacratísima, vértice de las flores,
donde todos los ángulos toman sus luces fijas,
donde número y boca construyen un presente
cuerpo de luz humana con músculos de harina!
¡Oh Forma limitada para expresar concreta
muchedumbre de luces y clamor escuchado!
¡Oh nieve circundada por témpanos de música!
¡Oh llama crepitante sobre todas las venas!
MUNDO
Agnus Dei qui tollis peccata mundi. Miserere nobis.
Noche de los tejados y la planta del pie,
silbaba por los ojos secos de las palomas.
Alga y cristal en fuga ponen plata mojada
los hombros de cemento de todas las ciudades.
La guíete descansaba sobre los tocadores
con su afán impaciente de cuello seccionado.
En la casa del muerto, los niños perseguían
una sierpe de arena por el rincòn oscuro.
Escribientes dormidos en el piso catorce.
Ramera con los senos de cristal arañado.
Cables y media luna con temblores de insecto.
Bares sin gente. Gritos. Cabezas por el agua.
Para el asesinato del ruiseñor, venían
tres mil hombres armados de lucientes cuchillos.
Viejas y sacerdotes lloraban resistiendo
una lluvia de lenguas y hormigas voladoras.
Noche de rostro blanco. Nula noche sin rostro.
Bajo el Sol y la Luna. Triste noche del Mundo.
Dos mitades opuestas y un hombre que no sabe
cuándo su mariposa dejará los relojes.
Debajo de las alas del dragòn hay un niño.
Caballitos de cadmio por la estrella sin sangre.
El unicornio quiere lo que la rosa olvida,
y el pájaro pretende lo que las aguas vedan.
Sòlo tu Sacramento de luz en equilibrio,
aquietaba la angustia del amor desligado.
Sòlo tu Sacramento, manòmetro que salva
corazones lanzados a quinientos por hora.
Porque tu signo es clave de llanura celeste
donde naipe y herida se entrelazan cantando,
donde la luz desboca su toro relumbrante
y se afirma el aroma de la rosa templada.
Porque tu signo expresa la brisa y el gusano.
Punto de uniòn y cita del siglo y el minuto.
Orbe claro de muertos y hormiguero de vivos
con el hombre de nieves y el negro de la llama.
Mundo, ya tienes meta para tu desamparo.
Para tu horror perenne de agujero sin fondo.
¡Oh Cordero cautivo de tres voces iguales!
¡Sacramento inmutable de amor y disciplina!
DEMONIO
Quia tu es Deus, fortitudo mea:
quare me repulisti? et quare tristis
incedo, dum affligit me inimicuí?
Honda luz cegadora de materia crujiente,
luz oblicúa de espadas y mercurio de estrella
anunciaban el cuerpo sin amor que llegaba
por todas las esquinas del abierto domingo.
Forma de la belleza sin nostalgia ni sueño.
Rumor de superficies libertadas y locas.
Médula de presente. Seguridad fingida
de flotar sobre el agua con el torso de mármol.
Cuerpo de belleza que late y que se escapa;
un momento de venas y ternura de ombligo.
Belleza encadenada sin línea en flor, ni centro,
ni puras relaciones de número y sonrisa.
Vedlo llegar, oriente de la mano que palpa.
Vendaval y mancebo de rizos y moluscos.
Fuego para la carne sensible que se quema.
Níquel para el sollozo que busca a Dios volando.
Las nubes proyectaban sombras de cocodrilo
sobre un cielo incoloro batido por motores.
Altas esquinas grises y letras encendidas
señalaban las tiendas del enemigo Bello.
No es la mujer desnuda, ni el duro adolescente
ni el corazòn clavado con besos y lancetas.
No es ser dueño de todos los caballos del mundo
ni descubrir el anca musical de la luna.
El encanto secreto del enemigo es otro.
Permanecer. Quedarse con la luz del minuto.
Permanecer clavados en su belleza triste
y evitar la inocencia de las aguas nacidas.
Que al balido reciente y a la flor desnortada
y a los senos sin huellas de la monja dormida,
responda negro toro de límites maduros
con la fe de un momento sin pudor ni mañana.
Para vencer la carne fuerte del enemigo,
mágico prodigioso de fuegos y colores,
das tu cuerpo celeste con tu sangre divina,
en este Sacramento definido que canto.
Desciendes a materia para hacerte visible
a los ojos que observan tu vida renovada
y vencer sin espadas, en unidad sencilla,
al enemigo bello de las mil calidades.
¡Alegrísimo Dios! ¡Alegrísima Forma!
Aleluya reciente de todas las mañanas.
Misterio facilísimo de razòn o de sueño
si es fácil la belleza visible de la rosa.
¡Aleluya, aleluya del zapato y la nieve!
Alba pura de acantos en la mano incompleta.
¡Aleluya, aleluya de la norma y el punto
sobre los cuatro vientos sin afán deportivo!
Lanza tu Sacramento semillas de alegría
contra los perdigones de dolor del Demonio
y en el estéril valle de luz y roca pura
la aguja de la flauta rompe un ángel de vidrio.
