POESÍA
Y OTROS TEXTOS LITERARIOS
POEMAS DE
NUEVA ETAPA
1
EL ESPAÑOL
(17 de noviembre, 1917)
Cual del invierno en un día
en que fuerte el viento bate
y huyendo de su combate
la nube corre bravia,
la tristeza y la alegría
en mi alma se suceden,
los pesares pronto ceden
pues tengo el genio español.
¡Da al día su luz el Sol
aunque las nubes lo veden!
La alegría del vivir,
la pena del recordar,
tan pronto me hacen llorar,
tan pronto me hacen reír.
La dulzura del sufrir
es mi consuelo mayor,
pues quien nació soñador,
peregrino y pendenciero,
halla más dulce el sendero
con la espina del amor.
Yo, en quiméricos ensueños,
visité Santos Lugares
y he quemado en sus altares
los dolores de mis sueños.
Libre de cuidos pequeños,
con mi mugrienta esclavina,
camina que te camina
apoyado en mi bordón,
llegué al toque de oración
a la venteril cocina.
Y allí embauqué a trajinantes,
rosarios les di a mozuelas,
vendí al ventero unas telas
en monedas biensonantes.
Conté muy espeluznantes
y peregrinas historias.
Allí apuré mis memorias
y una gran bota apuré,
y en el suelo me acosté
sin soñar con otras glorias...
En Salamanca algún día
di músicas a una reja...
y sólo salió una vieja
a la estrecha celosía.
La fingida de la tía
de mi Esperanza, calada
me preparó una celada,
en la que luego cayó
y quédeme libre yo,
y ella, desenmascarada...
Con un muy gentil perneo,
tras un halcón, de una huerta
salté la tapia. A la puerta
vi la que fue mi deseo.
¡Oh desgraciado paseo!
¡Oh desdicha peregrina!
¡Fuerte Justicia Divina!
¡Inocente Melibea!
¡Por siempre maldita sea
la hechicera Celestina...!
Yo he sido paje y señor;
yo, capitán y soldado,
arriero y enamorado,
estudiante y vendedor.
En las lides del amor
siempre salí triunfante.
Si alguna broma cargante
me hicieron, bien la llevé.
Yo jugué. Perdí, gané,
y sin parar, ¡adelante!
Tomé la suerte cual vino,
sin tristeza ni alegría,
por eso he vivido un día
tan claro como mi sino.
Lo fatal de mi destino
me obligó a ser soñador.
Yo bendigo por amor
en este mundo vivir,
y es mi esperanza morir
esperando otro mejor.
2
NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS QUE VAN A DAR A LA MAR
J.M.
(14 de diciembre, 1917)
Todos los días que pasan
son para el cuerpo un desgarro;
para el alma, un desconsuelo.
¡Ay!, nuestras vidas se amasan
con un poquito de barro
y otro poquito de cielo...
Tenemos que luchar solos
con la carne que nos tienta
y el alma que nos levanta,
y entre tan opuestos polos
gira la vida cruenta,
la que quisiéramos santa...
En este punto indeciso
está el espíritu grave
y turbado, sin saber
hacia qué punto es preciso
guiar de proa la nave,
hacia qué playa torcer.
Algunas flores matizan
las orillas de este río
que corremos. Son amores.
¡Oh, qué suave se deslizan
por el pobre pecho mío
esas flores!
¡Y sólo tienen espinas...!
Se deshacen las divinas
facetas de la ilusión,
y está en el triste desierto
la nave sin ver el puerto
y sangrando el corazón.
Entre las aguas del río,
derivando en la corriente,
navegan las flores muertas.
Suaves gotas de rocío
vibran, en perla ríente,
sobre sus corolas yertas.
¡Flor que en el agua ha caído,
la onda mansa la lleva,
seca, arrugada, amarilla...!
Mas ya que esa flor se ha ido,
¿no ha de brotar otra nueva,
del río en la fresca orilla?
Y pasan así los años
pictóricos de ilusiones
por la venidera suerte
¡y, tras muchos desengaños,
naufragan los corazones
en las playas de la muerte!
Todos los días que pasan
son para el cuerpo un desgarro,
para el alma un desconsuelo,
¡ay, nuestras vidas se amasan
con un poquito de barro
y otro poquito de cielo...!
3
A S. M. EL REY D. ALFONSO XIII
(23 de enero, 1918)
Señor:
Entre el rugir de los cañones,
sobre la oscura tierra desolada,
a la pálida luz de la alborada
lanzando al aire sus agrestes sones
volaba la Paloma. Sus canciones
no amansaban la turba ensangrentada.
¡Volaba la Paloma inmaculada
sobre el necio sangrar de las naciones!
Y como vio brillar azul el cielo
sobre la España, reino bendecido,
que un oasis de paz y amor le abona,
lanzóse a un manso y reposado vuelo
y llegó hasta nosotros ¡y ha elegido
como nido real vuestra Corona!
DEL CAMINO CASTELLANO
A Julio-César Cerdeiras
4
MEDINACELI
(1914)
Bajo el cielo esplendente de Castilla,
en la cumbre de un cerro encaramada
como la vieja reina destronada,
que más se eleva cuanto más se humilla.
De su antigua nobleza sin mancilla
conserva —del ayer prenda sagrada-
mucho palacio de ancha portalada,
que fue de algún señor de horca y cuchilla.
Y al cruzar sus callejas medioevales,
le parece al moderno viandante
al doblar cada esquina más que apriesa
va a encontrar de Almanzor los funerales,
a Don Quijote caballero andante
o a la doctora mística, Teresa.
5
EL POSESO
(1918)
Ululaba a lo largo del sendero,
blanco de espuma el labio contraído,
y rasgaban sus uñas el vestido
que la carne dejaba al cierzo fiero.
Los ecos conturbaba el lastimero
monótono clamor de su fremido.
El cabello muy blanco y muy crecido
alborotaba al viento mañanero...
Y vino entonces el extraño asceta.
Dijo —sus manos so la faz inquieta—
«¡Fuera, en nombre de Dios, yo vos lo mando!»
¡Y en una convulsión de convulsiones
salieron los satánicos dragones
con un fragor de trueno, retumbando!
6
EL PASTOR CIEGO
(1916)
En la mano una pobre cayada,
con su capa que mugre chorrea,
yo le vi por la inmensa llanada
conducir su rebaño a la aldea.
¡Oh, la fría, la triste mirada,
que la luz exterior no desea...!
¡Oh, la mente jamás alumbrada
por la luz interior de la Idea...!
...Y así va, de un mastín arrastrado,
sobre el monte, la llana, el otero...
¡Ni una sola mujer le ha besado,
ni ha visto la lana de un blanco cordero!
¡Pobre vida, sin un horizonte,
sobre el valle, el otero y el monte!
7
EL HIDALGO
(1914)
Alto y enjuto el cuerpo renegrido,
grande y ardiente el ánima esforzada,
una luz de ideal en la mirada
y en la frente, que el tiempo no ha vencido;
el traje viejo, limpio y recosido,
la barba puntiaguda y esmerada...
¿Quién pensaría, al verle de pasada,
que todo lo que tuvo lo ha perdido?
¡Pobre hidalgo, que quiso alzar los vuelos,
añadir nuevos timbres a su gloria
y remontarla a los empíreos cielos;
sólo le queda de su antigua historia
la espada que heredó de sus abuelos
y el blasón de su rancia ejecutoria!
8
LA MOZUELA
(1918)
Tiene la mozuela la boca bermeja,
tiene la mozuela los ojos oscuros...
(¡Ay, cómo retratan —tan grandes, tan puros—
la luz de tu cielo, Castilla la Vieja!)
Tiene la mozuela del rostro risueño,
tiene la mozuela la color tostada...
(¡Ay, que es como el tuyo —del Sol cortejada-
Castilla la Vieja, su color trigueño!)
Ríe la mozuela con risa inocente...
(¡Oh, risa tan grata cual rumor de fuente
en tu yermo campo, Castilla la Vieja!)
Habla la mozuela, arcaica y sonora
—con algo que canta, con algo que llora—
como tú Castilla, con voz de conseja...
¡Como tú, Castilla, Castilla la Vieja!
9
MADRID
CALLES DE TRADICIÓN
(25 de febrero, 1918)
I
¡Oh, calles de Madrid. Tristes callejas
donde el Sol nunca da. Muros sagrados
de los viejos palacios embrujados
por la fuerza del tiempo y las consejas
de las viejas!
II
Sin que la calma de estas calles turbe,
a lo lejos difúndese y palpita
un extraño rumor, rugir de urbe,
de estulta población cosmopolita,
y al pasar a lo viejo del recinto
parece que tres siglos retrasamos.
Sentimos no tener espada al cinto
y un paje que nos guíe por do vamos.
III
¡Calles de tradición! ¡Barrios queridos
por todos los amantes de lo viejo;
bajo cuyos tejados carcomidos
cuelga sus graves nidos el vencejo!
En oscuro rincón se seca un odre
al lado de la antigua tenería.
Cabe una iglesia ráscanse la podre
galloferos y hampones a porfía.
De sus males de amor se plañe un gato.
Pasa una moza en grácil taconeo:
van brotando las sales del floreo
bajo el rojo tacón de su zapato.
Vocea un vendedor sus baratijas.
La tapia de un jardín muestra su hiedra
recubierta de polvo. Y en la piedra
corren a su sabor las sabandijas.
La calma matinal rompe el tañido
de la campana que a la misa avisa,
y cruzan las beatas, con medido
paso, la calle para entrar en misa.
Y bajo el sol de oro madrileño
está la calle triste y adormida,
como una virgen vieja, que en un sueño
se va dejando sin saber la vida.
¡Ay sí, que moriréis! Tiempos reacios
corren hogaño para cosas viejas.
¡Ay sí, que moriréis, viejos palacios!
¡Ay sí, que moriréis, tristes callejas!
IV
Y mientras tanto... ¡puedan vuestros muros
alejarme del ruido ciudadano!
¡Libradme de los tráficos impuros
de ese hormiguero estúpido y malsano!
Dejadme en vuestros plácidos rincones
a la esplendente luz del mediodía
con un extraño acento de elegía
cantar mis más harmónicas canciones.
Dejadme bajo el rayo de Diana,
en las heladas noches invernales
bajo un soñado alféizar de ventana
recitar los más lindos madrigales.
