The Text      


POESÍA
Y OTROS TEXTOS LITERARIOS


POEMAS DE
NUEVA ETAPA


1

EL ESPAÑOL
(17 de noviembre, 1917)

Cual del invierno en un día
en que fuerte el viento bate
y huyendo de su combate
la nube corre bravia,
la tristeza y la alegría
en mi alma se suceden,
los pesares pronto ceden
pues tengo el genio español.
¡Da al día su luz el Sol
aunque las nubes lo veden!

La alegría del vivir,
la pena del recordar,
tan pronto me hacen llorar,
tan pronto me hacen reír.
La dulzura del sufrir
es mi consuelo mayor,
pues quien nació soñador,
peregrino y pendenciero,
halla más dulce el sendero
con la espina del amor.

Yo, en quiméricos ensueños,
visité Santos Lugares
y he quemado en sus altares
los dolores de mis sueños.
Libre de cuidos pequeños,
con mi mugrienta esclavina,
camina que te camina
apoyado en mi bordón,
llegué al toque de oración
a la venteril cocina.

Y allí embauqué a trajinantes,
rosarios les di a mozuelas,
vendí al ventero unas telas
en monedas biensonantes.
Conté muy espeluznantes
y peregrinas historias.
Allí apuré mis memorias
y una gran bota apuré,
y en el suelo me acosté
sin soñar con otras glorias...

En Salamanca algún día
di músicas a una reja...
y sólo salió una vieja
a la estrecha celosía.
La fingida de la tía
de mi Esperanza, calada
me preparó una celada,
en la que luego cayó
y quédeme libre yo,
y ella, desenmascarada...

Con un muy gentil perneo,
tras un halcón, de una huerta
salté la tapia. A la puerta
vi la que fue mi deseo.
¡Oh desgraciado paseo!
¡Oh desdicha peregrina!
¡Fuerte Justicia Divina!
¡Inocente Melibea!
¡Por siempre maldita sea
la hechicera Celestina...!

Yo he sido paje y señor;
yo, capitán y soldado,
arriero y enamorado,
estudiante y vendedor.
En las lides del amor
siempre salí triunfante.
Si alguna broma cargante
me hicieron, bien la llevé.
Yo jugué. Perdí, gané,
y sin parar, ¡adelante!

Tomé la suerte cual vino,
sin tristeza ni alegría,
por eso he vivido un día
tan claro como mi sino.
Lo fatal de mi destino
me obligó a ser soñador.
Yo bendigo por amor
en este mundo vivir,
y es mi esperanza morir
esperando otro mejor.


2

NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS QUE VAN A DAR A LA MAR
J.M.

(14 de diciembre, 1917)

Todos los días que pasan
son para el cuerpo un desgarro;
para el alma, un desconsuelo.
¡Ay!, nuestras vidas se amasan
con un poquito de barro
y otro poquito de cielo...

Tenemos que luchar solos
con la carne que nos tienta
y el alma que nos levanta,
y entre tan opuestos polos
gira la vida cruenta,
la que quisiéramos santa...

En este punto indeciso
está el espíritu grave
y turbado, sin saber
hacia qué punto es preciso
guiar de proa la nave,
hacia qué playa torcer.

Algunas flores matizan
las orillas de este río
que corremos. Son amores.
¡Oh, qué suave se deslizan
por el pobre pecho mío
esas flores!

¡Y sólo tienen espinas...!
Se deshacen las divinas
facetas de la ilusión,
y está en el triste desierto
la nave sin ver el puerto
y sangrando el corazón.

Entre las aguas del río,
derivando en la corriente,
navegan las flores muertas.
Suaves gotas de rocío
vibran, en perla ríente,
sobre sus corolas yertas.

¡Flor que en el agua ha caído,
la onda mansa la lleva,
seca, arrugada, amarilla...!
Mas ya que esa flor se ha ido,
¿no ha de brotar otra nueva,
del río en la fresca orilla?

Y pasan así los años
pictóricos de ilusiones
por la venidera suerte
¡y, tras muchos desengaños,
naufragan los corazones
en las playas de la muerte!

Todos los días que pasan
son para el cuerpo un desgarro,
para el alma un desconsuelo,
¡ay, nuestras vidas se amasan
con un poquito de barro
y otro poquito de cielo...!


3

A S. M. EL REY D. ALFONSO XIII

(23 de enero, 1918)

Señor:
Entre el rugir de los cañones,
sobre la oscura tierra desolada,
a la pálida luz de la alborada
lanzando al aire sus agrestes sones

volaba la Paloma. Sus canciones
no amansaban la turba ensangrentada.
¡Volaba la Paloma inmaculada
sobre el necio sangrar de las naciones!

Y como vio brillar azul el cielo
sobre la España, reino bendecido,
que un oasis de paz y amor le abona,

lanzóse a un manso y reposado vuelo
y llegó hasta nosotros ¡y ha elegido
como nido real vuestra Corona!


DEL CAMINO CASTELLANO

A Julio-César Cerdeiras

4

MEDINACELI

(1914)

Bajo el cielo esplendente de Castilla,
en la cumbre de un cerro encaramada
como la vieja reina destronada,
que más se eleva cuanto más se humilla.

De su antigua nobleza sin mancilla
conserva —del ayer prenda sagrada-
mucho palacio de ancha portalada,
que fue de algún señor de horca y cuchilla.

Y al cruzar sus callejas medioevales,
le parece al moderno viandante
al doblar cada esquina más que apriesa

va a encontrar de Almanzor los funerales,
a Don Quijote caballero andante
o a la doctora mística, Teresa.


5

EL POSESO
(1918)

Ululaba a lo largo del sendero,
blanco de espuma el labio contraído,
y rasgaban sus uñas el vestido
que la carne dejaba al cierzo fiero.

Los ecos conturbaba el lastimero
monótono clamor de su fremido.
El cabello muy blanco y muy crecido
alborotaba al viento mañanero...

Y vino entonces el extraño asceta.
Dijo —sus manos so la faz inquieta—
«¡Fuera, en nombre de Dios, yo vos lo mando!»

¡Y en una convulsión de convulsiones
salieron los satánicos dragones
con un fragor de trueno, retumbando!


6

EL PASTOR CIEGO
(1916)

En la mano una pobre cayada,
con su capa que mugre chorrea,
yo le vi por la inmensa llanada
conducir su rebaño a la aldea.

¡Oh, la fría, la triste mirada,
que la luz exterior no desea...!
¡Oh, la mente jamás alumbrada
por la luz interior de la Idea...!

...Y así va, de un mastín arrastrado,
sobre el monte, la llana, el otero...
¡Ni una sola mujer le ha besado,

ni ha visto la lana de un blanco cordero!
¡Pobre vida, sin un horizonte,
sobre el valle, el otero y el monte!


7

EL HIDALGO
(1914)

Alto y enjuto el cuerpo renegrido,
grande y ardiente el ánima esforzada,
una luz de ideal en la mirada
y en la frente, que el tiempo no ha vencido;

el traje viejo, limpio y recosido,
la barba puntiaguda y esmerada...
¿Quién pensaría, al verle de pasada,
que todo lo que tuvo lo ha perdido?

¡Pobre hidalgo, que quiso alzar los vuelos,
añadir nuevos timbres a su gloria
y remontarla a los empíreos cielos;

sólo le queda de su antigua historia
la espada que heredó de sus abuelos
y el blasón de su rancia ejecutoria!


8

LA MOZUELA
(1918)

Tiene la mozuela la boca bermeja,
tiene la mozuela los ojos oscuros...
(¡Ay, cómo retratan —tan grandes, tan puros—
la luz de tu cielo, Castilla la Vieja!)

Tiene la mozuela del rostro risueño,
tiene la mozuela la color tostada...
(¡Ay, que es como el tuyo —del Sol cortejada-
Castilla la Vieja, su color trigueño!)

Ríe la mozuela con risa inocente...
(¡Oh, risa tan grata cual rumor de fuente
en tu yermo campo, Castilla la Vieja!)

Habla la mozuela, arcaica y sonora
—con algo que canta, con algo que llora—
como tú Castilla, con voz de conseja...

¡Como tú, Castilla, Castilla la Vieja!


9

MADRID

CALLES DE TRADICIÓN

(25 de febrero, 1918)

I

¡Oh, calles de Madrid. Tristes callejas
donde el Sol nunca da. Muros sagrados
de los viejos palacios embrujados
por la fuerza del tiempo y las consejas
de las viejas!

II

Sin que la calma de estas calles turbe,
a lo lejos difúndese y palpita
un extraño rumor, rugir de urbe,
de estulta población cosmopolita,

y al pasar a lo viejo del recinto
parece que tres siglos retrasamos.
Sentimos no tener espada al cinto
y un paje que nos guíe por do vamos.

III

¡Calles de tradición! ¡Barrios queridos
por todos los amantes de lo viejo;
bajo cuyos tejados carcomidos
cuelga sus graves nidos el vencejo!

En oscuro rincón se seca un odre
al lado de la antigua tenería.
Cabe una iglesia ráscanse la podre
galloferos y hampones a porfía.

De sus males de amor se plañe un gato.
Pasa una moza en grácil taconeo:
van brotando las sales del floreo
bajo el rojo tacón de su zapato.

Vocea un vendedor sus baratijas.
La tapia de un jardín muestra su hiedra
recubierta de polvo. Y en la piedra
corren a su sabor las sabandijas.

La calma matinal rompe el tañido
de la campana que a la misa avisa,
y cruzan las beatas, con medido
paso, la calle para entrar en misa.

Y bajo el sol de oro madrileño
está la calle triste y adormida,
como una virgen vieja, que en un sueño
se va dejando sin saber la vida.

¡Ay sí, que moriréis! Tiempos reacios
corren hogaño para cosas viejas.
¡Ay sí, que moriréis, viejos palacios!
¡Ay sí, que moriréis, tristes callejas!

IV

Y mientras tanto... ¡puedan vuestros muros
alejarme del ruido ciudadano!
¡Libradme de los tráficos impuros
de ese hormiguero estúpido y malsano!

Dejadme en vuestros plácidos rincones
a la esplendente luz del mediodía
con un extraño acento de elegía
cantar mis más harmónicas canciones.

Dejadme bajo el rayo de Diana,
en las heladas noches invernales
bajo un soñado alféizar de ventana
recitar los más lindos madrigales.

V

¡Qué me importa que el sueño se convierta
en triste realidad, y acongojada
el alma llore por la suerte cierta
al contemplar la gloria ya pasada?

¿Qué importa luego que al albor del día
se esfume la ilusión, y la importuna
verdad venza a la loca fantasía?
¡También el buen Cyrano componía
sus viajes a la Luna!

VI

¡Sí; sois vosotras, calles solitarias
de mi viejo Madrid, calles leales,
las que sobre los labios sois plegarias
y sobre el corazón sois madrigales;

las que dais a mi pobre fantasía
nuevos motivos y cadencias bellas:
calles oscuras bajo el Sol del día
y claras al brillar de las estrellas!

Vosotras me inspiráis: ¡Tristes callejas
donde el Sol nunca da, muros sagrados
de los viejos palacios embrujados
por la fuerza del tiempo y las consejas
de las viejas!


10

CANCIÓN OPTIMISTA
(23 de marzo, 1918)

Marcha la Vida desolada
como una esposa del Dolor,
pero se escucha la argentada
trompa del Día del Señor;

y ya muy presto han de trocarse
en alegrías los dolores,
y va la sien a coronarse
de frutos, pámpanos y flores;

y ya muy presto, en las heridas
de las espinas afrentosas,
en vez de sangre, florecidas
por un milagro serán rosas.

En el jardín reverdecido
serán canciones las fontanas,
vendrán surgiendo del olvido
las Margaritas, las Roxanas...

Y para el alma, toda llena
de ansias azules cual los mares,
vendrá la Esposa casta y buena
desde el Cantar de los cantares.

Y en el lugar del verso triste,
en el lugar del verso agónico,
el epinicio, que se viste
con el ropaje de lo harmónico,

vendrá a la pobre Musa histérica,
a nuestra loca y triste Musa,
con una fuerte risa homérica
y un agitarse de medusa.

Y los amigos, los hermanos,
nos sacarán de la cisterna;
nuestros hermanos los gusanos
ya no saldrán de su caverna,

ya no saldrán de su escondrijo
para roer el corazón...
¡y será el mundo como un hijo
de la Piedad y la Razón!

Y al extinguirse el retumbante
brutal fragor de los cañones,
serán los cielos de diamante
llenos de líricas canciones.

Nuestras pupilas casi ciegas,
mirando al Sol, verán la Luz...
¡A ti, Luz blanca, Luz que llegas
de entre los brazos de la Cruz!

{ * * * }

Hasta llegar ¿qué nos importa
de la ceguera y los dolores?
¡La Vida lenta nos transporta
a la región de los amores!

¿Qué se nos da de las espinas,
ni de traición de los hermanos,
ni de las bocas femeninas,
que son un nido de gusanos,

si ya muy presto han de trocarse
en alegrías los dolores
y va la sien a coronarse
de frutos, pámpanos y flores?

¡Marcha la Vida desolada
como una esposa del Dolor,
pero se escucha la argentada
trompa del Día del Señor!


11

M. R. P. MARCELINO ARNAIZ, RECTOR DE ESTA UNIVERSIDAD

(abril y mayo, 1918)

En todas las eternas ideas misteriosas
estudia este varón pensativo, que sabe
por qué el cielo es azul, por qué mueren las rosas,
por qué lloran los niños y por qué vuela el ave;

que ve del alma místicos anhelos sobrehumanos,
parpadeos de estrellas en la noche callada,
y el terror de los ciegos viajeros en los llanos,
presintiendo las luces blancas de la alborada;

y que va navegando por el azul sonoro,
las velas cerebrales al viento, bajo el oro
de luz, y conducido por un rojo timón,

más bello que las llores de la filosofía,
porque el timón que al Padre por las tormentas guía
¡es carne y va sangrando, porque es su corazón!


LUCÍA

(abril-mayo, 1918)

12

OTOÑO

Lucía es rubia y pálida. Sus quietas
pupilas de princesa vagamente
miran hacia el ocaso, y en su frente
se muere una ilusión. Las violetas

de sus grandes ojeras melancólicas
parece que presienten el intenso
olor del camposanto y el incienso
de preces funerarias y católicas.

Sobre su falda tiene un libro abierto...
Mueve el aire los árboles del huerto,
y a la hoja del libro va una hoja

otoñal...

(En el libro se refiere
cómo besa una hoja que se muere
a una rosa carnal que se deshoja...)

13

SANGRE

Oh dolor, en la boca contraída
y en aquel del mirar brillo apagado
que presiente la hora del Amado
junto al beso postrero de la vida,

y en el ronco estertor de la garganta
y en la sangre espumante de la boca,
que salta a golpes, y que cuanto toca
con carmesíes flores abrillanta.

Oh dolor, en la luz de aquellos ojos
que ya miran la pompa del cortejo
para los desposorios preparada.

¡Dolor de aquellos azahares rojos
y resaltados, sobre el raso viejo
del corpino real de desposada!

14

VIÁTICO

Ha pasado el viático; a los sones
-lentos, doblados- de las campanillas,
las postrimeras hojas amarillas,
como raro cortejo de oraciones,

volaron... Pienso, mientras cae la lluvia,
que un solo tono del cristal arranca,
cómo estará Lucía, toda blanca,
con su fragante cabellera rubia

extendida, aromando la almohada,
y la divina boca amoratada
contestando litúrgicas preguntas,

y, unánimes, al cielo dirigidas,
sus blancas manos sobre el seno unidas,
como palomas que descansan juntas.

15

JUNTO AL SEPULCRO

El rostro, circundado por la toca
-albo y oval-, sonríe todavía.
La blanca nieve, de la lejanía
viene en el viento por besar la boca

marchita de la virgen. Los sutiles
cristales de la nieve la pequeña
amoratada boca y la estameña
de los oscuros hábitos monjiles

van cubriendo... Ya toda está borrada...
Queda al cielo tan sólo levantada
la Cruz, que, sostenida entre sus manos,

es una plena afirmación de Vida,
entre un pasado -carne dolorida-
y un preciso futuro de gusanos.

16

MATERIA

Lucía, por tu rostro, por tu seno,
ya corren los gusanos, y tus venas
-azules venas translucientes- llenas
están de podre. Ya tu carne es cieno.

Mas el cieno filtrado entre las piedras
dará origen a flores milagrosas,
y tu seno será místicas rosas,
y tu cerebro, pensativas hiedras.

Y cuando la movible pedrería
del rocío, a la clara luz del día,
se disuelva en los ámbitos profundos

de los cielos, tu carne, difundida,
irá a dar nuevos átomos de Vida
al girar silencioso de los mundos.

17

ALMA. ORACIÓN

Luz, de aquellas pupilas azuladas
que ya tienen la Luz eternamente;
Pensamiento, que ardías en su frente
y que hoy ardes tras nubes encantadas;

Alma, toda cendales de la aurora,
y blancura de nieve y harmonías
de místicos cantares, que gemías
sobre el valle de lágrimas, y ahora

te fundes en los rayos de lo Eterno:
Manda un rayo de Sol, para el invierno
que congeló mi juventud perdida,

porque es posible que una rosa crezca...
¡Manda un rayo tan blanco, que florezca
este rosal podrido de mi vida!

18

ORACIÓN
(8 de diciembre, 1918)

Inmaculada, blancura del alba,
Luz de los ángeles. Madre de Dios,
a los dolientes humanos nos salva.
Inmaculada, intercede por nos.

A ti clamamos, a ti suspiramos
los concebidos en culpa, Señora.
¡Danos la Luz a los ciegos que vamos
con una sed infinita de aurora!

Haz que en la zarza carnal de la vida
brote la hoguera del íntimo anhelo,
y que la Fe, que ya estaba perdida,
yerga su grito triunfal hasta el cielo;

que nuestros restos mortales se escuden
con la señal de la Cruz de tu Hijo,
y que en tu fiesta las torres saluden
a nuestras tumbas con su regocijo.

Logra, purísima Virgen fecunda,
cuando tu Hijo levante su diestra,
que nuestra carne mortal no se funda
con el montón de la carne siniestra.

Y la corona, que está preparada,
ciña tu mano de gracia la sien.
Y así gocemos la Luz Increada
por los siglos de los siglos. Amén ¹.

{ ¹ Verso tachado por el autor y, en su lugar, escrito por él, con lápiz, «todos
los siglos de siglos. Amén». }


19

VISIÓN DE PRIMAVERA
(15 de mayo, 1919)

Este Domingo en flor de primavera,
en el verde reciente de los prados,
junto al río, dormido en la ribera,
pastaba el pastorcillo sus ganados.

Leía en el libróte con estampas
que regaló a la madre el señor Cura,
mientras subía de las tierras campas
la niebla matinal hasta la altura.

Y era en el libro la maravillosa
rosa de una visión de primavera.
Milagrosa, la llana silenciosa.
Y milagrosa, el agua pasajera.

¡Y el sol! El sol caía soslayado,
blondo y trivial como un adolescente
que por primera vez viese, azorado,
el llano enorme y la montaña ingente.

Un mirlo en el seguro de algún chopo
silbaba la canción de la Leyenda,
y en la riba feraz hozaba un topo
el oculto trazado de su senda.

Leía el pastorcillo. Solamente
de vez en vez cantaban las esquilas.
En el río dormía la corriente
de las aguas ahondas y tranquilas.

¡Oh, el encanto del libro, que decía
que la Blanca Señora, entre las flores,
también alguna vez sé aparecía
a los pobres y candidos pastores!

Y ebrio de sol, de río y de milagro,
por almohadón el libro tan querido,
en la sonora soledad del agro
el pastorcillo se quedó dormido.

{ * * * }

Y tuvo un sueño:
Por el cielo raso
navegaba una nube diminuta,
que dejaba prendidas a su paso
unas claras estrellas en su ruta.

Y venía hacia él. Y se iba haciendo
mayor. Y era su paso el de la aurora.
¡Y sobre ella venía, sonriendo
como una blanca flor. Nuestra Señora:

en sus brazos el niño Jesu-Cristo,
y unos ángeles rubios por cortejo!
(El pastorcillo tal la había visto
en las estampas del libróte viejo).

Mas la nube dorada ya cernía
su gracia sobre el prado floreciente,
y desde el claro cielo descendía
a posarse en la hierba dulcemente.

Y las vacas, dejando el pasto ameno,
recogidas, devotas y asustadas,
doblegando sus manos sobre el heno
humillaron las testas encornadas.

Y la Blanca Señora al muchachuelo,
que estaba destocado y temeroso,
le dirigió su voz, que era del Cielo
un murmullo callado y melodioso:

«Tú tienes estas vacas en el prado
terreno, pastorcillo, pero no
conoces aquel prado regalado
que para mis amantes guardo yo.

Allí cantan los mirlos ciérnales
en los copudos árboles de plata,
y beben mis corderos recentales
la blanca leche de la espesa nata.

¡Sube conmigo al místico alborozo,
al huerto de perenne primavera!»

Atónito escuchaba el pobre mozo
volteando en sus manos la montera,

cuando, indeciso, preguntó a María,
con la voz matizada de ternura:
«¿Y mis vacas, señora, no podría
subirlas a ese prado de ventura?»

Se sonrió maravillosamente
la Virgen Santa y respondió que sí.

Y el pastorcillo entonces, diligente,
todas sus vacas congregó tras sí.

Y entraron en la nube misteriosa
las rojas, las marelas, las pintadas,
con la mirada grande y vagarosa,
tañendo las esquilas reposadas...

La nube se elevó pausadamente,
llevada por los vientos celestiales.
Cruzó el río de lánguida corriente,
y navegó por el azul riente
hacia los frescos prados eternales.

{ * * * }

Se levantó el retozo de la brisa,
para el pastor, de amargo despertar.
Repicaban la estrofa de la Misa
a coro las campanas del lugar.

Ya el sol crecido por el campo ardía
matando flores con sus besos rojos.
Y lloró el pastorcillo, que veía
la soledad del campo ante sus ojos.

Y, volviendo la vista a su ganado,
notó la falta de la más querida
de sus vacas... ¡Pastaba en el cercado
ajeno yerba fresca y prohibida!

Y en su busca cruzó valles sombríos,
y praderas en flor, y matorrales,
y bosques hondos de árboles bravios,
y frescos y cantores manantiales.

¡Allí estaba!... Perdida en lejanía,
mordisqueando los retoños tiernos.
Y volvió, sudoroso, al mediodía
sujetando a su vaca por los cuernos ¹.

{ ¹ Trabajo premiado en el Certamen literario celebrado en la Real Universi-
dad Escurialense. Tema V. (Nota de Nueva Etapa.) }


20

LOS VENCIDOS
(23 de enero, 1919) ¹

Los vencidos
van en filas uniformes,
silenciosos y abatidos.
Sangre y cieno por la cara,
sin fusil, la espada rota.
La Bandera, ayer triunfal,
hoy girones desteñidos.
Cual una nube plomiza,
cierne sobre los vencidos
la sombra de la Derrota.

Y en una aurora, perdida
entre el barro del camino
y la llovizna del cielo,
verán la aldea, dormida
bajo el viejo campanario,
sobre el infecundo suelo.

{ ¹ Pospuesto por el autor a «Visión de primavera», a pesar de la fecha de
publicación. }

Y sollozan los vencidos, al pensar
en el baldón infamante
que sobre sus frentes flota,
y en el dolor de llegar
al lugar
doblegadas las espaldas
al peso de la Derrota.

¡Oh, la mujer harapienta!
—senos lacios, boca exangüe, triste risa—
con los pobres pequeñuelos,
que ya saben los dolores de la afrenta,
mas ignoran el placer de la sonrisa;

que, azorados
—las caritas doloridas,
los párpados enarcados—,
sus caricias negarán
a los laxos derrotados,
que no traen en la mochila
la victoria que da el pan.

¡Oh, la mirada de hielo
de la blanca prometida
de las trenzas de oro joven
y los ojos de esmeralda,
que ha de escupir desdeñosa
en la carne envilecida
por la herida
afrentosa de la espalda!

¡Ceño duro de los padres
de los muertos en la guerra!
cuando pregunte la pálida boca triste
a los fuertes mocetones
que regresan a la tierra
con el látigo en la frente: Tú ¿qué hiciste?

¡Oh, las largas invernadas
sin la gloria del relato
de las batallas ganadas!
(...El encanto de: «Aquel día...»,
ante el candido auditorio
que imagina la proeza...)
¡Los vencidos sólo pueden
ocultar entre sus manos la cabeza!

¡Oh, las lágrimas de fuego
de los viejos veteranos
que lucharon en los campos
de victoria como buenos,
cuando lloren la impotencia de sus manos
y maldigan no tener veinte años menos!

¡Oh, los campos sin labranza!
¡Oh, los campos sin labranza
donde la hierba maldita
ahogará la sementera,
cuando irradie por el mundo
su verdegay de esperanza
la bendita
primavera!

Los vencidos
van en filas uniformes,
silenciosos y abatidos.
Sangre y cieno por la cara,
sin fusil, la espada rota.

La Bandera, ayer triunfal,
hoy girones desteñidos.
Cual una nube plomiza,
cierne sobre los vencidos
la sombra de la Derrota.

...Mas el cielo es gris y malva;
ya la aurora se avecina.
Si el vencido alza la frente,
puede, al lejos, divisar,
adormidas en la linde
de una escuálida colina,
las casitas miserables
y la torre del lugar.


{ [Los poemas «Respuesta a Lucero 1920», «Llegaré en el cre-
púsculo», «Cuando murió el poeta», «Volverás a deshora», «Ro-
manza sentimental», «Cómo era», «La ventana, abierta» y «País
espiritual» figuran en Poemas puros. Poemillas de la ciudad.

Sigue aquí el último de los publicados por Dámaso Alonso
en Nueva Etapa. Lleva en la recopilación el número 28, y no
tiene título. Va separado de «País espiritual» por tres asteriscos,
lo que parece indicar que era como su continuación o segunda
parte.] }


[País Espiritual]

28

... Me desgarró la entraña el hierro ardiente.
Una voz conocida me llamaba.
Desperté. La ciudad difuminaba
el cielo gris de un día indiferente.

¡Oh, qué divino sueño! —meditaba
el cerebro en el arco de la frente—.
¡Oh, qué divino sueño que soñaba
en el reino ideal de lo inconsciente!

Borró mi mano el vaho de los cristales.
Alba gris e invernal. Monocromía
de la niebla en la rúa. Matinales

ruidos de la ciudad. Melancolía.
¡Y tuvo frío el alma, que venía
de arder en los jardines eternales!


EL DESEO. LA CANCIÓN NUEVA. LA CANCIÓN VIEJA

EL DESEO

¡Oh, qué harto. Dios mío, de oír siempre la misma canción
cuando se lleva sed de canción nueva en el corazón!

LA CANCIÓN NUEVA

La cantan todos los trinos, la cantan todos los senos,
la cantan todos los granos,
el sueño en que dormimos, el agua que bebemos, el pan
que masticamos.
Fragua su son en el camino antiguo, se apiña en el pinar,
revientan sus burbujas en el lago, al halo lunar.
En el rayo de plata de Selene, sobre el retiro oscuro,
apaga y enciende los ojos sagrados del búho.
Se grana, diferente, cuando Junio, una vez y otra vez;
siempre diversa en el plumón del cuervo, la escama del pez;
en el ala nerviosa del neuróptero, y en el sudario de la
crisálida,
y en las pintas -siempre iguales: siempre distintas- de
la coccinela septempunctata,

y en las claras estrellas hesitantes, que nos miran llorar y
sonreír
mientras se roza la esterilla seca de nuestro vivir.
Y en los infinitos ultramicroscópicos
donde se queman las cejas los sabios de pelos blancos y
pensamientos filantrópicos.
En la cuba del vino nuevo hierve su maternidad.
Vibran sus alas rígidas al viento sobre la ciudad.
Tiene un «Fiat» de furia y turbonada, que hace gemir al
génesis hebraico
cuando salta, nonvicta y rebelde, del cátodo al ánodo del
arco voltaico.
Va rasgando la entraña salada su espolón
mientras en el agua lloran los ojos turbios del tiburón.
Se agiganta su movimiento en el enjambre de las dinamos:
son las chispas de las chispas que pensamos.
—Corren los ríos de la sangre fugaz
para que los humanos nos lavemos las manos y la faz—.
En los grupos revueltos y sonoros extiende sus tentáculos
y sus cuerpos multianulares
y se enrosca sobre la tierra por cima de los montes y los
mares.
Se arrolla en brisa a las banderas rojas que arrastran los
desheredados por los campos regados con su sudor
porque es
la venganza que cuece en la olla donde el labrador bebe
la sangre del burgués ¹

{ ¹ El trozo suprimido son dos versos donde va la línea de puntos suspensivos. }

—Pero el retoño será al sol de Libertad
y ha de erigirse una Niké sobre la acrópolis de la ciudad—.
Y en ti, pobre poeta, ¡cómo se mueve
cómo se te disuelve en agua de fuego, en agua de nieve!
¡Qué ir, qué venir
de cosquillas en la boca por donde quiere salir!
¡Qué clara
y qué oscura, poeta, en tu alma!
Y en ti, novia mía, agua que no salió del manantial,
¡cómo tiembla en la luz de tus ojos y en el temblor de
tu delantal,
y en la huella de tu pie sobre la arena
y en tu mano buena!
Y en ti, Julio, y en ti, Vicente, y en ti, Ramón,
¡cómo juega, cómo piensa, cómo rima, la nueva canción!
La cantan todos los trinos, la cantan todos los senos,
la cantan todos los granos,
el sueño en que dormimos, el agua que bebemos y el pan que
masticamos.


LA CANCIÓN VIEJA

¡Ay, que estamos tanto tiempo en esta nave,
tanto tiempo que ni el mismo Dios lo sabe!
Cantamos, ciegos, en la nave homérica la misma canción,
cantamos al viento, mientras cambia el viento, mientras fluye
el agua, mientras huye el son:

«Están batiendo los remos
el agua misma en que partimos:
y todos lo sabemos,
pero ninguno lo decimos.»

Y esta es la canción que cantamos:
la canción que oí cantar -¿te acuerdas?- hace mil años.
¡Oh, qué harto de oír siempre la misma canción
cuando se lleva sed de canción nueva en el corazón!


POEMA ULTRAÍSTA

(Y has de encontrar -una mañana pura-
amarrada tu barca a otra ribera.)
A. M.

Solo, hidrópico, solo
estaba porque todos -los unos y los otros-
huyeron. Como a perro sarnoso,
huyeron. Me dejaron una ventana abierta.
Era la noche:

Todas las estrellas
me miraban con
sus ojos fríos
y titubeantes,
todas las estrellas

Se habían condensado en mi ventana.
La, la luna, pasó un momento
¡monóculo impertinente!

Ya
se
fue.

Yo estaba solo y grasiento de la última pomada
inútil.
Las tres hermanas vinieron
en silencio.
La mayor me trajo el óleo.
La mediana el sudario.
La más pequeña me besó en la boca.
Las estrellas se fueron, ovejas, a pastar porque
las llamó la sirena del pastor de la fábrica.
Y me las encontré en el
otro valle.

ÁNGEL CÁNDIZ.



POEMAS PUROS. POEMILLAS DE LA CIUDAD

A Vicente Aleixandre y Merlo


POEMAS PUROS

AD VENEREM
PRO AUGUSTO J. CENTENO

Thurea marmoreis, Cythereia, munera cremo
Aris. Ut labris basia feras suis.
Ut nunquam cistella sit illi libera rosis.
Ut ne grato absis. Alma, sodali meo.


PRÓLOGO INÉDITO A LOS «POEMAS PUROS»

«Veinte años tienes» —hoy me dije—
«veinte años tienes, Dámaso».
Y los novios pasaban por la calle,
cogidos, cogiditos de la mano.

Y me puse a leer un libro viejo
y a escribir unos versos, donde canto
el amor y la dicha de ser joven
cuando hace sol, llorido el campo.

Hoy me miré al espejo, y luego dije:
«¡Alégrateme, Dámaso,
porque pronto vendrá la primavera,
y tienes veinte años!»


TRES SONETOS

A Ramón Alvarez Serrano

LA VENTANA, ABIERTA

¿Qué nueva luz, qué clara maravilla
se aposentó en mi alma? En el oscuro
calabozo carnal se hundió la arcilla.
Hay en el cielo azul un vuelo puro

de palomas en celo. La semilla
rompió la costra del barbecho duro,
y, bajo el sol, ondula la amarilla
gloria del trigo para el pan futuro.

Y el alma está en reposo porque es buena.
Tengo el manso dolor, tengo la pena
del mal que te hice ayer, oh alma mía.

¡Pero en el día cierto de mañana,
por el cuadro estival de tu ventana
entrará la canción de la alegría!


CÓMO ERA { título de esta sección }

CÓMO ERA

¿Cómo era. Dios mío, cómo era?
(Juan R. Jiménez).

La puerta, franca.
Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave
y una luz matinal de claro día.

No era de ritmo, no era de armonía
ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría
porque no es forma, ni en la forma cabe.

Lengua, barro mortal, cincel inepto,
deja la flor intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,

y canta mansamente, humildemente,
la sensación, la sombra, el accidente,
mientras Ella me llena el alma toda!

PAÍS

Patinir.

Sensación de agua mansa. Sensación
de hierba que ahora acaban de cortar.
Sensación de aire joven de pinar
y de campanas en la Anunciación.

Sube, quieta, á los labios la oración
que ha tanto tiempo que no sé rezar.
Y el cielo azul comienza a clarear
divinamente, para el corazón.

Está cerca, dormida en el encanto
de sus jardines y su camposanto,
entre olor de reseda y de manzana,

la ciudad, de tan lejos presentida,
donde estará mi blanca prometida
esperándome siempre a la ventana.

VOLVERÁS A DESHORA...

Volverás a deshora,
por un camino viejo,
a la ciudad antigua donde duermen
tus recuerdos.

Y en el balcón en donde tú soñabas,
nuevamente soñando otro viajero
verás.

Otro viajero
que volverá a deshora,
por un camino viejo,
a la ciudad antigua donde duermen
sus recuerdos.

LLEGARÉ EN EL CREPÚSCULO

Llegarás a deshora...

Llegaré en el crepúsculo,
por la escondida senda,
cuando estén a la noche en tu palacio
las ventanas abiertas.

Y he de entrar en la noche,
como una sombra vieja,
con la humedad que del jardín regado
hasta tu cuarto ascienda.

Hasta tu cuarto, Alma,
mi Alma, que me esperas
con la mano apoyada en la mejilla,
mirando a las estrellas.

CUANDO MURIÓ EL POETA

Cuando murió el poeta se quedaron
tristes todas las cosas pequeñitas
que él cuidaba.

Y el viento casto —la ventana, abierta-
casi jugando, resbaló en el libro,
volvió una página,

y se partió contigo, Primavera,
temblando de emoción, tibio de verso,
casi con alma.

Cuando murió el poeta, dijo: «Sólo
quiero dejar...»
Y le cerró los ojos
la mayorcita
de sus hermanas.

ETERNIDAD

Hoy, día puro, me asomé a la muerte.
La vida dormitaba
y el cielo estaba absorto, ensimismado
en tus pupilas, alma.

«¡Llega la sombra, llega!», me decían.
Y la sombra pesada
pasó con su balumba atronadora,
como un turbión, como una cosa mala.

Pasó.
(Tal vez de lejos se veía.)
La vida dormitaba,
y alma y cielo, los dos, estaban, solos,
a flor de tierra,
a flor de aire,
a flor de agua.

BORRACHOS DE LAS LUCES EN LA NOCHE.

Borrachos de las luces en la noche,
la verdadera estela de la vida
se nos irá.

Y en vano lamentarse,
ocioso llanto, inútil despedida.
Al cabo de los años y los años,
volverá.

Y ¡quién sabe si algún día,
borrachos de las luces, asiremos
la estela verdadera de la vida!

NOCHE

Y caen de las estrellas
los sueños altos.
Si vienen a la tierra,
se volverán llorando.

Se volverán llorando,
el caminito arriba.


POEMILLAS DEL VIAJERO

A Enrique Álvarez Serrano

EL DESCANSO

I

He aquí la calma del hogar lejano,
el manso río, el otoñal paisaje.

(Ay, solitario y lento peregrino,
¡descansa ya!
Su mano
borrará de tu traje
la polvorienta huella del camino.)

Pisaba ya el umbral.
Y sonreía.
-Hogar.
Paisaje.
Otoño.
Río manso.-

Y en el reloj del muro el Sol ponía
la irreparable hora del descanso.

II

Igual.
El patio, el pozo, las hortensias
y el huertecillo diluido al fondo.

Dejó el bordón y meditó un momento.

Mas, el otro,
igual a él, calzaba las sandalias
para el camino.
¿Cómo
decirle: «que aquel viaje ... que el sendero ...
solo ...»?

Y se quedó llorando
sobre el verdín, en el brocal del pozo.

III

Una isla de luz en la noche:
una esperanza.
Lento
caminar.

Se abre y se cierra lejos, y me llama:
zarza florida, verso nuevo,
ola de mar.

Pero después de tanto y tanto y tanto
caminar,
qué gratamente suena, hermana mía,
el viento en la campana del hogar.

¡Mas aún zumba en la oreja
su cantar!:
zarza florida, verso nuevo,
ola de mar.

RESPUESTA A LUCERO

IV

Estoy cansado. No puedo. Mi perro blanco,
sucio de cieno, llagado, llora en el suelo.
Mi álamo largo, Lucero, se está quedando
sin hojas, seco. Cayado, mira, no tengo.

Juventud... ánimo...!:
Aquello... ya está olvidado
ha tiempo.
Estoy cansado. No puedo.

{ [Publicado antes en Nueva Etapa, diciembre de 1920, págs. 89-90;
núm. 20 en la ordenación del autor. El título era «Respuesta a Lucero
1920». Seguía en cuerpo menor, como lema:

Eco ILLE...

Matiz liviano —verso chico—,
mis poemillas. ¡Oh,
qué varillaje de abanico
mil ochocientos treinta y seis!
Hoy, no.
Hoy soy un clown sentimental.
Mi novia es guapa,
y llevo el alma en el ojal
de la solapa.] }


INTERMEDIO DEMOCRÁTICO

LOS CUATRO REYES

(1920)

Rey de bastos, secreta policía,
fuerza bruta, cazurro, campesino,
falo, tahúr, y el estupro que vino
en el papel y el choque del tranvía.

Rey de espadas, ¡oh, rey de infantería!,
rey sargento sin uso palatino,
¡y sin constitución! Yo te adivino
en la Plaza de Oriente: tricromía.

Rey de copas en mangas de camisa,
tú proclamas los versos a la brisa
de mis ralos cabellos otoñales.

Rey de oros. Mi rey. Mondo y lirondo,
rubio, calvo y jovial. Ojo redondo:
¡dórame tibiamente mis cristales!


POEMILLAS DE LA CIUDAD

A Julio-César Cerdeiras

I

EL PROPÓSITO

Las sombras de la tarde se llevaban
un caudal de recuerdos.
Las palabras temblaban en los labios
como si hubiesen miedo.

De la ventana abierta se veían
lejos
sedas cambiantes, aguas de la noche.

De la ventana abierta, el pensamiento
hilaba copos de unas cosas sucias
para un cordón de vida
nuevo
que fuera rojo
-sí-
que fuera rojo
y sano
y recio.

II

CALLE DE ARRABAL

Se me quedó en lo hondo
una visión tan clara,
que tengo que entornar los ojos cuando
pretendo recordarla.

A un lado, hay un calvero de solares;
enfrente, están las casas alineadas,
porque esperan .que de un momento a otro
la Primavera pasará.
Las sábanas,
aún goteantes, penden
de todas las ventanas.
El viento juega con el sol en ellas
y ellas ríen del juego y de la gracia.

Y hay las niñas bonitas
que se peinan al aire libre.

Cantan
los chicos de una escuela la lección.
Las once dan.
Por el arroyo pasa
un viejo cojitranco,
que empuja su carrito de naranjas.

III

LOS CONTADORES DE ESTRELLAS

Yo estoy cansado.
Miro
esta ciudad
-una ciudad cualquiera-
donde ha veinte años vivo.

Todo está igual.
Un niño
inútilmente cuenta las estrellas
en el balcón vecino.

Yo me pongo también...
Pero él va más deprisa: no consigo
alcanzarle:
Una, dos, tres, cuatro,
cinco...

No consigo
alcanzarle: Una, dos...
tres...
cuatro...
cinco...

IV

FIESTA POPULAR

Todas las almas vienen
con la rosa del sol, y con el lirio
de la sombra se vuelven.

-Es inútil que gires, mamotreto,
con tu órgano litúrgico:
no pueden
comprenderte.

-Es inútil, muchacho, que enronquezcas:
«¡De la Fuente del Berro! ¿Quién la quiere?»
No pueden comprenderte.

-Es inútil que frías, viejecilla...
No pueden comprenderte.

Las pobres almas tienen hambre y sed.
Pero no pueden
comprenderos,
comprenderse.

Todas las almas vienen
con la rosa del sol, y con el lirio
de la sombra se vuelven.

V

EL DERRIBO

¡Ay, qué mueca tan triste hace la casa!
¡Pobre, la coja
de la escalera que aún invita a todos!

Ya se le ven las tripas a la alcoba.
El papel rameado que me hizo
tantas veces soñar.

Ahora
ya no me reconoce.
Y yo sabía
punto por punto su emoción.
¡Y yo la
quería tanto cuando niño!

Tan púdica, cerrada, silenciosa,
ahora muestra a la calle sus vergüenzas,
su sexo viejo:
lamentables cosas
por las que el alma
-fango y lluvia tenue-
a un día más azul y claro torna.