CARNE
Qué bien os quedasteis,
galán del cielo,
que es muy de galanes
quedarse en cuerpo.
Lope de Vega, Auto de los cantares
Por el nombre del Padre, roca, luz y fermento.
Por el nombre del Hijo, flor y sangre vertida,
en el fuego visible del Espíritu Santo
Eva quema sus dedos teñidos de manzana.
Eva gris y rayada con la púrpura rota
cubierta con las mieles y el rumor del insecto.
Eva de yugulares y de musgo baboso
en el primer impulso torpe de los planetas.
Llegaban las higueras con las flores calientes
a destrozar los blancos muros de disciplina.
El hacha por el bosque daba normas de viento
a la pura dinamo clavada en su martirio.
Hilos y nervios tiemblan en la secciòn fragante
de la luna y el vientre que el bisturí descubre.
En el diván de raso los amantes aprietan
los tibios algodones donde duermen sus huesos.
¡Mirad aquel caballo còmo corre! ¡Miradlo
por los hombros y el seno de la niña cuajada!
¡Mirad qué tiernos ayes y qué son movedizo
oprimen la cintura del joven embalado!
¡Venid, venid! Las venas alargarán sus puntas
para morder la cresta del caimán enlunado
mientras la verde sangre de Sodoma reluce
por la sala de un yerto corazòn de aluminio.
Es preciso que el llanto se derrame en la axila,
que la mano recuerde blanda goma nocturna.
Es preciso que ritmos de sístole y diástole
empañen el rubor inhumano del cielo.
Tienen en lo más blanco huevecillos de muerte
(diminutos madroños de arsénico invisible)
que secan y destruyen el nervio de luz pura
por donde el alma filtra lecciòn de beso y ala.
Es tu cuerpo, galán, tu boca, tu cintura,
el gusto de tu sangre por los dientes helados.
Es tu carne vencida, rota, pisoteada,
la que vence y relumbra sobre la carne nuestra.
Es el yerto vacío de lo libre sin norte
que se llena de rosas concretas y finales.
Adam es luz y espera bajo el arco podrido
las dos niñas de sangre que agitaban sus sienes.
¡Oh Corpus Christi! ¡Oh Corpus de absoluto silencio
donde se quema el cisne y fulgura el leproso!
¡Oh blanca Forma insomne!
¡Angeles y ladridos contra el rumor de venas!
Poemas Sueltos I
En el cumpleaños de R.G.A. Corona poética o pulsera de flor
Dedicada a Rosa García Ascot
TEMA DE LA CORONA
Una vinca lucero,
una rosa
y un lirio negro.
SITUACIÓN
El lucero en el cielo,
la rosa en el agua
y el lirio en el viento.
DESARROLLO DEL TEMA
Una vinca lucero
A la vera verita
del camino de Santiago,
tiembla. ¡Quiero que siga
temblando!
UNA ROSA
En la espalda del río
largos ritmos, negras hojas.
(Y entre los juncos
la rosa.)
El pastor del mediodía
toca su flauta en la sombra.
(Y entre los juncos
la rosa.)
Para pasear el monte
la tarde pinta su boca.
(Y entre los juncos
la rosa.)
Y UN LIRIO NEGRO
(ORIENTE)
Cúpula amarilla
y viento de plata.
El lirio,
la sonrisa velada
y la mano
delgada.
Cúpula amarilla
y viento de plata.
LA CINTA DE LA CORONA
O PULSERA DE FLOR
Cinta azul,
azul y naranja,
con el fleco verde limòn.
En la cinta azul, azul y naranja,
vaya escrito este nombre:
Rosa García Ascot.
Estampilla y juguete
El relojito de dulce
se me deshace en la lumbre.
Reloj que me señalaba
una constante mañana.
Azúcar, rosa y papel...
(¡Dios mío, todo mi ayer!)
En la cresta de la llama.
(¡Señor, todo mi mañana!)
Abandono
¡Dios mío, he venido con
la semilla de las preguntas!
Las sembré y no florecieron.
(Un grillo canta
bajo la luna.)
¡Dios mío, he llegado con
las corolas de las respuestas,
pero el viento no las deshoja!
(Gira la naranja
irisada de la tierra.)
¡Dios mío, Lázaro soy!
Llena de aurora mi tumba,
da a mi carro negros potros.
(Por el monte lírico
se pone la luna.)
¡Dios mío, me sentaré
sin pregunta y con respuesta!,
a ver moverse las ramas.
(Gira la naranja
irisada de la tierra.)
Estío
Ceres ha llorado
sus lágrimas de oro.
Las profundas heridas
de los arados
han dado racimos
de lágrimas.
El hombre, bajo el sol,
recoge el gran llanto
de fuego.
El gran llanto de Cristo
recién nacido.
(Cruz.
Aspa.
Llama.)
Ceres está muerta
sobre la campiña.
Su pecho
acribillado de amapolas.
Su corazòn
acribillado de cigarras.
Canciòn de la desesperanza
Los olivos subían
y el río bajaba.
(Sòlo yo me perdía
por los aires.)
Los Padres esperaban
el Santo Advenimiento,
y las muchachas pintan
su corazòn de verde.