V
¡Qué me importa que el sueño se convierta
en triste realidad, y acongojada
el alma llore por la suerte cierta
al contemplar la gloria ya pasada?
¿Qué importa luego que al albor del día
se esfume la ilusión, y la importuna
verdad venza a la loca fantasía?
¡También el buen Cyrano componía
sus viajes a la Luna!
VI
¡Sí; sois vosotras, calles solitarias
de mi viejo Madrid, calles leales,
las que sobre los labios sois plegarias
y sobre el corazón sois madrigales;
las que dais a mi pobre fantasía
nuevos motivos y cadencias bellas:
calles oscuras bajo el Sol del día
y claras al brillar de las estrellas!
Vosotras me inspiráis: ¡Tristes callejas
donde el Sol nunca da, muros sagrados
de los viejos palacios embrujados
por la fuerza del tiempo y las consejas
de las viejas!
10
CANCIÓN OPTIMISTA
(23 de marzo, 1918)
Marcha la Vida desolada
como una esposa del Dolor,
pero se escucha la argentada
trompa del Día del Señor;
y ya muy presto han de trocarse
en alegrías los dolores,
y va la sien a coronarse
de frutos, pámpanos y flores;
y ya muy presto, en las heridas
de las espinas afrentosas,
en vez de sangre, florecidas
por un milagro serán rosas.
En el jardín reverdecido
serán canciones las fontanas,
vendrán surgiendo del olvido
las Margaritas, las Roxanas...
Y para el alma, toda llena
de ansias azules cual los mares,
vendrá la Esposa casta y buena
desde el Cantar de los cantares.
Y en el lugar del verso triste,
en el lugar del verso agónico,
el epinicio, que se viste
con el ropaje de lo harmónico,
vendrá a la pobre Musa histérica,
a nuestra loca y triste Musa,
con una fuerte risa homérica
y un agitarse de medusa.
Y los amigos, los hermanos,
nos sacarán de la cisterna;
nuestros hermanos los gusanos
ya no saldrán de su caverna,
ya no saldrán de su escondrijo
para roer el corazón...
¡y será el mundo como un hijo
de la Piedad y la Razón!
Y al extinguirse el retumbante
brutal fragor de los cañones,
serán los cielos de diamante
llenos de líricas canciones.
Nuestras pupilas casi ciegas,
mirando al Sol, verán la Luz...
¡A ti, Luz blanca, Luz que llegas
de entre los brazos de la Cruz!
{ * * * }
Hasta llegar ¿qué nos importa
de la ceguera y los dolores?
¡La Vida lenta nos transporta
a la región de los amores!
¿Qué se nos da de las espinas,
ni de traición de los hermanos,
ni de las bocas femeninas,
que son un nido de gusanos,
si ya muy presto han de trocarse
en alegrías los dolores
y va la sien a coronarse
de frutos, pámpanos y flores?
¡Marcha la Vida desolada
como una esposa del Dolor,
pero se escucha la argentada
trompa del Día del Señor!
11
M. R. P. MARCELINO ARNAIZ, RECTOR DE ESTA UNIVERSIDAD
(abril y mayo, 1918)
En todas las eternas ideas misteriosas
estudia este varón pensativo, que sabe
por qué el cielo es azul, por qué mueren las rosas,
por qué lloran los niños y por qué vuela el ave;
que ve del alma místicos anhelos sobrehumanos,
parpadeos de estrellas en la noche callada,
y el terror de los ciegos viajeros en los llanos,
presintiendo las luces blancas de la alborada;
y que va navegando por el azul sonoro,
las velas cerebrales al viento, bajo el oro
de luz, y conducido por un rojo timón,
más bello que las llores de la filosofía,
porque el timón que al Padre por las tormentas guía
¡es carne y va sangrando, porque es su corazón!
LUCÍA
(abril-mayo, 1918)
12
OTOÑO
Lucía es rubia y pálida. Sus quietas
pupilas de princesa vagamente
miran hacia el ocaso, y en su frente
se muere una ilusión. Las violetas
de sus grandes ojeras melancólicas
parece que presienten el intenso
olor del camposanto y el incienso
de preces funerarias y católicas.
Sobre su falda tiene un libro abierto...
Mueve el aire los árboles del huerto,
y a la hoja del libro va una hoja
otoñal...
(En el libro se refiere
cómo besa una hoja que se muere
a una rosa carnal que se deshoja...)
13
SANGRE
Oh dolor, en la boca contraída
y en aquel del mirar brillo apagado
que presiente la hora del Amado
junto al beso postrero de la vida,
y en el ronco estertor de la garganta
y en la sangre espumante de la boca,
que salta a golpes, y que cuanto toca
con carmesíes flores abrillanta.
Oh dolor, en la luz de aquellos ojos
que ya miran la pompa del cortejo
para los desposorios preparada.
¡Dolor de aquellos azahares rojos
y resaltados, sobre el raso viejo
del corpino real de desposada!
14
VIÁTICO
Ha pasado el viático; a los sones
-lentos, doblados- de las campanillas,
las postrimeras hojas amarillas,
como raro cortejo de oraciones,
volaron... Pienso, mientras cae la lluvia,
que un solo tono del cristal arranca,
cómo estará Lucía, toda blanca,
con su fragante cabellera rubia
extendida, aromando la almohada,
y la divina boca amoratada
contestando litúrgicas preguntas,
y, unánimes, al cielo dirigidas,
sus blancas manos sobre el seno unidas,
como palomas que descansan juntas.
15
JUNTO AL SEPULCRO
El rostro, circundado por la toca
-albo y oval-, sonríe todavía.
La blanca nieve, de la lejanía
viene en el viento por besar la boca
marchita de la virgen. Los sutiles
cristales de la nieve la pequeña
amoratada boca y la estameña
de los oscuros hábitos monjiles
van cubriendo... Ya toda está borrada...
Queda al cielo tan sólo levantada
la Cruz, que, sostenida entre sus manos,
es una plena afirmación de Vida,
entre un pasado -carne dolorida-
y un preciso futuro de gusanos.
16
MATERIA
Lucía, por tu rostro, por tu seno,
ya corren los gusanos, y tus venas
-azules venas translucientes- llenas
están de podre. Ya tu carne es cieno.
Mas el cieno filtrado entre las piedras
dará origen a flores milagrosas,
y tu seno será místicas rosas,
y tu cerebro, pensativas hiedras.
Y cuando la movible pedrería
del rocío, a la clara luz del día,
se disuelva en los ámbitos profundos
de los cielos, tu carne, difundida,
irá a dar nuevos átomos de Vida
al girar silencioso de los mundos.
17
ALMA. ORACIÓN
Luz, de aquellas pupilas azuladas
que ya tienen la Luz eternamente;
Pensamiento, que ardías en su frente
y que hoy ardes tras nubes encantadas;
Alma, toda cendales de la aurora,
y blancura de nieve y harmonías
de místicos cantares, que gemías
sobre el valle de lágrimas, y ahora
te fundes en los rayos de lo Eterno:
Manda un rayo de Sol, para el invierno
que congeló mi juventud perdida,
porque es posible que una rosa crezca...
¡Manda un rayo tan blanco, que florezca
este rosal podrido de mi vida!
18
ORACIÓN
(8 de diciembre, 1918)
Inmaculada, blancura del alba,
Luz de los ángeles. Madre de Dios,
a los dolientes humanos nos salva.
Inmaculada, intercede por nos.
A ti clamamos, a ti suspiramos
los concebidos en culpa, Señora.
¡Danos la Luz a los ciegos que vamos
con una sed infinita de aurora!
Haz que en la zarza carnal de la vida
brote la hoguera del íntimo anhelo,
y que la Fe, que ya estaba perdida,
yerga su grito triunfal hasta el cielo;
que nuestros restos mortales se escuden
con la señal de la Cruz de tu Hijo,
y que en tu fiesta las torres saluden
a nuestras tumbas con su regocijo.
Logra, purísima Virgen fecunda,
cuando tu Hijo levante su diestra,
que nuestra carne mortal no se funda
con el montón de la carne siniestra.
Y la corona, que está preparada,
ciña tu mano de gracia la sien.
Y así gocemos la Luz Increada
por los siglos de los siglos. Amén ¹.
{ ¹ Verso tachado por el autor y, en su lugar, escrito por él, con lápiz, «todos
los siglos de siglos. Amén». }
19
VISIÓN DE PRIMAVERA
(15 de mayo, 1919)
Este Domingo en flor de primavera,
en el verde reciente de los prados,
junto al río, dormido en la ribera,
pastaba el pastorcillo sus ganados.
Leía en el libróte con estampas
que regaló a la madre el señor Cura,
mientras subía de las tierras campas
la niebla matinal hasta la altura.
Y era en el libro la maravillosa
rosa de una visión de primavera.
Milagrosa, la llana silenciosa.
Y milagrosa, el agua pasajera.
¡Y el sol! El sol caía soslayado,
blondo y trivial como un adolescente
que por primera vez viese, azorado,
el llano enorme y la montaña ingente.
Un mirlo en el seguro de algún chopo
silbaba la canción de la Leyenda,
y en la riba feraz hozaba un topo
el oculto trazado de su senda.
Leía el pastorcillo. Solamente
de vez en vez cantaban las esquilas.
En el río dormía la corriente
de las aguas ahondas y tranquilas.
¡Oh, el encanto del libro, que decía
que la Blanca Señora, entre las flores,
también alguna vez sé aparecía
a los pobres y candidos pastores!
Y ebrio de sol, de río y de milagro,
por almohadón el libro tan querido,
en la sonora soledad del agro
el pastorcillo se quedó dormido.
{ * * * }
Y tuvo un sueño:
Por el cielo raso
navegaba una nube diminuta,
que dejaba prendidas a su paso
unas claras estrellas en su ruta.
Y venía hacia él. Y se iba haciendo
mayor. Y era su paso el de la aurora.
¡Y sobre ella venía, sonriendo
como una blanca flor. Nuestra Señora:
en sus brazos el niño Jesu-Cristo,
y unos ángeles rubios por cortejo!
(El pastorcillo tal la había visto
en las estampas del libróte viejo).
Mas la nube dorada ya cernía
su gracia sobre el prado floreciente,
y desde el claro cielo descendía
a posarse en la hierba dulcemente.