VI

LA UNA

La terraza.
En tus ojos
la ciudad se ha dormido.
Acariciamos, tácitos,
palabras que enlazadas diferimos.

De pronto
hablamos y reímos:
la ciudad en tus ojos
despierta sin sentido:
cosas
1905.

Y retiran, borracho, a su cochera,
al último tranvía del Domingo.

VII

LA NOCHE FRÍA Y SERENA DE LA CALLE
DE CARRANZA

Carranza es una levita
azul con botones blancos.
Delante de los estancos
el rojo y gualda tirita.

La escarchada se confita
sobre los desiertos bancos.
Azul con botones blancos,
Carranza es una levita.

Se han retirado los onces
a la cama, pero entonces
pasa renqueando un A ¹,

que mira con aire fosco
al lunático del kiosco
que ha tiempo roncando está.

Tose, expectora y se va.

{ ¹ En la ed. de Espasa-Calpe, 1981, pág. 183, hay esta nota del autor: «Desde
principios de siglo y hasta, aproximadamente, la guerra civil, en la mayor parte
de los tranvías de Madrid el recorrido era designado por un número, y en otros,
de vía estrecha (a los que se les llamaba «cangrejos»), por una letra mayúscula». }

VIII

Racimo de burgueses.
Salidas de teatro.

¿Cuándo
sobaremos el lomo a las palabras
con la mano?

Ando
caído y cojo
y triste
y calvo.

¿Cuándo
romperemos, extáticos, la Luna,
amigo mío, hermano?

IX

VERSOS DE OTOÑO

Esta avenida larga
se te parece.
Hoy, con el Otoño, tiene
tu media luz,
tu carne blanca y tenue,
tu aristocracia
y tu manera de envolverme
con las pestañas largas
en un frío dudoso
y débil.
¡Oh, si pudiera ahora
besarte castamente
la boca roja y dulce
para siempre!

X

VERSOS DE OTOÑO

La tarde
—una mujer amada en el Otoño—
ha enredado sus últimos cabellos
de oro
en los álamos largos.

Mira cómo
se cambia en sombra y seda
—ay, alma mía-
todo.
Mira cómo
se hace quieta la tarde en tus pupilas

—dos novias del Otoño
discreto y
melancólico—.

XI

TARDE

Tarde de sexo ambiguo
con lluvia tenue,
hecha
para quererse
con un amor discreto y renovado
siempre.

Tarde gris de un domingo esfuminado!
Quiere
el alma compañía;
los ojos, luz de lámpara;

y, a veces,
busca la mano
el tacto de otra mano.

Heme
aquí, en esta tarde de domingo,
contando las ventanas que se encienden.

XII

CREPÚSCULO

La noche, monstruo negro, tiene abiertas
sus tremebundas fauces, para
devorar la ciudad multitornátil
que aún de un último sol está dorada.

Y la ciudad no sabe. La ciudad
extática
se mira en una estrella prematura.

Penden al aire las banderas áureas;
un polvoriento batallón retorna
tocando la charanga;
y en los bancos en flor de la glorieta
hay dúos y romanzas
sin palabras.

Y la ciudad no sabe
—¡Ay, la ciudad
extática!—

Y están abiertas ya las fauces negras
que habrán de devorarla.

XIII

MÚSICA CALLEJERA

Él toca. Ella canta. El músico, ciego.
Víolín cansado Cantora preñada,
de peregrinar, cara variolosa,
voz turbia y agraz.
Balcones abiertos.
Tarde de domingo
—Domingo redondo
y bobalicón—.
El cobre, roñoso,
era un luis, dorado
a un hilo de sol.
El libróte, abierto; Chirirí-riraro
la pipa, encendida; tirarí-rirera.
tarde estudiantil. ¡Pobre vïolín!

Sombra vïoleta,
café de la esquina,
dormida ciudad.
¡Vïolín mugriento,
vïolín cansado
de peregrinar!


VERSOS A LA NOVIA

I

VIENES

Mi alma te espera en el silencio:
vienes.

Pero las rosas se marchitan.
Y el alma, ausente de las cosas próximas,
por la ventana mira
al campo que noviembre, amarillento
ha puesto ya:

por entre dos colinas
baja la senda que te trae de lejos,
novia, rubia de otoño, novia mía.

II

La chair est triste, helas!
et j'ai lu tous les livres.

Amadas que no tuve me han trenzado
la vida entre los libros.
Y danzaban desnudas en las letras.
Ahora, todas se han ido.

Viene
tu corazón pequeño y encendido.
Ay, mi mano no sabe acariciarlo
sino
con las palabras tristes
y secas que ha aprendido.

III

LA ESPERA

Oh, no... nada...
Podías... sí.—
(Las flores
velaban en el vaso; el libro, abierto,
—precisamente— por la misma página.
Desde el balcón se oían los secretos
del jardín, misterioso como un alma.)

—Tienes razón: el alma, un poco triste.—
(Un momento pasó la Luna. Vino
un airecillo fresco. Ya cantaban
los gallos matinales. Y la fuente,
menuda, grano a grano, goteaba.)

—Pero, mira: ¿llorar?, no... ¡si no lloro!-

(Y en el claro silencio de la noche,
la lámpara amarilla te esperaba.)

IV

Novia, si eres triste, novia;
novia, si eres triste, mía:
toma la estrella pequeña
de mis poemillas.

Mira, me la dio mi madre,
porque ya era bueno, un día...
Y yo la puse en mis versos...
¡pues te la regalo, mira!

Novia, si eres triste, novia.

V

EL PASEO

Los bonitos
juegos de luz de la calle!
Las palomas que vuelan,
las ventanas que se abren.

El airecillo helado,
el día azul, el viento
frío.
¡Cómo tu corazón
va con el mío

como mi corazón va con el tuyo
por esta gracia plenirrítmica
del mundo!

VI

¡Qué sutil gracia
tiene tu amor, Amada!

Hoy las rosas eran más rosas
y las palomas blancas, más blancas,
y la risa del niño paralítico
del paseo de invierno estaba

suspensa, quieta, azul y diluida
para ti y para mí.

¡Qué sutil gracia
tiene tu amor, Amada!

VII

EJEMPLOS

Todas las cosas vuelven a la causa.
Y la matriz del mundo
indefinidamente se fecunda.

Este olor de hoja húmeda
volverá a la hoja húmeda.

La risa
tuya
se enredará un momento entre mis manos
y volverá a la gracia, a la blancura.
Dejándome el anillo de promesas:
una
castidad que está triste en estas manos
sucias.

VIII

MADRIGA L DE LAS ONCE

Desnudas han caído
las once campanadas.

Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando ¹ encima.

La mañana
ha roto su collar desde la torre.
En los troncos, se rascan las cigarras.

Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.

{ ¹ «rezongando» en la ed. original y en Poemas escogidos, pág. 20. }


VARIOS POEMAS SIN IMPORTANCIA

EXPLICACIÓN ACTUAL

A Juan Chabás

Yo soy un clown sentimental.
Mi novia es guapa.
Y llevo el alma en el ojal
de la solapa.

{ [Es la segunda mitad del lema de «Respuesta a Lucero 1920» en
Nueva Etapa, con la variante «Yo» por «Hoy».] }

I

FANTASÍA, RECÓGEME...

Fantasía, recógeme
y llévame al asilo de incurables.

Yo soy un pobre loco y sólo quiero
un jardín con su tapia de ladrillos
y un rayito de sol.

II

Ha mucho no doy cuerda
al corazón.

Ya se han enronquecido
los registros
de mi voz.

Y ahora, mudo,
solitario,
cara al sol,
hago tristes piruetas
y acompaso la cadencia interminable
con el asma
de mi viejo acordeón.

III

ROMANZA SENTIMENTAL

Romperemos, extáticos, la Luna
en el cristal del agua.

Romperemos, extáticos, la Luna
blanca,

diciendo: «¡Vete ya, que te cantaron
bastante! ... ¡Anda!»

Romperemos, extáticos, la Luna
en el cristal del agua,
y ella
—la pobre—
seguirá besándonos,
redondita, burguesa y empolvada.

IV

RECUERDOS DE VIAJE

Hora de viaje.
Sala de espera. Asiento
frío. Inquietud. Postura.

Traje
un memento
de amargura
—que aún me dura—.

«Las tierras salgüerosas,
bajo el cierzo.
Y el corazón sobre las cosas,
en scherzo.»

(Me ataca
al corazón
el traca-tracatraca
del vagón.)

¡Ay, pescador de lunas que yo fui!
... Y traje este cansancio
y este aire rancio
y ...

V

En tu gran bolso perfumado
—¡oh, la mujer de ojeras incoloras!-
te lo llevaste.

Devuélveme lo poco que tenía.

Mi almita blanca se murió de pena.
Mi enano feo, cada vez más feo
está.
Dámelo... Sí...

Mira, a ti
—la verdad-
solo te sirve
para llevarlo
en tu gran bolso perfumado.

VI

MOTIVO VIEJO Y SENTIMENTAL

Don...!
Din...!
Dán...!

Doblando las campanas van.
¿Adonde irán?

—Din...!
Dán...!
Dón...!—

Doblan en mi corazón

—Dón...!
Dán...!
Din...!—

colorado y chiquitín.

VII

GOTA PEQUEÑA, MI DOLOR

Gota pequeña, mi dolor.
La tiré al mar.
Al hondo mar.
Luego me dije: «A tu sabor,
¡ya puedes navegar!»

Mas me perdió la poca fe...

La poca fe
de mi cantar.
Entre onda y cielo naufragué.

Y era un dolor inmenso el mar.

VIII

TARDE

Está el alma tranquila
y la tarde desnuda tiene una luz rosada.
El padre Sol vigila
—inútilmente, pues no ocurre nada—.

Mi alma está de alivio
luto, y tiene una gracia interesante
mientras el aire tibio
la empuja, sin timón, hacia adelante.

Y bien vale la pena
de dejarse llevar, así, al azar...

Que toda playa es buena
y... no tengo interés en navegar.

IX

VOZ NUEVA Y AFLAUTADA

Callada
de motivos eternos
mi voz se va!

A lo lejos
aún hay días alegres
—las piedras del sendero
cuando brillan al Sol—.

Yo quiero
cantar con mi voz nueva,
ponerme mi casaca,
tantear el pandero
y hacer las piruetas
graciosas.

Sí. Yo quiero.


MAÑANA LENTA Y VIAJE { título de esta sección }

MAÑANA LENTA

Mañana lenta,
cielo azul,
campo verde,
tierra vinariega.
Y tú, mañana, que me llevas.
Carreta
demasiado lenta,
carreta
demasiado llena
de mi hierba nueva,
temblorosa y fresca,
que ha de llegar —sin darme cuenta—
seca,
—sin saber cómo—
seca.


VIAJE

... Cabellera era de trenes
la tarde. Y era una sed
de rutas la mar salada.

Y a mi corazón le dije
—como a un perro—:
«¡Vamos! ¡Hala!»

... A mi corazón, que estaba
latiendo y llorando, sordo,
sobre la tierra desnuda
y desolada.

Puerto de Dieppe, 1923

{ Ohe, jam satis est, ohe libelle! }



OSCURA NOTICIA

{ A dos muertos queridos:

Miguel de Unamuno
Antonio Machado }


SUEÑO DE LAS DOS CIERVAS { título de esta sección }

SUEÑO DE LAS DOS CIERVAS

¡Oh terso claroscuro del durmiente!
Derribadas las lindes, fluyó el sueño.
Sólo el espacio.

Luz y sombra, dos ciervas velocísimas,
huyen hacia la hontana de aguas frescas,
centro de todo.

¿Vivir no es más que el roce de su viento?
Fuga del viento, angustia, luz y sombra:
forma de todo.

Y las ciervas, las ciervas incansables,
flechas emparejadas hacia el hito,
huyen y huyen.

El árbol del espacio. (Duerme el hombre.)
Al fin de cada rama hay una estrella.
Noche: los siglos.


CIENCIA DE AMOR

No sé. Sólo me llega, en el venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de Dios; sólo en tus labios, la caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.

¿Eres limpio cristal, o ventisquero
destructor? No, no. sé... De esta delicia,
yo sólo sé su cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.

Yo no sé si eres muerte o si eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.

Junco en el agua o sorda piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.


DURA LUZ DE MUERTE

La muerte no tiene pasos
cautelosos, ni guadaña.
La muerte es la luz. ¡Qué honda
la luz del verano, amada!

¡Cómo se adensa en los huertos
que con la siesta se inflaman!
¡Cómo lo saben las rosas!
Botón que nace, lo canta.

¡Qué profundidad de luz!
Masa de plomo inflamada,
sobre el sueño de la vida,
¡cómo pesa, cómo amaga!

¡Cuánta sombra en un verano,
en luz de un verano! ¡Cuánta
muerte en esa comba fúlgida,
inexorable, diáfana!

Igual que un can acosado ¹,
mi corazón late en ansia

{ ¹ Igual que un perro acosado (en Poemas escogidos, pág. 63). }

—caliente bullir de tierra—
sobre tierra, bajo el ascua

del cielo. Del cielo absorto
—rosa de cristal extática—
que va a estallar en estrías
de luz. ¡Tente, luz, aguarda!

¡Dura tierra, madre tierra,
protégeme con tus ramas,
encántame con tus flores,
diluyeme entre tus aguas!

Porque aún tiene sombra el álamo
y flores hay en la zarza,
y el agua aún brota, y dos ojos
mudos —ay, amor— me hablan.

... Mas, aristas de la tarde
ya se astillan en cal ardua:
fuegos de bronce, clarines
híspidos, candentes lanzas.

¡Por el hondón de mi angustia,
trompeterías de caza!:
yertas almas, por oteros,
huyen, huyen hacia nada...

¡Piedad! ¡Aléjame, tierra,
mi destrucción; mira, aún cantan
los pájaros junto al cauce,
trémulo el viento en las cañas!

En las hojas de los álamos
—si es que tiemblan, si es que paran-
hay entre juegos de brisa
un frenesí de esperanza.

Y, amor, en tus tristes ojos,
¡qué tierna luz tamizada,
cómo me llama la vida,
qué imperiosamente llama,

mientras deshila la acequia
—cañaveral, arpa y flauta—
su dulce engaño de música,
su piadoso engaño! ¡Gracias,

cauce, amor, árboles! Niña,
mi frágil vida, acunadla
como a una hojita pequeña,
como briznilla de nada.

¡Que duerma bien! Que no vea
cómo, soturna, prepara
esos funerales ocres
la fosca luz acerada.


AMOR

Primavera feroz. Va mi ternura
por las más hondas venas derramada,
fresco hontanar, y furia desvelada,
que a extenuante pasmo se apresura.

Oh qué acezar, qué hervir, oh qué premura
de hallar, en la colina clausurada,
la llaga roja de la cueva helada,
y su cura más dulce, en la locura.

Monstruo fugaz, espanto de mi vida,
rayo sin luz, oh tú, mi primavera,
mi alimaña feroz, mi arcángel fuerte.

¿Hacia qué hondón sombrío me convida,
desplegada y astral, tu cabellera?
¡Amor, amor, principio de la muerte!


A LOS QUE VAN A NACER { título de esta sección }

A LOS QUE VAN A NACER

¡Cuan cerca todavía
de las manos de Dios! ¿Sentís su aliento
rugir entre los cedros del Levante?
¿Hay en vuestras pupilas rabos de oro,
vedijitas, aún, incandescentes,
de la gran lumbrarada creadora?
¿O fraguasteis, tal vez, en su sonrisa
—sonrisillas de Dios, niños dormidos—
y juega en vuestras salas,
niño eternal, gran inventor de juegos?
Oh, vosotros le veis, seres profundos,
y saltáis en el vientre de la madre.

¿Qué peces de colores
os surcan, aguas del dorado sueño?
¿Qué divinos esquifes
—juguetes sin engaño—-
cruzan el día albar de vuestro cauce?
¿De qué extraña ladera
son esas pedrezuelas diminutas
que bullen al manar de vuestras aguas?
Oh fuentes silenciosas.

Oh soterradas fuentes
de los enormes ríos de la vida.

Seréis torrente en furia
que va a rodar al páramo. Seréis
indagación y grito sin respuesta.
Ay, guardad esa luz estremecida.
Ay, refrenad el agua,
volved al centro exacto.
Ay de vosotros.

... ¡Ay de esos cieguecitos
de leche no cuajada,
de tierna pulpa vegetal, dormida!
¡Ay, copos de manteca,
que hacia el mercado vais —de sus ordeños
modelados por Dios, aún en su música,
con las gotas aún de su rocío—
entre las verdes hojas de los úteros!


MANOS

Manos, interjecciones en el día,
punzón de la palabra, roedoras
del cadáver del viento, exploradoras
de su mansión de alada geometría.

Manos palpantes, que en la sombra fría,
a seno, mármol, flor doráis las horas,
evocando a otra luz, desveladoras,
la atónita belleza, que dormía.

Manos que a pleno sol vais nocherniegas,
garzas entre la bruma del instinto,
frenesí de expresar lo zahareño.

Manos, tristes de tacto; lindes ciegas
de nuestro melancólico recinto.
Oh torpes manos, límites del sueño.


DESTRUCCIÓN INMINENTE

A UNA RAMA DE AVELLANO ¹

¿Te quebraré, varita de avellano,
te quebraré quizás? Oh tierna vida,
ciega pasión en verde hervor nacida,
tú, frágil ser que oprimo con mi mano.

Un chispazo fugaz, sólo un liviano
crujir en dulce pulpa estremecida,
y aprenderás, oh rama desvalida,
cuánto pudo la muerte en un verano.

Mas, no; te dejaré... Juega en el viento,
hasta que pierdas, al otoño agudo,
tu verde frenesí, hoja tras hoja.

Dame otoño también, Señor, que siento
no sé qué hondo crujir, qué espanto mudo.
Detén, oh Dios, tu llamarada roja.

{ ¹ Añadido como subtítulo en Poemas escogidos, pág. 68. }


SOLO

Como perro sin amo, que no tiene
huella ni olfato, y yerra
por los caminos...
ANTONIO MACHADO.

Hiéreme. Sienta
mi carne tu caricia destructora.

Desde la entraña se elevó mi grito,
y no me respondías. Soledad
absoluta. Solo. Solo.

Sí, yo he visto esos canes errabundos,
allá en las cercas últimas,
jadeantes huir a prima noche,
y esquivar las cabanas
y el sonoro redil, donde mastines
más dichosos no ignoran
ni el duro pan ni el palo del pastor.

Pero ellos huyen,
hozando por las secas torrenteras,
venteando luceros, y si buscan
junto a un tocón del quejigal yacija,
pronto otra vez se yerguen:

se yerguen y avizoran la hondonada
de las sombras, y huyen
bajo la indiferencia de los astros,
entre los cierzos finos.

Oh, sí, yo tengo miedo
a la absoluta soledad.
Miedo a tu soledad. Sienta tu garra,
tu beso de furor. Lo necesito
como un perro el castigo de su amo.
Mira:
soy hombre, y estoy solo.


NOCHE

Pozo de alto bullir —escalofríos
y hervores de tus fuentes azuladas—,
que, en pulular de estrellas enjambradas,
riegas a Dios sus lóbregos baldíos:

aún hay más noche en los veneros míos,
donde las aguas rugen represadas,
más lívidas estrellas derramadas,
más turbias nebulosas, más vacíos.

Acaso tú, al brocal de tu ancho cielo,
entre mis negras aguas de amargura
miras mi torpe rebullir lejano.

Yo interrogo a tu abismo desde el suelo.
Oh doble pozo oscuro. Oh doble hondura.
Tú, pozo sideral; yo, pozo humano.


TORRENTE DE LA SANGRE

¡Ceja, testuz fatal! ¡Cómo te siento,
furibundo, embestir contra mis sienes!
Ciega bestia en acoso, ¿por qué vienes
contra el dique a romper de tu aposento?

¿Qué frenesí te acucia? Ese lamento
mugidor, di, ¿por qué? ¿Por qué, si tienes
mis más dorados días en rehenes
y en prenda un corazón que fue del viento?

Árbol de pulpa roja, arrebatado
del huracán de mi secreta mina,
por donde en sombra rompes tu camino;

árbol, cual yo, torrente despeñado,
ciega bestia, cual yo. ¡Mi ángel de ruina!
¡Oh ciclón de mi propio torbellino!


MÁS AÚN

¡Más, más, ya sólo leño crepitante,
aventada ceniza!
Aniquila, disuelve, incendia, oh furia.
¿Inundación, volcán, viento te llamas?

¿Te llamas lenta suavidad de agosto,
si, al fin, la luz, extenuada, afila
su bauprés hacia música, hacia aroma?
Adelgaza mi vida como el cauce,
ya lámina de mica, transparente,
agua sorbida por el gran estío,
sólo arena dorada.

Si soy arena,
lija, líjame bien: iré desnudo,
sólo arena desnuda, hasta el gran viento
donde tus siglos rugen.

Si soy ceniza,
acendra más aún: sea impalpable,
y cuando me proyectes contra el muro,
no deje huella (Sólo ya recuerdo.)

Oh sí, hiéreme aún más, deshazme, sea
una ausencia, un vacío:
sólo recuerdo,
sólo recuerdo tuyo.
Y duerma en tu recuerdo el sueño largo,
oh, tú, sin nombre.


ORACIÓN POR LA BELLEZA DE UNA MUCHACHA

Tú le diste esa ardiente simetría
de los labios, con brasa de tu hondura,
y en dos enormes cauces de negrura,
simas de infinitud, luz de tu día;

esos bultos de nieve, que bullía
al soliviar del lino la tersura,
y, prodigios de exacta arquitectura,
dos columnas que cantan tu armonía.

Ay, tú, Señor, le diste esa ladera
que en un álabe dulce se derrama,
miel secreta en el humo entredorado.

¿A qué tu poderosa mano espera?
Mortal belleza eternidad reclama.
¡Dale la eternidad que le has negado!


LA MUERTE { título de esta sección }

LA MUERTE

Sombra fue esa creciente de ternura,
que te ciñó como las aguas altas
cuando buscan apoyo las espigas.
No la temas. Los vientos han cedido.

¡Volar, sentir la soledad de un sueño!
¡Pasar sin roce por las mismas aguas
donde, sueño también, antes bogábamos!
Oh, mirar aquel cielo... aquellas eras... ¹
aquella luz punzante... cuando niños:
corrían hacia el álamo los potros
—¡qué fresco!— matinales... y la hierba...
y el agua oculta para sed de amores.
¡Volar a contrarrío hasta las fuentes
más cálidas: su mano y aquel beso!
¡Volar, sentir la irradiación de todo
y el centro riguroso de la vida!

... Cuando la enorme fuerza nos arrastra,
cuando la fría máquina sin sangre
hacia otro sol más fuerte nos inmola.

{ ¹ Llegar hasta aquel cielo... aquellas eras... (en Poemas escogidos, pág. 74). }


CORAZÓN APRESURADO

A Eusebia Oliver

Ay, raudo corazón, cómo me hieres
con tu batán de mazas voladoras.
¿Qué torcedor, qué furias destructoras
mandan que hacia tu ruina te aceleres?

¿Es engaño, tal vez? ¿Es que tú quieres
densar mi vida, enriquecer mis horas?
No me darás más astros, más auroras,
no más placer, por más veloz que fueres.

Mira que huyes del tiempo, cuando huyes.
Pediste plenitud: la muerte pides.
No el tiempo, sí mi tiempo condensabas.

Ay, ciego corazón, tú te destruyes
al medir; tú destruyes lo que mides.
Veloz, antes me acabas y te acabas.


SUEÑO DE LAS DOS CIERVAS

(CONTINUACIÓN)

... El árbol del espacio. Duerme el hombre.
Al fin de cada rama hay una estrella.
Noche: los siglos.

Duerme y se agita con terror: comprende.
Ha comprendido, y se le eriza el alma.
¡Gélido sueño!

Huye el gran árbol que florece estrellas,
huyen las ciervas de los pies veloces,
huye la fuente.

¿Por qué nos huyes, Dios, por qué nos huyes?
Tu veste en rastro, tu cabello en cauda,
¿dónde se anegan?

¿Hay un hondón, bocana del espacio,
negra rotura hacia la nada, donde
viertes tu aliento?

Ay, nunca formas llegarán a esencia,
nunca ciervas a fuente fugitiva.
¡Ay, nunca, nunca!


COPLA

La copla quedó partida.
No la pude concluir.
Y era la copla mi vida.

(Morir, palabra dormida,
¡cómo te siento latir!)

Bien templado el instrumento
y a medio giro el cantar,
llevóse la copla el viento

(¡vida, cantar soñoliento!),
y no la pude acabar.


ESTAMPAS DE PRIMAVERA

(1919-1924)

CHOPO DE INVIERNO

Huso de la hiladora,
a la mañana blanca y nueva,
chopo desnudo y fino:
entre la niebla,
hilas ropas de boda
para la Primavera.

Un arroyito claro
te lame el pie: se lleva
el hilillo que hilas
de tus copos de niebla;
el hilillo que hilas
y que se va cantando
entre la hierba
fresca.


RONDA IBÉRICA

Rasga la copla
y sopla el ventarrón.
—«Madre, los quintos son.»

«Si juera más alto el cielo...»

Envuelta en un remolino
—blanca, la luna redonda—
agria de guitarra y vino,
va la ronda.


A DON MIGUEL DE UNAMUNO { título de esta sección }

A DON MIGUEL DE UNAMUNO

(Entre preocupaciones y palabras
como suyas.)

1. TIERRA DE ESPAÑA

¡Ese vuelo de palomas
que cruzan sobre el pinar!
Lejos, se disuelven lomas
en tierras de pan llevar.

Brizna a brizna, redondea
la eternidad su honda hormaza,
y Dios en la luz se crea,
dorando al mundo su hogaza.

Sobre la tierra caliente
busca mi carne raíz,
su raíz mortal, y siente
un palpitar de matriz.

Raíz de España. ¡Amargura
que eres de miel! ¡Torcedor
de mi vida! ¡Calentura
de mi verano! ¡Mi amor!

¡Tierra que vas a los mares
de sola tu luz vestida,
temblorosa de cantares!
¡Ay madre, ay novia querida!

¡Ay dura tierra de roca
sin paúl y sin chortal!
¡Muera besando mi boca
tu gran vientre maternal!

2. ÉL

¿Hablaba yo? Di, ¿no era
tu voz que el viento traía
de una turbia torrentera
que en altas nubes rugía?

Mi cuerpo y tú. Sí, te siento.
Hay algo en la luz cruel,
de tu duro pensamiento,
de tu garra, don Miguel,

que aún lucha con Dios, por donde
en la impasible barranca
azul, sus torres esconde
tu celestial Salamanca.

Y esas palomas zuritas
que se abatieron al llano,
¿no eran quizá pajaritas
que caían de tu mano?

Llueve, llueve luz huraña.
Tú y Dios. A solas los dos,
sígueme pensando a España,
sígueme pensando a Dios.

3. ORACIÓN DE LA TIERRA

Un zureo de palomas
en el rebol de los pinos.
Grises lomas, ocres lomas.
Divagación de caminos.

Humean las lejanías
su turbio mosto de bruma;
rezan las tierras baldías:
hasta la roca rezuma.

Cuenco de tierra machorra,
¡yelda, yelda tu oración
con sopores de modorra,
calofríos de cición!

Reza la tierra de España,
reza el yero y el esparto,
y la garduña y la araña,
y el alacrán y el lagarto.

Reza el monte y la llanía,
y lejos, lejos el mar.
¡Escucha, oh Dios, su agonía!
¡Oh Dios, oye su clamar!

Hombre, soturna alimaña,
al sordo rezo me uno.
¡Ruega también por tu España,
mi don Miguel de Unamuno!


MUJERES { título de esta sección }

MUJERES

Oh blancura. ¿Quién puso en nuestras vidas
de frenéticas bestias abismales
este claror de luces siderales,
estas nieves con sueño enardecidas?

Oh dulces bestezuelas perseguidas.
Oh terso roce. Oh signos cenitales.
Oh músicas. Oh llamas. Oh cristales.
Oh velas altas, de la mar surgidas.

Ay, tímidos fulgores, orto puro,
¿quién os trajo a este pecho de hombre duro,
a este negro fragor de odio y olvido?

Dulces espectros, nubes, llores vanas...
¡Oh tiernas sombras, vagamente humanas,
tristes mujeres, de aire o de gemido!


TORMENTA

(1926)

PAUSA

Pausa, espantosa pausa
de párpados de plomo,
tromba dormida al aire,
pompa de paños, polvo,

donde irrumpen frenéticas
cien mil cristalerías
de fábricas de viento,
que el huracán derriba,

y un martillo de sangre
—¡cío!— que estrangula a pausas
—¡morir!— las simas súbitas
—silencio— de la ráfaga.


EL INDIFERENTE

Batientes en sus goznes,
de tierra aún, los sueños,
en tanto desamparo,
los ojos dan, abiertos,

a esquilas amorosas,
resabios de ganado,
que aún tiemblan si es que gime
al cobijo del álamo:

del álamo implacable,
pastor sutil del viento,
a esquilas de estos sotos
—¡belleza suya!— ciego.


PROFUNDIDAD

Cavernas que a la rosa
se asoman de los vientos,
si las persigna el rayo,
¿augurio de bostezo,

profundidad? No; dime,
tu centro inviolable
¿hacia qué aurora extática,
rosa sin viento, late?

Mas callarás. E incógnito
—cavernas, bajo el rayo—
el corazón del mundo
late en la sombra, tácito.


BURLA

A J.B.

Por las praderas hondas,
avizor y azoradas
—oh ciervas en huida—
las ideas se escapan

con tan ligeros pies,
que si se abate el rayo,
raptor del alto cielo,
no encuentra más que campo:

paréntesis de cauce,
asomos de colina,
árbol agudo, huella
de pie veloz: sonrisa.


CAMINANDO DE NOCHE ¹

Son árboles sedientos,
cabelleras en súplica,
que van la loma arriba,
tras la belleza última,

y el huracán repela
por la ladera abajo
hasta las quiebras hondas ²
—oh vida— del barranco.

Son árboles que buscan,
en soledad y viento,
lo que tú buscas. ¡Huye,
oh caminante negro!

{ ¹ NOCHE (en Litoral).
² Hasta los senos lóbregos (Ibid.). }


LA FUENTE

Agua de roca en valle,
hay una voz que canta.
Lebreles de ventisca
tal vez a oírla paran.

Tal vez la orilla trémula
de la canción rozando,
flamígeros la abrasan
o nos la niegan ávidos.

Mas tú, canción, no cesas.
Muertos y en sed, igual
has de fluir, oh fuente,
belleza perennal.



POEMAS INTERMEDIOS


DAFODELO ORIGINAL

DAFODELO ORIGINAL (DAFFODIL)

Primero fue lo amarillo,
antes que la rosa y que el lirio.

Primero fue la tristeza
del amarillo elemental
y antes que toda la belleza
mortal.

Y aquella tarde verdadera
(aún sin la curva azul del cielo)
sostuvo la creación primera,
triste y enorme, un grácil dafodelo.

Sí, primero fue lo amarillo,
antes que el rojo de la rosa y que el blanco del lirio.


LA FUENTE GRANDE O DE LAS LAGRIMAS (ENTRE ALFACAR Y VÍZNAR)

Mi corazón reposa junto a la fuente fría.
(F. G. L.)

Ay, fuente de las lágrimas,
ay, campos de Alfacar, tierras de Víznar.
El viento de la noche,
¿por qué os lleva la arena, y no la sangre?
¿por qué entrecorta el agua cual mi llanto?

No le digáis al alba vuestro luto,
no le quebréis al día su esperanza
de nardo y verde sombra;
pero en la noche aguda,
segada por el dalle de los vientos
que no olvidan, llorad, llorad conmigo.

Llora, tú, fuente grande,
ay, fuente de las lágrimas.
Y sed ya para siempre mar salobre,
oh campos de Alfacar, tierras de Víznar.


RETRATO

Bajo la frente marchita,
sobre la fría mirada,
la palabra estaba escrita:

triste, profunda, velada,
vieja cisterna de un mundo,
de grave losa sellada.

En el silencio rotundo,
sólo a veces se cernía
su gesto meditabundo:

una burbuja en la fría
hez de los siglos, al fondo,
pausadamente se abría,

flotaba un punto en el hondo
mirar... Se desvanecía.


A UNA HABITACIÓN

Prisión de cal y de canto,
ataúd de piso y techo,
anclado en la cruz exacta
de los espacios y el tiempo,
en mar de campos, marina
de horas mansas, tierra adentro.

Seis planos pulcros velaban
un corazón volandero
(puerta patente a la vida,
ventana abierta al ensueño)
y una lámpara soñaba,
dormida en la noche, puerto.

Desarraigado de tí,
por mar, por tierra, me muevo.
Por forma y luz: hondo tajo
de olvido, que cruza el tiempo,
puente, roto hacia mi vida,
de orillas de tu recuerdo.

Que, aguas azules, los días
te irán los muros lamiendo,
y un viento frío —el espacio—

te impele, navio muerto,
a medida que tu carne
rasgo, mi tierra, y me alejo.


ÁRBOL SECO

¡Oh genio de la tierra! ¿Pides auxilio al cielo?
¿A qué cielo? Tus brazos, sordamente cautivos,
¿qué imprecación extática, qué enorme desconsuelo
elevan hasta el ámbito de los espacios vivos?

¡Gemidos en la noche! ¡Dolor, dolor! Un lago
de atormentada pausa: torva tierra desnuda.
Y surges en las sombras, como un fantasma aciago,
tú, desolado grito de nuestra eterna duda.

Nadie te oirá...
Lejana palpitación de un frío,
débil polvo de estrellas: de estrellas asustadas.
Huyen eternamente, por el hondón sombrío,
hacia las aguas vivas, las corzas azoradas.


MUERTE APLAZADA { título de esta sección }

MUERTE APLAZADA

Tarde sin una flor. Lento camino.
La llanura incendiaba sus retamas.
Ululaban al fondo
las feroces jaurías del verano.

Ay, ¿por qué, cuando crujen los sarmientos
de la fiebre, tal vez se abren recónditas,
diáfanas salas
de dulce aroma o brisa?
¡Tersa visión de paz! ¿La calentura
te trajo hasta mis ojos? ¿Fuiste un sueño
del viento de la siesta, creador?

Tras una curva de la senda, surge
la verja de un jardín. Franca, la puerta.
Es un hervor de pájaros, un sollozar de fuentes;
dentro, la verde luz extraña.
Altas llamas de sueño ensombrecido,
los cipreses agudos
cimbrean levemente
la flecha exacta contra el denso azul.
Monstruosas flores,
flores de otras laderas,
exhalan grueso aroma,
casi carnal.
Y flotan voces laxas,
dulces lamentos y veladas músicas.
Anchísima avenida
en hondura sin tiempo se diluye.

Yo miraba en silencio
la fresca sombra del jardín
(oh quietud, oh perfume letal, oh luz extraña).
Tenía sueño y sed. Un viento inexistente,
torpe querencia, me impelía...
iba ya a entrar...
Dura belleza torva,
ojos de acero y bronce la melena,
me gritó: «No, tú sigue tu camino.»
Y señaló a la tarde.

Ya era un lago de sombra la llanura,
y aullaban a lo lejos
las feroces jaurías del verano.



EL VIENTO Y EL VERSO

(1924)


LA VICTORIA NUEVA

Ésta es la nueva escultura:

Pedestal, la tierra dura.
Ámbito, los cielos frágiles.

El viento, la forma pura.
Y el sueño, los paños ágiles.


VIENTO DE SIESTA

Entrarás hasta el fondo
de mi tienda desierta,
jugando mis palabras con tus rizos;
mi mano, en tus banderas.
Y harás roncar la encina,
enfurecer la hiniesta.
Y harás gemir
la piedra.

Hálito creador,
¡oh rojo viento de la siesta!,
árbol soy, piedra soy —el ancla echada-
destrénzame,
destrénzalas.


ELEMENTAL

Viento y agua muelen pan,
viento y agua.

Y la tierra pone el trigo
y el fuego dora la hornada.

Tierra, fuego,
viento y agua.


MORIR

Por un sahara de nieblas,
caravana de la noche,
el viento dice a la noche
tu secreto.

Y el eco, buho a intervalos,
te lo trae de vuelta, ciego,
—paños de la noche— ciego.

Mundos fríos bajo lunas,
de saberlo a eternidades
y niebla, se están muriendo.

De niebla que poco a poco
te va parando a ti yertos
pies y manos, corazón
—farolillo de tu pecho,
verbena de junio, al río—.

De niebla que un hoyo negro,
engualdrapado de espantos
—¡martillo del eco, viento!—
cuévano de claridades,
sombra, te está construyendo.


EJEMPLOS

La veleta, la cigarra.
Pero el molino, la hormiga.

Muele pan, molino, muele.
Trenza, veleta, poesía.

Lo que Marta laboraba
se lo soñaba María.

Dios, no es verdad, Dios no supo
cuál de las dos prefería.

Porque Él era sólo el viento
que mueve y pasa y no mira.


VIENTO DE NOCHE

El viento es un can sin dueño
que lame la noche inmensa.
La noche no tiene sueño.
Y el hombre, entre sueños, piensa.

Y el hombre sueña, dormido,
que el viento es un can sin dueño ¹,
que aulla a sus pies tendido,
para lamerle el ensueño.

Y aún no ha sonado la hora.

La noche no tiene sueño:
¡alerta, la veladora!

{ ¹ que el viento, un perro sin dueño, / aulla, a sus pies tendido, (en Poemas
escogidos, pág. 31). }


EL NIÑO Y LA COMETA

El niño se sonreía
—mano inhábil, ojo atento-
y la cometa en el viento
—su corazón— se cernía.

Ave, cometa de un día,
su corazón soñoliento.
Pues el corazón quería
huir, pero no podía,
pero no sabía, al viento.


PUERTOCIEGO DE LA MAR

Ya se han llevado el mar.
La última casa aún tiene la enseña marinera.
Y las vacas (gabarras en el prado
de la marisma) hacia el ocaso hienden
la tierra crasa, donde
aún hay conchas doradas, caracolas en voz
y una canción marina.

El viento no lo sabe.
En las noches sin luna,
se va a besar el lomo de la ola
dormida sin romper.
Y a rajarse en el mástil
agudo.
Y a preñar el gran vientre de la vela.

Mas...
Se rasga en los cantiles polvorientos
y palpa como un ciego el derruïdo
malecón. Luego extiende su larga lengua y lame
el arenal sediento, palmo a palmo.

Hasta que vuelve
(vela de la llanura, desflecada)
a rascarse en las casas doloridas
del pueblo, en silbos largos,
contra la aurora atónita.


MADRIGAL DE UN PAISAJE HÚMEDO

Aguja del pensamiento,
para esta niña tan rubia
labra un vestidito azul.

Cada puntada es un cuento:
que presta el hilo la lluvia,
la mar en calma da el tul,

y va y se lo pone el viento.


FRAGMENTOS

Viento, presencia del espacio, oh frío,
geométrico impulso, tú, el más ágil
y puro de los monstruos que nos pueblan
nuestra vida, de formas y portentos.
Oh viento, varïable cual la vida,
dulce como el amor, o lacerado
como el odio.

Danzante sin dulzaina,
torillo arrollador de los trigales
cuando en verde ondear los terciopelas;
cristal sin vidrio, pensamiento sólo,
más puro que tu hermana el agua, y libre
que tu novia la luz: ¡diáfanas bodas!

... Oh viento, variable cual la vida.
Viento en la noche, lleno de presagios,
mano de horror, arista de la muerte.
Tú amontonas fantásticas Groenlandias
álgidas sobre el sueño de la tierra,
y silbas por la densa pesadilla
del durmiente, tú, viento de la noche.

Espíritu del mal, genio sombrío,
viento que traes de las estrellas últimas
las solitarias hebras enredadas,
y las haces gemir entre los árboles...


VIDA

Entre mis manos cogí
un puñadito de tierra.
Soplaba el viento terrero.
La tierra volvió a la tierra.

Entre tus manos me tienes,
tierra soy.
El viento orea
tus dedos, largos de siglos.

Y el puñadito de arena
—grano a grano, grano a grano-
el gran viento se lo lleva.


CANCIONCILLA

Otros querrán mausoleos
donde cuelguen los trofeos,
donde nadie ha de llorar,

y yo no los quiero, no
(que lo digo en un cantar)
porque yo

morir quisiera en el viento,
como la gente de mar
en el mar.

Me podrían enterrar
en la ancha fosa del viento.

Oh, qué dulce descansar,
ir sepultado en el viento,
como un capitán del viento;
como un capitán del mar,
muerto en medio de la mar.


A UN POETA MUERTO { título de esta sección }

A UN POETA MUERTO

I

Dime, ¿te encuentras bien junto a esas flores?
Has muerto, y tu silencio nos rodea:
un enorme silencio (ayer, palabras
mágicas, invasoras profecías).
Hoy tu callar, redondo, nos envuelve
como un agua nocturna, ya sin aves,
como forma sin forma, como un vaho,
un desasido vaho en luz difusa.
¿Qué fue de tu árbol ágil, todo viento?
¿Qué fue de ti, gallarda cresta viva?

Tu tierno ardor, que coronaba el éxtasis,
¿cristalizó en quietud? ¿Cómo cesaron
de expresar la belleza más intacta
tus manos, cazadoras de tesoros,
tus dos manos en búsqueda frenética?
Ese tu claro sueño desvelado,
profunda cabellera de la noche,
¿por qué espacios se irradia transparentes
o en qué turbio torpor de nebulosa
se congeló? Y aquella norma oscura
que encadenaba en música palabras,
¿qué números impone a las estrellas,
qué ley al Sol, qué signos a lo extenso?