(Sòlo yo me perdía
por los aires.)
Canto nocturno de los marineros andaluces
De Cádiz a Gibraltar
¡qué buen caminito!
El mar conoce mi paso
por los suspiros.
¡Ay, muchacha, muchacha,
cuánto barco en el puerto de Málaga!
De Cádiz a Sevilla
¡cuántos limoncitos!
El limonar me conoce
por los suspiros.
¡Ay, muchacha, muchacha,
cuánto barco en el puerto de Málaga!
De Sevilla a Carmona
no hay un solo cuchillo.
La media luna corta
y el aire pasa herido.
¡Ay, muchacho, muchacho,
que las olas se llevan mi caballo!
Por las salinas muertas
yo te olvidé, amor mío.
El que quiera un corazòn
que pregunte por mi olvido.
¡Ay, muchacho, muchacho,
que las olas se llevan mi caballo!
Cádiz, que te cubre el mar,
no avances por ese sitio.
Sevilla, ponte de pie
para no ahogarte en el río.
¡Ay, muchacha!
¡Ay, muchacho!
¡Qué buen caminito!
Cuánto barco en el puerto
y en la playa, ¡qué frío!
[Chopo y torre]
Chopo y torre.
Sombra viva
y sombra eterna.
Sombra de verdes voces
y sombra exenta.
Frente a frente piedra y viento,
sombra y piedra.
[¡Miguel Pizarro!]
¡Miguel Pizarro!
¡Flecha sin blanco!
¿Dònde está el agua
para su cisne blanco?
El Japòn es un barco
de marineros antipáticos.
Una luna y mil faroles.
Sueño de papel pintado.
Entre la roca y la seda,
¡la roca!, Miguel Pizarro.
La seda reluce ausente
y a la roca vienen pájaros.
Olas de la mar pajiza
no detengan a tu barco.
Aires oblicuos te besen
en el siniestro costado.
Miguel Pizarro.
Flecha sin blanco.
(Revés de este biombo)
Sin blanco
blanco.
(Crisantemos blancos.)
Sin blanco
blanco.
(Cerezos en los campos.)
Sin blanco
blanco.
(Ai-Ko desnuda y temblando.)
¡Ay, sin blanco
blanco!
La sirena y el carabinero
Fragmentos
A Guillermo de Torre
El paisaje escaleno de espumas y de olivos,
recorta sus perfiles en el celeste duro.
Honda luz sin un pliegue de niebla se atiranta
como una espalda rosa de bañista desnuda.
Alas de pluma y lino, barcas y gallos abren.
Delfines en hilera, juegan a puentes rotos.
La luna de la tarde se despega redonda,
y la casta colina da rumores y bálsamos.
En la orilla del agua cantan los marineros,
canciones de bambú y estribillos de nieve.
Mapas equivocados relucen en sus ojos,
un Ecuador sin lumbre, y una China sin aire.
Cornetines de cobre, clavan sus agujetas,
en la manzana rosa del cielo más lejano.
Cornetines de cobre que los carabineros
tocan en la batalla contra el mar y sus gentes.
La noche disfrazada con una piel de mulo
llega dando empujones a las barcas latinas.
El talle de la gracia queda lleno de sombra
y el mar pierde vergüenzas y virtudes doradas.
Oh musas bailarinas, de tiernos pies rosados,
en bellas trinidades sobre el jugoso césped.
Acoged mis ofrendas dando al aire de altura,
nueve cantos distintos y una sola palabra.
Canciòn
Lento perfume y corazòn sin gama,
aire definitivo en lo redondo,
corazòn fijo vencedor de nortes,
quiero dejaros y quedarme solo.
En la estrella polar decapitada.
En la brújula rota y sumergida.
Soledad insegura
Fragmentos
Rueda helada la luna, cuando Venus
con el cutis de sal, abría en la arena
blancas pupilas de inocentes conchas.
La noche calza sus preciosas huellas
con chapines de fòsforo y espuma.
Mientras yerto gigante sin latido
roza su tibia espalda sin venera.
El cielo exalta cicatriz borrosa
al ver su carne convertida en carne
que participa de la estrella dura
y el molusco sin límite de miedo.
Lirios de espuma cien y cien estrellas,
bajaron a la ausencia de las ondas.
Seda en tambor, el mar queda tirante,
mientras Favonio sueña y Tetis canta.
Palabras de cristal y brisa oscura
redondas sí, los peces mudos hablan.
Academia en el claustro de los iris
bajo el éxtasis denso y penetrable.
Llega bárbaro puente de delfines
donde el agua se vuelve mariposas,
collar de llanto a las arenas finas,
volante a la sin brazos cordillera.
Noche
Noche de flor cerrada y vena oculta.
-Almendra sin cuajar de verde tacto-.
Noche cortada demasiado pronto,
agitaba las hojas y las almas.
Pez mudo por el agua de ancho ruido,
lascivo se bañaba en el temblante,
luminoso marfil, recién cortado
al cuerno adolescente de la luna;
y si el centauro canta en las orillas
deliciosa canciòn de trote y flecha
ondas recojan glaucas sus acentos
con un dolor sin límite, de nardos.