Y las vacas, dejando el pasto ameno,
recogidas, devotas y asustadas,
doblegando sus manos sobre el heno
humillaron las testas encornadas.
Y la Blanca Señora al muchachuelo,
que estaba destocado y temeroso,
le dirigió su voz, que era del Cielo
un murmullo callado y melodioso:
«Tú tienes estas vacas en el prado
terreno, pastorcillo, pero no
conoces aquel prado regalado
que para mis amantes guardo yo.
Allí cantan los mirlos ciérnales
en los copudos árboles de plata,
y beben mis corderos recentales
la blanca leche de la espesa nata.
¡Sube conmigo al místico alborozo,
al huerto de perenne primavera!»
Atónito escuchaba el pobre mozo
volteando en sus manos la montera,
cuando, indeciso, preguntó a María,
con la voz matizada de ternura:
«¿Y mis vacas, señora, no podría
subirlas a ese prado de ventura?»
Se sonrió maravillosamente
la Virgen Santa y respondió que sí.
Y el pastorcillo entonces, diligente,
todas sus vacas congregó tras sí.
Y entraron en la nube misteriosa
las rojas, las marelas, las pintadas,
con la mirada grande y vagarosa,
tañendo las esquilas reposadas...
La nube se elevó pausadamente,
llevada por los vientos celestiales.
Cruzó el río de lánguida corriente,
y navegó por el azul riente
hacia los frescos prados eternales.
{ * * * }
Se levantó el retozo de la brisa,
para el pastor, de amargo despertar.
Repicaban la estrofa de la Misa
a coro las campanas del lugar.
Ya el sol crecido por el campo ardía
matando flores con sus besos rojos.
Y lloró el pastorcillo, que veía
la soledad del campo ante sus ojos.
Y, volviendo la vista a su ganado,
notó la falta de la más querida
de sus vacas... ¡Pastaba en el cercado
ajeno yerba fresca y prohibida!
Y en su busca cruzó valles sombríos,
y praderas en flor, y matorrales,
y bosques hondos de árboles bravios,
y frescos y cantores manantiales.
¡Allí estaba!... Perdida en lejanía,
mordisqueando los retoños tiernos.
Y volvió, sudoroso, al mediodía
sujetando a su vaca por los cuernos ¹.
{ ¹ Trabajo premiado en el Certamen literario celebrado en la Real Universi-
dad Escurialense. Tema V. (Nota de Nueva Etapa.) }
20
LOS VENCIDOS
(23 de enero, 1919) ¹
Los vencidos
van en filas uniformes,
silenciosos y abatidos.
Sangre y cieno por la cara,
sin fusil, la espada rota.
La Bandera, ayer triunfal,
hoy girones desteñidos.
Cual una nube plomiza,
cierne sobre los vencidos
la sombra de la Derrota.
Y en una aurora, perdida
entre el barro del camino
y la llovizna del cielo,
verán la aldea, dormida
bajo el viejo campanario,
sobre el infecundo suelo.
{ ¹ Pospuesto por el autor a «Visión de primavera», a pesar de la fecha de
publicación. }
Y sollozan los vencidos, al pensar
en el baldón infamante
que sobre sus frentes flota,
y en el dolor de llegar
al lugar
doblegadas las espaldas
al peso de la Derrota.
¡Oh, la mujer harapienta!
—senos lacios, boca exangüe, triste risa—
con los pobres pequeñuelos,
que ya saben los dolores de la afrenta,
mas ignoran el placer de la sonrisa;
que, azorados
—las caritas doloridas,
los párpados enarcados—,
sus caricias negarán
a los laxos derrotados,
que no traen en la mochila
la victoria que da el pan.
¡Oh, la mirada de hielo
de la blanca prometida
de las trenzas de oro joven
y los ojos de esmeralda,
que ha de escupir desdeñosa
en la carne envilecida
por la herida
afrentosa de la espalda!
¡Ceño duro de los padres
de los muertos en la guerra!
cuando pregunte la pálida boca triste
a los fuertes mocetones
que regresan a la tierra
con el látigo en la frente: Tú ¿qué hiciste?
¡Oh, las largas invernadas
sin la gloria del relato
de las batallas ganadas!
(...El encanto de: «Aquel día...»,
ante el candido auditorio
que imagina la proeza...)
¡Los vencidos sólo pueden
ocultar entre sus manos la cabeza!
¡Oh, las lágrimas de fuego
de los viejos veteranos
que lucharon en los campos
de victoria como buenos,
cuando lloren la impotencia de sus manos
y maldigan no tener veinte años menos!
¡Oh, los campos sin labranza!
¡Oh, los campos sin labranza
donde la hierba maldita
ahogará la sementera,
cuando irradie por el mundo
su verdegay de esperanza
la bendita
primavera!
Los vencidos
van en filas uniformes,
silenciosos y abatidos.
Sangre y cieno por la cara,
sin fusil, la espada rota.
La Bandera, ayer triunfal,
hoy girones desteñidos.
Cual una nube plomiza,
cierne sobre los vencidos
la sombra de la Derrota.
...Mas el cielo es gris y malva;
ya la aurora se avecina.
Si el vencido alza la frente,
puede, al lejos, divisar,
adormidas en la linde
de una escuálida colina,
las casitas miserables
y la torre del lugar.
{ [Los poemas «Respuesta a Lucero 1920», «Llegaré en el cre-
púsculo», «Cuando murió el poeta», «Volverás a deshora», «Ro-
manza sentimental», «Cómo era», «La ventana, abierta» y «País
espiritual» figuran en Poemas puros. Poemillas de la ciudad.
Sigue aquí el último de los publicados por Dámaso Alonso
en Nueva Etapa. Lleva en la recopilación el número 28, y no
tiene título. Va separado de «País espiritual» por tres asteriscos,
lo que parece indicar que era como su continuación o segunda
parte.] }
[País Espiritual]
28
... Me desgarró la entraña el hierro ardiente.
Una voz conocida me llamaba.
Desperté. La ciudad difuminaba
el cielo gris de un día indiferente.
¡Oh, qué divino sueño! —meditaba
el cerebro en el arco de la frente—.
¡Oh, qué divino sueño que soñaba
en el reino ideal de lo inconsciente!
Borró mi mano el vaho de los cristales.
Alba gris e invernal. Monocromía
de la niebla en la rúa. Matinales
ruidos de la ciudad. Melancolía.
¡Y tuvo frío el alma, que venía
de arder en los jardines eternales!
EL DESEO. LA CANCIÓN NUEVA. LA CANCIÓN VIEJA
EL DESEO
¡Oh, qué harto. Dios mío, de oír siempre la misma canción
cuando se lleva sed de canción nueva en el corazón!
LA CANCIÓN NUEVA
La cantan todos los trinos, la cantan todos los senos,
la cantan todos los granos,
el sueño en que dormimos, el agua que bebemos, el pan
que masticamos.
Fragua su son en el camino antiguo, se apiña en el pinar,
revientan sus burbujas en el lago, al halo lunar.
En el rayo de plata de Selene, sobre el retiro oscuro,
apaga y enciende los ojos sagrados del búho.
Se grana, diferente, cuando Junio, una vez y otra vez;
siempre diversa en el plumón del cuervo, la escama del pez;
en el ala nerviosa del neuróptero, y en el sudario de la
crisálida,
y en las pintas -siempre iguales: siempre distintas- de
la coccinela septempunctata,
y en las claras estrellas hesitantes, que nos miran llorar y
sonreír
mientras se roza la esterilla seca de nuestro vivir.
Y en los infinitos ultramicroscópicos
donde se queman las cejas los sabios de pelos blancos y
pensamientos filantrópicos.
En la cuba del vino nuevo hierve su maternidad.
Vibran sus alas rígidas al viento sobre la ciudad.
Tiene un «Fiat» de furia y turbonada, que hace gemir al
génesis hebraico
cuando salta, nonvicta y rebelde, del cátodo al ánodo del
arco voltaico.
Va rasgando la entraña salada su espolón
mientras en el agua lloran los ojos turbios del tiburón.
Se agiganta su movimiento en el enjambre de las dinamos:
son las chispas de las chispas que pensamos.
—Corren los ríos de la sangre fugaz
para que los humanos nos lavemos las manos y la faz—.
En los grupos revueltos y sonoros extiende sus tentáculos
y sus cuerpos multianulares
y se enrosca sobre la tierra por cima de los montes y los
mares.
Se arrolla en brisa a las banderas rojas que arrastran los
desheredados por los campos regados con su sudor
porque es
la venganza que cuece en la olla donde el labrador bebe
la sangre del burgués ¹
{ ¹ El trozo suprimido son dos versos donde va la línea de puntos suspensivos. }
—Pero el retoño será al sol de Libertad
y ha de erigirse una Niké sobre la acrópolis de la ciudad—.
Y en ti, pobre poeta, ¡cómo se mueve
cómo se te disuelve en agua de fuego, en agua de nieve!
¡Qué ir, qué venir
de cosquillas en la boca por donde quiere salir!
¡Qué clara
y qué oscura, poeta, en tu alma!
Y en ti, novia mía, agua que no salió del manantial,
¡cómo tiembla en la luz de tus ojos y en el temblor de
tu delantal,
y en la huella de tu pie sobre la arena
y en tu mano buena!
Y en ti, Julio, y en ti, Vicente, y en ti, Ramón,
¡cómo juega, cómo piensa, cómo rima, la nueva canción!
La cantan todos los trinos, la cantan todos los senos,
la cantan todos los granos,
el sueño en que dormimos, el agua que bebemos y el pan que
masticamos.
LA CANCIÓN VIEJA
¡Ay, que estamos tanto tiempo en esta nave,
tanto tiempo que ni el mismo Dios lo sabe!
Cantamos, ciegos, en la nave homérica la misma canción,
cantamos al viento, mientras cambia el viento, mientras fluye
el agua, mientras huye el son:
«Están batiendo los remos
el agua misma en que partimos:
y todos lo sabemos,
pero ninguno lo decimos.»
Y esta es la canción que cantamos:
la canción que oí cantar -¿te acuerdas?- hace mil años.
¡Oh, qué harto de oír siempre la misma canción
cuando se lleva sed de canción nueva en el corazón!