Un enorme silencio nos circunda:
un mundo en omisión, un gran sudario.
¿Has muerto, di? ¿Te sueño yo, en la muerte?
El agua del espejo, más helada,
nos dice la verdad: somos los muertos.
Somos nosotros los perdidos, vamos,
muertos de ti, con luto de tu sombra,
a tientas de tu rastro, dando voces
a una ausencia, preguntas a un olvido.
Vacías estructuras funerales,
oh, cuán inexorablemente, cierran
un horizonte rojo. Nuestra angustia
quiere tu densa voz y tu sonrisa:
vacío, soledad, silencio, sombra.
A una oquedad sin puerta preguntamos,
a un alcázar de pausas, siempre mudo.

Ay hombre de mi sangre. Ay sal de España.
Aceite del olivo era tu verso
y harina y acemite de los panes
y un denso mosto de fervientes cubas
y del espino albar y la amapola
la flor, y del tomillo y la retama.
De mar a mar ya zumban tus cantares.

Pero el verso mejor se fue contigo
a una España del Oro, cuyas torres,
doradas por la gloria, se proyectan,
cúmulos en el día de un verano,
sin ansias, sin ayer: quieto futuro.
Un misterio de luz cela un recóndito
centro de eterna patria incontingente.
Te nos has vuelto a la matriz sombría.
De su más virgen vena soterraña
manabas, y, alumbrado, fuiste forma:
signo de un día, eternidad profunda.

Y ese más bello canto que contigo
a la entraña se fue de la armonía
donde en amor se buscan las estrellas,
será pauta de músicas veladas,
reverterá sobre los campos nuestros
al ritmo de la nueva sembradura,
flameará en poetas solitarios,
atónitos, de pronto, a alto sentido,
y cantará en la sal de nuestros mares,
eterno en ti, sobre mi España eterna.

II

Los muertos más profundos,
aire en el aire, van.
JORGE GUILLÉN.

Dinos, ¿te encuentras bien junto a esas flores?
Te miro en un paisaje al claroscuro,
por lentas avenidas solitarias,
en las que Dios con alas invisibles
roza apenas las copas de los árboles.
¿Adonde va, poeta, ese camino?

Hacia la noche lentamente avanzas.
Voy en tu alcance. En vano intento asirte:
viento no más entre mis brazos, sombra.
Te llamo, y un momento te detienes
como si recordaras de un espanto,
y vuelves tu noctámbula figura ¹.
¿Me miras? No me ves. Son otras formas
las que en la hondura flotan del aljibe
vago de tus pupilas dilatadas.
Y esa rosa que llevas en la mano
es la rosa del mundo de los muertos.
¡Mírame! ¿No me ves? Yo soy tu amigo.

{ ¹ y vuelves, noche en noche, tu figura (en Poemas escogidos, pág. 44). }

Ahora digo tu nombre. ¿No me escuchas?
¡Óyeme, aguarda!: yo también querría
irme de aquí, contigo siempre, siempre.
... Y te alejas, te alejas deshilándote
en hebrillas de niebla que se funden
por el azul sin luna de la noche.

¿Adonde va, poeta, ese camino?
¿Qué nostalgia te impulsa, qué agonía?
Cruzan navios las oscuras aguas,
caballos al galope por las trochas,
cometas el espacio, ayes el aire,
¿adonde van? ¿Adonde vas, poeta?

Es la hora en que bullen las ciudades
de la ansiedad. Estúpidos cortejos
entre una palabrera algarabía
ventean avizor la prima noche,
como canes hambrientos, y se lanzan
en busca de placer. Monstruosos labios,
Molocs de piedra artificial, devoran
la frenética hilera interminable,
ávida de soñar. (¡Dioses, dad sueño!)

Amarillos luceros taciturnos
desflecan a intervalos la marea
en creciente del odio, entre las horas
estériles. (¡La luz, la hierba, el árbol,
el pájaro, la flor, el verso, el agua!)
Las gárrulas esfinges vocingleras
proponen consignadas profecías
a torvos corazones. Y al conjuro,
en ojos centellea mortecinos ²

{ ² en ojos mortecinos centellea (en Poemas escogidos, pág. 45). }

una ilusión aún. Ávidas manos
se aferran a jirones de la vida.
El prostíbulo brota en carcajadas
y arde en alcohol el árbol de la muerte.

¿Adonde va, poeta, ese camino?
Dios alienta en el aura de la noche,
y tú eres ya vilano de ese aliento.
Los rumbos de los muertos, en la noche,
¿adonde van? ¿Adonde, tu camino?

Un infinito anhelo, una tristeza
irreparable, una querencia oscura,
te arrastra, ¿hacia qué sierras o qué mares?

Bajo un tamiz de lunas en espectro,
se repelan pinadas a las cumbres,
en una fuga pánica; en lo hondo,
macizas sombras atenazan llanto:
agua, triste de noche. La llanura
es un lago de sombra y vaticinio.
¡Efluvios inmortales de un portento,
pausas de expectación, hálito alerta
de ágiles seres surgen de la nada!

Los muertos, en la noche tienen rumbos.

Tristísima nostalgia hacia la carne.
¡Ser, ser, ansia de ser! Angustia, asfixia,
evocación, sin luces, de una ausencia,
arcos de puente, hacia la vida rotos,
¡oh rosas sumergidas, oh los lirios!
El desvaído mundo de los muertos
—¡ser!— quiere ser, y es sólo una memoria.

¿Dónde te lleva tu memoria ausente?
¿Siente quizá tu nada el alto soplo,
las agrias cresterías intangibles
de la sierra de plata, que recoge
de aquella vega (donde aún galopan
sombras de caballeros en algara)
el aroma y la luz dormida? ¿Acaso
te lleva el viento sobre los remates
de tu ciudad, que pueblan maravillas?
Tal vez sube la flor de la ribera
como un vaho hacia ti, y oyes las voces
y las quietas esquilas del ganado
y el cantar de las fuentes; ves tu casa,
la casa de tus sueños cuando niño.
Por la dulce ventana luminosa,
la rutinaria escena de otros días:
ya ponen tus hermanas los manteles;
la menor ahora canta, ahora se queda
pensativa, ahora ríe... (¿Un amor nuevo?)
¡Llegar! ¡Volver!
Pero en la brisa pasas,
y el imposible beso se deshace
en vedijas de aroma entre la noche.

Las horas lentas caen sobre tu olvido.
Y en el estanque, junto a los cipreses,
ni un pliegue, ni una luz.
¡Oh vida! ¡Oh vida!

III

Morir es aspirar una flor nueva,
un aroma que es sueño y nos invade
como un agua densísima. La Noche
acoge dulcemente a los vencidos.

Oh la noche absoluta ³.
Los mortales temblamos a sus luces.
En esas claras horas del insomnio
he mirado sus ojos frente a frente:
es un amor, es un furor de hielo,
es una tromba quieta, sobre un mundo
sin extensión, sin forma, sin rumores.
Una idea de viento huracanado,
como el soplo de un dios posible, surge
del inminente hueco impenetrable.
¡Qué negras cabelleras derramadas,
qué ángulos estériles, qué augurios,
qué entrecortadas nieves, qué siseos!
Tristes aves sin sombra huyen perdidas
por cielos sin espacio. Desasidos
sueños sin soñador dejan estelas
inexistentes. Van con rotas jarcias

{ ³ Oh la Nada absoluta (en Poemas escogidos, pág. 47). }

fantásticos navios, a deshora,
cruzando un mar sin tiempo, proejando
hacia puertos sin nombre. Y en el fondo
del espectral laboratorio gélido,
en el alto alambique, borbotean
tiempo y eternidad.

Oh, no: la Noche
acoge dulcemente a los vencidos.
Tiene amores de madre, y es la madre
adonde vuelve todo lo que vive.
Este gran frenesí siempre en futuro,
este anhelo insaciable de mañana,
por hondos tajos, por ignotas hoces
de sombra y luz, de espanto y de prodigio,
esta angustia de ser que es nuestra vida,
un día rompe el dique y se desborda
sobre el remanso oscuro del reposo
en el lago sin tiempo y sin ribera.
¡Pausas, fragor, susurros! Y la Noche
acoge dulcemente a los vencidos.

Oh qué felicidad, cerrar los párpados
y entregarse a ese beso, el más hermoso
beso de nuestra vida. Oh noche quieta,
mudo testigo de la gran dulzura
en que se adensan nuestros claros días.
Oh gran sosiego, puerta negra al fondo,
cuando miran las pálidas estrellas
benignamente al que cruzó la linde.

Oh muerte, amada de este fiel amante
que es el que vive y en tu busca avanza
para saciarse en ti. Oh muerte, dulce,
leal enamorada y sin engaño:
recibe en tu reposo a nuestro amigo.
Siempre te amó, puesto que amó la vida.
¡Corónale de flores funerales,
mientras aquí esparcimos violetas
y lágrimas sobre una piedra muda!

A ti buscaba aquel sentido ignoto
de sus juegos de niño; a ti, los sueños
turbios de su terrible adolescencia.
Vio el mar, los bosques, las montañas súbitas
sobre lentas llanuras dilatadas;
vio en los cielos las luces temblorosas
de las profundas noches de verano,
y le subía al alma una marea
de deseos oscuros: no sabía
que tú con mudas voces le llamabas.
Y conoció el amor. Vencidos cuerpos
se desplomaban sobre la delicia.
¿Lo fugaz conquistó lo permanente?
Allá abajo, en la veta más profunda
espiaba tu faz inescrutable.

¡Tú, muerte, tú, el amor; tú, en el amigo;
tú, la melancolía, los presagios,
los tímidos avances temblorosos;
tú, los rojos carbones y las llamas;
tú, el espasmo dulcísimo; tú, oculta
amante, único amor, eterna amante!
Amó. Gritaba: «¡Vida! ¡Más, más vida!»
¡Amor, amor, principio de la muerte!

¡Terrible diosa de ojos dulces, sácialo!
Ya es sólo para ti: ya siempre tuyo.
Siempre. Ya es inmortal, ya es dios, ya es nada.



HIJOS DE LA IRA

DIARIO ÍNTIMO

A Emilio García Gómez
por su amistad: gracias

{ ...et eramus natura filii irae
sicut et ceteri...

EPHES., II, 3 }


INSOMNIO

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en
este nicho en que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los
perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando
como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de
la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole
por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en
esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente
en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra
podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?


LA INJUSTICIA

¿De qué sima te yergues, sombra negra?
¿Qué buscas?
Los oteros,
como lagartos verdes, se asoman a los valles
que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean, abiertos, los rebaños,
mientras la luz palpita, siempre recién creada,
mientras se comba el tiempo, rubio mastín que duerme a
las puertas de Dios.

Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus
corvas pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.

Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos,
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahíncan sus testuces,
duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la terneza ignoran.

Sí, del abismo llegas,
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando él nacida
en el día primero.

Tú empañas con tu mano
de húmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niñez transparente, cuando apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la nítida mirada
la primer llama verde
de los turbios pantanos.

Tú amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón del viejo,
y azuzas el espanto
de su triste jauría abandonada
que ladra furibunda en el hondón del bosque.

Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres,
como blasfemias que al infierno caen.

... Hoy llegas hasta mí.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoña de tu lengua
Y el girón de tus alas que arremolina el aire.
El alma era un aullido
Y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.
Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre, de mi herida.
Heme aquí:
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro cálido,
pasajero bullir de un metal misterioso que irradia la ternura.

Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo:
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón,
bestia maldita.

Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio.
Nunca en mi corazón,
reina del mundo.


EN EL DÍA DE LOS DIFUNTOS

¡Oh! ¡No sois profundidad de horror y sueño,
muertos diáfanos, muertos nítidos,
muertos inmortales,
cristalizadas permanencias
de una gloriosa materia diamantina!
¡Oh ideas fidelísimas
a vuestra identidad, vosotros, únicos seres
en quienes cada instante
no es una roja dentellada de tiburón,
un traidor zarpazo de tigre!

¡Ay, yo no soy,
yo no seré
hasta que sea
como vosotros, muertos!

Yo me muero, me muero a cada instante,
perdido de mí mismo,
ausente de mí mismo,
lejano de mí mismo,
cada vez más perdido, más lejano, más ausente.
¡Qué horrible viaje, qué pesadilla sin retorno!
A cada instante mi vida cruza un río,
un nuevo, inmenso río que se vierte
en la desnuda eternidad.
Yo mismo de mí mismo soy barquero,
y a cada instante mi barquero es otro.

¡No, no le conozco, no sé quién es aquel niño!
Ni sé siquiera si es un niño o una tenue llama de alcohol
sobre la que el sol y el viento baten.
Y le veo lejano, tan lejano, perdido por el bosque,
furtivamente perseguido por los chacales más carniceros
y por la loba de ojos saltones y pies sigilosos que lo ha
de devorar por fin,
entretenido con las lagartijas, con las mariposas,
tan lejano,
que siento por él una ternura paternal,
que salta por él mi corazón, de pronto,
como ahora cuando alguno de mis sobrinitos se inclina
sobre el estanque en mi jardín,
porque sé que en el fondo, entre los peces de colores,
está la muerte.
(¿Me llaman? Alguien con una voz dulcísima me llama.
¿No ha pronunciado alguien mi nombre?
No es a ti, no es a ti. Es a aquel niño.
¡Dulce llamada que sonó, y ha muerto!)

Ni sé quién es aquel cruel, aquel monstruoso muchacho,
tendido de través en el umbral de las tabernas,
frenético en las madrugadas por las callejas de las
prostitutas,
melancólico como una hiena triste,
pedante argumentista contra ti, mi gran Dios verdadero,
contra ti, que estabas haciendo subir en él la vida
con esa dulce, enardecida ceguedad
con que haces subir en la primavera la savia en los más
tiernos arbolitos.

¡Oh, quitadme, alejadme esa pesadilla grotesca, esa broma
soturna!
Sí, alejadme ese tristísimo pedagogo, más o menos ilustre,
ese ridículo y enlevitado señor,
subido sobre una tarima en la mañana de primavera,
con los dedos manchados de la más bella tiza,
ese monstruo, ese jayán pardo,
vesánico estrujador de cerebros juveniles,
dedicado a atornillar purulentos fonemas
en las augustas frentes imperforables,
de adolescentes poetas, posados ante él, como estorninos
en los alambres del telégrafo,
y en las mejillas en flor
de dulces muchachitas con fragancia de narciso,
como nubes rosadas
que leyeran a Pérez y Pérez.
Sí, son fantasmas. Fantasmas: polvo y aire.
No conozco a ese niño, ni a ese joven chacal, ni a ese
triste pedagogo amarillento.
No los conozco. No sé quiénes son.

Y, ahora,
a los 45 años,
cuando este cuerpo ya me empieza a pesar
como un saco de hierba seca,
he aquí que de pronto
me he levantado del montón de las putrefacciones,
porque la mano de mi Dios me tocó,
porque me ha dicho que cantara:
Por eso canto.

Pero, mañana, tal vez hoy, esta noche
(¿cuándo, cuándo, Dios mío?)
he de volver a ser como era antes,
hoja seca, lata vacía, estéril excremento,
materia inerte, piedra rodada del atajo.
Y ya no veo a lo lejos de qué avenidas yertas,
por qué puentes perdidos entre la niebla rojiza,
camina un pobre viejo, un triste saco de hierba que ya
empieza a pudrirse,
sosteniendo sobre sus hombros agobiados
la luz pálida de los más turbios atardeceres,
la luz ceniza de sus recuerdos como harapos en
fermentación,
vacilante, azotado por la ventisca,
con el alma transida, triste, alborotada y húmeda como
una bufanda gris que se lleva el viento.

Cuando pienso estas cosas,
cuando contemplo mi triste miseria de larva que aún vive,
me vuelvo a vosotros, criaturas perfectas, seres ungidos
por ese aceite suave,
de olor empalagosamente dulce, que es la muerte.
Ahora, en la tarde de este sedoso día
en que noviembre incendia mi jardín,
entre la calma, entre la seda lenta
de la amarilla luz filtrada,
luz cedida
por huidizo sol,
que el follaje amarillo
sublima hasta las glorias
del amarillo elemental primero
(cuando aún era un perfume la tristeza),
y en que el aire
es una piscina de amarilla tersura,
turbada sólo por la caída de alguna rara hoja
que en lentas espirales amarillas
augustamente
busca también el tibio seno
de la tierra, donde se ha de pudrir,

ahora, medito a solas con la amarilla luz,
y, ausente, miro tanto y tanto huerto
donde piadosamente os han sembrado
con esperanza de cosecha inmortal.
Hoy la enlutada fila, la fila interminable
de parientes, de amigos,
os lleva flores, os enciende candelicas.

Ah, por fin recuerdan que un día súbitamente el viento
golpeó enfurecido las ventanas de su casa,
que a veces, a altas horas en el camino
brillan entre los árboles ojos fosforescentes,
que nacen en sórdidas alcobas
niños ciclanes, de cinco brazos y con pezuñas de camella,
que hay un ocre terror en la medula de sus almas,
que al lado de sus vidas hay abiertos unos inmensos pozos,
unos alucinantes vacíos,
y aquí vienen hoy a evocaros, a aplacaros.

¡Ah, por fin, por fin se han acordado de vosotros!
Ellos querrían haceros hoy vivir, haceros revivir en el
recuerdo,
haceros participar de su charla, gozar de su merienda
y compartir su bota.
(Ah, sí, y a veces cuelgan
del monumento de una «fealdad casi lúbrica»,
la amarillenta foto de un señor,
bigote lacio, pantalones desplanchados, gran cadena colgante
sobre el hinchado abdomen).
Ellos querrían ayudaros, salvaros,
convertir en vida, en cambio, en flujo, vuestra helada
mudez.

Ah, pero vosotros no podéis vivir, vosotros no vivís:
vosotros sois.
Igual que Dios, que no vive, que es: igual que Dios.
Sólo allí donde hay muerte puede existir la vida,
oh muertos inmortales.

Oh, nunca os pensaré, hermanos, padre, amigos, con
nuestra carne humana, en nuestra diaria servidumbre,
en hábito o en afición semejantes
a las de vuestros tristes días de crisálidas.
No, no. Yo os pienso luces bellas, luceros,
fijas constelaciones
de un cielo inmenso donde, cada minuto,
innumerables lucernas se iluminan.

Oh bellas luces,
proyectad vuestra serena irradiación
sobre los tristes que vivimos.
Oh gloriosa luz, oh ilustre permanencia.
Oh inviolables mares sin tornado,
sin marea, sin dulce evaporación,
dentro de otro universal océano de la calma.
Oh virginales notas únicas, indefinidamente prolongadas,
sin variación, sin aire, sin eco.
Oh ideas purísimas dentro de la mente invariable de Dios.

Ah, nosotros somos un horror de salas interiores en
cavernas sin fin,
una agonía de enterrados que se despiertan a la media
noche,
un fluir subterráneo, una pesadilla de agua negra por
entre minas de carbón,
de triste agua, surcada por las más tórpidas lampreas,
nosotros somos un vaho de muerte,
un lúgubre concierto de lejanísimos cárabos, de agoreras
zumayas, de los más secretos autillos.
Nosotros somos como horrendas ciudades que hubieran
siempre vivido en black-out,
siempre desgarradas por los aullidos súbitos de las sirenas
fatídicas.
Nosotros somos una masa fungácea y tentacular, que
avanza en la tiniebla a horrendos tentones,
monstruosas, tristes, enlutadas amebas.

¡Oh norma, oh cielo, oh rigor,
oh esplendor fijo!
¡Cante, pues, la jubilosa llama, canten el pífano y la tuba
vuestras epifanías candidas,
presencias que alentáis mi esfuerzo amargo!
¡Canten, sí, canten,
vuestra gloria de ser!
Quede a nosotros
turbio vivir, terror nocturno,
angustia de las horas.

¡Canten, canten la trompa y el timbal!
Vosotros sois los despiertos, los diáfanos,
los fijos.
Nosotros somos un turbión de arena,
nosotros somos médanos en la playa,
que hacen rodar los vientos y las olas,
nosotros, sí, los que estamos cansados,
nosotros, sí, los que tenemos sueño.


VOZ DEL ÁRBOL

¿Qué me quiere tu mano?
¿Qué deseas de mí, dime, árbol mío?
... Te impulsaba la brisa: pero el gesto
era tuyo, era tuyo.

Como el niño, cuajado de ternura
que le brota en la entraña y que no sabe
expresar, lentamente, tristemente
me pasaste la mano por el rostro,
me acarició tu rama.
¡Qué suavidad había
en el roce! ¡Cuán tersa
debe de ser tu voz! ¿Qué me preguntas?
Di, ¿qué me quieres, árbol, árbol mío?

La terca piedra estéril,
concentrada en su luto
—frenética mudez o grito inmóvil—,
expresa duramente,
llega a decir su duelo
a fuerza de silencio atesorado.

El hombre
—oh agorero croar, oh aullido inútil—
es voz en viento: sólo voz en aire.
Nunca el viento y la mar oirán sus quejas.
Ay, nunca el cielo entenderá su grito;
nunca, nunca, los hombres.

Entre el hombre y la roca,
¡con qué melancolía
sabes comunicarme tu tristeza,
árbol, tú, triste y bueno, tú el más hondo,
el más oscuro de los seres! Torpe
condensación soturna ¹
de tenebrosos jugos minerales,
materia en suave hervor lento, cerrada
en voluntad de ser, donde lo inerte
con ardua afinidad de fuerzas sube
a total frenesí! ¡Tú, genio, furia,
expresión de la tierra dolorida,
que te eriges, agudo, contra el cielo,
como un ay, como llama,
como un clamor! Al fin monstruo con brazos,
garras y cabellera:
¡oh suave, triste, dulce monstruo verde,
tan verdemente pensativo,
con hondura de tiempo,
con silencio de Dios!

No sé qué altas señales
lejanas, de un amor triste y difuso,
de un gran amor de nieblas y luceros,
traer querría tu ramita verde
que, con el viento, ahora
me está rozando el rostro.

{ ¹ condensación y lóbrega (en Ediciones de Arte y Bibliofilia). }

Yo ignoro su mensaje
profundo. La he cogido, la he besado.
(Un largo beso).
¡Mas no sé qué quieres
decirme!


PREPARATIVOS DE VIAJE

Unos
se van quedando estupefactos,
mirando sin avidez, estúpidamente, más allá, cada vez
más allá,
hacia la otra ladera.

Otros
voltean la cabeza a un lado y otro lado,
sí, la pobre cabeza, aún no vencida,
casi
con gesto de dominio,
como si no quisieran perder la última página de un libro
de aventuras,
casi con gesto de desprecio,
cual si quisieran
volver con despectiva indiferencia las espaldas
a una cosa apenas si entrevista,
mas que no va con ellos.

Hay algunos
que agitan con angustia los brazos por fuera del embozo,
cual si en torno a sus sienes espantaran tozudos
moscardones azules,
o cual si bracearan en un agua densa, poblada de
invisibles medusas.

Otros maldicen a Dios,
escupen al Dios que les hizo ¹,
y las cuerdas heridas de sus chillidos acres
atraviesan como una pesadilla las salas insomnes del
hospital,
hacen oscilar como un viento sutil
las alas de las tocas
y cortan el torpe vaho del cloroformo.

Algunos llaman con débil voz
a sus madres,
las pobres madres, las dulces madres
entre cuyas costillas hace ya muchos años que se pudren
las tablas del ataúd.

Y es muy frecuente
que el moribundo hable de viajes largos,
de viajes por transparentes mares azules, por archipiélagos
remotos,
y que se quiera arrojar del lecho
porque va a partir el tren, porque ya zarpa el barco.
(Y entonces se les hiela el alma
a aquellos que rodean al enfermo. Porque comprenden).

Y hay algunos, felices,
que pasan de un sueño rosado, de un sueño dulce, tibio
y dulce,
al sueño largo y frío.

Ay, era ese engañoso sueño,
cuando la madre, el hijo, la hermana

{ ¹ los hizo (en Poemas escogidos, pág. 87); }

han salido con enorme emoción, sonriendo, temblando,
llorando,
han salido de puntillas,
para decir: «¡Duerme tranquilo, parece que duerme muy
bien!»
Pero, no: no era eso.

... Oh, sí; las madres lo saben muy bien: cada niño se
duerme de una manera distinta...

Pero todos, todos se quedan
con los ojos abiertos.
Ojos abiertos, desmesurados en el espanto último,
ojos en guiño, como una soturna broma, como una
mueca ante un panorama grotesco,
ojos casi cerrados, que miran por fisura, por un trocito
de arco, por el segmento inferior de las pupilas.

No hay mirada más triste.
Sí, no hay mirada más profunda ni más triste.

Ah, muertos, muertos, ¿qué habéis visto
en la esquinada cruel, en el terrible momento del tránsito?
Ah, ¿qué habéis visto en ese instante del encontronazo
con el camión gris de la muerte?
No sé si cielos lejanísimos de desvaídas estrellas, de lentos
cometas solitarios hacia la torpe nebulosa inicial,
no sé si un infinito de nieves, donde hay un rastro de
sangre, una huella de sangre inacabable,
ni si el frenético color de una inmensa orquesta convulsa
cuando se descuajan los orbes,
ni si acaso la gran violeta que esparció por el mundo la
tristeza como un largo perfume de enero,
ay, no sé si habéis visto los ojos profundos, la faz
impenetrable.
Ah, Dios mío. Dios mío, ¿qué han visto un instante esos
ojos que se quedaron abiertos?


COSA { título de esta sección }

COSA

Rompes... el ondear del
aire
J. R. JIMÉNEZ

¡Ay, terca niña!
Le dices que no al viento,
a la niebla y al agua:
rajas el viento,
partes la niebla,
hiendes el agua.

Te niegas a la luz profundamente:
la rechazas,
ya teñida de ti: verde, amarilla,
—vencida ya— gris, roja, plata.

Y celas de la noche,
la ardua
noche de horror de tus entrañas sordas.

Cuando la mano intenta poseerte,
siente la piel tus límites:
la muralla, la cava
de tu enemiga fe, siempre en alerta.
Nombre te puse, te marcó mi hierro:
«cáliz», «brida», «clavel», «cenefa», «pluma»...
(Era tu sombra lo que aprisionaba).

Al interior sentido
convoqué contra ti.
Y, oh burladora,
te deshiciste en forma y en color,
en peso o en fragancia.
¡Nunca tú: tú, caudal, tú, inaprensible!

¡Ay, niña terca,
ay, voluntad del ser, presencia hostil,
límite frío a nuestro amor!
¡Ay, turbia
bestezuela de sombra,
que palpitas ahora entre mis dedos,
que repites ahora entre mis dedos
tu dura negativa de alimaña!


EL ULTIMO CAÍN

Ya asesinaste a tu postrer hermano:
ya estás solo.

¡Espacios: plaza, plaza al hombre!
Bajo la comba de plomo de la noche, oprimido
por la unánime acusación de los astros que mudamente
gimen,
¿adonde dirigirás tu planta?

Estos desiertos campos
están poblados de fantasmas duros, cuerpo en el aire,
negro en el aire negro,
basalto de las sombras,
sobre otras sombras apiladas.
Y tú aprietas el pecho jadeante
contra un muro de muertos, en pie sobre sus tumbas,
como si aún empujaras el carro de tu odio
a través de un mercado sin fin,
para vender la sangre del hermano,
en aquella mañana de sol, que contra tu amarilla palidez
se obstinaba,
que pujaba contra ti, leal al amor, leal a la vida,
como la savia enorme de la primavera es leal a la
enconada púa del cardo, que la ignora,
como el anhelo de la marea de agosto es leal al más cruel
niño que enfurece en su juego la playa.

Ah, sí, hendías, palpabas, ¡júbilo, júbilo!:
era la sangre, eran los tallos duros de la sangre.
Como el avaro besa, palpa el acervo de sus rojas monedas,
hundías las manos en esa tibieza densísima (hecha de
nuestro sueño, de nuestro amor que incesante susurra)
para impregnar tu vida sin amor y sin sueño;
y tus belfos mojabas en el charco humeante
cual si sorber quisieras el misterio caliente del mundo.

Pero, ahora, mira, son sombras lo que empujas, ¿no has
visto que son sombras?

¿O vas quizá doblado como por un camino de sirga,
tirando de una torpe barcaza de granito,
que se enreda una vez y otra vez en todos los troncos
ribereños,
retama que se curva al huracán,
estéril arco donde
no han de silbar ni el grito ni la flecha,
buey en furia que encorva la espalda al rempujón y ahínca
en las peñas el pie,
con músculos crujientes,
imagen de crispada anatomía?

Sombras son, hielo y sombras que te atan:
cercado estás de sombras gélidas.
También los espacios odian, también los espacios son duros,
también Dios odia.
¡Espacios, plaza, por piedad, al hombre!
Ahí tienes la delicia de los ríos, tibias aún de paso están
las sendas.
Los senderos, esa tierna costumbre donde aún late el
amor de los días
(la cita, secreta como el recóndito corazón de una fruta,
el lento mastín blanco de la fidelísima amistad,
el tráfago de signos con que expresamos la absorta
desazón de nuestra íntima ternura),
sí, las sendas amantes que no olvidan,
guardan aún la huella delicada, la tierna forma del pie
humano,
ya sin final, sin destino en la tierra,
ya sólo tiempo en extensión, sin ansia,
tiempo de Dios, quehacer de Dios,
no de los hombres.

¿Adonde huirás, Caín, postrer Caín?
Huyes contra las sombras, huyendo de las sombras,
huyes
cual quisieras huir de tu recuerdo,
pero, ¿cómo asesinar al recuerdo
si es la bestia que ulula a un tiempo mismo
desde toda la redondez del horizonte,
si aquella nebulosa, si aquel astro ya oscuro,
aún recordando están,
si el máximo universo, de un alto amor en vela
también recuerdo es sólo,
si Dios es sólo eterna presencia del recuerdo?

Ves, la luna recuerda
ahora que extiende como el ala tórpida
de un murciélago blanco
su álgida mano de lechosa lluvia.
Esparcidos lingotes de descarnada plata,
los huesos de tus víctimas
son la sola cosecha de este campo tristísimo.

Se erguían, sí, se alzaban, pujando como torres, como
oraciones hacia Dios,
cercados por la niebla rosada y temblorosa de la carne,
acariciados por el terco fluido maternal que sin rumor
los lamía en un sueño:
muchachas, como navios tímidos en la boca del puerto
sesgando, hacia el amor sesgando;
atletas como bellos meteoros, que encrespaban el aire,
exactísimos muelles hacia la gloria vertical de las
pértigas,
o flores que se inclinan, o sedas que se pliegan sin crujido
en el descenso elástico;
y niños, duros niños, trepantes, aferrados por las rocas,
afincando la vida, incrustados en vida, como pepitas
áureas.
¡Ah, los hombres se alzaban, se erguían los bellos báculos
de Dios,
los florecidos báculos del viejísimo Dios!

Nunca más, nunca más,
nunca más.
Pero, tú, ¿por qué tiemblas?
Los huesos no se yerguen: calladamente acusan.

He ahí las ruinas.
He ahí la historia del hombre (sí, tu historia)
estampada como la maldición de Dios sobre la piedra.
Son las ciudades donde llamearon
en la aurora sin sueño las alarmas,
cuando la multitud cual otra enloquecida llama súbita,
rompía el caz de la avenida insuficiente,
rebotaba bramando contra los palacios desiertos,
hocicando como un negruzco topo en agonía su lóbrego
camino.
Pero en los patinejos destrozados,
bajo la rota piedad de las bóvedas,
sólo las fieras aullarán al terror del crepúsculo.

Algunas tiernas casas aún esperan
en el umbral las voces, la sonrisa creciente
del morador que vuelve fatigado
del bullicio del día,
los juegos infantiles
a la sombra materna de la acacia,
los besos del amante enfurecido
en la profunda alcoba.
Nunca más, nunca más.
Y tú pasas y vuelves la cabeza.
Tú vuelves la cabeza como si la volvieses
contra el ala de Dios.
Y huyes buscando
del jabalí la trocha inextricable,
el surco de la hiena asombradiza;
huyes por las barrancas, por las húmedas
cavernas que en sus últimos salones
torpes lagos asordan, donde el monstruo sin ojos
divina voluntad se sueña, mientras blando se amolda a
la hendidura
y el fofo palpitar de sus membranas
le mide el tiempo negro.
Y a ti, Caín, el sordo horror te apalpa,
y huyes de nuevo, huyes.

Huyes cruzando súbitas tormentas de primavera,
entre ese vaho que enciende con un torpor de fuego la
sombría conciencia de la alimaña,
entre ese zumo creciente de las tiernísimas células vegetales,
esa húmeda avidez que en tanto brote estalla, en tanta
delicada superficie se adulza,
mas siempre brama «amor» cual un suspiro oscuro.
Huyes maldiciendo las abrazantes lianas que te traban
como mujeres enardecidas,
odiando la felicidad candorosa de la pareja de chimpancés
que acuna su cría bajo el inmenso cielo del baobab,
el nupcial vuelo doble de las moscas, torpísimas gabarras
en delicia por el aire inflamado de junio.
Huyes odiando las fieras y los pájaros, las hierbas y
los árboles,
y hasta las mismas rocas calcinadas,
odiándote lo mismo que a Dios,
odiando a Dios.

Pero la vida es más fuerte que tú,
pero el amor es más fuerte que tú,
pero Dios es más fuerte que tú.
Y arriba, en astros sacudidos por huracanes de fuego,
en extinguidos astros que, aún calientes, palpitan
o que, fríos, solejan a otras lumbreras jóvenes,
bullendo está la eterna pasión trémula.
Y, más arriba, Dios.

Húndete, pues, con tu torva historia de crímenes,
precipítate contra los vengadores fantasmas,
desvanécete, fantasma entre fantasmas,
gélida sombra entre las sombras,
tú, maldición de Dios,
postrer Caín,
el hombre.


YO

Mi portento inmediato,
mi frenética pasión de cada día,
mi flor, mi ángel de cada instante,
aún como el pan caliente con olor de tu hornada,
aún sumergido en las aguas de Dios,
y en los aires azules del día original del mundo:
dime, dulce amor mío,
dime, presencia incógnita,
45 años de misteriosa compañía,
¿aún no son suficientes
para entregarte, para desvelarte
a tu amigo, a tu hermano,
a tu triste doble?

¡No, no! Dime, alacrán, necrófago ¹,
cadáver que se me está pudriendo encima
desde hace 45 años,
hiena crepuscular,

{ ¹ En la 1. ^a ed. del libro son dos versos:

«¡No, no! Dime, alacrán,
horrible necrófago de mi existencia,». }

fétida hidra de 800.000 cabezas ²,
¿por qué siempre me muestras sólo una cara?
Siempre a cada segundo una cara distinta,
unos ojos crueles,
los ojos de un desconocido,
que me miran sin comprender
(con ese odio del desconocido)
y pasan:
a cada segundo.
Son tus cabezas hediondas, tus cabezas crueles,
oh hidra violácea.

Hace 45 años que te odio,
que te escupo, que te maldigo,
pero no sé a quién maldigo,
a quién odio, a quién escupo.

Dulce,
dulce amor mío incógnito,
45 años hace ya
que te amo.

{ ² En la 1. ^a ed. del libro se inserta entre este verso y el siguiente:
«de millones y millones de cabezas,». }


MUJER CON ALCUZA { título de esta sección }

MUJER CON ALCUZA

A Leopoldo Panero

¿Adonde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Ya no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro,
por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos
del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y remejía ¹ el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan extrañas
flores encendidas.
Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

{ ¹ sacudía (en Poemas escogidos, pág. 93). }

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren,
ha comprendido siempre
cuan bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso que
le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables
margaritas, blancas cual su alegría infantil en la fiesta
del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar
a Dios y esa voluntad de minutos en sucesión que
llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
sólo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio cósmico
por unacruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas bien
espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados a la media
noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que en los túneles
les pellizcan las nalgas,
... aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con un ansia turbia de bajar ella también, de
quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

... No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iba cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla un
instante en las sombras,
algún chillido como un limón agrio que pone amarilla
un momento la noche.
Y luego nada.
Sólo la velocidad,
sólo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
sólo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

... Y ésa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el
atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza
exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque
de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo
de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los
pájaros?


ELEGÍA A UN MOSCARDÓN AZUL { título de esta sección }

ELEGÍA A UN MOSCARDÓN AZUL

Sí, yo te asesiné estúpidamente. Me molestaba tu zumbido
mientras escribía un hermoso, un dulce soneto de amor.
Y era un consonante en -úcar, para rimar con azúcar, lo
que me faltaba. Mais, qui dirá les torts de la rime?

Luego sentí congoja
y me acerqué hasta ti: eras muy bello.
Grandes ojos oblicuos
te coronan la frente,
como un turbante de oriental monarca.
Ojos inmensos, bellos ojos pardos,
por donde entró la lanza del deseo,
el bullir, los meneos de la hembra,
su gran proximidad abrasadora,
bajo la luz del mundo.
Tan grandes son tus ojos, que tu alma
era quizá como un enorme incendio,
cual una lumbrarada de colores,
como un fanal de faro. Así, en la siesta,
el alto miradero de cristales,
diáfano y desnudo, sobre el mar,
en mi casa de niño.
Cuando yo te maté,
mirabas hacia fuera,
a mi jardín. Este diciembre claro
me empuja los colores y la luz,
como bloques de mármol, brutalmente,
cual si el cristal del aire se me hundiera,
astillándome el alma sus aristas.

Eso que viste desde mi ventana,
eso es el mundo.
Siempre se agolpa igual: luces y formas,
árbol, arbusto, flor, colina, cielo
con nubes o sin nubes,
y, ya rojos, ya grises, los tejados
del hombre. Nada más: siempre es lo mismo.
Es una granazón, una abundancia,
es un tierno pujar de jugos hondos,
que levanta el amor y Dios ordena
en nódulos y en haces,
un dulce hervir no más.
Oh sí, me alegro
de que fuera lo último
que vieras tú, la imagen de color
que sordamente bullirá en tu nada.
Este paisaje, esas
rosas, esas moreras ya desnudas,
ese tímido almendro que aún ofrece
sus tiernas hojas vivas al invierno,
ese verde cerrillo
que en lenta curva corta mi ventana,
y esa ciudad al fondo,
serán también una presencia oscura
en mi nada, en mi noche.
¡Oh pobre ser, igual, igual tú y yo!

En tu noble cabeza
que ahora un hilo blancuzco
apenas une al tronco,
tu enorme trompa
se ha quedado extendida.
¿Qué zumos o qué azúcares
voluptuosamente
aspirabas, qué aroma tentador
te estaba dando
esos tirones sordos
que hacen que el caminante siga y siga
(aun a pesar del frío del crepúsculo,
aun a pesar del sueño),
esos dulces clamores,
esa necesidad de ser futuros
que llamamos la vida,
en aquel mismo instante
en que súbitamente el mundo se te hundió
como un gran trasatlántico
que lleno de delicias y colores
choca contra los hielos y se esfuma
en la sombra, en la nada?
¿Viste quizá por último
mis tres rosas postreras?
Un zarpazo
brutal, una terrible llama roja,
brasa que en un relámpago violeta
se condensaba. Y frío. ¡Frío!: un hielo
como al fin del otoño
cuando la nube del granizo
con brusco alón de sombra nos emplomiza el aire.
No viste ya. Y cesaron
los delicados vientos
de enhebrar los estigmas de tu elegante abdomen
(como una góndola,
como una guzía del azul más puro)
y el corazón elemental cesó
de latir. De costado
caíste. Dos, tres veces
un obstinado artejo
tembló en el aire, cual si condensara
en cifra los latidos
del mundo, su mensaje
final.

Y fuiste cosa; un muerto.
Sólo ya cosa, sólo ya materia
orgánica, que en un torrente oscuro
volverá al mundo mineral. ¡Oh Dios,
oh misterioso Dios,
para empezar de nuevo por enésima vez
tu enorme rueda!

Estabas en mi casa,
mirabas mi jardín, eras muy bello.
Yo te maté.
¡Oh si pudiera ahora
darte otra vez la vida,
yo que te di la muerte!


MONSTRUOS { título de esta sección }

MONSTRUOS

Todos los días rezo esta oración
al levantarme:

Oh Dios,
no me atormentes más.
Dime qué significan
estos espantos que me rodean.
Cercado estoy de monstruos
que mudamente me preguntan,
igual, igual que yo les interrogo a ellos.
Que tal vez te preguntan,
lo mismo que yo en vano perturbo
el silencio de tu invariable noche
con mi desgarradora interrogación.
Bajo la penumbra de las estrellas
y bajo la terrible tiniebla de la luz solar,
me acechan ojos enemigos,
formas grotescas me vigilan,
colores hirientes lazos me están tendiendo:
¡son monstruos,
estoy cercado de monstruos!

No me devoran.
Devoran mi reposo anhelado,
me hacen ser una angustia que se desarrolla a sí misma,
me hacen hombre,
monstruo entre monstruos.

No, ninguno tan horrible
como este Dámaso frenético,
como este amarillo ciempiés que hacia ti clama con todos
sus tentáculos enloquecidos,
como esta bestia inmediata
transfundida en una angustia fluyente;
no, ninguno tan monstruoso
como esta alimaña que brama hacia ti,
como esta desgarrada incógnita
que ahora te increpa con gemidos articulados,
que ahora te dice:
«Oh Dios,
no me atormentes más,
dime qué significan
estos monstruos que me rodean
y este espanto íntimo que hacia tí gime en la noche.»