Lyra bailaba en la fingida curva,
blanco baile de inmòvil geometría.
Ojos de lobo duermen en la sombra
dimitiendo la sangre de la oveja.
En lado opuesto, Filomela canta
humedades de yedras y jacintos,
con una queja en vilo de Sur loco,
sobre la flauta fija de la fuente.
Mientras en medio del horror oscuro
mintiendo canto y esperando miedo
voz inquieta de náufrago sonaba:
«Desdichada naciòn de dos colores
(fila de soles, fila de granadas),
sentada con el mar en las rodillas
y la cabeza puesta sobre Europa.
Mapa sin eco en el vivir reciente.
Pueblo que busca el mar y no lo encuentra.
Oye mi doble voz de remo y canto
y mi dolor sin término preciso.
Trigo malo de ayer cubriò su tierra.
La cicuta y la ortiga te envejecen.
Vulgo borracho canta en los aleros
la espada y el bigote, como norma.
Desdichada naciòn de catafalcos».
Poeta en Nueva York
Poemas de la soledad en Columbia University
Vuelta de paseo
Asesinado por el cielo.
Entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.
Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.
Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.
Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.
Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!
I9IO
Intermedio
Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos
ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada
ni el corazòn que tiembla arrinconado como un caballito de mar.
Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,
el hocico del toro, la seta venenosa
y una luna incomprensible que iluminaba por los rincones
los pedazos de limòn seco bajo el negro duro de las botellas.
Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,
en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,
en los tejados del amor con gemidos y frescas manos,
en un jardín donde los gatos se comían a las ranas.
Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y musgos.
Cajas que guardan silencios de cangrejos devorados.
En el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad.
Allí mis pequeños ojos.
No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su pulso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!
Fábula y rueda de los tres amigos
Enrique,
Emilio,
Lorenzo.
Estaban los tres helados.
Enrique por el mundo de las camas,
Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de las manos,
Lorenzo por el mundo de las universidades sin tejados.
Lorenzo,
Emilio,
Enrique.
Estaban los tres quemados.
Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de billar,
Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres blancos,
Enrique por el mundo de los muertos y los periòdicos abandonados.
Lorenzo,
Emilio,
Enrique.
Estaban los tres enterrados.
Lorenzo en un seno de Flora,
Emilio en la yerta ginebra que se olvida en el vaso,
Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos vacíos de los pájaros.
Lorenzo,
Emilio,
Enrique.
Fueron los tres en mis manos
tres montañas chinas,
tres sombras de caballo,
tres paisajes de nieve y una cabana de azucenas
por los palomares donde la luna se pone plana bajo el gallo.
Uno
y uno
y uno.
Estaban los tres momificados.
Con las moscas del invierno,
con los tinteros que orina el perro y desprecia el vilano,
con la brisa que hiela el corazòn de todas las madres,
por los blancos derribos de Júpiter donde meriendan muerte los borrachos.
Tres
y dos
y uno.
Los vi perderse llorando y cantando
por un huevo de gallina,
por la noche que enseñaba su esqueleto de tabaco,
por mi dolor lleno de rostros y punzantes esquirlas de luna,
por mi alegría de ruedas dentadas y látigos,
por mi pecho turbado por las palomas,
por mi muerte desierta con un solo paseante equivocado.
Yo había matado la quinta luna
y bebían agua por las fuentes los abanicos y los aplausos.
Tibia leche encerrada de las recién paridas
agitaba las rosas con un largo dolor blanco.
Enrique,
Emilio,
Lorenzo.
Diana es dura
pero a veces tiene los pechos nublados.
Puede la piedra blanca latir en la sangre del ciervo
y el ciervo puede soñar por los ojos de un caballo.
Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias.
Abrieron los toneles y los armarios.
Destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyò torrente arriba
y que el mar recordò ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.
Tu infancia en Mentòn
Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes. Jorge Guillen
Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.
El tren y la mujer que llena el cielo.
Tu soledad esquiva en los hoteles
y tu máscara pura de otro signo.
Es la niñez del mar y tu silencio
donde los sabios vidrios se quebraban.
Es tu yerta ignorancia donde estuvo
mi torso limitado por el fuego.
Norma de amor te di, hombre de Apolo,
llanto con ruiseñor enajenado,
pero, pasto de ruinas, te afilabas
para los breves sueños indecisos.
Pensamiento de enfrente, luz de ayer,
índices y señales del acaso.
Tu cintura de arena sin sosiego
atiende sòlo rastros que no escalan.
Pero yo he de buscar por los rincones
tu alma tibia sin ti que no te entiende,
con el dolor de Apolo detenido
con que he roto la máscara que llevas.
Allí, leòn, allí, furia de cielo,
te dejaré pacer en mis mejillas;
allí, caballo azul de mi locura,
pulso de nebulosa y minutero.
He de buscar las piedras de alacranes
y los vestidos de tu madre niña,
llanto de medianoche y paño roto
que quitò luna de la sien del muerto.
Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.
Alma extraña de mi hueco de venas,
te he de buscar pequeña y sin raíces.
¡Amor de siempre, amor, amor de nunca!
¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme.
No me tapen la boca los que buscan
espigas de Saturno por la nieve
o castran animales por un cielo,
clínica y selva de la anatomía.
Amor, amor, amor. Niñez del mar.
Tu alma tibia sin ti que no te entiende.
Amor, amor, un vuelo de la corza
por el pecho sin fin de la blancura.
Y tu niñez, amor, y tu niñez.
El tren y la mujer que llena el cielo.
Ni tú, ni yo, ni el aire, ni las hojas.
Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.
Los negros
Para Ángel del Río
Norma y paraíso de los negros
Odian la sombra del pájaro
sobre el pleamar de la blanca mejilla
y el conflicto de luz y viento
en el salòn de la nieve fría.
Odian la flecha sin cuerpo,
el pañuelo exacto de la despedida,
la aguja que mantiene presiòn y rosa
en el gramíneo rubor de la sonrisa.
Aman el azul desierto,
las vacilantes expresiones bovinas,
la mentirosa luna de los polos,
la danza curva del agua en la orilla.
Con la ciencia del tronco y el rastro
llenan de nervios luminosos la arcilla
y patinan lúbricos por aguas y arenas
gustando la amarga frescura de su milenaria saliva.
Es por el azul crujiente,
azul sin un gusano ni una huella dormida,
donde los huevos de avestruz quedan eternos
y deambulan intactas las lluvias bailarinas.
Es por el azul sin historia,
azul de una noche sin temor de día,
azul donde el desnudo del viento va quebrando
los camellos sonámbulos de las nubes vacías.
Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de la hierba.
Allí los corales empapan la desesperaciòn de la tinta,
los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja de los caracoles
y queda el hueco de la danza sobre las últimas cenizas.
El rey de Harlem
Con una cuchara de palo
le arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara de palo.
Fuego de siempre dormía en los pedernales
y los escarabajos borrachos de anís
olvidaban el musgo de las aldeas.
Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujía la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida.
Las rosas huían por los filos
de las últimas curvas del aire
y en los montones de azafrán
los niños machacaban pequeñas ardillas
con un rubor de frenesí manchado.
Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rumor negro
para que el perfume de pulmòn
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente,
a todos los amigos de la manzana y la arena;
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas,
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.
¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero en un traje de conserje.
*
Tenía la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre
y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazòn por las heladas montañas del oso.
Aquella noche el rey de Harlem, con una durísima cuchara,
le arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una durísima cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro;
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
¡Negros! ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros!
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de Cáncer.
Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardo,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas, con los objetos abandonados.
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos y néctares subterráneos.
Sangre que oxida al alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas, ante el insomnio de los lavabos,
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.
¡Hay que huir!,
huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,
porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.
Es por el silencio sapientísimo
cuando los cocineros y los camareros y los que limpian con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.
Un viento sur de madera oblicuo en el negro fango,
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros.
Un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos,
y una pila de Volta con avispas ahogadas.
El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monòculo.
El amor, por un solo rostro invisible a flor de piedra.
Médulas y corolas componían sobre las nubes
un desierto de tallos, sin una sola rosa.
A la izquierda, a la derecha, por el Sur y por el Norte,
se levanta el muro impasible
para el topo y la aguja del agua.
No busquéis, negros, su grieta
para hallar la máscara infinita.
Buscad el gran sol del centro
hechos una piña zumbadora.
El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa.
El sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,
el tatuado sol que baja por el río
y muge seguido de caimanes.
¡Negros! ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros!
Jamás sierpe, ni cebra, ni mula,
palidecieron al morir.
El leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas y cardos y ortigas turben postreras azoteas.
Entonces, negros, entonces, entonces,
podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin sin duda, mientras las flores erizadas
asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.
¡Ay, Harlem disfrazada!
¡Ay Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor.
Me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
a través de láminas grises
donde flotan tus automòviles cubiertos de dientes,
a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
a través de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.
Iglesia abandonada
Balada de la Gran Guerra
Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdiò por los arcos un viernes de todos los muertos.
Lo vi jugar en las últimas escaleras de la misa,
y echaba un cubito de hojalata en el corazòn del sacerdote.
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Saqué una pata de gallina por detrás de la luna, y luego,
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían gusanos
y las cerillas apagadas
se comían los trigos de la primavera.
Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
y vi las cabanas de goma
donde giraban las copas llenas de lágrimas.
En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazòn mío!,
cuando el sacerdote levante la muía y el buey con sus fuertes brazos
para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
Si mi niño hubiera sido un oso
yo no temería el sigilo de los caimanes,
ni hubiese visto al mar amarrado a los árboles
para ser fornicado y herido por el tropel de los regimientos.
¡Si mi niño hubiera sido un oso!
Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir el frío de los musgos.
Sé muy bien que me darán una manga o la corbata,
pero en el centro de la misa yo romperé el timòn y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
Él tenía un hijo.
Un hijo. Un hijo. Un hijo
que no era más que suyo porque era su hijo.
Su hijo. Su hijo. Su hijo
Calles y sueños
A Rafael R. Rapún
Danza de la muerte
El mascaròn. Mirad el mascaròn
còmo viene del África a New York.