POEMA ULTRAÍSTA
(Y has de encontrar -una mañana pura-
amarrada tu barca a otra ribera.)
A. M.
Solo, hidrópico, solo
estaba porque todos -los unos y los otros-
huyeron. Como a perro sarnoso,
huyeron. Me dejaron una ventana abierta.
Era la noche:
Todas las estrellas
me miraban con
sus ojos fríos
y titubeantes,
todas las estrellas
Se habían condensado en mi ventana.
La, la luna, pasó un momento
¡monóculo impertinente!
Ya
se
fue.
Yo estaba solo y grasiento de la última pomada
inútil.
Las tres hermanas vinieron
en silencio.
La mayor me trajo el óleo.
La mediana el sudario.
La más pequeña me besó en la boca.
Las estrellas se fueron, ovejas, a pastar porque
las llamó la sirena del pastor de la fábrica.
Y me las encontré en el
otro valle.
ÁNGEL CÁNDIZ.
POEMAS PUROS. POEMILLAS DE LA CIUDAD
A Vicente Aleixandre y Merlo
POEMAS PUROS
AD VENEREM
PRO AUGUSTO J. CENTENO
Thurea marmoreis, Cythereia, munera cremo
Aris. Ut labris basia feras suis.
Ut nunquam cistella sit illi libera rosis.
Ut ne grato absis. Alma, sodali meo.
PRÓLOGO INÉDITO A LOS «POEMAS PUROS»
«Veinte años tienes» —hoy me dije—
«veinte años tienes, Dámaso».
Y los novios pasaban por la calle,
cogidos, cogiditos de la mano.
Y me puse a leer un libro viejo
y a escribir unos versos, donde canto
el amor y la dicha de ser joven
cuando hace sol, llorido el campo.
Hoy me miré al espejo, y luego dije:
«¡Alégrateme, Dámaso,
porque pronto vendrá la primavera,
y tienes veinte años!»
TRES SONETOS
A Ramón Alvarez Serrano
LA VENTANA, ABIERTA
¿Qué nueva luz, qué clara maravilla
se aposentó en mi alma? En el oscuro
calabozo carnal se hundió la arcilla.
Hay en el cielo azul un vuelo puro
de palomas en celo. La semilla
rompió la costra del barbecho duro,
y, bajo el sol, ondula la amarilla
gloria del trigo para el pan futuro.
Y el alma está en reposo porque es buena.
Tengo el manso dolor, tengo la pena
del mal que te hice ayer, oh alma mía.
¡Pero en el día cierto de mañana,
por el cuadro estival de tu ventana
entrará la canción de la alegría!
CÓMO ERA { título de esta sección }
CÓMO ERA
¿Cómo era. Dios mío, cómo era?
(Juan R. Jiménez).
La puerta, franca.
Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave
y una luz matinal de claro día.
No era de ritmo, no era de armonía
ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría
porque no es forma, ni en la forma cabe.
Lengua, barro mortal, cincel inepto,
deja la flor intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,
y canta mansamente, humildemente,
la sensación, la sombra, el accidente,
mientras Ella me llena el alma toda!
PAÍS
Patinir.
Sensación de agua mansa. Sensación
de hierba que ahora acaban de cortar.
Sensación de aire joven de pinar
y de campanas en la Anunciación.
Sube, quieta, á los labios la oración
que ha tanto tiempo que no sé rezar.
Y el cielo azul comienza a clarear
divinamente, para el corazón.
Está cerca, dormida en el encanto
de sus jardines y su camposanto,
entre olor de reseda y de manzana,
la ciudad, de tan lejos presentida,
donde estará mi blanca prometida
esperándome siempre a la ventana.
VOLVERÁS A DESHORA...
Volverás a deshora,
por un camino viejo,
a la ciudad antigua donde duermen
tus recuerdos.
Y en el balcón en donde tú soñabas,
nuevamente soñando otro viajero
verás.
Otro viajero
que volverá a deshora,
por un camino viejo,
a la ciudad antigua donde duermen
sus recuerdos.
LLEGARÉ EN EL CREPÚSCULO
Llegarás a deshora...
Llegaré en el crepúsculo,
por la escondida senda,
cuando estén a la noche en tu palacio
las ventanas abiertas.
Y he de entrar en la noche,
como una sombra vieja,
con la humedad que del jardín regado
hasta tu cuarto ascienda.
Hasta tu cuarto, Alma,
mi Alma, que me esperas
con la mano apoyada en la mejilla,
mirando a las estrellas.
CUANDO MURIÓ EL POETA
Cuando murió el poeta se quedaron
tristes todas las cosas pequeñitas
que él cuidaba.
Y el viento casto —la ventana, abierta-
casi jugando, resbaló en el libro,
volvió una página,
y se partió contigo, Primavera,
temblando de emoción, tibio de verso,
casi con alma.
Cuando murió el poeta, dijo: «Sólo
quiero dejar...»
Y le cerró los ojos
la mayorcita
de sus hermanas.
ETERNIDAD
Hoy, día puro, me asomé a la muerte.
La vida dormitaba
y el cielo estaba absorto, ensimismado
en tus pupilas, alma.
«¡Llega la sombra, llega!», me decían.
Y la sombra pesada
pasó con su balumba atronadora,
como un turbión, como una cosa mala.
Pasó.
(Tal vez de lejos se veía.)
La vida dormitaba,
y alma y cielo, los dos, estaban, solos,
a flor de tierra,
a flor de aire,
a flor de agua.
BORRACHOS DE LAS LUCES EN LA NOCHE.
Borrachos de las luces en la noche,
la verdadera estela de la vida
se nos irá.
Y en vano lamentarse,
ocioso llanto, inútil despedida.
Al cabo de los años y los años,
volverá.
Y ¡quién sabe si algún día,
borrachos de las luces, asiremos
la estela verdadera de la vida!
NOCHE
Y caen de las estrellas
los sueños altos.
Si vienen a la tierra,
se volverán llorando.
Se volverán llorando,
el caminito arriba.
POEMILLAS DEL VIAJERO
A Enrique Álvarez Serrano
EL DESCANSO
I
He aquí la calma del hogar lejano,
el manso río, el otoñal paisaje.
(Ay, solitario y lento peregrino,
¡descansa ya!
Su mano
borrará de tu traje
la polvorienta huella del camino.)
Pisaba ya el umbral.
Y sonreía.
-Hogar.
Paisaje.
Otoño.
Río manso.-
Y en el reloj del muro el Sol ponía
la irreparable hora del descanso.
II
Igual.
El patio, el pozo, las hortensias
y el huertecillo diluido al fondo.
Dejó el bordón y meditó un momento.
Mas, el otro,
igual a él, calzaba las sandalias
para el camino.
¿Cómo
decirle: «que aquel viaje ... que el sendero ...
solo ...»?
Y se quedó llorando
sobre el verdín, en el brocal del pozo.
III
Una isla de luz en la noche:
una esperanza.
Lento
caminar.
Se abre y se cierra lejos, y me llama:
zarza florida, verso nuevo,
ola de mar.
Pero después de tanto y tanto y tanto
caminar,
qué gratamente suena, hermana mía,
el viento en la campana del hogar.
¡Mas aún zumba en la oreja
su cantar!:
zarza florida, verso nuevo,
ola de mar.
RESPUESTA A LUCERO
IV
Estoy cansado. No puedo. Mi perro blanco,
sucio de cieno, llagado, llora en el suelo.
Mi álamo largo, Lucero, se está quedando
sin hojas, seco. Cayado, mira, no tengo.
Juventud... ánimo...!:
Aquello... ya está olvidado
ha tiempo.
Estoy cansado. No puedo.
{ [Publicado antes en Nueva Etapa, diciembre de 1920, págs. 89-90;
núm. 20 en la ordenación del autor. El título era «Respuesta a Lucero
1920». Seguía en cuerpo menor, como lema:
Eco ILLE...
Matiz liviano —verso chico—,
mis poemillas. ¡Oh,
qué varillaje de abanico
mil ochocientos treinta y seis!
Hoy, no.
Hoy soy un clown sentimental.
Mi novia es guapa,
y llevo el alma en el ojal
de la solapa.] }
INTERMEDIO DEMOCRÁTICO
LOS CUATRO REYES
(1920)
Rey de bastos, secreta policía,
fuerza bruta, cazurro, campesino,
falo, tahúr, y el estupro que vino
en el papel y el choque del tranvía.
Rey de espadas, ¡oh, rey de infantería!,
rey sargento sin uso palatino,
¡y sin constitución! Yo te adivino
en la Plaza de Oriente: tricromía.
Rey de copas en mangas de camisa,
tú proclamas los versos a la brisa
de mis ralos cabellos otoñales.
Rey de oros. Mi rey. Mondo y lirondo,
rubio, calvo y jovial. Ojo redondo:
¡dórame tibiamente mis cristales!
POEMILLAS DE LA CIUDAD
A Julio-César Cerdeiras
I
EL PROPÓSITO
Las sombras de la tarde se llevaban
un caudal de recuerdos.
Las palabras temblaban en los labios
como si hubiesen miedo.
De la ventana abierta se veían
lejos
sedas cambiantes, aguas de la noche.
De la ventana abierta, el pensamiento
hilaba copos de unas cosas sucias
para un cordón de vida
nuevo
que fuera rojo
-sí-
que fuera rojo
y sano
y recio.
II
CALLE DE ARRABAL
Se me quedó en lo hondo
una visión tan clara,
que tengo que entornar los ojos cuando
pretendo recordarla.
A un lado, hay un calvero de solares;
enfrente, están las casas alineadas,
porque esperan .que de un momento a otro
la Primavera pasará.
Las sábanas,
aún goteantes, penden
de todas las ventanas.
El viento juega con el sol en ellas
y ellas ríen del juego y de la gracia.
Y hay las niñas bonitas
que se peinan al aire libre.
Cantan
los chicos de una escuela la lección.
Las once dan.
Por el arroyo pasa
un viejo cojitranco,
que empuja su carrito de naranjas.
III
LOS CONTADORES DE ESTRELLAS
Yo estoy cansado.
Miro
esta ciudad
-una ciudad cualquiera-
donde ha veinte años vivo.
Todo está igual.
Un niño
inútilmente cuenta las estrellas
en el balcón vecino.