LA MADRE

No me digas
que estás llena de arrugas, que estás llena de sueño,
que se te han caído los dientes,
que ya no puedes con tus pobres remos hinchados,
deformados por el veneno del reuma.

No importa, madre, no importa.
Tú eres siempre joven,
eres una niña,
tienes once años.
Oh, sí, tú eres para mí eso: una candorosa niña.

Y verás que es verdad si te sumerges en esas lentas aguas,
en esas aguas poderosas,
que te han traído a esta ribera desolada.
Sumérgete, nada a contracorriente, cierra los ojos,
y cuando llegues, espera allí a tu hijo.
Porque yo también voy a sumergirme en mi niñez antigua,
pero las aguas que tengo que remontar hasta casi la fuente,
son mucho más poderosas, son aguas turbias, como teñidas
de sangre.
Óyelas, desde tu sueño, cómo rugen,
como quieren llevarse al pobre nadador.
¡Pobre del nadador que somorguja y bucea en ese mar
salobre de la memoria!

... Ya ves: ya hemos llegado.
¿No es una maravilla que los dos hayamos arribado a
esta prodigiosa ribera de nuestra infancia?
Sí, así es como a veces fondean un mismo día en el
puerto de Singapoor dos naves,
y la una viene de Nueva Zelanda, la otra de Brest.
Así hemos llegado los dos, ahora, juntos.
Y ésta es la única realidad, la única maravillosa realidad:
que tú eres una niña y que yo soy un niño.

¿Lo ves, madre?
No se te olvide nunca que todo lo demás es mentira,
que esto solo es verdad, la única verdad.
Verdad, tu trenza muy apretada, como la de esas niñas
acabaditas de peinar ahora,
tu trenza, en la que se marcan tan bien los brillantes
lóbulos del trenzado,
tu trenza, en cuyo extremo pende, inverosímil, un pequeño
lacito rojo;
verdad, tus medias azules, anilladas de blanco, y las puntillas
de los pantalones que te asoman por debajo de la falda;
verdad, tu carita alegre, un poco enrojecida, y la tristeza
de tus ojos.
(Ah, ¿por qué está siempre la tristeza en el fondo de
la alegría?)
¿Y adonde vas ahora? ¿Vas camino del colegio?

Ah, niña mía, madre,
yo, niño también, un poco mayor, iré a tu lado,
te serviré de guía,
te defenderé galantemente de todas las brutalidades de
mis compañeros,
te buscaré flores,
me subiré a las tapias para cogerte las moras más negras,
las más llenas de jugo,
te buscaré grillos reales, de esos cuyo cricrí es como un
choque de campanitas de plata.
¡Qué felices los dos, a orillas del río, ahora que va a
ser el verano!

A nuestro paso van saltando las ranas verdes,
van saltando, van saltando al agua las ranas verdes:
es como un hilo continuo de ranas verdes,
que fuera repulgando la orilla, hilvanando la orilla con
el río.
¡Oh qué felices los dos juntos, solos en esta mañana!
Ves: todavía hay rocío de la noche; llevamos los zapatos
llenos de deslumbrantes gotitas.

¿O es que prefieres que yo sea tu hermanito menor?
Sí, lo prefieres.
Seré tu hermanito menor, niña mía, hermana mía, madre
mía.
¡Es tan fácil!
Nos pararemos un momento en medio del camino,
para que tú me subas los pantalones,
y para que me suenes las narices, que me hace mucha falta
(porque estoy llorando; sí, porque ahora estoy llorando).

No. No debo llorar, porque estamos en un bosque.
Tú ya conoces las delicias del bosque (las conoces por
los cuentos,
porque tú nunca has debido estar en un bosque,
o por lo menos no has estado nunca en esta deliciosa
soledad, con tu hermanito).
Mira, esa llama rubia que velocísimamente repiquetea
las ramas de los pinos,
esa llama que como un rayo se deja caer al suelo, y
que ahora de un bote salta a mi hombro,
no es fuego, no es llama, es una ardilla.
¡No toques, no toques ese joyel, no toques esos diamantes!
¡Qué luces de fuego dan, del verde más puro, del tristísimo
y virginal amarillo, del blanco creador, del más hiriente
blanco!
¡No, no lo toques!: es una tela de araña, cuajada de
gotas de rocío.
Y esa sensación que ahora tienes de una ausencia invisible,
como una bella tristeza, ese acompasado y ligerísimo
rumor de pies lejanos, ese vacío, ese presentimiento
súbito del bosque,
es la fuga de los corzos. ¿No has visto nunca corzas
en huida?
¡Las maravillas del bosque! Ah, son innumerables; nunca
te las podría enseñar todas, tendríamos para toda una
vida...

... para toda una vida. He mirado, de pronto, y he visto
tu bello rostro lleno de arrugas,
el torpor de tus queridas manos deformadas,
y tus cansados ojos llenos de lágrimas que tiemblan.
Madre mía, no llores: víveme siempre en sueño.
Vive, víveme siempre ausente de tus años, del sucio mundo
hostil, de mi egoísmo de hombre, de mis palabras
duras.
Duerme ligeramente en ese bosque prodigioso de tu
inocencia,
en ese bosque que crearon al par tu inocencia y mi llanto.
Oye, oye allí siempre cómo te silba las tonadas nuevas
tu hijo, tu hermanito, para arrullarte el sueño.

No tengas miedo, madre. Mira, un día ese tu sueño candido
se te hará de repente más profundo y más nítido.
Siempre en el bosque de la primer mañana, siempre en
el bosque nuestro.
Pero ahora ya serán las ardillas, lindas, veloces llamas,
llamitas de verdad;
y las telas de araña, celestes pedrerías;
y la huida de corzas, la fuga secular de las estrellas a la
busca de Dios.
Y yo te seguiré arrullando el sueño oscuro, te seguiré
cantando.
Tú oirás la oculta música, la música que rige el universo.
Y allá en tu sueño, madre, tú creerás que es tu hijo quien
la envía. Tal vez sea verdad: que un corazón es lo que
mueve el mundo.
Madre, no temas. Dulcemente arrullada, dormirás en el
bosque el más profundo sueño.
Espérame en tu sueño. Espera allí a tu hijo, madre mía.


A PIZCA

Bestia que lloras a mi lado, dime:
¿Qué dios huraño
te remueve la entraña?
¿A quién o a qué vacío
se dirige tu anhelo,
tu oscuro corazón?
¿Por qué gimes, qué husmeas, qué avizoras?
¿Husmeas, di, la muerte?
¿Aúllas a la muerte,
proyectada, cual otro can famélico,
detrás de mí, de tu amo?
Ay, Pizca,
tu terror es quizá sólo el del hombre
que el bieldo enarbolaba,
o el horror a la fiera
más potente que tú.
Tú, sí, Pizca; tal vez lloras por eso.
Yo, no.

Lo que yo siento es
un horror inicial de nebulosa;
o ese espanto al vacío,
cuando el ser se disuelve, esa amargura
del astro que se enfría entre lumbreras
más jóvenes, con frío sideral,
con ese frío que termina
en la primera noche, aún no creada;
o esa verdosa angustia del cometa
que, antorcha aún, como oprimida antorcha,
invariablemente, indefinidamente,
cae,
pidiendo destrucción, ansiando choque.
Ah, sí, que es más horrible
infinito caer sin dar en nada,
sin nada en que chocar. Oh viaje negro,
oh poza del espanto:
y, cayendo, caer y caer siempre.

Las sombras que yo veo tras nosotros,
tras ti. Pizca, tras mí,
por las que estoy llorando,
ya ves, no tienen nombre:
son la tristeza original,
son la amargura
primera,
son el terror oscuro,
ese espanto en la entraña
de todo lo que existe
(entre dos noches, entre dos simas, entre dos mares),
de ti, de mí, de todo.
No tienen, Pizca, nombre, no: no tienen nombre.


EN LA SOMBRA { título de esta sección }

EN LA SOMBRA

Sí: tú me buscas.

A veces en la noche yo te siento a mi lado,
que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.

Sí: tú me buscas.

Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,
tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,
siento en la sombra
tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea
igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el agua
salobre.

Sí: me buscas.
Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.

No me digas que no. No, no me digas
que soy náufrago solo
como esos que de súbito han visto las tinieblas
rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,
y el corazón les puja de gozo y de esperanza.
Pero el resuello enorme
pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche, indiferente
y sordo.

Dime, di que me buscas.
Tengo miedo de ser náufrago solitario,
miedo de que me ignores
como al náufrago ignoran los vientos que le baten,
las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan.


LA OBSESIÓN

Tú. Siempre tú.
Ahí estás,
moscardón verde,
hocicándome testarudo,
batiendo con zumbido interminable
tus obstinadas alas, tus poderosas alas velludas,
arrinconando esta conciencia, este trozo de conciencia
empavorecida,
izándola a empellones tenaces
sobre las crestas últimas, ávidas ya de abismo.

Alguna vez te alejas,
y el alma, súbita, como oprimido muelle que una mano
en el juego un instante relaja,
salta y se aferra al gozo, a la esperanza trémula,
a luz de Dios, a campo del estío,
a estos amores próximos que, mudos, en torno de mi
angustia, me interrogan
con grandes ojos ignorantes.
Pero ya estás ahí, de nuevo,
sordo picón, ariete de la pena,
agrio berbiquí mío, carcoma de mi raíz de hombre.
¿Qué piedras, qué murallas
quieres batir en mí,
oh torpe catapulta?

Sí, ahí estás,
peludo abejarrón.
Azorado en el aire,
sacudes como dudosos diedros de penumbra,
alas de pardo luto,
oscilantes, urgentes, implacables al cerco.
Rebotado de ti, por el zigzag
de la avidez te enviscas
en tu presa,
hocicándome, entrechocándome siempre.

No me sirven mis manos ni mis pies,
que afincaban la tierra, que arredraban el aire,
no me sirven mis ojos, que aprisionaron la hermosura,
no me sirven mis pensamientos, que coronaron mundos
a la caza de Dios.

Heme aquí, hoy, inválido ante ti,
ante ti,
infame criatura, en tiniebla nacida,
pequeña lanzadera
que tejes ese ondulante paño de la angustia,
que me ahoga
y ya me va a extinguir como se apaga el eco
de un ser con vida en una tumba negra.

Duro, hiriente, me golpeas una y otra vez,
extremo diamantino
de vengador venablo, de poderosa lanza.
¿Quién te arroja o te blande?
¿Qué inmensa voluntad de sombra así se obstina
contra un solo y pequeño (¡y tierno!) punto vivo de los
espacios cósmicos?
No, ya no más, no más, acaba, acaba,
atizonador de mi delirio,
hurgón de esto que queda de mi rescoldo humano,
menea, menea bien los últimos encendidos carbones,
y salten las altas llamas purísimas, las altas llamas cantoras,
proclamando a los cielos
la gloria, la victoria final
de una razón humana que se extingue.


DOLOR

Hacia la madrugada
me despertó de un sueño dulce
un súbito dolor,
un estilete
en el tercer espacio intercostal derecho.

Fino, fino,
iba creciendo y en largos arcos se irradiaba.
Proyectaba raíces, que, invasoras,
se hincaban en la carne,
desviaban, crujiendo, los tendones,
perforaban, sin astillar, los obstinados huesos durísimos,
y de él surgía todo un cielo de ramas
oscilantes y aéreas,
como un sauce juvenil bajo el viento,
ahora iluminado, ahora torvo,
según los galgos-nubes galopan sobre el campo
en la mañana
primaveral.
Sí, sí, todo mi cuerpo era como un sauce abrileño, como
un sutil dibujo,
como un sauce temblón, todo delgada tracería,
largas ramas eléctricas,
que entrechocaban con descargas breves,
entrelazándose, disgregándose,
para fundirse en nodulos o abrirse
en abanico.

¡Ay!
Yo, acurrucado junto a mi dolor,
era igual que un niñito de seis años
que contemplara absorto
a su hermano menor, recién nacido,
y de pronto le viera
crecer, crecer, crecer,
hacerse adulto, crecer
y convertirse en un gigante,
crecer, pujar, y ser ya cual los montes,
pujar, pujar, y ser como la vía láctea,
pero de fuego,
crecer aún, aún,
ay, crecer siempre.
Y yo era un niño de seis años
acurrucado en sombra junto a un gigante cósmico.

Y fue como un incendio,
como si mis huesos ardieran,
como si la medula de mis huesos chorreara fundida,
como si mi conciencia se estuviera abrasando,
y abrasándose, aniquilándose,
aún incesantemente
se repusiera su materia combustible.
Fuera, había formas no ardientes,
lentas y sigilosas,
frías:
minutos, siglos, eras:
el tiempo.
Nada más: el tiempo frío, y junto a él un incendio universal,
inextinguible.

Y rodaba, rodaba el frío tiempo, el impiadoso tiempo
sin cesar,
mientras ardía con virutas de llamas,
con largas serpientes de azufre,
con terribles silbidos y crujidos,
siempre,
mi gran hoguera.
Ah, mi conciencia ardía en frenesí,
ardía en la noche,
soltando un río líquido y metálico
de fuego,
como los altos hornos
que no se apagan nunca,
nacidos para arder, para arder siempre.


EL ALMA ERA LO MISMO QUE UNA RANITA VERDE

El alma era lo mismo
que una ranita verde,
largas horas sentada sobre el borde
de un rumoroso
Misisipí.
Desea el agua, y duda. La desea
porque es el elemento para que fue criada,
pero teme
el bramador empuje del caudal,
y, allá en lo oscuro, aún ignorar querría
aquel inmenso hervor
que la puede apartar (ya sin retorno,
hacia el azar sin nombre)
de la ribera dulce, de su costumbre antigua.
Y duda y duda y duda la pobre rana verde.
Y hacia el atardecer,
he aquí que, de pronto,
un estruendo creciente retumba derrumbándose,
y enfurecida salta el agua
sobre sus lindes,
y sube y salta
como si todo el valle fuera
un hontanar hirviente,
y crece y salta
en rompientes enormes,
donde se desmoronan
torres nevadas contra el huracán,
o ascienden, dilatándose
como gigantes flores que se abrieran al viento,
efímeros arcángeles de espuma.
Y sube, y salta, espuma, aire, bramido,
mientras a entrambos lados rueda o huye,
oruga sigilosa o tigre elástico
(fiera, en fin, con la comba del avance),
la lámina de plomo que el ancho valle oprime.

Oh, si llevó las casas, si desraigó los troncos,
si casi horadó montes,
nadie pregunta por las ranas verdes...

... ¡Ay, Dios,
cómo me has arrastrado,
cómo me has desarraigado,
cómo me llevas
en tu invencible frenesí,
cómo me arrebataste
hacia tu amor!
Yo dudaba.
No, no dudo:
dame tu incógnita aventura,
tu inundación, tu océano,
tu final,
la tromba indefinida de tu mente,
dame tu nombre,
en ti.


VIDA DEL HOMBRE

Oh niño mío, niño mío,
¡cómo se abrían tus ojos
contra la gran rosa del mundo!

Sí,
tú eras ya una voluntad.
Y alargabas la manecita
por un cristal transparente
que no ofrecía resistencia:
el aire,
ese dulce cristal
transfundido por el sol.

Querías coger la rosa.
Tú no sabías
que ese cristal encendido
no es cristal, que es un agua verde,
agua salobre de lágrimas,
mar alta y honda.

Y muy pronto,
ya alargabas tras la mano
de niño, tu hombro ligero,
tus alas de adolescente.
¡Y allá se fue el corazón
viril!
Y ahora,
ay, no mires,
no mires porque verás
que estás solo,
entre el viento y la marea.
(Pero ¡la rosa, la rosa!)

Y una tarde
(¡olas inmensas del mar, olas que ruedan los vientos!)
se te han de cerrar los ojos contra la rosa lejana,
¡tus mismos ojos de niño!


LOS INSECTOS { título de esta sección }

LOS INSECTOS

A José Mana de Cossío

Me están doliendo extraordinariamente los insectos,
porque, no hay duda, estoy desconfiando de los insectos,
de tantas advertencias, de tantas patas, cabezas y esos ojos,
oh, sobre todo esos ojos
que no me permiten vigilar el espanto de las noches,
la terrible sequedad de las noches, cuando zumban los
insectos,
de las noches de los insectos,
cuando de pronto dudo de los insectos, cuando me
pregunto: ah, ¿es que hay insectos?,
cuando zumban y zumban y zumban los insectos,
cuando me duelen los insectos por toda el alma,
con tantas patas, con tantos ojos, con tantos mundos de
mi vida,
que me habían estado doliendo en los insectos,
cuando zumban, cuando vuelan, cuando se chapuzan en
el agua, cuando...
¡ah!, cuando los insectos.

Los insectos devoran la ceniza y me roen las noches,
porque salen de tierra y de mi carne de insectos los insectos.
¡Disecados, disecados, los insectos!
Eso: disecados los insectos que zumbaban, que comían,
que roían, que se chapuzaban en el agua,
¡ah, cuando la creación!, el día de la creación.
Cuando roían las hojas de los insectos, de los árboles
de los insectos,
y nadie, nadie veía a los insectos que roían, que roían
el mundo,
el mundo de mi carne (y la carne de los insectos),
los insectos del mundo de los insectos que roían.

Y estaban verdes, amarillos y de color de dátil, de color
de tierra seca los insectos,
ocultos, sepultos, fuera de los insectos y dentro de mi
carne, dentro de los insectos y fuera de mi alma,
disfrazados de insectos.
Y con ojos que se reían y con caras que se reían y patas
(y patas, que no se reían), estaban los insectos metálicos
royendo, royendo y royendo mi alma, la pobre,
zumbando y royendo el cadáver de mi alma que no zumbaba
y que no roía,
royendo y zumbando mi alma, la pobre, que no zumbaba,
eso no, pero que por fin roía (roía dulcemente),
royendo y royendo este mundo metálico y estos insectos
metálicos que me están royendo el mundo de pequeños
insectos,
que me están royendo el mundo y mi alma,
que me están royendo mi alma toda hecha de pequeños
insectos metálicos,
que me están royendo el mundo, mi alma, mi alma,
y, ¡ah!, los insectos,
y, ¡ah!, los puñeteros insectos.


HOMBRE

Hombre,
gárrula tolvanera
entre la torre y el azul redondo,
vencejo de una tarde, algarabía
desierta de un verano.

Hombre, borrado en la expresión, disuelto
en ademán: sólo flautín bardaje,
sólo terca trompeta,
híspida en el solar contra las tapias.

Hombre,
melancólico grito,
¡oh solitario y triste
garlador!; ¿dices algo, tienes algo
que decir a los hombres o a los cielos?
¿Y no es esa amargura
de tu grito, la densa pesadilla
del monólogo eterno y sin respuesta?

Hombre,
cárabo de tu angustia,
agüero de tus días
estériles, ¿qué aúllas, can, qué gimes?
¿Se te ha perdido el amo?
No: se ha muerto.

¡Se te ha podrido el amo en noches hondas,
y apenas sólo es ya polvo de estrellas!
Deja, deja ese grito,
ese inútil plañir, sin eco, en vaho ¹.
Porque nadie te oirá. Solo. Estás solo.

{ ¹ «en vano» en alguna edición; errata corregida personalmente por el autor. }


RAICES DEL ODIO

¡Oh profundas raíces,
amargor de veneno hasta mis labios
sin estrellas, sin sangre!
¡Furias retorcedoras
de una vida delgada en indeciso
perfume! ¡Oh yertas, soterradas furias!

¿Quién os puso en la tierra
del corazón? Que yo buscaba pájaros
de absorto vuelo en la azorada tarde,
jardines vagos cuando los crepúsculos
se han hecho dulce vena,
tersa idea divina,
y hay tercas fuentes, sollozante música,
dulces sapos, cristal, agua en memoria.
Que yo anhelaba aquella flor celeste,
rosa total —sus pétalos estrellas,
su perfume el espacio,
y su color el sueño—
que en el tallo de Dios se abrió una tarde,
conjunción de los átomos en norma,
el tibio, primer día,
cuando amor se ordenaba en haces de oro.
Y llegabais vosotras, llamas negras,
embozadas euménides, enlutados espantos,
raíces sollozantes,
vengadoras raíces,
seco jugo de bocas ya borradas.

¿De dónde el huracán,
el fúnebre redoble
del campo, los sequísimos
nervios, mientras los agrios vïolines
hacen crujir, saltar las cuerdas últimas?
¡Y ese lamer, ese lamer constante
de las llamas de fango,
voracidad creciente
de las noches de insomnio, negra hiedra
del corazón, mano de lepra en flecos
que retuerce, atenaza
las horas secas, nítidas,
inacabables, ay,
hozando con horrible
mucosidad,
tibia mucosidad,
la boca virginal, estremecida!
¡Oh! ¿De dónde, de dónde, vengadoras?
¡Oh vestiglos! ¡Oh furias!
Ahí tenéis el candor, los tiernos prados,
las vaharientas vacas de la tarde,
la laxitud dorada y el trasluz
de las dulces ojeras,
¡ay viñas de San Juan,
cuando la ardiente lanza del solsticio
se aterciopela en llanto!

Ahí tenéis la ternura
de las tímidas manos ya no esquivas,
de manos en delicia, abandonadas
a un fluir de celestes nebulosas,
y las bocas de hierba suplicante
próximas a la música del río.
¡Ay del dulce abandono! ¡Ay de la gracia
mortal de la dormida primavera!

¡Ay palacios, palacios,
termas, anfiteatros, graderías,
que robasteis sus salas a los vientos!
¡Ay torres de mi afán, ay altos cirios
que vais a Dios por las estrellas últimas!
¡Ay del esbelto mármol, ay del bronce!

¡Ay chozas de la tierra,
que dais sueño de hogar al mediodía,
borradas casi en sollozar de fuente
o en el bullir del romeral solícito,
rubio de miel sonora!

¿Pero es que no escucháis, es que no veis
cómo el fango salpica
los últimos luceros putrefactos?
¿No escucháis el torrente de la sangre?
¡Y esas luces moradas,
esos lirios de muerte, que galopan
sobre los duros hilos de los vientos!

Sí, sois vosotras, hijas de la ira,
frenéticas raíces
que penetráis, que herís,
que hozáis, que hozáis con vuestros secos brazos,
flameantes banderas de victoria,
donde lentas se yerguen,
súbitas se desgarran
las afiladas testas viperinas.

Sádicamente, sabiamente,
morosamente,
roéis la palpitante,
la estremecida pulpa voluptuosa.
Lúbricos se entretejen
los enormes meandros,
las pausadas anillas;
y las férreas escamas
abren rastros de sangre y de veneno.

¡Cómo atraviesa el alma vuestra gélida
deyección nauseabunda!
¡Cómo se filtra el acre,
el fétido sudor de vuestra negra
corteza sin luceros,
mientras salta en el aire, en amarilla
lumbrarada de pus, vuestro maldito
semen...!
¡Morir! ¡Morir!
¡Ay, no dais muerte al mundo, sí alarido,
agonía, estertor inacabables!

Y ha de llegar un día
en que el mundo será sorda maraña
de vuestros fríos brazos,
y una charca de pus el ancho cielo,
raíces vengadoras,
¡oh lívidas raíces pululantes,
oh malditas raíces
del odio, en mis entrañas,
en la tierra del hombre!


LA ISLA

¡Aquella extraña travesía
de Nueva York hasta Cherburgo!
Ni siquiera una vez se movió el mar,
ni osciló el barco:
siempre una lámina tensa,
ya aceitosa bajo neblinas,
ya acerada bajo soles imperturbables.
¡Y yo siempre en la borda,
en acecho del monstruo,
esperando su bostezo imponente,
su rugido,
su colear de tralla!
A veces pienso
que mi alma fuera
como una isla,
rodeada durante muchos años
de un espejo de azogue inconmovible,
igual a aquel del prodigioso viaje,
isla ufana de sus palmeras, de sus celajes, de sus flores,
llena de dulce vida y de interior isleño,
con villas diminutas, con sus mercados, con sendas
por las que tal vez corre a la aurora un cochecillo
traqueteante,
pero, olvidada, ensimismada en sueños como suaves
neblinas, quizá sin conocer
el ceñidor azul que la circunda,
ese metal que, bella piedra, acerado la engasta,
su razón de existir,
lo que le da su ser,
su forma de tierno reloj vivo, o de tortuga:
isla.

Y pienso
cuán prodigioso fue
que tú me rodearas,
que tú me contuvieras, Señor, así,
y que no me hayas destruido
en una lumbrarada súbita,
hostigando las olas con el acerbo látigo del viento gemidor,
para que, panteras aún con el furor del sueño,
de un salto se lanzaran
sobre su presa,
sino que hayas estado circundándome
45 años,
originándome
45 años,
callado y en reposo junto a tu criatura
más desvalida,
lo mismo que el enorme mastín paterno vela,
sin nana, sin arrullo,
el sueño
del niño más pequeño de la casa.
Y has sido para mí como un paisaje
nunca visto, ni soñado tampoco,
y como una música ni oída ni pensada,
que misteriosamente,
sin nosotros saberlo,
nos condicionan con secretos efluvios de belleza,
lo mismo que los astros más incógnitos
esclavitud lejana nos imponen
con los apremios de su grave norma.

Y luego has comenzado
a agitarte, a agitarme.
Primero sólo un pliegue,
un pliegue sin murmullo, que, extenso al infinito,
avanza por la líquida llanura,
como la grada de un inmenso altar,
sordamente corrida por sigilosos ángeles que la acercan
a Dios.
Después ha comenzado lejos la resaca, como un lamento
de las bestias marinas,
y he visto pasar como horribles hipopótamos que avanzaran
de lado,
las grandes olas de fondo,
los vientres enormes que ruedan y ruedan, ignorantes
de su destino,
hasta que allá junto a la costa comienzan a parir sin
gemido peinadas cabelleras intensamente verdes, que
al fin, blanco purísimo, en arco se derraman,
para batir su fúnebre redoble sobre el tambor tirante de
la arena;
y he visto las jacas desenfrenadas y unánimes, que rompieron
por fin la rienda y chocan de frente con las estrías
del acantilado,
como si todos los macillos de un piano inmenso fueran
movidos a la vez por una mano gigante,
retirándose súbitamente para que el sonido no se difumine
(como en el dulce mecanismo del piano),
y sólo asciende vertical la espuma de los heridos belfos.
Y me he asomado en la noche
y he sentido bullir, subir, amenazadora, una marea inmensa
y desconocida,
como cuando lentamente, apenas borboteante, sube la
leche en el perol si en ella se acumulan danzando
los genios sombríos del fuego.
Toda la vida oculta en el implacable mar bulle y se levanta,
y el mar se alza como materia sólida, como un paño
de luto,
como el brazo de un muerto levantará su sudario en el
día de la resurrección o la venganza.

Y el ser misterioso crece, crece y sube,
como en la pesadilla de la madrugada la bestia que nos
va a devorar.
Y crece, y lo sé unánime,
bullente, surgente,
con todos sus abismales espantos,
con sus más tórpidos monstruos,
con toda su vida, y con toda la muerte acumulada en
su seno:
hasta los más tenebrosos valles submarinos
se han empinado sin duda sobre sus tristes hombros de
vencidos titanes con un esfuerzo horrible.

Oh Dios,
yo no sabía que tu mar tuviera tempestades,
y primero creí que era mi alma la que bullía, la que se
movía,
creí que allá en su fondo volaban agoreras las heces de
tantos siglos de tristeza humana,
que su propia miseria le hacía hincharse como un tumefacto
carbunclo.
Y eras tú.

Gracias, gracias. Dios mío,
tú has querido poner sordo terror y reverencia en mi alma
infantil,
e insomnio agudo donde había sueño.
Y lo has logrado.
Pudiste deshacerme en una llamarada.
Así los pasajeros del avión que el rayo ha herido,
funden en una sola luz vivísima la exhalación que mata
y tu presencia súbita.
Pero, no, tú quisiste mostrarme los escalones, las moradas
crecientes de tu terrible amor.
Apresura tu obra: ya es muy tarde.
Ya es hora, ya es muy tarde.
Acaba ya tu obra, como el rayo.
Desflécame, desfleca tu marea surgente, aviva, aviva su
negro plomo,
rómpela en torres de cristal, despícala
en broncos maretazos
que socaven los rotos resalseros,
desmantela ciclópeos rompeolas, osados malecones,
rompe, destruye, acaba esta isla ignorante,
ensimismada
en sus flores, en sus palmeras, en su cielo,
en sus aldeas blancas y en sus tiernos caminos,
y barran su cubierta en naufragio tus grandes olas,
tus olas alegres, tus olas juveniles que sin cesar deshacen
y crean,
tus olas jubilosas que cantan el himno de tu, fuerza y
de tu eternidad.
Sí, ámame, abrásame, deshazme.
Y sea yo isla borrada de tu océano.


DE PROFUNDIS

Si vais por la carrera del arrabal, apartaos, no os inficione
mi pestilencia.
El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción
quiso que fuera este mi cuerpo,
y una ramera de solicitaciones mi alma,
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer
de amor al príncipe,
sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano,
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes,
que ya ha olvidado las palabras de amor,
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la cantonada.
Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro del
mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo de la
miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también la
podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha,
yo soy el excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer, que
nadie compra,
y donde casi ni escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser,
para que un día sea mantillo de tus huertos!


A LA VIRGEN MARÍA

Como hoy estaba abandonado de todos,
como la vida
(ese amarillo pus que fluye del hastío,
de la ilusión que lentamente se pudre,
de la horrible sombra cárdena donde nuestra húmeda
orfandad se condensa)
goteaba en mi sueño, medidora del sueño, segundo tras
segundo,
como el veneno ya me llegaba al corazón,
mi corazón rompió en un grito,
y era tu nombre,
Virgen María, madre.

(30 años hace que no te invocaba).

No, yo no sé quién eres:
pero eres una gran ternura.
No sé lo que es la caricia de la primavera
cuando la siento subir como una turbia marea de mosto,
ni sé lo que es el pozo del sueño
cuando mis manos y mis pies con delicia se anegan,
y, hundiéndose, aún palpan el agua cada vez más
humanamente profunda.
Y los niños, ligados, sordos, ciegos,
en el materno vientre,
antes que por primera vez se hinche a la oscura llamarada
del oxígeno
la roja flor gemela de sus pulmones,
así ignoran la madre,
protegidos por tiernas envolturas,
ciudades indefensas, pequeñas y dormidas
tras el alerta amor de sus murallas.

Y va y viene el fluido sigiloso y veloz de la sangre,
y viene y va la secretísima vena,
que trae íntimas músicas, señales misteriosas que conjuró
el instinto,
y ellos
beben a sorbos ávidos, cada instante más ávidos,
la vida,
aún sólo luz de luna sobre una aldea incógnita sumergida
en el sueño,
y oscuramente sienten que son un calorcito, que son un
palpitar,
que son amor, que son naturaleza,
se sienten bien,
arbolitos, del verano en la tarde, a la brisa,
bebiendo una ignorante sucesión de minutos,
de la tranquila acequia.
Así te ignoro, madre.
No, yo no sé quién eres, pero tú eres
luna grande de enero que sin rumor nos besa,
primavera surgente como el amor en junio,
dulce sueño en el que nos hundimos,
agua tersa que embebe con trémula avidez la vegetal célula
joven,
matriz eterna donde el amor palpita,
madre, madre.

No, no tengo razón.
Cerraré, cerraré, como al herir la aurora pesadillas de
bronce,
la puerta del espanto,
porque fantasmas eran, son, sólo fantasmas,
mis interiores enemigos,
esa jauría, de carlancas híspidas,
que yo mismo, en traílla, azuzaba frenético
hacia mi destrucción,
y fantasmas también mis enemigos exteriores,
ese friso de bocas, ávidas ya de befa
que el odio encarnizaba contra mí,
esos dedos, largos como mástiles de navío,
que erizaban la lívida bocana de mi escape,
esas pezuñas, que tamborileaban a mi espalda, crecientes,
sobre el llano.

Hoy surjo, aliento, protegido en tu clima,
cercado por tu ambiente,
niño que en noche y orfandad lloraba
en el incendio del horrible barco, y se despierta
en una isla maravillosa del Pacífico,
dentro de un lago azul, rubio de sol,
dentro de una turquesa, de una gota de ámbar
donde todo es prodigio:
el aire que flamea como banderas nítidas sus capas
transparentes,
el sueño invariable de las absortas flores carmesíes,
la pululante pedrería, el crujir, el bullir de los insectos
como átomos del mundo en su primer hervor,
los grandes frutos misteriosos
que adensan en perfume sin tristeza los zumos más secretos
de la vida.

¡Qué dulce sueño, en tu regazo, madre,
soto seguro y verde entre corrientes rugidoras,
alto nido colgante sobre el pinar cimero,
nieve en quien Dios se posa como el aire de estío, en un
enorme beso azul,
oh tú, primera y extrañísima creación de su amor!

... Déjame ahora que te sienta humana,
madre de carne sólo,
igual que te pintaron tus más tiernos amantes,
déjame que contemple, tras tus ojos bellísimos,
los ojos apenados de mi madre terrena,
permíteme que piense
que posas un instante esa divina carga
y me tiendes los brazos,
me acunas en tus brazos,
acunas mi dolor,
hombre que lloro.

Virgen María, madre,
dormir quiero en tus brazos hasta que en Dios despierte.


DEDICATORIA FINAL (LAS ALAS)

Ah, pobre Dámaso,
tú el más miserable, tú el último de los seres,
tú, que con tu fealdad y con el oscuro turbión de tu
desorden
perturbas la sedeña armonía
del mundo,
dime,
ahora que ya se acerca tu momento
(porque no hay ni un presagio que ya en tí no se haya
cumplido),
ahora que subirás al Padre,
silencioso y veloz como el alcohol bermejo en los
termómetros,
¿cómo has de ir con tus manos estériles?
¿qué le dirás cuando en silencio te pregunte qué has hecho?

Yo le diré: «Señor, te amé. Te amaba
en los montes, cuanto más altos, cuanto más desnudos,
allí donde el silencio erige sus verticales torres sobre la
piedra,
donde la nieve aún se arregosta en julio a los canchales,
en el inmenso circo, en la profunda copa, llena de nítido
cristal, en cuyo centro
un águila en enormes espirales se desliza
como una mota que en pausado giro
desciende por el agua
del transparente
vaso:
allí
me sentía más cerca de tu terrible amor, de tu garra de
fuego.

Y te amaba en la briznilla más pequeña,
en aquellas florecillas que su mano me daba,
tan diminutas que sólo sus ojos inocentes,
aquellos ojos, anteriores a la maldad y al sueño,
las sabían buscar entre la hierba,
florecillas tal vez equivocadas en nuestro suelo, demasiado
grande,
quién sabe si caídas de algún planeta niño.
Ay, yo te amaba aún con más ternura en lo pequeño».

«Sí —te diré—, yo te he amado, Señor».
Pero muy pronto
he de ver que no basta, que tú me pides más.
Porque, ¿cómo no amarte, oh Dios mío?
¿Qué ha de hacer el espejo sino volver el rayo que le
hostiga?
La dulce luz refleja, ¿quién dice que el espejo la creaba?
Oh, no; no puede ser bastante.
Y como fina lluvia batida por el viento a fines de noviembre,
han de caer sobre mi corazón
las palabras heladas: «Tú, ¿qué has hecho?»

¿Me atreveré a decirte
que yo he sentido desde niño
brotar en mí, no sé, una dulzura torpe,
una venilla de fluido azul,
de ese matiz en que el azul se hace tristeza,
en que la tristeza se hace música?
La música interior se iba en el aire, se iba a su centro
de armonía.
Algunas veces (¡ah, muy pocas veces!:
cuando apenas salía de la niñez; y luego en el acíbar de
la juventud; y ahora que he sentido los primeros
manotazos del súbito orangután pardo de mi vejez),
sí, algunas veces
se quedaba flotando la dulce música,
y, flotando, se cuajaba en canción.
Sí: yo cantaba.

«Y aquí —diré—, Señor, te traigo mis canciones.
Es lo que he hecho, lo único que he hecho.
Y no hubo ni una sola
en que el arco y al mismo tiempo el hito
no fueses tú.

Yo no he tenido un hijo,
no he plantado de viña la ladera de casa,
no he conducido a los hombres
a la gloria inmortal o a la muerte sin gloria,
no he hecho más que estas cancioncillas:
pobres y pocas son.

Primero aquellas puras (¡es decir, claras, tersas!)
y aquellas otras de la ciudad donde vivía.
Al vaciarme de mi candor de niño,
yo vertí mi ternura
en el librito aquel, igual
que en una copa de cristal diáfano.

Luego dormí en lo oscuro durante muchas horas,
y sólo unos instantes
me desperté
para cantar el viento, para cantar el verso,
los dos seres más puros
del mundo de materia y del mundo de espíritu.

Y al cabo de los años llegó por fin la tarde,
sin que supiera cómo,
en que, cual una llama
de un rojo oscuro y ocre,
me vino la noticia,
la lóbrega noticia
de tu belleza y de tu amor.
¡Cantaba!
¡Rezaba, sí!
Entonces
te recé aquel soneto
por la belleza de una niña, aquel
que tanto
te emocionó.
Ay, sólo después supe
—¿es que me respondías?—
que no era en tu poder quitar la muerte
a lo que vive:
ay, ni tú mismo harías que la belleza humana
fuese una viva flor sin su fruto: la muerte.
Pero yo era ignorante, tenía sueño, no sabía
que la muerte es el único pórtico de tu inmortalidad.

Y ahora, Señor, oh dulce Padre,
cuando ya estaba más caído y más triste,
entre amarillo y verde, como un limón no bien maduro,
cuando estaba más lleno de náuseas y de ira,
me has visitado,
y con tu uña,
como impasible médico
me has partido la bolsa de la bilis,
y he llorado, en furor, mi podredumbre
y la estéril injusticia del mundo,
y he manado en la noche largamente
como un chortal viscoso de miseria.
Ay, hijo de la ira
era mi canto.
Pero ya estoy mejor.
Tenía que cantar para sanarme.

Yo te he rezado mis canciones.
Recíbelas ahora, Padre mío.
Es lo que he hecho.
Lo único que he hecho.»

Así diré.
Me oirá en silencio el Padre,
y ciertamente
que se ha de sonreír.
Sí, se ha de sonreír, en cuanto a su bondad, pero no en
cuanto
a su justicia.
Sobre mi corazón,
como
cuando quema los brotes demasiado atrevidos el enero,
caerán estas palabras heladas:
«Más. ¿Qué hiciste?»

Oh Dios,
comprendo,
yo no he cantado;
yo remedé tu voz cual dicen que los mirlos remedan
la del pastor paciente que los doma.

... Y he seguido en el sueño que tenía.
Me he visto vacilante,
cual si otra vez pesaran sobre mí
80 kilos de miseria orgánica,
cual si fuera a caer
a través de planetas y luceros,
desde la altura
vertiginosa.

... ¡Voy a caer!
Pero el Padre me ha dicho:
«Vas a caerte,
abre las alas.»
¿Qué alas?
Oh portento, bajo los hombros se me abrían
dos alas,
fuertes, inmensas, de inmortal blancura.
Por debajo, ¡cuan lentos navegaban los orbes!
¡Con qué impalpable roce me resbalaba el aire!
Sí, bogaba, bogaba por el espacio, era
ser glorioso, ser que se mueve en las tres dimensiones
de la dicha,
un ser alado.

Eran aquellas alas
lo que ya me bastaba ante el Señor,
lo único grande y bello
que yo había ayudado a crear en el mundo.

Y eran
aquellas alas vuestros dos amores,
vuestros amores, mujer, madre.
Oh vosotras, las dos mujeres de mi vida,
seguidme dando siempre vuestro amor,
seguidme sosteniendo,
para que no me caiga,
para que no me hunda en la noche,
para que no me manche,
para que tenga el valor que me falta para seguir viviendo,
para que no me detenga voluntariamente en mi camino,
para que cuando mi Dios quiera gane la inmortalidad
a través de la muerte,
para que Dios me ame,
para que mi gran Dios me reciba en sus brazos,
para que duerma en su recuerdo.



HOMBRE Y DIOS

{ A Pedro Salinas,
vivo entre nosotros }


PRÓLOGO: MI TIERNA MIOPÍA


MI TIERNA MIOPÍA

Disuélveme, mi tierna miopía,
con tu neblina suave, de este mundo
la dura traza, y lábrame un segundo
mundo de deshilada fantasía,

tierno más, y más dulce; y todavía
adénsame la noche en que me hundo,
en vuelo hacia el tercer mundo profundo:
exacta luz y clara poesía.

Dios a mí (como a niño que a horcajadas
alza un padre, lo aupa sólo al pecho
antes, porque el gran ímpetu no tema)

me veló la estructura de estas nadas,
para —a través de lo real, deshecho—
auparme a su verdad, a su poema.


PRIMER COMENTARIO

PEQUEÑOS PLACERES

Mi tierna miopía, mi dulce miopía
me desdibuja el mundo: ¡delicioso!
Pasan lánguidamente las flexibles muchachas,
pasan perritos diminutos, que menean el rabo,
y espléndidas lechugas.
Todo se deshilacha, todo se difumina
en fina niebla.
¿El mundo se dispone para fiestas de Dios?
Ojos míos, bebed esta vaga hermosura.


LA BONDAD DE DIOS

Oh fuerte Dios,
cómo suavizas tu film-creación (¡tan duro!) para mí.
Con sentido
de secreta elegancia
(¡y de piedad!) hiciste que mis ojos
me rebajen las líneas, inexpresivas, ásperas,
de la realidad (que puede ser tan hosca).
Veo manchas de rosas, sombras de árboles, mujeres que
parecen
bellas (y tal vez me sonríen).
Oh mundo de algodón, mundo poético,
que mis ojos matizan.
¡Gran Dios, gran Hacedor,
que tu perfecta creación retocas,
en único ejemplar,
para un pobre poeta
perdido
en último rincón de tu gran Cosmos!