Se fueron los árboles de la pimienta,
los pequeños botones de fòsforo.
Se fueron los camellos de carne desgarrada
y los valles de luz que el cisne levantaba con el pico.
Era el momento de las cosas secas:
de la espiga en el ojo y el gato laminado;
del òxido de hierro de los grandes puentes
y el definitivo silencio del corcho.
Era la gran reuniòn de los animales muertos
traspasados por las espadas de la luz.
La alegría eterna del hipopòtamo con las pezuñas de ceniza
y de la gacela con una siempreviva en la garganta.
En la marchita soledad sin onda
el abollado mascaròn danzaba.
Medio lado del mundo era de arena,
mercurio y sol dormido el otro medio.
El mascaròn. ¡Mirad el mascaròn!
Arena, caimán y miedo sobre Nueva York.
Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío
donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano.
Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo,
con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles,
acabò con los más leves tallitos del canto
y se fue al diluvio empaquetado de la savia,
a través del descanso de los últimos perfiles
levantando con el rabo pedazos de espejo.
Cuando el chino lloraba en el tejado
sin encontrar el desnudo de su mujer,
y el director del banco observaba el manòmetro
que mide el cruel silencio de la moneda,
el mascaròn llegaba a Wall Street.
No es extraño para la danza
este columbario que pone los ojos amarillos.
De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso
que atraviesa el corazòn de todos los niños pobres.
El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico
ignorantes en su frenesí de la luz original.
Porque si la rueda olvida su fòrmula
ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos;
y si una llama quema los helados proyectos
el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las ventanas.
No es extraño este sitio para la danza. Yo lo digo.
El mascaròn bailará entre columnas de sangre y de números,
entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados
que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces.
¡Oh salvaje Norteamérica, oh impúdica! ¡Oh salvaje!
Tendida en la frontera de la nieve.
El mascaròn. ¡Mirad el mascaròn!
¡Qué ola de fango y luciérnagas sobre Nueva York!
Yo estaba en la terraza luchando con la luna.
Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche.
En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos
y las brisas de largos remos
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.
La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro
para fingir una muerta semilla de manzana.
El aire de la llanura empujado por los pastores
temblaba con un miedo de molusco sin concha.
Pero no son los muertos los que bailan.
Estoy seguro.
Los muertos están embebidos devorando sus propias manos.
Son los otros los que bailan con el mascaròn y su vihuela.
Son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos,
los que duermen en el cruce de los muslos y llamas duras,
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras,
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.
¡Que no baile el Papa!
¡No, que no baile el Papa!
Ni el Rey;
ni el millonario de dientes azules,
ni las bailarinas secas de las catedrales,
ni constructores, ni esmeraldas, ni locos, ni sodomitas.
Sòlo este mascaròn.
Este mascaròn de vieja escarlatina.
¡Sòlo este mascaròn!
Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos.
Que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas.
Que ya la Bolsa será una pirámide de musgo.
Que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!
El mascaròn. ¡Mirad el mascaròn!
¡Còmo escupe veneno de bosque
por la angustia imperfecta de Nueva York!
Paisaje de la multitud que vomita
Anochecer de Coney Island
La mujer gorda venía delante
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores.
La mujer gorda,
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones subterráneas.
Son los cementerios. Lo sé. Son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena.
Son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
los que nos empujan en la garganta.
Llegaban los rumores de la selva del vòmito
con las mujeres vacías, con niños de cera caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables
que sirven platos de sal bajo las arpas de la saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
No es el vòmito de los húsares sobre los pechos de la prostituta
ni el vòmito del gato que se tragò una rana por descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de tierra
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.
La mujer gorda venía delante
con las gentes de los barcos y de las tabernas y de los jardines.
El vòmito agitaba delicadamente sus tambores
entre algunas niñas de sangre
que pedían protecciòn a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía.
Esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
y despide barcos increíbles
por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada
que mana de las ondas por donde el alba no se atreve.
Yo, poeta sin brazos, perdido
entre la multitud que vomita,
sin caballo efusivo que corte
los espesos musgos de mis sienes.
Pero la mujer gorda seguía delante
y la gente buscaba las farmacias
donde el amargo tròpico se fija.
Sòlo cuando izaron la bandera y llegaron los primeros canes
la ciudad entera se agolpò en las barandillas del embarcadero.
Paisaje de la multitud que orina
Nocturno de Battery Place
Se quedaron solos.
Aguardaban la velocidad de las últimas bicicletas.
Se quedaron solas.
Esperaban la muerte de un niño en el velero japonés.
Se quedaron solos y solas
soñando con los picos abiertos de los pájaros agonizantes,
con el agudo quitasol que pincha
al sapo recién aplastado,
bajo un silencio con mil orejas
y diminutas bocas de agua
en los desfiladeros que resisten
el ataque violento de la luna.
Lloraba el niño del velero y se quebraban los corazones
angustiados por el testigo y la vigilia de todas las cosas
y porque todavía en el suelo celeste de negras huellas
gritaban nombres oscuros, salivas y radios de níquel.