Yo me pongo también...
Pero él va más deprisa: no consigo
alcanzarle:
Una, dos, tres, cuatro,
cinco...
No consigo
alcanzarle: Una, dos...
tres...
cuatro...
cinco...
IV
FIESTA POPULAR
Todas las almas vienen
con la rosa del sol, y con el lirio
de la sombra se vuelven.
-Es inútil que gires, mamotreto,
con tu órgano litúrgico:
no pueden
comprenderte.
-Es inútil, muchacho, que enronquezcas:
«¡De la Fuente del Berro! ¿Quién la quiere?»
No pueden comprenderte.
-Es inútil que frías, viejecilla...
No pueden comprenderte.
Las pobres almas tienen hambre y sed.
Pero no pueden
comprenderos,
comprenderse.
Todas las almas vienen
con la rosa del sol, y con el lirio
de la sombra se vuelven.
V
EL DERRIBO
¡Ay, qué mueca tan triste hace la casa!
¡Pobre, la coja
de la escalera que aún invita a todos!
Ya se le ven las tripas a la alcoba.
El papel rameado que me hizo
tantas veces soñar.
Ahora
ya no me reconoce.
Y yo sabía
punto por punto su emoción.
¡Y yo la
quería tanto cuando niño!
Tan púdica, cerrada, silenciosa,
ahora muestra a la calle sus vergüenzas,
su sexo viejo:
lamentables cosas
por las que el alma
-fango y lluvia tenue-
a un día más azul y claro torna.
VI
LA UNA
La terraza.
En tus ojos
la ciudad se ha dormido.
Acariciamos, tácitos,
palabras que enlazadas diferimos.
De pronto
hablamos y reímos:
la ciudad en tus ojos
despierta sin sentido:
cosas
1905.
Y retiran, borracho, a su cochera,
al último tranvía del Domingo.
VII
LA NOCHE FRÍA Y SERENA DE LA CALLE
DE CARRANZA
Carranza es una levita
azul con botones blancos.
Delante de los estancos
el rojo y gualda tirita.
La escarchada se confita
sobre los desiertos bancos.
Azul con botones blancos,
Carranza es una levita.
Se han retirado los onces
a la cama, pero entonces
pasa renqueando un A ¹,
que mira con aire fosco
al lunático del kiosco
que ha tiempo roncando está.
Tose, expectora y se va.
{ ¹ En la ed. de Espasa-Calpe, 1981, pág. 183, hay esta nota del autor: «Desde
principios de siglo y hasta, aproximadamente, la guerra civil, en la mayor parte
de los tranvías de Madrid el recorrido era designado por un número, y en otros,
de vía estrecha (a los que se les llamaba «cangrejos»), por una letra mayúscula». }
VIII
Racimo de burgueses.
Salidas de teatro.
¿Cuándo
sobaremos el lomo a las palabras
con la mano?
Ando
caído y cojo
y triste
y calvo.
¿Cuándo
romperemos, extáticos, la Luna,
amigo mío, hermano?
IX
VERSOS DE OTOÑO
Esta avenida larga
se te parece.
Hoy, con el Otoño, tiene
tu media luz,
tu carne blanca y tenue,
tu aristocracia
y tu manera de envolverme
con las pestañas largas
en un frío dudoso
y débil.
¡Oh, si pudiera ahora
besarte castamente
la boca roja y dulce
para siempre!
X
VERSOS DE OTOÑO
La tarde
—una mujer amada en el Otoño—
ha enredado sus últimos cabellos
de oro
en los álamos largos.
Mira cómo
se cambia en sombra y seda
—ay, alma mía-
todo.
Mira cómo
se hace quieta la tarde en tus pupilas
—dos novias del Otoño
discreto y
melancólico—.
XI
TARDE
Tarde de sexo ambiguo
con lluvia tenue,
hecha
para quererse
con un amor discreto y renovado
siempre.
Tarde gris de un domingo esfuminado!
Quiere
el alma compañía;
los ojos, luz de lámpara;
y, a veces,
busca la mano
el tacto de otra mano.
Heme
aquí, en esta tarde de domingo,
contando las ventanas que se encienden.
XII
CREPÚSCULO
La noche, monstruo negro, tiene abiertas
sus tremebundas fauces, para
devorar la ciudad multitornátil
que aún de un último sol está dorada.
Y la ciudad no sabe. La ciudad
extática
se mira en una estrella prematura.
Penden al aire las banderas áureas;
un polvoriento batallón retorna
tocando la charanga;
y en los bancos en flor de la glorieta
hay dúos y romanzas
sin palabras.
Y la ciudad no sabe
—¡Ay, la ciudad
extática!—
Y están abiertas ya las fauces negras
que habrán de devorarla.
XIII
MÚSICA CALLEJERA
Él toca. Ella canta. El músico, ciego.
Víolín cansado Cantora preñada,
de peregrinar, cara variolosa,
voz turbia y agraz.
Balcones abiertos.
Tarde de domingo
—Domingo redondo
y bobalicón—.
El cobre, roñoso,
era un luis, dorado
a un hilo de sol.
El libróte, abierto; Chirirí-riraro
la pipa, encendida; tirarí-rirera.
tarde estudiantil. ¡Pobre vïolín!
Sombra vïoleta,
café de la esquina,
dormida ciudad.
¡Vïolín mugriento,
vïolín cansado
de peregrinar!
VERSOS A LA NOVIA
I
VIENES
Mi alma te espera en el silencio:
vienes.
Pero las rosas se marchitan.
Y el alma, ausente de las cosas próximas,
por la ventana mira
al campo que noviembre, amarillento
ha puesto ya:
por entre dos colinas
baja la senda que te trae de lejos,
novia, rubia de otoño, novia mía.
II
La chair est triste, helas!
et j'ai lu tous les livres.
Amadas que no tuve me han trenzado
la vida entre los libros.
Y danzaban desnudas en las letras.
Ahora, todas se han ido.
Viene
tu corazón pequeño y encendido.
Ay, mi mano no sabe acariciarlo
sino
con las palabras tristes
y secas que ha aprendido.
III
LA ESPERA
Oh, no... nada...
Podías... sí.—
(Las flores
velaban en el vaso; el libro, abierto,
—precisamente— por la misma página.
Desde el balcón se oían los secretos
del jardín, misterioso como un alma.)
—Tienes razón: el alma, un poco triste.—
(Un momento pasó la Luna. Vino
un airecillo fresco. Ya cantaban
los gallos matinales. Y la fuente,
menuda, grano a grano, goteaba.)
—Pero, mira: ¿llorar?, no... ¡si no lloro!-
(Y en el claro silencio de la noche,
la lámpara amarilla te esperaba.)
IV
Novia, si eres triste, novia;
novia, si eres triste, mía:
toma la estrella pequeña
de mis poemillas.
Mira, me la dio mi madre,
porque ya era bueno, un día...
Y yo la puse en mis versos...
¡pues te la regalo, mira!
Novia, si eres triste, novia.
V
EL PASEO
Los bonitos
juegos de luz de la calle!
Las palomas que vuelan,
las ventanas que se abren.
El airecillo helado,
el día azul, el viento
frío.
¡Cómo tu corazón
va con el mío
como mi corazón va con el tuyo
por esta gracia plenirrítmica
del mundo!
VI
¡Qué sutil gracia
tiene tu amor, Amada!
Hoy las rosas eran más rosas
y las palomas blancas, más blancas,
y la risa del niño paralítico
del paseo de invierno estaba
suspensa, quieta, azul y diluida
para ti y para mí.
¡Qué sutil gracia
tiene tu amor, Amada!
VII
EJEMPLOS
Todas las cosas vuelven a la causa.
Y la matriz del mundo
indefinidamente se fecunda.
Este olor de hoja húmeda
volverá a la hoja húmeda.
La risa
tuya
se enredará un momento entre mis manos
y volverá a la gracia, a la blancura.
Dejándome el anillo de promesas:
una
castidad que está triste en estas manos
sucias.
VIII
MADRIGA L DE LAS ONCE
Desnudas han caído
las once campanadas.
Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando ¹ encima.
La mañana
ha roto su collar desde la torre.
En los troncos, se rascan las cigarras.
Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.
{ ¹ «rezongando» en la ed. original y en Poemas escogidos, pág. 20. }
VARIOS POEMAS SIN IMPORTANCIA
EXPLICACIÓN ACTUAL
A Juan Chabás
Yo soy un clown sentimental.
Mi novia es guapa.
Y llevo el alma en el ojal
de la solapa.
{ [Es la segunda mitad del lema de «Respuesta a Lucero 1920» en
Nueva Etapa, con la variante «Yo» por «Hoy».] }
I
FANTASÍA, RECÓGEME...
Fantasía, recógeme
y llévame al asilo de incurables.
Yo soy un pobre loco y sólo quiero
un jardín con su tapia de ladrillos
y un rayito de sol.
II
Ha mucho no doy cuerda
al corazón.
Ya se han enronquecido
los registros
de mi voz.
Y ahora, mudo,
solitario,
cara al sol,
hago tristes piruetas
y acompaso la cadencia interminable
con el asma
de mi viejo acordeón.
III
ROMANZA SENTIMENTAL
Romperemos, extáticos, la Luna
en el cristal del agua.
Romperemos, extáticos, la Luna
blanca,
diciendo: «¡Vete ya, que te cantaron
bastante! ... ¡Anda!»
Romperemos, extáticos, la Luna
en el cristal del agua,
y ella
—la pobre—
seguirá besándonos,
redondita, burguesa y empolvada.
IV
RECUERDOS DE VIAJE
Hora de viaje.
Sala de espera. Asiento
frío. Inquietud. Postura.
Traje
un memento
de amargura
—que aún me dura—.
«Las tierras salgüerosas,
bajo el cierzo.
Y el corazón sobre las cosas,
en scherzo.»
(Me ataca
al corazón
el traca-tracatraca
del vagón.)
¡Ay, pescador de lunas que yo fui!
... Y traje este cansancio
y este aire rancio
y ...
V
En tu gran bolso perfumado
—¡oh, la mujer de ojeras incoloras!-
te lo llevaste.
Devuélveme lo poco que tenía.
Mi almita blanca se murió de pena.
Mi enano feo, cada vez más feo
está.
Dámelo... Sí...