PRIMERA PALINODIA

LA INTELIGENCIA

Bien. Muchas gracias.
Sí. Bien. Gracias.
Pero, ahora, oh gran Dios,
¿qué me vas a decir si yo te pido
—atrevimiento humano—
que deshagas tu obra?
No me alejes lo duro
del mundo que has creado:
ojos de águila pido,
ojos-garras, de presa.

Yo quiero
los límites estrictos de las cosas,
porque tú las hiciste así, duras, cortadas,
limitadas por líneas testarudas, que gritan «¡Soy!»
«¡Yo soy!»,
líneas que se entrelazan, se dividen,
corren, se duermen, zigzaguean,
o en amplios giros, lentas, se derraman;
y ni un esguince, ni una
leve variación se escapó a tu mandato,
oh matemático dibujante de la tracería del mundo,
tú que todos los límites contienes
en intuición sin límite,
donde tiempo y espacio duermen su sueño agudo,
hasta la última línea que divide
lo creado y la nada.

Mi inteligencia insomne
anhela parecérsete:
dame la maravilla,
la dura precisión
del mundo que has creado.


SEGUNDA PALINODIA

LA SANGRE

...quaerebam aestuans unde sit malum.
(Confessiones VII, 7, 11)

He viajado por la mitad del mundo.
Desde el avión miraba, insaciable, el mar, la tierra.

Sólo veía sangre derramada.

Y yo me preguntaba, ¿cómo?, ¿por qué?,
y quería descender, palpar aquella manta roja,
convencerme de que (quizá) no era sangre
(tal vez un meteoro
desconocido).

Pero no, que era sangre, sangre, sangre.
Yo gritaba aterrado,
yo quería parar el frío pájaro de níquel gris sin alma,
y me retorcía, impotente,
colgado allá en la altura,
entre compañeros de viaje que leían su Life
y pilotos albinos que no me comprendían.

Hay que bajar, hay que bajar: peligro.
Inmensos Amazonas vierten sangre en los mares.
Grandes ríos satélites hinchen de roja espuma hirvientes
Amazonas.
Sutiles riachuelos escarlata avanzan sigilosos (como
termómetros febriles) sobre los torvos ríos.
Violáceas torrenteras humeantes rugen y se descuelgan
buscando riachuelos donde aplacar su ira.
Sangre, sangre,
inmensa red de sangre riega el mundo.
¿Dónde sus fuentes? Quiero ver las fuentes.

Señores, paren, paren: hay que bajar.
Hay que bajar, ahora mismo.
Porque hay sangre por todo el mundo,
y yo necesito saber quién vierte la sangre,
y por qué se vierte y en nombre de qué se vierte.

Dame, oh gran Dios, los ojos de tu justicia.
Porque en el mundo reina la injusticia.
Tú no creaste la injusticia. Alguien ha creado la injusticia.
Alguien es el injusto, y yo necesito verle la cara al injusto,
Porque hay mentira y quiero ver sus fuentes ocres.
Ojos míos, alerta, alerta:
yo quiero ver qué brazos ahogan la justicia de Dios, qué
bocas retuercen su verdad.


TERCERA PALINODIA

DETRÁS DE LO GRIS

Ah, yo quiero vivir
dentro del orden general
de tu mundo.
Necesito vivir entre los hombres.
Veo un árbol: sus brazos ya en angustia
o ya en delicia lánguida,
proclaman su verdad:
su alma de árbol se expresa,
irreductiblemente única.
Pero el hombre que pasa junto a mí,
el hombre moderno
con sus radios, con sus quinielas, con sus películas sonoras,
con sus automóviles de suntuosa hojalata,
o con sus tristes vitaminas,
mudo tras su etiqueta que dice «comunismo» o
«democracia» dice,
con apagados ojos y un alma de ceniza
¿qué es?, ¿quién es?

¿Es una mancha gris, un monstruo gris?

Monstruo gris, gris profundo,
profundamente oculta sus amores, sus odios,
gris en su casa,
gris en su juego,
en su trabajo, gris,
hombre gris, de gris alma.
Yo quiero, necesito,
mirarle allá a la hondura de los ojos, conocerle,
arrancarle su careta de cemento,
buscarle por detrás de sus tristes rutinas,
por debajo de sus fórmulas de lorito real (¡Pase usted!
¡Tanto gusto!),
aventarle sus tumbas de ceniza,
huracanarle su cloroformo diario.

Un día llegará en que lo gris se rompa,
y tus bandos resuenen arcangélicos,
oh gran Dios.

Dime, Dios mío, que tu amor refulge
detrás de la ceniza.
Dame ojos que penetren tras lo gris
la verdad de las almas,
la hermosa desnudez de tu imagen:
el hombre.


HOMBRE Y DIOS { título de esta sección }

HOMBRE Y DIOS

Hombre es amor. Hombre es un haz, un centro
donde se anuda el mundo. Si Hombre falla,
otra vez el vacío y la batalla
del primer caos y el Dios que grita «¡Entro!»

Hombre es amor, y Dios habita dentro
de ese pecho y, profundo, en él se acalla;
con esos ojos fisga, tras la valla,
su creación, atónitos de encuentro.

Amor-Hombre, total rijo sistema
yo (mi Universo). ¡Oh Dios, no me aniquiles
tú, flor inmensa que en mi insomnio creces!

Yo soy tu centro para ti, tu tema
de hondo rumiar, tu estancia y tus pensiles.
Si me deshago, tú desapareces.


SEGUNDO COMENTARIO

1

Creación tiene un polo: hombre se llama.
Allí donde hay un hombre se anuda el Universo.
Oh tiranía, oh fuerza del hombre aun a Dios mismo.
En mi cerebro bulle, enorme, misteriosa,
(última idea, en último rincón, de última causa)
esta palabra: «Dios».
Todo, todo, sí, aun Dios, el Dios inmenso,
va a centrarse en mi mente.

2

Sagrario de mi mente, con la idea de Dios,
rodeada de un silencio
que ni aun ángeles turban,
ni siquiera una tenue oscilación de llama
votiva.
Oh mi idea
de Dios, inmensa soledad,
a solas con mi Dios, allá en las galerías,
en los oscuros arcos
del cerebro.

3

Tirana mente mía,
mente creada,
único continente capaz de lo increado,
templo de Dios.

Tal si yo encierro,
a través de una lente,
en pequeñita caja,
todo el fuego del astro de la vida,
allí se reconcentra, diminuto,
tanto que la materia
arde.
Sí, mi intuición de Dios
es muy pequeña,
mas
cuando yo pienso «Dios»,
allí, en pequeño foco,
representado está mi Dios inmenso,
y me escuece,
y me abrasa.
La carne se me abrasa,
y el alma casi vuela, como un humo
azul hacia el azul.

4

Oh tiranía.
Oh centro de mi mente.
Oh prisionera imagen de mi Dios.
Aniquiladme, borrad mi inteligencia:
donde «Dios» refulgía sólo habrá un gran vacío.
Para su plenitud Dios necesita al hombre.
En su divina mente le concibió por eso,
para eso.
Así la luz camina velocísima
buscando dónde reflejarse,
así el inacabable lago gris
añora una ribera.

5

Dios es inmenso lago sin orilla,
salvo en un punto tierno,
minúsculo, asustado,
donde se ha complacido limitándose:
yo.
Yo, límite de Dios, voluntad libre
por su divina voluntad.
Yo, ribera de Dios, junto a sus olas grandes.

6

No, Dios mío, tú, todo: la ola y la ribera.
Yo, sólo, el junco verde que los vientos agitan
en tus orillas grises.
Yo, afirmación delgada
—ah, pero concretísima—, terca en su verde: verde
sobre el gris infinito.
Yo, el Hombre: yo, tu Hombre,
oh tú, mi Dios, mi Dios.


TERCER COMENTARIO

(RECUERDOS DEL COLEGIO, 1909)

Yo soy tu junco. Yo quise ser tu báculo.
Cuántas veces de niño vi las representaciones
groseras
de tu forma sin forma.
Ay, yo guardaba
en mi devocionario una estampita
que era tu imagen.
En ella artista anónimo
(los hombres buscan para ti lo más noble)
te imaginó: un anciano, barbas blancas,
un rostro de bondad,
cuarteado de arrugas,
y un cansancio en los ojos,
un cansancio infinito: qué bellos ojos tristes.

En el ambiente mágico, multicolor, de la capilla esbelta
—oh Virgen del Recuerdo—
cuántas veces miré
aquel rostro cansado y sentí pena.
Sin duda era fatiga
por la maldad del mundo, por mi propia maldad de niño
malo,
cansancio del esfuerzo
de emanar la verdad, la belleza y el bien
sobre la indiferencia
del hombre;
cansancio del inútil esfuerzo creador, propagante,
del monótono esfuerzo engendrador de mundos,
en creación sin límite,
incesantemente, invariablemente prolongada.

Aburrido,
en aquellos lentísimos minutos matinales
(con el café, la mantequilla, el pan crujiente,
aún puerto inasequible, en lejanía
de opuesta orilla atlántica),
en aquellos minutos goteantes,
aún entredormido
con el recuerdo acurrucado de la cama (¡tan tibia!),
en el frío bostezo de la capilla iluminada,
yo palpaba la estampa de tu imagen,
y a veces racheadas ráfagas de piedad
me rasgaban la bruma del hambre y la nostalgia.

Y aéreos corredores se abrían: yo avanzaba,
impertérrito héroe,
sobre ¿un trillo estival?, erecto,
triturando una inmensa parva de heterodoxos,
réprobos, francmasones, con Juliano el Apóstata, con
Voltaire, con Lutero
(y con don Alejandro
Lerroux),
todos causantes de aquel cansancio entristecido
de la divina faz.

Era el primer estadio: un estadio imperfecto.
Después se ennoblecía mi visión, se adulzaba.
Todos los heresiarcas se ponían en pie, juntas las manos,
y con cintas azules y blancas de congregantes, iban
a recibir, humildes, el bautismo, y la sagrada comunión.
Detrás, una borrosa caterva (todos, indios, más algún
negro) silenciosa avanzaba,
con plumas de colores, como en un cuadro, aquellos (La
Conquista
de México, con equis) de nácar incrustados
(los domingos, mirando un panorama
de familias burguesas y bombones:
la sala de visitas).

Y yo con una mano —revestido de estola—
administraba miles y miles de bautismos,
sobre cada occipucio una esponjita rubia sutilmente
exprimiendo
(con agua recogida, del rocío en las hojas: tal, a veces,
misioneros con barbas, en remotos países),
y con la otra mano a cada catecúmeno daba
comunión (¿o ceniza?) diciendo Pulvis erís.
Y la fila infinita ondeaba al pasar como devota oruga
frente a mí, cada anillo
arrodillándose,
levantándose,
todos con expresión piadosa,
casi bovina.

«Da mihi animas».
Yo te daría almas, y aun dejaría
lo demás,
yo, obrero de tu colmena,
adalid de tu causa,
defensor de tu derecho pisoteado,
oh viejísimo Dios,
oh rostro venerable y triste,
lleno de arrugas.


CUARTO COMENTARIO

Con esos ojos fisga, tras la valla,
su Creación, atónitos de encuentro.
D. A.

Ah, gracias por mis ojos inventores.
¿Qué es la luz sin un ojo que la mire?
Sordamente se irradia, vibración sutilísima,
por mares de negrura: un mundo ciego.

Mis ojos inventores crean la luz.
Colaboran a cada millonésima parte de segundo
en el plan providente de la gran Creación:
prolongan creación, inventan luz.

Soy colaborador, soy delegado
de mi Dios, a través de mis ojos.
Y más, afirmo aún más
(y me aterra al decirlo un terror dulce).

Nadie duda
que la vista divina (la divina intuición)
es algo que la humana vista nunca ha podido
ni entrever:
nosotros vemos la Creación como hombres;
Dios, sólo como Dios.

Mas lo abismal es esto: que no puede
dejar de verla
como Dios.

Sí, me eriza de espanto pensar que ni a Dios mismo
le es dado deponer —ni un instante—
la acuidad sin riberas de su vista,
tan lejos de la humana;

que para ver, humanamente,
su Creación,
necesita mirarla
a través de mis ojos,
a través de los ojos
del Hombre.

Ah, misterio, mi Dios mirando alborozado
en mis hondas retinas
—en el cine en penumbra de mi globo ocular—.
¡Allí mi Dios, hecho niño de nuevo,
ensimismado, absorto
en la belleza humana
del mundo que él creó!


Y YO, EN LA CREACIÓN

Qué soledad: Dios, solo. Solamente
Dios y la Nada. En el no-espacio, ardía
el no-tiempo. Letal monotonía:
el Dios y su vacío, frente a frente.

¡Nada, espanto, aún de Dios!
¡Ah, no!; en su mente,
rosa en botón, la Creación latía.
Todo futuro ser, dentro, bullía.
(Ya Dámaso era allí chispita ardiente.)

Fue el espacio. Fluyó, sobre el espacio,
el tiempo, un terco río. Y el palacio
con flotantes antorchas se alumbró.

Siglos...
¡Mi día!: y amo, canto, pienso,
yo, de Dios, ante Dios. Destino inmenso.
Él y yo: de hito en hito, Dios y yo.


EMBRIAGUEZ

Me embrïago de aromas. Qué delicia,
campo recién llovido castellano.
Que embriaguez, tocar, tocar...: mi mano
febrilmente las cosas acaricia.

No se sacia. la vista, que se envicia
en color, embriagada, oh mi verano.
Embriaguez de oír: ruiseñor, piano,
mar, selva, viento, multitud, noticia.

Me embriago de mujer, dulce marea
como un vino, y de vino me embrïago.
¡Vivir, vivir, oh dulce embriaguez mía!

¡Qué has de entenderme, turba farisea!
La ebriedad de mi sangre busca un lago
final: embrïagarme en Dios un día.


CUATRO SONETOS SOBRE LA LIBERTAD HUMANA

I

CREACIÓN DELEGADA

Qué maravilla, libertad. Soy dueño
de mi albedrío. Me forjo (y forjo), obrando.
Yo me esculpo, hombre libre. Paro, ando,
hablo, callo, me río, pongo ceño,

yo, Dámaso, cual Dámaso. Pequeño
agente, yo, del Dios enorme, cuando
pienso, obro, río, Creación creando,
le prolongo a mi Dios su fértil sueño.

Dios me sopla en la piel la vaharada
creadora. Padre, madre, sonriente,
se mira (¡Vamos! ¡Ea!) en mis pinitos.

Niño de Dios, Creación plasmo de nada,
yo, punto libre, voluntad crujiente,
entre atónitos orbes infinitos.

II

INCONTRASTABLE, DIVINA

Qué hermosa eres, libertad. No hay nada
que te contraste. ¿Qué? Dadme tormento.
Más brilla y en más puro firmamento
libertad en tormento acrisolada.

¿Que no grite? ¿Mordaza hay preparada?
Venid: amordazad mi pensamiento.
Grito no es vibración de ondas al viento:
grito es conciencia de hombre sublevada.

Qué hermosa eres, libertad. Dios mismo
te vio lucir, ante el primer abismo,
sobre su pecho, solitaria estrella.

Una chispita del volcán ardiente
tomó en su mano. Y te prendió en mi frente,
libre llama de Dios, libertad bella.


QUINTO COMENTARIO

Mi Dios limita con mi voluntad:
porque él me hizo libre.

Porque me ha hecho su colaborador:
su administrador delegado.

Me ha dado las llaves de sus graneros de potencia:
el mando de mis facultades operarías.

Yo administro creación, yo prolongo creación:
porque libertad es creación.

Dios, mi Dios, me mira ahora complacido:
poema, criatura nueva, ser único, unicidad yo creando.

Porque creando uso de la libertad que me dio:
en cada acto de mi libertad estoy creando.

Creando, estoy creando, segundo a segundo:
cada acción de mi vida, flor nueva.

Cada acto de mi voluntad, color inventado, forma que
no había,
aroma, donde no aroma.

Sobre papel yo grabo criatura novísima:
Dios complacido la mira surgir de la nada.

Nunca, nunca se alumbró su sonrisa como ahora que
grabo
sobre papel criatura de mi pensamiento, tan tenue,

poema, máxima creación posible a mortal,
máxima creación sin materia, espíritu sin pies y sin manos.

Como padre, por encima de mi hombro, Dios mira
complacido,
como padre a quien hijo párvulo la letra le imita,

porque nunca su mano imité, su mano creante,
como ahora en los versos tan tenues, con soplo de espíritu.

Porque, libre, uso mi libertad espíritu creando,
creando más, más libertad, poema creando.

Y porque la uso para alabarle.
Bendito sea.


CONTINÚAN LOS CUATRO SONETOS SOBRE LA LIBERTAD HUMANA

III

ARREPENTIMIENTO

¿Qué has hecho tú? ¡Dámaso, bruto, bruto!
Del mundo, libertad centro te hacía.
Tiempo de Dios, en libertad crecía.
La flor, en rama, libre se iba a fruto.

¿Qué hiciste, adolescente chivo hirsuto,
luego chacal, pantera de tu hombría,
hoy mico viejo ya, tú, inarmonía
del orbe en Dios, Dámaso bruto, bruto?

¡Alas de libertad! Aire sereno
el orden era en torno. Y yo gritaba:
«¡Libre Dámaso-Dios!»
Dámaso impío:

aire de Dios rasgó mi desenfreno,
que osé la libertad que Dios me daba,
látigo contra Dios alzar, ¡Dios mío!


IV VIDA-LIBERTAD

Libertad, ¿qué eres tú? ¿Gozo? ¿Alborozo?
¿Primavera? ¿Pero es la primavera
un nadar de oros ágiles? ¿Ribera
tiene el gozo? No, entonces no es el gozo.

Alondras por el alma, sobre un trozo
de azul, volando, ¿es libertad? ¿O era,
en mi ensueño, la nieve, así, cimera,
o, en mi savia, el abril de un mundo mozo?

Ay, yo no sé lo que eres, mi albedrío...
¿Alegría de Dios, que a mí refluyes?
¿Aroma del vivir, que me embrïagas?

Sólo sé, libertad, que allá en lo umbrío
siento el pulso de Dios; y por mí fluyes,
libre anhelar que en tiempo te propagas.


SOLEDAD EN DIOS

Yo estoy a solas con mi Dios, ¡qué espanto,
cámaras de mi mente! Compañía
ni de hombres ni de arcángeles cabría
en tumba-soledad que oprime tanto.

Él me cruje en.el hueso. El amaranto
de mi sangre él desboca. Gritería
me punza en nervio vivo. Pena mía,
a él me saben las sales de mi llanto.

En soledad de Dios: ni amor, ni amigo,
padre ni madre. Acero soy; él, polo.
Clavado en él, sin tiempo ya, sin nombre.

Furia y espanto, en soledad, conmigo,
mi duro Dios, mi fuerte Dios, mi solo
Dios, tú la inmensa soledad del hombre.


EPÍLOGO HOMBRE SOLO

ESE MUERTO

Viviría en la náusea, el estertor, el crimen;
en cavernas sin sonda, taponadas de fango,
o en atarjeas fétidas, entre ratas blanduzcas:
furtivos, hoscos dioses.

Aunque fuera sin dueño, sin amor, sin amigo,
sin un perro, una casa, una luz, una silla;
solo, tras los desiertos; o, en la jungla del tigre,
inerme, tierno, solo.

Viviría lombriz, sí, viviría hormiga,
instintiva potranca, absorto búho inmóvil,
o molusco sin ojos donde en roca mar bate
(o torpísima ameba).

En planetas de amonio, viviría, entre un vaho
soturno, en el que opacas lunas filtran luz ocre;
o arrastrado en postreras nebulosas en fuga,
entre hostiles portentos.

Ay, si le dierais vida (con miseria o con gozo;
en donde «libertad» susurren brisas nuevas
o donde hiere el látigo rostros, espaldas corva) ¹,
ay, si le dierais vida,

{ ¹ o donde marque el látigo rostros, encorve espaldas) (en Poemas escogidos,
Pág. 141). }

viviría «la vida»: ese palpo, ese palpito,
su pulpa siempre virgen, el zumo de su tiempo,
el pulso de las venas, que proclama «adelante»,
su renacer continuo.

¡Ah, gloriosa, gloriosa! ¡Ah, tierna, intermitente
onda suave, onda en furia, que nos lames o azotas!
Ese muerto, esa ausencia, ¡ah, si vivir pudiera
como yo que ahora canto, lloro, rujo, estoy vivo!


GOZO DEL TACTO

Estoy vivo y toco.
Toco, toco, toco.
Y no, no estoy loco.

Hombre, toca, toca
lo que te provoca:
seno, pluma, roca,

pues mañana es cierto
que ya estarás muerto,
tieso, hinchado, yerto.

Toca, toca, toca,
¡qué alegría loca!
Toca. Toca. Toca.


A UN RÍO LE LLAMABAN CARLOS

(Charles River, Cambridge, Massachusetts.)

Yo me senté en la orilla:
quería preguntarte, preguntarme tu secreto;
convencerme de que los ríos resbalan hacia un anhelo y
viven;
y que cada uno nace y muere distinto (lo mismo que a
ti te llaman Carlos).
Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte
por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives.
Dímelo, río,
y dime, di, por qué te llaman Carlos.

Ah, loco, yo, loco, quería saber qué eras, quién eras
(género, especie)
y qué eran, qué significaban «fluir», «fluido», «fluente»;
qué instante era tu instante;
cuál de tus mil reflejos, tu reflejo absoluto;
yo quería indagar el último recinto de tu vida:
tu unicidad, esa alma de agua única,
por la que te conocen por Carlos.

Carlos es una tristeza, muy mansa y gris, que fluye
entre edificios nobles, a Minerva sagrados,
y entre hangares que anuncios y consignas coronan.
Y el río fluye y fluye, indiferente.
A veces, suburbana, verde, una sonrisilla
de hierba se distiende, pegada a la ribera.
Yo me he sentado allí, sobre la hierba quemada del
invierno, para pensar por qué los ríos
siempre anhelan futuro, como tú lento y gris.
Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.

Y tú fluías, fluías, sin cesar, indiferente,
y no escuchabas a tu amante extático,
que te miraba preguntándote,
como miramos a nuestra primera enamorada para saber
si le fluye un alma por los ojos,
y si en su sima el mundo será todo luz blanca,
o si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que
besa.
Así te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la
sombra de los quince años,
entre fiebres oscuras y los días —qué verano— tan lentos.
Yo quería que me revelaras el secreto de la vida
y de tu vida, y por qué te llamaban Carlos.

Yo no sé por qué me he puesto tan triste, contemplando
el fluir de este río.
Un río es agua, lágrimas: mas no sé quién las llora.
El río Carlos es una tristeza gris, mas no sé quién la llora.
Pero sé que la tristeza es gris y fluye.
Porque sólo fluye en el mundo la tristeza.
Todo lo que fluye es lágrimas.
Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dónde
viene la tristeza.
Como yo no sé quién te llora, río Carlos,
como yo no sé por qué eres una tristeza
ni por qué te llaman Carlos.

Era bien de mañana cuando yo me he sentado a
contemplar el misterio fluyente de este río,
y he pasado muchas horas preguntándome, preguntándote.
Preguntando a este río, gris lo mismo que un dios;
preguntándome, como se le pregunta a un dios triste:
¿qué buscan los ríos?, ¿qué es un río?
Dime, dime qué eres, qué buscas,
río, y por qué te llaman Carlos.

Y ahora me fluye dentro una tristeza,
un río de tristeza gris,
con lentos puentes grises, como estructuras funerales grises.
Tengo frío en el alma y en los pies.
Y el sol se pone.
Ha debido pasar mucho tiempo.
Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras.
Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo
lentísimo.
Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como
un río indiferente.
Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos, mucho
tiempo
desde que yo me senté aquí en la orilla, a orillas
de esta tristeza, de este
río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.

Dunster House,
febrero de 1954.



GOZOS DE LA VISTA


DESCUBRIMIENTO DE LA MARAVILLA

I

Algo se alzaba tierno, jugoso, frente a mí.
Yo era (yo, conciencia). Pero aquello se alzaba
enfrente. Y era todo lo que no era yo: cosas.
Las cosas emanaban unos hilos sutiles:
luz, luz variada, luz, con unas variaciones
inexplicables, daba tiernísimos indicios
de variedad externa a mí. Ah, sorprendente:
yo, Dámaso, era único: lo no-Dámaso, vario.

Pero yo, ¿cómo era? Una unicidad lúcida
se derramaba en mí. Cuando digo se derramaba,
acaso admito... Claro está: un movimiento,
un cambio temporal. Yo vivía, variaba
a cada instante; y siendo sólo un único Dámaso,
—misterio— había infinitos Dámasos en hilera:
tantos como latidos dio un corazón.

Las cosas
emanaban sutiles hilos, dardos o tallos
(yo no sé): se juntaban hacia mí, se fundían
en mí (mejor: conmigo). Nunca tapiz más bello
se tejió para bodas de lo vario y lo uno.

Tapiz, hilos: o dardos que acribillaban. Roto
mi alcázar (que sería de negrura, imagino,
en vísperas de todo: negrura sobre hondura) ¹
muros se hundían: llamas. ¿Qué llamarada es ésta
multicolor?... O tallos, que crecían tenaces,
y en espacio-maraña de lianas, bejucos,
cuajaban selva virgen.

Qué gozos, qué portentos:
yo ardía inextinguible, no en fuego, en luz. Yo, torre,
atalaya exquisita, torre de luz; yo, faro,
vitrina de diamantes; yo, porche de una siesta
tropical.

¡Dulce espejo, retina, mi inventora!
Algo exterior te azuza: saetas, hilos, tallos.
Atraes, de amor antena, centro de amor fluido.
Y al Dámaso más pozo, más larva en hondo luto
problemático, cambias en Dámaso-vidriera,
torre de luz, fanal, creándose, creándote,
luz, ¿en qué nervio íntimo?, inventor de los Dámasos,
inventor de universos, que grita: «Luz, yo vivo.
Un infinito cabe en la luz de un segundo:
no me habléis ya de muerte.»

II

He mirado mis ojos.
He mirado mis ojos en un espejo: eran
oscuros y pequeños. Alguna vez lloraban.
Por eso no eran ojos de cangrejo o de oruga;

{ ¹ Verso omitido en la edición de Col. Austral. Está en Ínsula y en Poemas
escogidos. }

ojos humanos: dos agujeritos negros ¹
y tristes. Mas la luz, que ellos crean, sorbida,
los inunda, marea irreprimible, inmensa,
inmensándolos, ojos de un ser total, sin límite.

Y esto que entra en mis ojos, recreándose en ellos,
se une en un marco único. Los dos agujeritos
(no de oruga o de tigre, aunque tristes y fieros)
que en el espejo vi, son ya una gran vidriera
de mi tamaño de hombre.
Mis pies, mi vientre o manos
los miro casi externos a mí, no-yo (tal, cosas).
Pero del pecho arriba me sube una dulzura:
es como si mi cuerpo se me rasgara todo,
acristalado; como si mi cabeza, cáscara
ya de luz, ya vitrina, toda se abriera al mundo,
absorbiendo, bebiéndolo. Bebiendo luz, las cosas,
las cosas con la luz, y yo con ellas, Dámaso
amalgamado en luz, absorbiendo, bebiendo
el mundo en luz y yo con él. ¡Óvalo ardiente
de mi vista, atalaya, fanal-Dámaso al mundo!

{ ¹ sino de hombre: son dos agujeritos negros (variante de Ínsula y de Poemas
escogidos). }


INVENCIÓN DE LA LUZ

III

VISTA HUMANA, INTUICIÓN DIVINA

Con esos ojos fisga, tras la valla,
su creación, atónitos de encuentro.
D. A.

Ah, gracias por mis ojos inventores.
¿Qué es la luz sin un ojo que la mire?
Sordamente se irradia, vibración sutilísima,
por mares de negrura: un mundo ciego.

Mis ojos inventores crean la luz.
Colaboran a cada millonésima parte de segundo
con el plan providente de la gran Creación:
prolongan Creación, inventan luz.
Soy colaborador, soy delegado
de mi Dios, a través de mis ojos.
Y más; afirmo aún más
(y me aterra al decirlo un terror dulce).

Nadie duda
que la vista divina (la divina intuición)
es algo que la humana vista nunca ha podido
ni entrever:

Nosotros vemos la Creación como hombres;
Dios, sólo como Dios.
Mas lo abismal es esto: que no puede
dejar de verla
como Dios.

Sí, me eriza de espanto pensar que ni a Dios mismo
le es dado deponer —ni un instante—
la acuidad sin riberas de su vista,
tan lejos de la humana;

que para ver, humanamente,
su Creación,
necesita mirarla
a través de mis ojos,
a través de los ojos
del Hombre.

Ah, misterio, mi Dios mirando alborozado
en mis hondas retinas
—en el cine en penumbra de mi globo ocular—.
¡Allí mi Dios, hecho niño de nuevo,
ensimismado, absorto
en la belleza humana
del mundo que Él creó!


LUZ A CIEGAS

Me pregunto otra vez:
¿Qué es la luz sin un ojo que la mire?

Sí, nosotros decimos:
«Enciéndeme la luz; apágala»,
«A la luz de la luna»,
«Qué luz la de estos días soleados de otoño».

Todo, sensación, ilusión.
Tú interpretas la luz, que era negrura, ojo,
lo mismo que las ondas de la radio
son silencio y distancia,
hasta que el receptor las detiene y transforma.

Ay, ondas de la luz, ciega negrura.


ANTES DE LA GRAN INVENCIÓN

Animales sombríos erraban. Sigilosos
cortaban aire negro,
o por la opaca tierra se arrastraban ventrudos,
o en corredores últimos de profundas cavernas dormitaban,
o bullían en mares de líquido basalto.

Aún el ojo animal no existía en el mundo.
Lo mismo que una pieza de terciopelo negro,
lóbrega Creación desarrollaba
su espiral.
Qué ciega soledad en cieno opaco.
Qué luz sin luz.

Digo mal: porque falta palabra a mi palabra,
casi concepto a mi concepto.
Digo mal cuando digo «Qué negra soledad».
El tacto ¿es negro, acaso?
¿Lo es el olfato, el gusto?

Oh «negro», triste ausencia
del color, si te nombro,
sólo con eso admito «color», sólo con eso admito
que yo conozco la gloriosa aventura del «color».
(Tal «mudo» implica «voz»; o «calor», «frío».)

Se pide un imposible: cerrar, cerrar los ojos,
y olvidar en honduras de raigambre:
olvidar los colores, la luz, su sensación;
olvidar aun la idea de la luz.
Más todavía:
olvidar aun lo negro, olvidar aun la idea
de lobreguez.

Pensar luego un caliente
palpar, un denso, un obstinado
palpar. Los seres vivos
palpaban y roían
(sólo palpaban y roían):
todos palpaban y roían.
Y los silos del tiempo
se henchían grano a grano.

Tal la imagen del mundo
antes de las palabras
divinas:
«Sea inventado el ojo
del animal.»

Ojo,
amante receptor de las secretas ondas emanadas,
transformador en gloria, inventor de delicias,
sutilísima cámara, caleidoscópica ilusión,
preciso y delicado juguete del Gran Niño,
del Eterno Inventor de juegos
y de mundos.

He aquí mis ojos,
Dios mío, mis dos ojos,
cine vivo en relieve,
que me contemplan tristes,
desde la luna del espejo.


DOS ORACIONES

ORACIÓN POR LA VISTA HUMANA

Oh Dios, guarda mis ojos, guarda estos zumos sápidos
que me penetran misteriosos y «color» nombro.
Protege esta vidriera por la que llevo un mundo
inocente, encendido dentro de mí.

Muy cerca,
fanales semejantes me contemplan: protégelos.
Qué hermosos son: Dios mío, haz que siempre me miren
aquellos ojos negros en que te vi más límpido
reflejar tu belleza, y los amé por eso
(finito e infinito, en un reflejo único).
Y protégeme aquellos circundados de arrugas
(tersos cuando yo niño), y diles que no lloren.
Bendice los que ahora, a través de mi verso,
reciben en chispitas tus lejanos efluvios.

Si me quieres llevar, llévame entero. Pronto
para partir estoy; pero nunca me dejes
huérfano de color, acá torpe en las salas
de las tres dimensiones lóbregas, tanteando,
triste lombriz de tierra, borrosa larva en duelo,
con el zumo, la pulpa del color, aún vibrante,
ardiendo en mi memoria. ¡Entero, hacia tus gozos!
Del gozo del color —mi cielo— iré a tu cielo
que me eriza (soy hombre), para ver con tus ojos
tus paisajes unánimes. Como hoy tú ves los míos
a través de mis ojos. Y aprenderé de súbito
—cuando esta luz variada se me cuaje en un hielo-
la delicia suprema, la gran monotonía
de la divinidad, toda luz blanca. ¡Llévame!

Mas, entre tanto, deja que beba esta hermosura,
tu inmediato reflejo, traducción de tu esencia
a nuestro idioma bajo: lo que la carne puede
columbrar, desde lejos, de tu presencia enorme,
simplísima, extrañísima para el mortal. Oh, deja,
déjame que me embriague en estas lumbraradas,
verbena de este mundo, la fiesta que a los niños
mortales —cual juguete— al lado pones, hasta
nuestro estirón, el gran estirón hacia ti.
(Oh niños en la vida, sólo adultos en muerte.)
Déjame: un niño ávido soy. En juego me embriago.
Bebo colores, forma. A borbotones, vida.
Bebo en color la vida.


ORACIÓN POR LOS COLORES

VERDE

Consérvame los verdes
con que el agua se expresa en tanto amor (follaje)
sobre la tierra (pradizales, choperillas,
en giro, desde el tren). Consérvale sus verdes,
su antiguo halago a este planeta en que yo vivo,
tan calcinado y triste.

ROJO

Labios. La sangre, el alma,
se transparentan, rojas. Sí, besarlos, morderlos,
oh muchachas, oh vida. (Los hematíes suben
por intrincados cauces, desde el tuétano lóbrego.)
Ay, Dios de Dios, yo amo lo rojo de la sangre.

AZUL

Azules que te velen, en el mar, en el cielo,
tu inocencia, extendida entre el aire y las aguas,
la siesta de ese sueño con que soñaste el mundo.
Prolónganos el lento azul de tu soñar.

Y también tu tristeza: tus enlutados ocres,
los arduos amarillos primigenios, aquella
vibración inicial, cual madeja, nostálgica
ya, hacia música y verso, nebulosa amarilla,
esencial, emanante melancolía absorta,
mientras la Creación en espiral rodaba.

Sí, también la tristeza, tristísimos colores:
en mi raíz más honda me fluye la tristeza,
venero mío, de hombre. ¡Flúyeme, dulce, dulce
tristeza!

VARIEGADO

¡Señor, quiero variación! Matices
de raso o jaspe, alegres variegados, calientes
claroscuros. Los choques, en destellos y chispas,
de diamantes y sol; o sol y muslos y agua
chapoteada: ninfas en fuga. O sombra mórbida
de anchas hojas espesas, carnales, donde brillan
fosforescencias turbias. O manchas y jirones
de los colores híspidos, como gritos hirsutos:
duras centellas verdes, los yesos heridores,
las vibraciones próximas al ultravïoleta
letal: color, color, color.


UNA EXCURSIÓN

V

Color. El auto
por las siete revueltas de Valsaín se hundía
en sombra y tiempo virginal. Rosas, las cumbres
donde el sol de soslayo rozaba nieve intacta.
También de entre los canchos agironada nieve,
azulenca, bajaba hasta los mismos bordes
de la gran copa umbría: pinares aún con sueño.
Tres camaradas éramos: la mocedad, su ímpetu,
la mañana de marzo, el aire de la nieve,
ponían religión, eternidad o gloria
al instante. Diáfano cristal nos condensaba
tiempo en haces, vivir: hondos minutos
con plenitud de años.

No mirábamos: eran
zarpazos victoriosos en maduro paisaje,
la gran peña violácea sobre arrebol y nieve,
la temprana flor pobre de la cuneta en sombra,
el borriquillo cárdeno del leñador.

Qué gozo:
tres aguiluchos éramos devorando matices,
mientras el automóvil se hundía en sombra diáfana.
Gritábamos: «¡Huy, mira! ¡Mira, mira!» El más joven
(¡Señor, aún casi un niño!) me señalaba al cielo.
Miré: serena un águila, toda su envergadura
desplegada en el viento, reina de peñascales
bañándose de azul y sol.

¡Freno! Un zig-zag
horrible, cuando el mundo borrosamente gira
con vueltas, vueltas, vueltas:
¡Ah! Desfondado mundo
entre astillas o sombras profundas.
Nada. ¿Nada
o Dios?
Sombras y nada. Nada: sombras.

... Las sombras
se rasgaban... Volutas de luz, ahora nacida,
aún sin sentido, aún... Dolor. Penosamente
me puse en pie, y el mundo y un compañero absorto
que me miraba, se me revelaron. Nacían
otra vez luz, colores, perspectivas: mi hermosa
realidad exterior.
De tres, sólo el más joven
faltaba.
En un barranco, sobre un manchón de nieve,
pronto le vimos: quieto, suavemente dormía
niño pequeño sobre blanca almohada de pluma,
acurrucado, un brazo bajo la frente.

¡Pronto!
Bajamos despeñándonos, gritándole, llamándole.
Ah, ya se incorporaba, nos miraba de hito
en hito: con los ojos serenos, dilatados,
enormes.
Mas, de súbito, ambas manos se lleva
a los ojos, palpándolos. Los frota, los aprieta
cual si quisiera hundirlos en sus cuencas. Nos grita:
«¡No puedo ver, no puedo veros! ¡No veo nada!
¡Dios mío, que no veo, que no veo nada!»
Gritos
que retumban en roca.

Miré al cielo: aún el águila
en sol, en dicha: «¡No puedo ver: que no veo!»
¡Señor, casi era un niño! Ya pozo para siempre,
pozo en tiniebla, siempre.


VENGANZA DE LA CIEGA MATERIA

VI

Oh Dios, apiádate
de aquellos que gozaron color (tu paraíso)
y fueron arrojados por ángel de basalto
con espada de sombra.
Siempre en la pesadilla
de los amaneceres sin vislumbre, las águilas
descendían en grandes espirales de vértigo
sobre mi amigo (azul, índigo casi, arriba;
nieve, al fondo; amarillas flores y borriquillos
cárdenos, en la sombra diáfana), descendían
voraces hasta un niño tendido sobre pluma
blanca, y aleteándole furiosamente, en alas
de sombra le envolvían, en alas de agua en sombra,
que goteaba, goteaba, en la tiniebla
del pozo.
Apiádate de los ciegos que vieron
la hermosura del mundo.

Y apiádate de los
que no vieron jamás. Noche sumida en noche:
obstinación de masas —roces, choques, espantos—.
Es la torpe materia, la auténtica, en su luto,
tal como fue millones de siglos, cuando el ojo
animal aún no estaba inventado. Una tarde
por vez primera un ojo columbró. ¿El universo
ardía? ¡Era la luz, la luz recién creada!
Y la materia, dura, erizada, heridora,
hoy venga su secreto violado, y con su testa
de frenético chivo topetea a los ciegos,
los engancha en sus zarzas, en sus clavos los hinca,
o, con burla, se ausenta de sus brazos en cruz,
dejándoles espacio sin forma, sólo espacio
vacío, sin color, como un lago de cieno
lóbrego, sin orillas. Cual grotescos molinos
ellos giran sus aspas: sólo tocan negrura
despoblada y horrible.
Tallan con manos tercas
el espacio impiadoso: querrían «ver», querrían
inventar los colores, crear la luz a palpos.
Y tantean, tantean los hondos de su poza,
a rastras por su túnel.

Dios mío, ¿no...?
¡No! Nunca:
desde que un negro vientre concibió en hora mala
hasta el negro terror del sepulcro.


BÚSQUEDA DE LA LUZ. ORACIÓN

Yo digo
«forma». Y ellos extienden en silencio las manos
sarmentosas, y palpan con amor: tiernamente
intuyen, «ven» (a su manera). Yo les digo
«perspectiva», «relieve», y acarician los planos
de las mesas, o siguen las paredes y tocan
largamente la esquina. Se sonríen, comprenden
algo. Pero si digo «luz», se quedan absortos,
inclinan la cabeza, vencidos: no me entienden.
Saben, sí, que con luz los hombres van deprisa;
sin ella, como ciegos, a tientas; que la luz
es un agua más suave que llena los vacíos
y rebota en lo lleno de las cosas, o acaso
las traspasa muy dulcemente.

Dios mío, no
sabemos de tu esencia ni tus operaciones.
¿Y tu rostro? Nosotros inventamos imágenes
para explicarte, oh Dios inexplicable: como
los ciegos con la luz. Si en nuestra ciega noche
se nos sacude el alma con anhelos o espantos,
es tu mano de pluma o tu garra de fuego
que acaricia o flagela. No sabemos quién eres,
cómo eres. Carecemos de los ojos profundos
que pueden verte, oh Dios. Como el ciego en su poza
para la luz. ¡Oh ciegos, todos! ¡Todos, sumidos,
en tiniebla!