No importa que el niño calle cuando le claven el último alfiler
ni importa la derrota de la brisa en la corola del algodòn,
porque hay un mundo de la muerte con marineros definitivos
que se asomarán a los arcos y os helarán por detrás de los árboles.
Es inútil buscar el recodo
donde la noche olvida su viaje
y acechar un silencio que no tenga
trajes rotos y cascaras y llanto,
porque tan sòlo el diminuto banquete de la araña
basta para romper el equilibrio de todo el cielo.
No hay remedio para el gemido del velero japonés
ni para estas gentes ocultas que tropiezan por las esquinas.
El campo se muerde la cola para unir las raíces en un punto
y el ovillo busca por la grama su ansia de longitud insatisfecha.
¡La luna! ¡Los policías! ¡Las sirenas de los trasatlánticos!
Fachadas de orín, de humo, anémonas, guantes de goma.
Todo está roto por la noche
abierta de piernas sobre las terrazas.
Todo está roto por los tibios caños
de una terrible fuente silenciosa.
¡Oh gentes! ¡Oh mujercillas! ¡Oh soldados!:
será preciso viajar por los ojos de los idiotas,
campos libres donde silban mansas cobras de alambradas,
paisajes llenos de sepulcros que producen fresquísimas manzanas,
para que venga la luz desmedida
que temen los ricos detrás de sus lupas,
el olor de un solo cuerpo con la doble vertiente de lis y rata,
y para que se quemen estas gentes que pueden orinar alrededor de un gemido
o en los cristales donde se comprenden las olas nunca repetidas.
Asesinato
Dos voces de madrugada en Riverside Drive
¿Còmo fue?
Una grieta en la mejilla.
¡Eso es todo!
Una uña que aprieta el tallo.
Un alfiler que bucea
hasta encontrar las raicillas del grito.
Y el mar deja de moverse.
¿Còmo? ¿Còmo fue?
Así.
¡Déjame! ¿De esa manera?
Sí.
El corazòn saliò solo.
¡Ay, ay de mí!
Navidad en el Hudson
¡Esa esponja gris!
¡Ese marinero recién degollado!
¡Ese río grande!
¡Esa brisa de límites oscuros!
¡Ese filo, amor, ese filo!
Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo.
Con el mundo de aristas que ven todos los ojos.
Con el mundo que no se puede recorrer sin caballos.
Estaban uno, cien, mil marineros,
luchando con el mundo de las agudas velocidades,
sin enterarse de que el mundo
estaba solo por el cielo.
El mundo solo por el cielo solo.
Son las colinas de martillos y el triunfo de la hierba espesa.
Son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango.
El mundo solo por el cielo solo
y el aire a la salida de todas las aldeas.
Cantaba la lombriz el terror de la rueda
y el marinero degollado
cantaba al oso de agua que lo había de estrechar
y todos cantaban aleluya,
aleluya. Cielo desierto.
Es lo mismo, ¡lo mismo!, aleluya.
He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales
dejándome la sangre por la escayola de los proyectos,
ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas
y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura.
No importa que cada minuto
un niño nuevo agite sus ramitos de venas
ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas,
calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.
Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.
Alba no. Fábula inerte.
Sòlo esto: Desembocadura.
¡Oh esponja mía gris!
¡Oh cuello mío recién degollado!
¡Oh río grande mío!
¡Oh brisa mía de límites que no son míos!
¡Oh filo de mi amor! ¡Oh hiriente filo!
Ciudad sin sueño
Nocturno del Brooklyn Bridge
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan las cabanas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazòn roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre los hombros.
Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.
Otro día
veremos la resurrecciòn de las mariposas disecadas
y aun andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta
a los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero!
Aquel muchacho que llora porque no sabe la invenciòn del puente
o aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
Panorama ciego de Nueva York
Si no son los pájaros
cubiertos de ceniza,
si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,
serán las delicadas criaturas del aire
que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible.
Pero no, no son los pájaros,
porque los pájaros están a punto de ser bueyes.
Pueden ser rocas blancas con ayuda de la luna,
y son siempre muchachas heridas
antes de que los jueces levanten la tela.
Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,
pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
No está en el aire, ni en nuestra vida
ni en estas terrazas llenas de humo.
El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas.
Un traje abandonado pesa tanto en los hombros,
que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas;
y las que mueren de parto saben en la última hora,
que todo rumor será piedra y toda huella, latido.
Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene arrabales
donde el filòsofo es devorado por los chinos y las orugas
y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor.
No, no son los pájaros:
No es un pájaro el que expresa la turbia fiebre de laguna,
ni el ansia de asesinato que nos oprime cada momento,
ni el metálico rumor de suicidio que nos anima cada madrugada:
es una cápsula de aire donde nos duele todo el mundo,
es un pequeño espacio vivo al loco unisòn de la luz,
es una escala indefinible donde las nubes y rosas olvidan
el griterío chino que bulle por el desembarcadero de la sangre.
Yo muchas veces me he perdido
para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas
y sòlo he encontrado marineros echados sobre las barandillas
y pequeñas criaturas del cielo enterradas bajo la nieve.