Mira, a ti
—la verdad-
solo te sirve
para llevarlo
en tu gran bolso perfumado.
VI
MOTIVO VIEJO Y SENTIMENTAL
Don...!
Din...!
Dán...!
Doblando las campanas van.
¿Adonde irán?
—Din...!
Dán...!
Dón...!—
Doblan en mi corazón
—Dón...!
Dán...!
Din...!—
colorado y chiquitín.
VII
GOTA PEQUEÑA, MI DOLOR
Gota pequeña, mi dolor.
La tiré al mar.
Al hondo mar.
Luego me dije: «A tu sabor,
¡ya puedes navegar!»
Mas me perdió la poca fe...
La poca fe
de mi cantar.
Entre onda y cielo naufragué.
Y era un dolor inmenso el mar.
VIII
TARDE
Está el alma tranquila
y la tarde desnuda tiene una luz rosada.
El padre Sol vigila
—inútilmente, pues no ocurre nada—.
Mi alma está de alivio
luto, y tiene una gracia interesante
mientras el aire tibio
la empuja, sin timón, hacia adelante.
Y bien vale la pena
de dejarse llevar, así, al azar...
Que toda playa es buena
y... no tengo interés en navegar.
IX
VOZ NUEVA Y AFLAUTADA
Callada
de motivos eternos
mi voz se va!
A lo lejos
aún hay días alegres
—las piedras del sendero
cuando brillan al Sol—.
Yo quiero
cantar con mi voz nueva,
ponerme mi casaca,
tantear el pandero
y hacer las piruetas
graciosas.
Sí. Yo quiero.
MAÑANA LENTA Y VIAJE { título de esta sección }
MAÑANA LENTA
Mañana lenta,
cielo azul,
campo verde,
tierra vinariega.
Y tú, mañana, que me llevas.
Carreta
demasiado lenta,
carreta
demasiado llena
de mi hierba nueva,
temblorosa y fresca,
que ha de llegar —sin darme cuenta—
seca,
—sin saber cómo—
seca.
VIAJE
... Cabellera era de trenes
la tarde. Y era una sed
de rutas la mar salada.
Y a mi corazón le dije
—como a un perro—:
«¡Vamos! ¡Hala!»
... A mi corazón, que estaba
latiendo y llorando, sordo,
sobre la tierra desnuda
y desolada.
Puerto de Dieppe, 1923
{ Ohe, jam satis est, ohe libelle! }
OSCURA NOTICIA
{ A dos muertos queridos:
Miguel de Unamuno
Antonio Machado }
SUEÑO DE LAS DOS CIERVAS { título de esta sección }
SUEÑO DE LAS DOS CIERVAS
¡Oh terso claroscuro del durmiente!
Derribadas las lindes, fluyó el sueño.
Sólo el espacio.
Luz y sombra, dos ciervas velocísimas,
huyen hacia la hontana de aguas frescas,
centro de todo.
¿Vivir no es más que el roce de su viento?
Fuga del viento, angustia, luz y sombra:
forma de todo.
Y las ciervas, las ciervas incansables,
flechas emparejadas hacia el hito,
huyen y huyen.
El árbol del espacio. (Duerme el hombre.)
Al fin de cada rama hay una estrella.
Noche: los siglos.
CIENCIA DE AMOR
No sé. Sólo me llega, en el venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de Dios; sólo en tus labios, la caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.
¿Eres limpio cristal, o ventisquero
destructor? No, no. sé... De esta delicia,
yo sólo sé su cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.
Yo no sé si eres muerte o si eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.
Junco en el agua o sorda piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.
DURA LUZ DE MUERTE
La muerte no tiene pasos
cautelosos, ni guadaña.
La muerte es la luz. ¡Qué honda
la luz del verano, amada!
¡Cómo se adensa en los huertos
que con la siesta se inflaman!
¡Cómo lo saben las rosas!
Botón que nace, lo canta.
¡Qué profundidad de luz!
Masa de plomo inflamada,
sobre el sueño de la vida,
¡cómo pesa, cómo amaga!
¡Cuánta sombra en un verano,
en luz de un verano! ¡Cuánta
muerte en esa comba fúlgida,
inexorable, diáfana!
Igual que un can acosado ¹,
mi corazón late en ansia
{ ¹ Igual que un perro acosado (en Poemas escogidos, pág. 63). }
—caliente bullir de tierra—
sobre tierra, bajo el ascua
del cielo. Del cielo absorto
—rosa de cristal extática—
que va a estallar en estrías
de luz. ¡Tente, luz, aguarda!
¡Dura tierra, madre tierra,
protégeme con tus ramas,
encántame con tus flores,
diluyeme entre tus aguas!
Porque aún tiene sombra el álamo
y flores hay en la zarza,
y el agua aún brota, y dos ojos
mudos —ay, amor— me hablan.
... Mas, aristas de la tarde
ya se astillan en cal ardua:
fuegos de bronce, clarines
híspidos, candentes lanzas.
¡Por el hondón de mi angustia,
trompeterías de caza!:
yertas almas, por oteros,
huyen, huyen hacia nada...
¡Piedad! ¡Aléjame, tierra,
mi destrucción; mira, aún cantan
los pájaros junto al cauce,
trémulo el viento en las cañas!
En las hojas de los álamos
—si es que tiemblan, si es que paran-
hay entre juegos de brisa
un frenesí de esperanza.
Y, amor, en tus tristes ojos,
¡qué tierna luz tamizada,
cómo me llama la vida,
qué imperiosamente llama,
mientras deshila la acequia
—cañaveral, arpa y flauta—
su dulce engaño de música,
su piadoso engaño! ¡Gracias,
cauce, amor, árboles! Niña,
mi frágil vida, acunadla
como a una hojita pequeña,
como briznilla de nada.
¡Que duerma bien! Que no vea
cómo, soturna, prepara
esos funerales ocres
la fosca luz acerada.
AMOR
Primavera feroz. Va mi ternura
por las más hondas venas derramada,
fresco hontanar, y furia desvelada,
que a extenuante pasmo se apresura.
Oh qué acezar, qué hervir, oh qué premura
de hallar, en la colina clausurada,
la llaga roja de la cueva helada,
y su cura más dulce, en la locura.
Monstruo fugaz, espanto de mi vida,
rayo sin luz, oh tú, mi primavera,
mi alimaña feroz, mi arcángel fuerte.
¿Hacia qué hondón sombrío me convida,
desplegada y astral, tu cabellera?
¡Amor, amor, principio de la muerte!
A LOS QUE VAN A NACER { título de esta sección }
A LOS QUE VAN A NACER
¡Cuan cerca todavía
de las manos de Dios! ¿Sentís su aliento
rugir entre los cedros del Levante?
¿Hay en vuestras pupilas rabos de oro,
vedijitas, aún, incandescentes,
de la gran lumbrarada creadora?
¿O fraguasteis, tal vez, en su sonrisa
—sonrisillas de Dios, niños dormidos—
y juega en vuestras salas,
niño eternal, gran inventor de juegos?
Oh, vosotros le veis, seres profundos,
y saltáis en el vientre de la madre.
¿Qué peces de colores
os surcan, aguas del dorado sueño?
¿Qué divinos esquifes
—juguetes sin engaño—-
cruzan el día albar de vuestro cauce?
¿De qué extraña ladera
son esas pedrezuelas diminutas
que bullen al manar de vuestras aguas?
Oh fuentes silenciosas.
Oh soterradas fuentes
de los enormes ríos de la vida.
Seréis torrente en furia
que va a rodar al páramo. Seréis
indagación y grito sin respuesta.
Ay, guardad esa luz estremecida.
Ay, refrenad el agua,
volved al centro exacto.
Ay de vosotros.
... ¡Ay de esos cieguecitos
de leche no cuajada,
de tierna pulpa vegetal, dormida!
¡Ay, copos de manteca,
que hacia el mercado vais —de sus ordeños
modelados por Dios, aún en su música,
con las gotas aún de su rocío—
entre las verdes hojas de los úteros!
MANOS
Manos, interjecciones en el día,
punzón de la palabra, roedoras
del cadáver del viento, exploradoras
de su mansión de alada geometría.
Manos palpantes, que en la sombra fría,
a seno, mármol, flor doráis las horas,
evocando a otra luz, desveladoras,
la atónita belleza, que dormía.
Manos que a pleno sol vais nocherniegas,
garzas entre la bruma del instinto,
frenesí de expresar lo zahareño.
Manos, tristes de tacto; lindes ciegas
de nuestro melancólico recinto.
Oh torpes manos, límites del sueño.
DESTRUCCIÓN INMINENTE
A UNA RAMA DE AVELLANO ¹
¿Te quebraré, varita de avellano,
te quebraré quizás? Oh tierna vida,
ciega pasión en verde hervor nacida,
tú, frágil ser que oprimo con mi mano.
Un chispazo fugaz, sólo un liviano
crujir en dulce pulpa estremecida,
y aprenderás, oh rama desvalida,
cuánto pudo la muerte en un verano.
Mas, no; te dejaré... Juega en el viento,
hasta que pierdas, al otoño agudo,
tu verde frenesí, hoja tras hoja.
Dame otoño también, Señor, que siento
no sé qué hondo crujir, qué espanto mudo.
Detén, oh Dios, tu llamarada roja.
{ ¹ Añadido como subtítulo en Poemas escogidos, pág. 68. }
SOLO
Como perro sin amo, que no tiene
huella ni olfato, y yerra
por los caminos...
ANTONIO MACHADO.
Hiéreme. Sienta
mi carne tu caricia destructora.
Desde la entraña se elevó mi grito,
y no me respondías. Soledad
absoluta. Solo. Solo.
Sí, yo he visto esos canes errabundos,
allá en las cercas últimas,
jadeantes huir a prima noche,
y esquivar las cabanas
y el sonoro redil, donde mastines
más dichosos no ignoran
ni el duro pan ni el palo del pastor.
Pero ellos huyen,
hozando por las secas torrenteras,
venteando luceros, y si buscan
junto a un tocón del quejigal yacija,
pronto otra vez se yerguen:
se yerguen y avizoran la hondonada
de las sombras, y huyen
bajo la indiferencia de los astros,
entre los cierzos finos.
Oh, sí, yo tengo miedo
a la absoluta soledad.