Los ciegos me preguntan: «¿Cómo es
la luz?» Y yo querría pintarles, inventarles
qué plenitud es, cómo se funde con el cuerpo,
con el alma, llenándonos, embrïaguez exacta,
mediodía, mar llena, enorme flor sin pétalos,
mosto, delicias, escaparate de mil joyas
brillantes, cobertura del mundo hermoso, ingrávida
vibración exquisita. No, no saben, no pueden
comprender. Digo «rojo», «azul», «verde». No saben.
«Color»: no saben. Nunca recibió su cerebro
esa inundación súbita, ese riego glorioso
—bocanadas de luz, dicha, gloria, colores—
que me traspasa ahora: ahora que abro mis párpados.
Maravilla sin límites: mar, cielo azul, follajes,
prados verdes, llanuras agostadas; la nieve
ardiendo entre las rosas rojas; o labios rojos
con sorbete de nieve.
Bendito seas, Dios mío.

Apiádate, Señor, de los ciegos, y dales
felicidad. No pido la tuya, la del éxtasis
invariable y blanco. Felicidad terrena
te pido. Engáñalos —más que a los otros hombres—,
dales tus vinos suaves, leche y miel de tus granjas,
hasta que puedan verte. Hazlos niños del todo,
que jueguen y que rían. Embriágalos, palpando.
Que no sepan. Señor, tú puedes convertirles
su gran miseria en dicha. Ilumina los pozos
profundos donde nunca rayo de luz ha herido.
Oh inventor, crea, invéntales otra luz sin retina.
Hazlos pozos radiantes, noches iluminadas.


INTERMEDIO. EL VALLE (VILLAFRANCA DEL BIERZO)

EL VALLE

Los valles miran siempre hacia ternura
inicial, hacia origen, hacia infancia
de hombres o mundos. Contempláis un valle
y el corazón se os llena de nostalgia,
¿de qué, Señor?

Desde un repecho miro:
allá, al fondo, se extiende Villafranca
del Bierzo —noble piedra, nombres altos,
huertos secretos, siglos de pizarra—.
La tarde cae. Horizontales líneas
de sol los montes a lo lejos rayan.
Y por debajo, sombras'transparentes
—quietud de sombra en tiempo— son un agua
densa, con sueño, y llenan la ancha copa
del valle. El río hacia Toral resbala.
Silencio. Un trenecito inverosímil
pita: parece un grillo en la distancia.

El valle bebe y bebe silencioso.
En eses sesga el río, y pasa y pasa.
Río es amor: es manso amor de valle.
Un valle en sombra es humedad con alma.
Zumo de una ternura me rebosa
dentro del corazón y me lo acalla
igual que a un niño.

Chopos en hilera,
laderas de viñedo, casas, tapias.
Finos dibujos forma agua que fluye
—veo de aquí su tracería exacta,
los banzados, las presas, los canales,
los canalillos, aceradas lanzas
que se ahincan en prados tiernos, verdes—.
¡Hacia un destino verde el amor mana!
Todo en silencio se consuma. Bebe
y bebe el valle. El río pasa y pasa.


VISIÓN DE LOS MONSTRUOS

(SCHERZO)

Gracias por mis ojos.
Porque mis ojos crean, porque inventan la luz; porque la
están creando, inventando ahora mismo, porque la
están creando sin cesar a cada milmillonésima
de segundo.
En mi retina, las llores de la luz, cabeza abajo; tercas,
obstinadas se pintan cabeza abajo.
Yo, antípoda de mí mismo, debería ver un mundo
colgandero; un mundo puesto a secar, lavanderas
del río.
En contradicción mi tacto y mi vista, ¿a quién atendería?,
¿de quién fiaría mis pasos?
¿Qué espíritu mágico, qué resorte desconocido, o qué
simple acomodación de mi cerebro me restablece
una imagen erecta?
¿O quizá todo es ilusión, y yo veo un mundo invertido?
¿Mi tacto, entonces, también iluso, se acomoda a
mi vista?
Gracias, tacto; gracias, vista.
Gracias, yo doy gracias por esta inversión milagrosa de la
imagen.
Gracias porque mi ojo es humano.
Gracias porque mi ojo es perfecto, para mí, humano,
perfecto (aunque soy exquisitamente miope, pero
eso no cuenta): ¡mi cámara dulce, mi Kodak, mis
vacaciones que nunca se pierden!
A veces me aterra pensar que en mi piel se pudieron abrir
a la luz unas simples manchitas sensibles (tal aún
hoy en algunas criaturas inferiores):
a través de membrana apenas translúcida, diluido en color
de agua y aguardiente, en una esmerilada luz albina,
me llegaría, en creciente borrón opaco, de la mañana el
triunfo, y como una mancha de tinta invasora, el
terror de los atardeceres.
Gracias por no tener los tres mil ojillos de una avispa; por
no tener la cinematográfica visión de mosaico de
un estólido saltamontes.
Gracias mil veces, gracias, por no haberme dado un triste
ojo pineal, elementalmente sensibilizada la epífisis
de mi cerebro para la luz del día.

Gracias por el ojo del Hombre, porque el ojo del Hombre
es casi perfecto.
Para el hombre sus ojos son perfectos.
¿Para qué la acuidad meticulosa de la visión del ave?
Allá en su vuelo el águila
aplica y cambia momentáneamente,
sobre el fondo de su retina,
diversos filtros de luz coloreados, de finísima precisión:
en un instante elige aquel que le resalta
con mayor nitidez
en lo hondo del valle
la presa,
y se lanza desde la altura.
Gracias por los ojos —no tan perfectos— del hombre.
Sería divertido, quizá, por un momento, ver como el
anableps tetrophthalmus,
feliz pez que nada con exquisita elegancia por la superficie
de los ríos más tersos,
tan delicadamente que la mitad inferior de su ojo avanza
sumergida, pero la mitad superior hiende
juvenilmente el aire.
Ah, la refracción del aire es distinta de la del agua,
por eso el precavido, el ingeniosísimo anableps
tiene cada mitad de su ojo adaptada a la distinta refracción:
tal un señor con lentes bifocales,
que deriva feliz con la corriente,
leyendo a veces el cambiante periódico del río,
mas deleitándose a la par con la sinuosa belleza del paisaje
en meandros:
Oh paseos del río, allá en la primavera, cuando el amor.
... Pero (bien pensado) gracias, gracias, gracias por no
tener mis ojos bifocales como ese pez feliz que se
llama anableps.

Gracias porque mi ojo es humano.
Ah, lo más triste de ser un monstruo sería tener ojos de
monstruo.
Me estremezco de pensar que yo he podido nacer monstruo;
tal vez un monstruo con el sentido del tacto y
el de la vista mal diferenciados.
Quizá en un planeta de una nebulosa remota,
yo podría ser ahora mismo, ahora mismo,
algo, no sé, como una babosa gigantesca, como una lenta
babosa del tamaño de cincuenta elefantes,
una horrible babosa verdinegra, o de tristísimo color caqui,
con pintas y vetas del pus más reluciente,
con un solo ojo tumefacto,
un huevo duro a medio pudrir
en el extremo de un flexible pedúnculo retráctil.
Y yo dormitaría quizá en la hendidura ¹ de una montaña,
entre las vaharadas de una atmósfera de amonio,
y cautelosamente avanzaría mi único ojo. en el extremo de
su pedúnculo,
retrayéndolo en súbitos sustos injustificados,
en busca de caza o como centinela alerta, mi triste ojo
avanzando,
acercándose, alejándose, acercándose hasta sólo seis
milímetros de la aterrada presa,
viendo como si palpara, palpando con avidez de monstruo
que deglute,
deglutiendo como si expeliera seroso y palidísimo
excremento,
ah, con cuánta tristeza,
Dámaso-babosa, con cuánta tristeza,
cuán torpemente, como si mi ojo palpara, tal un huevo
duro sin pupila que palpara,
entrechocándolo a veces de pronto contra un saliente
inesperado de la roca,
con retracción súbita y gran susto de mis doscientos
metros de pedúnculo
(doscientos, o más, imagino),
de mi pedúnculo, que se engulliría dentro de mi misma
palidez de fofa materia,
para al cabo de algunas horas (o quizá algunos siglos)
reaparecer lentísimamente de nuevo,
desplegándose con infinita cautela,
con pequeños sustos repentinos acá y allá,
desplegándose como una pértiga blanda y aguanosa de
doscientos (o más) metros,

{ ¹ «hendedura» (en Poemas escogidos). }

para comenzar de nuevo la torpe palpación de la muda y
hostil circunstancia.

No, no: qué horror.
Yo me llamo Dámaso, escribo en mi cuarto, por la ventana
veo —¡veo!— mi jardín.
Esto es un jardín; esto, una ventana; esto, un cuarto; esto
soy yo.

Yo no soy ese monstruo que pude ser;
yo soy otro monstruo, familiar y diario, rodeado de otros
monstruos (sillas, tranvías, inocentes escarabajos,
hombres) familiares y diarios también.
Yo soy tan extraño como la babosa del planeta remotísimo,
como la babosa que pude ser y no fui.
Tal vez el monstruo de la nebulosa en fuga creciente (cuya
luz jamás llegará hasta la tierra,
porque su velocidad de huida es ya mayor que la velocidad
de la luz),
tal vez la babosa del planeta lejanísimo, se horroriza ahora
mismo pensando en su hendedura
que ella podría ser un monstruo que se llamara Dámaso y
escribiera poemas,
y tuviera un cuarto y un jardín y una ventana (todo,
monstruoso, para la petulante babosa).

—Ah, pero amiga mía (tan lejana), usted se equivoca
(permítame),
porque yo..., porque yo veo,
porque yo veo ² (aunque soy tiernamente miope)
veo sin palpar (o casi palpar, como usted).
Mis ojos no necesitan proyectarse fuera de mi cuerpo para
ver; yo veo: muchachas, flores, color, luz.

{ ² «veo» omitido (en Poemas escogidos). }

Yo proyecto mis manos y mis pies, que palpan o tocan;
yo, con mis ojos, veo,
monstruo (de clase superior)
con un sentido de la vista y con otro ³ del tacto, bien
diferenciados los dos, amiga mía.
(Así yo paro en seco todas
las petulantes
intromisiones.)

Gracias. Desde Chamartín de la Rosa, un mínimo
ciudadano de la gran Vía Láctea
abre su balcón y se asoma al Cosmos, y grita: Gracias,
gracias: yo veo.
Un súbdito del modesto sistema planetario de nuestro
viejo sol, al sol su gozo proclama: yo veo.
Habitante de un planeta feliz, de un planeta jovial que por
el éter con su eje delicadamente inclinado camina,
digo mi voz: Gracias, gracias.
Desde Chamartín de la Rosa (un infecto suburbio), digo
cortésmente: Muchas gracias.

{ ³ «con otro sentido» (en Poemas escogidos). }


MEMORIA DE LA VISTA

AQUELLA ROSA

Evocamos color y traza. Aquella rosa
de ayer (que fue tan bella), cuando cierro los ojos,
de su noche renace. Yo la llamo: ella viene,
ahí está. Aéreas líneas su forma me dibujan,
con el álabe lánguido de aquel pétalo casi
desprendido. Amarilla brasa, me arde en lo oscuro.
Y arderá para siempre. Mas ¿dónde?, ¿en qué jardín?,
¿a qué sol?, ¿en qué tarde?

¡Nervio recordador,
que aún, amante, palpitas! Detrás del pensamiento,
por galerías últimas, en las cuevas más lóbregas
de mi mente, un espacio sin espacio se puebla,
y en él arde una llama de amarillo color.
Por escala sensible sube hasta el pensamiento.
Rosa en mi pensamiento, eternamente joven.


LA HERMOSURA QUE VI

Compañías etéreas nos habitan. No estamos
solos. Hay un silencio de acurrucados ángeles
dentro del alma. Allí las mudas multitudes
de la hermosura vista, sólo aguardan mandato
para alzarse. Son nuestras, eternamente nuestras.
Ojos que amor ahondaba. Llanuras de los éxtasis
amarillos. Mar ancho, azul, con un retozo
de vellones de espuma. Mármoles encendidos
en las candidas llamas de la forma. Ciudades
del trajín y, de pronto, suspensas, de puntillas
sobre parques de ensueño verde y esbeltas aguas.
Flotáis con las delicias de un ávido inocente,
o entre deseos turbios de aquella adolescencia
feroz, o bien surgís sobre el resol tardío
de este hermoso cansancio.

Sois míos, bellos seres.
Estáis conmigo, en mí, sois yo. Formas, estelas
de mi vida, hermosura que vi, mi compañía,
mi dulce amor. La ruta lleva hacia un frío oscuro.
¡Conmigo, siempre, cálidos, silencio y luz, mis ángeles!


INVISIBLE PRESENCIA

Y siempre de nuevo hacia las rinconadas del terror;
hacia los huertos hondos cuando la noche se adensa.
Siempre hacia esa sensación de presencia misteriosa a mi
lado; de bulto impalpable en mi orilla.
Terror de mi gozo y de las fuentes de mi gozo; cuando
canto en la noche mi dicha, mi voz tiembla de
relente o de miedo.

Yo aprieto un botón, y aquí en la noche se me abre un
jardín; yo enciendo mi primavera voluntaria.
Yo aprieto un botón; y todas las flores de repente se
contraen, el gran cero de la sombra.
Y hay una mole que jadea a mis pies; que siempre jadea a
mis pies.

Aquí acurrucado en la cama, insomne, enciendo y apago
las llores del color; y los perros ladran fuera a su
miedo.
Recapitulo mis dichas, yo deudor insolvente; y tú el
extraño, como un pozo donde retumba el eco, a
mis pies.

Yo vivo, yo estoy vivo; y tú, pozo a mis pies.
Yo vivo, nutriéndome, sorbiendo luz, sorbiendo color,
forma, perspectiva, sorbiendo sensaciones,
Dámaso incógnito, sorbiendo una dulce fluencia incógnita,
de incógnita ubre,
Dámaso-alimaña, aterrorizada por la presencia oscura de
una inmensa madre.

Te llamo «Dios», oh padre, oh madre, oh benefactor
que me nutres,
oh prolongador de la perspectiva, que me crea el espacio;
del movimiento en el espacio, que me fragua tiempo.
Oh mi creador de la luz, del matiz; del espacio, mi tienda
infinita, para que en su centro te adore.
Oh inventor de mi fluencia, de mi existir —cohete, a cuya
varilla me aferro.
Oh presencia invisible, pozo, jadeo, bulto sin tacto.
Oh presencia invisible, en mí, fuera de mí, poblándome.

Te digo «Dios», «mi Dios»,
yo, llama de alcohol, tenue, tan tenue que se apagaría al
mismo soplo que la creaba,
pero tú soplabas con delicadeza de niña, amorosamente,
tiernamente, para que no me extinguiera,
tú, oxígeno sin descanso, para que no me asfixiara.
Tú has lanzado sobre mi lucecilla tu lujo, tu gala de
aceites, tus sándalos y tus palos de áloe,
tú has lanzado sobre mí el flujo inacabable de las sutiles
sensaciones,
la vibración de la materia, ese temblor misterioso de la
materia, que en mí ardía, que en mí se glorificaba,
ardiente.
Tú, Dios mío, tú, llama y leño y aceite y soplo.

Tú le has dado la leche tibia que sorbe, al ternerito;
y le has dado al arbolillo, en la tarde de junio, el cauce
sereno del agua más clara.
Tú, incesante, me lanzas los ríos de agua pura, los canales
de la tibia leche
y las rubias madejas de miel en los largos hilos elásticos.
¿Tú, gran Dios, a mí,
a mí, abeja del brezo más acre,
a mí, bestezuela espantadiza,
a mí, endrino amargo de la paramera?
Y crecía, crecía un Dámaso-arbolito, un Dámaso-alimaña,
nutriéndose, poblándose, asombrándose, niño al
que ya rebosa el blanco zumo dulce, entre los labios.

Y Dámaso crecía como una gran flor compuesta, donde
las células en silencio se multiplicaban,
las de tejido muscular atesoraban potencia, las nerviosas
preparaban sus latigazos eléctricos, sus presentimientos
rapidísimos,
mientras las cerebrales se cargaban de sensaciones, con la
memoria y la poesía y el amor,
y se cargaban de razones para el odio.
Secretos glóbulos rojos incesantemente navegaban la
canalización de la sangre, pataches cargados de la
más exquisita mercadería.
Y era todo ademanes fuera; dentro, susurros, crujidos y
lóbregos movimientos peristálticos
y el fuelle de los pulmones soplando oxígeno sobre mi
sangre, llama oscura.
Y el corazón, en su fragua, fidelísimo martinete.

Y crecía y almacenaba y ordenaba sensaciones, todas en
los sótanos, embaladas y con sus marbetes; todas
evocables, sumisas a un mandato.
E iba poblándose como ciudad nueva, con sus barrios, sus
rondallas al atardecer y sus festones de bombillas
iluminadas,
ya Dámaso-ciudad, factoría, colmena;
y el corazón en su fragua, con la pena y el gozo,
pero siempre, en pena y en gozo, en la ribera de tu lago
oscuro, Dios mío, frontera de tu espanto.

He visto una gran playa amarilla, y he contemplado el
fluir de las olas, y hasta la ondita menor grababa un
recuerdo en la arena.
Fluían para nutrirme las sensaciones en oleadas: el concreto
sonido, los sutilísimos olores con su triste hermanastro
el gusto,
el torpe tacto, como un pulpo tentacular, como una jibia
en su tinta difuminándose. Y la vista.
Tú, vista, barrena del espacio, inventora de la luz y su
derrame de matices ¹,
mi galería de los frescores, mi jardín de las flores infinitas,
mi laberinto de la maraña, mi gloria, mi delirio de
lo exacto;
ah, vista, teatro de la maravilla luciente, mi cine coloreado
de las tres dimensiones,
mi cine de Dios, en el día de la creación más honda;
y la fantasía como un faldero alborozado; y yo, niño
absorto.

Yo, que ahora, en mi cama, ilumino, apago la creación
de Dios,
yo, niño absorto, que ilumino, apago mi teatro, ilumino de
nuevo,
jugando con un botoncito, o de día con el telón de mis
párpados:

{ ¹ «Tú, vista, barrena... de matices» es sustitución de «Ah, vista, emperatriz
de los sentidos» (que se leía en Papeles de Son Armadans, pág. 76). }

teatro, en que yo, público, y mi escenario dentro de mí,
porque el mundo se me enciende dentro de mí, hirviéndome,
fresco, detrás de los ojos.

Yo canto el gozo, voceo el gozo, yo lanzo alaridos de
gozo hasta ti, Dios mío: ¡Yo veo, yo veo!
Gloria, gloria por este cohete de verbena multicolor; el
árbol del mundo se me abre en millones y millones
de puntas,
todas dentro de mí, y al extremo de cada una, una flor que
nace en mi cerebro; así se cuajan los tapices de mi
retina.
No hay delicia como esta granada que de repente revienta
en lo íntimo oscuro, que se parte en zumos de
color.
Vivan, vivan los colores fresquísimos, recientísimos, rezumados
de todas las cosas, como jugos que se
revierten,
con los contrastes que excitan el corazón, y los matices,
aroma de la vista,
y el ancho, el hondo mundo rezumante, rezumando, infinito,
colores.
Y yo gozaba de los colores; y una oquedad, ante mí,
y mi alma, entre amor y espanto, que se me iba, que se me
vertía en la oquedad negra, sin fondo.

Tú, tú me has incendiado en colores mi alma; mi alma, en
las galerías del doblado, sobre el mar de la siesta.
Mi alma, por los matices y los contrastes, entre los estanques
ardientes y los frígidísimos, la escala de las delicias.
Tú me lo has dado, mi Dios, mi pozo, mi llama, mi amor,
mi espanto, mi oquedad.
Yo tiemblo, cardo estéril, endrino amargo.
¿Qué te he dado yo a tí desde la lumbrarada de mi alma,
en el acuario de las luces?
Tú me has dado la forma, y la perspectiva, arquitecto,
inventor de mis estancias,
y el color y el olor, jardinero de mis pensiles.
Tú has incendiado mis jardines en tu gloria. ¿Qué te he
dado yo a ti?

Yo te llamo «Dios», y es lo único que supe darte.
Tú me has dado mi ser, y me lo has llenado con mi existir;
yo a ti, un nombre.
Porque yo te llamo «Dios»: nombre es lo único que supe
darte.
Cuando yo te llamo «Dios» te devuelvo todas las
sensaciones,
toda la miel y el oxígeno, todo el incendio y tus estanques,
y la circunvalación de mis glóbulos,
y mi ser y mi existir, y las tenebrosas galerías de mi origen
y mi desconocida causa.
Recíbeme en lo único que te puedo dar, en ese nombre
con que te nombro,
«DIOS».

Yo digo «Dios», y quiero decir «te amo»,
quiero decir «Tú, tú que me ardes», quiero decir «tú, tú,
que me vives, vivísimo, alertísimo»,
te digo «Dios», como si dijera «deshazme, súmeme»,
como si dijera «toma este hombre-Dámaso, esta diminuta
incógnita-Dámaso,
oh mi Dios, oh mi enorme, mi dulce Incógnita».



OTROS POEMAS


POESÍAS OCASIONALES

EN EL ÁLBUM QUE FUE DE CARMETA, EN EL SIGLO XIX, Y ES DE CARMELA, HOY

(7 de marzo de 1946)

Para Carmela Teixeira de Oliver

¿Quién es? En la alta noche, sobre la hoja, aún blanca,
escribe. Líneas breves. La mano del poeta,
de un pequeño zigzag una música arranca:
son versos, son los versos que cantan a Carmela...

... ¡Sigue, libro, perdura! ... Dormido, estás soñando
belleza, amor, calientes horas, soles de un día:
Carmela era una flor o era un pájaro, cuando
cual ruiseñor cantaba, o, rosa, sonreía.

... Juventud, ¿tú, una música partida? No, no es eso,
es un verso la vida, donde nada se tacha.
Y no muere la flor, como no muere el beso:
¡es un álbum la vida, de muchacha a muchacha!

¡Sigue, libro, perdura!... Los mismos —y diversos—
las musas, los poetas: ¡primavera divina!
Seguirán otros soles, siempre con dulces versos
a Carmencita, a Carmen, a Carmenchu, a Carmina...

... ¿Quién soy? Es alta noche. La página, amarilla:
años... Giran los astros, mientras mi mano vuela
en pequeño zigzag. Junto a mi negra orilla,
van fluyendo en la noche los versos a Carmela.


ROSALÍA TIENE QUINCE AÑOS

(1 de enero de 1954)

A Rosalía Payno ¹

Quince almendros en flor, tus quince años.
¡Qué blancura el paisaje de tu alma!
Blanca como la nieve, cual la hoja
de papel en que escribo: toda blanca.
Todo es blanco: año nuevo y álbum nuevo;
yo escribo para ti blancas palabras.
Me rodea lo blanco, todo en blanco
como si fuera en una gran nevada.
¡Quince arbolillos tienes, Rosalía!
Y el viento viene, y los acariciaba...
Ya nieva el mundo flores, flores, flores;
ya nieva flores, blancas, blancas, blancas.

{ ¹ Paino y Galvarriato, sobrina mía. (En Papeles de Son Armadans). }


NO QUISO BAILAR

(5 de febrero de 1949)

En el álbum de Leticia

Baila o no bailes,
haz lo que quieras.
Lo esencial es eso:
que seas.
Que seas bullente, cambiante, como la vida,
que seas, como tú eres, expresión de tu tierra.
Sé cielo, luz ¹,
sé Andalucía eterna.
Sé España
nuestra:
llora y ríe
como ella.
Sé, Leticia, como tú eres,
una dulzura (leve), una alegría (llena
de cuajarón de lágrimas
que tiemblan),

{ ¹ luz de Andalucía, (en Papeles...). }

una alegría
que insidiosa se nos entra,
que nos amarga dulce
y nos muerde en el corazón y nos deja
bañados
—¿por qué, Dios mío?— en la pena
más
densa.
Ah,
sí,
tú y tu tierra
tenéis esa triste alegría
—del mundo absoluta causa primera—
con la que el Padre, propagante, emanante,
incesantemente nos piensa,
cuando, creándonos y creándonos, a cada segundo nos
dice:
«Sé Dámaso», «Sé Leticia», «Sea
la luz»,
«Y
que tenga
forma
la esencia»;
cuando, a cada segundo, entre triste y alegre, te dice:
«Vamos, venga,
baila. Leticia, sé, Leticia, vive, Leticia,
¡ea, ea!»


A UNA NIÑA CHINITA, EN UN JARDÍN

(Cambridge, mayo de 1924)

Tiembla el jardín: se imagina
peligro que te amagara
(la rosa teme su espina,
la abeja el dardo limara),
ay, chinita, hecha de china,
venida de China para,
por diminuta y por rara,
ser puesta en una vitrina.

Y el corazón se ilumina,
fanal que te rodeara:
quisiera ser hornacina,
que ni el aire te tocara.
Que ¹ tú sólo, ausente y fina,
a Europa has venido para
—por preciosa, frágil, rara—
ser puesta en una vitrina.

{ ¹ Mas (en Papeles...). }


LOS CONSEJOS DE TÍO DÁMASO
A LUIS CRISTÓBAL

(Mayo, 1957)

Para el hijito del poeta Luis Rosales

Haz lo que tengas gana,
Cristobalillo,
lo que te dé la gana,
que es lo sencillo.

Llegaste a un mundo donde
manda la chacha,
mandan los mandamases
y hay poca lacha.

Caso nunca les hagas
a los mayores.
Los consejos de Dámaso
son los mejores.

Tira, mi niño, tira,
si te da gana,
los libros de papito
por la ventana.

Cuélgate de las lámparas
y los manteles,
rompe a mamita el vaso
de los claveles.

¿Que hay pelotón de goma?
Chuta e impacta.
¡Duro con la pintura
llamada abstracta!

Rompe tazas y platos.
¡Viva el jolgorio
y las almas benditas
del purgatorio!

La mejor puntería
te la aconsejo
si es que se pone a tiro
cualquier espejo.

Aún hay más divertido:
coge chinillas,
y con un tiragomas,
¡a las bombillas!

Pero ahora se me ocurre
algo estupendo,
donde papá se encierra
vete corriendo.

¡Macho, cuántos papeles!
Tú, con cerillas,
vas y a papá le quemas
esas cosillas...

¡Verás qué cara pone!
¡Qué gracia tiene!
Anda, sin que te vea,
mira que viene.

Vamos a divertirnos
tú y yo, mi cielo.
Es un asco este mundo:
conviene que lo

pongamos boca abajo.
¡Es tan sencillo!
Vamos a hacer un mundo
nuevo, chiquillo.


LOS MENDAS DE ERIC

(1954)

Para Eric, hijo de Carlos Clavería,
especialista en gitanismos

Eric, tal vez no lo entiendas
(crecerás y lo entenderás):
un hombre es una serie (como diría tu papá) de mendas,
unos delante, otros detrás.

Los de detrás son los mendas que fuiste
en Suecia, en Filadelfia y en Madrid.
Delante están los Erics que aún no viste
cada uno una chispa más serio (¡no más triste!).
La vida les va diciendo a todos: «Venid.»

Yo deseo que tu enésimo menda
sea siempre un Eric jovial,
sin bilis, sin pedantería y sin trastienda.
Un Eric «hombre», es decir (en el buen sentido) «animal»:

Y que tu Eric, tu menda postrero,
no diga «ga-ga-gá» ni tenga tos,
siempre pimpante, jovial y verdadero
hasta dar en los brazos de Dios.


APUNTES DE FILOLOGÍA ROMÁNICA

(TOMADOS POR EL PROPIO PROFESOR)

(23 de junio de 1942)

A Marga Zielinski

(Teníamos la clase en las primeras
horas de la tarde y en un local que
estaba en obra.)

Es octubre. Aula 12. Calvo, bajito y grueso,
el profesor. Y un joven gallego y paliducho
susurra a Josefina: «¡Este tío es un hueso!»
Y la otra contesta: «¡Dicen que aprieta mucho!»

«Ejem, ejem. Señores: esa puerta se cierra
a los cinco minutos. Y hay que poner ahínco:
¡la materia es muy vasta! —una monja se aterra—.
Diga, padre Penedo: ¿son ya las cuatro y cinco?

Oiga Vd., señorita: pasan cuatro minutos
—¡y medio!— de la hora. ¿Cómo?... ¡No me replique!»
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! (martillazos). «Señor, señor, ¡qué brutos!
¡Esto es intolerable! ¡Aquí no hay quien explique!»

Hora de dulce siesta, de suaves digestiones.
Nubes blancas, pausadas. Un sopor que se adensa.
«En la coiné latina... Porque las invasiones...
La materia es muy lata... La materia en muy densa...»

Bostezos se iluminan y apagan. Mas ¿qué es esto?
Hay un zigzag de chispas y una ola de pánico:
ha surgido un fantasma de monstruoso gesto
y de afiladas uñas: ¡es el Retorrománico!

Ya renace la calma, y entre las altas nubes
se está cuajando un mundo de seca fantasía:
van sílfides románicas y cultismos querubes
al gran baile de trajes de la filología.

Mocita en flor, retoza la síncopa temprana;
las sordas implosivas, jamonas al rincón
—minüeto de siglos, fonética pavana—
con la gran alcahueta, que es la asimilación.

¡Baile de fricativas! Joven y petulante
trisca la yod traviesa; mas la wau enlutada
llora su viudedad. Oronda y rozagante,
va una prepalatal sonora y africada.

El sustrato ceñudo el antifaz se ajusta
«mutiles phonétiques» hablan de glorias idas.
Y, entre la yod triscona y entre la wau adusta,
pasa un grupo romance: va perdonando vidas.

¡Oh fiesta!... «Pero, ¿cómo? ¿Quién a irrumpir se atreve?
¡Si son las cuatro y cuarto! ¿Quién podrá ser el posma?»
Mohedano —cortesías y bigotito breve—:
«Perdone... Es que he comido con el Obispo de Osma.»

Recuerdos, sombras ya... «A ver, Sor X, hable.»
«¿Servidora?: fenómenos de nasalización...»
Genilloud, su francés... «No tocaré en el bable
por no entrar en vedado...» «¡Señorita Monzón!»

Recuerdos sólo ya... Alean albas tocas,
y allá, diseminados entre las filas llenas,
hay muchos lindos ojos y muchas frescas bocas,
las cabecitas rubias, cabecitas morenas.

Y luego los muchachos. Los doctos, los seguros.
Y aquellos otros (¿cómo no los perdonaría?)
de la mirada ausente por los cielos más puros,
que hacen versos y odian a la filología.

Y pasan lentos días y hay siempre vacaciones...
(¡Pero nuestro deseo de ciencia no se apaga!)
Hay olimpiadas, fiestas, discursos, procesiones...
(¡Y entre vagos proyectos la fantasía vaga!)

¿Qué importa? Hay juventud. Juventud: eso es todo.
Dejad. ¡Hierva la sangre! Y creed la fabrilla
(lo manda el Arcipreste por su exquisito modo)
que diz por lo pasado no estés mano en mejilla.

Voy a acabar. Yo sólo confesaros quería
—pues también yo me pago de pequeño sermón—
que entre las palatales —¡lo juro!— día a día
latía por vosotros un viejo corazón.

Os vais. Otros vendrán. Así, porque la eterna
juventud, primavera de la vida, no acaba.
Os vais. Me voy: «All flesh.» Mas siempre hay savia tierna
—oh tópicos dulcísimos— y siempre hay sangre brava.

... Será de nuevo octubre. Calvo, bajito y grueso,
un profesor. Y siempre un rapaz delgaducho
susurrará a una moza: «¡Este tío es un hueso!»
Y ella contestará: «¡Dicen que aprieta mucho!»


ROTA

(Hoy, 18 de octubre de 1919)

No puede ser: camina.
A. M.

¿En el invierno,
por camino de barro — niebla insípida
y corazón enfermo?

¿En primavera,
por camino de rosas — luz süave
y el alma volandera?

¿En el estío,
por camino de polvo — sol agudo
y un íntimo vacío?

¿En el otoño,
por un camino de hojas — astro ambiguo,
sobre el yo melancólico?

¿Agudo, ambiguo, insípida, süave?
¿Enfermo, volandera, vacío, melancólico?
¿Primavera, verano, otoño, invierno?


DANZA DE VILLANOS

(Navas de Riofrío, verano de 1919)

Los tamboriteros
de Fuentemilanos:
«¡Qué bien dan a los palillos!
¡cómo menean las manos!»

—Sal a bailar a la rueda,
dale que le das al mandil,
—eh, la rubia, eh, la morena-
al son de mi tamboril.

Los tamboriteros
de Fuentemilanos:
«¡No los hay mejores mozos!
¡No hay otros dos más galanos!»

—Moza que sales afuera
con el pañolín de color,
—eh, la rubia, eh, la morena-
dime si me quieres, amor.

Los tamboriteros
de Fuentemilanos:
«¡Salen por las mañanitas!
¡se vuelven por los seranos!»

—Esa que me cuca y me cela,
esa que se quiere esconder,
—eh, la rubia, eh, la morena—
ésa es la que yo quiero ver.

Los tamboriteros
de Fuentemilanos:
«Sin novia vienen, sin novia
se van todos los veranos.»

Anda que se vaya y que venga
hasta que cansemos los dos,
—eh, la rubia, eh, la morena—
toda la gracia de Dios.

Los tamboriteros
de Fuentemilanos:
«¡Ya han cobrado la soldada!
¡Ya se les cansan las manos!»

Pare, que pare la rueda.
Pare, que se va ya a parar,
—eh, la rubia, eh, la morena—
que hay mucho a nuestro lugar.

Los tamboriteros
de Fuentemilanos
se van por la carretera
tamborileando.


VIDA, LINEA DE PUNTOS

(31 de diciembre de 1955)

Trágicamente va mi cabriola
a salto de segundos, jadeante.
Éste pasó: ya tengo otro delante.
Le echo mano. ¿Aquí está? ¡Mi mano sola!

Cabrïola en la cumbre de una ola.
¡Hola, instante, deténteme un instante!
... Instante, cuando vuelves el semblante,
ya no eres tú. (Ni yo, el que dijo «¡hola!»).

Cada instante me enciende una abertura
sobre el mundo. Mas todas se amalgaman
como cine-ilusión de un todo unido.

Vida es línea de puntos sin juntura,
gotas de sangre sobre nieve. Y braman
cierzos que extinguen sangre en nieve: olvido.


LA TERNURA

(1947)

Para una fotografía del poeta José
Antonio Muñoz Rojas con su niña María
Teresa en los brazos.

Te está lloviendo Dios, como esos desgarrones
de la tibia tormenta, cuando abril
es una llama húmeda que empapa mucho campo.
Un ala derramada se extiende, se lacera,
y llueve, llueve, llueve.

¡Cuánta anchura,
un corazón! No pueden limitarle
costas, montañas; no le oprimen
astros. Mas si le llueve, manso, Dios,
se encoge, se repliega, como un cuenco
ávido de dulzura,
su cóncava madera ya sólo un ansia lóbrega,
de plenitud.

¡Oh, mira, José Antonio,
te está lloviendo abril! Sentado, en tu cortijo,
tibio peso sostienes
entre los brazos. Sí, la lluvia pesa
tiernamente; la sesga Dios, se inclina,
delicada se inclina sobre tu corazón:
quiere, busca raíz.
¡Qué quieta va la lluvia,
qué sesgada la lluvia sobre tu dulce campo!

¿Cómo hemos de asombrarnos tus amigos?:
también tu corazón rezuma... ya lo vemos.
Rezuma un corazón cuando se llena;
pozo, cuando se llena. ¡Señor, sólo tú puedes
rebosarnos!

Tus sendas son oscuras:
tú impregnas los telúricos veneros
y arrastras de tus montes
las aguas dulces. Crecen (como el llanto,
por lo hondo) las pozas, y no pueden,
no saben contener tanta ternura:
la rebosan. La música rezuma la tristeza;
la luz, un halo; nuestros corazones,
ternura. Dios lo quiso.

Y ahora te ha dado un copo de sus sueños:
unos brazos que amor, con juego, a mayo piden;
una boca —¡tan chica!— que balbuce tu nombre,
Dios suyo (y es verdad: que a Dios le representas);
unos ojos que apenas ha sellado
melancolía... ¡no, que ríen, cantan,
que estrenan tu sonrisa, los colores
y racimos de cielo y de libélulas!

Te ha dado, José Antonio, te ha dado mucha nieve,
nieve rosa, cuajada, donde los recentales
triscan, y se abren flores, no de estas praderías:
misteriosa materia
—¡trémulo pan humano, leche de altos cortijos!—
aún tibia del ordeño o de la hornada.
¡Y esos pelitos rubios
que te rozan (oh, cómo) la mejilla,
juegos de un viento niño, tan niño que aún no es viento!

Y he mirado de nuevo la imagen: tú y tu niña,
en la materna sombra de tu granja.
Y eras más niño tú,
más tembloroso tú. Ella preside,
serena criatura, algo preside
donde se encuentra bien:
no sólo tu fluir, paterno río,
tu ambiente que la cerca como a un jardín sus setos,
su perfume a una flor. Oh, no, nosotros
no vemos lo que ve, lo que la encanta,
ese reino en que aún reina,
la música que escucha, cobijada en tus brazos.
¿Qué orquestas entreoídas,
no calladas del todo? ...que sonaban de noche,
como las aguas hondas, ¿dónde, dónde, Dios mío?
Y el dedito imperioso aún las concierta,
batuta de otros mundos.
¡Oh cadencia callada,
música de los astros!
¡Abismo en luminaria tras tibias nebulosas!
¡Oh fronteras del ser!

No recela sus alas la mariposa nueva,
ni el vaho de donde sale. Y esa verde ranita
que ahora saltó en el río,
vive, aún, de luz, de cielo, feliz entre agua y luz.
Ni teme, no, el capullo, aunque yo ignore
si es clausura de ensueño o ensueño que se expande.
¡Oh qué tranquilidad de alba sin nubes,
en la orilla primera!
¡Niña, serena niña,
vaharada de Dios, en carne tan humana!

¡Ah, pobre José Antonio!
De ese lago en la linde, mucho orea el misterio,
y en él te sientes niño.
Sí, te parece que ella, tan chiquita,
puentecillo de mundos,
te sostiene en sus brazos;
que es ella tu cobijo, lo que te da raíz:
madre. Que germinando se está tu corazón
bajo la lluvia. ¡Vínculo
pequeñito, bocana de los puertos
de Dios, reciente espuma
de su lejana estela!
¡Ah, pobre José Antonio!
... Y el ancho corazón rezuma, oscuro.
Es la humedad del alma.
Sí: se llama ternura.
... Y llueve, llueve, llueve.

Crezca tu corazón como se crece el campo
bajo la lluvia. Dios te llueva abriles
y todo te traspase.
Crezca tu lluvia y sea primavera,
verano, dulce otoño.
Dios la bendiga.


MULTIPLICADOR DE PANES Y DE PECES

(Semana Santa de 1955)

Tú, multiplicador de panes y de peces,
y, antes, de átomos, células, cristales, nebulosas,
propagador eterno de esferas luminosas
y de ese espacio azul en que, ardiendo, las meces.

Tú, sembrador de vida, soplas vida en las heces,
y el barro es pensamiento; y al pensamiento aún osas
libertar. Propagante, amante, no reposas,
oh, inventor: creación, multiplicando, acreces.

Tú, hacedor de hombres libres: mira que los afanes
del hombre hoy multiplican los odios por la tierra.
Hay un clamor... ¿Lo escuchas? (¿Son blasfemias? ¿Son
preces?)

Tú, que multiplicaste los peces y los panes,
sálvanos: ay, destruye la iniquidad, la guerra;
multiplícanos paz, pan, justicia, amor, peces.


GABRIELA MISTRAL

(1957)

Maestrita de un pueblo dormido,
y el amor como un ocre jaguar...
Andes blancos, un valle con luna:
Gabriela Mistral.

Yo no sé si era llanto...: de llanto,
congoja de un mundo que rompe en raudal
—o de risa de un niño que aprende la risa—
Gabriela Mistral.

Yo no sé si era sangre...: de sangre
con vaho de pantano y amargos de sal
—o de azul en que un día se funde la nieve-
Gabriela Mistral.

Yo no sé si era arena...: de arena
que araña las tumbas, con el huracán
—o de oreo de valle, la tarde más dulce—
Gabriela Mistral.

Yo no sé si era sombra...: de sombra
que cuaja las almas que a un vacío van
—o de suave luz tibia, entre niebla dorada—
Gabriela Mistral.

Maestrita de un pueblo dormido,
y el amor, amarillo jaguar...
Dios te hirió, porque quiso tu canto,
Gabriela Mistral.

Riberas de Chile, oh mujer, tierna roca,
Dios te hería, te hería, como un hosco mar.
Rezumabas de amor y de pena... Eso es todo.
Y nosotros te amamos, Gabriela Mistral.


EMILIO PRADOS EN VALENCIA, 1936

(Y † 1962)

Se duerme sobre pluma,
sobre lana, sobre la hierba,
o en hamacas de aire y de verano;
o bajo la delicia de los abanicos primaverales,
como los mendigos sobre los bancos del paseo;
o como los trabajadores en la siesta, profundos sobre el
asfalto de la calle.

Porque, si es necesario, se duerme como Alejo, incógnito,
debajo de la escalera
o en el cuchitril del perro,
y, tantos, en la celda de la injusticia,
o en el quicio de las puertas que nunca supieron oír.

Un hombre se ahonda, se ahonda y se duerme:
en la inocencia o tras el crimen;
en el pasmo de amor cuando junio,
o en esta torva y ocre orfandad de la vejez.

Tú dormías, allá en Valencia,
dormías, pobre Emilio sin astucias ni apetitos,
sobre aquella mesa de billar,
donde alguien te había dicho: «Puedes dormir ahí, si
quieres,
ya que no te puedes pagar una cama.»