Pero el verdadero dolor estaba en otras plazas
donde los peces cristalizados agonizaban dentro de los troncos,
plazas del cielo extraño para las antiguas estatuas ilesas
y para la tierna intimidad de los volcanes.
No hay dolor en la voz. Sòlo existen los dientes,
pero dientes que callarán aislados por el raso negro.
No hay dolor en la voz. Aquí sòlo existe la Tierra.
La Tierra con sus puertas de
siempre que llevan al rubor de los frutos.
Nacimiento de Cristo
Un pastor pide teta por la nieve que ondula
blancos perros tendidos entre linternas sordas.
El Cristito de barro se ha partido los dedos
en los filos eternos de la madera rota.
¡Ya vienen las hormigas y los pies ateridos!
Dos hilillos de sangre quiebran el cielo duro.
Los vientres del demonio resuenan por los valles
golpes y resonancias de carne de molusco.
Lobos y sapos cantan en las hogueras verdes
coronadas por vivos hormigueros del alba.
La mula tiene un sueño de grandes abanicos
y el toro sueña un toro de agujeros y de agua.
El niño llora y mira con un tres en la frente.
San José ve en el heno tres espigas de bronce.
Los pañales exhalan un rumor de desierto
con cítaras sin cuerdas y degolladas voces.
La nieve de Manhattan empuja los anuncios
y lleva gracia pura por las falsas ojivas.
Sacerdotes idiotas y querubes de pluma
van detrás de Lutero por las altas esquinas.
La aurora
La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
Poemas del lago Eden Mills
A Eduardo Ugarte
Poema doble del lago Eden
Era mi voz antigua
ignorante de los densos jugos amargos.
La adivino lamiendo mis pies
bajo los frágiles heléchos mojados.
¡Ay voz antigua de mi amor!
¡Ay voz de mi verdad!
¡Ay voz de mi abierto costado
cuando todas las rosas manaban de mi lengua
y el césped no conocía la impasible dentadura del caballo!
Estás aquí bebiendo mi sangre,
bebiendo mi amor de niño pasado,
mientras mis ojos se quiebran en el viento
con el aluminio y las voces de los borrachos.
Dejarme pasar la puerta
donde Eva come hormigas
y Adán fecunda peces deslumbrados.
Dejarme pasar, hombrecillos de los cuernos,
al bosque de los desperezos
y los alegrísimos saltos.
Yo sé el uso más secreto
que tiene un viejo alfiler oxidado
y sé del horror de unos ojos despiertos
sobre la superficie concreta del plato.
Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincòn más oscuro de la brisa que nadie quiera.
¡Mi amor humano!
Esos perros marinos se persiguen
y el viento acecha troncos descuidados.
¡Oh voz antigua, quema con tu lengua
esta voz de hojalata y de talco!
Quiero llorar porque me da la gana,
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre ni un poeta ni una hoja,
pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado.
Quiero llorar diciendo mi nombre,
rosa, niño y abeto, a la orilla de este lago,
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mí la burla y la sugestiòn del vocablo.
No, no. Yo no pregunto, yo deseo.
Voz mía libertada que me lames las manos.
En el laberinto de biombos es mi desnudo el que recibe
la luna de castigo y el reloj encenizado.
Así hablaba yo.
Así hablaba yo cuando Saturno detuvo los trenes
y la bruma y el Sueño y la Muerte me estaban buscando.
Me estaban buscando
allí donde mugen las vacas que tienen patitas de paje
y allí donde flota mi cuerpo entre los equilibrios contrarios.
Cielo vivo
Yo no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba.
Cerca de las piedras sin jugo y los insectos vacíos
no veré el duelo del sol con las criaturas en carne viva.
Pero me iré al primer paisaje
de choques, líquidos y rumores
que trasmina a niño recién nacido
y donde toda superficie es evitada,
para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría
cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.
Allí no llega la escarcha de los ojos apagados
ni el mugido del árbol asesinado por la oruga.
Allí todas las formas guardan entrelazadas
una sola expresiòn frenética de avance.
No puedes avanzar por los enjambres de corolas
porque el aire disuelve tus dientes de azúcar.
Ni puedes acariciar la fugaz hoja del helécho
sin sentir el asombro definitivo del marfil.
Allí, bajo las raíces y en la médula del aire,
se comprende la verdad de las cosas equivocadas.
El nadador de níquel que acecha la onda más fina
y el rebaño de vacas nocturnas con rojas patitas de mujer.
Yo no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba,
pero me iré al primer paisaje de humedades y latidos
para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría
cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.
Vuelo fresco de siempre sobre lechos vacíos.
Sobre grupos de brisas y barcos encallados.
Tropiezo vacilante por la dura eternidad fija
y amor al fin sin alba. Amor. ¡Amor visible!
En la cabana del Farmer
Campo de Newburg
A Concha Méndez y Manuel Altolaguirre
El niño Stanton
Do you like me?
Yes, and you?
Yes, yes.
Cuando me quedo solo
me quedan todavía tus diez años,
los tres caballos ciegos,
tus quince rostros con el rostro de la pedrada