Miedo a tu soledad. Sienta tu garra,
tu beso de furor. Lo necesito
como un perro el castigo de su amo.
Mira:
soy hombre, y estoy solo.
NOCHE
Pozo de alto bullir —escalofríos
y hervores de tus fuentes azuladas—,
que, en pulular de estrellas enjambradas,
riegas a Dios sus lóbregos baldíos:
aún hay más noche en los veneros míos,
donde las aguas rugen represadas,
más lívidas estrellas derramadas,
más turbias nebulosas, más vacíos.
Acaso tú, al brocal de tu ancho cielo,
entre mis negras aguas de amargura
miras mi torpe rebullir lejano.
Yo interrogo a tu abismo desde el suelo.
Oh doble pozo oscuro. Oh doble hondura.
Tú, pozo sideral; yo, pozo humano.
TORRENTE DE LA SANGRE
¡Ceja, testuz fatal! ¡Cómo te siento,
furibundo, embestir contra mis sienes!
Ciega bestia en acoso, ¿por qué vienes
contra el dique a romper de tu aposento?
¿Qué frenesí te acucia? Ese lamento
mugidor, di, ¿por qué? ¿Por qué, si tienes
mis más dorados días en rehenes
y en prenda un corazón que fue del viento?
Árbol de pulpa roja, arrebatado
del huracán de mi secreta mina,
por donde en sombra rompes tu camino;
árbol, cual yo, torrente despeñado,
ciega bestia, cual yo. ¡Mi ángel de ruina!
¡Oh ciclón de mi propio torbellino!
MÁS AÚN
¡Más, más, ya sólo leño crepitante,
aventada ceniza!
Aniquila, disuelve, incendia, oh furia.
¿Inundación, volcán, viento te llamas?
¿Te llamas lenta suavidad de agosto,
si, al fin, la luz, extenuada, afila
su bauprés hacia música, hacia aroma?
Adelgaza mi vida como el cauce,
ya lámina de mica, transparente,
agua sorbida por el gran estío,
sólo arena dorada.
Si soy arena,
lija, líjame bien: iré desnudo,
sólo arena desnuda, hasta el gran viento
donde tus siglos rugen.
Si soy ceniza,
acendra más aún: sea impalpable,
y cuando me proyectes contra el muro,
no deje huella (Sólo ya recuerdo.)
Oh sí, hiéreme aún más, deshazme, sea
una ausencia, un vacío:
sólo recuerdo,
sólo recuerdo tuyo.
Y duerma en tu recuerdo el sueño largo,
oh, tú, sin nombre.
ORACIÓN POR LA BELLEZA DE UNA MUCHACHA
Tú le diste esa ardiente simetría
de los labios, con brasa de tu hondura,
y en dos enormes cauces de negrura,
simas de infinitud, luz de tu día;
esos bultos de nieve, que bullía
al soliviar del lino la tersura,
y, prodigios de exacta arquitectura,
dos columnas que cantan tu armonía.
Ay, tú, Señor, le diste esa ladera
que en un álabe dulce se derrama,
miel secreta en el humo entredorado.
¿A qué tu poderosa mano espera?
Mortal belleza eternidad reclama.
¡Dale la eternidad que le has negado!
LA MUERTE { título de esta sección }
LA MUERTE
Sombra fue esa creciente de ternura,
que te ciñó como las aguas altas
cuando buscan apoyo las espigas.
No la temas. Los vientos han cedido.
¡Volar, sentir la soledad de un sueño!
¡Pasar sin roce por las mismas aguas
donde, sueño también, antes bogábamos!
Oh, mirar aquel cielo... aquellas eras... ¹
aquella luz punzante... cuando niños:
corrían hacia el álamo los potros
—¡qué fresco!— matinales... y la hierba...
y el agua oculta para sed de amores.
¡Volar a contrarrío hasta las fuentes
más cálidas: su mano y aquel beso!
¡Volar, sentir la irradiación de todo
y el centro riguroso de la vida!
... Cuando la enorme fuerza nos arrastra,
cuando la fría máquina sin sangre
hacia otro sol más fuerte nos inmola.
{ ¹ Llegar hasta aquel cielo... aquellas eras... (en Poemas escogidos, pág. 74). }
CORAZÓN APRESURADO
A Eusebia Oliver
Ay, raudo corazón, cómo me hieres
con tu batán de mazas voladoras.
¿Qué torcedor, qué furias destructoras
mandan que hacia tu ruina te aceleres?
¿Es engaño, tal vez? ¿Es que tú quieres
densar mi vida, enriquecer mis horas?
No me darás más astros, más auroras,
no más placer, por más veloz que fueres.
Mira que huyes del tiempo, cuando huyes.
Pediste plenitud: la muerte pides.
No el tiempo, sí mi tiempo condensabas.
Ay, ciego corazón, tú te destruyes
al medir; tú destruyes lo que mides.
Veloz, antes me acabas y te acabas.
SUEÑO DE LAS DOS CIERVAS
(CONTINUACIÓN)
... El árbol del espacio. Duerme el hombre.
Al fin de cada rama hay una estrella.
Noche: los siglos.
Duerme y se agita con terror: comprende.
Ha comprendido, y se le eriza el alma.
¡Gélido sueño!
Huye el gran árbol que florece estrellas,
huyen las ciervas de los pies veloces,
huye la fuente.
¿Por qué nos huyes, Dios, por qué nos huyes?
Tu veste en rastro, tu cabello en cauda,
¿dónde se anegan?
¿Hay un hondón, bocana del espacio,
negra rotura hacia la nada, donde
viertes tu aliento?
Ay, nunca formas llegarán a esencia,
nunca ciervas a fuente fugitiva.
¡Ay, nunca, nunca!
COPLA
La copla quedó partida.
No la pude concluir.
Y era la copla mi vida.
(Morir, palabra dormida,
¡cómo te siento latir!)
Bien templado el instrumento
y a medio giro el cantar,
llevóse la copla el viento
(¡vida, cantar soñoliento!),
y no la pude acabar.
ESTAMPAS DE PRIMAVERA
(1919-1924)
CHOPO DE INVIERNO
Huso de la hiladora,
a la mañana blanca y nueva,
chopo desnudo y fino:
entre la niebla,
hilas ropas de boda
para la Primavera.
Un arroyito claro
te lame el pie: se lleva
el hilillo que hilas
de tus copos de niebla;
el hilillo que hilas
y que se va cantando
entre la hierba
fresca.
RONDA IBÉRICA
Rasga la copla
y sopla el ventarrón.
—«Madre, los quintos son.»
«Si juera más alto el cielo...»
Envuelta en un remolino
—blanca, la luna redonda—
agria de guitarra y vino,
va la ronda.
A DON MIGUEL DE UNAMUNO { título de esta sección }
A DON MIGUEL DE UNAMUNO
(Entre preocupaciones y palabras
como suyas.)
1. TIERRA DE ESPAÑA
¡Ese vuelo de palomas
que cruzan sobre el pinar!
Lejos, se disuelven lomas
en tierras de pan llevar.
Brizna a brizna, redondea
la eternidad su honda hormaza,
y Dios en la luz se crea,
dorando al mundo su hogaza.
Sobre la tierra caliente
busca mi carne raíz,
su raíz mortal, y siente
un palpitar de matriz.
Raíz de España. ¡Amargura
que eres de miel! ¡Torcedor
de mi vida! ¡Calentura
de mi verano! ¡Mi amor!
¡Tierra que vas a los mares
de sola tu luz vestida,
temblorosa de cantares!
¡Ay madre, ay novia querida!
¡Ay dura tierra de roca
sin paúl y sin chortal!
¡Muera besando mi boca
tu gran vientre maternal!
2. ÉL
¿Hablaba yo? Di, ¿no era
tu voz que el viento traía
de una turbia torrentera
que en altas nubes rugía?
Mi cuerpo y tú. Sí, te siento.
Hay algo en la luz cruel,
de tu duro pensamiento,
de tu garra, don Miguel,
que aún lucha con Dios, por donde
en la impasible barranca
azul, sus torres esconde
tu celestial Salamanca.
Y esas palomas zuritas
que se abatieron al llano,
¿no eran quizá pajaritas
que caían de tu mano?
Llueve, llueve luz huraña.
Tú y Dios. A solas los dos,
sígueme pensando a España,
sígueme pensando a Dios.
3. ORACIÓN DE LA TIERRA
Un zureo de palomas
en el rebol de los pinos.
Grises lomas, ocres lomas.
Divagación de caminos.
Humean las lejanías
su turbio mosto de bruma;
rezan las tierras baldías:
hasta la roca rezuma.
Cuenco de tierra machorra,
¡yelda, yelda tu oración
con sopores de modorra,
calofríos de cición!
Reza la tierra de España,
reza el yero y el esparto,
y la garduña y la araña,
y el alacrán y el lagarto.
Reza el monte y la llanía,
y lejos, lejos el mar.
¡Escucha, oh Dios, su agonía!
¡Oh Dios, oye su clamar!
Hombre, soturna alimaña,
al sordo rezo me uno.
¡Ruega también por tu España,
mi don Miguel de Unamuno!
MUJERES { título de esta sección }
MUJERES
Oh blancura. ¿Quién puso en nuestras vidas
de frenéticas bestias abismales
este claror de luces siderales,
estas nieves con sueño enardecidas?
Oh dulces bestezuelas perseguidas.
Oh terso roce. Oh signos cenitales.
Oh músicas. Oh llamas. Oh cristales.
Oh velas altas, de la mar surgidas.
Ay, tímidos fulgores, orto puro,
¿quién os trajo a este pecho de hombre duro,
a este negro fragor de odio y olvido?
Dulces espectros, nubes, llores vanas...
¡Oh tiernas sombras, vagamente humanas,
tristes mujeres, de aire o de gemido!
TORMENTA
(1926)
PAUSA
Pausa, espantosa pausa
de párpados de plomo,
tromba dormida al aire,
pompa de paños, polvo,
donde irrumpen frenéticas
cien mil cristalerías
de fábricas de viento,
que el huracán derriba,
y un martillo de sangre
—¡cío!— que estrangula a pausas
—¡morir!— las simas súbitas
—silencio— de la ráfaga.