Pero ahora, tras la lenta curva del Atlántico,
la tierra te acoge, dura, tensa, pulquérrima,
mientras juegan y dan bandazos los planetas, los astros
encendidos, por encima;
ahora que te nos has dormido, Emilio Prados,
ahora que has dejado de ser aquel hombre solo, puro,
lejano,
que tú eras,
para ser uno más de ese ejército clandestino en la sombra,
de ese callado océano nocturno,
de los que la clausura del tiempo ha hermanado, exactísimos,
en la lejanía,
en pureza,
en soledad para siempre.


ULTIMA NOCHE DE LA AMISTAD

Leopoldo Panero: † 27 de agosto, 1962

Hablabas, Leopoldo,
nos decías: «Esta noche, qué bien...» Los cuatro amigos
(Felicidad y Eulalia, con los cuatro),
hondo verano en el jardín, mi casa,
un órgano infinito de astros mudos
encima.

Proseguiste:
«Sentir así, como un sistema, esta amistad segura,
igual que las estrellas en lentísima
declinación (para nuestro mirar, aunque ellas tienen
su vivir sin descanso).
Así, así, la amistad ya normada,
dulce rutina del querer, exacta permanencia, un ancho y
lento
reposar, un estable conjunto.
El lento mastín blanco de la fiel amistad, la llamas tú en un
poema, Dámaso.»
... Asentíamos, seis latidos en sombra, sólo con el mirar a
las estrellas, sin palabras,
cimbreadas las copas de los árboles
por una (no visible) mano tenue: veintisiete de julio
madrileño.

Y de nuevo, tu voz:
«En la vida del hombre, en tantos siglos,
cuántas constelaciones de amistad en su cielo.
Constelación feliz, ésta, la de nosotros.
Yo la siento dichosa en esta noche:
os tengo aquí, me siento bien, amigos míos.
No: en ese cielo de la amistad no hay falla,
nunca puede fallar
ninguna parte del sistema.»
Y mirabas arriba, siempre arriba.

Cuánto se condensaron —como nunca, esa noche— las
seis, nuestras miradas, en el cielo, en su honda
indiferencia diamantina, de millones de siglos.
Mirábamos, mirábamos,
se diría con segura impaciencia de por fin encontrar
el racimo celeste, en conjunción feliz, ya pura idea en la
mente de Dios,
que más se pareciera al nuestro humano,
los cuatro (seis), en mi jardín en sombra, alta la noche.

Y entonces fue el portento:
vimos
cómo el casi agosteño azul profundo se rasgaba
de pronto,
y una estrella
dejaba un largo
rasgo,
un misterioso trazo lívido:
dura raya rompía en dos el cielo,
y luego, silenciosa,
se extinguía en oscuro.

... Oh, los sabios, la Ciencia (con mayúscula),
sí, sí, lo sé.
Mas sé mejor, mucho mejor, dejadme:
¿Qué voluntad nunca sondada,
en el negro encerado de los cielos
rasgó con tiza blanca nuestra noche?
¿Qué mano vengativa,
surgente de qué abismo,
tachó nuestra feliz constelación segura?

{ * * * }

Te nos has muerto, Leopoldo.
Yo vengo a cobijarme a tu recuerdo.
Heme aquí, yo, tu amigo, que estoy tan solo y triste y que
te llamo,
tan solo en esta noche del otoño tardío.
El huracán aplasta en mis cristales
hojas muertas, podridos cardos, mis recuerdos, mis ilusiones
de niño, mi ingenuidad de hombre, mis —aún—
alegrías de viejo.
Todos mis enemigos interiores, sublevados, escuchan con
terror el vocerío de las hordas de fuera:
mil visiones, lúgubres o grotescas, me hacen burla,
describen ceremoniosamente largos gestos obscenos,
se lanzan al ataque, con uñas-garfios me desgarran, ya
emiten rugidos de victoria.
Ea, piadosos, sed piadosos, acabad de una vez.

Leopoldo, en tu ternura sin riberas, o en aquellas
inmensas erupciones volcánicas de tus honradas iras,
siempre mi amigo verdadero,
Leopoldo, aquí solo en la noche de noviembre,
de este sesenta y dos, de este año duro,
en que tú te me has muerto y en que tantos
lienzos de mi ilusión se me han hundido,
y en que he visto rozándome, hocicándome, las púas en
astillas y el putrescente aliento de las furias (humanas)
—sesenta y cuatro años de niño jamás imaginaron
que tales monstruos daba nuestro mundo—,
se me cuaja la pena, y en náusea me rebosa el alma, el
cuerpo,
y gritaría (¿a quién):
«Ah, yo dimito de hombre.»

{ * * * }

Me acojo a tu recuerdo.
Tu verso «escrito a cada instante» serenará mi mente.
Tú vertías en él tu experiencia, tu vida,
tus amores, tu fe. Cada momento
de tu vivir. Qué fuente de ternura
has dejado a los hombres, qué hermosísima estela
de tu paso mortal.
Siempre que un ser humano lea tus versos
sentirá dilatársele en el alma
unos altos andamios, una serena fluidez: su corazón
se llenará de amor, rezumará ternura
(mientras tenga un sentido la lengua castellana).

Poeta «a cada instante», en tus conversaciones
entre risas o bromas o explosivos enojos;
destilabas en verso tu vida y sus raíces,
lo amansabas en música;
y el borbotón aún gime allá en lo hondo,
bulléndonos, manándonos.

En tu vida, en tu verso, nos hablabas de España,
de España, ese cariño entre mares, que aduerme un hondo
cielo,
ese ocre pergamino que a la solana cruje, tirante en sus
llanuras, arrugado en sus crestas,
endulzado en verdura hacia sus bordes,
trémulo de cantares,
y lleno de unos hombres, fuertes y desgraciados,
para los que pedíamos pan, justicia y amor.

Hablabas de tu tierra leonesa; tu voz se apretujaba:
Castrillo de las Piedras, tu encinar en chaparros, piedra y
polvo,
para tensar a un hombre;
adobes, para vivir, morir, amar;
pero siempre allá abajo la húmeda vega donde las aguas
cantan, donde el ensueño fluye.
Eso es la vida: hueso, de piedra o polvo, dulce río de
sangre, permanencia y fluir.

Castrillo de las Piedras, tu Castrillo.
Ahora te veo: dejas la pluma, miras por la ventana:
el palomar, panzudo cilindro de blancura;
su incesante zureo
te está contrapuntando los ritmos creadores
que brincan en tu mente. Y, al fondo, tu montaña
sagrada, porque siempre, como una fe de niño,
azuleó el Teleno tu humana lejanía.
... Sonríes en silencio. Escribes otra vez. La página se
puebla.

O, quizá, por tu calle astorgana te nos pierdes...:
tu milenaria Astorga, viejina acurrucándose
bajo la catedral, donde de pronto las campanas
se dispersan en ondas vibrantes y en vencejos.

{ * * * }

Gracias, Leopoldo. Mi angustia sigue viva,
pero tu verso y tu recuerdo me serenan.
Y qué más da, Leopoldo. Mi angustia será breve.
Pronto caerá mi noche, e irá a fundirse con la tuya.
Bellas constelaciones se encienden en el cielo.
Seremos ya una de esas que mirábamos
entre un levísimo cimbrear de mis árboles,
aquel día —aún feliz—:
veintisiete de julio.

noviembre, 1962


A E. GUTIÉRREZ ALÉELO

(31 de diciembre de 1958)

Tú eres de mi provincia y yo soy de la tuya:
es una tierra extraña donde crece una flor
que no se da en mantillo de los huertos del mundo,
pero arde eternamente en las manos de Dios.

Germina allá en lo oculto, crece como un sollozo
lentísimo, se agolpa, pujando, en borbotón
de lágrimas, y cede, música ya lejana,
o vuelve toda estrías profundas, de color.

Ahora ya es eco o tarde muy dulce, que se extingue
para ser un recuerdo ¿o nada? ¿Cómo son
los sueños no soñados, los ritmos nunca oídos,
perfumes de una ausencia, amor que no llegó?

Tú ves la flor que canta, atónita al mensaje,
delicado instrumento, poeta, tú la voz
modulas, y acompañas el fluir de la vida,
mientras tiemblan los pétalos en las manos de Dios.

No me digas que tú eres de otra tierra, otro cielo
—tú de ínsulas bellísimas y de un desierto yo—;
no, poeta, mi hermano, compatriota mío,
del reino donde crece, flor única, el amor.


TRES SONETOS SOBRE LA LENGUA CASTELLANA

(Con tres comentarios)

(1958)

PALABRAS DE DÁMASO ALONSO

(EN EL HOMENAJE QUE LE DEDICÓ EL GREMIO
DE LIBREROS DE MADRID, EL
30 DE MAYO DE 1958)

{ ... El recuerdo de Juan Ramón, nuestro gran poeta desaparecido,
el carácter sagrado que para él tenía la literatura, o,
como él diría, la Belleza (pues creía en esa ecuación), la misma
hierática compostura —Belleza también en la vida— de que rodeaba
su persona, nos llevan a pensar un momento en algunos
de los deberes y quehaceres de los escritores y libreros, a pensarlos
por la entraña, por la raíz. Porque todos nuestros delicados
problemas fundamentales y nuestras especialísimas obligaciones
proceden de la gran nobleza del material literario: la palabra.

Precisamente, para corresponder en algún modo —me
temo que con pobre don— a vuestras inolvidables atenciones,
me había entretenido ayer y anteayer —antes de conocer la muerte
de J. R. Jiménez— en escribir tres sonetos en que trato de la
grandeza de nuestro lenguaje humano; y, como españoles somos,
claro está que atiendo al lado general humano, pero en
seguida en especial a rasgos peculiares de la lengua castellana.
Estos sonetos son ocasionales, en cuanto que están escritos para
esta ocasión, y con un fin determinado, el de que os afirméis
en un sagrado juramento que seguramente ya existe en vuestros
corazones.

Lo que constituye la grandeza de la poesía (toda auténtica
literatura es poesía) es precisamente la índole de sus materiales.
El escultor trabaja con arcilla, mármol o madera, el pintor sobre
lienzo, con tierras de color y grasas. El escritor trabaja con su
palabra, con su pensamiento-palabra, con la propia forma de
su espíritu y aun con la sustancia más profunda de ese espíritu.
El escritor desgaja algo de su alma, y —pelícano que se abre
el pecho— lo entrega como para una comunión. Y no entrega
más que eso: su alma, sin nada corporal o material; porque la
escritura no es más que un símbolo, un convenio para evocar
lo que entrega. Y en ello no se puede comparar ni aun al músico
—cuyo material es también sutilísimo—; es que el escritor vierte
en la obra su integridad de hombre, todo su corazón y su inteligencia,
todo su sentimiento y todo su pensamiento. Se entrega;
entrega su palabra. Y somos hombres por la palabra. Se entrega,
pues, hombre.

Esta grandeza de la palabra humana, que nos hace hombres,
os la quise comprimir en el primer soneto, al que llamo Una
voz de España. Hablo de una voz española; y claro que podría
haber pensado en un hombre de cualquier pueblo (porque lo
mismo habría que decir de un francés o un inglés). Pero una
de las cosas admirables del idioma es que, haciéndonos hombres,
la palabra nos hace ya hombres de un modo especial: nos
liga en una determinada cercanía, en una trama de emociones,
tradiciones y pensamientos, es decir, en una actitud vital; y el
niño francés sale hablando francés (para admiración del portugués
de la famosa décima).

Y decidme, libreros, editores, autores, ¿habéis pensado cuán
maravillosa es la pluralidad de las lenguas? ¡Qué hastío el mundo
si tuviera un solo hablar! Adiós, tierno aprendizaje de lo
extraño, primeros pinitos por entre la fonética diversa, susto y
chiste de nuestras equivocaciones, sazón y especiería de los viajes;
adiós, las traducciones, la transvasación, el flujo y reflujo
de las culturas; adiós, la diversidad del mundo, sus matices, su
cambiante coloración, su historia. En cambio, un aburrido mundo
monótono, un océano tranquilo, igual, sin corrientes, sin estaciones,
sin vaivenes de temperatura. La igualdad absoluta no
se da en la vida, y es lo que más se parece a la muerte.

En mi soneto he querido compendiar, pues, la vida mental
de un hombre español. Y pienso en cualquiera: como casos de
españoles más intensos, podrían servir, en un sentido, un Lope,
en otro, un Góngora o un Juan Ramón Jiménez; pero cualquier
hombre que pasa por la calle vive una vida semejante, aunque
en versión vulgar.

El niño recién nacido es un caos, en el que por las voces
que oye a extraños seres (como cariñosos monstruos) se va ordenando
poco a poco el mundo, reflejado en palabras. De la ordenación
de objetos materiales pasa a la de acciones y relaciones.
Finalmente el hombre está formado cuando ha llegado a pensar
el mundo por medio de la palabra. Y todo hombre piensa el
mundo por medio de la palabra, de un modo más o menos intenso
y extenso. Este pensar gracias a la palabra humana, es
una manera de creación: hablando yo creo el mundo en mi mente.
Y en eso consiste que el hombre sea una «imagen y semejanza»
de Dios, porque ese poder creador de la mente es como un
reflejo de divinidad. En ese cosmos, en ese océano de nuestra
vida interior, las palabras están siempre fluctuando, formándose
como olas, para deshacerse en nuevas oleadas. Y con la palabra
llegamos al mismo término de nuestra vida mortal, y allí la abandonamos.
Morir es dejar nuestra voz humana y aun su forma
mental, y dejar nuestra vinculación a una lengua determinada.
He aquí ahora el soneto: }


UNA VOZ DE ESPAÑA

Desde el caos inicial, una mañana
desperté. Los colores rebullían.
Mas tiernos monstruos ruidos me decían:
«mamá», «tata», «guauguau», «Carlitos», «Ana».

Todo —«vivir», «amar»— frente a mi gana,
como un orden que vínculos prendían.
Y hombre fui. ¿Dios? Las cosas me servían;
yo hice el mundo en mi lengua castellana.

Crear, hablar, pensar, todo es un mismo
mundo anhelado, en el que, una a una,
fluctúan las palabras como olas.

Cae la tarde, y vislumbro ya el abismo.
Adiós, mundo, palabras de mi cuna;
adiós, mis dulces voces españolas.

{ Nuestra lengua castellana no es sólo nuestra comprensión,
nuestra recreación del mundo, como en ese primer soneto quise
resumir. Somos nosotros un punto en el que las coordenadas
espaciales se cruzan con otra temporal. Y así también nuestra
expresión de hombres, nuestro pensar por medio de nuestro idioma,
vive en esa jaula del tiempo-espacio. Y he aquí que, como
españoles, surge ante nosotros la maravillosa herencia, el despliegue
fascinador de nuestra lengua en la sucesión de los tiempos.
Esto es lo que he querido comprimir en el soneto segundo.
El cual me dio bastante trabajo, porque necesitaba apretar una
definición en casi cada uno de los versos. No sé hasta qué punto
lo habré conseguido. El soneto se llama Nuestra heredad. Helo
aquí: }


NUESTRA HEREDAD

Juan de la Cruz prurito de Dios siente,
furia estética a Góngora agiganta,
Lope chorrea vida y vida canta:
tres frenesís de nuestra sangre ardiente.

Quevedo prensa pensamiento hirviente;
Calderón en sistema lo atiranta;
León, herido, al cielo se levanta;
Juan Ruiz, ¡qué cráter de hombredad bullente!

Teresa es pueblo, y habla como un oro;
Garcilaso, un fluir, melancolía;
Cervantes, toda la Naturaleza.

Hermanos en mi lengua, qué tesoro
nuestra heredad —oh amor, oh poesía—,
esta lengua que hablamos —oh belleza—.

{ Nos queda la perspectiva en el espacio. Si grande es la tradición
de la lengua castellana, inmensa es su extensión territorial.
En el tercer soneto quise reflejar mi gozo por esa inmensidad,
la ternura que se siente cuando llegamos a la espalda de nuestro
mundo y —en tantos climas, en condiciones de vida tan
diferentes— vemos que nos entienden, que entendemos, que nos
hablan en nuestra lengua natal.

Fue en el año 1929, y era bien dentro de los Estados Unidos,
en el de Nuevo Méjico, a muchos kilómetros de su capital. Santa
Fe. Trepé primero por una escalera de mano, vertical; atravesé
una azotea; otra segunda escalera vertical; otra azotea, y al fondo
de la azotea, una creo que cocina. En la cocina, una india
muy vieja, que me dice «Buenos días, señor», en el más puro
castellano. Las lágrimas se me saltaban de los ojos. Y lo mismo
me ha ocurrido en 1954, hablando con las gentes en las calles
de San Antonio, en Tejas (también en los Estados Unidos). En
San Antonio tuve que hacer una declaración notarial. Gran asombro
mío: el notario se llamaba Alonso lo mismo que yo, y
—nada de inglés— comenzó el documento en un castellano bastante
bueno: «En la ciudad de San Antonio, condado de Béjar,
estado de Tejas...». Y la misma emoción he sentido en las calles
de Nueva York (¿sabéis que hoy Nueva York es una de las mayores
ciudades de lengua castellana, que sus hispanohablantes
van creciendo hacia el millón?). Y también en muchos sitios de
Europa y América, al entrar en una tiendecilla, me ha emocionado
la voz española —que parece venir de un fondo enmohecido
de siglos— de un sefardí. Aún habría que añadir tantos miles
y miles de gentes de nuestra lengua diseminadas por el norte
de África, desde Argelia a Marruecos.

He querido mencionar ahora especialmente estos hispanohablantes,
que son quizá los que están más cerca de mi corazón,
porque viviendo entre lenguas oficiales muy distintas, conservan
nuestro idioma sin norma y sin escuela alguna, y sin el menor
interés, sin esperar nada, sin protección nuestra y aun casi sin
que los españoles se hayan enterado de que existen esos seres
de su propia habla. Los he querido mencionar porque, aunque
he hecho algunos intentos, no me han cabido en el tercero de
mis sonetos. Catorce endecasílabos no son más que 154 sílabas,
y no hay bromas posibles con la matemática. En mi soneto pude
hablar sólo de América y aludir a los ecos, ya disminuidos, de
la lengua castellana que aún resuenan en Filipinas. Lengua nuestra
común, para el comercio, para la poesía, el amor, la amistad,
para hablar con Dios. He aquí el tercer soneto: }


HERMANOS

Hermanos, los que estáis en lejanía
tras las aguas inmensas, los cercanos
de mi España natal, todos hermanos
porque habláis esta lengua que es la mía:

yo digo «amor», yo digo «madre mía»,
y atravesando mares, sierras, llanos,
—oh gozo— con sonidos castellanos,
os llega un dulce efluvio de poesía.

Yo exclamo «amigo», y en el Nuevo Mundo,
«amigo» dice el eco, desde donde
cruza todo el Pacífico, y aún suena.

Yo digo «Dios», y hay un clamor profundo;
y «Dios», en español, todo responde,
y «Dios», sólo «Dios», «Dios», el mundo llena.

{ Libreros, editores, escritores, amigos míos: nuestra lengua nos
hace hombres y con ella hemos recibido una gloriosa tradición.
Esa lengua se extiende hoy por el mundo en multitud de pueblos.
En su extensión tiene su peligro. Podemos influir sobre
el futuro de nuestra lengua, esforzándonos cada uno por hablarla
del mejor modo posible, estudiando y conociendo su desarrollo
en el tiempo y su maravillosa tradición. Pero la obligación
mayor y la posibilidad mayor surgen de las condiciones espaciales:
cada nación distinta que habla castellano (e incluyo aquí
a la misma España) tiende insensiblemente a cerrarse en exclusiva
comunidad cultural, y con ello a producir quiebras idiomáticas
en esta heredad de tantos pueblos, y las quiebras pueden
llegar a abrirse y profundizarse hasta resultar una verdadera frag-
mentación. Libreros, editores y escritores, muy queridos amigos
míos: todos tenemos que poner todo nuestro esfuerzo en que
esa fragmentación no llegue. Sólo hay un camino: aumentar e
intensificar por todos los medios posibles el intercambio literario
entre los pueblos hispanohablantes. Si cada uno de nosotros saliera
de aquí hoy con ese propósito firme, sería, os lo aseguro,
lo que yo os agradecería más; yo, que no os podré pagar ya
nunca, aunque toda mi vida fuera sólo agradecimiento. }


CANCIONES A PITO SOLO

(1919-1967)


EXPLICACIÓN ACTUAL

(1919)

A Juan Chabás

Yo soy un clown sentimental.
Mi novia es guapa.
Y llevo el alma en el ojal
de la solapa.


ZENTRAL HOTEL

Alloh! Alloh! Alloh!
Ham'se jesehn?
Verkehrt! Pero, si yo...
(Y zumba, encima, un tren.)

Siebenundzwanzig, nuil, siebenunddreissig!
Pero el boleto dise aquí...
D-Zug! Nach Wien... und über Leipzig?
C'est ça! Justement pour Paris!

(Cuarto 583:
llorando tenue el día está.)
lo bisogno... Yes!
Cuando usted quiera.

Mais, oui!
Ja!


EL CORCEL

(1953)

A Lope de Vega y Pepe García Nieto

Voy a montar este animal bravío:
dicen que muchas veces se rebela.
Yo le ahormaré: con freno y con espuela
imprimiré en su furia mi albedrío.
Pasó la curva. Y, espumoso río,
flecha vibrante, por la recta vuela,
ya hacia mitad del curso, y aún se encela
¡hacia meta, hacia gloria, corcel mío!
Nueva curva: ceñido salió. Sale
como querencia tras un gozo. Fuerte
huella a compás el campo el ritmo neto.
Curva final. «¡Hale —le grito—, hale!
¡Meta! ¡Morir! ¡Igual da meta o muerte!»
Y llega, triunfa y muere mi soneto.
¿Soneto ya completo?
Nueva vida y alada ahora le brote,
¡y sea su recuerdo el estrambote!


LA MOSCA ENVENENADA O LA GRAN SOCALIÑA

La mosca se rasca
la testa.
La coge una basca.
Se acuesta
de lado.
Y da un revoleo (cansado).

Se rasca
y se atasca,
sin dar con la clave:
¡no sabe, no sabe!

El mundo se le hunde;
y allá en su conciencia, su tenue conciencia,
un turbio manchón invasor se difunde.
(¡Paciencia!)

No sabe, no sabe...
Vaivenes de nave: se le hunde la nave
y un pozo de negro absoluto se masca.
La coge una basca, otra basca...,
otra basca...,
y pega un traspiés.
(¿Qué pasa?, ¿qué es?)

De súbito,
inmóvil decúbito
supino.
¿Camino
final,
del final?
¿Quién ha dicho eso?: no hay tal.

¡Hay furias!, ¡hay ira!:
al suelo se tira,
y gira
y delira
zumbando, vibrando, girando, runflando
¡y zumba que zumba que zumba que zumba!

... Inmóvil: ¿la tumba?
Meneos,
balumba
de los forcejeos:
no se quiere ir.
(¡Partir...
qué duro es partir!)

Y aún se incorpora,
y ahora
repasa y repasa
sin dar en el clavo —¡oh Dios!—, en el clavo de tu
socaliña.

La diña
por fin.

Lo negro, lo frío,
¡Dios mío, Dios mío!

Sumida
en el fin
ya sin
fin.

¡Oh Dios de la vida!
¡Si es veinte de mayo,
y en rojos y en verdes estalla el jardín!


RECUERDOS DE VIAJE

(1919)

Hora de viaje.
Sala de espera. Asiento
frío. Inquietud. Postura.

Traje
un memento
de amargura
—que aún me dura—.

«Las tierras salgüerosas,
bajo el cierzo.
Y el corazón sobre las cosas,
en scherzo.»

(Me ataca
al corazón
el traca-tracatraca
del vagón.)

¡Ay, pescador de lunas que yo fui!

... Y traje este cansancio
y este aire rancio
y...


LA INVASIÓN DE LAS SIGLAS

(POEM1LLA MUY INCOMPLETO)

A la memoria de Pedro Salinas, a quien
en 1948 oí por primera vez la troquelación
«siglo de siglas».

USA, URSS.

USA, URSS, OAS, UNESCO:
ONU, ONU, ONU.
TWA, BEA, K.L.M., BOAC
¡RENFE, RENFE, RENFE!

FULASA, CARASA, RULASA,
CAMPSA, CUMPSA, KIMPSA;
FETASA, FITUSA, CARUSA,
¡RENFE, RENFE, RENFE!

¡S.O.S., S.O.S., S.O.S.,
S.O.S., S.O.S., S.O.S.!

Vosotros erais suaves formas:
INRI, de procedencia venerable,
S.P.Q.R., de nuestra nobleza heredada.
Vosotros nunca fuisteis invasión.
Hable
al ritmo de las viejas normas
mi corazón,
porque este gris ejército esquelético
siempre avanza
(PETANZA, KUTANZA, FUTRANZA);
frenético
con férreos garfios (TRACA, TRUCA, TROCA)
me oprime,
me sofoca,
(siempre inventando, el maldito, para que yo rime:
ARAMA, URUMA, ALIME,
KINDO, KONDA, KUNDE).
Su gélida risa amarilla
brilla
sombría, inédita, marciana.
Quiero gritar y la palabra se me hunde
en la pesadilla
de la mañana.

Legión de monstruos que me agobia,
fríos andamiajes en tropel:
yo querría decir madre, amores, novia;
querría decir vino, pan, queso, miel.
¡Qué ansia de gritar
muero, amor, amar!

Y siempre avanza:
USA, URSS, OAS, UNESCO,
KAMPSA, KUMPSA, KIMPSA,
PETANZA, KUTANZA, FUTRANZA...

¡S.O.S., S.O.S., S.O.S.!
Oh, Dios, dime,
¿hasta que yo cese,
de esta balumba
que me oprime,
no descansaré?
¡Oh dulce tumba:
una cruz y un R.I.P.!


ADIÓS AL POETA RAFAEL MELERO

(MUERTO DE CÁNCER A LOS 39 AÑOS)

No hay que llorarte, Melero.
Fuera llantos. Lo que quiero
es patear,
gritar que está muy mal hecho
—¡no hay derecho, no hay derecho!-
y no llorar.

Juntó su esencia secreta
la vida, y creó un poeta:
un corazón,
que en ensueño se doblaba
y en clara estela dejaba
su sazón...

No se forja así un poeta
para hacerle la peseta,
y como en un
juego estúpido y malvado,
romper lo más delicado
al tuntún.

¿Qué bestia gris burriciega
trota idiota, y te nos siega
al trompicón?
¿Qué negro toro marrajo
te metió ese golpe bajo,
a traición?

No lloro por ti, Melero
(mira mis ojos): yo quiero
protestar,
gritar que es un asco, ea,
y maldecir —a quien sea—,
y no llorar.


A VICENTE

(Abril, 1959)

Vicentico, Vicentico,
ya te lo decía yo:
la gran zorra de la vida
nos ha engañado a los dos.

Cuando los jueves te miro
retrepado en tu sillón,
pienso en Dámaso y Vicente
(y en Ramón, que nos dejó).

Ay, noches de la locura,
noches de «color salmón»,
juegos de vida y de muerte,
comisaría y alcohol.

Hoy todo «pompas prefúnebres»,
vanidad y similor.
Huele a pluscuamputrefacto.
(¿Pretérito? Digo yo...)

Cuando los jueves te miro
retrepado en tu sillón,
tan estirado y tan grave,
me corre como un temblor:

pronto hemos de estar más graves,
más estirados los dos.
(Allá, en lo negro absoluto,
ni una línea, ni una voz.)

Vicentico, mi Vicente,
hijito, te dije yo
que esa zorra de la vida
nos la jugaba a los dos.



ÚLTIMOS POEMAS


MI AMISTAD CON VICENTE ALEIXANDRE

I

DESDE 1917

Año mil novecientos diez y siete:
Vicente y yo, qué gozo este verano,
en Navas del Marqués. Pronto, ¡qué amigos!
Primera vez en aquel día juntos;
después, toda la vida para siempre.

En el noventa y ocho, del siglo diez y nueve,
nacimos. Él cumplía sus años en abril;
yo seis meses más tarde, el mes de octubre.
Por tanto, en el verano, ya en este primer día,
años él, diez y nueve, yo sólo diez y ocho.

Sí, en aquel día hablábamos, sin callar un momento,
de mil cosas ligeras, variadas, divertidas.
También yo, breve rato, de poesía hablé.
Asombrado Vicente, de ello usar más, me pide.
Empezamos a hablar de poemas, de estilo...

Vicente se aficiona, se embriaga: siempre quiere
complicarse de ideas y leer y aumentarse.
Le presté de Rubén Darío un libro hermoso.

Él lee y se entusiasma, y muy poco después
(yo no creía hazaña de esta acción imposible)
empezará a intentar él mismo poesía.

Yo escribí poesía antes, después los dos.
Tuvimos pronto amigos de gran gusto,
deseosos también de poesía.
Quisimos mucho a dos: dos, Álvarez Serrano,
Ramón y Enrique. Ya escribieron poemas
los dos. Por nuestra parte, yo también,
y Vicente Aleixandre, mejor, siempre mejor.

Ramón nos da un cuaderno. En él los cuatro amigos
escribimos poemas: cincuenta y tres, Vicente;
diez y ocho, yo; Ramón hizo catorce;
sólo, de Enrique, tres. El cuaderno quedó
siempre en mi casa, con secreto incógnito:
poesía de Vicente. ¡Maravilla Aleixandre,
de infantil poesía! Son primeros poemas
distantes aún de las egregias formas
y lejos de la noble madurez de la vida;
pero ya con encanto, completa juventud,
con intento de gracia, amor, penas de muerte:
poesía inicial. ¡Será más tarde altísima!

II

DOS POEMAS SUYOS, DEDICADOS A MÍ

A mí me dedicó Vicente dos poemas,
tendrán de diferencia la época de sus años,
uno a sus diez y nueve, y otro a sus veinticinco.
El primero al principio de usar nuestro cuaderno;
el segundo, al final: íbamos ya a alejarlo.
El poema primero que me dio era gracioso,
comprensible, sencillo, muy fácil, muy agradable.
Copio aquí este primer poema de Aleixandre;
dedicatoria a mí, con forma muy inocente:


CONSEJO A DÁMASO, MUY 1917

Pídele a Dios que te conceda pronto
el buen sentido de la realidad.
Pídele a Dios que te depare tuya
una mujer que ha de llegar quizá.

Y cuando tengas el sentido todo
y un nuevo amor para tu vanidad,
duerme la siesta tropical y larga,
que ya el mañana te despertará.

Este primer poema, ya dije, fue muy fácil.
El segundo, a mí fue difícil y complejo,
para pensar con tiempo y tratar de acertarlo.
Yo estaba ya viviendo, dedicado en Berlín,
enseñando español desde hacía dos años:


A DÁMASO EN BERLÍN

Tu mirada sobre mi hombro.
Se vuelve mi cabeza, y torna
idea hasta tus ojos.

No tienes razón. Inútilmente
sonríes, a la orilla
fría de la otra parte.
—Cristal desvanecido, opacidad
latente, ya votos, con juego de tu mano.

Tú tienes la gracia que
entiendes suficiente.
Hilera fina de cosas que te llevas
hacia un futuro mágico.
Caminos de los brazos,
rotundamente
dicho, que parten de aquí
de antaño, y por mañana, siempre.

(3 de junio, 1923.)

III

SU INMENSA FAMA Y SU MUERTE

Después de Ámbito ofrece Vicente libros sumos:
Espadas como Labios, Destrucción o el Amor,
Sombra del Paraíso, tres formas ascendentes
hacia lo hermoso, abiertas a enorme gozo humano.
Siguen otros poemas bellos y estremecidos.
Después, otros finales, intensos, los Poemas
de la Consumación, y del conocimiento,
los Diálogos, todo ello con fin maravilloso.

Mas hay dos cosas fuertes de intensidad de forma.
Una es el entusiasmo de extraña fuerza enorme,
que recibe Aleixandre de España y aun del mundo
(y amor, la gloria y fama, desde mi corazón).
Lo segundo es la triste lesión, tan insidiosa,
que llenó en la corriente los años de su vida
y surgió con la muerte, final, en poco tiempo.

Maravillosa ha sido la fama universal
con los premios enormes de poesía.
De España aun fue mayor, creído siempre:
le admiraban, le adoran los poetas, prosistas,
literatos y gentes de cultura.
Y aun muerto se conserva total la admiración.

Yo le amé por cariño, por su gracia,
por la gran amistad, la de nosotros dos,
por el atroz anhelo que da su poesía,
la inflamación inmensa que su verso me infunde.

Vicente, ¡pobre!, estuvo muchas veces enfermo
y nunca pudo hacer lo que necesitaba.
No podía formar
conferencias pedidas a su espíritu.

Una vez fue preciso que los miembros
de la «Generación del 27»
fuéramos a Sevilla, mas él no pudo ir:
malo, estaba muy malo.

También, en la Academia
deseábamos que fuera a las sesiones,
desde hace años bastantes:
y no fue ni una vez, estaba siempre malo.

No pudo recibir con su presencia
el gran premio Nobel universal.
Un amigo va a Suecia y lo recibe
en su nombre.

Después, pobre Vicente,
mucho más grave enfermo, de años, años,
llega su muerte, en fin.

¡Cuántas veces Vicente estuvo enfermo!
¡Qué horrible fue de enfermedades tantas
su vida! ¡Cuántas veces!
¡Adiós, Vicente, mi querido, adiós!

Catorce de diciembre,
año mil novecientos
ochenta y cuatro: muere.
Yo vivo. Mas quisiera
morirme yo como él.
Quizá con alma eterna, sí, quizá,
podríamos juntar, muertos los dos,
jugar nuestras ideas y recuerdos.
¡Maravilla, Vicente! ¡Maravilla, Aleixandre,
qué gozo junto a ti!

¡Oh, qué pena, qué pena!
¡Adiós, Vicente, mi querido, adiós!
¡Adiós!


DUDA Y AMOR SOBRE EL SER SUPREMO


PRIMERA PARTE

ALMA NO ETERNA


PEDIDA AL SEÑOR

¡Ah, Señor! ¡Si tú existes!
«Señor» omnipotente, me presento tristísimo.
Perdóname, «Señor», éste es mi pensamiento,
lo que juzgo verdad:
creo verdad la idea de la muerte
del alma, al punto mismo en que se muere el cuerpo.
Pienso que esto es lo exacto, lo verídico.

Mas me ocurre, me duele, que esto sea,
o que se considere, como auténtico.
¡Qué tristeza, qué lástima, alma mía,
qué bien quisiera eterna conocerte!
Oh gran «Señor», sería mi entusiasmo
saber que vive el alma cuando el cuerpo se muere.

Ay, qué triste es ahora que, oh «Señor», yo no sepa
si existes; ni, si existes, dónde existes.
Mas a pesar de esa terrible duda,
yo te amo, yo te adoro. Te pido que concedas
(¡ay, que sería imposible, no existente!),
cuando se muera el cuerpo, la eterna vida al alma.

Eso es lo que deseo; mas, ay, no tengo prueba:
mi alma se deshará cuando se muera el cuerpo.
Hace tiempo escribí la idea lamentable,
que es toda verdadera, pero al «Señor» le pido
que la declare nula. (¿Pero podría hacerlo?)
Esto fue lo que dije:


LO QUE ESCRIBÍ

Hay una gran mentira (alegre, absurda):
que mi alma será viva eternamente.
Tal mentira lo mismo podrá usarse
para el caballo, el perro, el gato, el ánade.

Ellos tienen un alma cual la mía,
con recuerdos, ideas y deseos;
pequeño todo, pero con espíritu;
alma vital, mínima, mas auténtica.

Tomo seis gatos, porque están conmigo,
a mi lado, al jardín: los veo siempre,
cumpliendo su memoria y su prudencia.
Ellos, con gran cuidado, gozan vida.

Su gran memoria en el jardín desea
subirse a la pared del alto estanque:
creen que el agua beberán; a veces
baja el agua, no pueden: no la alcanzan.

Uno me alza en mi puerta mi aldabilla
(un perro hizo ya igual). Cordiales gatos
se acarician, se juegan o pelean:
en enfado o cariño se confunden.

Una gata en encanto, preciosísima,
bulle con sus hijitos, los atrae;
se le juntan, se le hunden en su vientre,
y ella en ojos y en boca exhala gozo.

Un gato en la alta rama de una acacia.
¿Cómo bajar? ¡Cuidado, las patitas!
¡Horror a los posibles resbalones!
¡Peligro la corteza medio suelta!

Todos saben qué hacer. Lo intentan. Tienen
gran prudencia, con todas las medidas
necesarias. Atraen muchos deseos,
¡gran peligro! ¡cuidado!: cual yo, calma.

No hay duda que los hombres y los gatos
igual en vida y alma, igual vivimos
(si bien el gato con menor talento)
e igual en alma y vida igual morimos.

El ánade, el caballo, el perro, el gato,
todos igual que yo, todos prudentes.
¡Vivir, vivir! ¡Pero también debemos
morir, morir, total, de cuerpo y alma!

La vida nace y muere igual en ellos.
Al nacer, nace el cuerpo y nace el alma;
al morir, muere el alma y muere el cuerpo.
Que eterna viva el alma, es gran mentira.

En seres vivos, alma, en todos mueres.
Quede, aunque igual, la vida de animales.
Quiero hablar de los hombres. ¡De mí mismo!
Mal ejemplo de todos, de mí mismo.

Mil ochocientos, al noventa y ocho,
fue mi nacer, en veintidós de octubre.
Diez meses antes, mi alma no existía.
Cuando llegue mi muerte, muere mi alma.

Mi vida está cansada. Inmensos años.
(ochenta y seis) producen tal angustia
que no hay más esperanza que la muerte.
... Ay, me surge una duda: ¿el alma? ¿el alma?

Sólo hay duda una vez: ¡oh, mi alma, dime!:
¿terminas? ¿mueres tú? ¿vivirás siempre?
... Tú mueres cuando el cuerpo; es lo seguro:
simple morir, cual viento que se extingue.

¡Pronto, morir! El alma, excelsa, muere
cuando al par muere el cuerpo. Ambos acaban
muy distintos: el cuerpo, sucio, pudre;
y el alma —¡encanto!— cesa como el viento.


LO QUE CREO VERDAD. LO QUE DESEARÍA

Esto es cierto: total. Muertos ya, cuerpo y alma
nada sufren: ya están plenamente acabados.
Nosotros, al vivir, sí que tenemos
una inmensa tristeza
pensando que una vez nos llegará la muerte.
Los vivos están tristes; sienten nada los muertos.

Tenemos hoy dolor inmenso, equivocado.
La muerte para el muerto es «Nada», cero.
«Nada» no duele, a nadie da tristeza.
No hay sufrimiento en «Nada».
Los muertos «Nada», «Nada»: ni alegría, ni pena.


LO CREÍDO. LO DESEADO

Yo creo exactamente
que el alma muere cuando muere el cuerpo,
pero enorme me ocurre una tristeza
de esa horrible verdad.

Yo quisiera que el alma
se eternizara cuando acaba el cuerpo,
se juntara con cuerpos muertos antes,
y animada esperanza a los que vengan,
reconociera todo el universo
terrestre y celestial,
se aunara con el «Ser» omnipotente
(si cierto el tal es cierto)
y viviera con Él todo el futuro.
Alma, todo el futuro.

Esto quisieran los deseos míos.
(Yo creo lo contrario.)
Pero desearía —¡mi Alma!— esos portentos.


SEGUNDA PARTE

ALMA ETERNA


PETICIÓN DEL ALMA ETERNA

Yo creo —ya lo he dicho— que la muerte
del cuerpo mata al alma al tiempo mismo:
alma y cuerpo se mueren a la par.
Mi idea es eso.
Pero puede ser falsa. ¡Ojalá sea!

Dudas hay, muchas dudas.
Otro deseo tengo,
y me pongo a pedir al gran «Ser» único,
al «Ser» que creo eterno, omnipotente,
que no sé dónde (no sé cierto si existe).
Yo le busco y le adoro,
quiero hallarle y servirle, astro santísimo;
yo le pido mi alivio y mi deseo:
que haga vivir las almas, que no mueran
cuando se muera el cuerpo.

Te pedí muchas veces que existieras.
Hoy te pido otra vez que existas; ¿dónde existes?
Mi amor te ama: ¡que existas!
Te lo pido con toda tu inmensa intensidad.
Deseo esto de ti: que el alma quede eterna
cuando se muere el cuerpo.
Casualidad inmensa sorprende algunas veces:
saltan periodos tersos de ideas de «alma eterna».
Creo que ahora me viene —grande encanto— eso mismo.
Versos voy a escribir de alma viva sin muerte.
Hablaré de mi vida, de mi padre y mi madre,
de mis amigos muertos, de famosos poetas,
del enorme Universo. ¡Muchas gracias! Mas sé
que otra vez volverá la idea resurgente:
volverá el alma muerta cuando se muere el cuerpo.
Mas ahora, sí, ¡gracias!, viva el alma inmortal
cuando se muere el cuerpo: la tendré varias horas.
¡Feliz tiempo dichoso!


EL ALMA ETERNA Y EL GRAN «SER»

¡Sí, oh, así, qué gloria!: eterna el alma.
¡Oh, tú, gran «Ser»,
tú y las almas humanas, inmensos para siempre,
siempre eternos los dos!
¡Oh, tú el inmenso-eterno,
así pondrás las almas tan cercanas
a tí,
que serán como partes de tu espíritu mismo!

Gracias, de ti me llega sutil idea magna:
alma y tú, eternidad, los dos, ya un solo «Ser»,
¿único? ¿casi único?
Así, cuando mi muerte, mi alma será eterna:
yo, amor; yo, tuyo. ¿Iguales? ¿casi iguales,
tú y yo?
Eternidad, lo mismo para ti y para mí.
Eternidad: los dos.


PENSAMIENTOS, MIRADAS Y SONIDOS EN EL ALMA ETERNA

¡Oh gozo! ¡Oh maravilla!
¡Qué portentosa el alma sin el cuerpo!
Flotar, flotando el alma (¡sin flotante materia!),
mientras el cuerpo muerto se deshace,
en sucia podredumbre.

¡Qué eternidad el alma, qué infinitos
encantos misteriosos e increíbles!
Es el alma, sin nada, capaz, sola
de todo, conociendo todo, todo,
aun más que cuando vive con el cuerpo.
Piensa, mira o escucha, sin que tenga
nada para poder hacerlo, sola.

Llena de pensamientos, se le agolpan
fraguando, sin cerebro, ¡sin cerebro!
Memoria y solución van en densos problemas:
todo lo forja sin materia el alma.
También le llega al alma sola (¡asombro!)
inmensidad de luz, sin que exista el portento
de los ojos humanos: luz, luz, miles de formas,
colores, movimientos, ¡sin los ojos!;
fulgen, se fingen miles de figuras.
Y sin la intensa acción de los oídos
del cuerpo, tan perfectos, tan exactos,
el alma atiende a inmensos clamoreos,
a voces sutilísimas, a inmensamente breves
sonidos y alta música;
¡igual que antes el cuerpo, lo oye el alma!

Ah, téngase bien claro:
pensamientos, miradas o sonidos
no surgen desde acciones como en tierra;
todo espiritual es cauce de ellos,
sólo efluvios habrá en la nueva zona,
que efluirán naturales desde el alma
e irradiarán a inmateriales ámbitos.

Tú, universal «Señor», nos das, altísima,
esta gran maravilla del espíritu:
las almas, ya desnudas,
capaces sin los cauces necesarios
para la acción, la vista, el pensamiento,
el oído. ¡Tu gracia, oh gran Señor!
¡Qué puras, misteriosas y felices
las almas solas, sin el cuerpo, eternas!


MUERTOS: MIS PADRES

Ansias del campo nuevo,
emanaciones de lo inmaterial:
fluirán las almas sus deseos íntimos,
gozarán de las otras eternas nuevos flujos.
Cuando yo muera
(muy pronto, ya muy pronto),
ganaré fluideces de los seres eternos,
muertos amigos míos.
Antes, antes que nada,
yo pensaré en mi muerta pobre madre,
y en su inmenso cariño.
Ay, decirle yo a ella mi tristeza;
llorar mis graves faltas, madre mía...

¡La «veré», la «veré»!
No: «ver» es imposible.
Tiene que ser sin ojos para verla,
sin «ver» su amado rostro
¿cómo estaremos juntos?
Mi espíritu estará junto al fluido
suyo; fluirá también mi pena:
su amor junto a mi amor en duelo.
Emanar mi dolor por no haberla tratado
con ese enorme amor que ella sumió en mi vida.
«Perdóname, mamá, ahora aquí, sí, ya gracia,
mi espíritu y tu espíritu,
plena esencia de amor entre los dos, ya eterno.»
Mi pena a madre, pronto, me recuerda a mi padre.

¿Viví yo con mi padre?
Murió el nueve de mayo, mil novecientos uno,
y la edad era sólo veintinueve sus años.
Muy poca era mi edad, niño, cuando él murió:
aún menos de dos años y medio yo tenía.

¿Pude yo hablar con él? Dos años y unos meses
me bastaban, no hay duda, para hablar un poquito.
¿Hablé con él? Supongo,
mas no tengo memoria de él, ni idea.
Y hace ochenta y tres años que murió, y unos meses.
No recuerdo su cuerpo, ni su voz, ni su cara.
¡Ay, pobre padre mío!

Y ahora voy a morir muy pronto, y ya en la altura,
por los procedimientos de vida no terrena,
gustaré de asociarme con él: trasmitiremos
la idea de los años, de los tiempos
pasados. No hará falta que se entere
de mi temperamento y mis acciones,
durante ochenta y tres, de mi vida los años
desde que él se murió, porque lo fue sabiendo,
claro está, desde el mundo inmaterial,
día por día,
y anotándolo todo allá en su espíritu.

Hoy, para mí imposible, aquí en alma terrena,
saber los hechos de su vida humana,
aquellos veintinueve, los años de su historia.
Mas yo muerto ya pronto, mi padre me fluirá
los pormenores de sus años vivos,
su infancia, sus estudios, el amor de mi madre,
Muy gratis en lo eterno, con padre y madre estar:
conocer ya la vida de padre, arrepentirme
de mis faltas tan tristes a mi madre tan buena.
«Gracias, padre, mamá, nos salvará lo eterno:
felices ya seremos, felices ya los tres.»


MUERTOS: MIS AMIGOS

¿Cómo el alma gozar, sentir, ceder,
advertir, explicar, ahora sin forma humana,
cómo puede impregnar, bullir, quintaesenciar
a amigos ya lejanos de este mundo?

Recuerdo aquellos mis amigos muertos,
no puedo ahora decir salvo cómo vivían
aquí en la tierra, y cómo me quisieron, los quise.
Quiero juntar en todos sus acciones terrenas
con el mundo y conmigo.
El encanto de gusto se me empapa,
todo me llega a mí tranquilo y dulce.
Los deseo. Aquí están en mi memoria.

«Hombre grande en tu espíritu y tus letras,
oh Miguel de Unamuno, te he admirado,
y tú, en sorpresa, me has querido siempre.
Yo era un pobre muchacho: gracias por tu cariño.»

«Tú, mi Jorge Guillen, muerto hace pocos meses,
y tú, Pedro Salinas, treinta y tres años hace,
mis enormes amigos: siempre con vuestros versos
emanando y bullendo en mi memoria, ardientes.»

«Amado Alonso, siempre, tú y yo inmenso cariño;
yo adoraba tu ciencia literaria y lingüística.
Como iguales los dos, me tratabas de «hermano»;
por tu ciencia tan alta, yo «hermano» no podía.
Tú, noble; tú el más grande que yo hube conocido.»

«Tú, Federico, en la terrible guerra
vilmente asesinado, de nuevo estarás lleno
de aquella intensa gracia, que a todos nos bullías.
¡Cómo te quiero yo, cómo te quiere el mundo!»

«Leopoldo Panero, cuántos odios
te han insultado, pobre amigo mío.
Yo amé con gran ardor tu poesía
y tu tierno cariño, Leopoldo.»

«Ay, mi Vicente Gaos, que tú antes de tu muerte
te inclinaste piadoso al gran «Señor» del orbe,
¡apiádate también de mí, pide mi ayuda!»

«Oh Rafael Ferreres, tan dulce y grande amigo,
protector de mi vida; muerto yo, gozaremos,
juntos los dos, la eternidad inmensa.»


VICENTE ALEIXANDRE, AHORA DISTINTO

¡Alto! Me llega un caso extraordinario,
Aleixandre era vivo, durante mi poema;
pocos días después se nos murió.
Es necesaria, ahora, su alma eterna, ya muerto,
y juntar aún mi muerte. ¡Oh, «Señor», dámela!

Ay, Vicente Aleixandre, tú te has muerto.
Yo vivo; y quiero muerte como tú.
Muertos los dos será difícil el tratarnos:
ya no habrá entre nosotros vista, oído ni voz.
¡Con Vicente alma eterna! ¿Con Dámaso alma eterna?

Pido y desearé lo inmensamente inmenso,
a ti y a mí los vagos deseos coordenados;
creo sí que perfectos a ti irán mis efluvios,
y los tuyos también a mí se irradiarán.
... Tu, nuestro gran «Señor», no hay duda has bien sabido
mi cariño a Vicente, y el de Vicente a mí,
crecientes a los dos en ambos modos
desde mil novecientos diez y siete;
después la poesía por los dos redactada
en aquel cuadernito tan sencillo y gracioso.
Después la gran poesía tan genial, de Vicente,
se fundió al mundo eterno, llenándolo sin falta.
¡Y yo con el inmenso cariño, mi Vicente!

(Oh, «Señor», gran «Señor», a Vicente y a mí,
tennos en nuestro amor y en nuestra emanación,
con las almas eternas,
y en lo grandioso tuyo, oh «Señor», oh «Señor».)


ADIÓS, AMIGOS MUERTOS

Se nos murió Vicente. Fue bastante
también pedirla yo mi muerte para mí.
Oh mis amigos muertos, a todos os deseo
poder también hablaros en forma de alma eterna.

Cuando en verdad mi muerte, yo iré pronto allí arriba;
será un encanto nuestra relación:
me hablaréis por aciertos irradiantes,
y yo, con intensísimos efluvios.
Sin vista, sin palabras, sin oído,
allá arriba me oirán, y yo me oiré.


AMIGOS MUERTOS

¡Adiós, amigos míos!
Bastantes más puedo citar. No importa.
Yo iré pronto allá arriba; cuando llegue,
será un encanto nuestra relación.
Encanto sobre todo para mí:
me enteraré de todo lo ocurrido
después de vuestra muerte, y sabré más
de las cosas terrenas más antiguas.
¡Adiós, hasta que muera, amigos míos!
¡Gozo, mi gozo enorme, con vosotros!


LITERATOS MUERTOS

No me valdrán tan sólo los que fueron amigos
míos, cuando yo entonces en el mundo aún vivía.
También el alma mía, en alto
celebrará poder juntarse
con imponentes seres que yo nunca traté
porque ellos muertos eran mientras yo estaba vivo.
¡Qué inmensas tantas cosas los seres de la tierra
han bullido y buscado en el mundo y el tiempo:
artes, ciencias, triunfo, inmensas luchas,
alba vida, victorias, maravillas!

Voy a tratar sólo una maravilla
y acercarme a las almas que en el mundo la obraron:
maravilla es la vida literaria,
la de España muy grande de hace unos pocos siglos.
¡Qué placer esa antigüedad de España!
De belleza del mundo literario
algo aprendemos hoy aquí en la tierra,
mas después de la muerte sabremos mil misterios
que ahora se nos evaden
y no nos pudo ni aclarar la ciencia.

Después, ya en la alta sede,
buscaré en especial almas eternas,
las almas literarias españolas
del Siglo de Oro:
tal las almas eternas de Miguel de Cervantes,
de San Juan de la Cruz y de Luis de León,
y de Lope y de Quevedo y Luis de Góngora
(y otras muchas de alturas y portentos).
¡Intente mi alma sus misterios amplios
y las almas me emanen sus esencias!
Es mi deseo
fluir yo en ellas siempre, entrarme fluencia suya.

No he de dejar las almas de Edad Media
española, ni todos los exactos
héroes de la belleza universal:
los franceses, ingleses, alemanes,
los italianos; y con gran deseo
los latinos y griegos, en lo alto.
Y en otras partes, hondas y secretas,
almas, misterios desconocidísimos.

En los versos que ya habernos pasado
he querido fluir, tener cariño
con mis padres, amigos, poetas y prosistas,
al izarme ya al cielo-eternidad.
Son ya todas las cosas
que he deseado trate mi alma.


UNIVERSO TERRESTRE

Otras hay que posibles en el mundo
no las hice por ser algo difíciles,
lejanas, tormentosas para búsqueda:
mares, islas, parajes, fieras, hombres extraños.
Ya muerto, desearía verlo todo.

Otras son imposibles el verlas en la tierra.
Un par de hombres humanos llegaron admirables
hasta pisar el suelo de la luna,
mas nadie pisó nunca el suelo de una estrella.
Todo lo quiero ver, después de muerto:
lo de tierra, lejano, posible cuando vivo
y, cuando vivo, lo imposible
universal.

Cuando yo esté ya muerto,
ya sin mi cuerpo y con el alma eterna,
no buscaré de nuevo
seres que fueron próximos en vida,
amigos o parientes,
con quienes con amor trato ya tras la muerte,
porque ahora es el momento en el que aspire
a conocer la tierra inmensa
y en plenitud total el universo.

Primero, los encantos de la tierra.
Buscaría a mi gusto todo lo amplio
de nuestro mundo:
Europa, África, el Asia, Oceanía,
Antártica; también los mares difundidos.
Y lo más importante,
los millones de seres, los hombres que allí viven,
con un número cierto, difícil de contar.
Conocerlo, medirlo, es imposible,
aunque sea existente y sea exacto.


EL GRAN UNIVERSO

Y después, comenzar
la plenitud total del Universo:
seguiré a nuestro sol,
iré por los planetas soleados.

Y conocerlo todo:
buscar más amplitud; gracias omnímodas:
junto a nosotros, nuestra Vía Láctea
(ya vista antes de muerto
con sus visuales fibras, desde tierra,
con que ella irradia,
con suavísima luz, cielo en noche sin luna).
Súbitamente yo entraré (ya muerto)
en esa Vía Láctea, con su abundancia enorme
de estrellas, todas soles planetarios.
Por los inmensos núcleos de estrellas lejanísimos
podrán contarse números muy grandes,
con miles de millones de años de luz sus luces.
Mas nosotros ahora (ni vosotros los sabios)
no tenemos nociones exactas para en ellos
el número verdad ser conocido.
Sí, veremos (verá después nuestra alma eterna)
las lejanas, indómitas galaxias
hacia inmensos billones, que ahora vemos
en triste oscuridad,
con ligeras estelas de irradiación de polvo,
o estrellas soleadas. Pensémoslas lucientes
e intensas, columbradas con planetas.


SERES EN EL GRAN UNIVERSO

Ay, mucho en las galaxias ignoramos.
No conocemos
en ellas seres vivos,
vivientes en planetas,
con parecidos más o menos próximos
(y siempre en general muy poco próximos)
a los seres humanos,
a los que aquí en la tierra convivimos.

También en las inmensas formaciones,
en astros, quizá algunos planetas estelares
tendrán tal vez múltiples seres
comparables quizá (mas muy lejanos
en forma corporal)
a microbios, insectos, elefantes, caballos.
Dejemos esto. Más es importante
el creer en galácticos comparados con hombres
(muy lejanos de nuestros compañeros de Tierra):
cuerpos de formas muy diversas, raras;
mas podemos pensar que existe en ellos
cierta proximidad a esencias parecidas:
a las del hombre,
inteligencia, vista u oído, acción.
Y algo aún más importante: con ideas
muchos de ellos, del «Ser» omnipotente,
con creencia de cielo
(o aun tal vez con horrores de una pena infernal).

Casi todo lo creo muy seguro:
seres hay en la Tierra y en galaxias.
¡Oh seres admirables tan múltiples y extraños!
¡Qué inmensa maravilla el conoceros pronto!:
un día lo sabré cuando me muera.
Hoy no os conozco,
mas pienso inmensamente en vos.
Yo pienso, muy sincero,
que habrá distinto número de seres
en diferentes zonas de todo el Universo,
billones de billones en algunas:
inmenso su albedrío.


INFINITO EL UNIVERSO

Pienso en infinitud, de seres y de mundo.
Pero hay sabios científicos
famosos y extremados en la Tierra,
que infinitud la niegan:
la niegan y calculan cantidades
y límites. Muy bien; yo no lo acepto.
Universo infinito: ¿quizá yo me equivoque?
No lo sé: lo prefiero.
Yo lo prefiero; yo amo inmensidad
y me empapo de gozo y de belleza.

Ah, el infinito universal lo juzgo
inmensa plenitud sin ningún límite.
Nada seguro, no: yo equivocarme puedo:
Ya cuando muerto y con eterna mi alma,
podré reconocerlo todo, todo.
Hoy creo el infinito universal,
sí, lo creo innegable,
y también, cual seguro,
que los seres, lejanos parecidos
a los seres humanos,
serán una infinita
infinitud, sin límite.

¡Oh millones, inmensos» de millones
de las almas eternas,
de todo el Universo universal!
Tal los menos, los miles de millones que habrá
en las eternas almas de nuestra pobre Tierra.


¿FINAL DE «ALMA ETERNA»?

«Señor», oh gran «Señor»,
siempre te pido que tú existas,
tú de mí tan amado.

Quise que ahora,
con tu existencia se lograra
para todos los hombres «alma eterna».

Con todos, para mí, oh qué admirable encanto,
para mí, eterna mi alma, y con todos los muertos,
poder juntar las almas, almas eternas todas.

Con muchos lo hice así
en lo anterior ya dicho,
y visité estupendas maravillas.

Oh, gran «Señor», sería
todo tan justo, dime,
dime, si tú existieras.

Oh, gran «Señor», te pido la verdad:
creo, cierto, que existes.
¿Lo creo?
Sí, ¿lo creo? Sí. ¿Te amo y te bendigo?


TERCERA PARTE

¿ALMA?


SOBRE LA PRIMERA Y LA SEGUNDA PARTE

En la postrer lectura que hasta aquí hemos llevado
—fue del poema la Segunda Parte—
qué gozo hemos tenido siempre con nuestros versos.
La atribución constante fue que el «alma» era «eterna».
¡Qué encanto! ¡Qué alegría!

Y sin embargo,
hay contrarias ideas de las «almas» humanas:
quien la llama «alma eterna» cree que el alma sigue
viviendo eternamente cuando el cuerpo ya ha muerto;
pero aquel que supone que el «alma no es eterna»
piensa que ella se apaga cuando el cuerpo se muere.

Mas de repente ocurre ya algo nuevo, muy duro:
es una duda fuerte, intensísima, enorme,
que descarta no sólo lo que el poema trajo
en su Segunda Parte (aquello de «alma eterna»),
mas rechaza también aquello defendido
en la Primera Parte, donde «alma» no es «eterna».

Lo que ahora negaremos sencillamente es «alma»,
porque es la idea nueva que el «alma» nunca existe,
e imaginar que sólo existe «el cuerpo».


EL CUERPO Y EL CEREBRO

Miremos, atendamos al «cuerpo»: ¡maravilla!
Cuerpo: la «vida». De él «vida» procede.
El cerebro, en cabeza, lleno de vida, de ánimos.
Profundo, en el cerebro, el «pensamiento».
Pensamiento, esencial de nuestra vida:
pensamiento, la inmensa vida nuestra.

Se acercan al cerebro la vista y el oído
y el habla, esos tres próximos, inmensamente suyos.
Se funden al cerebro la vista y el oído,
hacen que en él se surjan fuerzas súbitas;
lo que se ve o se oye, mucho le infunde al habla.
El habla brota de él con negación o arrojo,
y trae la risa o llanto, la alegría
o el temor, la belleza o lo espantoso,
valentía o asombro; susto o atrevimiento,
datos o negación, intensidad o nada.
Y todo en pensamiento se condensa
fundiendo por la vista o el oído.

Al cerebro aún completa lo múltiple del cuerpo,
el pecho en aire, el corazón a golpes,
el estómago pleno o lleno de hambre,
los pies con su cansancio o su albedrío,
las manos obra de arte o con su furia,
los órganos sexuales bien intensos,
o la cabeza erguida, atormentada y vana,
por la vista le surgen aún tristezas,
y por el habla saltan los lamentos,
y a veces el oído labra un bullicio horrible.


TAMBIÉN LA MEMORIA

A veces el cerebro altera pronto
y piensa así contrarias otras cosas:
unas, que unos amigos —¿bien?— probaron,
otras, discursos de belleza y fama,
o lecturas de libros o periódicos
que nos movieron lo pensado en contra,
o en la ciudad, frenética y opuesta,
el gran bullicio, multitud en plaza,
que nos confunde y el cerebro parte.

Algunas veces esos cambios surgen,
más, mucho más frecuente es la memoria,
repetición de ideas y de acciones,
deseo de seguir aún manejándolo
lo que creímos ya desde hace tiempo,
lo que fue permanente en nuestro padre,
o fue de unos abuelos lejanísimos,
o inmensa antigüedad de cientos de años,
«memoria» que pasó siempre bullendo.

Una «memoria» hay de importancia extrema:
la «religión» constante en la familia,
en pueblos, en estados, en enormes
partes del mundo. En ellas la creencia
mantiene las memorias religiosas.

Son inmensas las partes de «memoria»
en religión diversa: religiones
de inmensidad distinta por las tierras
cercanas. Las muy grandes son a veces
en gran proximidad (tal protestante,
tal católica), y son otras muy lejanas
(de cristiano a budista, por ejemplo).

Sigue habiendo importancia en la «memoria»,
mas preciso es saber que en varias épocas
el cambio del cerebro hacia otros datos
algo frecuente es más que en tiempo antiguo,
y así pasa también en religiones.


DE CEREBRO SUAVE A IMPONENTE PENSAMIENTO. NADA DE «ALMA»

«Alma», no existes. Lo que vive, el cuerpo;
vives con él (como él); mas tú no, no eres alma.
No admite el «alma» el hombre. Sus acciones del cuerpo
son simples, actos creados para vida.
No: no hay nada del «alma» que nuestra vida mueva.
Lo que mueve la vida son lazos de cerebro.
Su principal acción, oído, vista y habla,
en general es suave, casi dulce el cerebro.
Hay que decir que sólo algunas veces
giran todo furiosos los actos cerebrales;
cuando esto ocurre así, ya es casi «pensamiento».
«Cerebro-pensamiento», difícil, lento, se hace:
miles de fuerzas más para vida del cuerpo.
Al cerebro le llegan entonces atenciones,
ardor, violencia negativa, acción,
que el cuerpo ejecutar desea. Aplaca
la memoria exactísima, con sensación audaz.
Se mueven del cerebro, de su fluir, audacias,
aumentadas por miles con ansias de otras partes.
Ese cerebro, a veces, pensamiento infinito,
agrias imprecaciones, injustas vïolencias,
al haberse pasado con horrores y pujas
del cerebro inocente hasta el cerebro enorme,
al alma (¡no, no hay alma!). Todo lo mal creído
son las múltiples fuerzas del cerebro cambiante,
casi siempre tranquilo, otras intensa furia.


«CEREBROS» Y «CEREBROS-PENSAMIENTOS»

¿Alma falsa? Falsísima. Sencillos o terribles,
grandes impulsos múltiples se acuerdan o se empujan,
algunos muy pequeños; otros intensos, ávidos;
ya suave, o ya invencible:
«tomarán la merienda»
«descansar en la cama»
«gran petición a Dios»,
«desprecio al necio amigo»
«varios miles de dólares»,
«a lo homosexual»,
«contra perros en furia»
«yo creo que no hay Dios»
«compra unos caramelos»
«al sexo de la moza»
«alimento con gana»
«vivo acto a que alegrar»
«buscar mis calcetines»
«gran creencia omnipotente»
«comprarse un automóvil»
«me ha robado un millón»
«estás nadando fácil»
«pregunto si habrá Dios»
«mi pierna algo cansada»
«ir en gozo a los cielos»
«los curas sinvergüenzas»
«beber aún mucho whisky»
«rezo ya de un rosario»
«me hace pisar basura»
«yo amo a una casada»
«¿dónde está Dios? ¡No sabes!»
«tráeme pronto pasteles»
«Etcétera y etcétera»
«Etcétera y etcétera»

Hay deseos inmensos, y hay también sin molestias.
Hay causas deponentes y otras resultan fáciles.
Cosas nos son terribles, varias son sencillísimas.
Unas hay «no salvar» y otras predilección.

Lo importante es decirlo en preciso y exacto,
unos contra «nobleza», otros «victoria suma»;
la negación es «alma» o fuerte «pensamiento».

¡Oh, aureola, corona, paz, trofeo,
oh, miseria, desprecio, vïolencia!
Si se bate cerebro-pensamiento,
será exacto un trïunfo o una derrota.
El que juzga la fuerza vïolenta
recibe positiva o negativa:
¡el alma deshonesta, negativa!
El hispanista aclara así la duda:
negativo en el «alma» lo total,
y no es posible celebrar trïunfo.

Sin «pensamiento», con «cerebro» solo,
no hay voz del «alma», o «alma» a religiosos.
Voz de «alma» o «no alma» a religiosos siempre,
si el «pensamiento» del «cerebro» surge.

En las contiendas ¿cómo suscribirnos?
¿Según el «pensamiento», o según «alma»?
¿Cómo resolver todo sin tal duda?
¿Según «alma» o terrible «pensamiento»?
¡Difícil en «cerebro» y «pensamiento»
ver duda fácil para nuestro hallazgo!

Damos sin cambio nuestra gran tristeza:
¿el «alma»? ¿el «pensamiento»? ¿cuál lo sumo?
Dejemos la cuestión: ¡no la acertamos!

Esperemos no más: al fin diremos.
Al final, resolver, casi milagro,
¿pedido a quién? No sé. Pero quizá
será casi milagro religioso.


DUDAS SOBRE LAS TRES PARTES


PRIMERA PARTE

PRINCIPIO DE ESTE POEMA. DUDAS

En el mismo principio de este poema largo
dije que muere el alma cuando el cuerpo se muere,
y por lo mismo al «alma» la designé «no eterna».
«Alma no eterna» fue mi pensamiento.
Yo lo creía así. Verdad, mas gran tristeza.
Duele que, cuando muera ya el cuerpo, muera el alma.

¿Hay posibilidad del «Ser» supremo?
No lo creía. Mas pensé rogar
que existiera tal «Ser», y tal vez, existiendo,
pudiera ser ya «eterna» el «alma» siempre.
¿Y es que el omnipotente «Ser» lo haría?

¡Oh grandes dudas! ¡Oh fatal deseo!
Nunca creí: no esperé omnipotencia
de «Ser» supremo y raro. ¡Oh, rara el «alma eterna»!
¿Cómo es la duda en esto? ¡Cuán difícil!
Yo he pensado que el alma no es eterna.

Ahora, al fin, reconozco que no hay nada
que afirme mis ideas negativas.
Oh, «Ser» supremo, tú,
si existieras, serías imponente.
«Alma eterna», ¿podría ser verdad?
¿Ah, imponente nos sé, tú, «Ser» supremo?
He juzgado que el «alma no es eterna».
Mas después de pedir al gran «Señor»
que venga algo en mis versos, muy suave y tierno, donde
se asegure verdad que el «alma eterna» sea,
¿podremos presumir
que mi duda tal vez cierta será?
¿Y creerla posible?
No sé la consecuencia.
¿Quién la sabrá, qué espanto?
Ver la «Segunda Parte».


SEGUNDA PARTE

CAMBIA AHORA Y PIENSA (CON DUDA) QUE EL ALMA
PUEDE SER ETERNA

«... Yo he pensado que el alma no es eterna.»

Así lo juzgué siempre. Mas, pronto, sin embargo,
se me ocurrió después, en el largo poema
una Segunda Parte que cree «eterna el alma».
Será eso así un encanto muy tierno, especialísimo,
y podremos más tarde leerlo con dulzura,
pensando en cosas raras, por ejemplo:
que cuando yo muriera tendría relaciones
con mis amigos muertos y con mis muertos padres,
también con literatos de los pasados siglos.
Cosas distintas como, yo, ya muerto
pasar, mirar, interpretarme
todo el mundo terreno, y, fuera, el Universo
inmenso, celestial, desconocido.
Sola mi alma ya eterna (si esto fuera verdad)
muy apartado ya, muerto su cuerpo,
tendría inmensas relaciones súbitas
de acciones increíbles.

Cosas así he contado en la Segunda Parte:
mucho, yo mucho, paso, y miro, interpretando
todo el terreno mundo, y aun más el Universo,
inmenso, celestial, desconocido. Y toda mi alma eterna,
muy apartado ya su cuerpo sí difunto.
Viva, viva mi alma; lo demás, muerto, muerto.
Si fuera así, sería eterna mi alma.
Ojalá, no sabemos.
Ojalá sea así. Segunda Parte.


TERCERA PARTE

¿ALMA?

—¡Duda, gran duda!

—... «Será casi milagro religioso»
Esto se dice, se supone, sí.

—¿«Milagro religioso»? No: lo justo
será negarlo y admitir distinto:
las cosas luchan con pasión humana.
Lo religioso no se admite nunca:
«Alma no Eterna»; «Eterna»; y alma, el «Alma».
En este tan larguísimo poema,
«no Eterna», «Eterna» y «Alma», que andan siempre
admitidas
y también (así, a veces) denegadas.
¿Cuál será la verdad?
—¡Dejémoslo!
Pensemos en el «Ser» omnipotente,
creámoslo: «Milagro religioso».
No sabemos. O sí, o no.

—«Alma» o «no Alma» para el cuerpo humano.

—¡Oh «Ser» omnipotente, sé verdad,
sé en eterno lugar! ¡Véncenos tú!


¿EXISTES? ¿NO EXISTES?

I

¿Estás? ¿No estás? Lo ignoro; sí, lo ignoro.
Que estés, yo lo deseo intensamente.
Yo lo pido, lo rezo. ¿A quién? No sé.
¿A quién? ¿A quién? Problema es infinito.

¿A ti? ¿Pues cómo, si no sé si existes?
Te estoy amando, sin poder saberlo.
Simple, te estoy rezando; y sólo flota
en mi mente un enorme «Nada» absurdo.

Si es que tú no eres, ¿qué podrás decirme?
¡Ah!, me toca ignorar, no hay día claro;
la pregunta se hereda, noche a noche:
mi sueño es desear, buscar sin nada.

Me lo rezo a mí mismo: busco, busco.
Vana ilusión buscar tu gran belleza.
Siempre necio creer en mi cerebro:
no me llega más dato que la duda.

¿Quizá tú eres visible? ¿O quizá sólo
serás visible a inmensidad soberbia?
¿Serás quizá materia al infinito,
de cósmica sustancia difundida?

¿Hallaré tu existir si intento, atónito,
encontrarte a mi ver, o en lejanía?
La mayor amplitud, cual ser inmenso,
buscaré donde el mundo me responda.

II

¿Pedir sólo lo inmenso conocido?
¿Pedir o preguntar al Universo?
No al universo de la tierra nuestra,
bajo, insensible, monstruoso, duro;

sí al Universo enorme, ya sin límites,
con planetas, los astros, las galaxias:
tal un dios material, flotando luces
en billones de años, sin fronteras.

Allí hay humanidades infinitas;
las llamo tal, mas son de extrañas formas:
nada igual a los hombres de esta tierra,
que aquí lloramos nuestra vida inmunda.

¡Extremado Universo, inmenso, hermoso!
Con eterna amplitud, materias cósmicas,
avanzan infinitas las galaxias,
nebulosas: son gas, sólidas, líquidas.

III

Inmensidad, cierto es.
Mas yo no quiero
inmensidad-materia; otra es la mía,
inmaterial que exista (¡ay, si no existe!),
eterna, de omnisciencia, omnipotente.

No material, ¿pues, qué? Te llamo espíritu
(porque en mi vida espíritu es lo sumo).
Yo ignoro si es que existes; y si espíritu.
Yo, sin saber, te adoro, te deseo.

Esto es máximo amor: mi amor te inunda;
el alma se me irradia en adorarte;
mi vida es tuya sólo (¿ya no dudo?).
Amor, no sé si existes. Tuyo, te amo.



NOVEDADES


ATRIO

Estos, que ves aquí, versos —cambiantes
como las horas hacia el mediodía—,
flores de senda son, que un claro día
cortaron, al pasar, los caminantes.

Mar y cielo se hacían consonantes,
y un madrigal la luz entretejía.
¡Cielo, mar, luz; la grata compañía;
los versos juntos y los pies pujantes!

Todo camino tiene acabamiento.
Y, frente al mar (cuando al cenit tocaba
el Sol), el nuestro se rompió, de pronto.

Este que miras, puro monumento
—agua de nieve, ya; piedra de lava—,
queda.
Después, la niebla y el tramonto.


A VICENTE

Carroza de tercera. Sol florido.
Enterraré mi alma de este modo.
—Estoy muy harto ya
de todo.—

¡Que en el primer simón
—solemnemente-
siga tu corazón,
Vicente!


FRAGMENTO

Todas las horas que pasan
son para el cuerpo un desgarro,
para el alma un desconsuelo.
Ay, nuestras vidas se amasan
con un poquito de barro
y otro poquito de cielo!


ARS POÉTICA

(Alange, 1918)

¿Por qué este sollozar, corazón mío?
¿Por qué tanto terror a lo que sueñas?
Alma, llora a las cosas tan pequeñas
que ves, mas canta a lo que sueñas.
Río

blanco, menguado del estío,
pardas, rojas, llanuras extremeñas,
olivares lejanos, recias peñas:
llanto, no canto, de vosotros fío.

No río, este torrente que me inunda,
no peñas, la montaña a que me asomo,
no yermos, el vergel que me circunda,

para este canto, de mi alma tomo.
¡Mas, con melancolía tan profunda
que el canto es llanto sin que sepa cómo!


PAISAJE

(Alange, 1918)

¡Qué va a pasar, Dios mío,
qué va a pasar?
¿Por qué viene este viento frío
del lado del mar?

Y esta luz solar, Dios mío,
y esta luz solar...
¿por qué al morir tiembla de frío
sobre aquel pinar?

¿Qué va a pasar, Dios mío,
qué va a pasar?


FRAGMENTO

(1917)

...Y cuando el cuerpo queda dolorido
a manos de un jayán, junto a la fosa;
cuando, sobre el dolor de haber vivido,
el alma con el alba se desposa;
cuando la vida ya nada nos miente,
cuando no hay nada oscuro, nada incierto,
el alma se sonríe suavemente
tal como sonreía
el pobre niño muerto
que fuimos a enterrar el otro día...


LOS COLEÓPTEROS DE LAS RUINAS

(1918)

Estos negros filósofos huraños,
de fuertes patas y de antenas finas,
gozan la brevedad de nuestros años,
lascivos en sus ansias masculinas.
Extraños,
los coleópteros de las ruinas!

Tienen fuertes artejos
los tentáculos largos de sus patas.
Con ellos trepan por los muros viejos
y por los troncos de estas pobres matas.

Entre los torreones derruidos,
sobre la calma de las aguas muertas
del foso, en las alturas dominantes,
estos negros y fieros
guerreros de corazas quitinosas
surcan las piedras tristes
y las hierbas humildes de las grietas
con el desdén infatuó que las cosas
que andan sienten por las cosas quietas.

Y el abdomen, curvado
con la elegancia de una mandolina,
lo llevan revestido e indurado
por una negra capa de quitina,
que, sin otra armazón que les proteja,
les provee de escudo y de loriga,
sin que romperlo al combatir consiga
el aguijón agudo de la abeja
ni las fuertes maxilas de la hormiga.

Y sus hembras hermosas,
aún más curvadas elegantemente,
se entregan al amor voluptuosas
con una languidez adolescente.

Ocupación: la lucha en el verano,
con un adarme de filosofía
cuando por el invierno el viento vano
gime en el torreón su sonería.

Anárquicos, desdeñan los progresos
del moderno y brutal colectivismo
con una religión: la de los besos;
con un solo ideal: el de sí mismo.

Así pasan la vida estos huraños
filósofos de eclécticas doctrinas.
¡Extraños,
los coleópteros de las ruinas!


PIEDRAS

Piedras hermanas insensibles a todo,
tristes y laxas rodadoras del monte
o circulares, sumergidas en lodo
o cabalísticas por el gran horizonte:

A vuestros tristes, azulados ensueños
marchan mis versos cerebrales y extraños,
cual la bandada de los cuervos pequeños
a la tristeza de los muertos rebaños.

Mas han de ir con volar de palomas,
reverdecidas, mis pobres canciones
hacia vosotras, sollozar de las lomas,
en el gran día de las resurrecciones.

ENVÍO

Para la piedra que sostengo en las manos
melancolía de mis versos galanos,
melancolía de los cardos en flor.

Para la piedra de mis sueños lejanos,
para la piedra de los hondos arcanos,
¡melancolía de mis besos de amor!


FLORES AMARILLAS...

Vosotras, flores amarillas,
flores buenas, flores sencillas
bajo el buen sol del Guadarrama.

(Oh flores juntas en la rama
como monjitas pudorosas
que nada saben de las rosas
de los jardines mundanales,
como monjitas enclaustradas
que sólo tienen ventanales
para el cielo,
y van gozosas y olvidadas,
libres de las envidias ruines,
sin otro afán, sin otro anhelo
que su latín y sus maitines.)

Como monjitas pudorosas
que nada saben de las rosas,
que no conocen las espinas,
para mis pobres fiestas
matutinas
brotáis en las florestas
vosotras, mis flores compuestas,
vosotras, flores campesinas.


FUEGO FATUO...

(1916)

Fuego fatuo movible e inconstante,
que emerges de las grietas de la huesa,
que del céfiro suave vas delante,
que te disipas, si la luz te besa;

dicen que sois el alma de los muertos,
¿eres quizá de aquella niña el alma?
Eran sus besos cual los tuyos: gestos,
y era su aliento como el tuyo: calma.

Una vez que por esta triste calle
pasábamos, me dijo: «Tengo frío...
Cuando bajo la tumba yo me halle,
ven y habla aquí con el aliento mío».

Fuego fatuo que emerges de la huesa,
¿eres quizá de aquella niña el alma?
Mas... queda, adiós! La Luna ya te besa,
y te disipas en la noche en calma.


SONETO

(1917)

Coged las rosas del jardín callado,
golondrinas que dais en mi ventana.
Coged las rosas del jardín; mañana
mi espíritu de aquí se habrá marchado.

Venid, oh vespertinas golondrinas;
quitadles las espinas a las rosas,
ponedlas en mis sienes... Son divinas,
pues saben los dolores de las cosas.

Ya mañana me voy por el Oriente,
hecha ceniza mi materia vana,
cuando vosotras a la tierra ardiente.

¡Ponedme rosas en la sien, mañana!
¡Ponedme rosas del jardín riente,
golondrinas que dais en mi ventana!


PATRIA

Le pasé el dedo a la tierra
redonda
para buscar mi morada.

Espejeaba en los ríos
todos,
al fin de todas las sendas
estaba,
cantaba en todas las jarcias.

Casita de un claro verso,
tierra de buena palabra,
gente pura, hecha de nieve
y de ascua.

Sí había los gallardetes
y los remeros y barcas.
Caminos: cuántos, qué limpios.
Las piedrecitas pulidas
al Sol claro rebrillaban.


VIAJE

La noche yace dormida,
negra puente berroqueña,
entre la muerte y la vida
sobre el agua que se sueña.

Y el agua, sueño ligero,
lame las piedras del puente.

Ven, tú, viento volandero
y rízale la corriente.

Que tengo un lento soñar,
viento, en el río, a la aurora.

Sueño es todo mi cantar.

Y se huye, contigo, ahora,
viento que vas hacia el mar.


LA BELLA PATINADORA

(Tiergarten, 1923)

Has hecho ya cien mil giros,
regadora de sonrisas,
leves miradas, suspiros.

Recuerdas la mariposa
(era por mi Primavera):
ahora se para, se posa,

pero seguirá volando.
Regadora de sonrisas,
también, como entonces, ando

tristuelo de tu parada.
Y, como entonces, me dejas
polvillo leve, sonrisas,

regadora de sonrisas.


A TARRAGATÍN. HIMNO

Letra de Dámaso y Vicente. Música de...

Tarragatín, vencedor de la vida,
mínimo y óptimo Tarragatín,
no ha de hacer mella la ley de la huida,
en tu cerebro, del mal ni del bien.

—«Agnus Dei»— dices, de fe traspasado,
con un gran gesto de renunciación;
pero «Voluntas» corrige tu Hado,
dúctil y sabio como Salomón.

Eres empírico, suave y sensato,
con un atisbo de lógica ecléctica:
sigues la pauta, gentil Tarragato,
que te ha marcado la astral dialéctica.

Has de alcanzar el camino derecho,
con tu constancia reptante y potente,
y porque llevas la fuerza en el pecho
te has de reír del reír de la gente.

Este nuestro himno, atávico y rítmico,
vaya hasta ti con tañer de campana,
y se disuelva en el cielo algorítmico
cual humo claro en la clara mañana.

Vaya oloroso a maitín y a romero,
en una ofrenda cordial y amical,
y profetice por el orbe entero
pasmo futuro, gloria universal ¹.

Te han de cantar en más himnos sonoros
y triunfales, edades futuras,
y en monumentos de bronces y oros
te han de elevar hasta empíreas alturas;

mas cuando llegues y cantes victoria
y te sahúme y arome la gente,
guarda una humilde y piadosa memoria
para los humildes

Dámaso y Vicente.

{ ¹ Aquí, como a Ramón Rodrigáñez, se nos rompió el ritmo. }


SEGUIDILLAS DE ARCOS

(21 de julio de 1958)

Arcos de la Frontera,
tuya es la gloria:
te ciñe el Guadalete,
bordando historia,

... bordando historia.
Fue historia triste,
la hermosura azulada
que se te ciñe.

¡Los patios encalados!
Andalucía,
el ardor de tus soles
ya es nieve fría,

... ya es nieve fría.
Nieve profunda,
salpicada de flores
en la penumbra.

Cernícalos y buitres
te hacen la ronda,
mientras giran mis ojos
a la redonda,

... a la redonda.
Pura delicia:
se cierne como un pájaro
también la vista.

Arcos de la Frontera,
tuya es la fama:
la perla del castillo
Dagmar se llama,

... Dagmar se llama.
Dagmar se nombra
la perla de las perlas
de tu corona.


GERARDO

(Santander, agosto de 1972)

Gerardo ¿nos lo dice?: «Yo ardo. Ardo:
todos me veis parpadear mi fuego:
respira mi volcán —¡gracias!—, y luego
dudo en mis propias rimas: tardo... aguardo...,

... ¡nardo! absoluta densidad. Un nardo
que, aquilatando su perfume en juego
musical, hacia el mundo me despliego;
o me obstino hacia mí, tímido cardo.

Cuando suben mareas de ternura,
me fluye en ritmo y rima la hermosura
del mundo, lo que miro o lo que anhelo:

versos de antier, de ayer, de hoy, de mañana:
mi obra. En ella, soy. El resto humana
sombra es que al fin se sumirá en su cielo».


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