EL INDIFERENTE
Batientes en sus goznes,
de tierra aún, los sueños,
en tanto desamparo,
los ojos dan, abiertos,
a esquilas amorosas,
resabios de ganado,
que aún tiemblan si es que gime
al cobijo del álamo:
del álamo implacable,
pastor sutil del viento,
a esquilas de estos sotos
—¡belleza suya!— ciego.
PROFUNDIDAD
Cavernas que a la rosa
se asoman de los vientos,
si las persigna el rayo,
¿augurio de bostezo,
profundidad? No; dime,
tu centro inviolable
¿hacia qué aurora extática,
rosa sin viento, late?
Mas callarás. E incógnito
—cavernas, bajo el rayo—
el corazón del mundo
late en la sombra, tácito.
BURLA
A J.B.
Por las praderas hondas,
avizor y azoradas
—oh ciervas en huida—
las ideas se escapan
con tan ligeros pies,
que si se abate el rayo,
raptor del alto cielo,
no encuentra más que campo:
paréntesis de cauce,
asomos de colina,
árbol agudo, huella
de pie veloz: sonrisa.
CAMINANDO DE NOCHE ¹
Son árboles sedientos,
cabelleras en súplica,
que van la loma arriba,
tras la belleza última,
y el huracán repela
por la ladera abajo
hasta las quiebras hondas ²
—oh vida— del barranco.
Son árboles que buscan,
en soledad y viento,
lo que tú buscas. ¡Huye,
oh caminante negro!
{ ¹ NOCHE (en Litoral).
² Hasta los senos lóbregos (Ibid.). }
LA FUENTE
Agua de roca en valle,
hay una voz que canta.
Lebreles de ventisca
tal vez a oírla paran.
Tal vez la orilla trémula
de la canción rozando,
flamígeros la abrasan
o nos la niegan ávidos.
Mas tú, canción, no cesas.
Muertos y en sed, igual
has de fluir, oh fuente,
belleza perennal.
POEMAS INTERMEDIOS
DAFODELO ORIGINAL
DAFODELO ORIGINAL (DAFFODIL)
Primero fue lo amarillo,
antes que la rosa y que el lirio.
Primero fue la tristeza
del amarillo elemental
y antes que toda la belleza
mortal.
Y aquella tarde verdadera
(aún sin la curva azul del cielo)
sostuvo la creación primera,
triste y enorme, un grácil dafodelo.
Sí, primero fue lo amarillo,
antes que el rojo de la rosa y que el blanco del lirio.
LA FUENTE GRANDE O DE LAS LAGRIMAS (ENTRE ALFACAR Y VÍZNAR)
Mi corazón reposa junto a la fuente fría.
(F. G. L.)
Ay, fuente de las lágrimas,
ay, campos de Alfacar, tierras de Víznar.
El viento de la noche,
¿por qué os lleva la arena, y no la sangre?
¿por qué entrecorta el agua cual mi llanto?
No le digáis al alba vuestro luto,
no le quebréis al día su esperanza
de nardo y verde sombra;
pero en la noche aguda,
segada por el dalle de los vientos
que no olvidan, llorad, llorad conmigo.
Llora, tú, fuente grande,
ay, fuente de las lágrimas.
Y sed ya para siempre mar salobre,
oh campos de Alfacar, tierras de Víznar.
RETRATO
Bajo la frente marchita,
sobre la fría mirada,
la palabra estaba escrita:
triste, profunda, velada,
vieja cisterna de un mundo,
de grave losa sellada.
En el silencio rotundo,
sólo a veces se cernía
su gesto meditabundo:
una burbuja en la fría
hez de los siglos, al fondo,
pausadamente se abría,
flotaba un punto en el hondo
mirar... Se desvanecía.
A UNA HABITACIÓN
Prisión de cal y de canto,
ataúd de piso y techo,
anclado en la cruz exacta
de los espacios y el tiempo,
en mar de campos, marina
de horas mansas, tierra adentro.
Seis planos pulcros velaban
un corazón volandero
(puerta patente a la vida,
ventana abierta al ensueño)
y una lámpara soñaba,
dormida en la noche, puerto.
Desarraigado de tí,
por mar, por tierra, me muevo.
Por forma y luz: hondo tajo
de olvido, que cruza el tiempo,
puente, roto hacia mi vida,
de orillas de tu recuerdo.
Que, aguas azules, los días
te irán los muros lamiendo,
y un viento frío —el espacio—
te impele, navio muerto,
a medida que tu carne
rasgo, mi tierra, y me alejo.
ÁRBOL SECO
¡Oh genio de la tierra! ¿Pides auxilio al cielo?
¿A qué cielo? Tus brazos, sordamente cautivos,
¿qué imprecación extática, qué enorme desconsuelo
elevan hasta el ámbito de los espacios vivos?
¡Gemidos en la noche! ¡Dolor, dolor! Un lago
de atormentada pausa: torva tierra desnuda.
Y surges en las sombras, como un fantasma aciago,
tú, desolado grito de nuestra eterna duda.
Nadie te oirá...
Lejana palpitación de un frío,
débil polvo de estrellas: de estrellas asustadas.
Huyen eternamente, por el hondón sombrío,
hacia las aguas vivas, las corzas azoradas.
MUERTE APLAZADA { título de esta sección }
MUERTE APLAZADA
Tarde sin una flor. Lento camino.
La llanura incendiaba sus retamas.
Ululaban al fondo
las feroces jaurías del verano.
Ay, ¿por qué, cuando crujen los sarmientos
de la fiebre, tal vez se abren recónditas,
diáfanas salas
de dulce aroma o brisa?
¡Tersa visión de paz! ¿La calentura
te trajo hasta mis ojos? ¿Fuiste un sueño
del viento de la siesta, creador?
Tras una curva de la senda, surge
la verja de un jardín. Franca, la puerta.
Es un hervor de pájaros, un sollozar de fuentes;
dentro, la verde luz extraña.
Altas llamas de sueño ensombrecido,
los cipreses agudos
cimbrean levemente
la flecha exacta contra el denso azul.
Monstruosas flores,
flores de otras laderas,
exhalan grueso aroma,
casi carnal.
Y flotan voces laxas,
dulces lamentos y veladas músicas.
Anchísima avenida
en hondura sin tiempo se diluye.
Yo miraba en silencio
la fresca sombra del jardín
(oh quietud, oh perfume letal, oh luz extraña).
Tenía sueño y sed. Un viento inexistente,
torpe querencia, me impelía...
iba ya a entrar...
Dura belleza torva,
ojos de acero y bronce la melena,
me gritó: «No, tú sigue tu camino.»
Y señaló a la tarde.
Ya era un lago de sombra la llanura,
y aullaban a lo lejos
las feroces jaurías del verano.
EL VIENTO Y EL VERSO
(1924)
LA VICTORIA NUEVA
Ésta es la nueva escultura:
Pedestal, la tierra dura.
Ámbito, los cielos frágiles.
El viento, la forma pura.
Y el sueño, los paños ágiles.
VIENTO DE SIESTA
Entrarás hasta el fondo
de mi tienda desierta,
jugando mis palabras con tus rizos;
mi mano, en tus banderas.
Y harás roncar la encina,
enfurecer la hiniesta.
Y harás gemir
la piedra.
Hálito creador,
¡oh rojo viento de la siesta!,
árbol soy, piedra soy —el ancla echada-
destrénzame,
destrénzalas.
ELEMENTAL
Viento y agua muelen pan,
viento y agua.
Y la tierra pone el trigo
y el fuego dora la hornada.
Tierra, fuego,
viento y agua.
MORIR
Por un sahara de nieblas,
caravana de la noche,
el viento dice a la noche
tu secreto.
Y el eco, buho a intervalos,
te lo trae de vuelta, ciego,
—paños de la noche— ciego.
Mundos fríos bajo lunas,
de saberlo a eternidades
y niebla, se están muriendo.
De niebla que poco a poco
te va parando a ti yertos
pies y manos, corazón
—farolillo de tu pecho,
verbena de junio, al río—.
De niebla que un hoyo negro,
engualdrapado de espantos
—¡martillo del eco, viento!—
cuévano de claridades,
sombra, te está construyendo.
EJEMPLOS
La veleta, la cigarra.
Pero el molino, la hormiga.
Muele pan, molino, muele.
Trenza, veleta, poesía.
Lo que Marta laboraba
se lo soñaba María.
Dios, no es verdad, Dios no supo
cuál de las dos prefería.
Porque Él era sólo el viento
que mueve y pasa y no mira.
VIENTO DE NOCHE
El viento es un can sin dueño
que lame la noche inmensa.
La noche no tiene sueño.
Y el hombre, entre sueños, piensa.
Y el hombre sueña, dormido,
que el viento es un can sin dueño ¹,
que aulla a sus pies tendido,
para lamerle el ensueño.
Y aún no ha sonado la hora.
La noche no tiene sueño:
¡alerta, la veladora!
{ ¹ que el viento, un perro sin dueño, / aulla, a sus pies tendido, (en Poemas
escogidos, pág. 31). }
EL NIÑO Y LA COMETA
El niño se sonreía
—mano inhábil, ojo atento-
y la cometa en el viento
—su corazón— se cernía.
Ave, cometa de un día,
su corazón soñoliento.
Pues el corazón quería
huir, pero no podía,
pero no sabía, al viento.
PUERTOCIEGO DE LA MAR
Ya se han llevado el mar.
La última casa aún tiene la enseña marinera.
Y las vacas (gabarras en el prado
de la marisma) hacia el ocaso hienden
la tierra crasa, donde
aún hay conchas doradas, caracolas en voz
y una canción marina.
El viento no lo sabe.
En las noches sin luna,
se va a besar el lomo de la ola
dormida sin romper.
Y a rajarse en el mástil
agudo.
Y a preñar el gran vientre de la vela.
Mas...
Se rasga en los cantiles polvorientos
y palpa como un ciego el derruïdo
malecón. Luego extiende su larga lengua y lame
el arenal sediento, palmo a palmo.
Hasta que vuelve
(vela de la llanura, desflecada)
a rascarse en las casas doloridas
del pueblo, en silbos largos,
contra la aurora atónita.
MADRIGAL DE UN PAISAJE HÚMEDO
Aguja del pensamiento,
para esta niña tan rubia
labra un vestidito azul.
Cada puntada es un cuento:
que presta el hil